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dijous, 25 de desembre del 2025

Nadie es indescifrable

La foto procede de photocritique.us/2006/10/25/street-photography-101-charmed-life/

Estos son los párrafos finales de un texto que Maria Garcés y Santi López Petit me pidieron para un número de Espai en Blanc a propósito del anonimato. Apareció con el título de Sociedades anómimas. Las trampas dela negociación, en Marina Garcés, Santiago López Petit i Amador Fernández-Savater, eds., La fuerza del anonimato, Espai en Blanc/Editorial Bellaterra, Barcelona, 2009, pp. 73-101. 

Nadie es indescifrable
Manuel Delgado

Ser anónimo es básicamente ser ser secreto o ser de secretos, y de secretos que esperamos que los demás no sepan, al tiempo que hacemos lo posible para conocer, adivinar o intuir los secretos del otro. ¿Y qué es lo que ocultamos o se oculta? Lo que se oculta es precisamente aquello que no nos haría aceptables o pertinentes, lo que haría manifiesta la presencia, también en cada uno de nosotros, de motivos para la descalificación. Lo que se oculta es lo imperdonable, o, como escribiera Georges Bataille, lo que no es servil, es decir lo inconfesable.  Esa es la labor fundamental del anonimato como factor estructurante de la relación en público, permitir una indefinición de partida que permita ganar tiempo antes de interpretar correctamente qué es lo que el orden de la interacción –recuérdese: el orden social en el plano de la interacción– nos está urgiendo a que entendamos, acatemos y reproduzcamos. Se supone que mientras que al estigmatizable en primera instancia –aquel que no puede disimular los motivos de su inhabilitación– se le niega el derecho a la complejidad, el resto, los “normales” –en tanto ganamos la posibilidad y por tanto el derecho a la mentira, a los dobles lenguajes y al disimulo–, sí que podemos asumir aquel de nuestros aspectos que está siendo literalmente llamado a escena.

Ahora bien, tanto la pretensión que nos hacemos de que los demás nos toman por quienes queremos parecer –y que suele deber ser lo que ellos esperan que parezcamos–, al igual que nuestra convicción de que queremos mantener en reserva lo que de desprestigiable hay en nosotros, son igualmente ficticias. Ese “mundo de extraños” del que hablan teóricos del espacio público como Lofland es bastante menos de extraños de lo que presuponemos. En realidad, el anonimato no deja de ser una ilusión, un efecto óptico. Es más, cada personaje de cada cuadro escénico social sabe bien que el mínimo desliz, la menor salida de tono o paso en falso delataría de manera automática el fraude que toda identidad representada implica, aunque esa identidad sea la de individuo inindentificable, a la manera como la arrogante figura del cosmopolita o ciudadano del mundo aspira a llevar hasta su máximo nivel de pretenciosidad. Lo que oculta o cree ocultar en su puesta en situación no es sólo su verdadera identidad social, sino cualquier otra información susceptible de generar desconfianza o malestar en el interlocutor. Es eso lo que convierte a todo ser mundano en un ser apegado a su línea de fuga, un traidor, un agente doble, alguien que sufre un terror de la identificación, un impostor crónico y generalizado, ser sociable en tanto que es capaz de simular constantemente, exiliado de sí mismo, siempre en situación crítica –a punto de ser descubierto–, adicto a una moral situacional, en todo momento indeterminada, basada en la puesta entre paréntesis de todo lo que uno es más allá del contexto local en que se da el encuentro.

Pasamos de la negociación como trama a la negociación como trampa. Ninguno de los participantes en cada situación esporádica pierde de vista esos elementos apenas perceptibles que permiten detectar lo que los otros pretenden camuflar acerca de quiénes son en realidad, es decir cuál es lugar que ocupan en una estructura social que nunca deja de estar ahí, a pesar de que se juegue a olvidarse o a prescindir de ella. Eso ocurre incluso en los casos en que el interactuarte está bien entrenado y ha desarrollado una cierta habilidad a la hora de “dar el pego” social. Esa labor de rastreo de rasgos identificadores estratégicos se pone en marcha no sólo cuando las relaciones en contextos urbanos pasan de no focalizadas a focalizadas, es decir cuando la interacción obliga al otro a salir de su anonimato, sino incluso cuando ese otro cree estar en segundo plano o incluso al fondo del escenario. Hemos visto que el rabillo del ojo se ha ocupado de clasificar a ese ser anónimo justamente para hacer del enigma que pretende encarnar algo más bien relativo, puesto que ya lo ha tipificado, como mínimo, en tanto que digno de confianza o motivo de alarma. Esa capacidad para captar indicativos desacreditadores o incluso amenazantes puede demostrar una extraordinaria agudeza, sobre todo cuando los eventuales signos externos no son suficientemente esclarecedores sobre la identidad social de un interlocutor o cuando éste ha conseguido imitar formas de conducta consideradas adecuadas desde la cultura pública dominante. Es entonces cuando podemos comprobar hasta qué punto puede ser hábil esa máquina de hacer inferencias en que los microscopia social ha demostrado que nos convertimos en nuestras relaciones con desconocidos.
           
La lingüística interaccional ha advertido como la igualdad comunicacional –y con ella la esfera política en la que se institucionaliza– es, en el fondo, una quimera. Claro que individuos pertenecientes a subgrupos sociales distintos –y desiguales– pueden pactar encuentros supuestamente improvisados en los que demuestran su capacidad para conmutar sus códigos, por emplear una figura teórica tomada de la gramática generativa. Pero esa convergencia conversacional no puede ocultar, incluso en el seno de su propia historia natural, la divergencia social que hace por enmascarar. La ideología está ahí, como lo están todo tipo de disparidades estructurales, impregnando una situación discursiva cara a cara que nunca deja de estar guiada –incluso de la manera inconsciente– por pautas de interpretación e inferencia, si se nos permite expresión, con “denominación de origen”. Hasta cuando los aspectos más descarados de una identidad social inferiorizada han podido ser “perdonados” e incluso en el caso de que los interactuantes reproduzcan una estructura gramatical común, sus socilolectos no podrán evitar colocarlos en desventaja a la hora de dominar unas maneras de hacer y de hablar estandarizadas, que están estipuladas siguiendo cánones de conducta propios del estilo cultural dominante. A la hora de la verdad, el conversador más ordinario deberá demostrar la sofisticación retórica y el conocimiento de postulados con frecuencia no formulados que hagan de él un verdadero personaje anónimo, todo y sólo comunicación, en la medida que ha sabido superar, aunque sea por un momento y en situación, la fragilidad de su ser social real.

Ha sido Pierre Bourdieu quien ha puesto de manifiesto cómo los gestos más automáticos e insignificantes pueden brindar pistas sobre la identidad de quien los realiza y el lugar que ocupa en un espacio social estructurado. Bourdieu descalifica “la ilusión subjetivista que reduce el espacio social al espacio coyuntural de las interacciones, es decir a un sucesión discontinua de situaciones abstractas”. En efecto, el error de interaccionistas y etnometodólogos consiste en definir la situación no como un episodio en el que se encuentran ubicaciones reales en lugares reales de una estructura objetiva, sino como avatares irrepetibles en que seres singulares generan oportunidades no menos singulares. Pero esa virtud poco menos que portentosa del encuentro casual, que es en lo que consiste ese rasgo especial de la vida en las ciudades que es la serendipia, es una superstición. Los cruces en apariencia espontáneos nunca dejan de estar orientados por la percepción de indicadores objetivos, por tenues que resulten, que se desprenden de una inspección que, ya a primera vista, procura pistas indicativas de una desventaja social preexistente. Pueden ser éstas pequeños rasgos relativos al cuidado personal o vestimentario, por supuesto, pero también conductas que advierten de una falta de autocontrol que predomina en los sectores sociales más débiles, como fumar o padecer sobrepeso. Bourdieu llama la atención acerca de cómo esa función identificadora indirecta puede venir dada por los gustos personales que se detentan o proclaman, a partir de los cuales los ineteractuantes podían ser localizados en un esquema clasificatorio capaz de distinguir adhesiones ideológicas, inclinaciones culturales, pero sobre todo emplazamientos estratégicos del organigrama social en vigor.

