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dilluns, 19 de gener del 2026

Barcelona: el nacimiento de una nación

La foto es de Jordi Secall, tomada de http://jordisecall.blogspot.com.es/

Fragmento de la conferencia pronunciada en el marco del "Simposio sobre reorganización de les comunidades rurales y su influencia sobre la etnicidad urbana", celebrado en el Centro de Estudios Extranjeros de la Universidad Santa Sofía de Tokyo en octubre de 1991.

BARCELONA, EL NACIMIENTO DE UNA NACION
Manuel Delgado

Acaso Barcelona encarne un episodio más de los esfuerzos que todo orden político ha hecho siempre para imponer sus discursos de homogeneización, centralización y control sobre la tendencia de todas las ciudades al enmarañamiento simbólico. Frente al murmullo ciudadano la política ha venido procurando ocultar lo intruso de su presencia, para acabar por establecer como incontestable y sagrado sus planes de esclarecimiento y fiscalización. Se reproduce, en clave posmoderna y en un plano ahora preferentemente semántico, una operación parecida a la de reforma urbana mediante la que se intentó acabar con la actividad tanto de las "clases peligrosas" como con las grandes luchas sociales que habían conocido a lo largo del XIX las grandes ciudades europeas, y que consistió en el trazado de grandes ejes, la instauración de la iluminación nocturna y la destrucción de lo que entonces se llamaron "islotes malsanos", al tiempo que se llevaban a cabo los grandes censos mediante los que se pretendía conocer exactamente la composición social de la población. Lo político, la politeia entendida como administración de la civitas, en efecto, nace de la necesidad que las castas dirigentes experimentan en todo momento de hacerse con el control de la crónica condición intranquila de toda ciudad, de negar que ésta encuentra en el conflicto al mismo tiempo su génesis y su combustible vital. El objetivo: hacer de la ciudad un verdadero escenario de la transparencia que todo control exige para ejercerse. Una vez más, urbs versus polis.

En el caso específico de Barcelona ese pleito entre política y ciudad se reprodujo, a principios del siglo XX y para el caso de Barcelona, en la manera no coincidente como dos pensadores, el poeta Joan Maragall, abuelo del actual alcalde, y el filósofo noucentista Eugeni d'Ors, se plantearon la necesidad de hallar la esencia ciudadana de Cataluña. El planteamiento común era el que conducía a la necesidad de una nueva noción de país que encontrase las raíces de su identidad no en singularidades históricas o en tradiciones compartidas, sino en una determinada idea de civilidad de la que la Ciudad Condal sería cristalización potencial. Frente a la Cataluña idílica de la Renaixença, que ni era sociedad civil ni era Estado; frente a una España fracasada, Estado incapaz de vertebrar en torno suyo una auténtica sociedad civil, Barcelona podía erigirse como un ejemplo perfecto de una sociedad civil que crecía con éxito sin Estado. obre la discusión entre Maragall y d'Ors a propósito de Barcelona, cf. Eugenio Trías, El pensamiento cívico de Joan Maragall, Península, Barcelona, 1984, y La Catalunya ciutat i altres assaigs, L'Avenç, 1984.

Fue esa realidad susceptible de ser pensada como idea-fuerza y modelo de civilización, tanto para España como para Cataluña, la que fue objeto de elogios por parte de intelectuales como Unamuno, que había convocado a Cataluña, y en relación a su capital, Barcelona, a "representar en la Ciudad así, con letra mayúscula y fuera de ella la función civil de gran espectáculo." ("Sobre el problema catalán: Oposición de culturas", El Mundo, Madrid, 13 de febrero de 1908 (en Meditaciones y ensayos espirituales, volumen VII de Obras Completas, Escelicer, 1967, p. 454).

En ese ambiente general de vindicación de la capital catalana como punto de referencia modernizador que tanto D'Ors como Maragall hicieron sus interpretaciones de Barceloma como ensayo de ciudad-patria. En sus artículos periodísticos, firmados con el seudónimo de Xénius, Eugeni d'Ors concebía Barcelona como una entidad elitista y cerrada, de vocación neoateniense y organizada geométricamente. Por contra, Maragall entendía Barcelona como una especie de caos pactado, algo así como un desorden desbocado pero secretamente racional. Para ambos, en cambio, lo deseable en común era hacer realidad una verdadera patria urbana, un objetivo para el que era indispensable algo más que un proyecto intelectual lleno de premoniciones. Lo necesario era superar la ausencia de una auténtica autoconciencia de ciudania, un amor cívico capaz de dotar de consistencia sociohumana vertebrada sólidamente lo que no podría resultar, sin tal requisito, otra cosa que una entelequia. Eugeni d`Ors lo planteaba reclamando para Barcelona ese espíritu que la escuela de Chicago le negaba a las ciudades y que él quería ver erigirse más allá de la mezquinidad de las meras existencias individuales: "¡Pero, no! Platón me valga, para recordaros y para acordarme, como por encima las almitas miserables de los hombres, está la gran alma de la Ciudad. Y la Ciudad nuestra quiere ser salvada, ha de salvarse. Podremos no convertir a Pau, Pere, Berenguera en hombres civiles. Pero Barcelona, pero Cataluña, ha de ganar Civilidad definitiva, así nos muramos todos" ("Entre les runes de Civiltat", La Veu de Catalunya, Barcelona, 24 de enero de 1907 (en Glossari, Edicions 62/La Caixa, 1982, p. 41). Con todavía mayor lúcida claridad lo expresaba Joan Maragall en las palabras con que cerraba un famoso artículo suyo de 1909, en que reaccionaba ante el espectáculo de la Barcelona espasmódicaa de la Semana Trágica: "Aquí tal vez había habido una gran población, pero bien cierto que nunca existió un pueblo" ("Ah, Barcelona!", La Veu de Catalunya, Barcelona, 1 de octubre de 1909 (en Elogi de la paraula i altres assaigs, Edicions 62/La Caixa, 1978, p. 246).

Han tenido que transcurrir nueve décadas para que los sueños contrapuestos de d'Ors y Maragall hayan encontrado las vías para su realización sincrética, y lo hayan hecho al servicio de un programa político que aspira a trascender las limitaciones del nacionalismo tanto catalán como español, considerados caducos precisamente por su adscripción a los viejos modelos de identificación étnica de base lingüistica, territorial o histórico tradicional. Esta consideración no es intuitiva: responde a los precisos términos en que se ha venido ejerciendo el propio discurso político de los gobiernos del Partit del Socialistes de Catalunya en el Ayuntamiento de Barcelona.

En su declaración de principios sobre lo que es y debe ser la ciudad y en concreto en un capítulo nada casualmente titulado "Más allá del nacionalismo" el actual alcade barcelonés, el socialista Pasqual Maragall, optaba por la idea de la Cataluña-ciudad frente a la de un "nacionalismo clásico" que era generado por "el sentimiento de pertenencia y adscripción propios de colectivos más reducidos e históricamente previos, como la familia y la tribu" y que acababa transformándose en un código político. La Cataluña-ciudad implicaba una Cataluña muy urbanizada, con una Barcelona culturalmente vertebradora pero no muy poblada y con servicios dispersos en todo el país que, siguiendo el modelo de la capital, potenciaran las capitales de provincia y de comarca: Girona, Lleida, Tarragona, Tortosa, Vic, Manresa, Reus, etc. O, en palabras del propio Maragall, Cataluña como "sistema de ciudades": "Cuando se habla de Cataluña-ciudad, se quiere decir lo siguiente: que Cataluña es urbana, que está vertebrada y articulada a través de una red de munici¬pios." (Refent Barcelona, Planeta, 1986, p. 119). O, planteado como lo hacía uno de los teóricos de el neonacionalismo urbano barcelonés, Ferran Mascarell: "Yo defiendo por encima de todo una cultura entendida esencialmente como intercambio y no como identidad histórico-antropológica".En la mesa redonda "Ciudad taller - Ciudad escaparate", en Ajoblanco (abril 1991), pp. 65-73.

Cabe hacer notar aquí que se está hablando del plano puramente representacional. En la práctica el modelo escogido no ha sido tanto el de la Cataluña-ciudad metafísica como el de una Barcelona-metrópoli depredadora y absorvente que se ha mantenido fiel a los grandes propósitos urbano-imperialistas de la etapa franquista, representada inmejorablemente por el ahora muy enaltecido alcalde José María de Porcioles.

