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dimarts, 9 d’abril del 2024

Vidas baratas

La foto es de Ferran Nadeu

Artículo publicado en El País el 15 de febrero de 2007, a propósito de la destrucción de la barriada de casas baratas del Bon Pastor. Sobre este proceso apareció luego publicado un libro fundamental, La ciudad horizontal, de Stefano Portelli (Bellaterra).

VIDAS BARATAS
Manuel Delgado

Siempre es la misma historia. De pronto, alguien, en algún sitio, decide algo que cambiará la forma y la vida de un barrio. Primero se lo declara “obsoleto”, luego se redacta un plan perfecto, se elaboran unos planos llenos de curvas y rectas, se hace todo ello público de manera atractiva –dibujitos y maquetas– y se promete una existencia mejor a los seres humanos cuya vida va a ser, como el lugar, remodelada. A continuación se proponen ofertas de realojamiento –que siempre perjudican a quienes no podrán asumir las nuevas condiciones que indirectamente se les impone–, se encauzan dinámicas de participación –orientadas de hecho a dividir a los vecinos afectados– y luego se continúa sometiendo a ese trozo de ciudad a un abandono que ya lo venía deteriorando para disuadir a las víctimas-beneficiarios de la transformación de su urgencia e inevitabilidad.

Ese es el caso de las Casas Baratas del Bon Pastor, 783 viviendas de una planta edificadas en la década de los años 20 para albergar a barraquistas e inmigrantes, testimonio de las épocas cada vez más lejanas en que la vivienda social era una preocupación para las autoridades municipales, un asunto para el que se procuraban soluciones que, por precarias que fueran, eran al fin y al cabo soluciones. Los interiores son pequeños, pero no menos que lo que hoy se propone como “nuevas soluciones habitacionales”. Con el tiempo, muchas familias habían adecentado sus casas hasta hacer de ellas un espacio notablemente más amable que el de los bloques de pisos que les rodean. Además de ser un valioso ejemplo de un determinado urbanismo –adaptación humilde de la tipología de la ciudad-jardín–, el barrio era un colosal monumento viviente a décadas de cultura popular urbana, en un escenario que se había demostrado propicio tanto para el encuentro cotidiano como para los momentos álgidos de la fiesta y de la lucha.

Todo ese yacimiento de memoria es lo que las excavadoras arrasaran pronto. La primera fase de demolición se ha iniciado sin darle tiempo a buen número de hogares a acabar de empaquetar sus enseres, pero sobre todo sin que se hayan acabado de resolver judicialmente las demandas interpuestas por las familias que han negado a aceptar las condiciones de su traslado y están exigiendo una indemnización por los daños morales que supone dejar atrás no sólo una casa, sino ante todo una calidad de vida que jamás podrán recuperar. Nunca más podrán volver a sentarse en su pequeño jardín o ante la puerta de sus casas a tomar el fresco y charlar con sus vecinos. Todo eso –la posibilidad de una cierta vida comunitaria en plena ciudad– quedará para siempre atrás.

Quienquiera que pasee ahora mismo por lo que había sido un barrio en muchos sentidos entrañable, se encontrará con un espectáculo bien triste. Decenas de casitas medio en ruinas o tapiadas y, entre ellas, aisladas –y por tanto a merced de cualquier asalto–, asediadas por el polvo y los escombros, las todavía incolumnes de las familias que no han tenido tiempo de abandonarlas o que se resisten al desalojo y confían en que el Ayuntamiento atenderá la decisión judicial instando a la detención cautelar de las obras. Todo ello en un espléndido ejemplo de mobbing institucional, una técnica de acoso y derribo –y nunca mejor dicho– ya aplicada en Barcelona –la Ribera, el Raval, Poblenou– y que consiste en hacerle la vida imposible a los vecinos que se niegan a abandonar casas condenadas por los planes urbanísticos e inmobiliarios, someterles a una presión que les obligue a abandonar su resistencia y dejar el paso libre a los planes de “refuncionalización” de sus barrios. Ni que decir tiene que de todo ello ni una palabra en los medios de comunicación, para los que el hostigamiento contra inquilinos inconvenientes o díscolos es una conducta perversa de empresas sin escrúpulos y nunca lo que tantas veces resultar ser: una práctica seguida por la propia Administración y aplicada por sus funcionarios, muchas veces con la ley en la mano; otras, no.

Un vistazo a su ubicación en el mapa de la ciudad y un paseo por el entorno desvelan inmediatamente las claves de tanta urgencia por borrar las Casas Baratas del Bon Pastor . A un paso de la nueva centralidad que se proyecta para la Sagrera, con la gran terminal del AVE, el edificio espectacular encargado a Frank Gehry y ese nuevo barrio que seguro que no será para el mismo tipo de humanidad que vivía y había luchado allí a lo largo de lustros. Se entiende por qué no se planteó la posibilidad de rehabilitar todas o parte de las viviendas ahora sentenciadas, lo que hubiera permitido que los vecinos pudieran elegir entre quedarse en ellas o no: suculentas hectáreas de suelo de propiedad municipal que pronto valdrán infinitamente más de lo que va a costar su remodelación. Terreno liberado para el mundo que se avecina, en que ya no habrá vecinos, sino clientes y en los que las nuevas clases medias que un día fueron progresistas podrán presumir de haberse comprado un magnífico piso en un “barrio popular”. Un negocio redondo en el que los perdedores serán una vez más los de siempre.

Y nadie se acordará de los expulsados de hoy, muchos de ellos viejos, pobres y feos –vidas baratas por tanto–, pero con una historia y una grandeza obreras de la que los nuevos habitantes que habrán de venir no sabrán ni podrán saber nunca nada.


dijous, 21 d’octubre del 2021

Sobre las políticas urbanísticas de dispersión de pobres


La foto es de Tanvi Misra para CityLab

Final de “El miedo al gueto (o por qué se procura evitar la concentración excesiva de pobres en la ciudad)”. En Exceso y escasez en la era global. La nueva complejidad de la política, la economía, el sujeto, la ciudad y el arte, Obra Social de la Caja Canarias, Las Palmas, 2009, pp. 132-153

SOBRE LAS POLÍTICAS URBANÍSTICAS DE DISPERSIÓN DE POBRES
Manuel Delgado

En todo proyecto urbanístico siempre hay mucho más que una mera intención ordenadora que emplea para sus fines determinadas composiciones formales. Existe, tras de cada iniciativa en materia urbanizadora, una doctrina relativa a lo que se quiere que suceda o que no suceda en ella, a qué tipo de acontecimientos se pretende propiciar o evitar a toda costa. En ese orden de cosas, la hipótesis según la cual las dificultades a la hora de controlar políticamente y policialmente los barrios populares de bloques fue una de las razones que determinaron su abandono como tipología es plausible. Ahora bien, lo que debería estar claro es que entre estos factores que, incluyendo aquél o no, provocaron el declive de los barrios populares de bloques no figura el de la solución definitiva de los problemas de acomodo de los más desfavorecidos que justificaron su generalización. Las detestables y detestadas ciudades-dormitorio de los sesenta resultaron de una intervención pública que ensayó soluciones al cada vez más acuciante problema de la vivienda, un problema que hasta entonces había sido aliviado a través de la igualmente detestable alternativa de la autoconstrucción en agrupaciones chabolistas.

No se discute que tanto una solución como la otra fueron indeseables y es difícil justificar un elogio tanto de la infravivenda barraquista cómo de la construcción casi fraudulenta de bloques en pésimas condiciones. Ahora bien, eran ciertamente soluciones, y soluciones a un problema que no ha dejado nunca de existir, si es que en ciertos sentidos no se ha agudizado con la persistencia de una demanda que continúa bien activa: la de los jóvenes que quieren constituir nuevos hogares, la de las personas mayores y los empobrecidos en general que sólo pueden pagar alquileres muy bajos y, una vez más, como siempre, la procedente de una inmigración hacia las grandes ciudades de capitalismo avanzado que se ha vuelto a intensificar por las demandas de los nuevos ciclos económicos.

El caso de las dinámicas migratorias que atraen a los núcleos urbanos a individuos y familias destinados a alimentar el mercado laboral es elocuente. Ese mismo tipo de población procedente del exterior que en fases anteriores se había asentado en  barrios de autoconstrucción y luego en los grandes barrios de bloques en las periferias urbanas, se ve hoy condenada a vivir en unas crecientes condiciones de clandestinidad, no sólo jurídica y laboral, sino también habitacional. Sin ningún tipo de previsión de vivienda social para ellos,  se les obliga a dispersarse por la trama urbana en busca de la escasa oferta de vivienda asequible para ellos.