No vale llamarse a engaño. No existen sociedades anónimas, es decir formas de vínculo social cuyos componentes humanos sean totalmente extraños unos a otros. Quizás existan espacios del anonimato, pero no puede haber seres espaciantes –permítase evocar a Heidegger– anónimos, es decir individuos que desarrollen en esos espacios vínculos completamente desafiliados. Sólo en mera teoría nos corresponde el  derecho a ser reconocidos como no reconocibles. Puede ser que existan territorios sin identidad, pero no cuerpos sin identificar, es decir sin enclasar. Ni los espacios públicos o semipúblicos urbanos –la calle, la plaza, el vestíbulo, el parque, el transporte público, el café, la discoteca...–, ni los supuestos no-lugares –aeropuerto, hotel, centro comercial...– son excepciones de ese mismo principio que Durkheim y Mauss, en un artículo ya clásico e indispensable, advirtieron vigente en las sociedades más remotas: pensar es pensar socialmente y pensar socialmente es clasificar socialmente, es decir aplicar sobre la realidad circundante una trama o parrilla taxonómica que no tolera la ambigüedad y la exorciza.

Nadie es un desconocido total. Hay quienes ni siquiera pueden intentar serlo. Otros consiguen prolongar un poco más su intriga, aunque no se tarde en desenmascararlos demasiado y, como suele decirse, “ponerlos en su lugar”. Es a quienes somos capaces de mantener por más tiempo una apariencia de clase media que nos es dado gozar de comarcas en las que reina sólo la comunicación, en algunos casos hasta exaltada por todo tipo de emociones compartidas. La ecúmene del lenguaje nos ha rescatado de lo real, nos ha deparado la ilusión de que era posible ser nadie, ser cualquier, ser todos; perder nombre y domicilio; no haber nacido antes de ese momento. Habíamos creído que nos era dado esconder nuestra vida, pero no hemos podido; nunca podemos del todo. Siempre brindamos más información sobre nosotros de la que nos imaginamos y de la que desearíamos. 

Seguramente tenía razón Ortega y Gasset cuando afirmaba que nuestra pretensión de que podemos ocultar algo que nos conviene que los demás no conozcan está del todo injustificada: “somos transparentes los unos a los otros”. Benjamin llegó a una conclusión parecida cuando, en su famoso ensayo sobre Baudelaire, reconocía que “nadie es del todo indescifrable”. Por eso es inútil resistirse a la identificación, porque nos pasamos el tiempo aplicando sobre los demás lo que los demás aplican sobre nosotros: un entramado preexistente de categorías, algunas de las cuales excluyentes e incapacitadoras. Porque los participantes en cualquier encuentro aplican esquemas perceptuales y reproducen principios normativos que determinan la definición y el transcurso de cada secuencia de acción, no podemos evitar que los pequeños detalles nos delaten. Podemos sacrificar nuestra identidad en orden a ser aceptables para los otros, pero falta que los otros acepten y den por buena la ofrenda. No existen, salvo en el campo de lo virtual o de la fantasía, sociedades desencarnadas, relaciones inmateriales entre seres sin un cuerpo. Más tarde o más temprano aquellos con quienes estamos reconocerán las marcas visibles o invisibles que detentamos sin querer y en las que está inscrito quiénes somos, cómo hemos llegado hasta aquí y a dónde queremos ir a parar.


dimecres, 23 d’abril del 2025

Todas las sociedades son secretas

La foto es de Raúl Díaz

Comentario para Paolo Tarsi, doctorando.
Todas las sociedades son secretas
Manuel Delgado

Mira, el secreto, su posesión y sus diferentes niveles de accesibilidad implican, de entrada, un acto segregador. Piénsalo: secreto es lo que se secreta, es decir: que se segrega, que se separa. De ahí el término secreción, que significa «segregación», de donde se deriva que secretar es lo mismo que «separar», «poner aparte». El secreto hace de su depositario un ser de otra especie, sólo homologable con aquellos que, como suele decirse, «están en el secreto », como si el secreto fuera un lugar o un territorio dotado de fronteras vigiladas y a donde no todos tienen acceso.

Esta noche es un ejemplo perfecto de ello. Date cuenta. Cuál es el momento en que los niños son arrancados de lo que hasta entonces había sido su reino -el de la infancia- y son incorporados al «uso de razón» - primera fase de su incorporación al mundo los mayores- es aquel en que les es confiado un secreto: que los Reyes Magos -o la Befana, o Papá Noel- son los padres. Una vez se produce ese instante iniciático y el niño o la niña «ya saben», nada será igual. Han dejado atrás una fase de la vida a la que no podrán volver.

Tenemos, de esta manera, que el secreto actúa organizando la sociedad en dos grandes bandos: el de aquellos que lo comparten y el de todos los demás, que lo ignoran, aunque nunca dejan de tener presente que se les esconde siempre algo. En la comunidad de aquellos que comparten se generan determinadas formas de cooperación que ponen de manifiesto hasta qué punto el secreto funciona como un mecanismo que garantiza la eficacia de cierto tipo de iniciativas. La vida cotidiana de cada uno de nosotros está llena de pruebas que evidenciarían el papel fundamental que hace el secreto como eje alrededor del cual gira buena parte de nuestra relación con los demás.

Es por eso que hablar de "sociedades secretas" no deja de ser un pleonasmo, pues toda sociedad es de alguna manera secreta. Cualquier asociación humana- sean cuales sean sus dimensiones, es decir, empezando por una simple pareja -establece una diferencia clara entre los que lo saben y los que no lo saben, entre los que conocen determinadas razones, orígenes e intenciones y los que no.

Todo vínculo asociativo universal exige estar al tanto de lo que pasa, lo que una expresión castellana diría "estar en el ajo". Los miembros de un determinado equipo, que están al corriente de una determinada información reservada, deben comprometerse a hacer una serie de puestas en escena y de juegos de lenguaje que les permiten intentar definir cada situación en función de sus intereses. El hecho remarcable es que , considerando que todos debemos pertenecer siempre a más de un equipo, tenemos que pasar buena parte de nuestra vida cotidiana intentando mantener inútilmente un equilibrio entre diversas lealtades, no siempre compatibles, a veces antagónicas, cada una de las que nos reclama actuaciones a menudo irreconciliables. Esto es lo que nos obliga a ser agentes dobles constantemente, forzados a elegir, es decir, a traicionar.



dissabte, 15 de març del 2025

La voluntat d'ocultar

La foto és d'en Carlos Prieto

Consideracions per la classe d'Antropologia dels Espais Urbans del Màster d'Antropologia i Etnografia de la UB, enviat el maig de 2015

La voluntad d'ocultar
Manuel Delgado

Continuant el que parlàvem l'altra tarda, els secrets són allò que, sent important, no es diu, el que, evocant el títol d’un famós recull de contes de Pere Calders, podríem denominar la veritat oculta. Hi ha molts tipus de secrets: secrets personals, identitats secretes, secrets de família, secrets de confessió, expedients secrets, diaris secrets, secrets darrere la porta, fons secrets, documents top secret, secrets dolorosos, codis secrets, jardins secrets, vides secretes, secrets d’Estat, secrets científics, amors secrets, calaixos secrets, codis secrets, secrets de sumari, secrets millor guardats, expedients secrets, cambres secretes i, per descomptat, també el «brut secretet» de què parlava D. H. Lawrence a L’amant de Lady Chatterley, «el més difícil de matar», aquell que el confessor o el psicoanalista intenten esbrinar. Secret és allò que no s’ha de conèixer, tot allò que el tacte protegeix, el que voldríem saber ni que fos per curiositat o per aquesta forma quasi patològica de xafarderia que anomenem morbositat, l’afany per conèixer el que més se’ns oculta, segurament per bones raons.

Les pràctiques tafaneres  més normals, de les quals la vida quotidiana està farcida, són exemples d’aquesta tendència a saber dels altres més del que ens expliquen o ens donen a conèixer, qui sap si, com deia Oscar Wilde, com una estratègia per a mantenir els propis secrets ben resguardats. Tot plegat potser és inútil, perquè al final, com sol dir-se, «tot s’acaba sabent».

