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dimecres, 3 de juliol del 2024

Salvemos a nuestros turistas

Foto de Marc Javierre-Kohan

Mensaje para los/las colegas del Observatori d'Antropologia del Conflicte Urbà, enviado en agosto de 2019

SALVEMOS A NUESTROS TURISTAS
Manuel Delgado

Permitidme formular un matiz no exento de importancia. Estar contra el turismo de masas y sus devastaciones no es estar contra el turista. Siempre que he podido he advertido de como el turista puede verse acusado de fenómenos de depredación territorial y de especulación y espectacularización urbanas de los que no pocas veces él mismo es víctima. Él reclama derechos que nosotros también reclamamos cuando viajamos –derecho de visita, derecho a ser recién llegados- y lo que obtiene es la monitorización de los operadores turísticos y los vendedores de ciudad y el desprecio de los indígenas, que lo tratan como un ser sin criterio, al que es fácil y casi obligatorio embaucar. Infantilizado, visto como un tipo ridículo y a la vez como un miembro de una peligrosa horda desoladora, se convierte en blanco cómodo al que atribuir el deterioro de la vida urbana. Es más, creo que la turistofobia es sin duda una variante de xenofobia, incluso un racismo desplazado que permite a los virtuosos de izquierda ser racistas sin que se note. 

El problema no es que haya turistas, sino que sólo haya turistas. No es el turismo el que ha vaciado los centros históricos de su historia y de su gente, sino la gestión de la ciudad como negocio y como dinero. Es más, creo que deberíamos proponer y propiciar una campaña que se titulara algo así como "Salvemos a nuestros turistas". Porque, de verdad que lo pienso, esos personajes con los que nos encontramos cada día y a los que se amontona en esas especies de reservas destinadas solo a ellos forman parte de nuestro paisaje humano. Fijémonos en ellos: ¿no es entrañable su imagen de desamparo? ¿No nos inspira afinidad verlos víctimas de todo tipo de tomaduras de pelo, tanto al por mayor como al detall, del tour operator que los aborrega al vendedor de helados que les cobra el doble del precio normal? Reconozcámoslo: si un día de pronto desapareciesen, si no volvieran, los añoraríamos, encontraríamos en falta su aspecto ridículo y su mirada de permanente desorientación. Son lamentables, penosos, patéticos..., y lo saben. En lugar del desprecio que suelen encontrar, deberíamos prestarles nuestra compasión y nuestra amistad. 

Todo esto lo digo porque me ha llegado una colección de fotos Mark Javierre- Kohan que me parecen ilustrativas de lo que quiero decir. Por favor, mirad las fotos, y decidme que no se merecen algo más que nuestro desdén: http://marcjavierre.com/?fluxus_portfolio=tourist-walk. Por favor, mirad las fotos.

A mediados de los años 60 llegaba al puerto de Barcelona “un xicot viatger que duia una gran curiositat”. Era Gato Pérez. Lo que se encontró fue un universo apasionado, enérgico y conflictivo –es decir, vivo– en el que se desplegaba “una fecunda humanitat”. Evoco e invoco ahora su “Rumba dels 60": “Emigrants i forasters inundaven els carrers / en un cóctel demencial de turistes amb obrers”. Esa promiscuidad presencial de trabajadores y turistas fue posible y puede serlo de nuevo. Cada uno exigía y obtenía entonces lo que Lefebvre llamara “el derecho a la ciudad”, que no es sino el derecho a no ser llamado “extranjero” en un universo social en el que todos lo son, lo han sido o lo serán. Muchos de vosotros sois un ejemplo de ello. Habéis venido de —a ver..., repaso— México, Colombia, Ecuador, Argentina. Italia, Rusia, Dinamarca, Grecia... ¿Qué sois o habéis sido sino turistas académicos, que es lo que en definitiva son los miles de estudiantes que habéis llegado como erasmus o cosas por el estilo? Sois guiris, llegasteis como guiris. No renegueis de vuestras raíces. 

Son "nuestros turistas". Sintámonos solidarios de su heroísmo de seres desafiliados. Defendámoslos de quienes les explotan al tiempo que les mienten. Pido para ellos un abrazo fraternal.




dimarts, 11 d’abril del 2023

Turistofobia

Foto de Cassie Jhonson

Artículo publicado en El País, el 12 de julio de 2008

TURISTOFOBIA
Manuel Delgado

La manera como el fenómeno turístico afecta la vida de las ciudades es un asunto denso y con múltiples facetas. Una de ellas es la aparición entre determinados sectores sociales de una especie de rechazo frontal al turista como factor de contaminación y peligro. Las intervenciones del público al final de unas jornadas hace poco convocadas en Barcelona por el grupo de estudio Turiscòpia del Institut Català d’Antropologia invitaban a tomar consciencia del alcance y la generalización de ese fenómeno, al que podríamos aplicar el neologismo de turistofobia, una mezcla de repudio, desconfianza y desprecio hacia esa figura que ya todos designan con la denominación de origen “guiri”.

No se trata de cuestionar lo insentato de confiar en el turismo como único o principal recurso que puede sostener una economía urbana. Se trata más bien de llamar la atención sobre cómo ciertos segmentos sociales están atribuyendo la causa de los males que padece una ciudad a la presencia considerada excesiva de turistas en su espacio. Esa certeza funciona en la práctica como una especie de xenofobia de sustitución, puesto que se dirige a personas cuyo rasgo esencial es “que no son de aquí”. En realidad, esa denuncia del turista como irrupción anómala a combatir es estructuralmente idéntica a la que el racismo vulgar aplica al inmigrante, como si muchos de quienes se arrogan una ideología “progresista” o incluso “alternativa” hubieran encontrado en el visitante por motivos de ocio un perfil supletorio al que asignar todas las cualidades negativas que el detestable racista le aplica al nuevo vecino procedente países más pobres.

No se trata tampoco, por supuesto, de equiparar a aquel que ha venido a servir con aquel que ha llegado para ser servido. El inmigrante y el turista sólo se parecen entre si en que son vistos como nuevos en la ciudad, pero ese mismo factor es el que hace a ambos protagonistas potenciales de un mismo imaginario que detecta en el forastero la figura del bárbaro invasor que hay que mantener aislado y vigilado, al que sería preferible expulsar o restringir la entrada y al que se le niega todo derecho a la complejidad, ignorando como ambos personajes conceptuales –“turista” e “inmigrante”- albergan un gran número de variables que los hacen muy distintos unos de otros: clase, edad, género, origen, prácticas, intereses...

