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dimecres, 13 d’octubre del 2021

Ciutat Vella: La vida a secas

Foto de Carol Haynes

Artículo publicado en la edición catalana de El País el 26 d'abril de 2004

CIUTAT VELLA: LA VIDA A SECAS
Manuel Delgado

Ciutat Vella interesa y atrae. Frenados los intentos oficiales por someterla sin resistencia a los avances de la reconquista capitalista de la ciudad, lo que fuera la Barcelona premoderna continua siendo baluarte y muestra de la tendencia natural que lo urbano experimenta hacia la opacidad. Esa elocuencia de los barrios que encerrara la muralla –Raval, Gòtic, Santa Caterina, Sant Pere, Ribera...– en orden a contemplar los efectos de un vitalismo social casi puro –no siempre amable– ha podido ser captado a través de dos formas emparentadas de dar con las cosas: la etnografía y el cine. 

Por un lado, dos libros importantes dedicados a analizar los cambios que se están produciendo en los barrios del casco antiguo de Barcelona: Los otros y nosotros. Imágenes del “inmigrante” en Ciutat Vella de Barcelona, de Mikel Aramburu (Ministerio de Educación), y La formación del espacio público. Una mirada etnológica sobre el Casc Antic de Barcelona, de Nadja Monnet (La Catarata). He ahí sendos análisis excepcionales de las transformaciones tanto morfológicas c, omo socioculturales que desencadena en esa parte de la ciudad la presencia de nuevos vecinos, esa nueva clase obrera procedente de países más pobres. Además de describir de manera rigurosa las negociaciones y los conflictos de los que resultan configuraciones identitarias complejas y cambiantes, estos dos trabajos sirven para levantar acta de los problemas derivados de la actual situación de la vivienda en la parte antigua de la ciudad, en la que nuevas formas de infravivienda conviven con los ambiciosos programas de esponjamiento e higienización destinados en buena medida a encarecer la zona.

Además, esos dos libros de antropología relatan como los barrios que se extienden a ambos lados de las Ramblas son escenario del verdadero multiculturalismo. No del oficialmente promocionado por quienes conciben Barcelona como un mero proyecto empresarial, sino del que resulta de una maraña de encuentros y encontronazos, de fusiones y malentendidos, que protagonizan seres humanos reales que viven vidas reales, un inmenso e intrincado nudo hecho de pactos y luchas cotidianos cuyos actores están de acuerdo en lo más importante: convivir a toda costa.

La otra visión lúcida sobre la nueva Barcelona vieja es la que ha venido provista desde la mirada cinematográfica. Después de En construcció, de José Luis Guerín, aparece ahora De nens, de Joaquín Jordà, espléndido ejemplar de “cine de juicios”, centrado en el montaje de la supuesta red de pedofilia “descubierta” en el Raval que Arcadi Espada denunciara en su día. Sería difícil encontrar una muestra mejor –tomada justamente de allí, de Ciutat Vella– de cómo se vivisecciona un determinado “orden social”. La policía, la justicia, la prensa, la “ciencia” –en este caso, la psicología–, la opinión pública, las inmobiliarias, los partidos, las asociaciones de vecinos..., todos conjuntados –cada cual en su papel– en la tarea de hacer pensable y soportable el desorden social, buscando, encontrando y castigando a quien lo ha de expiar por todos, en este caso el supuesto pederasta. 

Ambas miradas sobre Ciutat Vella –la del antropólogo y la del cineasta– nos permiten encontrar en ese enclave una inmejorable ilustración de la diferencia entre el “centro histórico” que resulta de las políticas urbanísticas de tematización de los núcleos antiguos de ciertas ciudades y lo que es un centro histórico real. Diferencia también entre centralización y centralidad. El casco viejo monumentalizado de ciudades como Girona, por ejemplo, es un espacio teatral unidimensional, momificado, centro histórico del que la historia ha huido o ha sido expulsada... Es un centro política y simbólicamente centralizado y centralizador. En cambio, el centro histórico real –el de Barcelona, todavía–, es un marco de y para la centralidad, en el sentido de que es espacio en que se pueden distinguir con toda su fuerza las diferentes fases y la actualidad de lo urbano como proceso y de la sociedad como lucha. 

No existen centros históricos, como tampoco ciudades históricas. Todos los centros, todas las ciudades, lo son. El centro histórico de Barcelona –Ciutat Vella– continua siendo lo que fue, es decir centralidad social, puesto que realmente la sociedad está ahí. Se puede ir a pasear, a celebrar, a comprar, a esconderse... A recordar y a olvidar. En ese centro están los márgenes y los marginales, con lo que se vuelve a demostrar que es en los márgenes y en los marginales donde se halla el epicentro de lo social. Allí pasa o reside lo viejo y lo nuevo, lo sórdido y lo sublime. La próxima instalación en la zona de facultades universitarias tradicionalmente levantiscas augura nuevas y saludables intranquilidades. Por esas calles pulula o merodea el esnob y el clandestino. Espacio desde el que los poderes gobiernan y los contrapoderes conspiran. Allí está la Catedral, el MACBA, el Pastis y otros templos en los que pecar o arrepentirse. Y quien vive, para bien o para mal, vive de veras. Allí uno se hace una idea de lo debe ser la vida a secas.

Proscenio para aquella misma mezcla demencial de obreros y turistas a la que cantara Gato Pérez. El barrio que fue chino ahora es también filipino, magrebí, dominicano, pakistaní, nigeriano... Vuelven los colmados tradicionales, aunque el propietario hable en urdu. Las mismas putas –dicho con todo el respeto– continúan donde siempre, aunque hayan mudado de piel. Han cerrado los comercios de gomas y lavajes, pero cada día abre un nuevo bar de guiris. Algo es algo. Las bienpensantes clases medias ven frustrado su proyecto de colonizar esos barrios y reclaman una “recuperación” de Ciutat Vella que expulse a esos intrusos que están inyectándole nueva vida. Pero son ellos –los falsos nostálgicos que han querido comprar el viejo centro urbano en cómodos plazos– los intrusos. 

Ciutat Vella. Lugar de lugares y de momentos en los que, si viniera, la señora Daloway podría descubrir –como en aquel centro de Londres por el que Virginia Wolf la hacía pasear– como, de pronto, “todas las cosas se juntaban”. Un espacio viviente.







dimarts, 20 d’octubre del 2020

El Forat de la Vergonya



La imagen corresponde al desalojo de la plaza y está tomada de grupotorturga.com

Artículo publicado en El País el 10 de octubre de 2006.

