diumenge, 3 d’octubre de 2021

La ostentación paradójica

La foto es de David Tijero

Último apartado de Vida de estudiante, que firmamos Marta Lopez y yo, publicado en Jorge Larrosa y Marta Venceslao, coords., De estudiantes y estudiosos (Universitat de Barcelona, 2021), sobre los objetos que decoraban un mueble-comedor de un piso de estudiantes Erasmus en el barrio de la Bordeta de Barcelona. He suprimido las referencias bibliográficas.

La ostentación paradójica
Manuel Delgado y Marta López

Como se ha podido ver, todos los objetos expuestos en el salón comedor de aquella casa habían sido encontrados, regalados o adoptados, incluso los que llegaron a la casa con sus inquilinos. Cada uno de ellos tenía su biografía, que era también un fragmento de la de aquellos que los habían aportado o de quienes en el pasado habían habitado el apartamento. Procedían del intercambio, del hallazgo imprevisto o de la recolección espontánea. Eran testimonios de una amistad o, al menos, de un encuentro significativo. De hecho, toda la vivienda podría concebirse como un museo del objeto surrealista, hasta tal punto recogía el espíritu de aquel movimiento y su obsesión por hallar pruebas de las molestias que se toma el azar para demostrar que no existe. Cada objeto de la casa era, o quería ser, un guiño, un sarcasmo, una transgresión, una burla. Todo parecía responder a una voluntad de extrañar o turbar a quienes, como nosotros, acudíamos desde fuera a visitarlos y seguramente representábamos para ellos seres más convencionales y previsibles.

Ninguna de aquellas cosas había sido comprada, al menos de manera ordinaria, es decir sin que su adquisición hubiera estado acompañada de algún tipo de experiencia singular. Puede afirmarse, por tanto, que la exposición ha-cía visible una determinada jerarquía de valores de los que los poseedores se exhibían como poseídos. A pesar de que muchos de los objetos habían sido encontrados por la calle, resultaban “horrorosos” desde no importa qué canon estético o tenían una función prosaica, eran, sin duda, bienes de lujo, aunque no remitiesen a un alto estatus económico sino a un criterio ético y estético de rango superior. Es cierto que no eran objetos de consumo, pero compartían con ellos su vocación de marca visible, de una subjetividad compartida valiosa y merecedora por tanto de que los miembros de una determinada élite de elegidos reconociesen a su portador como uno de los suyos. Esos objetos apare-cían saturados de una belleza moral que les daba un valor supraeconómico, no a pesar de su escasa o nula equivalencia crematística, sino por ella, puesto que ninguno de ellos podía ser comprado con dinero. Inmercantilizables, por así decirlo, lo que les daba valor no era el uso, sino que hubiesen sido usados. To-dos ellos eran especiales por su "autenticidad", es decir, por las biografías cargadas de virtudes abstractas —amistad, lealtad, sinceridad...— de las que se presuponían emblemas. Al hacer manifiestas estas cualidades, la aportación de objetos a aquella especie de museo doméstico se convirtió en una competición para "estar a la altura" de las exigencias de la mutua aceptabilidad.

La ex-presión pública de la materialidad y el reconocimiento interno de gustos com-partidos era obvia dado que todos los objetos expuestos estaban ubicados en el principal lugar de concurrencia de la casa. Esta exposición debía ser reconocida como una declaración de principios acerca de quienes los poseen y los ponen en común. Como estudiantes extranjeros desplazados, se daba por hecho que sus recursos económicos eran escasos y que todos ellos dependían de su familia, más que de sus becas. En cambio, su capital cultural era elevado, como correspondía a universitarios de clase media, clase media-alta, que se habían podido permitir hacer eso que estamos reconociendo como "vida de estudiante". Todos ellos coincidían no solo en los logros académicos que les habían hecho merecedores de la ayuda administrativa que les permitía residir en Barcelona —con la posibilidad ejercida de viajar constantemente de una ciudad a otra—, sino también en preferencias musicales, vestimentarias, literarias y culinarias que acreditaban signos de distinción en que se mezclaba austeridad y sofisticación, puesto que todos los elementos expuestos eran simples a la vez que "especiales”. El caso de la cafetera reutilizada como maceta es un buen ejemplo que demostraba la humildad formal y la arrogancia conceptual de muchos de los objetos que componían la colección. Volvemos a lo apuntado al principio sobre la voluntad que los estudiantes pueden exhibir y autoexhibir de haberse emancipado de toda supeditación externa a su propia determinación, en este caso estética. Habitantes de lo que Bourdieu y Passeron llamaban “la irrealidad constitutiva de la condición estudiantil”, esa vocación de desclasamiento pasaba por una exposición de adhesiones a objetos vulgares, de mal gusto e incluso feos, pero de inoculados de un valor singular, creativo, alterna-tivo y rompedor, destinatarios de una especie de torsión que los acababa convirtiendo en expresiones de exquisitez, demostrando la capacidad que tiene una determinada élite cultural de constituir estéticamente cualquier tipo de objetos.