Destinatario de un dispositivo de estigmatización que puede cambiar de objeto sin cambiar nunca de objetivo –procurar una brutal simplificación de las relaciones sociales reales–, el turista puede verse acusado de fenómenos de depredación territorial y de especulación y espectacularización urbanas de los que no pocas veces él mismo es víctima. Él reclama derechos que nosotros también reclamamos cuando viajamos –derecho de visita, derecho a ser recién llegados- y lo que obtiene es la monitorización de los operadores turísticos y los vendedores de ciudad y el desprecio de los indígenas, que lo tratan como un ser sin criterio, al que es fácil y casi obligatorio embaucar. Infantilizado, visto como un tipo ridículo y a la vez como un miembro de una peligrosa horda desoladora, se convierte en blanco cómodo al que atribuir el deterioro de la vida urbana.
        
¿Cuál es el problema entonces? El problema no es que haya turístas, sino que sólo haya turistas. No es el turismo el que ha vaciado los centros históricos de su historia y de su gente, sino la gestión de la ciudad como negocio y como dinero. La “reforma” que está conociendo la Barceloneta es un ejemplo activo de cómo se produce ese proceso de sustitución de las clases populares por la nueva clase turista y como eso sucede contra los intereses de una buena parte esos mismos turistas, que es probable que hayan venido al encuentro de una cierta verdad humana y urbana que finalmente se les escamotea.
        
A mediados de los años 60 llegaba en transatlántico al puerto de Barcelona –por esa puerta que ahora las autoridades pretenden engalanar permenentemente– “un xicot viatger que duia una gran curiositat”. Era Gato Pérez y con el tiempo se convertiría en uno de los emblemas de la ciudad que le acogía. Lo que se encontró fue un universo apasionado, enérgico y conflictivo –es decir, vivo– en el que se desplegaba “una fecunda humanitat”. Cabe evocar –e invocar- ahora su “Rumba dels 60": “Emigrants i forasters inundaven els carrers / en un cóctel demencial de turistes amb obrers”. Esa promiscuidad presencial de nativos, turistas e inmigrantes fue posible y puede serlo de nuevo. Cada uno exigia y obtenía lo que Lefebvre llamara “el derecho a la ciudad”, que no es sino el derecho a no ser llamado “extranjero” en un universo social en el que todos lo son o lo han sido. Y más allá, el derecho fundamental a estar, el derecho a existir como masa corporea con rostro humano que está ahí y que, porque está ahí, encarna o debería encarnar aquel principio de hospitalidad universal que Kant colocara en la base misma del gran proyecto cultural de la modernidad, en tantos sentidos irrealizado. Ese “heme aquí” que nadie debería convertir jamás en culpa.



dijous, 5 d’agost del 2021

Cultura mitica


La fotografía es de David Malcomlson

Artículo publicado en El País, el 1 de septiembre de 2000 

CULTURA MÍTICA
Manuel Delgado
         
Hay turistas y turistas. Cada vez más, las ofertas turísticas, tanto las comerciales como las institucionalizadas, procuran advertir de las excelencias de lo que se da en llamar «turismo cultural», artefacto conceptual que designa una línea de productos de ocio capaces de proveer de prestigio a quienes entran en contacto con ellos: la Historia, el Arte, la Arquitectura, etc. Los objetivos turísticos presentados como de índole «cultural» dignifican, elevan una práctica social amenazada por el descrédito de lo trivial. La marca cultural permite al desplazado por motivos de ocio rescatarse a si mismo del infierno de la vulgaridad, le lleva a un reencuentro con el turismo pionero y todavía puro de los románticos del XIX, lo salva del adocenamiento de los turistas de «sol y playa». El turista culturalmente redimido obtiene un rango superior que le permite justificar ante sí mismo y ante los demás el viaje realizado, a partir de la dignidad de los sitios de Cultura que ha visitado y hasta de los recuerdos que allí mismo ha comprado y que ostentará más tarde para demostrar su distinción.

Ahora bien, ¿es tanta la distancia que separa al turista que paga su entrada para Port Aventura o Terra Mítica de la mayoría de los que devotamente se pasean por las salas del Museo del Prado, el centro histórico de Salamanca o el Guggeheim de Bilbao? Si se piensa, nada más cerca de un equipamiento cultural que un parque de atracciones. Es cierto que hace algún tiempo y desde estas mismas páginas («Gracia y cultura», El País, 6/2/1998), advertía de cómo las nuevas grandes instalaciones culturales –Kursaal de San Sebastián, IVAM de Valencia, Macba de Barcelona...– se constituyen en templos en que se oficia la Cultura, entendida como la religión oficial de los estados modernos. Allí subrayaba cómo penetrar en esas nuevas catedrales  exige del visitante la misma austeridad y recogimiento que se debe observar en cualquier otro lugar sagrado. En cambio, el parque de atracciones es un espacio todo él destinado al estímulo de sensaciones en absoluto sofisticadas, al que se acude para recibir gratificaciones inmediatas que no requieren ningún esfuerzo de atención, ni –antes lo contrario– la mínima discrección en las conductas.

Las diferencias acaban ahí, y dan paso a las afinidades de fondo y de forma. El parque temático es un campo cerrado en que ficciones terribles o maravillosas pueden hacerse realidad: tunel del terror, escenarios del Far West, la Polinesia o la antigua Grecia, película de piratas. En este espacio acotado las posibilidades que la imaginación intuye, pero de las que la realidad cotidiana no ha sido, ni es, ni será nunca proveedora, cobran carta de naturaleza. Los sagrarios culturales operan exactamente igual. Bajo su seriedad litúrgica lo que se pretende en ellos es que ciertas realidades presumidas como incontestables y poderosas, pero nunca vistas en realidad, puedan hacerse realidad ante nosotros, aparecer literalmente como verdades materiales que incluso se podrían tocar si las medidas de seguridad no nos lo impidiesen. Todo museo, espacio monumental o centro de cultura es inevitablemente un lugar de evasión, igual que los parques de atracciones, no porque todos ellos sean espacios de ocio, sino porque están repletos de objetos concebidos para cambiar de realidad, para huir de lo cotidiano y para procurar un viaje casi soteriológico hacia los territorios de lo inefable y lo legendario: el Pasado, la Belleza, la Tradición, la Ciencia, la Naturaleza, la Vanguardia...