EL FORAT DE LA VERGONYA
Manuel Delgado

Hemos sido testigos en apenas unos días de dos acontecimientos estrechamente vinculados entre sí, cara y cruz de un mismo proceso de transformación urbanística del casco antiguo de Barcelona. Una mañana el Alcalde inauguraba solemnemente las nuevas instalaciones de la Universidad de Barcelona en el mismo núcleo del Raval donde se levantan el MACBA y el CCCB, dos de los grandes contenedores culturales de la ciudad. A la semana siguiente, a poca distancia, en el barrio de la Ribera, podíamos contemplar la pavorosa imagen de los antidisturbios de la Guardia Urbana protegiendo el arrancado de las tomateras que los vecinos habían plantado en el Forat de la Vergonya, un solar a unos metros del Mercado de Santa Catarina, la única zona realmente verde –y no gris– que había en todo el Casc Antic.

La interpretación de tal coincidencia no es difícil. Ambos momentos representan los episodios más recientes de una vieja dinámica de lo que los urbanistas llaman “esponjamiento” o “higienización” de Ciutat Vella, consistente en desenmarañarla y limpiarla, es decir resolver los problemas de control que implicaba su tendencia a la opacidad y deshacerse de aquellos elementos tanto inmuebles como humanos que pudieran suponer un obstáculo para la reapropiación del barrio por parte de clases medias y altas ansiosas de un baño de venerabilidad histórica, debidamente sazonada con elementos de ese nuevo sabor local que da el multiculturalismo e incluso de un moderado toque canalla. Para ello, se inyecta saber, cultura y sano ambiente juvenil allí donde antes había solamente vida y prosigue la campaña de deportación y borrado de pobres en marcha desde hace años en el sector.

Lo sucedido en el Forat de la Vergonya es bien ilustrativo de esa dinámica, a la que se asigna el eufemístico título de “rehabilitación”. Como se recordará, en aquel solar de 5.000 metros cuadrados el Ayuntamiento tenía previsto la apertura de un parking a disposición del “turismo cultural” que acude al área ya debidamente desinfectada de la calle Montcada y los alrededores del Museo Picasso, el Born y Santa Maria del Mar. Allí una colosal mutación urbanística había empezado a restaurar edificios para dedicarlos al comercio de alto nivel, a la venta de lofts para profesionales con éxito o al alquiler de apartamentos para esa pequeña multitud de extranjeros con dinero que los están convirtiendo en residencias de vacaciones o de fin de semana.

La operación no cuajó como consecuencia de la resistencia de los habitantes, que se apropiaron de un espacio que consideraban suyo y del que hicieron un insólito vergel urbano. Jardín, huerto, zona de juegos infantiles, tarima para espectáculos, modestas canchas de fútbol y baloncesto, mobiliario..., todo había sido elaborado a mano por los vecinos, con unos parámetros estéticos a años luz de la afectación formal de los llamados “espacios públicos de calidad”, cuya característica suele ser que parecen diseñados para ahuyentar a sus posibles usuarios. Allí se podía ver en todo momento a gente de todas las edades convirtiendo la plaza en un lugar de sociabilidad que, por otra parte, representaba la encarnación del multiculturalismo real, no el de los prospectos oficiales, sino el que protagonizaban seres humanos de carne y hueso que encontraban por fin un lugar donde encontrarse. No en vano, el lugar había sido vindicado como la auténtica Plaza Mayor del barrio y así se propuso en el pregón de la última fiesta mayor de la Ribera.

Pues bien, eso es lo que nuestras autoridades parecían incapaces de soportar: que se hubiera suscitado de forma espontánea todo un apasionante experimento de autogestión, un emocionante ejemplo de cómo los vecinos de un barrio podían generar sin permiso escenarios para su vida cotidiana, de espaldas a la insaciable voluntad municipal de monitorizarlo absolutamente todo y de sólo tolerar las formas de estar en el espacio urbano previamente homologadas por sus técnicos en ciudadanía y sus expertos en convivencia. No se podía tolerar un espacio público que fuera realmente público, es decir del público. Esa imagen de niños jugando en parques que ellos no habían dispuesto, de abuelos charlando en bancos que ellos nunca instalarían en sus plazas, significaba para ellos el más inaceptable de los desacatos.

Por desgracia, tuvo que producirse un problema de orden público para que la sentencia de muerte contra el Forat de la Vergonya fuera recogida por los medios de comunicación. Las imágenes de jóvenes lanzando cohetes de feria contra la policía y de la profanación del MACBA sirvieron para que los portavoces oficiales –todos– desfigurasen las vindicaciones vecinales y volvieran a agitar el fantasma del Okupa Feroz, con lo que, de paso, insistían en malignizar al movimiento que inició y está encabezando una lucha de los jóvenes por el derecho a la vivienda que se extiende por momentos.

Esta vez han vuelto a ganar y a perder los de siempre. Pero así se escribe la historia. Como sincronizados, una solemne inauguración y un desalojo a la fuerza. Se levanta un nuevo templo en el que el Saber y la Cultura oficiaran sus misterios, y, muy cerca pero también muy lejos de allí, se desbarataba una ilusión colectiva forjada a ras de suelo. La ciudad hecha poder y hecha dinero se ha vuelto a salir con la suya y ha conseguido derrotar –como siempre, sólo por el momento e inútilmente– a esas sustancias básicas de toda vida urbana que son el amor por la vida y la manía de desobedecer.



diumenge, 23 d’agost del 2020

La ciudad opaca

La fotografia es de Xavier Berdala

Artículo publicado en la edicion barcelonesa de El País el 21 de septiembre de 2001, en un de los cuadernillos dedicados a las fiestas la Mercè de ese año.

LA CIUDAD OPACA
Manuel Delgado

Barcelona ha vivido en los últimos años un colosal experimento urbanístico obsesionado por la coherencia y la legibilidad. La ciudad debía ser, se proclamaba, ante todo clara, y con tal fin se desplegaron todo tipo de dispositivos destinados a arquitecturizar el espacio público y a someter la forma urbana a principios de ordenamiento basados en principios a medio camino entre la especulación y la espectacularización. Todo ello, por supuesto, esperando el concurso pasivo de una muchedumbre de usuarios-figurantes que se avenían en todo momento a colaborar. En otras palabras, un gran ensayo en el que políticos, arquitectos y urbanistas intentaron vencer a su peor enemigo: la ciudad, esa maraña imprevisible hecha en gran medida de ambigüedades, indefiniciones y desacatos. Lucha por la victoria final de la ciudad concebida sobre la ciudad practicada.

