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divendres, 9 de desembre del 2022

Las dos caras de Guayaquil


La fotografía corresponde al Malecón de Guayaquil y está tomada de ecuadorunplugged.com/photoblo]

Fragmento de “Urbanismo y urbanidad. Guayaquil, Barcelona y elfuturo de las ciudades”, ponencia en el III Congreso de Arqueología y Antropología en Ecuador, Guayaquil, octubre 2008

LAS DOS CARAS DE GUAYAQUIL
Manuel Delgado

Escribe Merleau-Ponty en su Fenomenología de la percepción, refiriéndose a su primera mirada sobre París: "Y cuando llegué por primera vez, las primeras calles que vi a la salida de la estación, no fueron más que, como las primeras palabras de un desconocido, las manifestaciones de una esencia todavía ambigua, pero ya incomparable". No conozco Guayaquil sino justamente, como suele decirse, “de vista”. No estoy en condiciones de aportar sobre esa ciudad un estudio a fondo, un análisis bien fundamentado en la experiencia o el trabajo documental, menos todavía algo ni remotamente parecido a lo que debería ser un informe etnográfico. Sólo permanecí en Guayaquil los días de septiembre de 2008 en que transcurrió el III Congreso de Antropología y Arqueología en Ecuador, en los que aproveché todas las oportunidades que se me brindaron para abandonarme a la diletancia de flânneur recién llegado que, como Merleau Ponty topándose de pronto con las calles de París, estaba en condiciones de mirar a los ojos durante un instante a una ciudad que me acababa de ser presentada y de la que, súbitamente, podía obtener una información imprecisa pero lúcida a su manera, puesto que ese primer encuentro proporcionaba una cierta verdad fenomenal de Guayaquil, una evidencia a la que nunca más volvería a tener acceso o que incluso llegaría a perder con el paso del tiempo y la acumulación de datos y vivencias.

Esa especie de observación impresionista la practiqué paseando por el centro recién remodelado de la ciudad ­–Parque del Centenario, Avenida 9 de Octubre– en el que pude contemplar una disciplinada multitud paseando por un entorno previsible y ordenado, predispuesto sólo para apropiaciones apropiadas y en el que todo parecía estar en su sitio y ser como debía ser. También pude caminar plácidamente, en compañía de Dolores Juliano y Alejandro Isla, por el Malecón 2000, una intervención que reconocía de haberla visto repetida en  guías y reportajes y que era una reconversión en clave de centro lúdico-comercial al aire libre del antiguo paseo marítimo junto al río Guayas. Se trataba del típico “espacio público de calidad”, usado ahora por pacíficos viandantes ociosos que se movían en un ambiente afable y sin sobresaltos y que podían detenerse en cualquiera de los espacios verdes postizos de la zona o adquirir comida rápida internacional en los centros de McDonnal’s o el Kentucky Fried Chicken. No podía faltar la correspondiente macroinstalación para el ocio ­–el Imax– y, por supuesto, el indispensable templo levantado en honor de los nuevos dioses del Arte, la Cultura y el Pasado, en este caso el Museo de Antropología y Arte Contemporáneo, MAAC. También subí los 456 escalones numerados que remontan el Cerro Santa Ana, flanqueados por aseadas tiendas de recuerdos, cibercafés, salas de arte, bares con ambiente… En la cima, la iglesia de San Martín de Porres, el faro y un pertinente museo en el que se evoca la época en que Guayaquil era objetivo de incursiones piratas. También restaurantes y terrazas desde los que se podía disfrutar de magníficas vistas sobre el río y la ciudad.

Pero no todo era tan amable y ordenado en Guayaquil. En largas caminatas –que muchos tomaban por pura extravagancia– entre el hotel en que me hospedaba, cerca del Mall del Sol, en el barrio exclusivo de Samborondón, y el espléndido nuevo centro urbano de Guayaquil, me di de bruces con un paisaje humano complejo y abigarrado, parecido al de otras ciudades  latinoamericanas. Callejeando por la Avenida de América, Presidente Jaime Roldós, Julián Coronel o Los Ríos, por fin Quito­, vi o me cruce con gentes de todo tipo: transeúntes que iban o venían vaya usted a saber desde y hacía dónde, de o a hacer quien sabe qué; estudiantes, trabajadores y trabajadoras, amas de casa, colegiales y estudiantes que entraban o salían de clase; vendedores ambulantes; individuos con aspecto inquietante que parecían sopesarme como presa, y cientos de vehículos que se sabían los amos de la vía y que, a ratos, en según que tramos, podían hacerme sentir, a mi, viandante solitario atravesando territorios desapacibles, como una especie de estridencia o anomalía… Una ciudad, en fin, atravesada por todo tipo de espacios y lugares en los que las cosas se juntaban y confundían.