Como un nudo entre instancias descontectadas –la fantasia y la existencia diaria– las ferias y los lugares de la Cultura llevan a cabo la misma tarea de hacer de veras real lo que necesitamos creer o lo que otros necesitan que creamos que es real. Surge el prodigio de cosas que son al mismo tiempo reales y virtuales. De hecho, la puesta en conexión de las ferias y los centros de cultura, los museos o los núcleos urbanos museificados suele ser explícita. La Expo de Sevilla ya fue un híbrido entre parque y macroinstalación cultural. El Domus de A Coruña es un centro museístico concebido a la manera de una colosal sala de juegos recreativos. El proyecto de la empresa Disney de construir en los Estados Unidos un parque-museo dedicado a divulgar la historia de aquel país demuestra lo permeable que resulta el tránsito entre esos dos tipos de espacios protésicos. De hecho, en Barcelona, el Barrio Gótico, resultado artificial de las reformas en su casco antiguo a principios de siglo, o el Pueblo Español, construído con motivo de la Exposición de 1929, ya obedecían a esa misma dialéctica entre autenticidad e impostura.

Los triviales parques temáticos y los prestigiosos centros culturales hacen lo mismo: invocar la presencia del pasado, lo extraordinario, lo remoto o lo abstracto, siempre como fórmula mágica que busca escapar de las incongruencias de lo concreto cercano. Esa es la lógica que toda exhibición cultural ejecuta: los objetos descontextualizados, los monumentos, los paneles explicativos, las clasificaciones conceptuales, la narración que va cosiendo lo que se muestra..., todos los elementos didácticos, materiales, ideacionales que se ordenan cuidadosamente en vitrinas, paneles, montajes, vídeos, diapositivas, o incluso en las calles y plazas..., están ahí para hacernos disfrutar y aprender, ofreciéndole a no importa qué realidad conceptual inencontrable la posibilidad de una existencia física continua y sin fragmentaciones, ni errores, ni desmentidos, ni contradicciones, conjunto coherente, estructura íntegra toda ella hecha de materiales de deseo.

La contradicción entre la ritualización banalizadora de las nuevas macroferias y la ritualización consagradora de los museos y centros de cultura se desvela enseguida como falsa. A una sociedad que tan poco le ha costado trivializar lo trascendente, menos le iba a costar acabar por trascendentalizar lo trivial. Magno espectáculo de la Cultura, que hace el prodigio de convertir en ídolo cuanto muestra, que enaltece lo que antes ha sustraído a la vida, que convierte ese saber y esa belleza secuestrados en lo que son hoy: al mismo tiempo, un sacramento y una mercancía.




divendres, 21 de maig del 2021

El dulce atractivo de la miseria ajena

Un mural del artista francés JR

Notas para Laia Kurc, investigadora del CSIC, enviadas en junio de 2016

El dulce atractivo de la miseria ajena
Manuel Delgado

Me parece interesantísimo lo que planteas como proyecto y te animo a seguir con ello. El asunto del asentamiento en barrios "duros", en favelas, de jóvenes de clase media "con inquietudes" es fundamental. Por una parte ilustra el papel que tiene una especie de bohemia en orden a servir de punta de lanza o destacamento avanzado de las dinámicas gentrificadoras. Ese es un asunto que no sé si se adecua a la favela que te propones estudiar. Mira a ver si es así, si estamos ante un sector urbano codiciado o codiciable, y te escribo algo sobre el asunto, que tiene una bibliografía abundante.

Otra cosa, no incompatible con la anterior, es la de la búsqueda de una cierta "verdad" vital, una "autenticidad" que solo se obtiene con el contacto directo con los pobres, los humildes, los marginados..., por parte de sectores bobos. Eso es un fundamental en todas las ofertas turísticas —y la que planteas no deja de serlo— basadas en lo interesante por su singularidad. El recién llegado a su nuevo destino residencial —que no deja de ser un turista de larga duración— busca la confirmación de un cierto sistema de representación que el visitante nunca olvida y que debe ser confirmado, puesto que no puede en modo alguno ser ni desmentido ni contrariado.

En el caso de la ciudad que ha sido total o parcialmente dispuesta para atraer al consumidor turístico, tanto las autoridades como buena parte de los propios habitantes –sobre todo los más directamente involucrados en el fenómeno y su dimensión económica– saben que es lo diferente, lo particular, lo genuino lo que deben mostrar enfáticamente, conscientes como son de lo que se espera por parte de quienes acuden a visitarlo. Los turistas —también aquellos que se autopresumen como "alternativos"— vienen a ver "lo que hay que ver", esos puntos de las guías turísticas —a veces no menos "alternativas"— marcados como saturados de poder evocador y de valores simbólicos, enclaves que no pueden, bajo ningún concepto, ser soslayados, y que son los que justifican en torno a ellos todo tipo de infraestructuras y equipamientos. Por otra parte, el turista no espera en realidad nada nuevo, nada que no sea demostrarse a sí mismo y a quienes muestre luego los testimonios de su desplazamiento, que de veras existe todo aquello que antes le enseñaron las películas, los reportajes televisivos, las revistas de viajes, los libros ilustrados, los prospectos promocionales o, en este caso, la documentación "social" que el asentado conoce y que está en la base de su "concernimiento" o su "compromiso".

La gente de la que hablas tienes razón en que busca la confirmación de un sueño de verdad y de inocencia. Pero el suyo es un ejemplo de lo ocurría en las ofertas de viajes turísticos de películas de ciencia-ficción como Westworld, de Michel Crichton (1973) o Total Recall, de Paul Verhoeven (1989), que seguro que has visto. Se cumple así el presagio de Alvin Toffler que, a finales de los sesenta, adivinaba ya la aparición de potentes industrias basadas no ya en manufacturar productos ni en ofrecer servicio alguno, sino en hacer posibles experiencias preprogramadas. Lo llamaba «industrias de la experiencia» y auguraba para ellas que acabarían constituyéndose en uno de los pilares de la inminente superindustrialización del mundo, triunfo final de una economía post-servicios. Te lo recomiendo. El libro se titula El “shock” del futuro (Plaza & Janés).

Lo que busca el nuevo vecino "culto" en los sitios de los que me hablas es de seguro una parcela de utopía urbana, un universo sin contradicciones ni traumas, pasaje a una burbuja de coherencia y continuidad en un mundo fragmentario e incongruente. Buscan un reencuentro inconsciente con una comarca de la vida colectiva y psicológica al que la sociedad de procedencia ha decidido ya renunciar, y que no es otro que el de la regularidad en las relaciones sociales, la congruencia con sus supuesta idiosincrasia y la anulación de dinámicas sociohistóricas que se nutren del mismo desorden que se pasan el tiempo generando.

