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divendres, 13 de desembre del 2024

La iconoclastia islámica y el precedente Ikwhan

Camellería ikwhan

Nota para Antonio Monforte, doctorando.

La iconoclastia islámica y el precedente Ikwhan
Manuel Delgado

Lo que tenemos es que las interpretaciones sobre el fundamento antirritual y escriturista de la Modernidad no suelen tener en cuenta un aspecto: que los grandes movimientos de reforma religiosa que aplicaron violentamente el principio deuteronómico de negación del culto a los ídolos y finalmente los seguidores de Zuinglio y Calvino habían tenido su precedente más importante en las grandes revueltas antidolátricas del Bizancio de los siglos VIII y IX, y que éstas, a su vez, fueron la consecuencia de un fenómeno de contagio de la iconofobia que, inspirándose en el judaísmo, había promovido la revolución islámica del siglo VII.

El cambio en la relativa tolerancia del islam respecto del culto a las mediaciones simbólicas cambia con Ibn Taymiyya, una de las fuentes de la jurisprudencia hanbali, en el siglo XIV, que en su momento declaró una guerra a la veneración de los santos y sus tumbas, incluso la invocación del nombre del Profeta y el culto a su sepulcro. Esta línea doctrinal, conoció de la mano de Ibn Abd il-Wahhab su extremo no sólo el antisacramentalismo musulmán ortodoxo, sino que representó la más radical intolerancia hacia las formas externas de piedad, en todos los sentidos equiparable a la los revoltosos calvinistas europeos de los siglos XVI y XVII. Es más, fue el wahabismo que más decididamente practicó la iconoclastia, sobre todo en cuanto a las prácticas devocionales tradicionales en las zonas bajo su control doctrinal. Por ejemplo, el odio hacia los shiis se concretaba en el rechazo a sus peregrinaciones, puesto que toda peregrinación es shirk o politeísmo. 

De hecho los wahabíes toman Kerbala en 1802 y destruyen el templo de Imam Husain. Eso explica los atentados hasta ahora mismo a lugares de culto chiitas, a los que se acusa de idólatras. Pero los wahabíes también atacan los lugares de adoración suníes. Por ejemplo, a finales de los años 20 los wahabitas emprendieron en la misma Arabia una campaña de destrucción de tumbas de imanes y santos musulmanes, destruyeron la tumba de Fátima, hija de Mahoma o prohibieron la adoración en los templos lo que condujo a prohibir las lápidas en las mezquitas.

De hecho, luego de conseguida su independencia como reino en 1932, el gobierno de Arabia Saudí no ha cesado hasta ahora la destrucción de lugares sagrados. En 1998, se allanó la tumba de la madre de Mahoma, Amina Bint Wahb. La casa de Khadija, esposa de Mahoma, se ha convertido en unos lavabos públicos. La casa de Abu Bakr, el primer califa y padre de Aisha, la última mujer de Mahoma, estaba donde ahora se levanta el Hotel Hilton. Se planeo incluso la demolición de la montaña Al Nour, donde está la cueva en que Mahoma recibió las primeras revelaciones. Ese proceso de destrucción de lugares santos del Islam en La Meca solo se ha detenido relativamente en 2005 como consecuencia de las presiones internacionales en pro de la conservación del patrimonio cultural árabe. De hecho, el 95 % de los edificios antiguos de La Meca han sido demolidos. De todos modos, no sé cómo está el tema, pero en septiembre se reanudaron los planes para destruir la tumba de Mahoma en La Meca y trasladar el cuerpo del Profeta a una tumba anónima, última expresión de la descalificación wahabí del culto a las tumbas. 

Pero me interesa que te fijes en un precedente directo tanto de la furia iconoclasta de los talibanes como de Estado Islámico. Me refiero a una corriente del wahabismo especialmente fanática, que fue la del Ikhwan. Puedes buscar referencias donde quieras y ver el papel que tuvo en las primeras luchas por el poder en la península Arábiga en apoyo de Abdul Aziz. Fue Azid quien fundó el movimiento en 1912 a partir de tribus beduinas del Najd, aunque luego se enfrentaran a él. Luego extendieron su presencia a Transjordania, procurando no pocas de las claves que explican el conflicto actual en la zona de lo que ahora son Irak y Siria. La iconoclastia de los Ikhwan es todavía más radical que la del resto de salafitas. Son ellos que intentan en 1926 destruir la Kaaba en la Meca. Sigue la pista de ese movimiento, porque insisto en que son clave para entender muchas de las cosas que pasan en todo este asunto del "integrismo" musulmán, sobre todo en relación a la destrucción de ídolos y prácticas que consideran politeístas.

He ahi una respuesta al "misterio" que para ti significaba que el wahabismo de Estado Islámico fuera el mismo que el del regimen hashemita. No lo es. De hecho esta suerte de fascismo que encarna EI, como pasa con Al Qaeda, es heredero precisamente de Ikhwam, como lo eran —importante este precedente, que parece que nadie recuerda— quienes asaltaron la Gran Mezquita de La Meca en septiembre de 1979, episodio que se zanjó con un baño de sangre y cientos de muertos. Aquella gente lo que hacían era encarnar una especie de neowahabismo, que descalificaba la corrupción y la decadencia saudí, la monarquía como forma de gobierno, así como su vinculación a las potencias occidentales. Lo encabezaba Juhaimann Al-Utaibi, que murió en la revuelta y que se presentó como restaurador del legado del Ikhwan. En fin, que el wahabismo del que estamos hablando es un neowahabismo, un wahabismo renovado y revivido, que asume el legado del Ikhwan, entre otras cosas en su obsesión por destruir espectacularizadamente cualquier manifestación de idolatría, incluyendo la que hubiera podido sobrevivir en contextos sunificados.

Una buena referencia bibliográfica para conocer la historia y el papel del Ikhwan es el libro de Wilfred Thesiger, Arenas árabes (Peninsula).




dissabte, 30 de març del 2024

Islam: el Occidente de Oriente

 Ruinas grecobúdicas de Táxila, en el Punjab indio

Inicio de la conferencia inaugural al XXXIIII Congreso de Filósofos Jóvenes, València, 9 de abril 1996.

Islam: El Occidente de Oriente
Manuel Delgado
 
Acaso para redimir sus deficiencias, a la antropología le cabe el mérito de haber contribuido a desmentir el abismo que se supone separando lo que, no menos conjeturalmente, se entiende que son las culturas de Oriente y de Occidente. En efecto, los antropólogos han colocado en el centro mismo de su quehacer cualidades que encontrarían en las filosofías orientales una clara afinidad: una distancia que obliga a contemplar los objetos de su conocimiento al mismo tiempo de lejos y de cerca; el escepticismo; la negatividad –es decir, la renuncia a dar por una buena una sola de las visiones divergentes que conciernen a los hechos–; una cierta tendencia al abstencionismo, y, por supuesto, la tolerancia como la desembocadura moral de ese requisito al mismo tiempo epistemológico y deontológico que es para ellos el relativismo cultural.

Esa simpatía que el saber antropológico ha experimentado hacia el pensamiento oriental, y muy particularmente por el budismo y el shintoísmo, ha sido explicitada en diferentes ocasiones, y no a partir de una única tradición académica. Desde la antropología culturalista norteamericana, Gregory Bateson nunca dejó de reconocer su deuda con el budismo, como lo demuestra en Pasos hacia una ecología de la mente o Espíritu y naturaleza. Ruth Benedict elaboró, por su parte, su elogio del zen en El crisantemo y la espada. Pero más entusiasta es todavía la postura de Claude Lévi-Strauss, que, desde la antropología social europea, dio fe de su proximidad al tiempo moral e intelectual a la crítica budista a la realidad.

La obra en la que Lévi-Strauss más se detiene a hacer su apología del budismo es Tristes trópicos, que dedica sus últimos apartados a esa declaración de simpatía que habría de dar pábulo a sus críticos para dedicarle el ácido calificativo de "marxista zen". No en vano, sin lugar a dudas. En la conclusión de la obra podemos leer: "¿Qué otra cosa he aprendido de los maestros que he escuchado, de los filósofos que he leído, de las sociedades que he visitado y de esa ciencia misma de la que Occidente se enorgullece, sino mendrugos de lecciones que, unas junto a otras, reconstituyen la meditación del Sabio al pie del árbol?", Y, más hacia el final: "Entre la crítica marxista que libera al hombre de sus primeras cadenas y a la crítica budista que es coronada por la Liberación, no hay oposición ni contradicción. Ambas hacen la misma cosa a niveles diferentes. El paso entre los dos extremos está garantizado por todos los procesos del conocimiento que la humanidad ha podido cumplir en el espacio de dos milenios gracias a un movimiento de pensamiento indisoluble que va de Oriente a Occidente".