Vi más. Me zambullí en el mercado de La Bahía y creo que llegué a formar parte de la argamasa de cuerpos y sensaciones que generaba la actividad frenética de comerciantes, compradores y otros seres humanos cuya presencia allí parecía responder a funciones más bien difusas. Bajando con Alejandro la escalinata del cerro Santa Ana, pude entrever, a mano derecha, por algunas oberturas, lo que aquel decorado de cartón piedra que era el conjunto monumentalizado ocultaba. Separándonos de ese núcleo central del cerro, en contra de lo recomendado por los vigilantes jurados de la zona, descubrimos que el “tradicional y entrañable” Barrio las Peñas lo constituía un laberinto de calles estrechas, casi todas sin pavimentar –algunas una cloaca al aire libre–, en torno a las cuales se alineaban casas pobres habitadas por pobres. Nada que una guía turística hubiera entendido como digno de ser recogido como un “lugar emblemático” de la ciudad, por mucho que bien cierto que lo era, aunque fuera en un sentido bien distinto al deseado por la visión oficial sobre la ciudad.

Una mañana, unos amigos me acompañaron al Suburbio Oeste para que conociera a unas familias montubias. Allí encontré un paisaje no muy distinto al que había conocido en Ciudad Bolívar, en Bogotá, o en Lugano, en Buenos Aires, pòr ejemplo, grandes barriadas populares en las que la pobreza aparece mezclada con una dignidad humana de la que las clases acomodadas de sus respectivas ciudades no saben ni sabrán nada. En esa visita pude ser testimonio directo de un espeluznante suceso. Dos mujeres –una joven y su madre– habían sido atropelladas por un vehículo que se salió de la calzada en la Perimetral –la autopista de circunvalación que rodea Guayaquil– y que luego huyó. Los cuerpos permanecieron casi una hora tendidos sin vida a un paso de la parada de bus en que fueron arrollados. El drama que se iba desarrollando en aquel escenario se me antojaba atroz, pero me dijeron que no dejaba de ser habitual, porque accidentes de esa naturaleza eran bastante frecuentes en  aquel punto.

Fue de este modo que me cupo la posibilidad de contrastar en el breve lapso de unos días, dos realidades urbanas que respondían a un mismo nombre  –Guayaquil– pero que tenían poco que ver entre sí. De un lado, la ciudad de las páginas web o las publicaciones oficiales, la que se nos mostraba a los visitantes ilustres y a los turistas, incluyendo a los propios guayalquileños, a los que no se dejaba de tratar como si fueran espectadores de su propia ciudad. Era la Guayaquil renovado, remodelado, rescatado, el de los escenarios tematizados y las instalaciones comerciales, lúdicas o culturales concebidas según estándares internacionales, etc. Del otro, la ciudad real, la Guayaquil de la desigualdad y la pobreza, la ciudad irredenta que escamotearán las campañas de promoción, las autoridades institucionales y la prensa oficial.

Las intuiciones extraídas de ese vistazo sobre Guayaquil y del cúmulo de impresiones que me procuraba se vieron confirmadas por miradas y análisis más hondos aportados por otros, sobre todo para enfatizar el precio que las mutaciones urbanísticas en Guayaquil estaban pagando en materia de exclusión social y derechos humanos. Guayaquil aparece recurrentemente mencionada como paradigma a seguir en ámbitos como la remodelación urbanística, la higienización social o el estímulo de las industrias asociadas al turismo, pero lo que uno halla en esa ciudad no es muy distinto de lo que caracteriza cualquiera de las capitales latinoamericanas que están compitiendo por incorporarse a las grandes dinámicas de globalización capitalista: regeneración de centros urbanos o recuperacion de zonas industriales o portuarias consideradas obsoletas, a cambio de la depauperación de otras zonas en las que se confina a sectores de la población cada vez más numerosos y más miserabilizados; formas de reapropiación capitalista del territorio que priman la escenografía temática y el simulacro; puesta en circulación de discursos que hacen el elogio de presuntas singularidades, que son casi siempre una mera parodia identitaria; generación de espacios públicos rigurosamente vigilados, lo que hace de ellos cualquier cosa menos realmente publicos; campañas publicitarias que llaman a la buena conducta y a la sumisión virtuosa y en las que se emplea un lenguaje grandilocuente, lleno de jaculatorias en pro de la convivencia, el civismo, la urbanidad... Todo ello imitando de manera descarada “modelos” urbanos del llamado “primer mundo”, entre ellos, cómo no, Barcelona, uno de los que mejor ejemplifica la conversión de la ciudad en producto de y para el consumo, cuya promoción es puesta en manos de técnicos en marketing y publicistas.