En el plano de la administración política, esta orientación patriotizante ha cristalizado en que el Ayuntamiento de Barcelona se conduzca en la actualidad como el gobierno de una auténtica ciudad-Estado, desde donde se administra no sólo la capital de Cataluña sino también las grandes ciudades-dormitorio que conforman la conurbación barcelonesa, el Area Metropolitana de Barcelona la Superbarcelona o Gross Barcelona, tomando como referencia el modelo del Gross Berlín , con un total de en torno a los cuatro millones de habitantes. Todo ello traduce un enfrentamien¬to político, ya crónico en Cataluña, entre el nacionalismo romántico, ruralizante e ideológicamente conservador que gobierna en el país, y cuyo representante más conspicuo es el Presidente de la Generalitat, Jordi Pujol, y el cosmopolitismo de los equipos social-comunistas que han dirigido los grandes conglomerados urbanos y que alcaldes de Barcelona como Maragall o como Narcís Serra han personificado. La apuesta es aquí la de lo que su principal teórico, Jordi Borja, ha definido como barcelonismo, un neonacionalismo urbano que se ofrecería como opción alternativa al catalismo tradicional y al españolismo estatal y cuyas maniobras de legitimación simbólica han sido el objeto del análisis que aquí se presenta.

En los resultados de esa construcción de una identidad de nuevo cuño queda patente el fracaso del pronóstico weberiano sobre el desencantamiento del mundo y el desarrollo y auge de formas de conducta colectiva con frecuencia políticamente patrocinadas basadas en la fascinación y la irracionalidad. La revancha del ritual en la sociedad tardocapitalista parece, en ese sentido, haber encontrado en la ciudad de Barcelona un marco perfecto para devenir indiscutible. Y es así con una meta que no se antoja menos clara: la de construir las bases escenográficas, cognitivas y emocionales de una identidad política emergente. De una identidad política, hay que añadir, que se impone a la multiplicidad que conforma una identidad urbana hecha de pluralidad de eventos y situaciones, de ramificaciones, de líneas, de bifurcaciones. Movimiento perpetuo, ballet de figuras imprevisibles, heterogeneidad, azar, rumor, interferencias... Barcelona. Es negando esa ciudad líquida que el orden político instaura su nueva religión de la Acrópolis, la sólida patria recien inventada que llama a lo distinto a acudir al cobijo de sus presuntas certezas y, finalmente, a morir y disolverse en ellas.

Es eso lo que hace doblemente interesante el caso barcelonés para el estudioso de la imaginación social. Por un lado, nos coloca en lo que sin equivocarnos podríamos llamar el nacimiento de una nación, es decir de una entidad colectiva con un repertorio simbólico compartido y eficaz en orden a desencadenar sensaciones y sentimientos de pertenencia y que, además, implica un propósito específico de soberanía política.

En paralelo, la aparición de lo barcelonés como singularidad viene a desplegarse como una completa colección del tipo de estrategias que permiten conformarse hoy a las nuevas identidades, los parámetros estéticos que constelan tan deudores, por cierto, del lenguaje publicitario, los mecanismos generativos que los animan y hacen viables, y la red, en fin, de articulaciones, confluencias y disyunciones que se organizan para dar a luz la conciencia de sí de un ser colectivo. Podemos decir, en definitiva, que Barcelona se ha convertido en un observatorio inmejorable desde el que contemplar y analizar los términos en que una identidad política florece, se configura lógicamente y comienza a interiorizarse sentimentalmente. Y ello por el trabajo de una suerte de ingeniería simbólica sobre quienes han sido designados para convertirse en sus actores, por mucho que, en realidad, sea tan sólo en el papel de comparsas en el gran espectáculo que el poder político intenta en todo momento brindar de sí mismo.



dilluns, 17 de novembre del 2025

Barcelona: l'urbanisme contra l'urbà


Foto de David Bravo Salva

Tret d'una conferència al taller temàtic Habitatge i Rehabilitació, Escola Tècnica Superior d'Arquitectura de Barcelona, Universitat Politècnica de Barcelona, el 29/9/2015

Barcelona, l'urbanisme contra l'urbà
Manuel Delgado

És raonable sospitar que les polítiques urbanístiques que ha conegut Barcelona han estat, en gran manera, la continuació d’una vella obsessió per controlar el que d'incontrolable s’esdevé als carrers. Les planificacions, les mapificacions, les delineacions viàries, les zonificacions, han tornat aquí –amb nova virulència– a estar instruments que procuren –sense acabar d’aconseguir-ho mai– monitoritzar el que realment succeeix a l’espai públic, l’àmplia gamma de les apropiacions tan sovint imprevisibles i erràtiques a què és sotmès pels seus propis usuaris, les colonitzacions tantes vegades insòlites que constantment l’afecten, i que en fan l’espai natural de les expressions de llibertat, en la mesura que la pràctica de l’espai només es pot donar sobre la base dels usos diversos de les col·lectivitats.

Al capdavall, potser Barcelona està sent l’últim gran experiment d’aquella concepció de la ciutat que s’inicià al final del segle XVIII i que apareix entestada des d’aleshores a regular i codificar la troca de realitats humanes en què consisteix tota concentració urbana. En seria el seu objectiu inconfessat aturar l’aflorament dels esquemes paradoxals i atzarosos de la ciutat, mitjançant l’aplicació de principis de reticularització i de vigilància que posessin fi o que atenuessin l’opacitat i la confusió a què sempre tendeix l’urbà. A l’urbanisme modern mai no ha deixat d’animar-lo –a Barcelona també– la intenció de constituir una ciutat perfecta, és a dir, una contraciutat, potser tornant a demostrar-nos que per ventura la vocació última de tot urbanisme consisteix a desactivar l’urbà.

S’acompleixen avui, al principi del segle XXI, les intuïcions de les poques veus que, al moment culminant de l’anomenat esperit olímpic, el van saber reconèixer com un dispositiu purament retòric al servei de la terciarització i la tematització de Barcelona, de la seva conversió en un parc del consum i per al consum i del seu plegament als requeriments del capital internacional en matèria immobiliària i turística. Incorporació a la mundialització, noves perifèries socials, reapropiació capitalista de la ciutat... Tot plegat utilitzant tècniques empresarials que han promocionat Barcelona com una marca comercial com qualsevol altra. 

En efecte, hem conegut de ben a prop un autèntic paradigma d’allò que avui es coneix com a màrqueting urbà, una estratègia de promoció, venda i exportació,  l’objecte de la qual no és cap altre sinó la ciutat mateixa. Barcelona exemplifica també com aquest tipus de mercaderia exigeix, a més de la corresponent justificació ideològica, una adequada combinació de teorització de les aparences i d’un vocabulari convenientment trufat d’invocacions a valors abstractes, com vam veure en el cas del fracassat Fòrum 2004: “sostenibilitat”, “diàleg”, “coneixement”, “pau”, “diversitat cultural”, etc.

Hem vist igualment com aquesta comercialització de la ciutat com a tal demana una certa lògica del gran esdeveniment, disposició d’oportunitats especials o successos mitjançant els quals Barcelona s’exhibeix com el que és ara per ara: un artefacte sotmès als principis estupefaents de qualsevol altre objecte de consum. Com el llenguatge oficial mateix reconeix: una marca de ciutat.

Sembla com si del que s'hagués tractat fos de liquidar de cop una de les ciutats més excitants del sud d’Europa, en nom d’un projecte politicourbanístic que no preveu l’existència una societat naturalment alterada, en nom de la quimera impossible d’una ciutat arquitectònica, estètica i plenament polititzada, que ignora les agitacions que l’animen. L’oposició no es produeix entre una ciutat vella i una ciutat nova, ni entre una ciutat lletja i una ciutat bonica, sinó entre una ciutat socialitzada i una ciutat de la qual, de sobte, s’ha expulsat la complexitat humana, el malestar de les classes, tota contradicció. L’objectiu de les reformes no ha estat embellir la ciutat, ni dotar-la d’un look de prestigi, pensat, com havia intuït fa ja molt Unamuno, únicament de cara a la galeria. L’objectiu ha estat una ciutat urbanística, és a dir, desurbanitzada, dotada de poderosos mecanismes antipassionals, tranquil·litzada... Somni daurat d’una ciutat sense ràbia, sense lloc on amagar-se, sense vertígens, sense ciutat.
           