Piensa en la dimensión temporal del fenómeno. El tiempo que ansían encontrar o abrir se correspondería con lo que Krzystof Pomian llama tiempo cualitativo, distinto y alternativo del tiempo impuesto desde la razón política e industrial, asociable una actividad que se presume liberadora y catártica, a la vez que sutilmente normativizadora, puesto que en ella se ejercen formas tan sutiles como eficaces de acción social y de ideología cultural. Ese tiempo se pretende diferente, cuando es en realidad complementario. El desplazamiento turístico —y en el fondo el que contemplas lo es— anda buscando el reencuentro inconsciente con esa unidad que la vida moderna habría sacrificado en el altar de la razón práctico-instrumental, todo lo asociable con lo auténtico, lo profundo, lo perenne, en un mundo dominado por lo falso, lo banal, lo efímero, una temporalidad "continua, acumulativa y simbólica" (El orden del tiempo, Júcar).

Se trata, creo, de lo que sería el deseo de vivir una representación dramatizada y en extremo realista, de cualidades que se consideran de algún modo inmanentes a determinadas agrupaciones humanas de base territorial –ciudades, regiones, países–, reificación radical de lo que de permanente y substantivo pueda presumir una entidad colectiva cualquiera. Se trata de huir del descrédito de lo trivial, de rescatarse a si mismo del infierno de la vulgaridad, de experimentar algo así como un reencuentro con el viaje pionero y todavía puro de los románticos del XIX.

Estaríamos ante un ejemplo de tematización, en el sentido que Niklas Luhmann daba al término en orden ara conceptualizar la reducción a la unidad de que una determinada realidad puede ser objeto, simplificándola con el fin de reducir sus índices de complejidad y orientar su percepción en un sentido homogéneo y esquemático. Ni que decir tiene que tematización no es sólo sometimiento de la vida social a una simplicidad representacional inspirada en lugares comunes que son permanentemente enfatizados, sino también monitorización, es decir control a distancia de las conductas que en tales escenarios deben desarrollarse. Creo que hay mucho en lo que quieres trabajar de lo que Mario Gaviria denominó, en relación con el caso español y ya en los años 70, "neocolonialismo del espacio". Y, créeme, de lo que estamos hablando es de neocolonialismo puro y duro, por mucho que aparezca disfrazado de altos ideales o nobles intenciones solidarias.

La manera como este proceso de tematización. Son productos ad hoc destinados a la folklorización de ciertos rasgos tenidos por particulares e inconmensurables, mecanismo que hace que las sociedades receptoras de turistas acaben convirtiéndose en caricaturas de sí mismas, de acuerdo con los tópicos que les han sido atribuidos por el imaginario turístico de la autenticidad que se les exige satisfacer. Ahí el modelo podría estar en los trabajos sobre cómo el turismo está erigiéndose en generador de una suerte de pseudoidentidad étnica, urbana en este caso, asociada a la presumida ideosincracia de cada ciudad. Tales dinámicas no tienen escrúpulos a la hora de convertir cualquier elemento dramático y el espacio del que se le supone escenario en asunto temático, con la consiguiente simplificación a efectos promocionales. Pensemos en el black tourism, dark tourism o grief tourism, formas de turismo especializadas en recorrer zonas marcadas por el horror, la catástrofe o el crimen. La miseria puede ser no menos atractiva y convertirse en un aliciente turístico más, siguiendo el modelo de las favela tours que conoces o pronto seguro que conocerás bien en Brasil. El pasado proletario de ciertos barrios o ciudades y la historia local de la lucha de clases pueden ponerse en circulación como valor añadido para el turismo "con inquietudes", como se procuró que lo fuera para los propios vecinos mediante la política de enaltecimiento de chimeneas y otros restos industriales debidamente reconvertidos en pulcros espacios de ocio o cultura.

Un ejemplo que has conocido bien de cerca es el de la Barcelona anarquista, prueba de cómo incluso el prestigio de rebelde y levantisca de una población puede ser catalogado como "bien patrimonial" digno de ser convertido en atractivo para un determinado tipo de público ávido por reconocer la singularidad revolucionaria de un determinado espacio. Piensa en lo que llamaríamos la "Barcelona de Orwell", atractiva para turistas "alternativos", con visitas guiadas por los lugares emblemáticos de su pasado anarquista y de lo que quede de él, páginas web que no tienen inconveniente en presentarse como de "turismo radical" y guías para visitantes ávidos por reconocer los rastros de la Barcelona revolucionaria: Dolors Marin et al. La Barcelona rebelde. Guía de una ciudad silenciada, Octaedro, Barcelona, 2004; Guillem Martínez, Barcelona rebelde. Guía histórica de una ciudad, Debate, Barcelona, 2009; Manel Aisa et al. Rebellisches Barcelona, Nautilus, 2007. De hecho, a partir del 2000 han sido frecuentes las informaciones periodísticas que han atribuido a esa imagen la presencia masiva de jóvenes extranjeros que, arrastrados por su voluntad participativa en este tipo de tematizacion, son acusados de jugar un papel protagonista en algaradas callejeras.




dimecres, 14 d’abril del 2021

En centro histórico como centro comercial

La foto es de Jonathan Taglione

Extraído de El centro histórico como decorado y como farsa, en Ángel Recalde et al., La recreación de los centros históricos, Pamplona: Nabarralde, 2020, pp. 42-45.

El centro histórico como centro comercial
Manuel Delgado

En tanto que gigantesco artefacto de apaciguamiento, la lógica del centro histórico no es muy distinta de la que organiza y ofrecen los modernos centros comerciales, islas de ciudad ideal en el seno pero al tiempo en los márgenes de la ciudad real, en las que, sin problemas, bajo la atenta vigilancia de cámaras, policías o guardias jurados, el paseante puede abandonarse al disfrute del ocio “cultural”, entendido siempre en última instancia como consumo. Lo que se le brinda al turista o al visitante local en esa reserva natural de una supuesta Verdad que es un centro histórico-monumental es precisamente una constelación ordenada de elementos que se ha dispuesto para él –sólo para sus ojos– y que configura una verdadera utopía, es decir un montaje del que han sido expulsados los esquemas paradójicos y la proliferación de heterogeneidades en que suele consistir la vida urbana en realidad. Desactivado el enmarañamiento, expulsado todo atisbo de complejidad, lo que queda es una puesta en escena que constituye justamente eso: una utopía, es decir, un lugar de ningún sitio, una realidad que no existe de verdad más allá de los límites de su farsa, pero a la que se le concede el deseo de existir bajo la forma de lo que no puede ser más que una mera parodia de perfección.