Cuando mis anfitriones en Guayaquil me explicaron que el Malecón era un territorio exclusivo, y por tanto excluyente, en el que se prohibía besarse a las parejas, cualquier conducta estridente era amonestada o sancionada, la venta informal proscrita y al que guardias privados impedían el acceso a cualquiera que vistiera de manera considerada poco adecuada o tuviera un aspecto que desentonara con el conjunto, no tuve la impresión de hallarme ante ninguna novedad. Si en Guayaquil eran a una relativamente pequeña porción de su espacio público a la que se le aplicaba un derecho de admisión propio de espacios privados, en Barcelona, la ciudad europea de la que procedía, era la totalidad del espacio público la que veía escamoteada su naturaleza consustancial –en tanto que público– de accesible a todos.

Pero no era sólo que las técnicas de borrado y acoso de cualquier realidad humana inconveniente que se estaban implementado en ciertas áreas de Guayaquil fueran las mismas que afectaban ya a Barcelona entera. Más relevante era que esas políticas de urbanización –en el doble sentido de sometimiento a los  planes urbanísticos y a los manuales de urbanidad– se estaban llevando a cabo invocando idéntica retórica basada en valores abstractos –ciudadanía, integración, civismo, convivencia–, cuya repetición constante convertía a los habitantes de la ciudad en escolares perpetuos a los que se adoctrinaba en una especie de virtuosismo social permanentemente activado. Lo chocante es que esa mística de los grandes valores civiles en torno a los que se preveía generar la adhesión moral de los ciudadanos aparecía provista desde perspectivas ideológicas que cabría suponer poco menos que antagónicas. 

Un mismo repertorio de razones “trascendentes” era puesto al servicio legitimador de políticas urbanas casi idénticas, pero en un caso –el de la ciudad ecuatoriana– emanada desde la hegemonía socialcristiana y neoconservadora que encarnaran sus alcaldes León Febres-Cordero y Jaime Nebot, mientras que en Barcelona se inspiraba en postulados nominalmente progresistas y eran asumidos por un gobierno municipal que ejercen, desde hace más de treinta años, una coalición de socialistas, independentistas catalanes de izquierda, ecologistas y comunistas. Si a los postulados ideológicos para la renovación de Guayaquil se llegaba desde la exaltación de los valores más tradicionales de la familia cristiana y el liberalismo individualista, idéntico resultado se obtenía, en el caso de Barcelona, arrancando desde las tesis de la democracia radical y del ciudadanismo, esa ideología en pro de la reforma moral del capitalismo que es hoy por el hoy el catecismo de las socialdemocracias europeas e incluso de una izquierda radical debidamente corregida y atenuada.




dissabte, 18 de maig del 2019

Evocación de Medellín


En marzo de 2001, la arquitecta Nora Elena Mesa, de la Universidad Nacional de Colombia, me pidió que respondiera a una serie de preguntas sobre Medellín. Estas fueron las respuestas que le mandé y que aparecieron luego publicadas en un libro compilado por Nora y titulado Vivencias, hablas, relatos, narrativas y discursos sobre la ciudad. Medellín 1995-2005 (Escuela de Arquitectura, Universidad de Antioquia, Medellín, 2001). 

EVOCACIÓN DE MEDELLÍN
Manuel Delgado

1. ¿Cuándo usted piensa en Medellín, qué se le viene a la cabeza?
Difícil de establecer, puesto que mi experiencia de Medellín está hecha de estallidos y fulgores súbitos, algunos tan infinitesimales que creo que sólo yo mismo llegué a percibirlos. Tal vez la exuberancia perceptiva del centro. Ya saben: Parque Bolivar, Junín, la Playa, las aceras que rodean el edificio Coltejer... Acaso la primera impresión, bajando de noche, desde el aeropuerto, por la carretera de Las Palmas, contemplando por vez primera el espectáculo de la ciudad como una masa iluminada, en una imagen con la que me reencontré en alguna otra ocasión más tarde, en algún local cercano a la carretera de Santa Elena, incluyendo diminutos incendios en las laderas de enfrente.