L’urbanisme sovint es comporta –ho hem vist en el cas del de Barcelona– com una projecció que pretén orientar les percepcions i les conductes i que pressuposa els seus destinataris com una mena de massa passiva que se sotmet submisament als seus designis. Als plànols i a les maquetes dels planificadors de ciutats no hi ha persones, sinó tan sols formes pures, virginals, no contaminades per altres fites que no siguin les de contribuir entusiàsticament a un assossec absolut, sense turbulències, sense alteracions, sense ensurts, tret de les excepcions que correspongui i quan correspongui. La ciutat ideal dels arquitectes i els urbanistes que han concebut i dirigit Barcelona és una ciutat on regna la pau eterna, la conformitat generalitzada i on tothom que hi viu s’avé a col·laborar-hi. Tot ocultant el veritable nucli de les dinàmiques urbanes al llarg de la història: la lluita entre els interessos implícits d’una majoria i la normativització social per mitjà de la qual s’expressen els interessos d’una minoria.

Ara bé, ho sabem. Sabem que, més enllà d’aquests projectes urbanístics, la urbanitat és una altra cosa. És la societat que produeixen els ciutadans, la manera com aquests tenen de gastar els espais que utilitzen. Són els practicants de la ciutat els qui constantment es desentenen de les directrius dissenyades, “passen” dels principis arquitecturals que han orientat la morfologia urbana i s’abandonen a modalitats de territorialització efímeres i transversals. Són ells, els transeünts, els qui creen un univers polièdric, fet de moviments que poden ser sovint espasmòdics, ja sigui  a nivell molecular o massiu. A la ciutat planificada s’hi oposa –o li resta indiferent– la ciutat practicada. D’una banda, els nous règims sensorials imposats pels dissenyadors als teixits urbans, de l’altra, complexes i sovint paradoxals reivencions de la vida pública per part de les pràctiques reals d’uns usuaris que acabaven superposant les seves pròpies significacions, ocupant, eludint o subvertint les imposades des del projecte


dimarts, 16 de setembre del 2025

Memorias urbanas


Vecinos de Roquetes, en Barcelona, trabajando en las conducciones de agua para su barrio. Tomadas del documental "Històries de gent"

Artículo publicado en El País, el 3 de febrero de 2000

MEMORIAS URBANAS                           
Manuel Delgado

Dos exposiciones en y sobre Barcelona han venido a coincidir en el tiempo. Una, Passió per la ciutat, en el Palau de la Virreina, es una exaltación de la figura de Oriol Bohigas. La otra, Històries de gent, en el Centro Cívico Via Favència, hace hablar a la gente mayor del barrio de Roquetes a través de imágenes, objetos y palabras. La primera es una apología del urbanismo; la segunda –mucho más humilde, mucho más emocionante– lo es de su peor enemigo, aquello que todo urbanista quisiera ver sometido o desactivado: lo urbano.

La comparación entre ambas exposiciones lo es entre dos conceptos de la relación entre memoria y ciudad. De un lado la memoria oficial, la de las monumentalizaciones que deberían servir para lo que el propio Bohigas llamaba en Reconstrucció de Barcelona «la «homogeneidad cuantitativa y cualitativa de la ciudad..., lo que subraya la representación unitaria de la ciudad». Es decir la ciudad desconflictivizada y unificada, a la medida de un poder político que ansía hacerse con el control de un panorama social crónicamente confuso. Esa ciudad es una ciudad translúcida, dócil, cuyos habitantes se prestan sumisos y entusiastas a hacer de figurantes en una especie de superproducción hollywoodiense. La Barcelona estética, la Barcelona guay de los técnicos de imagen, la Barcelona que se subasta a las inmobiliarias, la Barcelona disciplinada que se ciñe a las consignas de sus administradores.

Lejos del Palau de la Virreina, en Roquetes, pero también allí mismo, a sus puertas, en las mismas Ramblas, está otra ciudad: la de los viandantes y los moradores, la de las experiencias reales de gente real, una ciudad hecha de rastros y de restos, de lo hecho, imaginado o deseado por una multitud multiforme, de aspecto caótico y racionalidad oculta. Una espesa niebla a ras de suelo. Ciudad secreta, interminada e interminable, puesto que no es sino el trabajo que sin cesar la hace y la deshace. Ciudad opaca que los jerarcas y sus arquitectos no ven y que tampoco les mira.

Buscando suplir por la vía ornamental y conmemorativa sus carencias en materia de legitimidad, los planificadores han saturado Barcelona de signos que les procuran la ilusión de que la ciudad se les parece. Levantan para ello monumentos que enaltecen los mitos sagrados de la fundación, del hito histórico, del héroe cultural, de un pasado que no es pasado de nadie, ni siquiera de ellos. A la sombra de esos puntos de luz política en el embrollo urbano, indiferentes a un alto significado que no les concierne, unos amantes se besan, discurren los peatones, los jóvenes pactan citas, posan los turistas, los abuelos toman el sol, juegan niños. Usos prosaicos que desacatan el objetivo último de todo monumento, que es constituirse en polo de verdad política en un espacio público que se nutre de lo que lo altera. Se nos recuerda así que la politeia o administración de la civitas nació de la necesidad de las castas económicas, sociales y políticas de apaciguar la vida urbana, de hacer de ella lo que no es ni será nunca: un organismo congruente, un paisaje programado, sin sobresaltos, sin efervescencias espontáneas, por donde sólo transcurren las identidades que previamente se han puesto en circulación y sólo sucede lo previsto.

El control sobre lo urbano –la urbs– es aquello a lo que todo orden institucional –la polis– aspira. En el plano simbólico se confía esa tarea a los planificadores de ciudad. Creen éstos que trabajan la forma urbana y no se dan cuenta de que lo urbano no tiene forma. Es un universo polimórfico e innumerable, desbarajuste autoorganizado, suma móvil de expresividades no pocas veces espasmódicas. Cohesionado, pero incoherente. Dicen que la ciudad es un texto que se puede leer. Es posible. Lo urbano en cambio no. Lo urbano es ilegible, puesto que es el resultado de códigos que se adaptan sobre la marcha a incontables mensajes cruzados. De espaldas a la inexistente comunidad política, la colectividad urbana, masas y seres que ajenos a lo concebido, se entregan sin sueño a lo practicado.

En la exposición de Roquetes, una barriada obrera levantada a mano por los inmigrantes, las imágenes, las cosas y las voces concretas de seres humanos concretos nos advierten de lo que ocurre a los pies de Bohigas, en esa imagen que recibe al visitante de la muestra en su honor y que presenta al arquitecto-demiurgo erguido como un gigante sobre un plano de Barcelona. Abajo, fuera de su mirada, una  inteligencia molecular hace rebosar la ciudad de otros monumentos, cada uno de ellos relativo a un momento histórico, a un encuentro al más alto nivel, a un combate incruento o terrible, a una derrota, a un levantamiento, a una catástrofe, a un milagro o una gesta, a una defensa heroica o a un adiós para siempre. Pero esos monumentos son implícitos, no aparecen en las guías ni en los planos municipales, son invisibles para quiénes no los erigieron un día. Registros escriturales polivalentes, inscripciones hechas con una caligrafía delicada pero incomprensible. Infinita superficie en que cada cual reconoce huellas propias y de otros. Lógica delirante y sabia que suma y remueve esa inmensa red que forma lo inolvidable de los vivos, lo inolvidable de todos los muertos.

Urbanistas y gestores no saben nada de toda esa humanidad al pie de la letra. Para ellos sólo cuentan sus tumbas vacías en medio de las plazas, sus estetizadas chimeneas, sus obeliscos, sus monolitos, sus grandilocuentes decorados verticales. Lo fálico de la ciudad. En cambio cada una de esas reminiscencias mínimas que hallamos en Històries de gent es un centro que, a su vez, define espacios y fronteras más allá de los cuales otros seres humanos se definen como otros en relación a otros centros y a otros espacios. Lo uterino de la ciudad.