La situación en el Estado español no es menos desoladora por lo que hace a políticas de vivienda social poco menos que inexistentes. Los núcleos de bloques que sirvieron en su día para realojar a los chabolistas han heredado su estigma y continúan siendo un foco de miseria  y marginación que los planes de rehabilitación de seguro que ni siquiera lograrán aliviar. Barcelona. Ya hemos visto que el proceso que, partir de los años 70, lleva a una recuperación capitalista de los centros urbanos, rehabilitados para convertirlos en polo de atracción para clases medias y altas dispuestas a reinstalarse en cascos viejos vendidos como cargados de valores históricos y sentimentales, ha conllevado políticas masivas de desalojo de antiguos inquilinos, muchas veces mediante el hostigamiento y la coerción. Los barrios de bloques ocupados por la antigua clase obrera defienden las prerrogativas conseguidas mediante la movilización y con frecuencia se blindan ante nuevos vecinos que puedan alterar la ya de por si precaria estabilidad social obtenida, con frecuencia concretada en viviendas de propiedad que han resultado de lo que fuera la política franquista de “un operario, un propietario”.

En tal marco, las oleadas de inmigrantes que llegan convocados por las demandas de mano de obra informal acaban encontrando viviendas igualmente informales, auténticos sumideros en zonas depauperadas, hacinándose en pisos ruinosos –por los que pagan alquileres abusivos–, aprovechando pensiones ilegales, realquilando habitáculos a veces insólitos –balcones, patios interiores, camas calientes, apartamentos rotatorios...– u ocupando fincas rurales abandonadas. Los jóvenes precarizados tienen pocas posibilidades de adquirir un piso a precio de mercado y sin posibilidad de encontrar algo asequible en un mercado de alquiler prácticamente inexistente, pero, si existe algún amago de iniciativa inmobiliaria de protección oficial, se cuida enseguida de advertir que sus destinatarios serán justamente compradores o inquilinos jóvenes, cuya pobreza se entiende que es provisional y superable, en contextos en que no se contempla la posibilidad de que alguien pueda pertenecer o acabar perteneciendo a algo que no sea una abstracta clase media universal. Toda iniciativa en materia de alojamiento social masivo es rápidamente tildada de promotora de guetos y cuestionada.

No es cuestión de insistir más en las dimensiones del problema de la vivienda en Europa y en España en particular, pero sí que la alternativa a las viejas políticas de construcción social no ha sido nuevas políticas de construcción social, sino la dimisión de entender la vivienda como un servicio público y la renuncia casi absoluta a plantearse la cuestión de su inaccesibilidad para una buena parte de la población. Es más, parece que la situación se invierte. Si en los 60 y 70 se pudo ser testigo de expropiaciones masivas de suelo privado por parte de la Administración, ahora son los Ayuntamientos los que se dejan expropiar por las inmobiliarias, en la medida en que han descubierto que poner terrenos públicos al servicio de la promoción privada y la especulación constituye una de sus grandes fuentes de recursos, sino la más importante.

El resultado final: un marco definido por la casi desaparición de la vivienda protegida y de promoción pública, una oferta de alquileres cada vez más escasa y más cara y aun la desaparición de las pensiones baratas en los centros urbanos deteriorados, que eran el último recurso de las personas en situación más precaria. Pero si acaso la preocupación por la vivienda social se recuperara y se retomara el papel central de la gestión pública en el crecimiento urbano, está claro que no se traduciría en una revitalización de lo que fueron las políticas de grandes conjuntos residenciales para las clases populares, ni la tipología de los desprestigiados polígonos de viviendas. Y es probable que en el descarte de este tipo de opción figure el fracaso de este formato urbanístico en orden a purgar la vida urbana de su crónica tendencia al conflicto y su predisposición a ser justamente lo contrario de lo que se preveía que fueran, es decir núcleos desde los cuales los poderosos recibieran noticia de la consubstancial condición ingobernable de las ciudades. 


dilluns, 16 de setembre del 2019

El barraquismo invisible

La foto está tomada en el Raval de Barcelona. Es de Ben Evans
Artículo publicado en El País, Barcelona, el 22 de marzo de 2003

EL BARRAQUISMO INVISIBLE
Manuel Delgado

Hace poco se clausuraban en Barcelona, en el marco del Año del Diseño y convocadas por el FAD bajo el título Barraca Barcelona, unas jornadas dedicadas a las nuevas formas de chabolismo que está conociendo la ciudad. El contexto de referencia ha sido el de unos déficits en materia de vivienda que son un ejemplo radical de cómo las necesidades básicas han acabado convertidas en negocio lucrativo. Ese proceso, que convierte en privilegio lo que debería ser un derecho, se contempla en la enseñanza, en las pensiones, en la sanidad..., pero alcanza su desmesura absoluta en el ámbito del hábitat. De lo que debería ser una exigencia inalienable y garantizada –a tener vida privada, intimidad, refugio físico y moral, lugar para la sexualidad. el confort o la cocina, en una palabra, a un hogar– se ha hecho impunemente un bien de consumo y de inversión inaccesible para una parte importante de la población

Para una gran mayoría de ciudadanos, adquirir una casa implica, en el sentido más literal de la expresión, hipotecarse la vida. Para otros sectores  acceder a una vivienda digna es simplemente imposible. Para los jóvenes, para las personas mayores sin recursos, para los nuevos y los viejos pobres urbanos y para multitud de inmigrantes el alojamiento ha dejado de ser un derecho. El lugar para vivir –curiosa expresión, que insinúa que más allá de sus puertas lo que hay no es vida– es hoy un objeto mercantil que se vende y se compra a precios que han experimentado un aumento salvaje en los últimos años. Las legislaciones-marco promulgadas por la Administración central o por la Generalitat son responsables, sin duda, pero no es menos cierto que muchos ayuntamientos han descubierto en la venta de suelo público a promotores inmobiliarios una fuente de recursos que reinvertir luego en políticas de autopromoción institucional y en campañas de imagen dirigidas a turistas y a inversores. Las grandes empresas dedicadas a la construcción y venta de pisos viven uno de sus mejores momentos, favorecidas por las buenas condiciones del mercado dinerario, pero también por la casi desaparición de la vivienda protegida y de promoción pública y a una oferta de alquileres escasa y cara.

Los efectos colaterales de este cuadro son diversos. En el caso de los jóvenes, el sorteo de pisos de alquiler de hace unos días demuestra hasta qué punto nuestros gobernantes municipales pueden reducir los problemas más graves a un show mediático. Frente a indignidades como esa, el movimiento okupa es una reacción del todo legítima. Los inmigrantes, a su vez, se ven abocados a un mercado de viviendas en mal estado en zonas degradadas que, además, intentan rentabilizar al máximo por la vía del hacinamiento o el realquiler. La situación se ve agravada por la desaparición por decreto de más de 200 pensiones asequibles, que ofrecían más de 4.000 camas en el centro urbano de Barcelona. Las pocas que han sobrevivido están orientadas al turismo y sus precios resultan prohibitivos para muchos. Además, estos establecimientos no son accesibles para los miles de inmigrantes ilegales –130.000 en Catalunya, según cálculos recientes–, en la medida en que han de presentar listas de huéspedes a la policía.

Todo ello ha acabado suscitando una oferta clandestina de pensiones ilegales, cobertizos o patios interiores habilitados, alquiler de balcones e incluso de armarios, “camas calientes” –lechos que se usan por turnos–, etc. En los casos más extremos, nos encontramos con auténticos campamentos de inmigrantes sin techo, como los que se levantaban en varios puntos de Barcelona –plaza Catalunya, parque de la Espanya Industrial, paseo Lluís Companys– hasta la masiva redada policial de agosto de 2001. En la actualidad, tenemos asentamientos de emergencia de acaso centenares de pobres y recién llegados en el Pont del Treball –véase el reportaje en EL PAÍS de 15 de marzo– y en los antiguos cuarteles de Sant Andreu, ambos debidamente escamoteados a la mirada de los viandantes.