2. ¿Cuándo usted piensa en el río Medellín, que se le viene a la cabeza?
La verdad es que sé que un río del mismo nombre atraviesa Medellín. Divisando la ciudad de día, a distancia, lo he podido comprobar. En cambio mentiría si dijera que, abajo, practicando la ciudad, recibí la impresión de estar en una ciudad con río. En las seis o siete veces que he visitado Medellín no recuerdo haber hecho ni visto nada que tuviera que ver con ningún río. No he atravesado puentes, no me he asomado a barandilla alguna sobre algo que pareciese a un cauce fluvial, no he paseado por ribera alguna.

3. ¿Cuándo usted piensa en las montañas del valle de Aburrá, qué se le viene a la cabeza?
Con luz diurna, algo parecido a una imagen duplicada de la ladera que determina la percepción de mi propia ciudad –Barcelona, la sierra de Collcerola, que la flanquea por uno de sus lados lado. De noche, una sensación vertiginosa de estar literalmente asediado por un ejército innumerable de luciérnagas gigantes, que allí, me dijeron, se llaman cocuyos.

4. ¿Cuáles son los sitios más importantes que visitó o conoce de la ciudad?
¿Qué querrá decir "importantes"? ¿Para quién deben serlo esos sitios que se me invita a rememorar? Puestos a responder: los edificios emblemáticos, por razones administrativas o por su belleza; las calles del centro; los centros comerciales; los barrios de la Comuna Nororiental que pude conocer; ciertos barrios... Calles que, por cierto, me sorprendió que se llamaran como números, teniendo tantos nombres posibles: la calle donde uno tomó aguardiente por última vez; la calle en que había un local que parecía dedicado a morir escuchando tangos; la calle donde mujeres vendían jabones y elixires portentosos en puestos ambulantes. Había una plazoleta, cerca de la calle 59, que debía haberse llamado “La de dos muchachos que se besan bajo un árbol”, y una Avenida cuyo verdadero y oculto nombre era “Gran Circular que, al atardecer, atraviesan los amantes (jugándose la vida)”.

5. ¿Por qué?
Supongo que no debería negar que me impresionaron, por su vocación solemne, la antigua gobernación, el Palacio Nacional, la Catedral Metropolitana, la Iglesia de la Candelaria. Pero la verdad es que centros comerciales como San Diego o los almacenes Éxito me parecieron, a pesar de su estatus de lugares prosaicos, no menos fascinantes a la hora de jugar a las comparaciones con espacios parecidos que conozco en Europa. El metro se me antojó espantoso la primera vez que vi el hachazo que había propinado a la forma de Medellín. En cambio, no sería sincero si afirmase que esa primera impresión se ha mantenido. Con posterioridad, pude darme cuenta de cómo los medillenses no sólo lo usaban, sino que también lo habían poetizado. Acabé, primero por respetarlo; luego, al final, creo que sentía por su omnipresencia algo parecido al cariño.
Me pareció detestable tanto el edificio de la Alpujarra como la plaza que se extiende a sus pies. El Pueblito Paisa, cita ineludible de todo turista en ejercicio en Medellín, me pareció sencillamente ridículo, como me lo parecen sitios parecidos que se erigen en tantas ciudades del mundo. Qué curioso. ¿Cómo es que la gente de Medellín se empeña en vanagloriarse de lo que de menos valor posee, al tiempo que valora tan poco –o simplemente ignora– lo que de veras atrapa para siempre a huéspedes como yo?

Aprecio considerablemente todo lo que tuvo que ver con los aledaños de la Carrera 70, entre la Calle 44 y la Circular 1. Les ruego que no me obliguen a dar más explicaciones al respecto.
En principio, el Poblado debería serme antipático. En cambio, acepto que pase ratos magníficos por allí. Al lado, he visto en la plaza de Envigado monumentos que los simples mortales desconocen y de los que yo supe, un rato en que me constó que hay cosas que duran siempre, aunque se acaben.

Tuve una hermosa experiencia cuando visité Villa Guadalupe y Versalles 2, en la Comuna Nororiental. Pude conocer de cerca muchas de las gentes cuya actividad casi estocástica me fascinaba allá abajo, en el centro. Vi dónde y cómo vivían, como se divertían, y me hablaron de su mundo. Reconozco que me estremecí ante la grandeza imprevista de lo humano. Uno duda a veces de si no se equivoca y pierde su tiempo tomando inutilmente partido. Allí, por unos momentos, estuve convencido de que no y que una distancia enorme debe separar siempre el escepticismo de la pasividad.