Conscients com som d’aquesta inclinació intromisòria, ens en protegim procurant que els altres no s’assabentin d’aquells aspectes de la nostra biografia personal que podrien ser considerats inacceptables. La conseqüència és una tensió constant entre el que Michel Foucault, anomenà, titulant el primer volum de la seva història de la sexualitat, voluntat de saber, la necessitat de transparència i intel·ligibilitat i la no menys enèrgica voluntat d’ocultar, d’amagar, de fer que hi hagi aspectes imperceptibles de i en nosaltres, facetes que, si se sabessin, de segur que ens farien molt més vulnerables. En certs casos, perquè la informació tapada és o se suposa delicada, massa estratègica per estar a l’abast de tothom o de la majoria, i el seu coneixement complicaria la seguretat d’alguns o de molts. En altres oportunitats, perquè resultaria irrevocablement censurable i faria detestable a aquell que el secret protegeix. En el primer cas, el secret s’associa al perillós; en el segon, a l’imperdonable.

Imaginem-nos per un moment un món on tot allò que sabem, pensem, planegem i desitgem fos immediatament i recíprocament accessible, on no fos possible callar, mentir ni dissimular. Aquesta imaginària eventualitat d’un món completament translúcid seria un malson, car totes les relacions socials es desplomarien. Les nostres interaccions es despleguen en incessants moviments de pèndol entre el que és visible i el que és invisible, traspassant constantment i en ambdues direccions la membrana que separa l’interior de l’exterior, posant de manifest una dialèctica sempre activa entre secret i revelació, entre confiança i malfiança, entre certesa i incertesa, entre saber i no saber, amb totes les escales intermèdies que recullen el fet de suposar, sospitar, entreveure. És així que tothom fa de la discreció, de les mitges veritats, fins i tot de l’engany, un ús habitual per tal de mantenir certa informació reservada, que revelem  d’una manera selectiva sols a qui ens interessa o a qui podem permetre que la conegui totalment o parcialment. Els secrets existeixen perquè existeixen els altres, i els altres no admeten allò que som.

Segurament aquesta consubstancialitat del secret com a recurs sempre present en les relacions humanes no és aliena a la resta de les espècies animals, que sempre es valen de tota mena de formes d’encobriment o mimetisme per a preservar-se de la mirada dels seus enemics o de les seves víctimes eventuals, tal com l’etologia ens demostra abundantment. Per als humans en societat, aquest principi d’escapoliment total o parcial ha estat reconegut en les seves virtuts estructuradores a partir del text de Georg Simmel que coneixes, on el secret era definit com a «coneixement recíproc limitat», és a dir, com a expressió d’aquest principi que sempre fa de nosaltres, quan estem en presència d’altri, una altra cosa. I per aquesta mateixa raó es pot concebre que el que és inquietant no és pas el que hom diu, sinó el que oculta. Això és el que deriva de la nostra naturalesa fragmentària, de personatges obligats a representar papers diferents que ens constrenyen a tematitzar-nos –és a dir, a reduir-nos a una imatge parcial i esbiaixada de nosaltres mateixos– en cada oportunitat i en funció d’aquesta oportunitat.

Una manera, al capdavall, de mantenir a ratlla l’ambigüitat consubstancial a la condició humana i evitar als altres saber massa de tot allò que érem, som o serem més enllà de la situació concreta que compartim amb ells. Això implica que hi ha una part de nosaltres que ens neguem a socialitzar, que no és convocada a intervenir en cadascuna de les interaccions en què ens anem veient involucrats, en la mesura que descomponem la nostra personalitat i en mostrem sols uns quants trets que, sempre organitzats d’una manera coherent i clara, ens permeten mostrar-nos com el que mai no som en realitat: una sola cosa. Passem el temps descodificant allò que els altres ens comuniquen directament o indirectament, però també allò que intuïm que ens amaguen, en un joc interminable de sobreentesos i insinuacions.

L’existència d’un secret resulta de la intenció que una persona té d’amagar alguna cosa, sobretot quan algú altre estaria interessat a veure revelat el que ha estat encobert. Fins i tot la relació més íntima exigeix tanta proximitat com distància, un coneixement recíproc i una ocultació mútua. Per tant, el secret és una part integral de totes les relacions socials, sobretot perquè se sap perfectament que aquestes relacions es trencarien o serien afectades si allò que s’amaga s’arribés a saber. Tenim, doncs, que la interacció humana es modela per mitjà del secret i per allò que se li oposa, la traïció, és a dir, la revelació d’allò que ha estat confiat per a no ser, sota cap concepte, transmès. El secret sempre és acompanyat de la possibilitat de ser descobert o delatat per la indiscreció o la malevolència d’un altre o per la incompetència pròpia a l’hora de mantenir-lo.

Vet aquí l’assumpte central de l’assaig de Georg Simmel. Allà ens adverteix de la virtut del secret com a factor estructurador de les relacions humanes, especialment en societats dotades d’un alt nivell de complexitat, en les quals la delimitació dels diferents cercles socials i llur organització interna fa indispensable l’acció protectora de l’ocultació mútua. El secret, àdhuc la mentida, són recursos imprescindibles amb vista a oferir una idea coherent de nosaltres mateixos, que mai no es correspondrà amb una realitat viscuda, sempre inconnexa i fragmentària. 

Només podem merèixer el crèdit aliè en la mesura que estiguem en condicions de mostrar-nos sols en part, amagant o dissimulant aquella informació sobre nosaltres que podria ser inconvenient o incompatible amb la imatge que volem o necessitem projectar a propòsit de la nostra personalitat o del nostre estatus. Aquesta part mútuament ignorada i no revelada sobre qui o què som –el que Simmel denomina la «propietat privada espiritual»– és el que provoca la condició intrínsecament ambigua de les relacions personals, fetes amb ingredients variables de comunicació i reserva, de veritat i error, de claredat i foscor, sense la qual cadascú esdevindria automàticament vulnerable davant l’acció malèvola de tots aquells que sabessin molt més d’alló que hom ha volgut revelar de si mateix.





divendres, 8 d’abril del 2022

Lo sé, pero no te lo digo. A propósito del secreto

La foto es de Vivian Maier

Comentarios para el espacio "El rincón y la esquina" del Hoy por hoy de la cadena SER. Se emitió el 6 de abril de 2022

Lo sé, pero no te lo digo. A propósito del secreto
Manuel Delgado

Los secretos son lo que, siendo importante, no se dice, lo que podríamos denominar la verdad oculta. Hay muchos tipos de secretos: secretos personales, identidades secretas, secretos de familia, secretos de confesión, expedientes secretos, diarios secretos, secretos detrás de la puerta, fondos secretos, documentos top secret, secretos dolorosos, códigos secretos, jardines secretos, vidas secretas , secretos de Estado, secretos científicos, amores secretos, cajones secretos, códigos secretos, secretos de sumario, secretos mejor guardados, expedientes secretos, cámaras secretas y, por supuesto, también el «sucio secretito» del que escribía DH Lawrence.

El secreto se basa en el principio de “lo sé; pero no te lo digo” y divide el mundo en dos: quienes lo saben y quienes no lo saben.

Secreto es lo que no se debe conocer, todo lo que el tacto protege, lo que quisiéramos saber ni que fuera por curiosidad o por esta forma casi patológica de chisme que llamamos morbo, el afán por conocer lo que más se nos oculta, seguramente por buenas razones. Las prácticas chafarderas o chismosas más normales, de las que la vida cotidiana está llena –“cuenta, cuenta…”-, son ejemplos de esta tendencia a saber de los demás más de lo que nos cuentan o nos dan a conocer, quién sabe si, como decía Oscar Wilde, como una estrategia para mantener los propios secretos bien resguardados. Todo ello quizá sea inútil, porque al final, como suele decirse, «todo acaba sabiéndose».

Conscientes como somos de esta inclinación intromisoria, nos protegemos procurando que los demás no se enteren de aquellos aspectos de nuestra biografía o nuestro presente personales que podrían ser considerados inaceptables. De ahí la voluntad de de saber, la necesidad de transparencia e inteligibilidad y la no menos enérgica voluntad de ocultar, esconder, hacer que haya aspectos imperceptibles de y en nosotros, facetas que, si se supieran, seguro que nos harían mucho más vulnerables. En ciertos casos, porque la información tapada es o se supone delicada, demasiado estratégica para estar al alcance de todos o de la mayoría, y su conocimiento complicaría la seguridad de algunos o muchos. En otras oportunidades, porque resultaría irrevocablemente censurable y haría detestable a aquél que el secreto protege. En el primer caso, el secreto se asocia a lo peligroso; en el segundo, al imperdonable.