El Raval debía ser el último reducto a conquistar en ese esfuerzo por reconstruir una Barcelona de la que hubieran sido expulsados para siempre el conflicto, la incongruencia y el azar. Objeto de todo tipo de iniciativas higiniezadoras, regeneradoras y de esponjamiento, redimido por la emergencia de grandes templos consagrados a la diosa Cultura –sin duda la nueva religión de Estado–, el núcleo duro del casco antiguo de Barcelona no podía continuar resistiéndose a formar parte del magno spot publicitario en que debía convertirse la ciudad. La principal de esas intervenciones tuvo que ser la Rambla del Raval, un brutal hachazo que abría en canal el barrio para contener como fuera el avance de lo inorgánico. En nombre de la uniformización moral, política y estética de la ciudad debía morir todo aquello que estimuló la imaginación literaria de Pierre Mac Orlan, de Genêt, de Mandiargues, de Eduardo Mendoza, de Henry Miller, de Josep Carner, de Italo Calvino, de Vázquez Montalbán, de Malraux, de Bataille... Y eso se logró. El barrio chino ya no existe. El Distrito Quinto es sólo el decorado que reconocemos en películas como Bilbao o Sinatra. En nombre de la eliminación de ambientes carentes de calidad se han demolido manzanas enteras, bajo cuyos escombros quedó la memoria diseminada y en murmullo de generaciones de vida urbana.

Pero hay un genio maligno que devuelve las cosas siempre a su sitio, a base de pasarse el tiempo desorganizándolas. Allí donde había una tienda de gomas y lavajes, se abrió un locutorio para inmigrantes; donde había una vieja tienda de ultramarinos, un videoclub de películas pakistaníes; las viejas bodegas supervivientes conviven al lado de carnicerías coránicas; donde se levantaba un meublé, el local de algún movimiento social alternativo. Se creyó que hasta las prostitutas obedecerían las campañas municipales contra lo feo y lo inconveniente y se disolverían en la nada, pero, con la piel más oscura, continuan estando donde estaban. Muchos emprendedores profesionales que intentaron colonizar aquel territorio salvaje se arrepienten ahora de haber tenido fe en el gran sueño barcelonés y ahora se sienten acechados por la vida que les rodea. Como buenos estetas antirracistas, llevan a sus hijos a colegios fuera del barrio, para evitar un contacto excesivo con los hijos de la pobreza.

Por donde antes proliferaban historias sórdidas sobre crímenes y pecados, ahora circulan otras cuyos protagonistas no son proxenetas o despechados, sino pederastas y otros seres del subsuelo social. En los nuevos bloques de protección oficial y en las plazas sin bancos la gente cuenta y vive historias nuevas que son siempre las mismas. Muchos miserables que antaño habitaron la zona se han mudado o se han extinguido, pero otros miserables –con otros acentos– han llegado en masa a hacinarse en su lugar. Los diseñadores urbanos han descubierto que un entorno de calidad no basta para vencer la injusticia y la marginación. Ni en las reproducciones maquetadas, ni en los prospectos de promoción había drogadictos ni delincuentes; en cambio, en las calles sí. En paralelo, los jóvenes –de aquí y de otros sitios– acuden en masa al más viejo y desinhibido de los barrios para reunirse o para vivir. La apertura de nuevos centros universitarios en la zona –miles de estudiantes concentrados en un área ya de por si hiperdensificada– acabará de convertir el Raval en una auténtica olla a presión, un espacio en el que, ya ahora, en cualquier momento puede pasar cualquier cosa.

Una ciudad ejemplar y sosegada, hecha de rectas y curvas perfectas, cerca el Raval. Los especialistas en ciudad pensaron que todo era cosa de propuestas, acciones inmediatas, remodelaciones, planes estratégicos, proyectos, decretos y tipificaciones. Se creyó que el barrio se prestaría a trocar mágicamente sus imperfecciones sociales por la impecable paz de las representaciones y los proyectos. En sus sueños, los arquitectos y los gestores sólo veían vecinos agradecidos, nuevos inquilinos, comerciantes con iniciativa, ávidos inversores e incluso turistas, en un Raval monitorizado y amable. Lo que han descubierto al despertar es que, a pesar de los vados de diseño y los equipamientos sociales, aquello continúa siendo lo que Bohigas llamó una vez “un nido de nostalgia y de problemas”. Se quiso hacer legible y significativa aquella neblina oscura a ras de suelo que era Ciutat Vella, pero se olvidó lo que el Raval hacía evidente: que la ciudad no es, nunca ha sido ni será, un texto, sino una textura.

Ajena a las pretensiones de los planificadores –tan soberbios, tan ingenuos–, la ciudad va a la suya. Sabe que la nutre lo mismo que la altera. Para demostrarlo, el Raval vive tremendas transformaciones, mutaciones vertiginosas, sorprendentes cambios morfológicos y sociológicos..., que le permiten continuar siendo lo que fue: el reducto desde el que resiste y triunfa lo inquieto y lo inquietante, lo complejo y lo insumiso, todo aquello que constituye lo opaco de las ciudades.


dissabte, 22 de febrer del 2020

Mujeres de la vida


Artículo publicado en El País, el 10-1-2006, en relación con la campaña de expulsión de las putas de la Ronda Sant Antoni de Barcelona

MUJERES DE LA VIDA
Manuel Delgado

El héroe principal de la modernidad urbana es, sin duda, el transeúnte desconocido, ser indeterminado que existe sin origen ni destino en ese colosal umbral que es la calle misma. Se trata del flâneur del que Baudelaire hiciera el elogio, paseante ocioso que goza mezclándose con la multitud, viandante sin filiación que se asimila a su vez a la figura no menos inconcreta del llamado hombre de la calle, cuerpo humano sin identidad ni atributos que circula con libertad, sin tener que brindar explicaciones, puesto que ejerce el derecho a definir su subjetividad aparte. El hombre de la calle se identifica, a su vez, con el protagonista del sistema político democrático-liberal: el ciudadano, en cuya actividad se ejecuta la naturaleza del espacio público como lugar al mismo tiempo de comunicación y de circulación, en que cada cual puede gozar de los placeres de la pura sociabilidad y ejercer el derecho a hablar y a hacer con relación a los asuntos públicos, esto es aquellos que conciernen a todos.