6. En ellos, ¿qué olores, eventos y edificios resaltan?
Si tuviera que hacer un inventario de las cualidades sensibles que Medellín me impuso, destacaría un profundo olor a carburante que lo dominaba todo, pero que significativamente no me resultaba desagradable. Sonidos: el del sistema de apertura hidráulica de las puertas de los autobuses, que era como una especie de silbido que cada mañana me despertaba. Lo amaba. Por supuesto, ¿cómo olvidar el constante hilo musical de fondo, que me ha convertido en consumidor conspicuo de música vallenata –Diómedes Díaz, Las Musas, Patricia Teherán, Otto Serge, el Binomio de Oro, por descontado Escalona– y las carrileras –las Hermanas Calle, Dario Gómez. Incluso, a pesar de mis reservas iniciales, llegué a apreciar los bambucos y los pasillos. En cuanto a los edificios singulares que recuerdo, siento reconocer que en todos ellos se servían bebidas alcóholicas y se bailaba hasta bien entrada la noche.

8. ¿En qué acontecimientos de la ciudad participó?
Como espectador y partícipe –como víctima feliz– en la Fiesta de Flores. Impresionante. Como invitado oficial, estuve en el VII Congreso de Antropología, en 1994, y el IV Encuentro Hábitat-Colombia, el 1997.

También pude ser testigo de cómo se destruye sin misericordia, obedeciendo criterios estúpidamente estetizantes, una parte de la ciudad hermosa y terrible al mismo tiempo. Ver como se “reconvierte” e “higieniza” el sector de la Veracruz me recordó episodios parecidos que ha conocido mi ciudad –Barcelona–, en los que se ponía de manifiesto hasta qué punto lo que caracteriza al urbanismo continúa siendo un odio a muerte contra lo urbano, una voluntad obsesiva por someterlo a toda costa, por convertirlo en lo que ni puede ser ni será nunca: coherente.

Más allá de esos acontecimientos percibidos por todos como tales, tuve el honor de protagonizar hechos notables, en algunos casos sin parangón, aunque sospecho que, como he dicho, sólo yo mismo los viví como tales.

9. ¿Cómo le parecieron?
En las calles de Medellín soporte aguaceros y me torcí un tobillo. Conocí recibimientos triunfales y despedidas clamorosas, pero también fui derrotado, hecho prisionero y ejecutado al anochecer. Supe de lo que llena de vanidad a un hombre, pero también de vergüenza. Me exhibí, pero también anduve por ahí, ocultándome o negándome a salir. Allí me equivoqué, sin que me pese.

10. ¿Desearía volver a Medellín?
Lo que a veces quisiera es escapar de allí alguna vez.

11. ¿Por qué?
Porque uno no siempre escoge cuando marcharse de una ciudad. Como dice un poema de Pessoa, a veces piensa que se va; pero no se va, nunca se va.




 

dijous, 12 de gener del 2017

La ciudad no como sitio, sino como ruta

La foto es de Jürgen Bürgen


Nota para Carlos Estévez, doctorando

LA CIUDAD NO COMO SITIO, SINO COMO RUTA
Manuel Delgado

Tú piensa que la ciudad, que aparentemente es hoyo y sitio cercado, existe sólo en relación y como relación con todo lo diferente, que sus murallas no pueden dejar de ser franqueadas en ningún momento, puesto que la ciudad se nutre de lo que la niega y que está a su alrededor o, dentro de ella, recorriéndola –como escribía Sartre sobre la nada (El ser y la nada, Losada)– como un gusano. Deleuze y Guattari ven en Mil mesetas (Pre-textos) la ciudad como correlato de la ruta, entidad que es circulación y circuito, definida por entradas y salidas por las que los flujos circulan de dentro a afuera y al contrario, y siempre horizontalmente. 

Es cierto que Rómulo, al fundarla, levanta el recinto que ha de enclaustrar Roma prohibiéndole a ciudadanos y extranjeros rebasarlo bajo pena de muerte, pero en el ritual fundador no olvida levantar el arado que traza el círculo sagrado varias veces. Los intervalos son las portae, cuya función es explicitar que esa ciudad sólo existe en relación con lo que la niega, sin ser su contrario, y que es lo que permanece inconstante en su seno, que viene de fuera y que siempre regresa a esa ningun sitio del que partió y que encarna. La ciudad, en principio apoteosis misma del territorio definido y defendido por cercos y murallas, es también exacerbación de la desterritorialización, puesto que toda materia que se incorpore a la red de canales de entrada y salida ha de decodificarse y disolverse hasta hacerse líquida o gaseosa. Si la ciudad es un punto-circuito, el Estado es o quiere ser particularidad inmóvil. Si las líneas que conforman la ciudad son horizontales, las que genera el Estado son jerárquicas y verticales.