La ciudad monumentalizada existe contra la ciudad socializada, sacudida por agitaciones con frecuencia microscópicas, toda ella hecha de densidades y espesores, acontecimientos y usos no siempre legítimos ni permitidos, dislocaciones que se generalizan... Frente a todo eso, un fragmento de ciudad se ve convertido así, de la mano de la “historización”, en un mero espectáculo temático para ser digerido de manera acrítica por un merodeador amable sumiso a las directrices del plano o del guía. Deviene así por fin unificada, dotada de sentido a través de una manipulación textualizadora que no puede ser sino dirigista y autoritaria.

De ahí los conjuntos arquitectónicos, los edificios emblemáticos, las calles peatonalizadas, espacios acotados por barreras invisibles en que –como ocurre en ciertas instalaciones hoteleras de primera línea de playa– el turista sólo se encuentra con otros turistas, en escenarios de los que el habitante se está batiendo en retirada o ha sido expulsado ya. Es por ello que la monumentalización de las ciudades está directamente asociada al lado carcelario de toda urbanística, a su dimensión siempre potencialmente o fácticamente autoritaria. La fanatización del resultado de esa voluntad de ciudad feliz resulta, entonces, inevitable, en la medida que la concepción que proyecta –que vende, bien podríamos decir– no puede tolerar la presencia de la mínima imperfección, ni mucho menos la miseria, las contradicciones, el conflicto y las luchas que cualquier ciudad viviente no deja de conocer o producir.

La ciudad o el centro “históricos” constituyen pues intentos de triunfo de lo previsible y lo programado sobre lo casual y lo confuso. Las políticas destinadas al turismo de masas vienen entonces a reforzar la permanente ofensiva urbanística y arquitectural contra la tendencia de toda configuración social urbana al embrollo y a la opacidad, en nombre de la belleza, la utilidad y la legibilidad. Solivianta la misma evidencia no sólo de las desigualdades, las agitaciones sociales, las marginalidades más indeseables que emergen aquí y allá en torno a la paz de los monumentos, sino de la propia impenetrabilidad de la vida urbana que les obliga a procurar que los turistas o turistizados no se desvíen nunca de los circuitos debidamente marcados para ellos, puesto que en sus márgenes la ciudad verdadera no deja nunca de acecharles. Fuera de los hitos que brillan con luz propia en el plano que el turista maneja, un poco más allá, no muy lejos de las plazas porticadas, las catedrales, los barrios pintorescos..., se despliega una niebla oscura a ras de suelo: la ciudad a secas, sin calificativos, plasmática y extraña, crónicamente inamistosa. Eso es lo que el visitante no debe ver: lo que hay, lo que se opone o ignora el sueño metafísico que las guías prometen y no pueden brindar: una ciudad transparente y dócil que, quieta, indiferente a la vida, se pavonea estérilmente de lo que ni es, ni nunca fue, ni será.

La ciudad llamada histórica aparece, así, perfecta en la guía y en el plano, pseudorealidad dramatizada en que se exhibe la ciudad imposible, dotada de un espíritu en que se resume su supuesto pasado hecha catedral o palacio, perpetuamente ejemplar en las estatuas de sus héroes, anagrama morfogenético que permanece inalterado e inalterable. Una ciudad protegida de sí misma, es decir, a salvo de lo urbano. Lo que podría llegar a ser si se lograse descontarle la informalidad implanificable e improyectable de las prácticas sociales innumerables que el planificador y el promotor-protector de ciudades conocen y que nunca acaban de entender del todo. El monumentalizador se engaña y pretende engañar al paseante, haciéndole creer que en algún sitio –allí mismo, por ejemplo– existen ciudades concluidas, acabadas, cuando se sabe o se adivina que una ciudad viva es una pura formalización ininterrumpida, no-finalista y, por tanto, jamás finalizada. Toda ciudad es, por definición, una historia interminable.




dimecres, 10 de març del 2021

Por un barrio digno; fuera gentuza del Raval

La foto está tomada de https://con2abuelas.wordpress.com/

Crónica de la intervención en un acto de protesta contra la construcción de nuevos hoteles en Ciutat Vella en julio de 2010, enviado a la gente del OACU el 5 de agosto de 2010

POR UN BARRIO DIGNO, FUERA GENTUZA DEL RAVAL
Manuel Delgado

Hace un par de domingos el Col•lectiu Magdalenes y la Assemblea pel Dret a l'Habitatge VdeVivenda me invitaron a participar en la rúa que recorrió el barrio repasando alguna de las abominaciones hoteleras que han afectado la ciudad. El argumento era hacer ver que el escándalo del Hotel del Palau no era un hecho aislado y que el casco antiguo de Barcelona ha sido agredido por una serie de instalaciones hoteleras sencillamente repugnantes. Son los hoteles devastadores: Vela, Miramar, y los planeados para lo que fue el espacio Magdalenas o un solar cerca de Colón. Participaron Jordi Gascón, Zaida Muxí, Jordi Borja, Juanjo Lahuerta, Eduard Moreno y vecinos afectados directamente por esos monstruos de lujo que son todo cada uno un insulto y una ofensa para la gente que tiene que vivir literalmente a su sombra.

A mi me tocó el Hotel Barceló, en la Rambla del Raval. Es una de las intervenciones en la Illa Robadors, cuya historia siniestra ha sido explicada inmejorablemente por Joaquim Jordà en “De nens”, una película sencillamente indispensable. Yo expliqué un rollo sobre la función excorcizadora de este tipo de actuaciones urbanísticas en una barrio de “mala reputación” como fue el antes llamado Barrio Chino. Pero, además, me había entretenido en buscar alguna cosa más que permitiera contrastar lo que era la gente del barrio –buena gente, gente honrada: putas, maricones, drogadictos, chulos…, pero sobre todo mucha, mucha gente trabajadora, mucha de ella de origen inmigrante- y la gentuza asquerosa que constituye la mayoría de clientela del hotel. Cada entrada en ese blog era como un escupitajo en la cara de todos y cada uno de esos vecinos y viandantes que existen a su alrededor y para quienes la vida es tan dura y tan injusta.

Me metí en la primera página de crítica de hoteles que encontré. Si clicais “Hotel Barceló Raval” os aparecerá esa página y palabra que estos serán los primeros comentarios que leeréis. Estas fueron las impresiones de huéspedes del Hotel Barceló que leí en voz alta delante del hotel.

"Estuvimos sólo un día en este moderno hotel, pero pudimos disfrutar con placer de un buen servicio de recepción, del Nespresso, de una resistente cama y especialmente de una cabina de ducha muy bien dimensionada. Por el contrario, las plantas superiores no tienen habitaciones para fumadores y la televisión no es digital. En la azotea, las vistas son impresionantes, la piscina pequeña pero relajante y por la noche ofrecen cava gratis. Y además en el centro del barrio más intercultural y canalla de Barna. Kiko y Pili".