La ciudad: unos creen que la dominan desde arriba ; los otros sencillamente, desde abajo, se apropian de ella. De un lado el despotismo del proyecto y del plan. Del otro lo múltiple, lo diseminado, lo que no se puede proyectar ni planificar. Contra un océano inconstante, contra los emplazamientos efímeros y las trayectorias en filigrana, contra los cuerpos a secas, contra ese ininteligible embrollo que se despliega ante sus ojos, las instituciones políticas ocupan los espacios urbanos e intentan sobreponerle sus nudos de sentido, los efectos ópticos que les devuelven una y otra vez su propia imagen, las coartadas que les justifican. El diseñador de ciudad está ahí para eso, para constituir las bases escenográficas, cognitivas y emocionales de una identidad política que se imponga por fin a una pluralidad inacabable de acontecimientos, ramificaciones, líneas, accidentes, bifurcaciones. Movimiento perpetuo, ballet de figuras imprevisibles, azar, rumores, interferencias..., Barcelona, el murmullo de la sociedad.



diumenge, 29 de juny del 2025

Els rojos de Porcioles

José María de Porciones inaugurant l'elefant de la Ciutadella el novembre de 1957.
La fotografia és de Carlos Pérez de Rozas.

Comentari per la gent de l'OACU enviat el juliol de 2018

Els rojos de Porcioles
Manuel Delgado

Em demaneu exemples de com es va produir el relleu en els llocs de comandament de l'entramat político-institucional que va col·locant persones que, vinculades a les classes dominants, havien fet la "mili", per dir-ho així, a la clandestinitat antifranquista, com si aquesta hagués estat una mena de camp d'entrenament que els preparés per les activitats secretes pròpies dels contrapoders, però també dels poders, al mateix temps que els dotava de les necessàries dosis de legitimitat moral per a mostrar-se no com els hereus, sinó com els antagonistes que ocupaven el seu lloc per a posar-lo als servei del poble i la democràcia.

Pensa en el cas de l’Ajuntament de Barcelona. Els personatges centrals de la concepció i gestió del "model Barcelona" havien estat a les ordres directes de José Maria de Porcioles i tenien motius per expressar el seu reconeixement. La majoria d'ells ja estaven treballant en llocs estratègics de l'administració municipal predemocràtica, en les tasques de revisió del Pla Comarcal de 1953, que es desenvolupen a partir de 1964. El seu paper no hauria de ser marginal, sinó determinant en tots els sentits, ja que si alguna cosa va caracteritzar l'hegemonia del franquisme desenvolupista va ser la responsabilitat i la independència assignades als tècnics, com ara Albert Serratosa, director del PGM entre 1970 i 1975 i posteriorment del Pla Territorial Metropolità de Barcelona i president de l'Institut d'Estudis Territorials de la Generalitat de Catalunya.

És a les ordres d’aquests personatges clau del continuum entre els Ajuntaments franquistes i els democràtics que s’incorporen professionals que militaven en organitzacions polítiques prohibides, però als que, al mateix temps, se’ls assignava responsabilitats clau en el disseny de la ciutat futura, és a dir de l’actual. Pasqual Maragall s'incorporarà als equips municipals a mitjan anys 60 i participarà en l'última fase de l'elaboració del Pla General Metropolità com a responsable del corresponent estudi econòmic i financer. Un dels principals ideòlegs de la Barcelona modèlica, Jordi Borja, s'incorpora al gabinet d'ordenació urbana municipal el 1968. Tots ells-i altres que compartien les seves perspectives sobre la ciutat: Ernest Lluch, Manuel de Solà Morales, Rubio Umbarella ...- serien “els rojos de Serratosa”, com se’ls coneixia en els ambients municipals.

Per descomptat que el protagonisme de tots aquests professionals en l'organització urbanística de Barcelona sota el porciolisme no suposava que donessin per bona la seva naturalesa autoritària i antidemocràtica, ni tan sols que no els guiés la millor de les intencions, fins i tot la convicció que estaven actuant a la manera de "infiltrats" de l'urbanisme progressista en el si del franquisme municipal. Es tracta de reconèixer que la incorporació d'aquests i altres professionals militants o vinculats a organitzacions antifranquistes al disseny d'una idea de ciutat que ells mateixos s'encarregarien d'aplicar més endavant no va respondre a la candidesa d'un sistema polític que es deixava envair per tot tipus de cavalls de Troia en matèria de planejament urbà.

Costa no assumir que aquesta aparent anomalia d’activistes d’esquerra o d’extrema esquerra, al servei d’un govern municipal d’extrema dreta responia a que les forces i poders dels que depenia i anava a dependre el futur de Barcelona ja eren conscients de quin tipus de metamorfosi demanava el procés ja en marxa d’incorporar competitivament la ciutat al nou capitalisme global que s'entreveia i de qui havia de dependre la seva realització, és a dir de professionals dels que se sabia perfectament la seva implicació política suposadament subversiva.



divendres, 29 de març del 2024

Barcelona, ciutat guai

La foto és de Esther Navalón Wanba

Article publicat a El Periódico de Catalunya, el 28 de desembre de 2000, poc després de la posada en marxa de BCNeta.

BARCELONA, CIUTAT GUAI
Manuel Delgado

Amb motiu de la recent posta en marxa del nou sistema de neteja de la ciutat, va posar-se de manifest un tret rellevant que potser hauria d'inquietar-nos. Deixant de banda els canvis pràctics –si és que hi ha hagut algun–, crida l'atenció la cura que l'Administració municipal ha posat en les dimensions més espectaculars de la qüestió, com si l'accent es posés no tan en els resultats sinó en la imatge d'uns vehicles de disseny o d'uns escombraires que la promoció publicitària presentava com si acabessin de sortir d'una passarel·la de modes. Fins quin punt, caldria preguntar-se, aquest nou episodi de la dèria oficial per fer concessions a la pura escenografia no és la prova de que Barcelona està sent una mena de laboratori on s'experimenta una política municipal més orientada per tècniques de màrqueting que no per criteris de benestar públic i generalització de la democràcia?

Potser estem veient acomplir-se les intuïcions de les poques veus que en el moment culminant de l'anomenat esperit olímpic el van saber reconèixer com un dispositiu purament retòric al servei de la terciarització i tematització de Barcelona, de la seva conversió en un espai del consum i per el consum i del seu plegament als requeriments del capital internacional en matèria immobiliària i turística. Barcelona es pujava d'aquesta forma al carro de la mundialització, a la refuncionalització de l'espai urbà, a la reapropiació capitalista de la ciutat... Tot plegat utilitzant tècniques empresarials que promocionaven Barcelona com una marca comercial i convertien la ciutat en un colossal plató televisiu. 

Seria neci negar l'evidència de millores substantives en les infraestructures i els equipaments, d'una transformació estètica de qualitat en el paisatge urbà i de la producció massiva d'un espai públic concebut de manera creativa i sovint agosarada. Aquests són assoliments que de cap de les formes haurien de ser oblidats a l'hora de fer un balanç de les mutacions morfològiques que ha conegut Barcelona. La qüestió és que no es pot estar segur de que la finalitat de totes aquestes millores no hagi estat, en part si més no, la de millorar també l'oferta de ciutat, parlant purament en termes mercantils. Seria injust no acceptar que hi ha hagut una voluntat d'augmentar el benestar dels veïns, però potser més encara de vendre millor –i més cara– la ciutat als propis ciutadans, així com als turistes i als inversors. Es cert que s'han millorat les condicions de vida de la gent en molts aspectes i velles vindicacions veïnals han estat per fi obtingudes, però no es pot oblidar que la misèria i la marginació continuen presents darrera dels decorats de disseny i que la Barcelona-espectacle ens amaga la constant proliferació de noves i velles perifèries socials. La capital catalana, en tant que projecte, s'ha pogut antullar de vegades més un projecte de mercat que un projecte de convivència. 

Potser els escombraires de disseny que decoren els nostres carrers són una prova de que Barcelona és ja una ciutat arquitectònica, estètica, obedient, que ignora les agitacions que l'alimenten, la intensitat dels cossos que l'habiten i la travessen, les pertorbacions que l'esgoten al mateix temps que li atorguen la vida. El que Barcelona era i allò en que s'està convertint no implica l'oposició entre una ciutat vella i una ciutat nova, ni entre una ciutat lletja i una ciutat bonica, sinó entre una ciutat socialitzada i una ciutat de la que s'ha expulsat la complexitat humana, el malestar de les classes, tota contradicció. L'objectiu que les reformes estan buscant és la constitució d'una ciutat urbanística, és a dir antiurbana, antiespontània, antipassional, sedada... Somni daurat d'una ciutat coherent, sense ràbia, sense lloc on amagar-se, sense vertígens, sense ciutat. La Rosa de Foc s'extingeix davant la fulgència estèril d'una Barcelona guai. 





dimarts, 28 de novembre del 2023

Memorial de futuro

La fotografía procede de http://radiodx.es/

Artículo aparecido en El Pais el 25 de marzo de 2008, con motivo del estreno de la película de Jesús Garay "Mirant al cel". 