De ahí que, en gran medida, la historia de la construcción de Estados centralizados en Europa haya sido la del control fóbico contra comunidades real o míticamente errantes, como los judíos o los gitanos. De ahí también que, a partir del siglo XIX, las administraciones centrales promulguen leyes especiales contra los vagabundos. De ahí que, en su forma actual, esos mismos Estados no dejen de manifestar nunca su obsesión por fiscalizar los flujos migratorios. Odio y pánico ante cualquier cosa que se mueva, que se niegue a ser estado, como paso previo que acabará haciendo de ella Estado. Por último, de ahí, seguramente, que vagar signifique, según el Diccionario de la Real Academia, “estar ocioso; andar por varias partes sin determinación a sitio o lugar, sin especial detención en ninguno; andar por un sitio sin hallar camino o lo que se busca; andar libre y suelta una cosa, o sin el orden y disposición que regularmente debe tener”. 

En el mismo infinitivo se sintetizan los valores negativos de la improductividad, la desorientación y la ambivalencia. En el lado contrario, el del elogio del nomadeo como nutriente para la inteligencia y la imaginación, los primeros sociólogos y antropólogos de la ciudad –la Escuela de Chicago–, que advirtieron de las virtudes del judío y del hobo –el trabajador ocasional que recorría los Estados Unidos en busca de empleo– como representantes de la agilidad mental humana, puesto que habían obtenido su habilidad para el pensamiento abstracto de las virtudes estimulantes de la errancia constante. Como escribiera Robert Ezra Park en 1923: “La conciencia no es sino un incidente de la locomoción” (“El espíritu del hobo: reflexiones sobre la relación entre mentalidad y movilidad”, en La ciudad y otros ensayos de ecología urbana, Ediciones del Serbal, 1999).





dissabte, 12 de gener del 2013

Nova York com a fenòmen natural. Missatge a casa des de NY del 11/10/2011


Nova York és la ciutat més increïble i excepcional que conec. De fet, és la prova màxima que les ciutats no pertanyen a l’àmbit de la cultura, sinó de la natura. Nova York n’és el paradigma. Nova York és un fenòmen natural. Quan visites Manhattan reps la impressió que és aquelles masses de pedra i de vidre, farcides d’apartaments i oficines, són com el resultat d’alguna erupció volcànica que ha sembrat de accidents estranys el que abans havia estat una illa deserta. No són edificis: són penya-segats, valls, gorges, canons...  De fet, les roques basàltiques que esquitxen Central Park són les manifestacions d’aquest substrat magmàtic del qual prové la ciutat, que, repeteixo, no l’han creat els humans, sinó els elements. Vaig recordar el que explica Lévi-Strauss a Tristos tròpics, que us copio ara de la traducció de Miquel Marti i Pol (Anagrama): “La bellesa de Nova York no prové, doncs, de la seva naturalesa de ciutat, sinó de la transposició, inevitable per al nostre ull si renunciem a enravenar-nos, de la ciutat al nivell d’un paisatge artificial en el qual ja no hi intervenen els principis de l’urbanisme: els únics valors significatius són el vellutat de la llum, la finor de les llunyanies, els precipicis sublims al peu dels gratacels, i valls ombroses sembrades d’automòbils multicolors, com si fossin flors”

Vaig viatjar amb en Romà Gubern i amb en Josep Maria Fradera. Vam agafar un taxi –que portava un haità que parlava menys anglès que jo, que ja és dir– i ens va portar a l’hotel, que estava a Central Park West. Ja era mitja tard i sols em va donar temps a fer un tomb per Harlem, que m’infomaren que estava molt gentrificat darrerament. La veritat és que al llarg de més de tres quarts d’hora que vaig voltar per allà no em vaig trobar una sola persona de pell blanca. També vaig trepitjar una mica Broadway.  Després vaig trobar-me amb en Michael Taussig a un restaurant etíop de la Amsterdam Avenue. Van venir uns estudiants seus molt macos. Va estar bé. I a dormir.

A l’endemà vaig aixecar-me ben d’hora i vaig sortir a caminar. Vaig ficar-me a Centra Park i el vaig recórrer en tota la seva longitud, de sud a nord. És un lloc formidable. M’encanta creuar-me amb esquirols constantment. No són els nostres senglars de Collserola, però són simpatiquíssims. Em va saber greu no portar menjar sobre. Plovia i hi havia una mica de boira. En un determinat moment de la caminada em trobo de sobte amb el gran llac que hi ha i, darrera, com si fos un decorat, veig aparèixer –perquè certament era una aparició– entre aquella boira, els grans gratacels del Midtown Center. Impressionant! Una experiència religiosa. Quina meravella i quina sensació. Després, volt per la Cinquena Avinguda, carrer 42, Time Square, l’ONU, el Soho...