Nuestras interacciones se despliegan en incesantes movimientos de péndulo entre lo visible y lo invisible, traspasando constantemente y en ambas direcciones la membrana que separa el interior del exterior, poniendo de manifiesto una dialéctica siempre activa entre secreto y revelación, entre confianza y desconfianza, entre certeza e incertidumbre, entre saber y no saber, con todas las escalas intermedias que recogen el hecho de suponer, sospechar, vislumbrar. Es así como todo el mundo hace de la discreción, de las medias verdades, incluso del engaño, un uso habitual para mantener cierta información reservada, que revelamos de una manera selectiva sólo a quienes nos interesa a quienes podemos permitir que la conozca total o parcialmente.

Seguramente esta consustancialidad del secreto como recurso siempre presente en las relaciones humanas no es ajena al resto de las especies animales, que siempre se valen de todo tipo de formas de encubrimiento o mimetismo para preservarse de la mirada de sus enemigos o de sus eventuales víctimas, tal y como la etología nos demuestra abundantemente.

Todo el mundo tiene algo que ocultar. De ahí que cada cual intenta mantener escondido o disimulado algún aspecto de sí mismo que permite clasificar a los demás en función de su grado de conocimiento del secreto o de los secretos de aquella persona, la cantidad de secreto que comparten con ella. La existencia de un secreto resulta de la intención de que una persona tiene que esconder algo, sobre todo cuando otro estaría interesado en ver revelado lo que ha sido encubierto. Incluso la relación más íntima exige tanta cercanía como distancia, un conocimiento recíproco y una ocultación mutua.

Por tanto, el secreto es una parte integral de todas las relaciones sociales, sobre todo porque se sabe perfectamente que estas relaciones se romperían o serían afectadas si lo que se esconde se llegara a saber. Tenemos, pues, que la interacción humana se modela por medio del secreto y por lo que se le opone, la traición, es decir, la revelación de lo confiado para no ser, bajo ningún concepto, transmitido. El secreto siempre está acompañado de la posibilidad de ser descubierto o delatado por la indiscreción o la malevolencia de otro o por la incompetencia propia a la hora de mantenerlo. También por compartirlo, por convertir en cómplice a aquel a quien se revela.


diumenge, 29 d’agost del 2021

La ciudad mentirosa


Foto de Rafa Pérez

En 2007 publiqué en Libros de la Catarata un libro sobre y contra el llamado “modelo Barcelona”. Su título fue “La ciudad mentirosa”. Ese título se corresponde con el de este artículo que apareció en El Periódico de Catalunya, el 18 de julio de 1992, cuando todo el mundo parecía encantado con el tipo de ciudad se había gestado a la sombra de las Olimpiadas y sólo muy pocos nos atrevíamos a denunciar la colosal estafa de que estaba siendo víctima la gente de Barcelona.

LA CIUDAD MENTIROSA
Manuel Delgado

Sobreviviremos. La depresión post-parto será terrible, eso sí, pero cuando todo esto acabe y la barca del amor, como siempre y como decía el poeta vuelva a estrellarse contra la vida cotidiana, entonces digo, deberemos pensar qué ciudad hemos visto cambiar a nuestro alrededor.

Premios, menciones, valor como modelo a seguir… todo eso está mereciendo ese laboratorio en que se ha convertido Barcelona. No hay para menos. La ciudad ha sido puesta en manos, como un precioso juguete, de arquitectos-príncipes que se han encargado de hacer de nuestras calles y plazas piezas de especulación formal pensadas más para ser vistas que para ser habitadas. Se ha conseguido, eso sí, que Barcelona sea la capital más interesante, admirada y fotografiable del mundo. Qué pena que sea cada día más duro vivir en ella. Barcelona: escenario perfecto del triunfo de lo bello sobre lo humano.

Barcelona ha reunido de golpe todas las supuestas cualidades de lo posmoderno. Ya saben, eso a lo que algunos llaman también era del vacío, edad neobarroca, imperio de lo efímero, era de lo falso… Barcelona, toda ella, es hoy el resultado de una colosal operación cosmética. No es que sea una ciudad maquillada: es que es sólo el maquillaje de una ciudad. Es una urbe-espejo, sólo superficie alucinada, patria de miradas más que de vidas. Y todos nosotros, barceloneses, nos hemos convertido en entusiastas extras de un espectáculo total en que el ciudadano es a la vez figurante y público embobado ante la puesta en escena de sí mismo.

En su apoteosis narcisista, la nueva Barcelona se ha convertido en una suerte de decorado de superproducción a lo Cecil B. de Mille. La grandilocuencia que preside la reconstrucción de la ciudad inquieta porque advierte de la megalomanía de sus artífices, y en cierto que nunca los arquitectos y los diseñadores urbanos habían tenido tanto poder como en la Barcelona de los 80 y 90, Bohigas ha entregado la ciudad a sus amigos –Piñón, Calatrava, Peña, Viaplana, Moneo, Domènech, Clotet, Tusquets…- y hasta a sus enemigos –Bofill-, para que jueguen a su gusto con el Gran Mecano que para ellos es Barcelona. Se ha obsequiaqdo además con buenos pedazos de esa arcilla de que se hacen las ciudades a los dioses de la moda en arquitectura: los Pei, Foster, Isozaki, Gehry, Meier, Gae Aulenti… Todos han sido llamados a participar del festín.

Y ahí están los resultados. Barcelona ya es su ciudad, mucho más que la nuestra. ¿Y qué quedará, después, de la Barcelona a la que muchos tanto creímos y quisimos parecernos? ¿Qué será de aquella Barcelona de Marsé, Rodoreda, Montserrat Roig, Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza…? Volverá alguien a escribir pensando en su piel y en sus entrañas. L’espoir, de Malraux, Le bleu dans le ciel o Et sur la terre  de Bataille, Pour l’honneur, de Joseph Kessel o Journal de voleur, de Genet. Si fuera posible un día,m ¿vendría George Orwell a luchar por su libertad ? ¿Repetiría Picabia, ante la Barcinodisney que nos han montado, aquello de “Il n’est pas donné à tout le monte d’aller à Barcelone”? ¿Volvería Picasso a pisar nuestras calles alguna vez?

Bella, pero fría como sus nuevas plazas, la exhibicionista Barcelona olímpica conquistará tal vez, ¿quién sabe?, otros corazones. Por nuestra parte, nosotros, sus moradores, cuando nos cansemos de ponerla guapa, caeremos en la cuenta de que los bancos de los paseos han sido pensados para cualquier cosa menos para que alguien se siente en ellos y que las hermosas columnas que crecen por doquier en realidad no sostienen nada. Se pudrirán las palmeras y empezarán a caerse a pedazos los restos del cartón piedra que sirvió de decorado para el gran show del verano del 92.

Volverán de su destierro las putas, los travestis, los pobres, los independentistas y todos los otros presuntos impresentables. Saldrá -¿cómo evitarlo?- la mierda de debajo de la alfombra, y todo será más o menos como era. Aunque quizá de los talleres de Bohigas salga también una miseria urbana de diseño, que, aunque tan miserable como la de antes, hará juego con las papeleras o las farolas y resultará mucho más digna, y hasta es posible que alguien le conceda un premio a los nuevos marginados con look. ¿Por qué no ha de ser bella también la injusticia?

Cuando todo esto pase vendrán, para qué engañarse, todos los desencantos. Nos revelarán que los templos levantados estaban vacíos. Saldremos entonces de nuestro atontamiento y veremos que la Ciudad de las Maravillas de la que nos creímos vecinos no era más que un espejismo y que alguien nos había metido de comparsas en un colosal video-clip, en un grandioso spot publicitario.

Hubo un tiempo en que Barcelona enamoraba por lo que de ella no se podía ver, por aquello tan particular que escondía y que brindaba sólo a quienes sabían dar con ello sin buscarlo. Hoy Barcelona deslumbra sólo por lo que de ella se ve, su fachada, la imagen de una aparición. Fascina porque también oculta un gran secreto, aunque sea en este caso el de que en realidad ni existe ni nunca ha existido. Seduce porque sabe mentir.






dimarts, 18 de maig del 2021

El secreto como fuente de estructuración social

La foto es de Anthony Bautista

Comentario para Horacio Espinosa, de la Universidad de Guadalajara, sobre Georg Simmel y el secreto, enviado en octubre de 2010.