Es en el capítulo XXXIX de Tristes trópicos donde Lévi Strauss detiene su reflexión en Táxila, un paraje al pie de las montañas de Cachemira que todavía recoge los restos de un antiguo esplendor civilizatorio. Corresponde éste al momento, entre los siglos V a. C. y I, en que aquel punto fue testimonio del encuentro pacífico de cuatro grandes tradiciones religiosas: el hinduismo, el budismo de los reyes Maurya, el zoroastrismo de partos y escitas y el helenismo, que llegó de la mano de los bactracianos y del mismísimo Alejandro, que pasó en aquel lugar varias semanas. Reflexionando sobre aquellas ruinas de la civilización greco-búdica, Lévi-Strauss se formula una pregunta: "¿Qué seria hoy de Occidente si la tentativa de unión entre el mundo mediterráneo y la India hubiera tenido un éxito durable?" Intentado responderse a sí mismo, Lévi-Strauss se topa con el Islam, que se había impuesto en la zona para no abandonarla más. Su juicio acerca de la cultura musulmana, tal y como se despliega ante sus ojos –Fuerte Rojo, tumba de Jahangir, Taj Mahal–, no puede ser más negativa: "...Una tolerancia que se exhibe a expensas de un proselitismo cuyo carácter compulsivo es evidente.

De hecho, el contacto con los no musulmanes los angustia. Su género de vida provinciano se perpetúa bajo la amenaza de otros géneros de vida, más libres y flexibles que el suyo, y susceptibles de alterarlo con su sola contigüidad". Más adelante: "...Los musulmanes se enorgullecen de profesar el valor universal de grandes principios: libertad, igualdad, tolerancia, y revocan el crédito que pretenden afirmando al mismo tiempo que son los únicos en practicarlos" En otro lugar: "Todo el Islam parece ser, en efecto, un método para desarrollar en el espíritu de los creyentes conflictos insuperables, a riesgo de salvarlos después proponiéndoles soluciones de una gran simplicidad. Con una mano se les precipita, con la otra se los detiene al borde del abismo". El capítulo concluye: "Gran religión que se funda no tanto sobre la evidencia de una revelación como sobre la impotencia de entablar lazos afuera. Frente a la benevolencia universal del budismo, al deseo cristiano de diálogo, la intolerancia musulmana adopta una forma inconsciente en los que se hacen culpables de ella; pues si bien no tratan siempre de llevar a otro, de manera brutal, a compartir su verdad, son sin embargo incapaces de soportar la existencia del otro como otro".

Tenemos, así pues, que para Lévi-Strauss el Islam ha sido el gran responsable de haber erigido una barrera infranqueable ha interrumpido el continuum cultural que unió Europa con Extremo Oriente. Es más, el efecto óptico de una "cultura Oriental" separada, y hasta antagónica o incompatible, con unan "cultura Occidental", es en gran medida consecuencia de ese divorcio que físicamente propiciara la instalación de sociedades musulmanes en Oriente Próximo. Pero, ¿es con el Islam, en tanto que tal, con lo que Lévi-Strauss se siente obligado a denunciar? ¿O, más bien, cabría establecer que la incomodidad que parece suscitar en él la civilización musulmana está ocasionada no por ésta en si, sino por una de sus modalidades, aquella que han escogido muchas sociedades todavía no plenamente incorporadas al sistema de mundo al que llamamos Modernidad justamente para incorporarse a él? Dicho de manera clara, es evidente que Lévi-Strauss emitió su veredicto sobre el Islam teniendo sólo ante sus ojos una de sus formulaciones más puritanas, precisamente aquella que acompañó la independencia y la constitución como Estado moderno de Pakistán. Una formulación rigorista que en mucho sentidos prefigura la que hoy conocemos -a partir de nociones tomadas del cristianismo por la vulgarización periodística- como "integrismo" o "fundamentalismo" musulmán.

En pocas cosas ha puesto más énfasis Lévi-Strauss que en la necesidad de evitar las generalizaciones excesivas y precipitadas a las que con tanta frecuencia se recurre en el pensamiento occidental, incluyendo en él las ciencias sociales. Sin embargo, el juicio que sobre el islamismo emite en este y en otros lugares de su obra es precisamente un ejemplo de ese tipo de simplificaciones de las que Lévi-Strauss se ha venido manteniendo alejado, y si resulta en especial grave su apenas disimulada islamofobia es porque ha sido precursora de otras actitudes parecidas, ya no únicamente en el campo de la especulación intelectual, sino invadiendo cada vez más amplios sectores de la opinión pública. El problema de la trivialización que parece haberse ensañado con el Islam, además, no es sólo que esté suscitando la desconfianza cuando no la hostilidad hacia millones de seres humanos con los que hemos de compartir un universo cada vez más pequeño, sino que nos aleja de poder comprender las razones profundas de la desazón y la alarma que provocan entre nosotros, como en Lévi-Strauss en 1955, las ambiciones de dominio que cierto islamismo radical exhibe y las formas que adopta en sus esfuerzos por realizarlas.

En este orden de cosas debe decirse que la unanimidad de la visión vulgar sobre lo islámico es absoluta en relación con un recurrente lugar común: eso tan inquietante que se designa bajo el epígrafe de "integrismo musulmán" es la expresión de una especie de venganza contra Occidente por parte de pueblos humillados, que encuentran en la imposición violenta de la sharia una via para su vocación antimoderna, reafirmando ciertos rasgos identitarios "atávicos" con los que –se dice– ellos mismos se encadenan al pasado y cierran su acceso a los paraísos del Progreso. Frente a tal tópico, una observación más detallada pondría de inmediato en evidencia que la cuestión funciona exactamente a la inversa: el llamado fundamentalismo islámico es la estrategia de elección de ciertos países precariamente incorporados al proceso de mundialización, en orden precisamente a modernizarse, es decir, a llevar a cabo aquella dinámica homogeneizadora en que consiste en esencia el avance hacia la plena Modernidad, y, con relación a la cual, otras fórmulas ideológicas –el nacionalismo panárabe, el socialismo marxista, el islamismo moderado, el movimiento de los no alineados, e incluso el milenarismo mahdista– habían fracasado.

El actual extremismo islámico no está haciendo otra cosa, entonces, que vindicar la utopía de una extensión a nivel universal de la inicial comunidad mediní bajo los primeros califas, que era ya, de hecho, toda una profecía de la Modernidad. Esto es en lo que consiste la Umma y el Dar-el-Islam: la unificación bajo un único sistema de mundo de lo que hasta entonces había sido un inmenso mosaico cultural. El integrismo musulmán es, por esta causa, el último ensayo para imponer en una amplísima región del planeta lo que el cristianismo y el racionalismo humanista occidentales, por via de la palabra bíblica o de la retórica de los derechos humanos, ya habían conseguido implantar en el resto: la radical división entre lo natural y lo sobrenatural, el desprestigio de las mediaciones simbólicas mediante las cuales se aceptaba el carácter interlocutor del mundo sensible, la producción de conflictos morales insuperables en los individuos y la más absoluta aversión hacia cualquiera que no pensase en idénticos términos que uno mismo. Y todo ello traspasado por una creencia ciega en los principios abstractos que ha generado y que se arroga detentar en exclusiva.

No es en absoluto cierto que el fanatismo escriturista musulmán se levante únicamente –ni tan solo preferentemente–contra la presencia dominante de una cultura extraña –como se empeñaría una cierta lectura superficial– sino que lo hace contra las expresiones culturales intrínsecas y de índole local que desacataban el proyecto hacia una uniformización cosmológica en torno la ortodoxia coránica. Se trata de lo que en la terminología islámica se llama la jahiliyya, que sirve para designar lo preislámico y las prácticas tradicionales "paganas" que han subsistido, pero también las adscrecencias helenizantes del islamismo y cualquier elemento que pudiera ser consecuencia de la contaminación de otras religiones o del contacto con el secularismo occidental. Para el escriturismo, la jahiliyya era idéntica a una miserabilización espiritual del islamismo, que debía ser contrarrestada por una obediencia intolerante, pero por otro lado puramente externa y mecánica, a un puñado de preceptos y tabúes escritos. De esta forma, el llamado integrismo islámico implica la extensión de aquel modelo de islamización cuya aplicación ya había merecido la confianza de los países occidentales y que había servido para amparar doctrinalmente los procesos más exitosos de modernización económica: el salafitismo. Es decir, la escuela teológica islámica más rigorista y puritana, que coloca el centro de la religión no en la práctica ritual, sino en la doctrina, y en una doctrina que se establece en toda su precisión en un texto escrito al que se atribuye una dimensión inapelable en cuanto a fuente de verdad que se considera que es.

Ese Islam dogmático y escriturista es el que provoca la exasperación de Lévi-Strauss, una exasperación que no es el resultado de haber topado con lo "completamente otro", sino justamente lo contrario. En efecto, lo que Lévi-Strauss describe no es tanto un encuentro sino más bien un reencuentro. Él mismo lo señala cuando, en el capítulo siguiente, "Visita al Kyong", que es el que cierra Tristes trópicos con un encendido elogio del budismo, se ve obligado a aceptar lo evidente: "Conozco demasiado bien las razones de ese malestar que sentí frente al Islam: en él vuelvo a encontra el universo del que vengo; el Islam es el Occidente de Oriente. Más precisamente aún, tuve que encontrar al Islam para medir el peligro que amenaza hoy al pensamiento francés. No perdono a aquél el hecho de presentarme nuestra imagen, de obligarme a comprobar hasta qué punto Francia se está convirtiendo en musulmana. Tanto entre los musulmanes como entre nosotros observo la misma actitud libresca, el mismo espíritu utópico y esa convicción obstinada de que basta con zanjar los problemas en el papel para desembarzarse inmediata de ellos... Frente a pueblos y cultura que aún dependen de nosotros somos prisioneros de la misma contradicción que sufre el Islam".