En conjunto, todo ese panorama se constituye en una nueva forma de barraquismo: el barraquismo invisible, un chabolismo disperso y clandestino que advierte de la persistencia de problemas sociales graves asociados a la vivienda, que habían sido oficialmente superados y que se esconden por su incompatibilidad con la Barcelona en venta como negocio y como espectáculo. Es imposible conocer el número exacto de afectados por esa situación, pero seguro que son miles.

Barraca Barcelona sirvió para valorar hasta qué punto aquel barraquismo que va de los años 40 hasta su erradicación oficial a finales de los 80 debe ser reconsiderado. De entrada, reconociendo que existió, porque consignas oficiales como la de que Barcelona había existido de espaldas al mar olvidan que miles de barceloneses vivieron hasta no hace mucho en sus playas, en barrios como el Camp de la Bota, Somorrostro o Pequín. El rescate del conmovedor testimonio fotográfico de Esteve Lucerón sobre los últimos días de La Perona –expuesto en la Sala Reference, en la calle Sant Gil– es una aportación básica a esa vindicación de la memoria más humilde, pero también más digna y más heroica, de la ciudad.

Nadie pretendió hacer un elogio frívolo del barraquismo. Lo que se hizo fue advertir –como señalaba Oriol Bohigas en estas mismas páginas (EL PAÍS, 19 de febrero)– cómo aquellos asentamientos autoconstruidos y en gran medida autogestionados fueron, en no pocos aspectos, preferibles a los inorgánicos polígonos de viviendas que les sucedieron, lo que no en vano se llamó el barraquismo vertical. Pero también son superiores técnicamente –puesto que fueron una solución– y moralmente –puesto que al menos se veían– al actual barraquismo secreto en Barcelona, una ciudad en la que la pobreza y la fealdad parecen haber sido declaradas ilegales.




diumenge, 2 de juny del 2019

Algunes objeccions al concepte de "gentrificació"



Missatge pels companys i companyes de l'OACU a partir d'una conversa amb en Marc Morell, enviat el 24 d'abril de 2009,


ALGUNES OBJECCIONS AL CONCONCEPTE DE "GENTRIFICACIÓ"
Manuel Delgado

Estic discutint amb en Marc Morell a propòsit de la qüestió de l'anomenada "gentrificació", que els traductors i correctors oficials al nostre idiome solen traslladar com "ennobliment". En Marc està preparant una prometedora tesi sobre la renovació del centre de Palma de Mallorca.

El que li deia -i que segur que a ell no l'importa que ho comparteixi- és que gentrificació és una categoria que, per la seva vocació generalitzadora, hauria de merèixer una certa desconfiança. No es tracta que la descartem, però si que la utilitzem amb una certa prudència. Cal llegir coses sobre aquest tipus de dinàmiques. En primer lloc, d’ampli aspecte, per així dir-ho. Podríem partir de la inauguració, per així dir-ho, del terme, de la mà de Ruth Glass, en el seu treball sobre la substitució de població que estaven coneixent certs barris de Londres a la dècada dels 60 i que consistien en que famílies de classe mitja s’instal.laven en barris fins aleshores depauperats del centre de Londres. Neil Smith segueix la pista de com aquest tipus de dinàmiques es produeixen de manera esporàdica a ciutats com a Nova York fins a generalitzar-se a la dècada dels 90. Ara bé, el cert és que aquest terme ha acabat viciant-se, i s’està utilitzant ara per ara per fer referència a processos socials molt diferents entre si, tant pel seu origen com pels seus objectius. D’entrada, la gentrificació –és a dir el relleu de classe en el veïnatge d’un barri– que s’ha produït als Estats Units i a Europa ha estat ben diferent. Per exemple, és sols recentment que la gentrificació ha estat posada al servei de dinàmiques de revitalització de centres urbans o de certs barris fins fa poc populars.

Després hi ha dimensions econòmiques, político-institucionals, però també socio-culturals que són igualment particulars per cada cas i que obligarien a una tipificació bastant més matisada d’això que hem decidit anomenar gentrificació. Per no parlar del paper que juguen promotors, comerciants, veïns, usuaris, indústries culturals, i que impliquen convinatòries que també són originals en cada procés. En aquesta línia, l’autor de referència hauria de ser en Pierre Bourdieu, per la manera com entén la importància d’aquestes articulacions entre factors socioculturals, econòmics, simbòlics, etc. És a dir, estaríem davant un camp en el que es podrien aplicar moltes de les consideracions de Bourdieu sobre el gust com un mecanisme d’enclassament.

Se m’acudeixen més coses. Per exemple, el paper de la variable “classe”, considerada tan fora de la moda, però que en canvi en aquest tipus de fenòmens assumeix un lloc axial. És a dir, que una teoria de la gentrificació és al capdavall, una teoria de les classes, si més no una reformulació de la classe com a concepte... O no. Això és el que hauries d’esbrinar. Se’m van acudint coses. Per exemple, la valoració creixent de la mixtura social i ètnica, que està en la base de la posta en valor de certs barris; o l’atractiu de zones que tenen un estatut simbòlic associat a la classe obrera i que són cobdiciades per classes mitjes amb mala consciència social. El paper gentrificador de certes formes de lleure. O el que juguen sectors alternatius o fins i tot marginals, com certes formes d’”antisistema” o els homosexuals. En fi... Trenta mil coses.

Però l’important és que s'entengui que això que anomenem gentrificació implica el concurs i l’articulació d’estratègies residencials i immobiliàries que han de ser considerades des de la sensibilitat qualitativista de l’antropologia i això implica un reconeixement no la singularitat de cada cas, sinó en una perspectiva que avança com si fos en forma de cercles concèntrics. El més abastatiu seria el que atén dinàmiques urbanístiques de tipus macro, que afecten a ciutats i a regions, fins i tot a països, i dels quals el context de referència pot arribar a ser mundial, com hauria de passar-te en aquests moments amb els efectes de la crisi econòmica en la dinàmica que estàs considerant per la teva tesi, considerada en clau globalitzadora.

Li recomenava a en Marc que busqués dos monogràfics recents. L’un és d’Espaces et sociétés, el 132-133, del 2008, que es diu justament La géntrification urbaine. L’altre és de Sociétés contémporaines, i es diu Géntrification : discours et politiques, és del 2006 i el número és el 63. Si us els mireu veureu quin és l’estat actual de la qüestió i un bon grapat d’exemples concrets, cadascun d’ells diferents. Allà també trobareu fonts bibliogràfiques més que suficients de com s'està plantejant en aquest moment aquesta problemàtica. Hi ha un llibre excel.lent de C. Bidou-Zachariasen, dir., que es diu Retours en ville. Du processus de géntrification urbaine aux politiques de «révitalisation» des centres, Descartes, París, 2003.

Després algunes coses que m’han caigut a les mans darrerament, com el llibre de T. Butler i G. Robson. 2003. London Calling. The Middle Classes and the Re-making of Inner London, Berg, Londres (2003). Fa poc va estar per Barcelona la Monica Degen. La vam convidar a la lectura de tesi d'Isaac Marrero i a les jornades Cultura Viva. Em va regalar-me el seu Sensing Cities, Regenerating Public Life in Barcelona and Manchester, Routledge, Londres, 2008, la portada del qual il.lustra aquesta entrada. 

Molt bo. I una cosa que em va semblar interessantíssima i que et recomano: l’article de E. Charmes, 2005. "Le retour à la rue comme support a la "gentrification"", Espaces et sociétés, 2005, 115-135. Però hi ha moltes més coses i és cosa que vaig buscant i trobant referents i potencials models. Altres coses que es podrien fer: per exemple, un buidat de revistes tipus Urban Studies, per exemple. Segur que no hi ha número que no tingui coses que t’interessin. 

Una altra qüestió que li preocupava a en Marc era la de la mancança de treballs que abordin aquests processos des de l'antropologia. El que li he dit és que pensi que allò que atorga singularitat a la nostra perspectiva no és en absolut el seu objecte, sigui la gentrificació o qualsevol altre. El que fa un treball o una tesi antropològiques és l'aplicació de dos mètodes: l'etnogràfic i el comparatiu. És perquè t'acostes a les realitats que estudies i les mires d'a prop de forma sostinguda i perllongada i és perquè ets capaç de comparar el que estàs estudiant amb el que han estudiats altres en altres moments o/i llocs que pots dir que el que fa és antropologia.