EL SECRETO COMO FUENTE DE ESTRUCTURACIÓN SOCIAL
Manuel Delgado

El texto de Georg Simmel al que me referí es mi c0nferencia es decididamente fundamental. Se trata de  «El secreto y la sociedad secreta», de 1908, publicado en el volumen II de su Sociologia (Alianza).  Hay ahí varias ideas fundamentales. Por ejemplo, la de que el secreto puede definirse como  «conocimiento recíproco limitado», es decir, como expresión de este principio que siempre hace de nosotros, cuando estamos en presencia de otro, "otra cosa". Por eso en la coferencia explicaba que lo que es inquietante no es lo que se dice, sino lo que oculta. Esto es lo que deriva de nuestra naturaleza fragmentaria, de personajes obligados a representar papeles diferentes que nos constriñen a tematizarnos -es decir, a reducir a una imagen parcial y sesgada de nosotros mismos- en cada oportunidad y en función de esta oportunidad. Una forma, en definitiva, de mantener a raya la ambigüedad consustancial a la condición humana y evitar que los otros sepan demasiado de todo lo que éramos, somos o seremos más allá de la situación concreta que compartimos con ellos.

Esto implica que hay una parte de nosotros que nos negamos a socializar, que no es convocada a intervenir en cada una de las interacciones en que nos vamos viendo involucrados, en la medida en que descomponemos nuestra personalidad y mostramos sólo algunos rasgos que, siempre organizados de una manera coherente y clara, nos permiten mostrarnos como lo que nunca somos en realidad: una sola cosa. Pasamos el tiempo descodificando lo que los demás nos comunican directa o indirectamente, pero también lo que intuimos que nos ocultan, en un juego interminable de sobreentendidos e insinuaciones.

Simmel advertía de la virtud  del secreto como factor estructurador de las relaciones humanas, especialmente en sociedades dotadas de un alto nivel de complejidad, en las que la delimitación de los diferentes círculos sociales y su organización interna hace indispensable la acción protectora de la ocultación mutua. El secreto, incluso la mentira, son recursos imprescindibles de cara a ofrecer una idea coherente de nosotros mismos, que nunca se corresponderá con una realidad vivida, siempre inconexa y fragmentaria. Sólo podemos merecer el crédito ajena en la medida en que estemos en condiciones de mostrarnos sólo en parte, escondiendo o disimulando aquella información sobre nosotros que podría ser inconveniente o incompatible con la imagen que queremos o necesitamos proyectar a propósito de nuestra personalidad o del nuestro estatus. 

Esta parte mutuamente ignorada y no revelada sobre quién o qué somos -lo que Simmel denomina la "propiedad privada espiritual"- es lo que provoca la condición intrínsecamente ambigua de las relaciones personales, hechas con ingredientes variables de comunicación y reserva, de verdad y error , de claridad y oscuridad, sin la cual cada uno se convertiría automáticamente vulnerable ante la acción malévola de todos aquellos que supieran mucho más de lo que se ha querido revelar de sí mismo. Por lo tanto, la utilización del secreto constituye «una técnica sociológica, una forma de acción sin la que, atendiendo al ambiente social, no sería posible alcanzar determinadas metas», como escribe el propio Simmel en ese texto que, sin duda, es urgente que leas.


dilluns, 26 d’abril del 2021

Una vida privada privada de ser vida


La foto es de Todd Hiddo, uno de los artista de la muestra

Fragmento del artículo "La intimidad en crisis", incluido en el catálogo para la exposición Miradas impúdicas, Centre Cultural dela Fundació La Caixa, Barcelona, abril-junio 2000, Fundació La Caixa, Barcelona, 2000, pp. 22-31.

UNA VIDA PRIVADA PRIVADA DE SER VIDA
Manuel Delgado

¿Cuál es la situación actual de esa distribución de la experiencia de la vida en esas dos caras en principio contrapuestas que son lo público y lo privado? Hay que tener en cuenta que la delimitación clara entre esas dos esfera determina la posibilidad o no de una vida social basada en el disimulo y la impostación. De que cada cual pueda preservarse de los demás, cubrirse con una película protectora hecha de anonimato, depende el ejercicio de principios de convivencia democrática que se asientan en esa exaltación de la impersonalidad que es la ciudadanía. Hoy, el derecho a mantener una pequeña isla de coherencia en un océano todo él hecho de inconsistencias, está severamente cuestionado. Hasta ahora nuestra bulimia de informaciones sobre la vida privada de la gente se había saciado con las revistas del corazón, en las que ciertos famosos se prestan para que su vida privada sea sacrificada en aras de la curiosidad pública. A partir de la segunda mitad del siglo XIX se generalizan las representaciones pictóricas de lo que se imagina que puede suceder en el interior de los hogares. Desde esa misma época, la literatura realista no ha hecho sino hablar de ello. Es más, ha reducido todos los grandes asuntos filosóficos, políticos o morales a una cuestión que se podía plantear e incluso resolver en términos puramente psicológicos, y por tanto íntimos. Más adelante, el universo de las ficciones cinematográficas nos ha permitido ser testigos pasivos de la vida personal de personajes inventados, actuar como notarios de sus avatares sentimentales, compartir fragmentos de su vida familiar, asistir incluso de cerca a su actividad erótica.

Pero eso ya no parece bastar. Se quiere saber cada vez más lo que ocurre de veras dentro de las casas. Es cierto que las fronteras entre lo público y lo privado siempre fueron lábiles. El espacio público vió cómo se creaban en su seno burbujas de privacidad : los quicios, los bancos públicos, el interior de los coches, las mesas de los cafés... La difusión de la telefonía móvil nos permite ver a gente solitaria manteniendo conversaciones estrictamente personales entre la multitud. A cambio, no obstante, siempre hubo que tolerar un cierto grado de intromisión en la vida privada. Las ventanas fueron en cierto modo el símbolo de ese peaje de transparencia mínima que las familias debían pagar. Pero, ¿existen hoy rincones que sean del todo inaccesibles a los ojos y oídos de desconocidos? Esos ojos y oídos ya no son sólo los de la vieja comunidad, siempre dispuesta a recuperar su antiguo despotismo, sino que son sobre todo los de ese nuevo espacio público propiciado por los mass media, o los de un Estado que aspira a fiscalizar todos y cada uno de los recobecos de la vida personal de sus administrados.

Una sociedad que se pretendió un día moderna tiende cada vez más a traicionar ese espíritu inaugural que proclamó el derecho al secreto, que es lo mismo que decir el derecho a quitarse la máscara y el disfraz, a bajar la guardia. Se ha instaurado un colosal comercio de datos personales, al alcance de quién pueda pagarlos. Sofisticadas técnicas de control violan o están en condiciones de violar constantemente nuestra privacidad ; nuestro correo, nuestro teléfono, nuestros desplazamientos por Internet ya no son seguros. En paralelo, cosas que habían sido propias de la vida doméstica han sido paulatinamente exiliadas a los exteriores públicos. El dolor del cuerpo prefiere el refugio que le prestan los hospitales. Quienes acaban de dejarnos son expuestos lejos de la casa, en tanatorios asépticos que no recuerdan para nada una alcoba. El entrometido profesional que fuera un día el cura lo es ahora el psicólogo, el psicoanalista o el sexólogo, especialistas en intimidades presuntamente desordenadas. La economía doméstica hace tiempo que no tiene nada de doméstica y es controlada desde las entidades bancarias. Conductas que deberían corresponder al campo de lo reservado sirven para desacreditar a personajes destacados. En el otro extremo del espectro social, la retórica de la multiculturalidad le niega a miles de inmigrantes y personas etiquetadas como miembros de «minorías» el derecho a la privacidad, en nombre de un interés en el fondo estigmatizador por su «identidad». Para ellos no hay democracia, ni libertades civiles, puesto que son víctimas de lo que define por antomasia todo regimen autoritario : la indistinción entre público y privado.

Los medios de comunicación de masas han contribuido de manera estratégica a esa crisis generalizada de la privacidad. Se han puesto de moda programas de radio y televisión en que los asuntos más privados son ventilados de manera obscena. Los platós televisivos se convierten en teatros en los que personas ordinarias hablan de su intimidad ante millones de espectadores. La profusión de videos caseros y de cámaras de vigilancia ha hecho proliferar imágenes «impactantes» que muestran bien de cerca todo tipo de dramas y sufrimientos personales. Lo impúdico atrae. Por los canales por los que fluye la información circulan una multitud de sucios secretitos. Lejos de todo objetivo estético o intelectual, un nuevo género televisivo instaura cámaras en el interior de las viviendas para que un público morboso asista al espectáculo de la cotidianeidad ajena. Las noches aparecen atravesadas por basura radiofónica en la que hombres y mujeres airean lo inconfensable. El ojo de la cerradura se ha hecho mayúsculo para que una multitud inmensa pueda mirar por él lo que sucede dentro de las casas.