Los acontecimientos ulteriores, incluyendo "el auge del fundamentalismo islámico", no han hecho otra cosa que darle la razón a Lévi-Strauss. Sólo en la fantasia infantil de una opinión pública ávida de emociones y simplificaciones mediáticas es el islamismo ultra un antagonista frontal y un peligro para el orden mundial. Desde escuelas antropológicas distintas, autores como Ernest Gellner (Postmodernidad, razón y religión, Gedisa) como Clifford Geertz (Observando el Islam, Paidós) nos han enseñado a ver que es antes bien al contrario: el llamado fundamentalismo musulmán está siendo en la actualidad el vehículo de la incorporación al mundo moderno de un buen número de sociedades del mundo en vías de industrialización y haría falta ver en él la promesa de el Islam más intolerante será capaz de completar la labor de imposición planetaria del monocultivo cultural, justo allá donde Occidente aún no ha llegado o no ha sabido imponerse.







dilluns, 6 de novembre del 2023

El Islam budificado de Kaliyuga en Indonesia


Pequeño oratorio musulmán en Howewer, una localidad de la isla de Serangan, cerca de Bali. Está tomada de http://www.liputra.com/

Apostilla a un comentario de ST en el blog, el 5.1.11
EL ISLAM BUDIFICADO DE KALIYUGA EN INDONESIA
Manuel Delgado

Comparto tu fascinación por ciertas formas de pensamiento oriental en las que acaso no deberíamos reconocer sino una profunda afinidad con sabidurías antiguas de las que justamente los gnosticismos serían la continuidad y el puente restaurado con Oriente. Y de hecho injusta sería la culpa que Lévi-Strauss lanza contra el Islam de haberse constituido en barrera que ha impuesto un ficticio abismo entre nosotros y los orientales, un abismo que la grandiosidad de la cultura grecobúdica que generó la presencia de Alejandro desmentiría.

Pero, ¿son el Islam y el pensamiento que nace y se desarrolla en Oriente tan incompatibles? Una sensibilidad como la sufí, en efecto y como apuntas, lo contradeciría, pero hay otro ejemplo que nos serviría igualmente para observar los resultados de esa labor que el Islam escriturista ha asumido de occidentalizar oriente -en el sentido de estandarizarlo cultural, política y económicamente-, acabando con lo que fue un precipitado filosófico como aquel del que fue escenario el archipiélago indonesio. En Indonesia, en efecto, los enemigos a batir en nombre del "verdadero Islam" han sido -además del colonialismo, en este caso holandés- el budismo, el hindo-budismo, el bali'ismo y, sobre todo, un islamismo altamente impregnado de la condescendía que ha caracterizado las tradiciones religiosas en Extremo Oriente. Como Clifford Geertz ha apuntado en varios de sus trabajos -entre ellos Observando el Islam (Paidós)- el establecimiento del islamismo en aquel país -salvo en Bali y en el interior de Borneo, zonas en las que nunca llegó a penetrar- se produjo bajo la forma de una adaptación multiforme y no impositiva a lo que ya era un crisol convivencial de estilos religiosos.

Esta penetración, que muchas veces se ejecutó con escasa escrupulosi­dad coránica, se pudo llevar a cabo a partir del siglo XVIII gracias a que el Islam se revistió de unos tonos panteístas y teosóficos adecuados a lo que era el substrato hindo-budista sobre el que se asentaba. Por descontado que se incorporó todo el patrimonio de la religiosidad popular, con sus fantasmas, profetas, dioses, yinns, etc. La diversificación a que la islamización se vio abocada podría contemplarse como dividida a grandes rasgos en una aristocracia alejada del ritualismo dominante, pero que se mantuvo fiel a un gnosticismo iluminista típicamente oriental; un campesinado fiel a las formas arcaicas de religiosidad y que practicaba un animismo fuertemente contemplativo, y una clase comercial que pasó a depender de la peregrinación a La Meca, como único contacto con la realidad extrainsular, y que logró un cierto compromiso entre la ortodoxia árabe y la tendencia a la metafísica de las filosofías del extremo oriente asiático. La figura capital para que tal acomodamiento se llevará a término de manera no conflictiva fue la de Sunan Kaliyaga, el más importante de los wali sanga o "nueve apóstoles" y a quién se atribuye la introducción del islamismo en la isla de Java.

Como se ve, el Islam logró en Indonesia englobar bajo una hegemonía laxa una mentalidad religiosa en la que cabían tanto la especulación panteísta típica de las religiones asiáticas como todo un conglomerado de creencias y prácticas animistas tradicionales, empeñadas todas ellas en la sacralización de la naturaleza y en la valoración del mundo físico como vehículo mediante el que establecer comunicación con el más allá. Formado en el hindo-budismo del reino de Mayapahit en que nació y practicante del yoga, Kaliyaga no tuvo que abjurar del medio ambiente religioso básicamente quietista del que procedía al recibir la luz del Corán, sino que entendió que está era la vía de adaptación a un cuadro histórico emergente que la civilización a la que pertenecía, y a la que no renunciaba del todo, estaba empezando a conocer de la mano de la presencia invasora de los holandeses.

No fue, pero, ni la aristocracia palaciega ni las clases populares las primeras en apartarse del sincretismo de Kaliyaga, sino la clase de los pequeños comerciantes. Fueron estos los que, forzados por la necesidad de mantener lazos con el resto del mundo islamizado, abrazaron el Islam sunita y establecieron enclaves ortodoxos en ciertas zonas no hinduizadas de Sumatra y de las islas Célebes. Aquella fue la plataforma desde la que se desarrolló el literaturismo islámico en el país, sobre todo por medio del santrismo -santri, estudiante de teología-, instrumento de un proceso de autopurificación compulsiva que tuvo como objetivos prioritarios liberar el Islam tanto del ritualismo naturalista de las clases campesinas como del disfraz que el hinduismo y el budismo malayos habían adoptado entre las élites políticas para parecer musulmanes. A finales del siglo XIX el santrismo empezó a ser equivalente a una adhesión dogmática a los principios morales, legales y litúrgicas del Islam coránico. Los kiyayi -ulemas javaneses- que dirigieron la comunidad santri pasaron pronto de la desmalayanización o a la antimayalización, en un movimiento parecido al que el filowahabismo había protagonizado en la India contra el hinduismo.

Como hubiera sido previsible, también los santristas hicieron compatible su denuncia contra las propias tradiciones indostánicas y el combate contra el invasor colonialista, de manera que fueron santri todas las múltiples insurrecciones antiholandesas que conoció Indonesia a lo largo del siglo XIX. Entre 1821-1828 se producen graves desórdenes de base religiosa, en el transcurso de los cuales un grupo de peregrinos fanatizados masacró a la familia real, bajo la acusación a haberse abandonado al hinduismo e intentaron imponer en Sumatra Occidental un régimen teocrático que debía empezar su hegemonía limpiando la inaceptable heterodoxia de las costumbres locales. En el noroeste de la misma isla diferentes revueltas dirigidas por kiyayis exterminaron casi toda la población blanca entre 1840 y 1880. Los atyehneses, descendientes de piratas que se presentaron como los musulmanes más entusiastas de Asia, mantuvieron una guerra de treinta años contra los holandeses en el norte de Sumatra, hasta ser derrotados en 1903. Como en las otras formas que había adoptado históricamente el reformismo violento de signo salafita, todos estos movimientos no conocieron -con la excepción de una revuelta en Java central entre 1826 y 1830, encabezada por un pretendiente al trono que se proclamó mesías-una dimensión carismática y se mantuvieron al margen del mahdismo.

En el plano teórico, la argumentación del islamismo santrista fue la misma que el del wahabismo saudí o indo‑pakistaní: el Islam escrito ya había establecido, con mucha mayor profundidad trascendente y con igual concreción, todo lo que la ciencia occidental presume haber descubierto. Así, el rechazo de la mística -sea sufí o filobudista-, la depuración de toda superchería que sacralice la naturaleza como vehículo de mediación y la restauración del Islam hermético, como prerrequisitos para el acuartelamiento de lo religioso en la fe privada y en la conducta moral que fue el instrumento que la Reforma cristiana.