Per tant pensa en això a l'hora de resoldre el que sembla preocupar-te. Què és fer antropologia? I hi ha treballs interessant que demostren la pertinència i l'aplicabilitat de la nostra forma de treballar. Penso ara, sense anar més lluny, en els treball d'Ubaldo Martínez, com ara Pobreza, segregación y exclusión social (ICA). Al nostre Departament hi ha un parell de tesis recents que són igualment exemples: la de Jaume Franquesa, i la d'Irene Sabaté, totes“Ein Zuhause. Etnografia del aprovisionamiento de vivienda en el barrio berlinés de Friedrichshain”, totes dues dirigides per la meva col.lega Susana Narotzsky,

A més, no s'hab d'oblidar dos treballs magnífics fets per persones properes al nostre grup de recerca, el GRECS; dos treballs que són ja clàssics, i que, tot i que aborden centralment el tema de la immigració, ho fan en contextos definits per la transformació urbana i urbanística: el de Nadja Monnet, La formación del espacio público (Catarata) i el de Mikel Aramburu, Nosotros y los otros (Ministerio de Educación y Ciencia).

I parlant de gentrificació. L'altre dia vaig tenir una interessant discussió amb Josep Maria Muntaner, Zaida Muxí i Jorge María Jaúregui, per cert l'autor del programa Favela Barrio de Río de Janeiro, destinat a urbanitzar les faveles de la perifèria urbana de Rio. Justament en Josep Maria va expressar-me la seva desconfiança envers la noció de "gentrificació". En canvi, és a ell que li dec una expressió francament feliç per a descriure les dinàmiques de transformació sociomorfològica que s'amaguen darrera la idea de "diversificació": “gentrificació homeopàtica”, aplicada a les intervencions derivades de la Llei de Barris. L'utilitzava a un article sobre les intervencions derivades d’aquella Llei, el 26 d’octubre de 2006, titulat “Viviendas, barrios y paisajes”. Allà es podia llegir: “Podemos calificar este proceso de rehacer centros históricos deteriorados, polígonos depauperados y periferias desestructuradas como una especie de gentrificación homeopática”. 



dimecres, 28 de juny del 2017

Elogi de la ciutat dormitori

Foto d'Alex Burgaz
Aquest és un fragment del text "Vida en bloc", escrit per al catàleg de l'exposició de Pedro G. Romero, "La ciutat buida", celebrada a la Fundació Tàpies el 2006, a propòsit de Badia del Vallès. 

ELOGI DE LA CIUTAT DORMITORI
Manuel Delgado

La qüestió és saber si realment la virtut cohesionadora de la lluita i de la festa hagués pogut conèixer els fruits que va recollir a indrets –ciutat?, barri?, poble?– com Badia. Topem aquí amb la crítica fàcil contra les agrupacions d’habitatges en blocs que ha estat dominant en els darrers anys des de pràcticament tota les instàncies amb competència sobre la qüestió del creixement urbà. Aquesta defensa no ignora –ans el contrari– els innombrables defectes d’aquest tipus d’edificació, com a conseqüència de les condicions de sotmetiment al principi de benefici i la pèssima qualitat arquitectònica de la majoria de projectes, però si que subratlla és que la forma d’agregació dels habitatges i la provisió d’espais per la trobada –de banda d’altres mèrits, com ara les noves formes d’habitalitat o l’evidència que realment ni hi havia alternatives habitacionals pels grans canvis demogràfics que van experimentar les societats urbanoindustrials europees, incloent-hi l catalana– va potenciar expressions de vida col•lectiva una de les quals va ser justament la de la mobilització per la lluita social o el seu parent i al temps simulacre: la festa, com a reclamació i obtenció del dret a l’ús intensiu i no instrumental de l’espai públic. Amb tots els seus immensos defectes, la construcció de conglomerats de blocs implicà, en un cert moment, una definició de les expansions urbanes i de la ciutat mateixa col•locant en primer terme la qüestió de l’habitatge social, que adquiria així un protagonisme que ni havia tingut mai, ni recuperarà posteriorment.

Aquest estil de creixement urbà comença a rebre crítiques sistemàtiques i generals a partir dels anys 70. Badia –no s’ha d’oblidar– és, tot i ser presentat com un model de futur per les autoritats del moment, pràcticament el darrer polígon d’habitatges que s’aixeca a Catalunya. Entre les causes que determinen el seu abandonament –no sols aquí, sinó gairebé a tot arreu– figuren sens dubte el seu fracàs en ordre a articular-se en criteris d’ordenació territorial més ample, l’arbitrarietat de les seves ubicacions territorials, l’evidència que no s’havien tingut en compte multitud de factors infraestructurals i de comunicació, la seva inviabilitat econòmica i funcional…, entre altres factors. Caldria considerar si entre aquests factors no hauria de figurar en lloc destacat l’evidència, perfectament constatada des de les corresponents instàncies de control social, que aquest tipus d’agregacions humanes acabaven constituint un nucli de conflictivitat difícil de fiscalitzar políticament i complicat de sotmetre en quant experimentava algun dels seus periòdics esclats de ràbia. I això és vàlid tant pel cas en el que aquests conglomerats es convertien en focus de marginació autoorganitzada, com en els casos coetanis, com ara el Polígon Gornal o La Mina, com quan esdevenien en referents de lluita de classes, com el cas de la pròpia Badia i tantíssims altres a l’àrea metropolitana de Barcelona i a tot arreu on es van edificar.

De fet, en bona mesura el sistema de blocs implicava una alternativa a l’amuntegament de la classe treballadora en determinats barris vells o en centres urbans, fàcils de tancar amb barricades i en els quals els sectors més ingovernables de la ciutat podien fer-se forts i resistir l’assetjament de la policia i fins i tot de l’exèrcit. És ben sabut que aquesta tendència de les classes treballadores europees a tancar-se en barris intricats i convertir-los en fortins insurreccionals –de la qual, per cert, Barcelona havia estat un exemple més destacat– és el que havia justificat en bona mesura les actuacions urbanístiques d’esponjament i higienització urbanes al llarg dels segles XIX i XX, de les quals la de Haussman a París en seria el paradigma. Ara bé, aquesta alternativa consistent en endur-se a la classe obrera als suburvis periurbans i allunyar-la dels nuclis urbans va comportar resultats imprevists, entre ells el de permetre formes de convivència que tampoc eren tan distintes de les de veïnatge tradicional i que havien permès fer del barri, com a unitat de copresència física, una mena de cau per l’autoorganització de cara a la defensa dels seus interessos de classe.

Els exemples de fins quin punt les ciutats-dormitoris van conformar-se en epicentres d’activitat impugnadora del sistema social i polític dominant són nombrosos i trascendeixen, en el cas català i espanyol, el marc de la resistència antifranquista al que moltes vegades han volgut ser relegats. De fet, Badia s’inaugura pocs mesos abans de la mort del dictador i les seves lluites es desenvolupen en la transició nominal a la democràcia i posteriorment. Encara més espectacular és el cas del que sens dubte ha estat la més gran explosió de lluita veïnal que ha conegut Catalunya en les darreres sis o set dècades: la revolta del barri del Besòs a finals del 1990, ja en plena etapa “democràtica”. En aquella oportunitat –com segurament no es recordara– els veïns d’aquell barri van protagonitzar una protesta extremadament violenta contra el projecte d’edificar en uns terrenys inicialment destinats a equipaments, en una intervenció que formava part de les transformacions del delta del Besòs que precediren tant les Olimpíades com, sobre tot, les del fracassat Fòrum 2004. Allò, que la premsa va batejar com “la intifada del Besòs”, va suposar l’ocupació policíaca del barri davant les protestes i, després de diverses batalles campals d’una intensitat mai vista, en el que tots dos bàndols van fer ús fins i tot d’armes de foc, les obres es van paralitzar i finalment van ser abandonades. Aquella revolta es va produir completament al marge –més aviat en contra– dels partits polítics, ignorant els discursos ciutadanistes que aleshores ja començaven a ser assumits com els predilectes per les institucions i assumint una condició inequívocament obrera, és a dir de classe.2