En cuanto al proyecto de hacer de la vida privada la otra cara de la supuesta deshumanización de lo público, tampoco se puede decir que se haya cumplido. Ha fracasado todo esfuerzo por hacer de los domicilios unidades hechas de calor, microcomunidades regidas por los afectos y la franqueza. Dentro de cada casa raras veces encuentra uno algo parecido al dulce hogar previsto, ese paraíso personal en que relajarse, ese reducto en que debía regir una norma ética superior. En los interiores hay casi siempre núcleos humanos en los que rigen los mismos principios que ordenan injustamente la sociedad en su conjunto. En realidad, para demasiada gente no hay retaguardia hacia la que replegarse : en casa uno encuentra el mismo infierno que deja atrás u otro peor. A veces da la impresión de que el espacio público vuelve a ser escenario para la huída o la rebelión, frente a un espacio privado en que reinan la arbitrariedad, el autoritarismo y en no pocas ocasiones la violencia.

En Miradas impúdicas personas, objetos y situaciones interiores migran del campo de lo personal, familiar, íntimo, particular, en una palabra de lo privado, al de lo mostrable a todos o a cualquiera, es decir al de lo público. Esa operación se brinda bajo el epígrafe de arte, con lo que se solemniza lo que estaba antes «a ras de suelo». Extraña forma de barajar las cartas, el producto de la cual es algo así como un malentendido, puesto que las domesticidades que vemos no son en sí mismas bellas o creativas. Tampoco está justificada su exhibición por criterios como los que rigen los reportajes de las revistas sentimentales sobre «el hogar de los famosos». Los protagonistas son aquí individuos completamente desconocidos y su vida doméstica se antoja deliberadamente insubstancial. Estas imágenes ni siquiera gozan del toque escandaloso que las haría «sensacionales» o «de impacto». Por su parte, las ficciones sobre lo que pasa dentro de las casas siempre se preocuparon de dar a contemplar lo elocuente, lo revelador de algo. Pero aquí..., aquí no hay nada. ¿Qué hay de interesante en la escopia que se propone? Todo es como si se nos quisiera hacer partícipes de una apoteosis sarcástica de lo irrelevante. Vehemencia expresiva de cosas abiertamente insignificantes ; minimalismo que no está en el arte, sino en la vida. El uso creativo de esas migajas de banalidad sirve para una ironía que, pasando por lo sublime del «arte», nos devuelve de hecho a lo real al pie de la letra. Lo que vemos es lo que cada visitante vería si pudiera acceder a la interioridad doméstica de los demás, o lo que los demás veríamos si se nos abriera el telón de la suya : nada, el vacío, el silencio, la incomunicación, quizás un montón de confidencias seguramente mezquinas... Nada de lo prometido.

La exposición traslada al plano de la creación estética la crisis y el naufragio de la intimidad. Ésta quiso ser el reducto de una verdad personal en que se invirtieran positivamente las miserias del mundanal ruido, pero no ha sido sino un pozo en el que los constreñimientos de la vida pública hallan un eco muchas veces ampliado. Lo interior no nos salva, porque en él vemos reproducirse los esquemas de dominación que rigen ahí fuera. Y su mediocridad. Lo íntimo pudo y debió haber sido también –y con ello hubiera bastado– un lugar en que escabullirse, el espacio para el secreto y el descanso, algo que recordase la guarida o la madriguera, o tan solo ese camerino en que nos preparamos para ejercer, más tarde, en la calle o en el trabajo, nuestro derecho a la ambigüedad y al camuflaje. Pero no contamos ya con ninguna garantía de que no somos observados por extraños, ávidos de nuestros pequeños misterios personales.

Ninguno de los objetivos de la invención moderna de lo íntimo ha sido alcanzado. Ni ha dejado de ser las más de las veces sino una mera reverberación de lo peor de lo público, ni se ha constituido en ese punto ciego para la mirada ajena. Malos tiempos éstos en los que la vida privada aparece cada vez más, ella también, privada de ser vida.



dimecres, 8 de juliol del 2020

La veritat com allò que és millor no saber

La foto és de Nate Robert
Consideracions per a Marta López, estudiant del Màster en Antropologia i Etnografia de la Universitat de Barcelona

La veritat com allò que és millor no saber
Manuel Delgado

Mira, Marta, la clau de tot aquest afer del secret està en un vers de Robert Frost que es diu "The Scret Sits": "We dance round in a ring and suppose, / But the secret sits in the middle and knows". Pensa en el profund d'aquest pensament: nosaltres anem girant i sempre suposem, però al centre de la nostra dansa està el secret, i el secret no suposa; es secret sap. És indispensable que busquis el número 52 de la revista Archipiélago, del 2002, consagrat monogràficament al secret. A la presentació veuràs que és un article de Ignacio Gómez de Liazo molt bo, titulat "A la luz del secreto". Allà t'ho diu clar: el secret és «un nucli incandescent» de totes les relacions socials.

La complexitat dels rols socials es desplega al mateix temps que les constants proves de la seva fragilitat. El nostre saber dels altres i el que els altres tenen de nosaltres és sempre, per definició, fragmentari, incomplet. Sempre jugant al joc de l’ésser i del semblar,  sempre intentant que els altres ens prenguin com allò, no que som, sinó que pretenem semblar. Hi ha un autor que t'interessaria seguir: André Petitat. Busca «Secret et morphogenèse sociale», Cahiers Internationaux de Sociologie, 102 (1997), pàgs. 139-160, o la seva compilació Secret et lien social. París: L’Harmattan, 2000 (el tinc; si vols te'l passo). Aquest autor estableix estableix les tres regles bàsiques d’aquest joc. Primer, la capacitat de revelar o d’amagar deliberadament representacions mentals per naturalesa invisibles; en segon lloc, la capacitat de distingir entre una versió dels esdeveniments considerada com a vertadera i una versió falsa deliberadament presentada a altri, i, en tercer lloc, la capacitat de respectar les convencions sobre quina és la ratlla que no podem traspassar a l’hora d’obtenir dels altres transparència i llegibilitat.

Hi ha un moment clau a la nostra infantesa. Cap allà els tres anys d’edat vam prendre consciència que els adults no podien llegir els nostres pensaments i vam començar a entendre la importància de controlar la nostra espontaneïtat. Aviat aprenguérem a dissimular, a mentir, el valor estratègic de les mitges veritats i dels dobles llenguatges, la importància de manegar les esquerdes que s’obren en el llenguatge i que ens permeten amagar-nos cartes sota la màniga. Des d’aleshores és possible que no haguem fet altra cosa que protegir els nostres secrets, pivotant entre els diferents estratagemes que ens ho permeten: la dissimulació, la mentida, l’ocultació. Però, com aquest mecanisme al mateix temps social i psicològic, assoleix la seva eficàcia quan d’ella depèn el benestar, la llibertat, la seguretat personal...? El lloc fonamental que ocupa el manteniment dels nostres secrets en ordre a merèixer l’acceptació dels demés es multiplica quan aquests demés, o alguns d’ells amb la capacitat per fer-ho, estan en condicions de malbaratar la nostra vida, castigar-nos o inhabilitar-nos de manera irrevocable un cop han esbrinat allò que els ocultaven. Per a tots nosaltres, de la reserva i la discreció penja la nostra avaluació pels altres, aquests altres que, en les condicions de clandestinitat imposades per una dictadura, poden esdevenir en qualsevol moment, evocant Jean-Paul Sartre, literalment l’infern. Escriu Jacques Derrida: “El secret no és alguna cosa, un contingut que caldria ocultar o guardar per a un mateix. Altri és secret perquè és un altre. Jo sóc secret, estic segregat com un altre. Una singularitat aquesta per essència segregada”. Això ho tens a una entrevista a Le Monde de l’Éducation, París», núm. 284. No sé la data exacte, però és del 2000.
           