El presente no ha hecho todavía del santrismo la modalidad dominante del islamismo en Indonesia. Pero el fracaso del gran proyecto de sincretismo cristiano-budista-hinduista-musulmano‑marxita de Sukarno en los años 60 y la sangrienta dictadura militar de Suharto posteriormente, colocan el integrismo islámico en disposición de constituirse en una fórmula doctrinal de elección en permanente estado de disponibilidad. Moraleja: una prueba más de cómo el famoso “integrismo” musulmán existe como consecuencia y en función de dinámicas de incorporación a la modernidad. Es decir, el caso indonesio nos advierte ds cómo el Islam debió su expansión mucho más a la fascinación que supo generar que a la fuerza y que la hizo en muchos casos en base a una adaptación de sus modelos doctrinales y de conducta a substratos religiosos locales, dando lugar a un diversificación de expresiones que sólo nominal y ficticiamente podían ser reducidos a la unidad. Fueron las necesidades de la incorporación a la Modernidad las que propiciaron, con cada vez mayor intensidad, la aparición de movimientos que ideologizaban el Islam y hacían del Corán un vehículo para la estandarización moral que el mundo moderno exigía como su requisito más innegociable.

Muchas gracias por tus aportaciones ST. Comparto muchas y aprendo de las demás.


diumenge, 20 d’agost del 2023

Alí-Bey, entre ellos y nosotros



Este artículo apareció en El País el 12 de junio de 1997, con motivo de la exposición “Ali Bey, un peregrí català per terres de l´Islam", sobre la figura de Domènec Badia en el Museu Etnològic de Barcelona. Los comisarios fueron Alberto López Bargados, Yolanda Aixelà y Emilio Bayón.


ALÍ-BEY, ENTRE ELLOS Y NOSOTROS
Manuel Delgado

La de heterofobía, o pánico a la diversidad, es la noción que mejor engloba todas las variantes de exclusión a que un grupo humano puede ser sometido por otros hegemónicos o mayoritarios, o por el Estado. En su exigencia de una homogeneidad cultural casi absoluta, el heterófobo (racista, xenófobo, homófobo, sexista...) constela coartadas que le permiten legitimar, y mostrar como “natural”, la obligación que se impone a todos los miembros de una misma sociedad de acatar un único estilo de pensar, de hacer y de decir. Entre esos argumentos para la estigmatización de disidentes culturales destaca, hoy, aquél que clasifica a las comunidades presentes en la sociedad en función de la dosis de “rarez” que les afecta. Aplicada a los llamados “inmigrantes”, atributo que reciben los trabajadores pobres etiquetados como “de fuera”, esta lógica los jerarquiza según su aptitud para subsumirse en una supuesta cultura anfitriona, justificándose la instalación fuera o abajo del sistema de aquellos que presenten una mayor resistencia a la asimilación.

Entre las víctimas predilectas de este régimen clasificatorio están, en lugar destacado, los inmigrantes de religión musulmana, precisamente aquellos a quienes el Frente Nacional francés señala como portadores de una diferencia “inaceptable” y hace blanco preferente de sus amenazas. Por desgracia, ese tipo de razones, que alarman contra la presencia de “incompatibles” entre nosotros, no es exclusivo de partidos explícitamente xenófobos. Se puede detectar esa misma islamofobia en las políticas anti-inmigración de un buen número de partidos conservadores europeos. Aquí mismo, Jordi Pujol ha repetido cosas por el estilo en varias ocasiones, la última en la clausula de las Jornadas sobre Administraciones locales y la integración social de los inmigrantes, celebradas en Mataró el pasado mes de marzo. Es urgente que alguien advierta a nuestro President que opiniones de ese tipo pueden suscitar comparaciones con el discurso de otros partidos, en otros países, cuyo auge se coincide en señalar como inquietante.

En este contexto, y en las antípodas de lo señalado hasta ahora, hay que llamar la atención sobre una exposición como la que, precisamente con el copatrocinio de la Generalitat, puede verse todavía hasta finales de este mes en el Museo Etnológico de Barcelona. Se trata de la muestra Alí Bey, un pelegrí català per terres de l'Islam, centrada en la fascinante figura de Domènec Badia, espía, explorador y aventurero cuyo avatar en el norte de África y Oriente Próximo, constituyó, a principios del siglo XIX, una ruptura con esas mismas visiones chatas y peyorativizantes sobre el Islam que vemos reaparecer ahora con fuerza entre nosotros.

Son varias las virtudes que cabe reconocer en una exposición como ésta, debida a antropólogos (Alberto López, Yolanda Aixelà) e historiadores (Emilio Bayón) vinculados al Institut Català d'Antropologia. En primer lugar, a un nivel estrictamente museográfico, hay que destacar lo delicado e inteligente de la organización de los objetos y las representaciones (joyas, fotografías, cuadros románticos, testimonios personales, libros, utensilios domésticos y rituales, vestuarios, etc.), que permite una mirada integradora que pasa, sin discontinuidades y con ayuda de textos, del personaje a los marcos socio-históricos, de los hechos (circuncisión, sacrificio, ramadán, muerte, peregrinaje) a los sitios (casas, mercado, café, baños, mezquita) y a las ciudades (Trípoli, Marrakech, Fez, Alejandría, El Cairo, Constantinopla), y del pasado al presente. Pero también al nivel de esa reflexión a la que se nos invita, y que es la de subrayar la personalidad de alguien que se atrevió entonces, hace dos siglos, a lo que tanto les cuesta hoy a algunos, es decir a mirar de otra manera un dominio crónicamente colonizado por los miedos y los tópicos : el mundo islámico.

¿Quién demonios es ese personaje extraño, que antes que Richard Burton y Lawrence, se disfraza de algo que no es con tal de resultar aceptable? ¿Qué puede buscar ese fraudulento príncipe abasí al que vemos ganar y perder la confianza del sultán de Marruecos, perderse en el desierto, desembarcar en ciudades portentosas de Oriente, ser nombrado mariscal y vivir holgadamente en París y viajar en peregrinación a La Meca? ¿Qué pretende un intrigante así, capaz, no obstante, de propiciarnos un lúcido análisis, por ejemplo, de lo que era y podía llegar a ser -y ha sido de hecho- el wahabismo en Arabia, como motor ideológico que podía impulsar, “desde dentro”, al Islam por la vía de la modernización? ¿Porqué aquel mentiroso disfrazado, al servicio de los intereses político-comerciales de Godoy, José I o Luis XVIII, que no había disimulado su escaso aprecio por el “atrasado” Islam, toma la decisión de llevar hasta las últimas consecuencias su simulacro y, en el lecho de su oscura muerte, cerca de Damasco, ordena repartir sus riquezas entre los pobres de Medina y La Meca, para ser enterrado luego siguiendo el rito musulmán? Incluso desaparecido, Alí Bey continua sin dejarse reducir a la unidad: exponente de la raça para el esencialismo catalanista de la Renaixença y el Noucentisme, encarnación de la secular vocación imperial española para el franquismo.

Lejos de toda fácil claridad, después de que, de la mano de los diseñadores de la exposición del Museo Etnológico, hayamos pensado en serio sobre la figura de Alí Bey el-Abassí, salimos del recorrido sin saber quién era en realidad ese personaje. He ahí el gran mérito de la muestra, el de habernos colocado ante alguien que se llevó consigo el secreto del límite preciso entre su verdad y su impostura, un secreto que quizás nunca llegó a revelarse ni siquiera a sí mismo. He ahí también la elocuencia del ejemplo de apertura y curiosidad por los distintos que le brindó a su tiempo y al nuestro. Contrabandista de productos culturales, aculturado y culturizador, Domènec Badia se convirtió así en el paradigma de lo que todo inmigrante es: alguien que, como él, se ve para siempre atrapado en uno de esos intersticios que a veces pueden quedar entre mundo y mundo.






dissabte, 5 d’agost del 2023

Los talibán y la modernidad

Foto Saeed Achakzai/Reuters

Pocos días después del atentado del 11-S en Nueva York, el 24 de septiembre de 2001, publicaba este artículo en El Mundo, sobre alguno de los lugares comunes que se estaban prodigando sobre el Islam. Me pareció pertinente apuntar algunas apreciaciones al respecto de hasta qué punto un cierto islamismo literaturista se ha constituido en instrumento doctrinal para la incorporación a la modernidad.


LOS TALIBÁN Y LA MODERNIDAD
Manuel Delgado

Por desgracia, lo que se está diciendo a raíz de la supuesta relación del régimen talibán afgano con los recientes ataques terroristas contra Estados Unidos advierte de las graves dificultades de los occidentales a la hora de comprender la complejidad del mundo islámico. De entrada, parece que no estemos dispuestos a renunciar a ver la imposición violenta de la sharia por los movimientos islamistas como el talibán más que en tanto que expresión de fobias contra el progreso y atavismos feudalizantes. Si estuviéramos dispuestos a pensar un poco más a fondo el contenido doctrinal del islamismo escriturista descubriríamos en él una ideología a la que se confía la realización de ese proceso homogeneizador al que damos en llamar modernización –no confundir con occidentalización–, una meta en relación a la cual otras propuestas ideológicas habían fracasado, como sucedió, en el caso afgano, con el prooccidentalismo de Amān Allāh y sus «jóvenes afganos», o, más tarde, con el marxismo de Karmal o el islamismo moderado de Najibullah.