Ahora bien, el flâneur baudeleriano difícilmente podría ser una flâneuse, puesto que su hábitat natural –la calle– es un dominio usado con libertad sólo por los hombres y controlado por ellos. Todo lo que se pudiera decir sobre el hombre de la calle no sería aplicable a una mujer de la calle que, como se sabe, es algo bien distinto. Una mujer de la calle no es la versión en femenino del hombre de la calle, sino más bien su inversión, su negatividad. Mujer de la calle significa prostituta, mujer situada en el estrato más bajo de la jerarquía moral  de las conductas. No es casual que a su trabajo se le llame eufemísticamente “hacer la calle”. Una mujer de la calle es aquella que confirma las peores sospechas que pueden recaer sobre una mujer que ha sido vista sola, caminando por la calle, detenida en una esquina cualquiera. La mujer de la calle es aquella a la que le tiene sin cuidado su reputación, puesto que ésta no puede sufrir ya un mayor deterioro. Es la puta callejera, en el escalafón profesional de las meretrices la que ocupa el peldaño más bajo, alguien cuya presencia supone una anomalía a corregir: está sola, ahí, ante todos, luego espera ser acompañada, y acompañada por ese hombre al que espera y en cierto modo convoca, puesto que señala un lugar vacante, que no es sino el del varón que debería como naturalmente ir a su lado.

Lo mismo pasa con la noción de hombre público, término que designa ese personaje que se expone –en el doble sentido de que se visibiliza y de que se  arriesga– a relaciones sociales entre extraños basadas en la apariencia y la reserva. En un sentido más restringido, el hombre público es aquél que se entrega a lo público, entendido como dominio de la crítica y la opinión, por lo que le corresponde el deber de rendir cuentas de sus acciones en el momento en que se le requiera. En esta última acepción, el hombre público se identifica con el político o con el profesional que desarrolla su actividad sometido a valoración por parte de un público de cuyo juicio depende. En cambio, mujer pública se aplica a una persona para la que el calificativo “pública” indica que es accesible a todos. No es que esa mujer esté en el espacio público, sino que es parte de ese espacio público en que se encuentra, definido precisamente a partir del principio de accesibilidad que en teoría lo rige. Lo contrario de una mujer pública es una mujer privada; no una mujer que disfruta de vida privada, sino una mujer que es propiedad privada de un hombre y accesible sólo para él. Una mujer pública es también, como todo el mundo sabe, una manera de designar a una puta.

Se habla pues de la brutal asimetría en la relación de hombres y mujeres con la calle como espacio al mismo tiempo físico y social, asunto al que, por cierto, alude la exposición “On són les dones?”, que está a punto de inaugurarse en el Museu Abelló de Mollet del Vallès. Si es un varón, ese ser humano sin nombre que está ahí fuera es el rey de la creación democrática; si es una mujer, convoca sobre sí todo el estigma y la indignidad del mundo. Esa extraordinaria distancia simbólica delata la gran mentira del espacio público, esa superstición que lo supone escenario natural de la igualdad y la justicia democráticas. 

La restauración en Barcelona de la antigua ley de vagos y maleantes es la prueba de ello, como lo es de que su Ayuntamiento haya entendido cuál es la regla de oro que debe orientar sus políticas en materia urbana: total servilismo ante los poderosos –los promotores inmobiliarios, las empresas multinacionales–, severidad máxima con los sectores más vulnerables e inconvenientes de la sociedad. Entre ellos las mujeres de las esquinas y en particular las prostitutas del Barrio Chino que, cerrados la mayoría de bares, pensiones y pisos en que trabajaban, han salido expulsadas a la intemperie en las aceras de la Ronda Sant Antoni y afean ese paraíso de y para la clase media en que nuestras autoridades querrían ver convertida Barcelona. Conseguido el objetivo de limpiar las calles de esos residuos sociales, se habría logrado al mismo tiempo que esas mujeres entendieran de una vez por todas que la prostituta autónoma –que las hay– y el chulo son personajes del pasado, antiguallas que deben dejar paso al moderno empresariado de las industrias cárnicas humanas, plenamente integrado en la lógica de las grandes superficies y del trabajo en red.

Curiosa forma esta de luchar contra la explotación sexual la de asediar y castigar a las explotadas. La Ordenanza de Medidas para Fomentar y Garantizar la Convivencia –magnífico nombre para esa revisión posmoderna del célebre “la calle es mía”–, en su sección segunda del capítulo 5 –“Utilización del espacio público para la oferta y la demanda de servicios sexuales”– va en dirección contraria de lo que se supone que debería ser el esfuerzo de las instituciones  por asegurar lo que esas mujeres –en palabras de Margarita Carreras, una de sus portavoces y miembro del colectivo LICIT– quieren y necesitan: acceso a los recursos de que pueden beneficiarse las  mujeres maltratadas, cese de las vejaciones y maltratos procedentes de las propias instancias –sanitarias, asistenciales, policiales– que deberían protegerlas, cobijo jurídico gratuito, tarjeta de residencia y de trabajo para las extranjeras, derechos laborales, etc.

No es casual que a esas mujeres se les haya llamado también mujeres de la vida. Será porque la vida –la de todos– de algún modo se les parece. Privarnos de su presencia es escamotearnos la metáfora y el resumen de esa vida que es la suya y es la nuestra, también prostituida y puteada. Escondérnoslas es negarnos el derecho a mirarle a los ojos o de reojo a esa humanidad radical que esas mujeres encarnan y que continua siendo lo que siempre fue: lo mejor de la sociedad.




dilluns, 16 de setembre del 2019

El barraquismo invisible

La foto está tomada en el Raval de Barcelona. Es de Ben Evans
Artículo publicado en El País, Barcelona, el 22 de marzo de 2003