D’igual forma que aquesta vinculació entre moviments socials i polígons d’habitatges no pot limitar-se al període de la lluita antifranquista, tampoc pot restringir la seva especificitat al cas espanyol. Fixem-nos en el cas estudiat per Manuel Castells i un equip d’investigadors per ell dirigit, del grand ensemble francès per excel•lència, el de Sarcelles -recollit a La ciudad y las masas (Alianza)-, finalitzat l’any 1974, amb 13.000 habitatges i més de 60.000 habitants en aquell moment. Allà es van desenvolupar lluites socials de gran entitat contra l’Estat, en tant que administrador del creixement urbà del qual els veïns d’aquella ciutat-dormitori se’n sentien víctimes. La tesi de Castells és que el que es va produir allà és una translació al camp veïnal d’una dinàmica gairebé idèntica a la que havia produït el primer sindicalisme obrer a mitjans del segle XIX, en la mesura que els alts nivells de socialització dels entorns habitats que van conèixer els habitatges de masses van descobrir un seguit d’interessos comuns, en una unitat de veïnatge que reproduïa les condicions de concentració capitalista de la producció i la gestió que havien conegut les grans concentracions fabrils de la revolució industrial i que estaven a l’origen dels primers sindicats obrers.4 Això es podria traduir, caldria afegir de la nostra banda, que no és el mateix la lluita dels veïns-obrers, en tant que obrers, fent-se forts en els seus barris en les grans revoltes urbanes contemporànies, que la lluita dels veïns-obrers, en tant que veïns, als grans conglomerats d’habitatges que envoltaven les grans ciutats europees als anys 60 i 70. S’està parlant doncs de com en aquestes condicions es podia produir per primer cop una percepció en clau de lluita de classes del significat del fenómen urbà.5

Entra qüestió aleshores un aspecte fonamental en la vella discussió sobre el valor i el sentit de l’urbanisme produït pel Moviment Modern en matèria d’habitatge de masses. Si es posés l’accent en la seva avaluació positiva en termes de progressisme, tindríem que, per criticables que foren pel que fa a les condicions de projectació, execució, assignació, manteniment, etc., iniciatives com les de Badia van respectar elements d’aquell projecte modern de grans nucleacions orgàniques de vivenda social que es derivaven directament de la seva inspiració sindicalista, com ara l'adopció d’illes obertes, la incorporació de centres cívics i sobre tot l’apologia que constituïen del model d’unitat de veïnatge. Si, per contra, enfrontem les propostes racionalistes de grans concentracions aïllades de veïnatge obrer com una estratègia al capdavall reaccionària, destinada a generar conformisme entre els treballadors, el que tindríem és que la situació acabaria propiciant més tard o més d’hora que els conflictes latents acabessin esdevenint oberts i tot plegat fes posible l'aprofitament de tals espais comuns per a finalitats no desitjades.

Hi ha raons que farien plausible aquesta presumpta voluntat d’evitar a tota cosa la concentració de les noves i les velles “classes perilloses”, és a dir aquells grups socials que per una causa o una altra poguessin resultar ingovernables, evitar que poguessin enrocar-se per conspirar o per defensar-se en allò que fou la intricada trama de certs barris antics de les grans ciutats i més tard les grans concentracions de blocs “socials”. De fer, la realitat és que aquesta condició problemàtica dels polígons d’habitatges s’ha mantingut arreu d’Europa, com ho demostra el fet que aquest tipus de conglomerats a les zones periurbanes del Regne Unit, de França o de Bèlgica siguin periòdicament escenari d’esclats d’allò que els mitjans de comunicació titllen de “violències urbanes“, autèntiques revoltes protagonitzades per les noves expressions actuals de la classe obrera, alimentats en bona mesura per la immigració extracomunitària. La pel•lícula La Haine, dirigida per Mathieu Kassovitz al 1994, descriu d’una forma ben encertada aquest clima d’hostilitat contra el sistema que ha quallat en nombroses d’aquestes ciutats-dormitori en aquest cas de l’extrarradi de París. Altres països del món en serien igualment proveïdors de proves. Pense’m, per exemple, en el paper fonamental que han jugat els blocs 23 de enero a Caracas en la consolidació política del chavisme a Venezuela. Molt més a prop, a l’àrea metropolitana de Barcelona, s’ha mantingut la tensió a zones en les quals la marginació ha estat condemnada a viure recluïda, però on també ha rebut la possibilitat d’organitzar-se per la seva autodefensa. El setge policíac a Sant Cosme, al novembre de 2003, en seria un cas significatiu, com ho seria que la promesa reforma de La Mina hagi començat per la ubicació d’una ben visible comissaria dels Mossos d’Esquadra, que, en el nostre cas, recorda inevitablement la instal•lació d’una casa-cuartel de la Guardia Civil a Badia del Vallès.

Cal reconèixer que la hipòtesi segons la qual les dificultats a l’hora de controlar políticament i policialment les ciutats-dormitoris va ser una de les raons que va determinat el seu abandonament com a tipologia a practicar és agosarada, tot i que plausible. Ara bé, el que hauria d’estar clar és que entre aquests factors que –incloent-hi aquell o no– van provocar el declivi dels barris populars de blocs no figura el de la solució definitiva dels problemes d’acomodament dels més desfavorits que van provocar la seva generalització. Les abominables i abominades ciutat-dormitori dels seixanta i setanta van resultar d’una intervenció pública que va assajar solucions a un cada cop més aguditzat problema de l’habitatge, un problema que fins aleshores havia estat alleujat a través de la igualment detestable solució de l’autoconstrucció en agrupacions xabolistes. Per descomptat que tant una solució com l’altre van ser indesitjables i és difícil justificar un elogi tant de l’infravivenda barraquista com de la construcció gairebé fraudulenta de blocs en pèssimes condicions. Ara bé, eren certament solucions, i solucions a un problema que no ha deixat mai d’existir, si és que en certs sentits no s’ha aguditzat amb la persistència d’una demanda que continua ben activa: la dels joves que volen constituir noves llars, la de la gent gran que sols pot pagar llogers molt baixos i, un cop més, com sempre, la provinent de la immigració.

No és qüestió de recordar en aquestes pàgines les dimensions del problema de l’habitatge a la Catalunya d’ara mateix, però si que l’alternativa a les velles polítiques de construcció social –de les quals Badia fou un exponent– no han estat noves polítiques de construcció social, sinó la dimissió d’entendre la vivenda com un servei públic i la renúncia quasi absoluta a plantejar-se la qüestió de la seva inaccessibilitat per una bona part de la població. És més, sembla que la situació s’inverteix. Si als 60 i 70 es va poder ser testimoni d’expropiacions massives de sòl privat per part de l’Administració, ara són els Ajuntaments –incloent-hi el de Barcelona i l’àrea metropolitana– els que es deixen expropiar per les immobiliàries, en la mesura que han descobert que posar terrenys públics al servei de la promoció privada i l’especulació constitueix una de les seves grans fonts de recursos, sinó la més important. Tot en un marc definit per la quasi desaparició de l’habitatge protegit i de promoció pública, una oferta de lloguers cada cop més escassa i més cara i àdhuc la desaparició de les pensions barates al centres urbans deteriorats, que eren el darrer recurs de les persones amb una situació més precària. Cal preguntar-se quans d’aquells objectius, plantejats en plena época porcionalista a Barcelona, se’n acomplert o, més aviat, si no s’ha acabat anant en la dirección justament oposada, que és la d’agudització de tots aquells obstacles que impedien fer del disseny de ciutat un compromís realment públic.

En un moment en el que l’augment del preu de l’habitatge ha assolit nivells demencials –un 120 % entre 1996 i 2004– i en el qual l’especulació immobiliària compta amb la complicitat quan no el concurs de l’Administració, s’enyora una intervenció estatal que –d’una manera ben distinta que en èpoques anteriors– busqui i trobi solucions justes, en el sentit que estiguin en condicions de garantir la naturalesa de l’habitatge com un dret fonamental. Per desgràcia, és possible que aquestes alternatives a les demandes públiques de vivenda continuïn constituint un afer menor en les agendes governamentals i que els Ajuntaments segueixin sent guardians i garants del gran moment que viuen les grans empreses dedicades a la construcció i venda de pisos. L’habitatge sols és un problema per les persones que busquen casa i no poden pagar-se-la als preus actuals, però no per l’Administració, ni tampoc per l’arquitectura ni per la projecció urbana, que en el darrer quart de segle, si més no a Catalunya, ha viscut consagrada a les iniciatives espectaculars i grandiloqüents vinculats al marquèting urbà.8 Contempli's les guies d’arquitectura moderna a l’àrea metropolitana i es comprovarà que, a partir de l’anomenada transició democràtica, la preocupació central a Barcelona i la seva perifèria ha estat la de generar “espais públics de qualitat” –eufemisme per referir-se a la sistemàtica arquitecturització del carrer i de la plaça– i equipaments “de prestigi”, encarregats sovint a divos de l’arquitectura internacional. Però a penes cases per viure-hi, i menys cases perquè visquin unitats domèstiques de recursos escassos.