"Muy interesante la situaciòn de este moderno hotel ; una estructura cilìndrica imponente en plena rambla del raval.Durante el dìa hay mucha vida en el barrio,recomiendo visitar el mercado de San Antonio;hay pequeñas plazuelas ,buenas tiendas y museos.De noche,la poblaciòn inmigrante manda(que es un barrio multicultural, como dicen los folletos turìsticos, eso no se lo puede negar nadie)y aunque hay un gran despliegue policial en la zona yo no creo que sea peligrosa. El personal de recepcìòn es diligente y ràpido.El bar-salòn de la entrada tenìa un buen ambiente por la noche. El baño està integrado en la habitaciòn;si se viaja acompañado es recomendable que haya confianza porque la ducha es visible en parte. La cama es amplia y confortable;la iluminaciòn es muy buena.El mobiliario està impecable.Mi estancia fuè satisfactoria."

"El hotel es impresionante. empezando por el edificio, la recepción o las impresionantes vistas en 360º que tienen en la azotea y terminando por las futuristas habitaciones.. todo es de diseño, completamente nuevo y atractivo. Estuvimos en una habitacion superior standar, amplia, con grandes ventanales, una gran television (ni la encendimos), una ducha fantastica, una maquina de café nespresso gratuita.. la piscina es pequeña pero muy muy tranquila, es una gozada sentarte en el jacuzzi en la 11º planta y ver Barcelona entera (ilógico que el horario diga que a las 18:00h se cierra.. no lo entiendo..)
La iluminación de la habitacin va por leds de colores por lo que el efecto con el blanco de los muebles o de la cama es bastante acertado.
Me encantó que tuvieran una radio-despertador con entrada apple, pones tu iphone y se convierte en una discoteca a la vez que te carga el movil (o el ipod).
La única pega es el barrio.. Raval no está todavia preparado para el turismo.. por la noche tienes 2 opciones o pasar por la calle de las prostitutas o por la calle de los camellos.. lo mejor es coger un taxi si estás algo alejado y que te dejen en la puerta, en la rambla Raval.
Lo dicho, una pena que este maravilloso hotel se encuentre en un barrio tan marginado.. aunque a 5 minutos andando de las Ramblas y a 10 de la Plaza Cataluña!"

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"No es la zona ideal para aquellos que visitan por primera vez la ciudad, pero sí para los ya "iniciados", para jóvenes inquietos, y para modernos urbanitas. Justo encima está la zona mayormente pakistaní, con mezquitas, carnicerias, peluquerías y todo tipo de establecimientos de indudable ambiente exótico. Por debajo, dirección mar, una zona un poco más inquietante, llena de prostitutas a toda hora, y que puede llegar a ser peligrosa por la noche. Y ya un poco más arriba, por los alrededores del Macba, todo son bares de diseño, tiendas modernas, antros alternativos, etc. Al lado mismo del hotel, vale la pena comer en el emblemático Casa Leopoldo, uno de los restaurantes míticos (y se come realmente muy bien) de la Ciudad de los Prodigios."

Esto debe ser lo que nuestra autoridades llaman “turismo de calidad”. A mi se me antoja lo más tirado, representantes del escalafón más bajo de la condición humana. Decididamente, no creo que todos los seres humanos seamos iguales. Esta gente es la verdadera chusma indeseable de la que toda ciudad tiene el derecho y la obligación de protegerse. Merecen ser aborrecidos. Son la hez de la tierra.

Por cierto, indispensable para entender el papel detestable que juega el Hotel Barceló en relación al Raval: Rambla del Raval, de Gerard Horta (Montesinos).




dimecres, 17 d’abril del 2019

El turista como merodeador

La fotografia es de Pedro Simoes y está tomada de flickr.com/photos/pedrosimoes
Artículo publicado en El Periódico de Catalunya el 12 de agosto de 2002

EL TURISTA COMO MERODEADOR

Manuel Delgado


El turista genera riqueza, es cierto, pero también aparece como responsable de todo tipo de deterioros ambientales y sociales. Desorientado o siguiendo dócilmente a su guía, se le puede ver estos días agitándose de un lado para otro por nuestras ciudades y por las grandes reservas artificiales de ocio y disfrute que se han dispuesto para él. Previsible, ingenuo, adquiriendo cosas espantosas que toma por genuinas, limitándose a seguir fielmente las sendas que el plano le marca... Es el turista, ese personaje que parece no buscar nada que no sea lo que ya conocía a través de la televisión o las películas, empeñado en confirmar que lo mostrado en las guías turísticas existe de veras. Es el guiri: adocenado, sin criterio, vestido ridículamente, circulando en cohortes parecidas a rebaños, fácil de engañar, fácil de robar, culpable de todo tipo de desastres ecológicos o culturales.

Deberíamos revisar ese tipo de tópicos. El turismo es un fenómeno complejo, consecuencia de una democratización del derecho al descanso que implica multitud de prácticas, no todas por fuerza destructoras ni alienantes, no todas ni monitorizadas ni monitorizables. Los turistas que pululan entre nosotros estos días no son víctimas inocentes de un espejismo malevolamente colocado delante de ellos por las oficinas de turismo o los tour operators, sino agentes activos de su propia circunstancia. No son zombis sin voluntad, dirigidos por los hilos de los publicistas o los promotores, sino seres responsables que piensan, que saben lo que quieren y que despliegan sus artimañas para conseguirlo, sirviéndose de los propios medios que el sistema de mercado turístico dispone para disuadirlos.

Estúpido empeño el de separar el viajero del turista. Quien se presenta a sí mismo como “viajero” es un turista engreído que se empeña en distinguirse del resto. Pero si todo viajero no deja de ser un turista más, el turista también reúne las cualidades del viajero, las que implican alejarse de la vida cotidiana y aprovechar el distanciamiento de casa para meditar sobre quién es y cuál es su lugar en el mundo. Todo turista es un peregrino místico disfrazado de superficialidad; a su manera un filósofo, un pensador de sí y de la vida, puesto que no hay viaje –por banal que se antoje– que no sea, por definición, filosófico.
El turista vive una paradoja. En el fondo es un marginado, puesto que –a pesar de la hospitalidad que le brindan– los locales lo mantienen a distancia; lo adulan, pero lo desprecian. El turista está en lo más bajo del escalafón de los viajeros. Incluso el inmigrante pobre puede, por las vicisitudes que atraviesa, ser investido de una dignidad moral que se le niega al turista. El turista sabe que es un recurso, pero también un estorbo, y quizás por ello, y ya que no se le deja participar, se abandona a la tarea convulsiva de mirar.