EL BARRAQUISMO INVISIBLE
Manuel Delgado

Hace poco se clausuraban en Barcelona, en el marco del Año del Diseño y convocadas por el FAD bajo el título Barraca Barcelona, unas jornadas dedicadas a las nuevas formas de chabolismo que está conociendo la ciudad. El contexto de referencia ha sido el de unos déficits en materia de vivienda que son un ejemplo radical de cómo las necesidades básicas han acabado convertidas en negocio lucrativo. Ese proceso, que convierte en privilegio lo que debería ser un derecho, se contempla en la enseñanza, en las pensiones, en la sanidad..., pero alcanza su desmesura absoluta en el ámbito del hábitat. De lo que debería ser una exigencia inalienable y garantizada –a tener vida privada, intimidad, refugio físico y moral, lugar para la sexualidad. el confort o la cocina, en una palabra, a un hogar– se ha hecho impunemente un bien de consumo y de inversión inaccesible para una parte importante de la población

Para una gran mayoría de ciudadanos, adquirir una casa implica, en el sentido más literal de la expresión, hipotecarse la vida. Para otros sectores  acceder a una vivienda digna es simplemente imposible. Para los jóvenes, para las personas mayores sin recursos, para los nuevos y los viejos pobres urbanos y para multitud de inmigrantes el alojamiento ha dejado de ser un derecho. El lugar para vivir –curiosa expresión, que insinúa que más allá de sus puertas lo que hay no es vida– es hoy un objeto mercantil que se vende y se compra a precios que han experimentado un aumento salvaje en los últimos años. Las legislaciones-marco promulgadas por la Administración central o por la Generalitat son responsables, sin duda, pero no es menos cierto que muchos ayuntamientos han descubierto en la venta de suelo público a promotores inmobiliarios una fuente de recursos que reinvertir luego en políticas de autopromoción institucional y en campañas de imagen dirigidas a turistas y a inversores. Las grandes empresas dedicadas a la construcción y venta de pisos viven uno de sus mejores momentos, favorecidas por las buenas condiciones del mercado dinerario, pero también por la casi desaparición de la vivienda protegida y de promoción pública y a una oferta de alquileres escasa y cara.

Los efectos colaterales de este cuadro son diversos. En el caso de los jóvenes, el sorteo de pisos de alquiler de hace unos días demuestra hasta qué punto nuestros gobernantes municipales pueden reducir los problemas más graves a un show mediático. Frente a indignidades como esa, el movimiento okupa es una reacción del todo legítima. Los inmigrantes, a su vez, se ven abocados a un mercado de viviendas en mal estado en zonas degradadas que, además, intentan rentabilizar al máximo por la vía del hacinamiento o el realquiler. La situación se ve agravada por la desaparición por decreto de más de 200 pensiones asequibles, que ofrecían más de 4.000 camas en el centro urbano de Barcelona. Las pocas que han sobrevivido están orientadas al turismo y sus precios resultan prohibitivos para muchos. Además, estos establecimientos no son accesibles para los miles de inmigrantes ilegales –130.000 en Catalunya, según cálculos recientes–, en la medida en que han de presentar listas de huéspedes a la policía.

Todo ello ha acabado suscitando una oferta clandestina de pensiones ilegales, cobertizos o patios interiores habilitados, alquiler de balcones e incluso de armarios, “camas calientes” –lechos que se usan por turnos–, etc. En los casos más extremos, nos encontramos con auténticos campamentos de inmigrantes sin techo, como los que se levantaban en varios puntos de Barcelona –plaza Catalunya, parque de la Espanya Industrial, paseo Lluís Companys– hasta la masiva redada policial de agosto de 2001. En la actualidad, tenemos asentamientos de emergencia de acaso centenares de pobres y recién llegados en el Pont del Treball –véase el reportaje en EL PAÍS de 15 de marzo– y en los antiguos cuarteles de Sant Andreu, ambos debidamente escamoteados a la mirada de los viandantes.

En conjunto, todo ese panorama se constituye en una nueva forma de barraquismo: el barraquismo invisible, un chabolismo disperso y clandestino que advierte de la persistencia de problemas sociales graves asociados a la vivienda, que habían sido oficialmente superados y que se esconden por su incompatibilidad con la Barcelona en venta como negocio y como espectáculo. Es imposible conocer el número exacto de afectados por esa situación, pero seguro que son miles.

Barraca Barcelona sirvió para valorar hasta qué punto aquel barraquismo que va de los años 40 hasta su erradicación oficial a finales de los 80 debe ser reconsiderado. De entrada, reconociendo que existió, porque consignas oficiales como la de que Barcelona había existido de espaldas al mar olvidan que miles de barceloneses vivieron hasta no hace mucho en sus playas, en barrios como el Camp de la Bota, Somorrostro o Pequín. El rescate del conmovedor testimonio fotográfico de Esteve Lucerón sobre los últimos días de La Perona –expuesto en la Sala Reference, en la calle Sant Gil– es una aportación básica a esa vindicación de la memoria más humilde, pero también más digna y más heroica, de la ciudad.

Nadie pretendió hacer un elogio frívolo del barraquismo. Lo que se hizo fue advertir –como señalaba Oriol Bohigas en estas mismas páginas (EL PAÍS, 19 de febrero)– cómo aquellos asentamientos autoconstruidos y en gran medida autogestionados fueron, en no pocos aspectos, preferibles a los inorgánicos polígonos de viviendas que les sucedieron, lo que no en vano se llamó el barraquismo vertical. Pero también son superiores técnicamente –puesto que fueron una solución– y moralmente –puesto que al menos se veían– al actual barraquismo secreto en Barcelona, una ciudad en la que la pobreza y la fealdad parecen haber sido declaradas ilegales.




dissabte, 28 de juliol del 2018

Les dones del carrer d'En Robador




Paraules dites a La Xarxa el 4/4/2013


 DONES DEL CARRER D'EN ROBADOR 
Manuel Delgado

Va haver una època en la qual les nostres autoritats urbanístiques i municipals van somiar amb domesticar i posar en venda el que havien estat una de les zones de mala reputació de la ciutat, la que s'estén baixant a mà dreta de les Rambles, sobre tot quan més t'acostaves al port. Van començar canviant-li el nom: ara ja no es diria Districte V i molt menys el Xino. A partir d'ara es diria "el Raval". Després van començar a farcir el barri d'allò que els arquitectes diuen "contenidors culturals": CCCB, MACBA, Santa Mònica, universitats..., fa quatre dies la Filmoteca. Al voltant van fer proliferar llocs diguéssim "guais": bars d'ambient amb taules amb una espelmeta al mig, tallers d'artistes i dissenyadors, fins i tot algun que altre hotel de quatre o cinc estrelles.  Objectiu: fer el barri atractiu per una classe mitja àvida per submergir-se en un ambient de barri tradicional, però també "multiculti", fins i tot una miqueta -sols una miqueta- canalla.