Ara bé, si per ventura la preocupació per l’habitatge social es recuperés i es reprengués el paper central de la gestió pública en el creixement urbà està clar que no es traduiria en una revifalla del que foren les polítiques de grans conjunts residencials per les classes populars, ni la tipologia dels desprestigiats polígons d’habitatges, ni tant sols atorgant-li la qualitat i la dignitat que Badia i tants altres casos similars van veure escapolides. I és probable que en el descart d’aquest tipus d’opció figuri el fracàs d’aquest format urbanístic en ordre a purgar la vida urbana de la seva crònica tendència al conflicte i la seva predisposició a esdevenir justament el contrari del que es preveia que fossin, és a dir nuclis des dels quals els poderosos reben notícia de la consubstancial condició ingovernable de les ciutats.




dilluns, 8 d’abril del 2013

Vida d'Ariadna Pi. Preàmbul. La prehistòria immediata de la PAH i la primera aparició als media d'Ada Colau (octubre 2006)



No s'insistirà prou en que els èxits que a tots els nivell i en diferents escenaris està tenint la Plataforma d'Afectats per la Hipoteca no són flor d'un dia, sinó el fruit d'anys de lluites pel dret a l'habitatge i contra els abusos d'immobiliàries i bancs. Abans que la PAH varen existir V de Vivenda o la Plataforma por una Vivienda Digna que entre els anys 2005 i 2007 van tirar endavant diverses iniciatives de lluita que a Barcelona van adreçar-se contra les polítiques urbanístiques de l'Ajuntament de Barcelona, que convé recordar que estava administrat pel PSC, IC-EUiA i ERC, els partits que fa uns dies es presentaven com la base per un nou front que plantés cara a una situació de la que ells mateixos van ser els seus responsables inicials quan tenien el poder a la ciutat. No cal dir que aquests moviments van ser sovint titllats d'"antisistema" i resultaren no poques vegades víctimes de la repressió policial també a càrrec dels mateixos partits "d'esquerres" que governaven tripartitament la Generalitat, tot i que no tant com el moviment okupa, amb qui es van i es conitnuen ensenyant, com va quedar ahir palés amb el desallotjament del Casal Popular de Gràcia.

Com un recolzament a les mobilitzacions contra aquells desnonaments provocats per les dinàmiques de gentrificació i el mobbing immobiliari –sovint exercit aleshores per les pròpies institucions – van aparèixer col.lectius que concebien i executaven accions de protesta d'una certa gosadia, basats en la irrupció i interrupció de petites xusmes en llocs i moments significatius. Un d'aquests grups es deia Ariadna Pi i m'agradaria explicar la seva història. Que enguany hagi rebut un Òscar una pel.licula titulada "Vida de Pi" m'ho posa fàcil per titular aquesta sèrie d'entregues explicant la biografia del grup i les seves malifetes a mitjans de la passada dècada.

Com aperitiu i tall d'il.lustració d'aquest pròleg, us n'ofereixo una mostra: la guerra de pijames organitzada a l'Ikea de l'Hospitalet el divendres, 13 d'octubre de 2006. Com en d'altres casos, el col.lectiu dissenyava i "produïa" les accions i les posava al servei de mobilitzacions concretes. En aquest cas la "beneficiaria" de la moguda era la Plataforma per una Vivenda Digna i la seva campanya "No tindràs una casa en la puta vida!", que feia poc, el 30 de setembre, havia aconseguit aplegar entorn de 15.000 persones a una manifestació a Barcelona.

De les imatges de la notícia al respecte a Tele 5 us demano que us hi fixeu en diverses coses. La primera és que l'acció acaba amb una guerra de coixins, exactament igual que la concentració de joves a plaça Catalunya del proppassat diumenge 7 d'abril, el que implica la insinuació que els convocants havien vist les imatges. L'altra cosa és que crec que és la primera intervenció d'Ada Colau en un mitja de comunicació, si més no que jo sàpiga. Per últim, i si no teniu altra cosa a fer, us convido a repassar les cares de la gent que hi surt. A veure si coneixeu algú.

[Les imatges les he agafat del bloc de Sant Joan de Deu Serveis Socials, Barcelona,  sensellarsjd.wordpress.com/]




dimecres, 13 de febrer del 2013

Estás llamada a ser una dirigente


La foto es de Laura Guerrero para La Vanguardia

Comentario para Laura López, doctoranda.

ESTÁS LLAMADA A SER UNA DIRIGENTE
Manuel Delgado

Ciertamente se desprenden varias lecciones del éxito de la ILP de ayer. Una de ellas es sin duda que el mérito le corresponde en buena medida a gente que no ahora, sino hace muchos años que está luchando por el derecho a una vivienda digna. Mucho antes de que esta vindicación de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca prendiera en una mayoría de la población y se convirtiera en un clamor, durante muchos años, hubo personas que estuvieron jugándose el tipo y la libertad por esa causa que ayer conocía un triunfo importante. Esa avanzadilla de la lucha contra la especulación inmobiliaria la constituyeron hace años individuos y colectivos que tuvieron que padecer acosos, violencias y detenciones, gente de movimientos sociales –entre ellos el okupa– que sufrieron  la etiqueta de “violentos” y “antisistema”. Ahora no sólo se le da la razón, sino que consiguen que muchos, casi todos, se pongan de su lado y les den la razón. Vaya pues un saludo de homenaje y reconocimiento a quienes supieron asumir en solitario y bajo hostigamiento largos años de un combate que ahora conoce sus frutos. Porque esa es una moraleja importante que hoy hay que extraer: realmente mereció la pena luchar.

Por cierto. Un saludo a Enric Duran, prófugo desde ayer de la injusticia. Me hizo gracia vernos aparecer juntos en unas imágenes de TV3 de su reaparición en escena en un acto en la UB. Y, por cierto también, que curiosas las imágenes, también de ayer, de los diputados de Izquierda Plural que ayer aplaudían con entusiasmo en el parlamento a la gente de la PAH que asistía al espectáculo de su propia victoria. Me pareció reconocer a algunos que hace cuatro días les llamaban también “violentos” y “antisistema” y les enviaban a los mossos para que les aporrearan. ¡Cuántas cosas tendrán que hacer los/las de Iniciativa/EUiA para que les perdonemos! Es difícil olvidar los años en que fueron cómplices directos del saqueo y la destrucción de Barcelona a manos de la violencia inmobiliaria y la especulación urbanística. Es difícil olvidar la brutal represión con que los gobiernos del tripartito -con IC en Interior- se ensañaron con quienes ahora tanto aplauden. ¿Te acuerdas, ST? Las vueltas que da la vida, ¿verdad?

Todo esto tiene que ver con Ada Colau y lo que apuntabas en tu comentario de hace unos días. Hay que recordarle a quien corresponda que esa mujer no es un fruto del fru-fru de la actualidad mediática. Ada no sale de la nada, y perdón por el pareado. Hace mucho que ella a quienes representa –le guste o no– están ahí, dale que le pego, diciendo bajo palos y menosprecio lo mismo que ahora todos acuden a elogiar. La recuerdo sentada una noche con más gente a la puerta de Miles de Viviendas, esa institución del movimiento okupa que cambiaba de sede a cada desalojo y que en aquellos finales de junio de 2006 estaba en la Barceloneta. Luego los orcos d’esquadra que mandaba Saura los echaron también de allí, pero aquella noche de verano estaban celebrando con una pequeña fiesta a la fresca la puesta en libertad de los miembros del colectivo que habían sido detenidos por una protesta contra el CIES de la Zona Franca.