Es decir, si de algo no se puede calificar al radicalismo islámico de los talibán es de tradicional. Para los talibán –como para todo el dogmatismo suní– la eficacia doctrinal del islam depende de una religiosidad depurada de todo ritualismo mágico, de toda blasfemia mística y de cualquier influencia filosófica extraislámica. Es por apartarse del mensaje del Profeta y abrazar prácticas y convicciones paganas –yahiliyya–, fueran tradicionales o importadas, que el mundo musulmán se había mantenido atado al pasado, con la complicidad de un Occidente que procuraba por todos los medios mantener a los pueblos islámicos bajo el influjo de herejías y supersticiones.

El movimiento talibán aparece como manifestación de aquel modelo de islamización cuya aplicación ya había merecido la confianza de los países occidentales y que había servido para amparar doctrinalmente los procesos más exitosos de modernización económica o política. Estos consistieron en colocar el centro de la religión en un texto escrito al que se atribuía una condición inapelable en cuanto a fuente de verdad, es decir, lo mismo que hicieron las revoluciones puritanas que en Europa, y a partir del siglo XVI, abren las puertas a la Edad Moderna. En efecto, el dogmatismo suní repite la misma dinámica que protagonizó el protestantismo europeo, que, como el islamismo, se basó en formas de piedad fundadas en la intención interior como requisito para la validez de las acciones religiosas, así como en la implantación de formas de religiosidad basadas en las versiones autorizadas de un texto canónico descontextualizado y generalizable. No menos moderna es la orientación ética que se imprime a la acción desde el salafitismo –el modelo teológico del que beben los talibán, en concreto de la escuela deobandí–, según la cual lo que convierte a un ser humano en musulmán no es sólo la aceptación de un credo, sino el compromiso activo con una empresa colectiva para «ordenar el bien y prohibir el mal».

En otras palabras, la materia primera doctrinal que permitió la revolución cultural calvinista –antirritualismo, antisacramentalismo, interiorización de las normas sagradas, privatización de la relación con lo sobrenatural, literalismo– ya estaba en el islam, que postulaba una rectitud trascendente, inalterable, pero no por ello menos concreta, fundada en la obediencia ciega a un texto divino. Lo que ocurrió en la práctica es que esa predisposición quedó limitada a una elite de musulmanes cultos y urbanizados, conocedores de los preceptos sagrados y de los que los talibán –o estudiantes– serían un excelente ejemplo, mientras que las mayorías sociales continuaban fieles a prácticas y creencias paganas que habían sido superficialmente islamizadas.

Fue la popularización del islamismo de las elites urbanas lo que encontramos en la base de los grandes experimentos modernizadores que ha conocido el mundo musulmán. Los ejemplos más significativos corresponden –no por casualidad– a naciones que han resultado ser las más fieles aliadas tanto de los Estados Unidos como de los talibán. Por un lado, Arabia Saudí, cuya fundación se lo debe todo al wahhabismo, la corriente suní que ahora reencontramos animando las revueltas independentistas de Chechenia y el Daguestán. El modernismo saudí fue el que más útil resultó para hacer frente, en los años 60 y 70, al socialismo árabe o al nasserianismo, en nombre de un «orden económico islámico». Sus bases: libre propiedad de los medios de producción, derecho a la explotación de grandes superficies agrícolas en régimen terrateniente y prohibición de la usura en el crédito –préstamos sin interés fijo– así como una interpretación de la zakat o limosna ritual en términos de sistema impositivo.

Por otro lado, el principio wahhabí del interés común –«dónde esté el interés común está la ley de Dios»– ha sido fundamental para que en Arabia se registrase una centralización estatal que superó las estructuras segmentarias premodernas. De ahí también la convicción de que es necesario o viable un estado no musulmán, sino islámico, algo fundamental en el pensamiento político derivado del alto sunismo salafita, es decir, el islamismo más antitradicional que representan Abu al-Ala Mawdudi, Rashid Rida y los Hermanos Musulmanes. Es esa virtud politizadora del rigorismo islámico la que han aplicado los talibán, venciendo por la fuerza el secular faccionalismo tribal afgano –que pugna por sobrevivir de la mano de los mujahidines contrarios al régimen de Kabul–, a la vez que sometiendo a las minorías que podrían obstacularizar la homogeneización política del país: los chiís y los sunís de lengua persa del norte. Paradójicamente, las alternativas que los norteamericanos barajan para sustituir a la actual república afgana son tan poco modernas como la reinstauración de la monarquía –de la mano del depuesto Zaher Shah– o el potenciamiento de las disgregadoras tribus norteñas

El otro referente es el vecino Pakistán. No se olvide que el modelo de organización social de los talibán está adoptado del de los patanes de la zona montañosa fronteriza con esa país, sobre todo por lo que hace a la exclusión absoluta de las mujeres. La fundación de Pakistán se debió a la preeminencia de los muwahhidun o unitarios islámicos sobre el islamismo liberal y occidentalizado de Sir Sayyid Ahmad Jan. La vía paquistaní encontró en teóricos como Iqbal o el citado Mawdudi las fuentes doctrinales con que justificar, a la vez, el rechazo a la europeización, a las tradiciones paganas propias, a la herencia helénica y a la presencia tanto budista como hindú. Son idénticas obsesiones las que están reproduciendo los talibán, con medidas como la persecución contra los predicadores cristianos, la obligatoriedad para los hindúes de usar distintivos que los identifiquen o la destrucción del patrimonio artístico y monumental de la gran civilización greco-búdica que conoció su esplendor precisamente en lo que hoy es Afganistán.

En el país de los talibán se reedita la búsqueda utópica de la restauración universal de la inicial comunidad mediní –la Umma o el Dar-el-Islam–, orientada por el ejemplo de Mahoma y del islam puro e incorrupto de los cuatro Califas Bien Guiados, los Julafa al-rashidun: Abu Bakr, Omar, Utnan y Alí. Pocas cosas más modernas que ese afán por implantar el monocultivo ideológico y cultural, eso que aquí conocemos como pensamiento único. Esa así que el islamismo más fanático intenta imponer en medio mundo lo que Lévi-Strauss advirtió que Occidente ya había impuesto en el otro medio: la radical división entre lo natural y lo sobrenatural, el desprestigio de las mediaciones simbólicas mediante las cuales se aceptaba el carácter interlocutor del mundo sensible, la producción de conflictos morales insuperables en los individuos y la más absoluta aversión hacia cualquiera que no pensase en idénticos términos que uno mismo.





El Islam en sus pliegues

Foto de Edward Grazda

Reseña de Observando el Islam. de Clifford Geertz (Paidós), publicada en La Esfera, el suplemento de libros de El Mundo, el 10 de septiembre de 1994.

EL ISLAM EN SUS PLIEGUES
Manuel Delgado

Hace cinco años Paidós brindaba la oportunidad de conocer, en versión de Alberto Cardín, El antropólogo como autor, la obra con que Clifford Geertz acababa de ganar el premio del National Books Critics Circle y que lo consagraba como uno de los adalides del movimiento posmoderno en antropología. Ahora, la misma casa nos anuncia de Geertz la aparición en breve de su Conocimiento local, al tiempo que pone a la venta Observando el Islam, muestra –al igual que La interpretación de las culturas (Gedisa, 1986)- de la etapa en que este autor apareció liderando la restauración, hoy ya incontestada, de teóricos de la religión algo devaluados en la década de los 60, como James, Malinowski, Weber o Parsons.

La cualidad principal de Observando el Islam reside en que constituye un excelente ejemplo de aplicación de aquellos principios epistemológicos –la atención por lo particular y su comparación- de los que la antropología extrae no sólo su singularidad como disciplina, sino también sus ventajas explicativas. Lo hace, además, en relación con un tema que no ha hecho sino amplificar su importancia, incluso como fuente de preocupación para Occidente: la ideologización que ha provocado en el islamismo el proceso secularizador experimentado a nivel mundial.

El marco teórico de la obra es de clara matriz weberiana y neopragmática. Tanto las liturgias sagradas y como las creencias son esquemas compartidos a partir de los que los individuos aprenden a interpretar, orientar, dotar de sentido y, por fin, transcender su experiencia del mundo. En tanto que marcos perceptuales, al tiempo que guías para la acción, los modelos provistos desde la fe despliegan una fuerza capaz de determinar la conducta humana y el contexto social en que ésta se da.

Este axioma se aplica a los materiales provistos por la experiencia etnográfica del propio Geertz en Marruecos e Indonesia. En estas dos naciones surgidas del colonialismo se había escenificado ese mecanismo capaz de hacer que un conjunto de principios doctrinales comunes originen resultados de tipo simbólico y antagónico, al ser asimilado por tradiciones culturales distintas, desmintiendo así esa apreciación superficial que imagina el islamismo suní como una religión homogénea y sin pliegues.

En Marruecos, el Islam de los bereberes impuso el culto a la “baraka” de los santos y una devoción agresiva y severa. En Indonesia, se adaptó al tono contemplativo y teosófico con que una base hindú marcaba la religiosidad local. La comparación de los estilos culturales que produjeron estas dos variantes de irrupción del Islam se lleva a cabo a partir de dos pares de cristalizaciones personales. Una dispone en paralelo a Sunan Kaliyaga, el apóstol al que se atribuye la introducción de Mahoma en Java en el siglo XVI, y a Sidi Lashsen Lyusi, un agitados religioso bereber del siglo XVII. La otra contrasta el neomorabitismo monárquico de Muhammed V con la teatrocracia y el sincretismo político del Sukarno, dos de las fórmulas que adoptó la emancipación en clave islamita del llama Tercer Mundo en el siglo XX.