Una contribució clau a aquesta finalitat d'"higienitzar" -quin eufemisme més terrible!- el barri va ser el que pomposament es va titular "Ordenança de mesures per fomentar i garantir la convivència ciutadana a l'espai públic de Barcelona", és a dir la "normativa cívica" que, des del 2006, intenta inútilment "netejar" del carrer qualsevol signe que delati que Barcelona és una ciutat farcida de injustícies i que ho fa no perseguint la pobresa i la desigualtat, sinó perseguint directament els pobres i els desiguals.

Però les coses no van resultar com es preveia i al poc es va veure clarament que les plànols i les maquetes no foragitaven la pobresa i la marginació i aviat tot aquella gent xaxi-piruli que havia comprat o llogat un piset o un estudi al barri va adonar-se que allò de guai res. És aleshores quan van començar a penjar dels balcons pancartes que deien allò de "Volem un barri digne", com si aquell barri de gent treballadora de tota la vida no hagués estat sempre -també ara- un barri digne.

Segurament emprenyats perquè l'operació no els ha acabat de sortir bé i el barri no s'acaba de convertir amb la pijolàndia que volien -i ara, amb la crisi, menys encara- s'ha intensificat l'aplicació de la famosa normativa cívica, particularment contra les dones que, com sempre, exerceixen la prostitució al carrer d'En Robardor. Es veu que fan lleig al costat i a l'ombra de la Filmoteca, dels pisos nous, de la seu de l'UGT, i és cosa d'obligar-les a desaparèixer d'un escenari que desmereixen. Les prostitutes es queixen de les constants sancions a elles i als clients, sovint imposades arbitràriament. M'explicaven el cas d'una prostituta multada quan baixava les escombraries al carrer. Moltes es queixen de que el tracte que reben de la policia és denigrant i que alguns dels seus membres semblen gaudir humiliant-les.

En fi, aquesta és la contribució de les nostres autoritats al combat contra la violència de gènere i l'assetjament contra les dones. I per més inri sovint exercida en nom d'una lluita contra la prostitució basada en castigar sistemàticament a les mateixes dones a les que es diu protegir.

En fi, que així estem. Vagin aquestes paraules com dues coses. La primera com referència a un llibre que acaba d'aparèixer i que us recomano: Dones del carrer. Treball sexual i transformació urbana a Barcelona, publicat pel Departament de Cultura de la Generalitat. I després, i sobre tot, com un homenatge a les putes del carrer d'En Robador, unes dones treballadores que, en el temps que corren, són tot un exemple a seguir de dignitat i de decència.  



dimecres, 13 de desembre del 2017

La infancia del Raval


La fotografía es de Xavier Berdala y corresponde a los derribos masivos
en la reforma de lo que fue el Barrio Chino
Artículo publicado en El País, el 13 de julio de 2007, con motivo de la publicación per la Fundació Tot Raval de l'informe Diagnòstic: Infància, adolescència i famílies al Raval,una de las elaboradoras del cual fue mi amiga y creo que alguna vez alumna, Marta Truñó.

LA INFANCIA DEL RAVAL
Manuel Delgado

Los datos recientes del Consejo Económico y Social de Barcelona lo confirman: Ciutat Vella es hoy el distrito de mayor potencial de población activa de la ciudad, con un 15,2 % de habitantes menores de 15 años. En concreto, en el Raval el padrón de 2005 indicaba que allí vivían 5.601 niños y adolescentes de menos de 16 años, con una distribución que primaba las franjas de edad más tempranas. Ese barrio que llamamos viejo es hoy el más joven; hasta cierto punto, bien podríamos decir que vive hoy una nueva infancia y alberga hoy la madurez más inmediata del país. Y no hay duda de que el asentamiento de personas procedentes de la inmigración –un 46 % de vecinos del barrio– y, en menor medida, de familias nativas de clase media –un 15 %– es la clave que explica el fenómeno y hace comprensible el valor casi de metáfora que tiene para propios y extraños el Raval, compendio de las grandes dinámicas que están determinando la vida de las grandes ciudades del llamado primer mundo.

No es casual, al respecto, que en poco tiempo hayamos podido asistir al estreno de tres películas sobre lo que fue un día el Chino y su vida cotidiana de hoy. “En construcción”, de José Luis Guerín; “De nens”, de Joaquim Jordà, y ahora mismo “Raval, Raval”, d’Antoni Verdaguer. Tampoco es por azar que la más profunda y dura de las tres, la de Jordà, adopte como asunto central el de una infancia violada no por pederastas perversos, sino por todo un sistema de poder y dinero que ha convertido la ciudad entera en una mercadería, puesta en venta con seres humanos dentro.

Es esa importancia que cabe asignarle a cómo están creciendo los niños y los adolescentes del Raval que merece la pena destacar el valor del informe que hace poco publicara la Fundació Tot Raval con el título Diagnòstic: Infància, adolescència i famílies al Raval. Este trabajo es el resultado de una indagación rigurosa y sistemática sobre las condiciones de vida en el barrio, con énfasis en las que afectan a su nueva canalla, sector de la población al tiempo en extremo vulnerable y estratégico en orden a hacer la prospectiva de lo que será la ciudad y el país en las próximas décadas. El estudio va desglosando los elementos básicos de ese nuevo paisaje humano y de la relación que con él están teniendo las instituciones políticas, y lo hace de una manera que es a la vez positiva –hay que actuar, y hacerlo ahora– y crítica –lo que se hace no basta; se requiere más fuerza humana y más recursos. Y eso en todos los ámbitos: vivienda, salud, enseñanza, participación... El protagonismo de esa urgente intervención pública –para reparar o aliviar desmanes que a veces la propia Administración ha propiciado o de la que ha sido cómplice– le corresponde a profesionales que –y eso también se destaca– no siempre gozan de la estabilidad y reconocimiento que merecen y que garantizaría mejos la eficacia de su labor.