No era la primera vez que nos encontrábamos. Siempre coincidíamos en alguna que otra historia de estas. De hecho vivimos algunas aventuras juntos de las que guardo un hermoso recuerdo, aunque acabaran conmigo en comisaría alguna vez. Era la época en que Ada estaba en V de Vivienda, un movimiento que en la segunda mitad de la pasada década logró movilizaciones importantes, incluyendo manifestaciones de miles de jóvenes y protoacampadas en Plaça Catalunya. Recuerdo que me invitó a presentar el libro que habían hecho los de V denunciando la burbuja inmobiliaria y anunciando lo que pronto iba a ser su estallido, cuyas consecuencias estamos conociendo ahora. Era mayo del 2006 y el libro se titulaba El cielo está enladrillado y fue una prueba más de la generosidad de José Luis Ponce al frente de la Editorial Bellaterra, que se lo publicó gratis. Hubo más ocasiones. Estuvimos juntos en una acto de la CUP presentando una campaña sobre vivienda y urbanismo en la Rambla del Raval en octubre de 2010. Le agradezco particulamente que aceptara la invitación que le hicimos desde la Associació d'Expresos polítics para que interviniera como expresión de los movimientos sociales en el acto de homenaje a los procesados por el TOP en marzo de 2011. Por cierto, tengo colgada en el blog su intervención completa.  

Pero si cuento todo esto no es sólo por la pequeña vanidad personal que supone reclamarme como amigo de Ada, sino por algo mucho más serio, que es porque de alguna manera todo ese proceso ha acabado forjando en ella lo que, le guste a ella o no, es: una líder, y una líder carismática, legitimada por una autoridad que le han concedido los dioses y las diosas de las calles y los combates, que es de quienes una líder revolucionaria recibe su gracia. Lo planteo, como se ve, reconociendo la naturaleza misma del concepto de carisma como aquel don que se recibe desde una instancia percibida como de alguna manera sobrehumana que inviste a quien lo recibe como digno no sólo de mandar, sino de ser obedecido. Supongo que se estará viendo que me remito a la tipificación que Max Weber hacer la autoridad carismática. Autoridad como algo distinto del poder: el poder consiste en ordenar; la autoridad es algo distinto: es la probabilidad de obtener obediencia voluntaria. Y carismática, puesto que procede no de un autorización funcionarial o  administrativa –como la autoridad burocrática–, ni tampoco de la tradición, sino de la posesión de una virtud especial e irrevocable percibida como procediendo de la personalidad misma de quien la detenta, bendecida por y desde alguna esfera inefable cuya naturaleza no es propiamente natural y que confiere a quien la recibe una humanidad superior a la del resto de mortales.

Ahora bien, ¿de dónde procede en realidad esa autoridad que un efecto óptico hace creer originada en lo hondo y de algún modo de arriba? La respuesta debe ser clara: esa fuerza de aspecto sobrehumano y sobrenatural es en realidad una fuerza profunda y radicalmente social; procede, arranca, surge, empuja desde abajo. Nace no del cielo, sino del suelo. Es de ahí donde clave sus raíces y de donde obtiene la fuerza que irradia y atrae. Expresa sintéticamente y encarnándose en quien se presta a ello energías, sentimientos, ideas, anhelos, intereses que son siempre colectivos, que estaban ahí, latentes, dispersos, sin forma, esperando la aparición de alguien en condiciones de dejarse poseer y guiar por ese colectivo humano que de pronto se ve cegado por la luz que parece originada en el o la líder, pero que es surge de ese colectivo y que encuentra en él o en ella algo así como un espejo que devuelve el destello que recibe. En una palabra: si el líder o la líder se hacen obedecer es porque son ellos quienes en realidad obedecen, que atienden en la voz del o de la líder una palabra que les dice.  

Esto es importante por cuanto advierte de lo poco serías que resultan las jaculatorias contra los liderazgos y la tonta manía de proclamar que no se quieren o no se aceptan líderes. Está claro que en cualquier efervescencia colectiva que implique la voluntad de modificar o simplemente impugnar unas determinadas condiciones dadas del presente, hay líderes. En estos casos, la localización de personas que se presten a jugar ese papel de encarnación y de síntesis de lo colectivo es inevitable y automática. Así, por ejemplo, en los movimientos de indignados cualquiera estaba en condiciones de reconocer a los o las líderes, incluyendo a la policía siempre presta a detectar lo que en su lenguaje llamaría los o las “cabecillas”. En ese sentido, es posible que en el 15M nadie creyera en líderes, pero haberlos los había.

Digámoslo claro. Ada Colau no puede elegir si se convierte en líder o no. Que lo sea o no no depende de su voluntad, sino de la nuestra. Además no se da cuenta cómo su empeño en negarse en a ser una líder y en ir diciendo que “no representa a nadie” empeora las cosas para ella –lo creo firmemente– que sin duda es sincera en su modestia. No parece darse cuenta de que sus escrúpulos son la prueba de que ella es realmente quien niega ser. Lo siento, pero su papel me recuerda cada vez más al del protagonista de “La vida de Brian”, la famosa película de los Monthy Pyton. “Solo el verdadero Mesías niega su divinidad”, proclama uno de sus seguidores, que reconoce en Brian quien niega ser. A su vez, Brian acaba convencido de la inutilidad de su resistencia, puesto que no puede liberarse de aquellos que le siguen y de la convicción que comparten que él es el Esperado. Pues el caso de Ada es idéntico. Alguien debería convencerla que ya puede decir lo que quiera: ella es una líder no porque ella lo haya decidido así, sino porque lo hemos decidido nosotros, sus seguidores.

He dicho seguidores, pero hay que repetir que si la seguimos es porque ella nos sigue, porque nos ordena hacer lo que queremos hacer. Por eso es una líder carismática, que no tiene que ver nada con la verticalidad que aparenta, puesto que en realidad su cualidad es la de alguien cuya personalidad responde a impulsos que no proceden sino de esa horizontalidad que ella misma resume.

Por descontado que la historia de los movimientos revolucionarios está repleto de personalidades como Ada Colau. Siempre y en todos sitios, las revueltas contra el invasor o el opresor han sido encabezadas por un hombre o una mujer que de pronto venían a reunir y proyectar la energía colectiva. Ellos y ellas han sido por eso reconocidos por líderes por sociedades o segmentos sociales en lucha que se reconocían en ella o en él lo que, según el contexto cultural, podía ser un profeta, un enviado de los dioses o los antepasados o una encarnación de la Razón histórica: el Mahdi, Gandhi, Savoranola, Lenin, Durruti, Juana de Arco, la Pasionaria, Abd el Krim, el Che… Una circunstancias históricas, un malestar colectivo, un ansia de liberación…, y tarde o temprano el Elegido o el Esperado son reconocidos y nombrados entre la multitud como aquel o aquella que debe guiarnos, puesto que es él o ella quien nos venía siguiendo.

En otras épocas que tu y yo recordamos, ST, lo teníamos más claro y no nos andábamos con tantas complicaciones. La labor de agitación y propaganda que el activista político asumía era justamente esa. Éramos leninistas y entendíamos la necesidad técnica de líderes que se pusieran al frente de las movilizaciones de masas. Nuestro objetivo era dar consignas que la gente pudiera hacer propias y seguir. Pero, atención, teníamos claro que esas consignas no podían ser las de la organización o del partido. Si las consignas conseguían su efecto movilizador era porque habían sido la consecuencia de la labor de masas, es decir de estar ahí escuchando y viendo lo que la gente en las aulas, en los barrios o en las fábricas decía y hacía y analizando luego esas necesidades y esos estados de opinión para sintetizarlos luego en iniciativas y lemas. Una frase del Libro Rojo de Mao resumía a la perfección esa premisa: “Partir de las masas, para volver a las masas”. Es decir, trabajar entre las masas para regresar a ellas con propuestas que concretan lo que de manera dispersa o latente ya pensaban y deseaban. Sólo quien obedece a las masas es obedecida por ellas, porque con ello se obedecen a sí mismas, pero no como una suma de individuos, sino como una totalidad pensante y sintiente.