He aquí un análisis histórico-cultural que confronta sendas, dinámicas de implantación del islamismo. Formulado por Geertz en el 68, la interpretación resultante no ha hecho sino aumentar su capacidad de esclarecer lo actual, tanto por lo que hace al papel de la religión en el mundo contemporáneo en general, como en lo referido a los conflictos que atraviesan el universo islámico hoy, incluyendo un fundamentalismo que nos es revelado aquí como la paradójica consecuencia del contacto con el concepto occidental de ideología.






dissabte, 21 d’agost del 2021

Lo inmaterial y la Modernidad


Articulo publicado en El País, el 12 de febrero de 2006

LO INMATERIAL Y LA MODERNIDAD
Manuel Delgado

En todas las sociedades hay ciertas representaciones que, en tanto remiten a aspectos estratégicos de su organización, se mantienen protegidas de cualquier trato considerado agraviante. Se trata de cosas sagradas, en el sentido de dotadas de un valor ritual que hace inaceptable cualquier trato irreverente. Esos objetos preservados pueden pertenecer a la esfera de lo religioso, aunque en sociedades secularizadas se desplazan a otras instituciones con una función equivalente. Así, en España, la persecución legal contra las ofensas a la bandera o el escrúpulo que rodea el tratamiento de los miembros de la Casa Real responden a un principio idéntico al que en otros contextos prevendría contra la blasfemia o el sacrilegio. Esa misma lógica es la que, a nivel del individuo, nos hace entender como un insulto gravísimo que, por ejemplo, alguien escupa sobre la fotografía de nuestra madre u ofenda a nuestros difuntos.

La reciente reacción ante la publicación de unas caricaturas de Mahoma se inscribe en ese terreno: respuesta vehemente ante lo que una colectividad considera la profanación de los símbolos de su identidad. Ahora bien, la prensa occidental ha tratado las protestas mostrándolas como nuevas evidencias de la naturaleza medievalizante atribuida a la religión musulmana. Lo que se ha repetido es que el nudo del contencioso residía en una actitud intolerante del Islam ante la representación física tanto del Creador como de lo Creado, lo que convertía la reacción suscitada en la respuesta fanática ante la vulneración de un irracional tabú religioso.

La cuestión entonces varía. Una cosa es el ultraje a un símbolo sagrado del otro -en este caso Mahoma representado como un terrorista- y otra la impugnación frontal de la legitimidad de la representación misma de lo divino que se asigna al Islam. Por supuesto que tal convicción, sin los debidos matices, es incompatible con cualquier conocimiento serio del anaconismo islámico, cuya raíz en la ley coránica es discutible y que se basa en la exégesis de hadits, la autoridad de muchos de los cuales -incluso en lo que hace a la figuración del Profeta- ni siquiera es reconocida por el chiismo.

Pero lo que no parece percibirse es cómo, lejos de constituir una prueba de atraso cultural, el rechazo a la figuración propio del Islam más rigorista constata que se ha entendido que la incorporación a la Modernidad -léase a la plena homogeneización cultural- pasa por desautorizar cualquier pretensión de que el mundo físico pueda actuar como vía de manifestación de lo trascendente.

Ése es precisamente uno de los temas centrales de la gran corriente del hanbalismo suní que practicó la iconoclastia en su expansión, desde el siglo XVIII y hasta ahora: los wahabitas y sus diferentes escuelas. Y es así que los talibanes deobantís que hace unos años volaban los budas gigantes de Bamiyán reproducían el gesto que había presidido las revoluciones suiza, inglesa u holandesa siglos atrás o la española ahora hará siete décadas, en una de las más masivas destrucciones de arte religioso que han conocido todos los tiempos. Ejerciendo la obsesión contra cualquier presunto indicio directo de lo divino -esa iconofobia presente en el judaísmo, pero ajena a casi todas las demás tradiciones religiosas, con excepciones como ciertas sectas del budismo hinayana o el jainismo digambara-, el islamismo más rígido se instalaba en ese mismo punto de arranque del proceso modernizador que fueron las revoluciones culturales puritanas en la Europa del siglo XVI -que también llegaron a prohibir la música-, de las que el Islam primitivo podía reclamarse precursor.

En efecto, fue el propio Mahoma en persona quien, destruyendo los ídolos de la Kaaba, había anticipado la furia de calvinistas y anabaptistas contra los símbolos de Dios. En eso consistió la ruptura con lo que hasta entonces había sido la continuidad entre experiencias físicas y experiencias intelectuales, que en el plano religioso conducía a una dependencia excesiva respecto de la naturaleza en orden a proveerse en ella de mediaciones con el Supremo. La analogía con lo inefable no podía considerarse sino corruptora de la comunicación con Dios, en tanto que, al establecer que lo sobrenatural podía manifestarse en o a través de una cosa o imagen, desviaba del conocimiento de la Verdad, que es inmanente y, en consecuencia, cognoscible sólo mediante la experiencia subjetiva. Lo espiritual sólo puede ser percibido espiritualmente; no puede haber soporte material para lo inmaterial; no es posible imaginar la inimaginable omnipresencia de Dios.

La intolerancia ante cualquier pretensión de formalizar lo invisible fue el requisito que permitió la irrupción en escena de un personaje inédito que devendría fundamental: el sujeto, única entidad con derecho y capacidad para encontrar en su fe interior un nexo con la divinidad. Ése fue el argumento que defendiera Johan Huizinga en El otoño de la Edad Media, que, en 1930, ya establecía que fue en los límites impuestos a la hora de investir lo perceptible de la grandeza de Dios, donde realmente se produjo el tránsito de la Edad Media a la Modernidad. A partir de entonces, sólo una rectitud trascendente, inalterable, de espaldas y hostil al mundo, basada en la obediencia ciega a los preceptos abstractos e irrepresentables de un texto divino podía garantizar la rectitud y la previsibilidad de las acciones humanas.

Con ello, el dogmatismo del Islam salafita podía y puede poner hoy de manifiesto hasta qué punto el mensaje del Profeta era plan y promesa de modernización y que era en su olvido donde los pueblos islamizados debían encontrar, como castigo, la génesis de su postración.




Iconoclastia y modernidad

La foto es de Uzannul Pasha

El Mundo, 3 de marzo de 2001

ICONOCLASTIA Y MODERNIDAD
Manuel Delgado


El espanto que suscita la inminente destrucción de un grandioso patrimonio artístico en Afganistán, incluyendo restos de aquel primer y colosal ejemplo de mestizaje cultural que fue la civilización grecobúdica, ha vuelto a desatar los tópicos sobre la condición “medievalizante” del fundamentalismo islámico, visto como un fanático mecanismo de oposición a los avances del mundo moderno. Sería caso de retomar aquí las reflexiones de quienes –Clifford Geertz, Ernest Gellner, Alberto Cardín– han advertido hasta qué punto el integrismo islámico es un instrumento al servicio de los procesos de modernización. O de Lévi-Strauss, que al final de su Tristes trópicos, y ante el magnífico espectáculo de esa misma arquitectura y estatuaria de Ghandara que está a punto de ser demolida, era capaz de percibir cómo «el Islam es el Occidente de Oriente», es decir como el islamismo estaba aplicando en Asia las mismas imposiciones hemogeneizadoras que el cristianismo y el humanismo ilustrado estaban extendiendo por el resto del planeta.

De hecho, la misma imagen de los tanques disparando contra los budas gigantes de Bamiyán nos debería evocar no la acción de una primitivizante horda de bárbaros, sino el bombardeo de la Esfinge por las tropas napoleónicas que invaden Egipto o los “fusilamientos” del Cristo del Cerro de los Ángeles por los milicianos republicanos en 1936. ¡Cuánto sabemos los europeos de destrucciones masivas de tesoros de incalculable valor! La historia de nuestra vanidosa modernidad está hecha de estatuas religiosas derribadas, de templos incendiados, de piras enormes en que arden altares, crucifijos, cuadros... Miles de obras de arte fueron destruidas en las guerras de religión en las hoy tan civilizadas Inglaterra, Holanda, Francia o Suiza. Nuestro propio país fue escenario, hace apenas sesenta y cinco años, de lo que posiblemente fue la explosión de iconoclastia más terrible que ha conocido la historia humana.

Puestos a hablar de la destrucción de patrimonios artístico-religiosos los musulmanes no tienen nada que enseñarle ni a los cristianos modernizados ni a las diferentes ideologías laicas de Occidente. Los talibanes podrían pasar por escrupulosos ejecutores del mandato bíblico: «Suprimiréis todos los lugares donde los pueblos que vaís a desalojar han dado culto a sus dioses...; demoleréis sus altares, romperéis sus estelas, romperéis sus cipos, derribaréis las esculturas de sus dioses y suprimiréis su nombre de ese lugar» (Deuteronomio 12 2‑3). Por su parte, en nombre de la Libertad se han despedazado infinitamente más obras de arte religioso que en nombre del Profeta. De hecho, bien deberíamos reconocer que, a diferencia de puritanos, liberales o libertarios, el Islam sólo excepcionalmente ha sido intolerante con la representación de lo divino.