El que m’encanta és el costum magnífic dels neoiorkesos d’anar prenent-se el cafè pel carrer. Hi ha trenta mil llocs on entres, agafes un got d’aquells amb tapa, te l’omples de cafè i de llet tu mateix i surts amb ell. Tothom va pel carrer, al metro, a l’autobús, amb el seu cafè a la mà. Una cosa que faig quan puc i sempre a costa de tacar-me tot. A partir d’ara ho assumiré com un costum propi. Café pel carrer. N’he vist a Barcelona gent sortint del Starbucks amb cafè a la mà. He de buscar on venen aquesta mena de gots per comprar-me’ls en massa. Res de gots-termo. Han de ser com els d’aquí.

Vaig passar-me hores caminat. Quatre com a mínim. Després a la Columbia University. Va ser molt agradable. El nostre amfitrió ha estat Jesús Rodríguez-Velasco, un medievalista molt brillant i molt amable també. Vàrem interveniren Fradera, Gubern, Aurélie M. Vialette i Mary Nash. Vam començar a parlar del passat i el present de la classe obrera i vaig acabar explicant perquè em vaig casar per l’església. Ja us ho explicaré.

L’endemà, o sigui avui, marxàvem. Havíem quedat a les 9,30. Vaig despertar-me a la meva hora habitual, és a dir a les 4,30. A les 6 vaig pensar que tenia temps de treure-li una mica de suc a l’estona que em quedava per deixar l’hotel i anar cap a l’estació i vaig mirar de veure alguna de les moltes coses que em quedaven per veure. Per exemple, el punt zero, l’espai que ocupaven les torres bessones a prop del pont de Brooklyn, el memorial del 11S i les obres del que estan fent allà. Impressionant. Després vaig passejar-me per Wall Street. Genial també. A aquella zona l’enorme alçada dels gratacels contrasta amb una estretor dels carrers com els europeus. La impressió és que són autèntics congosts. Increïble.

El problema va ser després. En un moment donat, veient que es feia l’hora, em va donar per agafar el metro. Greu error. Ha estat un dels pitjors moments de la meva vida. No sé com m’ho vaig fer, però vaig acabar perdut en l’intrincadíssim laberint de les 29 línies de la xarxa, incapaç d’entendre la lògica del sistema, equivocant-me de parada, d’andana, de direcció. En un moment donat paraula que vaig notar com em feien figa les cames i em marejava. Tenia la impressió no ja de que mai arribaria a l’hotel, sinó de que mai escaparia d’aquell submón, perquè és tot un submón: combois llarguíssims, andanes estretes, vies per les que passaven un girigai de línies, algunes de les quals passaven de llarg per la meva estació... Per sort en un determinat moment vaig descobrir que un dels molts metros que vaig agafar corresponia a la línia que buscava i que, a més, s’hi aturava a l’estació en que m’havia de baixar. De debò que en un moment donat vaig estar a punt d’avisar un policia per dir-li que m’havia perdut, com si fos un nen petit. És que, creieu-me, va haver moments en els que notava que estava a punt de desplomar-me, per una barreja d’ansietat i jetlag. Finalment vaig arribar sols set minuts tard. No li vaig explicar a ningú la meva odissea perquè se n’haguessin rigut.

I cap a l’estació, a agafar el tren cap a Boston. En Bran Epps i Harvard ens esperaven.

dimarts, 4 de setembre del 2012

Posem que parlo de Buenos Aires. Missatge del 28/8/2012 per a la família



Bé, ja estic instal.lat a Buenos Aires. Sols unes lletres per explicar-vos què faig i que és el que hagués donat qualsevol cosa per compartir amb vosaltres, que és el que li donaria sentit i valor. Però, en fi...

Vaig arribar a Buenos Aires a l’hora que més m’agrada: de matinada. Aterraven a les 4,40 i a l’hotel arribava cap allà les 6. Plovia i feia un fred de mort, però era molt maco. Vaig deixar les maletes i vaig sortir a voltar. L’hotel està al carrer Suipacha, que és al microcentro, que diuen, a prop de l’Obelisc. Era preciós veure com anaven obrint les cafeteries i com les coses s’anaven despertant. També els pobres, dels que hi ha un munt dormint als caixers o on podem. Com a Barcelona, però encara més bèstia i més massiu. Quan allà veia la gent arrossegant els carrets de la compra carregats amb tota mena de coses m’adonava fins quin punt estem a prop del model que ens presta aquesta ciutat. Quan el merder de la vaga general, els argentins d’allà ja em feien notar la simul.litud amb l’argentinazo del 2001, del que vosaltres vàreu veure els rastres quan vam ser-hi. I la situació econòmica estic tip de sentir que ens acosta al que aquí va ser el corralito. Però això és una altra història. El cas és que Buenos Aires despertant és una meravella, com qualsevol ciutat a aquestes hores, i més plovent.