Pero lo que más destaca del este trabajo no son los valiosos datos que nos da a compartir, ni lo indicado de sus conclusiones y propuestas, sino un aire y un estilo de hacer que evoca sin duda los momentos heroicos que protagonizaran los investigadores de la Escuela de Chicago, aquellos científicos sociales que se lanzaron a las calles y a los barrios de las grandes ciudades norteamericanas, en las primeras décadas del siglo XX, para ver sobre el terreno cómo se estaba produciendo la instalación en ellas de grandes oleadas de inmigrantes, ese fenómeno de nomadismo de masas que parece sorprendernos a nosotros, aquí y ahora, cuando es tan antiguo como la humanidad misma.

Fueron los Thomas, Wirth, Park, Anderson, etc., quienes entendieron que el método etnográfico de trabajo de campo era y es la herramienta fundamental para comprender qué está ahí fuera, en un universo social que los tópicos desfiguran y que exige ser examinado bien de cerca o sumergíéndose en su seno. Como aquellos pioneros que inauguraron la antropología urbana hace casi un siglo, los autores del trabajo sobre la infancia y la adolescencia en el Raval –antropólogos también, y no es casual– están animados por parecida voluntad casi ansiosa por saber qué está pasando en realidad en la realidad, y hacerlo al margen y con frecuencia contra la trivialidad de que se nutre entre nosotros los discursos mediáticos y políticos sobre la inmigración. Son esos etnógrafos de nuestros nuevos-viejos barrios populares quienes levantan acta –a pie de calle, hablando con la gente y sobre todo escuchándola– de qué está pasando ante nuestros ojos o a nuestro alrededor y cuáles son sus significados y sus implicaciones, para ahora y para mañana.

Tal es la evidencia ante la que este informe dirigido por Marta Truño nos coloca: es urgente aprender a base de aprehender, es decir de escrutar, observar atentamente, anotar lo que se ve y lo que se oye y analizarlo luego..., eso que damos en llamar trabajo sobre el terreno y que es el rasgo singular de la antropología como oficio. Esa es la lección que los autores de esta investigación han entendido y nos imparten. Los poderosos son conscientes de lo mismo que deberían serlo quienes pretenden desenmascararlos: para dominar, como para transformar o simplemente mejorar las cosas, es en todos los casos indispensable conocer. Y ese es el mérito de esta investigación sobre la infancia del Raval, en el doble sentido de sobre los niños que lo habitan y sobre los primeros años de su nueva vida de barrio: gracias a ella ahora sabemos más de lo que sabíamos o creíamos saber.




dimarts, 30 d’abril del 2013

Lectures recomenades: Eva Sirvent i Jordi Carreras Gutiérrez, "Dones del carrer. Canvi urbanístic i treball sexual a Barcelona (2005-2009)", Departament de Cultura, 2012

Lectures recomenades: Eva Sirvent i Jordi Carreras Gutiérrez, Dones del carrer. Canvi urbanístic i treball sexual a Barcelona (2005-2009), Barcelona, Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya (Temes d’Etnologia de Catalunya; 23), 2012, 214 p.

La presència històrica de prostitució femenina al barri vell de Barcelona s’enfronta a dues grans amenaces per a la seva pervivència: la reforma urbanística que, arran dels Jocs Olímpics del 1992, ha anant transformant l’antic barri “Xino” en l’actual Raval, i les polítiques municipals recents l’objectiu de les quals és invisibilitzar aquesta activitat eliminant la prostitució de carrer. Aquesta etnografia recull el testimoni de dones immerses en un procés de canvi a hores d’ara ja culminat durant un període concret (2005-2009), i mostra com tracten de defensar el seu mode de vida dels embats institucionals mitjançant el desplegament de tàctiques de resistència diverses. Per a això, es centra en dues modalitats de treball sexual que conviuen en un espai comú (la prostitució de carrer i la prostitució de bar), i atorga veu a aquelles que, relegades forçosament a la marginalitat, han vist usurpada la possibilitat de tenir alguna cosa a dir.

Aquesta monografia és el resultat del treball de recerca que van dur a terme entre els anys 2006 i 2009 els autors, ambdós adscrits a l’Institut Català d’Antropologia, en el marc de les convocatòries de recerca de l’Inventari del Patrimoni Etnològic de Catalunya.


dissabte, 30 de març del 2013

Miquel Fernández presenta su tesis doctoral sobre el asedio al Barrio Chino de Barcelona


Hace poco el colega del GRECS Miquel Fernández presentaba su tesis doctoral Matar al “Chino”. Entre la Revolución urbanística y el asedio urbano en el Barrio del Raval de Barcelona. En el tribunal tuvo a Gary McDonogh, del Bryn Mwar College; Monica Degen, de la Brunel University, i Nilton Santos, de la Universidade Federal Fluminense. Le agradezco sinceramente que me haya permitido dirigir su trabajo. 

Ese trabajo es, en primer término, el resultado de una investigación sobre la violencia. Más concretamente, sobre la llamada violencia del orden, violencia estructural, estructurante o en palabras de Slavoj Žižek, objetiva. Las preguntas que guiaron la indagación fueron, por un lado, hasta qué punto se podía contrastar empíricamente este tipo de violencias, y si así era, cómo operaban en un caso concreto, el de la últimas reformas urbanísticas en el barrio del Raval de Barcelona. Lo estudiado han sido en esencia las alteraciones de la vida urbana en la calle d'en Robador del barrio del Raval de Barcelona como consecuencia de estas incisiones sobre el entramado morfológico del barrio. Las reformas comportaron destrucción de patrimonio arquitectónico, habitacional y cultural de gran valor. Asimismo, generaron expulsiones directas o indirectas, de población y en cierta medida y en ciertas zonas, su substitución por otra de mayor capacidad de dispendio.

Adoptar una perspectiva centrada en las violencias, requirió un ejercicio previo para descubrir qué se ocultaba tras las bondadosas retóricas que se asociaban a la llamada “rehabilitación del Raval”. Para ello se llevó a cabo un rastreo historiográfico del lugar. Se cruzaron dos ejes interpretativos que iban resultar aplicables desde la fundación del barrio hasta nuestros días: por un lado, la persistente literatura demonizante que daba cuenta de un lugar extraterritorial y por el otro, las instituciones y prácticas de control social que han producido el Raval como lugar de excepción.

El trabajo historiográfico entonces permitió establecer una continuidad en las diversas prácticas de control aplicadas sobre el Raval por los consecutivos gobiernos de la ciudad. Se identificaron sucesivamente, la misericordia el higienismo, el urbanismo, o el más reciente civismo como instituciones, prácticas y culturas de control sobre el lugar y su población trabajadora y descapitalizada.