La tibieza islámica en relación con el culto a los símbolos figurativos permitió que los prolongados periodos de dominación árabe u otomana no afectaran apenas la integridad de los iconostasios de las iglesias cristianas arábigas y limitó sus restricciones contra la sacralización figurativa al culto a iconos de bulto exento entre los cristianos cismáticos orientales. La clave de esa actitud permisiva hay que buscarla en el status de inocuidad que el Corán supone a las formas naturalistas y figurativas de culto: "Los idólatras han tomado otros dioses distintos de Él, dioses que no han creado nada, que han sido creados. Que no pueden hacer ningún bien ni ningún mal, que no disponen de la vida, ni de la muerte, ni de la resurrección" (Corán 25 3-4). 

El radicalismo musulmán del que los talibanes son ejemplo se aparta de esa tradición de tolerancia hacia la figuración de lo sagrado. El integrismo hace suya esa materia prima básica que tan buen resultado había dado en Occidente: una rectitud trascendente, inalterable, pero no por ello menos concreta, fundada en la elaboración legal de un texto divino. En un principio, ese rigorismo quedó limitado a una minoría de musulmanes cultos urbanizados, conocedores de los preceptos sagrados, mientras que la gran mayoría de los pueblos que hicieron suyo el islamismo continuaron, en un grado u otro, fieles a prácticas y creencias preexistentes. Ni que decir tiene que las muestras de objetos de culto de otras religiones continuo beneficiándose de una indiferencia casi absoluta.

Fue tardíamente cuando el puritanismo islámico –idéntico al cristiano en sus principios: las mediaciones simbólicas son intrínsecamente perversas y sólo la fe y la moral interiores tienen valor verdadero para la salvación– acabó mostrándose como un modelo a seguir, válido para que amplísimas masas se redimieran de una situación vivida como de postración. El Islam podía así agrupar en torno a sus verdades reveladas a una población castigada en sus condiciones de vida y herida en su orgullo por el colonialismo occidental. Para que esa eficacia doctrinal del Islam pudiera hacerse real se debía asumir la necesidad de abrazar una religiosidad teológicamente más "correcta", depurada de toda dependencia de los símbolos externos. En otras palabras, la necesidad, paradójicamente resultado del proceso de occidentalización, de obedecer un conjunto de principios inapelables de valor universal, se ha traducido en los países de predominio islámico en una recuperación del islamismo dogmático.

La mayoría de movimientos rigoristas islámicos que, como los talibanes, exigen la depuración de sus sociedades de toda jahiliyya o "ignorancia pagana" están inspirados en la salafiyya. Los salafis son ulemas o pensadores seglares extremadamente escrituristas, que –como su nombre indica, salaf: "antepasado" o "predecesor"– se basan en una obediencia absoluta al ejemplo de Mahoma y sus amigos, así como de los primeros califas y juristas. Para los salafis, toda pretensión de que es posible mediar entre Alá y los humanos por otra vía que no sea la de los textos sagrados es, por definición, blasfema. Eso les convierte en enemigos acérrimos de toda veneración a objetos o personas, incluyendo los santos, así como de toda modalidad de esoterismo que pretenda una comunicación directa e íntima con Dios.

De la salafiyya ha surgido un buen número de corrientes reformadoras del Islam, que han tomado como punto de partida el dogma de que lo que convierte a un ser humano en musulmán no es sólo la aceptación de un credo, sino el compromiso activo con una empresa colectiva para "ordenar el bien y prohibir el mal". De todas estas corrientes salafitas –entre las cuales destaca la de los Hermanos Musulmanes, fundados en Egipto en los años 20–, la que primero alcanzó una situación de predominio político absoluto fue el wahabismo, que ha dirigido ideológicamente la integración de Arabia Saudí en el sistema de mercado y en el concierto político de las naciones. El wahabismo, fundado en el siglo XVIII por Ibn Abd il-Wahhab, representó la más radical intolerancia hacia las formas externas de piedad y practicó la iconoclastia. En concreto, prohibió los minaretes de las mezquitas, así como el culto a los santos y a los ángeles, e incluyó episodios de violencia tan notables como la destrucción de la tumba de Mahoma en Medina. El wahabismo resultó fundamental para los movimientos modernizadores musulmanes que protagonizaron la independencia de la India, primero, y, de la mano de los muwahhidun o “unitarios”, la creación del Estado del Pakistán, enseguida. Pakistán, Arabia Saudí, Hermanos Musulmanes. 

He ahí los grandes referentes del régimen talibán. Pero esos faros no alumbran un pasado de miseria, de atraso y de postración, sino una vía por la que, una vez más, volver a ensayar el acceso a la plena modernidad. Esos fanáticos han aprendido de nosotros que, al parecer, sólo la destrucción de lo que es bueno y es bello puede elevar a una sociedad a la condición de verdaderamente civilizada.




diumenge, 12 de gener del 2020

La conquista del Oeste


Tzotziles musulmanes de Chiapas. Es de Adrian Mealand

Nota sobre el referente musulmán en el proyecto colonizador europeo en América, para el sheij Ahmad Tehrani, de Howza, la universidad Islámica de Qom

LA CONQUISTA DEL OESTE

Me gustaría de veras ayudarle en su investigación, sobre todo porque es un placer para mí poder contribuir a un trabajo de teología islámica y recordar con ello mi época de estudiante en el Seminario Diocesano de Barcelona. Me apasiona la teología y fue esa debilidad la que me llevó a estudiar biblismo, a pesar de que a mis compañeros de clase les pareciese extraño tener un compañero de clase que reconocía no tener la mínima inquietud espiritual.

Lo que pasa es que me pregunta sobre cuestiones sobre las que no puedo presentarme como especialmente competente. Lo que sé sobre el papel de la Iglesia Católica en América Latina en los siglos XVI y XVII. La bibliografía al respecto es abundante, una buena parta provista por compañeros de mi propio Departamento en la Universitat de Barcelona, que no en vano se llama Departament d’Antropologia Social i d’Història d’Amèrica i Àfrica. Si consulta los índices de la revista que publicamos, Boletín Americanista, encontrará multitud de referencias útiles para usted.  Tiene los índices en raco.cat/index.php/BoletinAmericanista. Por otra parte, nuestro Departamento también organiza anualmente los Encuentros América Latina ayer y hoy, cuyas actas también podrían ser una fuente de recursos bibliográficos para usted. Déjeme que le cita alguno de los libros de mis compañeros de Departamento que le podrían ser útiles. Sobre la resistencia negra en América y los intentos de sometimiento por la vía “evangelizadora”, el libro de Javier Laviña, Doctrina para negros (Sendai) y también el Laviña y José Luir Ruiz-Peinado, Resistencias esclavas en las Américas (Doce Calles). De Ricardo Piqueras le recomiendo Entre el hambre y Eldorado (Diputación de Sevilla) y la compilación La conquista de América (Atalaya). Y de Miquel Izard, El rechazo a la civilización (Península) y Latinoamérica: violencia, subdesarrollo y dependencia (Síntesis).

Hay otras obras que le podrían ser útiles. Imagino que debe ser complicado adquirirlas directamente en Qom, ni en cualquier librería importante iraní, pero siempre tiene el recurso a adquirirlos por internet. Le recomiendo La Iglesia en América, siglos XVI-XVIII, de Pilar Hernández Aparicio (Deimon); Juan Antonio Estrada, Las contradicciones de la evangelización de América (Sal Terrae), o Esplendores y miserias de la evangelización de América, de Wulf Oesterreicher y Roland Schmidt-Riese (Walter de Ruyter). Por último, América bajo los Austrias: Economía, cultura y sociedad, de Héctor Omar Noejovich (Universidad Católica de Perú).

Permítame, no obstante, que me detenga en la cuestión de la importancia que tuvo la realidad y el imaginario relativo al Islam y al imperio Otomano en la conquista de América y en el papel fundamental que en ella tuvo el factor evangelizador.

Es cierto que está atestiguada una cierta presencia musulmana en la conquista de América, sobre todo de la mano de esclavos negros, y ello implico incluso una cierta desconfianza acerca de su eventual rebelión, o el temor a la conversión al Islam de los indígenas. Una prevención que ha tardado en cumplirse, pero que tenemos ahora ahí. Permítame que me refiera aquí a una experiencia reciente que, en Chiapas, me llevo a conocer de cerca el proceso de conversión al islam sufí de comunidades tzotziles. Me dijeron que un fenómeno parecido se estaba dando entre tzeltales y tojolabales, de manera que un 80 % de musulmanes en la región son indígenas.