Després vaig dormir una mica i a primera hora de la tarda vaig anar a la UBA per a trobar-me amb la María Carman i alguns estudiants. Després m’hi vaig acosta a la Plaza de Mayo on vaig ser testimoni de l’espectacle espatarrant de la Casa Rosada que de nit il.luminent d’un color que vol ser com rosa, però que no se sap que és. Delirant. Més hortera impossible, però no deixa de tenir gràcia com a prova que a Llatinoamèrica tot tendeix a ser surrealista com si diguéssim d’ofici.

Això va ser divendres, quan vaig arribar. Ahir dissabte vaig passejar per les zones de vianants del centre, sobre tot els carrers Lavalle i Florida, on vaig trobar-me dos casos més de grans cinemes reconvertits en escenaris per shows evangèlics. Increible: són autèntics shows i és venen com a tals. En un d’aquests excinemes presidia la façana és un gran rètol que posava: “El gran show de la fe”. Literalment. No hi vaig entrar perquè no em passes el que a São Paulo, que se’m va acudir ficar-m’hi i em va tocar estar-me una hora llarga aixecant-me tota l’estona per alabar Crist.

A la tarda havia quedat amb la Nuria Vila, a veure com li va. Vam dinar a un lloc de Palermo, un altre dels barris tradicionals de la ciudad. Després vaig travessar tota la ciutat per a acostar-me al Parque Lezama, que és un lloc que m’agrada molt, on sempre hi ha gent, sobre tot immigrants bolivians que es fan el picnic, com a Barcelona. Després m’hi vaig ficar per la Boca. Al Caminito no hi havia turistes, o sigui que vaig poder gaudir-lo com calia. Li agraeixo a la pintora Josefina Muslera que m’hagi acompanyat en aquesta visita.

Voltant pel barri vaig aturar-me a una festa infantil que feien els peronistes. Era un lloc que es deia La Cámpora la Boca "Unidos y organizados". Gent molt maca i molt hospitalària. Interessant el tema de la seva forma actual, el kirnechrisme i sobre tot l’autèntic culte que s’està produint en torn la memòria d’en Néstor Kichner, el marit de la Cristina Kichner, l’actual presidenta, que d’alguna forma ha entès el parentiu entre moviments com el chavisme a Venezuela, ha heretat el justicialisme més d’esquerra dels 70. Poques coses més entretingudes i inútils que intentar definir què és realment el peronisme, que no deixa de ser, al meu entendre, l’expressió més reeixida del que va voler ser el tercerisme, és a dir el conjunt de doctrines que a l’Europa dels anys 30 van intentar una tercera via entre dreta i esquerra, entre les quals el feixisme italià i sobre tot Falange espanyola, amb tota la càrrega social que va tenir i de la que després el franquisme es va voler desprendre. Però no us foto més el rotllo. Si en teniu ganes, miro d’explicar-vos-ho a casa quan torni, si és que sé. De fet, aquí preguntar què és el peronisme és inútil, perquè ningú t’ho sap explicar.

I després, fent-se fosc, a agafar el colectivo i cap a l’hotel. És curiós, perquè els preus són sols una mica més barats que a Barcelona, però un bitllet d’autobús val dos pesos, és a dir uns 35 cèntims. Quan els dic que allà el transport públic costa l’equivalent de 12 pesos no s’ho poden creure. De tornada, vaig aturar-me altre cop a Lavalle per menjar-me un perrito per sopar i ja està...; a dormir.

Ara vaig a veure si conec la Costanera i per la tarda voltaré per San Telmo, que també és molt maco. La Mariana Gómez, una professora de la UBA m’ha dit que em portarà al barri de Boedo, que és l’autèntic barri tanguista, i no Abastos, que és el que es vol fer creure al turisme per la referència a Gardel, que al tango el que Gaudí a l’arquitectura modernista, una mena d’ombra que eclipsa injustament cobreix altres cantants de la seva talla.

Aquesta és la meva apassionant estada a Buenos Aires sense vosaltres, és a dir sense ningú.

[El títol de l'entrada està pres, com s'haurà notat, de la cançó de Joaquín Sabina "Pongamos que hablo de Madrid. La fotografia és del Parque Lezama de Buenos Aires]


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