MEMORIAL DE FUTURO
Manuel Delgado

Son varias las virtudes de “Mirant al cel”, la película de Jesús Garay sobre los bombardeos que padeció Barcelona durante la guerra civil, estrenada como una de las iniciativas sobre el tema del Memorial Democràtic. De entrada, las de índole estricta-mente cinematográfica, como aporte a la interesante línea de documental de creación que se está produciendo en la ciudad en los últimos años. Luego, como contribución a la vindicación de la biografía combativa de Barcelona, de la mano de un realizador al que ya debíamos “La Mari” (2002), una rara incursión desde el cine a la lucha de los barrios bajo el franquismo. Pero hay otra cualidad que merece ser destacada en la película: la de subrayar el valor simbólico, pero también la belleza inmensa e intensa de uno de los lugares más impresionantes de Barcelona: el Turó de la Rovira.

No es sólo que esa colina en pleno centro geográfico de la ciudad permita una contemplación excepcional de la masa urbana que la rodea. Ni tampoco el valor histó-rico que alberga, ubicación, entre otras cosas, de lo que fue de la defensa aérea de Barcelona. Es la potencia del sitio mismo, la energía que destila, las reverberancias sensibles y emocionales de todo tipo que suscita, incluso entre aquellos que nada sa-ben de su historia; su silencio, las huellas que allí se amontonan, algunas recientes, como las pintadas permanentemente renovadas que todavía hacen más alucinante el escenario. Un paraje en el que casi nunca hay nadie, pero que nunca está vacío, satu-rado como se intuye siempre de ausencias. Ese cúmulo de sensaciones es el que Jesús Garay ha sabido transmitir en sus imágenes.

Es la suerte que espera a ese sitio lo que inquieta, levantándose como se levan-ta en medio de un viejo objetivo de depredación urbanística: los Tres Turons, la pe-queña sierra que forman los cerros de la Rovira, la Creueta del Coll y el Carmel. El sector ya había sido objetivo de planes durante el franquismo, que, apenas modifica-dos, se reavivan ahora, vinculados a reforma del Carmel, un barrio que pronto será atractivo para clases medias ávidas por ubicarse en zonas con “sabor popular” y, de paso, con magníficas vistas sobre Barcelona. El proyecto de parque cuenta con la oposición vecinal, por cuanto implica la afectación de 900 viviendas que se encuentran dentro de su perímetro previsto, entre ellas las del conjunto Labernia, excelente ejemplo de urbanización de mediados del siglo XIX. El objetivo parece claro: desalojar la futura zona verde y densificar su entorno con nuevas construcciones –9.500 previstas–, cuyos nuevos destinarios es dudoso que pertenezcan a las clases populares que hasta ahora habían habitado en esa parte alta de la ciudad.

La cuestión es cuál va a ser el porvenir de las casamatas desde las que se pro-tegía Barcelona de la aviación italiana y de todo su entorno. Si para el conjunto del Turó de la Rovira, los vecinos tienen razón en vindicar que el futuro parque –sin duda necesario– respete las viviendas, por lo que hace a la localización principal de la pelí-cula de Garay cabe preguntarse si los cambios que se acercan sabrán mantener y sub-rayar el aliento especial que ahora mismo ya desprende el sitio sin querer. Cabe temer que a ese lugar de memoria le aguarde el mismo vergonzoso porvenir que deparado al Camp de la Bota, sobre el que se extendió el aséptico emplazamiento del Fórum de las Culturas, para el que el calvario de casi dos mil personas allí fusiladas entre 1939 y 1952 no pareció demasiado relevante. Por no hablar de la Cárcel Modelo, quién sabe si reconvertida un día en centro comercial, o del Castillo de Montjuïc, condenado a convertirse en parque temático del buenrollismo institucional, en este caso bajo la forma de Museo de la Paz.

¿Y si se habilitara el fortín antiaéreo del Carmel como Museo de la Resistencia, una instalación con la que cuentan muchas ciudades europeas con menos méritos que Barcelona para hacer en y de ellas el elogio de la lucha por la libertad? Un lugar así serviría para hacer tomar consciencia de que el recuerdo no tiene que ver nada con el pasado, sino con una prospectiva de futuro en relación con el cual lo rememorado es pertinente y significativo. Evocar es invocar, y en este caso sería este el entorno ideal para rebatir un malentendido que hoy se empeña en cultivar la historia oficial: el de que aquí miles de seres humanos perdieron la vida o la libertad defendiendo la demo-cracia. Esa no es toda la verdad. La inmensa mayoría de las víctimas del fascismo lo fueron porque se las consideró involucradas en una auténtica transformación de la sociedad. Aquella ciudad que las baterías del Turó de la Rovira defendían no estaba siendo castigada sólo porque celebraba elecciones cada cuatro años, sino porque hab-ía visto triunfar una verdadera revolución social. Es de eso de lo que habría que hacer también memoria: del hijo que en aquellos días terribles de 1938, como escribiera Pere Quart, llevaba Barcelona en sus entrañas, aquel hijo al que no dejaron ni dejarán nacer.




divendres, 19 de maig del 2023

El desorden

La foto es de Jordi Secall

Artículo aparecido en El País el 29 de mayo de 2005, en relación con la "Ordenança de mesures per fomentar i garantir la convivència ciutadana a l'espai públic de Barcelona", cuya versión definitiva sería aprobada en diciembre de ese mismo año. La fotografía es Jordi Secall y corresponde al desalojo de inmigrantes encerrados en la catedral de Barcelona la noche del 5 al 6 de junio de 2004, coincidiendo con la celebración del Fòrum Universal de las Culturas.

EL DESORDEN
Manuel Delgado


El civismo es hoy uno de los discursos políticos centrales de nuestras autoridades políticas y mediáticas. Su deterioro fue el asunto central del último pleno municipal en Barcelona y de todo tipo de pronunciamientos más o menos escandalizados en las últimas semanas. El civismo concibe la vida social como un colosal proscenio de y para el consenso, en que ciudadanos libres e iguales acuerdan convivir amablemente cumpliendo un conjunto de preceptos abstractos de buena conducta. El escenario predilecto de ese limbo es un espacio público no menos ideal, en que una clase media universal se dedica al ejercicio de las buenas prácticas de urbanidad. En ese espacio modélico no se prevé la posibilidad de que irrumpa el conflicto, puesto que la calle y la plaza contemplan la realización de la utopía de una superación absoluta de las diferencias de clase y las contradicciones sociales por la vía de la aceptación común de un “saber comportarse” que iguala.

Barcelona es un ejemplo de cómo, a la que te descuidas, el sueño de un espacio urbano desconflictivizado, por el que pulula un ejército de voluntarios ávidos por colaborar, se derrumba en cuanto aparecen los signos externos de una sociedad cuya materia prima es la desigualdad y el fracaso. Y es porque lo real no se resigna a permanecer secuestrado que nuestros espacios públicos no pueden ser un cordial ballet de ciclistas sonrientes, recogedores de caquitas de perro y pulcros paseantes incapaces de tirar una colilla al suelo. ¿Quiénes son los responsables de que se frustre esa expectativa de ejemplaridad que debe presidir la vida pública en la ciudad? Parece que esas bolsas crecientes de ingobernablidad se nutren de las nuevas “clases peligrosas”, aquellas que el nuevo higienismo social, como el del siglo XIX, clama por ver neutralizadas, expulsadas o sometidas a toda costa: los jóvenes, los inmigrantes, los drogadictos, las prostitutas, los mendigos y esa nueva clase obrera que constituyen los trabajadores extranjeros y sus familias.

Sobre los inmigrantes como factor de “suciedad” nada que añadir a lo obvio: es pura xenofobia. En cuanto a las prostitutas, tampoco nada novedoso, puesto que son viejos personajes de las pesadillas de quienes quisieran que Barcelona fuera una ciudad ordenada y obediente. Con los indigentes y drogadictos, formarían ese submundo de lo que en algunas ciudades latinoamericanas llaman “desechables”, aquellos contra los que se está animando a actuar con fines profilácticos, si hace falta como vemos que ocurre de vez en cuando con las acciones de cabezas rapadas igualmente preocupados por la impureza que corroe nuestras metrópolis.