Saps? En ve al cap la importància concedida a les contrasenyes, les paraules secretes que obren portes o forcen a conductes, el nom o l’objecte secrets, elements d’un llenguatge en certa mesura sagrat, les claus del qual no són accessibles més que a una minoria elegida. És el que avui anomenaríem password o clau que permet l’accés a una informació especialment delicada o estratègica. Pensa en la importància crucial del nom secret de Déu en les tradicions jueva i islàmica  en el primer cas, en la base de totes les variants del mite del Gòlem i, en el segon, en tota la teologia a l’entorn del Gran Nom, en què es resumeix l’essència oculta de Déu, amb textos preciosos escrits sobre el tema per Al-Gazzali o Ibn’Arabi. Es tracta d’allò que, segons Martin Buber, s’amaga darrere el subterfugi amb què Iahvé respon a Moisès quan aquest li pregunta com es diu: «Sóc el que sóc». És el nom arcànic de Qaholom que Borges imaginava a "El Aleph", escrit en la pell d’un jaguar captiu i la revelació del qual permetria a Qaholom, el darrer sacerdot de la seva piràmide, ara destruïda, ser totpoderós i alliberar el seu poble. Ara em venen al cap els Midrashim, als que es refereix Borges a "Las tres versiones de Judas", que abominen dels impios que pronuncien el Shem Hamephorash, el Secret Nom de Deu. El nom secret que Isis aconsegueix que Ra li reveli. ¡Ah, Isis! I els vels que l'oculten al temple. Has de llegir a Shiller, i Los discípulos en Sais, de Novales (Hiperion). Ara penso en  De Quincey, el que explica referint-se a l’època en què els noms de les ciutats eren secretes, esmentant el cas d’aquell romà que fou executat per haver rebel·lat el secret, un secret tan ben guardat que no ens ha arribat. S’entén –ho comentava Borges– que si algú posseïa el nom secret de Roma, posseïa Roma, perquè saber el nom d’alguna cosa és dominar-la. El nom secret de Roma era la seva autèntica muralla.
           
Els antropòlegs en saben molt d'això. Lévi-Strauss, per exemple, a Tristos tròpics (Anagrama) fa referència a l’incident en què dues nenes nambikwara disputen perquè l’una ha revelat el nom vertader de l’altra; els nambikwara mantenen amb molt de recel l’ús de noms propis entre ells, com succeeix en moltes altres societats. De fet, Lévi-Strauss pactava amb els indígenes l’ús de noms prestats o de sobrenoms. El joc de la denúncia a què s’acaben abandonant les nenes nambikwara, la gran exhibició d’allò “propi”, consisteix no a revelar noms propis, sinó a aixecar el vel que oculta una classificació i una pertinença, la inscripció en un sistema de diferències lingüisticosocials, “qui ets tu en realitat” en la dimensió més axial d’un determinat ordre del món. Els etnògrafs coneixen bé aquest fenomen, repetit cada cop que l’informant exigeix la garantia que en la monografia de camp no aparegui revelat el seu autèntic nom, sinó un pseudònim. Al seminari que esteu seguint n'han aparegut un grapat d'exemples d'això.  

Atén al que va explicar l'altre dia sobre la lògica del negatiu en el secret. Al capdavall, els secrets experimenten una tendència innata a ser revelats. Ja saps el que passa quan li demanes a algú que et guardi un secret: tens la garantia quasi absoluta que el difondrà. Elias Canetti coincidiria en això quan ens fa notar com  el secret té alguna cosa d’explosiva. Mira el capítol "El secreto", dins Masa y poder (Muchnik). Aquest esclat és justament la revelació, que implica una manera brusca de descarregar aquesta tensió, o bé perquè algú s’hi sent forçat, o bé perquè no suporta mantenir-la més temps.

Parlant d'en Canetti, fonamental la seva reflexió a propòsit de la relació entre poder i secret. En aquest text que et dic Canetti ens recorda que el secret ocupa la medul•la mateixa del poder. De fet, ens diu, el prestigi de les dictadures és degut al fet que se’ls concedeix la força concentrada del poder, és a dir, la relació entre el nombre d’aquells que afecta i el nombre d’aquells que el guarden. És més, com Michel Foucault ens recorda, al primer llibre de La voluntad de saber (Siglo XXI) el poder sols resulta tolerable en la mesura que emmascara una part fonamental del seu funcionament i dels mecanismes que el fan possible. No és que aquest principi sigui un requisit per a que els poderosos puguin exercir llur control, sinó també per a que els sotmesos assumeixin la seva pròpia subordinació, car els seria del tot inacceptable un poder completament cínic, és a dir que es s’entestés en fer creure en la seva total transparència. Ara bé, com que el secret és al bell mig d’un ordre polític qualsevol, com que el poder que el posseeix el té com el seu tresor més preuat i –mai millor dit– més ben guardat, el secret també caracteritza el nucli central de qualsevol impugnació del poder. Per això tota lluita contra el poder i pel poder també treballa a partir d’aquesta possessió i d’aquest exercici d’un altre secret: el seu. Tot aquell que vigila sempre és vigilat per un altre que guaita, i qui guaita també ho fa en secret. La dictadura s’exercia des del secret concentrat d’un poder despòtic, però, arran de terra, un petit exèrcit de desconeguts i desconegudes el desobeïen i hi conspiraven en contra. Ho feien responent a una mateixa lògica: la del silenci, la d’actuar des de les ombres.

Els poders i els contrapoders tenen en comú que tots dos amaguen sempre les seves cartes, si més no les més estratègiques, aquelles de què depèn el desenvolupament i el final d’una partida interminable. Escriu Max Weber a Economía y sociedad (FCE; busca a l'índex temàtic les entrades sobre el secret): «Tota dominació que pretengui la continuïtat és fins a cert punt secreta". Weber, en efecte, ens ensenyà la importància del fet que fos una minoria molt reduïda i exclusiva la que tingués accés a determinats sabers ben guardats dels quals depenia l’exercici de qualsevol forma d’hegemonia. Però atenció: el secret no és sols el que permet exercir una dominació, sinó el que fa possible suportar-la. Si ens despertéssim i coneguéssim el que ens oculten, ens veuríem incapaços de continuar sotmetent-nos. Vet aquí potser l’essència mateixa de tot secret: protegir-nos de la veritat i, com el títol d’una famosa pel·lícula suggereix, de tot el que aquesta veritat ens amaga. Perquè la veritat, com diu Derrida evocant Nietzsche, «és allò que més val no saber».




dijous, 10 d’octubre del 2019

No poder oblidar


El Centre d’Estudis del Bages publicava l'any 2009, editades amb cura per en Jofre Padullés, les memòries de lluita de José Torralbo, militant del PSUC i de Comissions Obreres a la Manresa als anys 60 i 70. El llibre es diu Vides secretas. Memòries d’un militant clandestí. Us reprodueixo el pròleg que vaig escriure.

NO PODER OBLIDAR
Manuel Delgado

Seria cosa d’esbrinar a qui se li va acudir plantejar una iniciativa política o de qualsevol altra mena sota l’epígraf genèric de “memòria històrica”. Greu malentès aquest, que implica confondre una disciplina o un coneixement –la història– i una feina d’organització de determinats aspectes rememorats del passat als que se’ls ofereix l’oportunitat de ser rescatats, per així dir-ho, d’aquest passat i esdevenir actuals. Perquè això és el que vol dir “recordar”. Recordar vol dir “tenir present”, és a dir incorporar a l’ara aspectes de l’experiència acumulada que es consideren d’alguna forma pertinents o adients per a dotar-la d’un cert valor o significat. És a dir, no recordem qualsevol cosa, sinó un grapat extremadament restringit de coses –situacions, personatges, sentiments, visions...– que d’alguna manera complementen el present, en la mesura que demostren que, per bé o per mal, el que hi ha ja hi era i el que hi era encara és. El llibre del que aquestes consideracions és pòrtic és un exemple d’això. Les memòries d’en José Torralbo sobre la seva vida clandestina com a militant antifranquista a una època recent de la història de la comarca del Bages, són bàsicament això, és a dir memòria o, millor dir, memòries, perquè és ben cert que mai hi ha d’una sola.


No estem, doncs, davant un llibre d’història. Per molt que ens entestem en sostenir el contrari, la història no la fan els pobles, ni les persones ordinàries: la història la fan els historiadors. Són ells els que seleccionen un seguit de fets que es demostren realment esdevinguts i els enganxen uns als altres en forma de cadena de manera que el que surti sigui un relat congruent i quasi sempre més aviat transcendent, una narració dotada de característiques de plausibilitat, la pretensió de les quals sol ser acabar fent incontestable una certa interpretació del sentit de dinàmiques històriques sovint d’ampli espectre i que impliquen de manera directa o indirecta les institucions.