Una vez establecidas estas convergencias y continuidades en el trato que las instituciones gobernativas habían dispensado a grandes capas de la población del Raval, se propuso una etnografía crítica de una de los últimos recovecos donde persistía el mito del “Barrio Chino”, la calle d'en Robador. El objetivo no era otro que el de escudriñar qué había cambiado y qué persistía en relación a lo descubierto mediante el análisis historiográfico.

Dicha etnografía se llevó a cabo entre la primavera de 2010 y el verano de 2012. Desde el punto de vista expuesto, se elaboró una taxonomía de la enorme variedad de grupos humanos allí presentes, así como de los encuentros y desencuentros particulares que allí eclosionaban. Destacaban cuatro grandes grupos categorizados con los nombres de antiguos / nuevos vecinos, trabajadoras/es del mercado laboral informal, policías, modernillos o turistas. El siguiente paso fue una descripción del entorno físico que servía de escenario a las interacciones de los grupos humanos identificados. Se trata de un lugar crónicamente abandonado a la suerte de sus inquilinos desde su urbanización en el siglo XVI hasta nuestros días. Un espacio en el que ni propietarios -mayoritariamente de fincas enteras- ni las sucesivas administraciones, han intervenido. Siendo la primera vez, una de las más condundentes ya que se llevó a cabo “el primer saneamiento del barrio” mediante los bombardeos de la aviación fascista italiana de 1937- 38 (tal y como recoge hoy día la web del Ajuntament de Barcelona en su apartado histórico sobre el Raval). Intervenciones éstas que se han caracterizados por un enorme componente de violencia objetiva y subjetiva que van desde no reparar las fincas ni su estructura desde hace decenios, o indemnizar ridículamente a los afectados, pasando por prácticas de mobbing institucional, amenazas y palizas a vecinas o usuarios renuentes, hasta la corrupción política y policial.
Para entender cómo este tipo de prácticas eran poco más que consentidas -cuando no, propulsadas- por parte de algunas de las autoridades competentes, llevé a cabo una especie de exégesis del mito del “Barrio Chino”.  Y es que, el lugar escogido exigía que se tuviera muy presente la importancia determinante de su dimensión retórica. Es bien sabido que el lugar fue rebautizado con el nombre “Barrio Chino” al compararlo con un escenario producto de la ficción cinematográfica: los Chinatown's de San Fransico o Nueva York. Al cronista responsable del infame bautismo, le pareció que los Chinatowns que él conoció a través del cine, eran lugares iguales al antiguo barrio de Drassanes por el hecho que ambos competían en vicio, degeneración y lobreguez espiritual. Así fue como una ficción (las películas hollywoodienses sobre los Chinatown's) sirvió para (mal) interpretar la realidad de un barrio progresivamente más estigmatizado en tanto servía de “baluarte seguro de cualquier motín” y donde se prestaba “secreto a los garitos y al crimen”.

En este sentido, analizando el mito del “Barrio Chino”, destaqué la confusión más o menos interesada entre un barrio sempiternamente miserabilizado y el áurea gloriosa, bohemia y casi beatífica -desde el punto de vista de uno de los autores que mejor habían literaturizado los bajos fondos de Barcelona, Jean Genet. En este apartado se pone en evidencia que el lugar sólo podía existir -y reproducirse- en base a un juego de espejos con su contrario natural, las y los aguerridos excursionistas (J.M. de Sagarra) de las buenas familias de Barcelona (Gary Mc Donogh). El “Barrio Chino” no era más que el reflejo invertido de lo que la incipiente burguesía barcelonesa industrial y especuladora quería encarnar y que tan bien retrato Santiago Rusiñol en su “Gente bien”: orden, modernidad y civilización. La pervivencia del mito es aún hoy presente en la encarnación que protagonizan los actuales vecinos o usuarias de la calle etnografiada. Hasta tal punto esto es así, que el mito se ha convertido en un nuevo elemento para aumentar el valor simbólico de la zona y atraer así a nuevos grupos de foráneos seducidos aún por la reputación canalla del barrio.

El apartado etnográfico finaliza con un análisis del que es quizás la confrontación más manifiesta a pie de calle en Robador. Se trata de la disputa por el espacio protagonizada por usuarios de la zona, nuevos y viejos vecinos, usuarios, trabajadoras o policías. Por un lado, aquellos y aquellas que allí se procuran la subsistencia en el mercado de trabajo informal -me refiero al mercadeo sexual, el tráfico a pequeña escala de narcóticos, o la venda ambulante de artículos de procedencia desconocida. Por el otro, los nuevos vecinos con mayor capacidad de consumo pecuniario, más o menos apoyados tanto por grandes medios de comunicación, como por los cuerpos policiales. Estos últimos con una intensísima presencia en la calle, en sintonía con lo que se conoce como urbanismo preventivo, así como por más de una decena de cámaras de videovigilancia.

Lo que la observación y el análisis permitían concluir es que el gobierno de la ciudad ha coadyuvado ha aniquilar una forma de vivir en la ciudad que estorbaba a la instauración de un orden proclive a los intereses políticos y económicos de las élites locales y globales. Un marco de intervención urbanística más inteligible desde una perspectiva colonial que comporta un abandono continuo del lugar por parte de las autoridades, el descubrimiento de los usos de la representación hiperbólica al servicio, tanto de la destrucción del lugar y expulsión de sus gentes y prácticas como de la conversión de lo que se llegó a conocer como islote de libertad en un peñón para la excepción al servició de la conversión de la zona es un espacio de elevada producción de plusvalías acaparadas por importantes oligopolios especulativos, inmobiliarios y de servicios. De hecho, ahora nos encontramos en un momento muy importante en relación a la disputa entre élites por saber quién controla los réditos que allí se producen: se trata de una batalla entre élites locales -formales o corruptas-, y a su vez entre éstas y otras globales.

Finalmente, la investigación permitió suponer que, precisamente es en la calle d'en Robador, donde se pueden encontrar las salidas a esta endiablada conjunción de búsqueda salvaje de beneficios y asedio contra lo urbano. El vigor con la que esta calle se organiza -de manera ciertamente peculiar-, resiste, sobrevive y disfruta, debería ser un ejemplo para cualquier la lucha por el derecho a la ciudad.

[La fotografia está tomada de http://illarobador.wordpress.com/]




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