En cuanto a los jóvenes, tampoco queda claro a quién corresponde atribuir responsabilidades incívicas. Se habla de extranjeros borrachos, por ejemplo, que se identifican como nuevos nómadas –los travellers– o turistas pobres, aunque es posible que a su lado encontremos un buen número de estudiantes universitarios de casa bien que han acudido por miles a una ciudad publicitada internacionalmente como un colosal e ininterrumpido espectáculo al aire libre. Por cierto, es curioso que haya quejas al respecto del consumo juvenil de alcohol en público en una ciudad como Barcelona, en que el botellón no alcanza ni de lejos las dimensiones que conocen otras ciudades españolas como Madrid.

Luego tenemos el capítulo de fiestas descontroladas. Hace tiempo que los espacios festivos han demostrado su fracaso en orden a constituirse en ámbitos felices de cohesión social y alguien debería recordar los graves desórdenes que conocieran las fiestas de Gracia ahora ha hecho treinta años, el resultado de los cuales fueron veinte detenidos y un herido como consecuencia de los disparos al aire de la policía. Y es que la fiesta es lo que siempre ha sido, un territorio en que la condición crónicamente problemática de la vida social encuentra una oportunidad en que expresarse. En ese campo se confunden varias cuestiones. Por una parte, la del consumo masivo de alcohol, que no se ataja porque en gran medida depende de él la financiación de esas fiestas. Lo que ocurre es que luego se acabará sosteniendo que los desmanes los han provocado jóvenes borrachos de cerveza vendida por los “lateros” pakistaníes y no por la que les han servido los “buenos ciudadanos” que atendían las barras legales.

En cuanto a la implicación de grupos alternativos, es un argumento perfecto para el hostigamiento policial contra la disidencia política radical. Igual no es casual que la asignación de culpa a movimientos sociales anticapitalistas en altercados como los de Gracia precediera en unos días a un informe en que los Mossos d’Esquadra daban cuenta de la localización en Barcelona de activistas entre cuyos “crímenes” figuraba la difusión de ideas anarquistas y "antisistema".

En resumen, lo que se da en llamar incivismo no es otra cosa que la afloración de realidades sociales que se niegan a ponerse entre paréntesis para que se vea confirmada la ilusión de que el desorden social ha sido derrotado por la “buena educación”. Y es que, como sostenía aquí hace unos días Josep Ramoneda en un sentido parecido, si uno lee lo que escribieran hace no mucho en estas mismas páginas Oriol Bohigas (27 de julio) o Félix de Azua (11 de agosto) sobre el pozo de podredumbre en que se había convertido Barcelona, se llega a la conclusión de que lo que molesta a nuestros intelectuales burgueses no es la miseria o la marginación; lo que les molesta es tener que verla.

Mención aparte merece la invocación al término “vandalismo” para aludir a una nebulosa de conductas en la que manifestaciones de cultura urbana como son los grafitti se mezclan con formas de gamberrismo en las que una visión más profunda debería reconocer los elementos de un lenguaje hecho de rabia y rencor contra ciertos aspectos del mundo en que se vive. Todo acto de violencia es un acto de comunicación, cuyas causas no pueden ser atribuidas de manera simple a una patología psíquica o social. Y recuérdese: explicar no es justificar.

Por otra parte, y al respecto, cabría reconocer el descomunal abismo que, en cuanto a efectos, separa la llamada “violencia urbana” de la violencia urbanística. El pasado 15 de julio, Bernat Puigtobella publicaba en El País un merecido elogio a esa pequeña gran obra que es Destrucción de Barcelona (Mudito & Co.), de Juanjo Lahuerta, un libro que no trata precisamente del aumento de las conductas incívicas, sino de la devastación de que ha sido víctima Barcelona en los últimos años a manos del diseño urbano. Porque, si una papelera quemada es un “acto de vandalismo”, ¿qué calificación convendría a esos barrios populares desahuciados en masa y destruidos por las excavadoras, a ese centro histórico despanzurrado para construir parkings o a ese borrado para siempre de los restos y los rastros de lo que un día fuera una de las ciudades más apasionantes y apasionadas de Europa?





dimarts, 6 de desembre del 2022

¿Un proceso soberanista barcelonés?


Consideraciones para los/as colegas del Observatori d'Antropologia del Conflicta Urbà, OACU, enviado el 8 de junio de 2015

¿UN PROCESO SOBERANISTA BARCELONÉS?
Un nuevo posible episodio de la restauración maragalliana en Barcelona

Perdonadme pero yo no hago más que reconocer evidencias de que estamos ante lo que podría ser, aunque fuera en parte, un ensayo de restauración maragallista en Barcelona en lo que pronto será el nuevo consistorio barcelonés: la vindicación de Maragall como el mejor alcalde de la historia de la ciudad, el papel estratégico de Jordi Borja en el proyecto, la reclamación de que los arquitectos recuperen el control sobre el urbanismo barcelonés, el apoyo de personajes clave en el maragallismo -Beth Gali, Gemma Sendra. Jordi Angusto, Cristina Maragall-, el afán del PSC por entrar en el gobierno municipal, el reciente fichaje de Jordi Martí como gestor... Otro de esos elemenos sería la apuesta por una respuesta singular al emplazamiento que se le está formulando a Ada Colau para que tome una posición clara frente al proceso soberanista catalán. Se trataría de la vindicación de un proyecto específico para y desde Barcelona, que le permitiera a la capital catalana escapar del campo gravitatorio del contencioso España-Catalunya o, al menos, ubicarse en él en términos propios. 

La manera de vencer la ambigüedad y encontrar una salida al atolladero de tener que elegir entre España y Catalunya podría estar siendo la vuelta a aquel nacionalismo barcelonés que le permitió a Maragall y al PSC en los años 80 trascender las limitaciones del nacionalismo tanto catalán como español, considerados caducos precisamente por su adscripción a los viejos modelos de identificación de base lingüística, territorial o histórico‑tradicional. Esa fue la divisa política de la socialdemocracia en el poder en Barcelona -incluyendo a ICV- a lo largo de décadas: su intento de singularizarse cobijándose bajo la autodefinición de “catalanista y de progreso”.  

Maragall fundó su proyecto político a partir de una visión, cuyas líneas fundamentales aparecen en un libro titulado Refent Barcelona, publicado por Planeta en 1986. Ahí veréis que hay un capítulo no en vano titulado "Más allá del nacionalismo". En él se expone el objetivo de superar lo que llamaba el "nacionalismo clásico", generado por "el sentimiento de pertenencia y adscripción propios de colectivos más reducidos e históricamente previos, como la familia y la tribu" y que acababa transformándose en un código político (p. 119). Ese tipo de enfoque era explicitado por quien fuera otro de sus ideólogos en aquel momento, al que se encargó producir y controlar la producción de efectos especiales culturales: Ferran Mascarell. Decía: "Yo defiendo por encima de todo una cultura entendida esencialmente como intercambio y no como identidad histórico-antropológica". Esto lo tenéis en la mesa redonda "Ciudad taller - Ciudad escaparate", publicada en la revista Ajoblanco en su número de abril 1991, pp. 65-73.

Ese invento es lo que ahora es posible que se quiera volver a poner en funcionamiento en orden a permitir esa tan necesaria para algunos “tercera vía”, que abriria un terreno alternativo e incluso moralmente superior tanto al españolismo saturado de concomitancias reaccionarias, asociado al franquismo, incapaz de merecer confianza y prestigio ni siquiera en su versión jacobina, y el catalanismo ruralizante, conservador, heredero del carlismo, a veces excluyente y racista. Esa opción intermedia se pretendería progresista, capaz de cabalgar entre el cosmopolitismo y la vindicación de una catalanidad modernizada y no anclada en el pasado. 

Os recomiendo otra lectura. La de un artículo de Pep Subirós, “Notas para una teoría de Barcelona”, publicado en la Revista de Occidente, núm. 97 (julio 1989). Para Subirós —otro teórico del maragallismo­— la capital catalana debía autoexhibirse como la reificicación final de una simbiosis perfectas: tradicional y moderna, nacional e internacional, local y global, barrial y metropolitana, histórica y vanguardista, obrera y aristocrática, popular y cultivada... “Barcelona constituye uno de los ensayos más coherentes y prometedores llevados a cabo hasta ahora de lo que puede ser una moderna ciudad democrática, es decir, un proyecto en el que tiene tanta importancia la forma como la función, la belleza como la utilidad, la ciudad como los ciudadanos”. Eso está en la página 106 de la revista. Por cierto, para entender mejor lo que fue aquel proyecto de nacionalismo postmoderno os recomiendo el libro de Pep Subirós, El vol de la fletxa. Barcelona'92. Crònica de la reinvenció d'una ciutat, que publicó el CCCB en 1993. 