Hay que repetirle a voces o al oído a Ada lo que ella ya sabe, ese papel que exigimos que ejerza y que ha de obedecer, puesto que queremos y necesitamos que nos sirva. la misma evidencia con la que Bertolt Brecht concluía su poema “Loa al estudio”: “Repasa la cuenta / tú tienes que pagarla / Estás llamado a ser un dirigente”.




dimarts, 7 d’agost del 2012

"Apuntes sobre dos años de movilización y perspectivas de ruptura democrática en el Reino de España", un artículo de Luis Juberías, Edgar Manjarín, Quim Cornelles, Ayoze Alfageme y Celestino Sánchez


APUNTES SOBRE DOS AÑOS DE MOVILIZACIÓN Y PERSPECTIVAS DE RUPTURA DEMOCRÁTICA EN EL REINO DE ESPAÑA
Luis Juberías, Edgar Manjarín, Quim Cornelles, Ayoze Alfageme y Celestino Sánchez 

El 19 de julio de 2012 muchos centenares de miles de personas salieron a la calle en 80 ciudades del Reino de España. Convocaban los dos sindicatos mayoritarios, pero también todo el resto del movimiento sindical (incluido el nacionalista), asociaciones profesionales de todo tipo, partidos, colectivos, asambleas de barrio y movimientos variopintos. Era impresionante ver a los policías como los manifestantes más activos y decididos. Según las encuestas, hasta un 80% de los ciudadanos, incluidos un 40% de los votantes del PP, simpatizaba con la convocatoria. Marcharon unidos contra un paquete de medidas aprobado por el gobierno del PP que incluía reducir el subsidio de desempleo, el aumento del IVA en los productos básicos y la eliminación de una paga extra a todos los funcionarios. Un tiempo atrás estas contrarreformas hubieran parecido imposibles, cierto, pero aún así sería iluso pensar que esta unión surgió de golpe.

¿Qué hay de la confluencia en las calles en la huelga general del 29 de marzo de 2012? Una huelga por primera vez coprotagonizada tanto por los sindicatos de trabajadores como por el movimiento ciudadano; con activistas y estudiantes jugando un papel clave en las acciones de bloqueo; con huelga de consumo; con acciones hacker, y una fuerte movilización en las redes sociales y en las calles. ¿Y en las movilizaciones por la sanidad, la educación y la universidad pública, por la defensa de derechos, contra los planes de destrucción del territorio? ¿Y en la marcha minera, impulsada por sindicalistas del sector de la minería? Son cada vez más los ámbitos de la vida social que se están politizando a medida que se ven acorralados por la crisis. De ese abrupto despertar en un lado y en otro surgen todo tipo de complicidades, sinergias, alianzas y gestos de solidaridad. No bastaría un análisis de unos pocos actores de la izquierda social para comprender la inclusividad de este proceso incesante de readaptación.

La ruptura del pacto de clases y  la  pérdida de legitimidad de las instituciones

Son tantos los cambios de escenario de un breve período a otro, que resulta difícil elegir, entre tantos, la situación que escenifique de forma más rematadamente diáfana la ruptura del pacto de posguerra, aquél que sigue a la derrota del nazi fascismo con una correlación de fuerzas favorable al movimiento obrero y con la amenaza del comunismo como alternativa. Lo que es indudable es que nos encontramos en el período de culminación del fracaso de las estrategias capitalistas que se pusieron en marcha, hace alrededor de tres décadas, para tratar de remontar la tasa de ganancia: remundialización de la economía, neoliberalismo (con sus privatizaciones y ofensivas antisindicales) y financiarización. Éstas dieron lugar al fortalecimiento de una oligarquía financiera y a la gran divergencia: los salarios reales se estancaron y  la polarización de rentas aumentó sin parar. Ante la crisis del 2008, los últimos rescoldos de la autonomía de lo político, de la efectividad de la democracia limitada (y soberanía monetaria) que gozábamos en Europa occidental, se extinguen. La ruptura unilateral del pacto social por parte de los de arriba niega la base material (margen democrático para decidir políticas y garantía de derechos) y por tanto realidad, a la institucionalidad establecida. Reemerge el conflicto social en toda su crudeza.

En el Reino de España pueden señalarse al menos dos momentos especialmente significativos:

El 10 de mayo de 2010, el presidente Zapatero, que había afirmado que el Reino de España no estaba en crisis y que la banca española era la más robusta del mundo, que había coqueteado con políticas anticíclicas basadas en la inversión en infraestructuras, da un giro a su política y anuncia que para evitar una intervención de la Troika es necesario apretarse el cinturón. Dictamina una rebaja general de salarios a los funcionarios (un 5% de media) y anuncia una reforma que “flexibilice” el mercado laboral (abaratando el despido). Los sindicatos convocan huelga general el 29 de septiembre, que tiene un buen seguimiento y donde se experimenta con comités ciudadanos de apoyo en los barrios. No consiguen una rectificación del gobierno, pero consiguen sentarse a negociar y cerrar un acuerdo en la siguiente reforma: la elevación de la edad de jubilación a los 67 años. Es a principios de 2011. Vuelven a sentirse un actor institucional respetado en la concertación y se disponen a negociar la aplicación de las “dolorosas medidas” de la mejor manera posible en función de la correlación de fuerzas. Su argumentación pasaba por la necesidad de seguir la táctica del mal menor, pues, según ellos, los trabajadores y la  ciudadanía  no estaban dispuestos a movilizarse en grado suficiente para defender derechos, dado el miedo paralizante provocado por la crisis (análisis que se mostró completamente equivocado).

La segunda escena candidata a sentenciar y dar paso a la siguiente parte de todo este drama es la situación más reciente a la que nos referíamos al principio: El 20 de julio de 2012, el gobierno se compromete al Memorándum de Entendimiento, un documento firmado con los prestatarios de las ayudas (la Troika) para rescatar el sistema financiero español y que compromete al país a cumplir una serie de condicionalidades políticas que se centran en el recorte de derechos y la reducción del gasto público (entre las que se encuentran las que provocaron la respuesta del 19J). Este documento no es dado a conocer por el gobierno, se filtra a través de webs institucionales de otros países y tiene que ser traducido al castellano por plataformas ciudadanas. Días antes, mientras el presidente Rajoy presentaba en el Congreso el paquete de medidas que llevó a la convocatoria de la “movilización general” del 19J los diputados del PP aplaudían entusiasmados. Andrea Fabra, una diputada del PP, exclamaba ante el anuncio de la rebaja del subsidio de desempleo “Que se jodan”. Las redes sociales se incendiaban, las manifestaciones ante el Congreso y ante las sedes del PP (pero también del PSOE) se sucedían y #quesejodan se convertía en la consigna de quienes se oponían al paquete de medidas y al Memorándum.

Entre ambas escenas se ha hecho evidente la incapacidad, la corrupción y consecuente deslegitimación, de los actores (1) y del marco institucional surgido de la etapa de la Transición -remedo hispánico del estado social y democrático de derecho, expresión del pacto de clases tras la muerte de Franco. Se ha abierto, pues, un proceso de politización y movilización durante dos intensos años en los que gran parte del pueblo se ha lanzado a la calle y la izquierda organizada no ha podido seguir agarrándose a la táctica del mal menor. Un planteamiento de ruptura con un sistema institucional percibido como corrupto y caduco, una orientación a un cambio  en el sentido de profundización democrática y a la garantía de derechos se convierte en el único posible (2).

La significación política del 15M

Repitámoslo una vez más: no sólo estamos asistiendo una descomposición de las instituciones, estamos asistiendo también a un proceso de movilización con el que poder establecer una negociación abierta sobre las reglas de juego. La movilización se reconfigura continuamente, pues se encuentra en el centro de un desarrollo de la redefinición de los consensos básicos y espacios sociopolíticos ante la erosión de las convenciones y la cultura política de la Transición.

En vísperas de las elecciones municipales, y tras varios meses sin que el descontento social encontrara cauce, llegó la manifestación del 15 de Mayo de 2011, convocada por las redes sociales (3), y tras ella la aparición del movimiento de las plazas (bautizado de los “indignados” por los medios de comunicación de masas), en que unas pocas decenas de personas acampadas fueron desalojadas de la Plaza del Sol de Madrid por la policía -hecho que fue el desencadenante de una masiva muestra de indignación popular hacia las políticas de recortes dictadas desde Bruselas y refrendadas por el gobierno español. “Democracia Real Ya, No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, el grito “Que no nos representan”, la crítica al bipartidismo (“PPSOE”) y a la injusta ley electoral, fueron –no por casualidad- las banderas del movimiento iniciado en mayo de 2011. La desobediencia civil frontal ante las instituciones pasó a convertirse en una actitud masiva. Basten unas pinceladas de la situación social en el Reino de España para entender el porqué de la movilización: un 25% de la población activa en situación de desempleo y uno de cada dos menores de 35 años (el resto inmerso en el trabajo precario), centenares desahucios diarios, aumento desorbitado de las tasas universitarias, recorte en los servicios públicos y conculcación de derechos, descubrimiento diario de escándalos de corrupción política y financiera...



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