La clave está, sin duda, en cómo el Islam y la barrera que el Imperio Otomano suponía para la expansión política y comercial hacia Oriente de los europeos, impuso que el gran proceso imperialista europeo, justificado doctrinalmente de la mano del cristianismo, se llevara a cabo hacia el oeste, es decir en el continente americano, y más tarde en África. Fue ahí que se inició lo que damos en llamar la “cultura occidental” e incluso la “civilización”, determinada por ese afán expansionista que Europa sólo podía desarrollar hacia occidente, frustrando una expansión hacia Oriente que los europeos habían desarrollado por la vía comercial a lo largo de los siglos XIII y XIV –recuérdese el personaje de Marco Polo– y que intentaron los jesuitas en China en el siglo siguiente. La urgencia de buscar una vía que permitiera continuar esa tarea fue lo que llevó a Colón y los viajeros del siglo XVI a dirigirse hacia el Oeste, sorteando la barrera que el imperio otomano de Solimán había impuesto en medio de Eurasia,

Al respecto, le invito a que arranque usted en el capítulo XXXIX de Tristes trópico, un libro que a buen seguro puede encontrar en árabe o en parsi. Allí es donde Lévi‑Strauss detiene su reflexión en Táxila, un paraje al pie de las montañas de Cachemira, que es un testimonio de cómo en los siglos V a. C. y I, en que aquel punto fue testimonio del encuentro pacífico de cuatro grandes tradiciones religiosas: el hinduismo, el budismo de los reyes Maurya, el zoroastrismo de partos y escitas y el helenismo, que llegó de la mano de los bactracianos y del mismísimo Alejandro, que pasó en aquel lugar varias semanas. Reflexionando sobre aquellas ruinas de la civilización greco-búdica, Lévi-Strauss se formula una pregunta: "¿Qué sería hoy de Occidente si la tentativa de unión entre el mundo mediterráneo y la India hubiera tenido un éxito durable?" Intentado responderse a sí mismo, Lévi-Strauss se topa con el Islam, que se había impuesto en la zona para no abandonarla más. Es entonces cuando Lévi-Strauss establece que el Islam ha sido una barrera infranqueable ha interrumpido el continuum cultural, pero también militar, político y económico, que unió Europa con Extremo Oriente, lo que le permite afirma que el Islam es el Occidente de Oriente.

Yo creo que antes bien debería decirse lo contrario: que la Cristiandad –es decir Occidente– quiso ser el Islam de Oriente, es decir llevar a cabo una expansión hacia el Oeste como la que había permitido los grandes imperios musulmanes, es decir el árabe y el turco expandirse. Piense la amenaza que suponía para la Europa cristiana la ocupación otomana de una parte importante del subcontinente, sólo detenida por aquel baluarte que fue Viena en los siglos que usted estudia, es decir el XVI y XVII, una Viena, por cierto, atacada por importantes contingentes jenízaros, es decir conversos blancos al Islam. Otra cosa es que la clave de esa extensión del Islam se llevó a cabo por una vía que los cristianos no pudieron ni siquiera imitar: la fascinación. Está claro que no fue la fascinación la clave de la conquista de América ni de las demás formas de imperialismo occidental, que emplearon, como todo el mundo sabe, la violencia y la destrucción como sus principales instrumentos de dominación. El papel que jugó esa opción por la conquista del Oeste será determinante en lo que en poco tiempo será la dinámica del enriquecimiento y del crecimiento ilimitado que caracterizarán al capitalismo.

Para ello era indispensable que el Nuevo Mundo lo fuera porque de él se había extirpado la amenaza que suponían el moro, el judío, el turco, pero también el luterano –o, luego, en el Norte, el católico y el protestante ortodoxo–y el hereje en general. Es en ese sentido que la Conquista se pudo plantear como continuación de la “reconquista” de España en el siglo XV o como revancha ante el fracaso de las cruzadas. Es ahí donde se percibe con claridad la razón que tiene Tzevtan Todorov cuando nos muestra –en La conquista de América (Siglo XXI)– cómo lo que Colón descubre en 1492 no es América, sino Europa.

Todo lo que le estoy planteando puede usted encontrarlo mucho más y mejor desarrollado en un libro titulado La sombra del Islam en la conquista de América, de Hernán Taboada (Fondo de Cultura Económica). Es una edición reciente, de 2004. Hágase con él. Es el libro que necesita como punto de partida de los aspectos de su investigación por los que me consulta.





dimarts, 12 de novembre del 2019

Sobre cultos carismáticos en colectivos inmigrados


Comentario para Angela Vásquez, estudiante del Máster en Antropologia y Etnografía

He estado pensando en lo de tu trabajo sobre pentecostalistas colombianos en Barcelona. Es un tema muy interesante. Es un asunto que se incluye dentro del campo más amplio de cómo la religión y la religiosidad juegan un papel fundamental en orden a estructural la experiencia de la incorporación de inmigrantes a sociedades receptoras con los factores de tensión, inestabilidad, anomia y hostilidad con los que deben enfrentarse.

Hay trabajos interesantes sobre el papel que juegan este tipo de cultos a la hora de hacer que los inmigrantes se integren, y no se desintegren, en la sociedad de acogida. Tú piensa que estamos hablando de una concreción del tipo de funciones y eficacias que este tipo de piedades cumple, sobre todo por su virtud de manejar lo individual y lo colectivo, reforzar sentimientos de certeza personal y exaltar y establecer vínculos comunitarios y redes sociales. Piensa en lo que “hace”, por así decirlo, el culto: proveer de una estructura de plausibilidad, capaz de ordenar jerárquicamente los significados y ofrecer modelos cognitivos poderosos; dota de una comunidad de referencia que realiza la utopía de un regreso a la fraternidad humana inicial, lo que, como te decía, se convierte enseguida en ámbito de encuentro y para el establecimiento de redes de apoyo mutuo; sirve de ámbito dónde purificarse o protegerse de las contaminacions de un mundo percibido como inestable, incierto y en su caso sin duda hostil; facilita la constitución de identidades individuales sólidas, sustituyendo o complementando formas primarias de socialización la familia, la escuela, etc. que se muestran insuficientes para menguar los sentimientos de aislamiento o de atomización que suscita la complejidad inestable de las sociedades modernas, todavía más en el caso de inmigrantes en proceso de adaptación a un contexto sociocultural extraño; brindar un código moral claro, susceptible de orientar las conductas y de regular de manera positiva la urdimbre de las interacciones humanas; etc.

Eso siempre de partida, lo que haría importante que tuvieras en cuentas ciertos rudimentos teóricos indispensables tomados de las ciencias sociales de la religión, Weber, Troelsch Berger y Luckmann a la cabeza. Luego léete a la Cantón Delgado y lo que ha escrito sobre pentecostales y pentecostalismos: sus artículos y sobre todo Bautizados en fuego, que es un libro excelente. Tienes también coses que se han escrito sobre cultos carismáticos en contextos de inmigración. No te olvides que hay casos realmente espectaculares, como el de los italianos en Estados Unidos, una comunidad que es hoy esencialmente pentecostal. Busca, por ejemplo, el artículo de S. Warner, S., “Immigration and Religions communities in the United States”, en J. Warner y , J. Wittner, J. (eds.), Gatherings in Diaspora: religious communities and the New immigration (Temple University Press, 1998). Que yo sepa, quien está haciendo algo lo más parecido a lo que pretendes es Paola García, a la que escuché en el congreso sobre inmigración en Coruña hace unos meses. Presentó lo que te adjunto.

Tienes más cosas interesantes: García, P., (2007), “Conversión y migración: el rol de las Iglesias pentecostales en la integración de los inmigrantes latinoamericanos”, Migración y desarrollo, 21-24 de marzo. Quien está trabajando este asunto es Maria del Mar Griera, de la Universitsat Autònoma. Tiene una cosa que se titula “D’afinitats electives: pentecostalisme i immigració. El cas de les esglésies africanes pentecostals a Catalunya”, que tendría que estar a punto de aparecer en la Revista Catalana de Sociologia. También tiene “És um verdadeiro cristão?”: Estereótipos, desconfiança e estratégias de diferenciação entre “novos” e “velhos” protestantes na Catalunha”, en la revista portuguesa Etnográfica, XII/2 (nov. 2008): 403-423. Le he pedido que me envíe los dos. En cuanto me lleguen te los reboto.

Un artículo que te va a ir que ni pintado es “Women, Migration, and the Pentecostal Experience”, de Rosalina Mira ;Lois Ann Lorentzen. Está en la Peace Review, XIV/4 (diciembre 2002): 421-425. Está en internet, pero hay que pagar 24 dólares. Mira a ver si lo encuentras en la biblioteca de la facultad. Es de Routledge. Mira a ver si das o puedes pedir el libro de Sheila Douglas, Pentecostalism and Immigration (IMCGB Pu., 2008). No lo he leído, pero podría ser interesante. Cuando tengas un momento, tendrías que hacer un vaciado de Social Compass. Estoy seguro de que hay un montón de cosas que te interesan. Creo que no la tenemos, pero hay un índice consultable por internet. También échale un vistazo a Migraciones, que sí que está en la hemeroteca de la facultad. 


Canals de vídeo

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