Todo ello es lo que hace interesante y reciclable ese aspecto del model Barcelona que inventó Maragall y que  es posible que haga tentador su rescate. Se trataría de dar a luz una instancia singular, el verdadero nacimiento de una nación, es decir de una entidad colectiva específicamente moderna, con un repertorio simbólico compartido y eficaz en orden a desencadenar sensaciones de pertenencia y que, además, implicara un propósito específico de realidad política, ni plenamente catalana, ni plenamente española, cómoda en los dos marcos, puesto que en el fondo ambos le serian ajenos, cobijando en secreto el anhelo de otro proceso soberanista: el de Barcelona.


dissabte, 1 d’octubre del 2022

Sobre el Pla de la Ribera y la recuperación del mar en Barcelona bajo el franquismo

Foto de David Suñol, tomada en la Rambla de Poble Nou

Notas para la doctoranda arquitecta Gabriela Navas, enviadas en diciembre de 2014.

Sobre el Pla de la Ribera y la recuperación del mar en Barcelona bajo el franquismo
Manuel Delgado

Sobre el Plan de la Ribera, tal y como se estaba considerando críticamente en los años 70, le decía que debería tomar en cuenta los números monográficos que la revista del Colegio de Arquitectos Técnicos –CAU– dedica a Barcelona. Uno de ellos lleva por título La Barcelona de Porcioles, y en él se denunciaban las maquinaciones de promotores, gestores y ejecutores de lo que entonces ya se presentaba como la “reconstrucción” de la ciudad y en que se aludía a actuaciones recalificadoras –cinturones de ronda, túneles del Tibidabo y, por descontado, el Plan de la Ribera... Iniciativas que, por cierto, los ayuntamientos nacidos de las urnas llevarían a la práctica. La importancia de estos números especiales de CAU y la importancia de la revista como órgano de expresión crítica contra el porciolismo aparece resaltada en un libro de uno de sus colaboradores habituales de aquellos momentos: Manuel Vázquez Montalbán, en Barcelones, Empúries, Barcelona, 1987, pp. 211-212.

El primero de esos números especiales sobre Barcelona de CAU es el 21 (septiembre-octubre 1973), con artículos de Alibes, Manuel Campo Vidal —el luego famoso periodista que, por aquel entonces, militaba conmigo en Bandera Roja—, Josep Maria Huertas-Claveria —con quien estuve en la cárcel; gran tipo—, Eugeni Giral, Salvador Tarragó, Josep M. Alibes y Rafael Pradas. Esos materiales aparecerían luego en forma de libro: La Barcelona de Porcioles, Laia, Barcelona, 1974. Lo tengo en casa. Se lo puedo pasar. Treinta años después, la revista L’Avenç reunía en una mesa redonda a los coautores del libro para hacer balance de lo transcurrido desde entonces: “La Barcelona de Porcioles”, L’Avenç, Barcelona, 295 (octubre 2004), pp. 28-38.

Otro monográfico fue el que apareció bajo el epígrafe Gran Barcelona, coordinado por Jordi Borja y al que contribuyeron firmas como la de Marsal Tarragó, Pau Verrié, Joaquim Lleixa o Manuel de Solà Morales, algunos de ellos teóricos y ejecutores de la Barcelona inmediata. En aquel número se denunciaba como “el Plan de la Ribera puede permitir las ventas de terrenos para uso privado –en lugar de expropiación pública– para utilizarlos como fachadas al mar y convertirlo en una tradicional operación especulativa de construcción de viviendas de standing medio con un índice de edificabilidad alta”. CAU, 10 (noviembre-diciembre 1970). También este número aparecería luego como libro: Jordi Borja ed., Gran Barcelona, Alberto Corazón, Madrid, 1972. No lo tengo, pero seguro que habrá forma de dar con él en la biblioteca de Arquitectura o incluso en la nuestra.

En esa misma dirección, busque el monográfico Barcelona que dirige en 1974 Manuel de Solà-Morales, que lleva el elocuente subtítulo de Remodelación urbana o desarrollo capitalista en el Plan de la Ribera y en cuya introducción se advierte cómo aquel momento se caracterizaba por la creciente concentración financiera de los operadores interesados en la remodelación urbanacuya actuación se lleva a cabo “mezclando el capital privado con grandes inversiones públicas”. Manuel de Solà-Morales, Barcelona. Remodelación urbana o desarrollo capitalista en el Plan de la Ribera, Gustavo Gili, Barcelona, 1974.

Lo que haré será buscar en los números de la revista Serra d’Or de los años 60 y primeros 70 que tengo en el despacho y que, por cierto, recogí de la calle, donde estaban amontonados a la espera de que se los llevara el camión de la basura. Ahí escribían de manera regular Oriol Bohigas o Josep Maria Martorell y lo hacían para señalarla catástrofe urbanística que se estaba perpetrando en Barcelona y su periferia.





dissabte, 27 d’agost del 2022

El triunfo póstumo de José María de Porcioles

Franco y Porcioles en coche descubierto por Barcelona, en junio de 1970

Comentario para la doctoranda Muna Makhlouf, enviado el 14 de diciembre de 2014

El triunfo póstumo de José María de Porcioles
Manuel Delgado

Muna, le recomiendo que atienda el texto de Manuel Castells que le propuse (La ciudad y las masas, Siglo XXI) como marco global de aquella aparición del sindicalismo urbano en Europa a finales de los 60 y haga una síntesis de lo que ha leído en la bibliografía que le pasé sobre la historia de esos movimientos en España y sobre todo en Barcelona. Por cierto, entre el material que le referencié no me acuerdo si estaba o no una historia sistematizada bastante completa de las luchas vecinales en Barcelona entre 1960 y 1988: Miguel Domingo y Maria Fosa Bonet, Barcelona i els moviments socials urbans, Fundació Jaume Bofill, 1998.

Me daría rabia que no lo hubiera tenido en cuenta, porque su conclusión es un poco la que le adelantaba: que buena parte de las asociaciones de vecinos han conocido un proceso de acomodamiento que no ha resultado sino de su institucionalización por parte del Ayuntamiento, que las ha convertido en no pocos casos en protagonistas de simulacros de participación y en correas de transmisión de sus intereses y argumentos. La paradoja consiste en que había protestas cuando no había derecho a la protesta y que, en cuanto ese derecho fue conquistado, los vecinos dejaron de protestar o lo hicieron más mansamente, demostrando una vez más la astucia del orden político a la hora de domesticar a sus críticos, convirtiéndolos en cómplices dependientes de la prebenda y la subvención. Lea el libro que le pasé y verá cuánto hay de común entre las problemáticas de “entonces”, es decir de la época del alcalde Porcioles, y las de ahora. Supongo que habrá trabajado usted un libro fundamental para su investigación: el de Manuel de Solà-Morales, titulado Barcelona. Remodelación urbana o desarrollo capitalista en el Plan de la Ribera, editado por Gustavo Gili nada más y nada menos que en 1974. Recordará que en su introducción se advierte cómo aquel momento se caracterizaba por la creciente concentración financiera de los operadores interesados en la remodelación urbana cuya actuación se lleva a cabo “mezclando el capital privado con grandes inversiones públicas”. Es decir, como ahora.


El libro que le entregué es la edición, como habrá visto, de uno de los números monográficos que la revista del Colegio de Arquitectos Técnicos –CAU– dedica a Barcelona, titulado La Barcelona de Porcioles. Como habrá visto, el libro aparece en 1974. Por curiosidad, una vez entregada su tesina, échele un vistazo al ejemplar en que, treinta años después, la revista L’Avenç reunía en una mesa redonda a los coautores de aquel libro para hacer balance de lo transcurrido desde entonces: “La Barcelona de Porcioles”, L’Avenç, Barcelona, 295 (octubre 2004), pp. 28-38.