En efecto, el turista es ante todo un espectador, alguien sin otra tarea que el puro observarlo todo. Pero, además, el turista es sobre todo un merodeador. No sólo mira, sino que busca y encuentra siempre signos, es decir nudos entre significados que traía consigo y significantes que deberían estar ahí, como esperándolo. Como merodeador que es, emplea todo su tiempo en labores de reconocimiento, que tienen que ver con un cierto fin de pillaje. Según el Salvat Universal, el merodeador es «aquel que, sólo o en cuadrilla, vaga por el campo viviendo de lo que consigue recoger o lo que hurta» y, en un sentido más amplio, quien «vaga por las inmediaciones de algún lugar o va repetidamente al mismo sitio, sin un fin determinado o para observar, espiar u obtener algo».

Ese es el turista. Especialista en localización de exteriores, explorador de lugares y momentos de los que se apoderará con su cámara de vídeo o de fotos. El turista rapta sitios, recolecta instantes y los convierte en instantáneas. Esa labor advierte del valor que le concede a lo irrepetible, puesto que responde a la certeza que tiene de que todo cuanto le pase no le volverá a pasar. El turista vivirá de lo vivido, puesto que allí, entonces, donde estaba o estuvo una sola vez, fue capaz de entender el infinito valor de lo fugitivo.



dimarts, 7 de novembre del 2017

Materias inmateriales


La foto es de  Iván Pisarneko y corresponde al Carnaval de Barranquilla
Artículo enviado a El País el  5 de septiembre de 2012 y no publicado

MATERIAS INMATERIALES
Manuel Delgado

Están próximos a hacerse públicos los nuevos elementos que la UNESCO incorporará a su Lista Representativa del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Interesante noción esa de “patrimonio inmaterial”. Es en torno a ella que se está generando una notable actividad desde las instancias que en cada país gestionan el ámbito cultural, lo que contrasta con las dificultades que entraña su definición y establecer las materias a las que cabe asociarla.

No se va a discutir ahora la existencia de entidades de orden metafísico, es decir carentes de sustancia. Las concepciones del mundo, los valores morales, los diferentes tipos de capital, los códigos lingüísticos, los derechos de propiedad o las tecnologías son ejemplos de realidades que no se ven, ni se pueden tocar, pero que pueden ser atesoradas, intercambiadas, distribuidas o cedidas en herencia a generaciones posteriores. Ahora bien, cuando la UNESCO habla de cultura inmaterial no se está refiriendo a los aspectos ideacionales o simbólicos de la cultura. La definición oficial de la Convención de 2003 alude al "conjunto de creaciones basadas en la tradición de una comunidad cultural expresada por un grupo o por individuos y que reconocidamente responden a las expectativas de una comunidad en la medida en que reflejan su identidad cultural y social." Una definición que, como se ve, se corresponde con la cultura, la jurisdicción científica de la cual llevan asumiéndola la antropología desde hace siglo y medio.

Pero la cuestión no es meramente conceptual. La noción de cultura inmaterial ocupa un lugar cada vez más importante en las políticas culturales, genera  actividad administrativa y moviliza partidas de dinero público, todo con el fin de aplicar una denominación de origen a realidades cuyo valor las hace dignas de ser indultadas de la colosal máquina de depredar y destruir que es en la actualidad el sistema capitalista. Por ello, no está de más que nos planteemos qué es lo que se está haciendo en relación con ese asunto, en el marco de un país que, por ahora, ha aportado a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad la Patum de Berga y los castells, más, compartidas con el resto del estado, la dieta mediterránea y la cetrería.

En ese terreno se vislumbran dos grandes vías a seguir. Una entendería que el cuerpo de la cultura inmaterial no es sino el del impresionismo folklórico y se traduciría en una etiqueta a aplicar sobre ciertos productos culturales para, una vez desprendidos de sus raíces sociales, ser promocionados de cara al negocio turístico o la legitimación política. Si el camino es ese, el de la producción de “sabores locales”, la selección de elementos patrimonializables va a depender de criterios que serán los propios del marketing empresarial o de la propaganda gubernamental.

La otra opción sería la de asignar la materialidad del patrimonio inmaterial a ciertas realidades culturales en peligro, con lo que no se haría más que identificarlas con lo que actualmente se designa oficialmente en tanto que Bienes Culturales de Interés Nacional, lo que implicaría a su vez hacerlas reconocer por la legislación vigente para esa materia, la ley 9/1993, que ya recogía el concepto de cultura intangible, aunque sin concretarlo.  La elección de esa alternativa conlleva la de confiar la identificación y la gestión de ese patrimonio cultural a proteger a profesionales de la materia, es decir a antropólogos/as, tal y como ocurre en la actualidad con el patrimonio etnológico. Es decir, si se asume que la cultura inmaterial no es otra cosa que la cultura viva y vivida, se debería interpretar que su inventario y valoración correspondería a una disciplina cuya oferta académica atrae a cientos de estudiantes que, de no ser así, verían escamoteada una esfera profesional que en buena medida les corresponde y para la que están siendo entrenados.

No se trata de un tema corporativo. Tiene que ver ante todo con las pruebas que se pueden requerir a los poderes públicos de que se toman en serio las cosas que administran. Asumir competencias debe querer decir que es a profesionales competentes a quienes se asigna su aplicación y desarrollo. De ello depende que el llamado patrimonio inmaterial no acabe siendo un mecanismo destinado a convertir la cultura popular en espectáculo temático para turistas o en espejo que devuelve una imagen banal y distorsionada de cualquier identidad colectiva.  



divendres, 13 de juliol del 2012

"Cities Without a City", lecture at the Helwan University, El Cairo, april 28, 2008

Recap of lecture at the Helwan University, El Cairo, april 28, 2008

CITIES WITHOUT A CITY
Manuel Delgado

The monumentalised city exists in rivalry to the socialised city, a city shaken by frequently microscopic movements, the whole consisting of densities and thicknesses, not always legitimate or permitted happenings and uses, dislocations that are generalised… In contrast to all this, the city or bit of city is thus converted via monumentalisation for both commercial and political ends into a mere thematic spectacle to be uncritically digested by a tourist obedient to the dictates of the map or guidebook. The city finally becomes unified, then, endowed with meaning through a textualising manipulation that cannot help but be controlling and authoritarian. Whence the architectonic complexes, the emblematic buildings, the pedestrianised streets in which there are the only tourist shop. Spaces bounded by visible barriers in which – as occurs in certain beachfront hotel facilities – the tourist fins himself alone with others tourists, in settings in which the local inhabitant is beating a hasty retreat or has already been expelled. Inasmuch as it is utopianising, the monumentalisation of cities is directly linked to the penintentialside of all city planning, to its potentially or factually authoritarian dimension. The fanaticisation of the outcome of this desire for a felicitous city turns out, then, to be inevitable inasmuch as the conceptions that it projects – that it sells, we might say – cannot tolerate the presence of the slightest imperfection that might give the lie to the anxious totality.