La memòria –o les memòries; com aquestes d’en Torralbo– és una altra cosa. La memòria de les persones és com una selecció d’instantànies que qui recorda intenta ordenar de forma que el que produeix sigui alguna cosa similar a una biografia, un avatar personal que doni sentit al que s'és i al que passa ara. Amb els pobles passa el mateix. La memòria col.lectiva és una mena d’enfilament en el que la memòria d’un i d’altre és van travant, buscant en les memòries alienes al que a la pròpia li manca. El producte és una mena de remor de fons, un murmuri de vegades ensordidor, del que podrien sorgir desenes, centenars, milers, qui sap si milions de línies de record. El que teniu aquí, doncs, n’és un exemple d’això. La història la fan els historiadors, la memòria les persones. La història no és que pugui ser manipulada; és tota ella, íntegrament, una manipulació. La memòria, en canvi, no; sobre tot perquè no podem triar què recordem i que no. La història és un producte, una cosa que s’ofereix sempre acabada i amb un resultat contundent que es presumeix final; la memòria en canvi és més aviat una producció, un treball incansable i interminable. Qui fa la història –l’historiador– té la possibilitat de controlar-la. Qui recorda, no. Qui recorda és qui no pot oblidar.


I aquestes que venen són les coses que en José Torralbo no pot oblidar. Coses de sacrifici, de lluita, d’abnegació revolucionària, de generositat militant de qui volia un món més amable i no podia suportar la injustícia que l’envoltava. Evocar torna a ser invocar. No s’evoquen aquí uns valors humans; s’invoquen, es clama per a que no morin i menys se’ls mati. Aquestes memòries que teniu a les mans ja no seran, un cop llegides, les del seu autor, sinó també les vostres, per a que un cop conegudes i compartides, tampoc puguin ser oblidades. No oblideu, si us plau; no oblideu. Ell no us ho perdonaria. Ni jo tampoc.






divendres, 31 de maig del 2019

Breve reflexión a propósito del enigma del hombre invisible y la presencia de policía secreta con distintivo amarillo


La foto es de José María Tejederas
Això és una nota que vaig escriure al col·legues de l'OACU arrel que a una manifestació del Primer de Maig del 2012, a la plaça Universitat, aparegués un piquet de mossos d'esquadra de paisà, amb un braçalet groc que indicava "policia".

BREVE REFLEXIÓN A PROPÓSITO DEL ENIGMA DEL HOMBRE INVISIBLE Y LA PRESENCIA DE POLICÍA SECRETA CON DISTINTIVO AMARILLO
Manuel Delgado

  
Sólo un apunte a propósito de la irrupción en el paisaje de la Barcelona descontenta e insolente, hace unos días, de mossos d’esquadra de paisano, vestidos con lo que se supone que es una “estética antisistema” –los “poliflautas” a los que Xavier Theros se refería en un espléndido artículo en El País en 4/5/12– pero a los que un brazalete amarillo permitía distinguir como agentes, un poco en la línea de aquella policía secreta uniformada que concibiera el Ministerio del Interior en la época de Barrionuevo (consúltese El País de 25/7/85). Dejando de lado las concomitancias políticas del asunto y la forma como contribuyen al clima de excepcionalidad que se está imponiendo en Catalunya, el asunto podría y debería motivar una cierta reflexión casi filosófica, acerca de lo que Michael Taussig, en su último libro, Desfiguraciones (Fineo, 2010), trata como “secreto público”, lo que nosotros designamos con la expresión "secreto a voces", ese secreto que todo el mundo conoce y que tiene precisamente en su publicidad generalizada la clave de su eficacia en orden en ejercer lo que Taussig llama “la labor de lo negativo”.

El caso es que el tema me trajo a la memoria una entrañable velada en una placita de un pueblo antioqueño cercano a Medellín, El Retiro, bebiendo aguardiante y escuchando pasodobles a ritmo de cumbia y de porro, con mis anfitriones Juan Gonzalo Moreno y Jaime Xibillé, profesores de Estética en la Universidad Nacional en Medellín. Grandes amigos y grandes maestros. Sin qué recuerde a santo de qué, de pronto surgió una discusión teórica que se me antojó apasionante y que arrancaba en el planteamiento de un enigma: ¿por qué Jack Griffin, el Hombre Invisible, que por fin ha logrado una fórmula que le permite no ser visto, envuelve su rostro con vendas y usa gafas ahumadas y guantes? La respuesta a esa paradoja es que el personaje de H.G. Wells y de la película de James Whale (1933) actua así para que todo el mundo sepa que es invisible, puesto que si lo fuera literalmente nadie estaría en condiciones de tomarlo como lo que desesperadamente quiere continuar siendo, un sujeto. Tampoco es casual que, cuando la multitud le da muerte, luego de haberlo localizado por las huellas que deja en la nieve, su cadáver se vuelva opaco.

En la novela se brinda una insatisfactoria explicación al misterio, que es que Griffin ha de vestirse para combatir el frío y no puede hacer invisibles sus ropas. En un serial posterior titulado Los crímenes del fantasma, protagonizado por Ralph Byrd y dirigido por William Witney (1941), el protagonista conseguía la invisibilidad integral gracias a un artilugio electrónico..., que no podía evitar la emisión de un zumbido que se encargaba de delatar inequívocamente su presencia. En Memorias de un hombre invisible, una revisión del mito debida a John Carpenter (1991), el agente que persigue al protagonista, aludiendo a la vida anodina que éste llevaba, puede decir en un momento dado que «el hombre invisible ya era invisible antes de volverse invisible».

Esa misma cuestión se ha planteado en otras versiones del mito. Pienso, por ejemplo, en la contribución de Carl Gottfield a “Amazonas de la luna” (1987), el episodio titulado “El hijo del hombre invisible”, una hilarante parodia en la que el protagonista, que ha heredado la fórmula portentosa de su padre para devenir translúcido, convoca a un amigo –excelente parodia de Peter Lorre–, para que asista al momento en que se desprende de las vendas que le cubren y se convierte en totalmente invisible. Para demostrar el éxito del experimento, baja a la calle y entra en una taberna donde se dedica a juguetear con unos parroquianos que supone que no le ven y que simulan con cierta desgana quedar maravillados ante el espectáculo de dardos que vuelan hasta la diana sin que mano alguna los lance o piezas de ajedrez que se mueven sin que nadie las toque. Lo que el amigo que le acompaña no se atreve a decirle al hijo del hombre invisible es que su invento no funciona y que todo el mundo le está viendo desnudo comportarse como si fuera, en efecto invisible, y siguiéndole la corriente, acostumbrados como estaban a las regulares incursiones bromistas de quien toman como una chalado. En este caso, es evidente el paralelismo con los mossos d’esquadra de paisano que se comportan con la ilusión de que no están siendo detectados, cuando uno de los principales entretenimientos de todo manifestante es localizarlos y gritarles el consabido “Secreta, idiota / ¿te crees que no se nota?".

Otro ejemplo nos lo depararía el muchacho que aspira a incorporarse a la cuadrilla de patéticos superhéroes de “Mystery Men”, dirigida por Kinka Usher (1999). En su caso, la cualidad singular que le convierte en candidato a ser aceptado como superhéroe es que es capaz de volverse invisible. El único defecto de tal virtud especial es que sólo puede ejercerla cuando nadie le está mirando.

En fin, que no he podido dejar de pensar en la profunda reflexión a que el Hombre Invisible o el Polícía Secreta con distintivo amarillo invitan a propósito de la naturaleza última del secreto, que es la de ser tarde o temprano conocido –“todo se acaba sabiendo”–, si es que no lo era ya desde el momento mismo de su ocultación. Seres que reclaman una invisibilidad relativa, consistente en ser «vistos y no vistos»; ser tenidos en cuenta pero sin dejar de ocultar su rostro; que focalizan sobre sí la mirada de todos, para que todos adviertan a las claras que quieren pasar inadvertidos; que pavonean su camuflaje; que pueden ser vistos porque se visibilizan, pero a quienes no se puede controlar..., puesto que son invisibles. He ahí la encarnación perfecta de hasta qué punto la clave que convierte en eficiente un secreto es que todo el mundo esté siempre al tanto de lo que esconde.


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