Si le interesa –pero siempre para cuando haya entregado lo que está ahora acabando- hubo otro monográfico en la revista CAU, que apareció bajo el epígrafe Gran Barcelona, coordinado por Jordi Borja y al que contribuyeron firmas como la de Marsal Tarragó, Pau Verrié, Joaquim Lleixa o Manuel de Solà Morales, algunos de ellos teóricos y ejecutores de la Barcelona que vendría después. Le hubiera interesado, porque en aquel número se denunciaba precisamente como “el Plan de la Ribera puede permitir las ventas de terrenos para uso privado –en lugar de expropiación pública– para utilizarlos como fachadas al mar y convertirlo en una tradicional operación especulativa de construcción de viviendas de standing medio con un índice de edificabilidad alta”. Estamos hablando del número 10, que apareció en noviembre de 1970.

Le será fácil encontrarlo porque luego salió como libro, editado por el mismo Jordi Borja: Gran Barcelona, Alberto Corazón, 1972). Está en la biblioteca de la facultad. Y es ahí donde volvemos a lo que no hago sino repetirle y que escribí en La ciudad mentirosa. Se dice que el pecado del estado de cosas urbanístico actual en Barcelona es que se ha doblegado a los imperativos formales y éticos de las dinámicas del capitalismo mundial. Pero cómo decir que ésta no es que no sea una característica singular de la actualidad en materia de iniciativas urbanas Barcelona, sino que la clave internacionalizadora ha sido un elemento clave de la lógica del crecimiento urbano en Barcelona, cuyo primer paso fue la Exposición Universal de 1888. Esa lógica será asumida por los ayuntamientos franquistas y se concretará en el lema acuñado durante el mandato de Porcioles. “Barcelona, ciudad de Ferias y Congresos”. Por lo demás, la filosofía de acuerdo con la cual Barcelona tenía que experimentar sus grandes "estirones" basándose en macroacontecimientos de repercusión mundial no conoce un paréntesis entre la Exposición Universal de 1929 y los objetivos que se plantean Narcis Serra y Pasqual Maragall como alcaldes de la ciudad. El Congreso Eucarístico de 1952 es no sólo el primer gran éxito diplomático del régimen franquista, sino también la excusa que permite urbanizar los aledaños del sur de la Diagonal y servirá como precedente no confesado de lo que mucho más tarde será el espíritu ecuménico en torno a los nuevos valores místicos postmodernos del Fórum Mundial de las Culturas en el 2004.

Hoy nadie se acuerda que el mismo José Maria de Porcioles concibió la idea de celebrar en Barcelona una Exposición Universal el año 1982, cuyo destino hubiera implicado la transformación de la parte "pendiente" de la montaña de Montjuïc –los barrios de Can Clos y del Polvorí– y el remodelado de los alrededores del Carrer Tarragona, con la apertura de un gran corredor urbanizado que uniera el recinto ferial de Montjuïc y la entrada del entonces ya previsto túnel de Vallvidrera: la Avenida de la Exposición. Sorprende cómo los argumentos de Porcioles en defensa de su proyecto de gran acontecimiento serían idénticos a los que luego alimentarían el proyecto olímpico o el Fórum 2004: “La exposición puede y debe ser el instrumento adecuado para encauzar la expansión de Barcelona y promover, a la vez, su reforma interior, de acuerdo con las exigencias que implica su crecimiento y obliga la profunda transformación social”. Lo puede leer en el capítulo “Porcioles ‘ministro’ de Franco en Barcelona”, en Ignasi Riera, Los catalanes de Franco, Plaza & Janés, 1999, p. 356). 


Me parece que le comenté que la deuda de los criterios de crecimiento y desarrollo de la Barcelona “democrática” respecto de los de la “franquista” es tan explícito que dio pie a polémicas como la desatada a raíz de la emisión en la televisión pública catalana en octubre del 2004 de un documental que retomaba el formato del mencionados números especiales de CAU –el que le pasé en formato libro, el dedicado al porciolismo, que se formulaba como una abecedario– en el que se hacía poco menos que una exaltación de la figura del principal alcalde franquista de la ciudad, al que se mostraba como un visionario precursor que había abierto el camino al desarrollo posterior de la capital catalana, prefigurando lo que serían las líneas principales de su evolución, al tiempo que se ocultaban los motivos que habían hecho uno de los personajes más odiados y por más gente de la historia de Barcelona: su enriquecimiento personal a costa de la ciudad, la desconsideración a cualquier cosa que obstaculizara sus recalificaciones salvajes, su desprecio hacia la provisión de equipamientos y servicios, la persecución policial contra la oposición de los vecinos, etc. 

Tendría que haber escuchado las alabanzas que vertían sobre Porcioles Narcís Serra o Pasqual Maragall, aunque este último ya le hubiera dedicado un elogio fúnebre con motivo de su desaparición en octubre de 1993. De hecho, el Ayuntamiento de Barcelona le hubiera concedido a su antiguo alcalde franquista la medalla de oro de la ciudad en 1984.

Pero, en cambio, todo ello no debería resultar nada extraño si pensamos en que los personajes centrales de la concepción y gestión del "modelo Barcelona" habían estado a las órdenes directas de José María de Porcioles y tenían motivos para expresar su reconocimiento. Ese es el tema del que le hablé y del que, por supuesto, nadie habla. La mayoría de responsables del “modelo Barcelona”, lo campeones de la democratización municipal, ya estaban trabajando en lugares estratégicos de la administración municipal predemocrática, en las tareas de revisión del Plan Comarcal de 1953, que se desarrollan a partir de 1964. Su papel no habría de ser marginal, sino determinante en todos los sentidos, puesto que si algo caracterizó la hegemonía del franquismo desarrollista fue la responsabilidad y la independencia asignada a los técnicos, que, en el caso de Barcelona, venía reconocida por la estratégica Carta Municipal que Porcioles se encarga de hacer aprobar en 1960. Así, Joan Anton Solans –el principal diseñador del Plan General Metropolitano en la primera mitad de los 70– fue concejal en el primer consistorio democrático y ocupará hasta 1980 el lugar de delegado de los Servicios de Urbanismo.


Otra personalidad clave en la reorganización territorial de la ciudad bajo la dictadura fue el ingeniero Albert Serratosa, director del PGM entre 1970 y 1975 y posteriormente del Plan Territorial Metropolitano de Barcelona y presidente del Institut d’Estudis Territorials de la Generalitat de Catalunya. El mismo futuro alcalde Pasqual Maragall se incorporará a los equipos municipales a mediados de años 60 y participará en la última fase de la elaboración del PGM como responsable del correspondiente estudio económico y financiero. Jordi Borja se incorpora al gabinete de ordenación urbana municipal en 1968. Todos ellos –y otros que compartían sus perspectivas “progresistas” sobre la ciudad: Ernest Lluch, Manuel de Solà Morales, Jolpí, Rubio Umbarella...– serían aglutinados por Serratosa, que será destituido por el último alcalde franquista de Barcelona, Joaquim Viola, pero continuarán a las órdenes de sus sucesores, Xavier Subias y Antoni Carceller, todos actuando en el seno del órgano que debía aprobar de manera definitiva el PGM. 

Por supuesto que el protagonismo de todos estos profesionales en la organización urbanística de Barcelona bajo el porciolismo no supone que no les guiara la mejor de las intenciones, incluso la convicción de que estaban actuando a la manera de “infiltrados” del urbanismo progresista en el seno del franquismo municipal. Se trata de reconocer que la incorporación de estos y otros profesionales de izquierda al diseño de una idea de ciudad que ellos mismos se encargarían de aplicar más adelante no respondió a la candidez de un sistema político que se dejaba invadir por todo tipo de caballos de troya en materia de planeamiento urbano. Esa aparentemente anomalía –técnicos de izquierda y hasta de extrema izquierda al servicio de gobiernos de extrema derecha– resulta de que las fuerzas y poderes reales de los que dependía e iba a depender el futuro de Barcelona ya eran conscientes de qué tipo de transformaciones y responsables se adecuaban mejor a sus proyectos por incorporar competitivamente a la ciudad a los requerimientos del nuevo capitalismo global. En otras palabras, la actual Barcelona partió de la determinación, por parte de los ayuntamientos franquistas, de poner la ciudad a disposición de los intereses del capitalismo inmobiliario y financiero internacional. Determinación en la que los posteriores gobiernos municipales nunca han cejado, aunque hayan adornado su servilismo con concesiones en forma de intervenciones en materia de equipamientos –que con frecuencia han servido como mecanismos paralelos de revalorización del suelo–, a una preocupación escenográfica desconocida en el periodo anterior y a una participación ciudadana concebida como sumisión y dependencia.







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