The so-called historic city is in fact the city that has managed to eliminate the past, since as a utopia it is also a uchronia, a time outside of time. All that one might say of any supposedly absolute and eternal reitication could be applied to the monumentalised city. In the final analysis there is a forgetting of the human being and his internal tensions and incoherence.

The realisation of the hyper-virtuous society that the tourist welcomes implies, therefore, and necessarily so, a negating of all uncertainty, of risk, of the inexplicability of fate, of the accidental, and of all that may be akin to or derive from ideas of human freedom and sincerity. A purely conceived space and one unfolding as pure. A victory over the concrete and the multifarious; a victory of the predictable and the programmed over the casual and confused. The policies devoted to mass tourism serve, the, to reinforce the urbanistic and architectural fight against the tendency of any urban social configuration towards muddle and opacity in the name of beauty and utility. The anxiety of the institutions and the businessmen interested in selling a city is the same as that experienced by the good city planner, since bothersome to them all is the same evidence not only of inequalities, of social unrest, of the more undesirable kinds of marginality that emerge here and there round the peaceful aspect of monument, but of the actual impenetrability of urban life, obliging them to make sure that tourist never stray from the dully marked circuits, from the ritual paths, given that at their edges the genune city lies perpetually in wait. Outside of the landmarks that shine with their own light on the street map the tourist folds and unfolds, a little further on, not very far from the colonnaded squares, the cathedrals, the picturesque neighbourhoods, a murky mist issues forth at ground level: the city tout court, without epithets, plasmatic and strange, chronically unfriendly. This is what the tourist mustn’t see: what there is, what is opposed to or ignorant of the metaphysical dream the guidebooks promise and cannot offer: that transparent, docile city which, placid, indifferent to life, sterilely shows off about what it is not, or ever was, or ever will be.

Thus culminates an increasingly radical split between the represented city and the lived city, between an irrevocable city and a constantly selfquestioning city. What is promoted as a “rehabilitating” of certain urban settings consist in saving the prominent points of the particular city from, that is, the threat that the misery of the trial uses which were registered in their immediate vicinity supposes for them. The conservation of monumental centres is converted, then, into the creation of genuine theatrical spaces. The monumental city can only exist, therefore, in opposition to the city – be keeping at bay the dynamics of a city or, better yet, the city as dynamism, and, further on or before, all forms of irreversibility; that is, the variable of time. In practice the historicist or artistic thematisation of urban centres involves a qualifying of the urban environment that distances it from the real practitioner – the resident or habitual user – since it culminates in uninhabited historic neighbourhoods riddled with restaurants, hotels and luxury shops and in the hands of a property speculation that demands excessive sums of money to lie in them.

A spectacular décor for historic recreation and for cultural liturgies of all kinds, and also for the official institutions installed therein to be immersed in a settings consisting wholly of venerability, learning and beauty. Historic and monumental centres imply the official version of what was already a process of zoning and ranking of the urban space in bipolar terms: one space meant for the habitual, the empirical, the instrumental; and a second devoted to tasks of pure, affect-oriented representation, spaces dor and of the feelings, territories of the memorable, in this case in accordance with institutional and business parameters of what must be cost-effective and the same time stirring and evocative, a generator of economic as well as symbolic capital. The urbanist and architect place, themselves at the service of the ultimately museifying –read embalming – objective of urban centres, qualified as monumental. They’ve been doing this for over a century, contemporising the often purely parodic materials of urban memory. Firstly by means of historicist imitation, after the fashion of the aforementioned Barri Gòtic, in the case of Barcelona. And secondly by means of postmodernist ironising and pastiche, of which Barcelona’s Pueblo Español would be both a precedent and a presage. The agreement between urban planners, cultural managers and promoters and tour operators may be total, especially if all three are in a position to grasp the ultimate meaning of their work. This is nothing other than offering the tourist and the investor, but also the actual resident, the most homogeneous kind of image possible of the space he consumes, user or inhabits. In all three instances the aim is to generate centralisation, a centralisation in which urbanisation is united or blended whit monumentalisation, a great dream of the total integration of interests, collective spirit and uncritical participation in the named.

The efforts are everywhere to be seen that this or that person – from the urbanist to the tour promoter, talking in the politician and the businessman who encourage and sponsor both – makes in order to impose spatial and temporal discourses which present that which is there an d doesn’t stop –the urban, that which is agitated without respite, that pure working through – is what any institutionalised order attempts in its relations with social space. What is involved is making the tourist believe what anticipates having reason to believe, which is nothing other than the hallucination of a completely organic city, impossible were it not on the basis of inventing and publicising this principle of identity, which may prove to be no more than concealing the perpetually changing dimension of the universe it never manages to completely hide. In contrast to a memory consisting of clichés and fixed points around monuments and monumentalisation, what there is in fact is something else: countless memories, infinite practices infinitely reproduced by an activity that is at once molecular and massive, microscopic and magmatic.

A world of places without names, an ectoponymy, which is the precise opposite of a toponymy. Concealed from the tourist who arrives from elsewhere and from the citizen converted into a tourist in his own city is how the streets and squares are secret and silent archives, incomplete tales of lived experience, a reminder of heroic deeds without issue, incomparable settings for minimalist epics of those who have naught save own bodies.

Potent memories without power that confront those of an impotent power, its commemorative, triumphant, false, spectacular cities. It is in order to tame and to watch over this artefact of existing plurally that is any city that the order of institutions and the logic of business attempts to instaure its ornamentation. This means attaining a major objective: that of constituting the sceneographic, cognitive and emotional bases of a politically pertinent and commercially sellable identity, a unitary urban spirit that imposes itself once and for all on an endless multiplicity of occurrences, ramifications, lines, protuberances, bifurcations. Perpetual motion, a ballet of unpredictable figures, heterogeneity, chance, murmurings, interferences – the city. Barcelona. It is by negating this kaleidoscope endowed with intelligence that the politician, the city planner and the tour promoter attempt to impose the simplicity of their schemas, the peacefulness of their cities without a city.


[Photo by http://iso101.blogspot.com.es/]


Canals de vídeo

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