Ninguno de los objetos exhibidos era o parecía nuevo. No había nada estrenado. Todas eran cosas desgastadas, deterioradas, abolladas, medio rotas, escacharradas, con alguna pieza de menos y desvencijadas, cosas a las que correspondería el estrato más bajo en la jerarquía de los objetos, al extremo contrario de los artísticos, antiguos o de consumo de lujo. En cambio, todos los objetos eran tan únicos e irrepetibles como los que componen las más valiosas colecciones. Esos objetos podrían haber sido desechados y lanzados a la basura. En cambio, habían sido rescatados del destino que la máquina de destruir capitalista les tenía deparado y recibido una dignidad superior a la de todos los elementos que componían el ajuar utilitario de la casa, sacralizados en el sentido durkheimiano del verbo, es decir separados, segregados para ser colocados en el altar que en todas las casas es la exposición pública de ciertas cosas sentimentalmente valiosas. De hecho, cada uno de esos objetos es una forma radical de fetiche, en el sentido que Marx aplicaba el término al origen del valor de cambio de las mercaderías, puesto que son cosas triviales, “de comprensión inmediata”, pero cuyo análisis desvela una condición “endemoniada”, en tanto que, según Marx, concreción física de relaciones sociales de producción, siendo la ocultación –en nuestro caso la negación– de esas relaciones lo que les otorgue su plusvalía simbólica.

Los objetos expuestos de forma aparentemente arbitraria y desordenada en el piso del carrer Gavà, procedentes de dones, de encuentros azarosos o el producto visible de una amistad inevitablemente efímera, habían trascendido sus iniciales valores de uso, de cambio y simbólico para convertirse, siguiendo a Baudrillard, en objetos-signo, que ya no son ni dados, ni hallados, sino apropiados por sus detentadores como signos, es decir, "como diferencia cifrada". El sentido de esos objetos-signo no remite a relaciones entre personas, sino a relaciones entre códigos, como si los signos dialogaran entre sí, pero solo con aquellos que aparecen sistematizados en un determinado registro cuyo conocimiento permite distinguir entre quienes participan de él y lo entienden y aquéllos para quienes resulta ininteligible. Esa carga de connotaciones diferenciales es la que coloca el sistema que organiza lo exhibido en el living de la casa bajo la misma lógica del consumo que los inquilinos tanto parecían detestar, puesto que está determinado por el mismo principio que per-mite colocar a quienes en él están involucrados en marcos clasificatorios del que las cosas poseídas y exhibidas son marca y que, en efecto, funcionan ocultando o haciendo como si no existiesen las relaciones reales de poder y de producción.

Como formando parte de estrategias de ostentación, los objetos coloca-dos a la vista de todos en el salón comedor eran proclamaciones acerca de quiénes son y, sobre todo, de con quién, bajo ningún concepto, querrían que se les confundiese. Por un lado, corresponden todos ellos al rango de las cosas a cuyo aprecio conviene adherirse para ser reconocido como concertante en un determinado contexto; de ahí el acuerdo acerca de lo que debe estar y lo que corresponde ocultar por ser demasiado privado o por no estar entre lo que los demás moradores no consentirían integrar en un ambiente compartido. Esos elementos escogidos y aceptados como pertinentes es muy probable que merecido esa consideración precisamente porque nunca serían parte de una decoración basada en cánones estandarizados o a la moda. Todo lo expues-to era elemento de ostentación, pero de una ostentación paradójica, puesto que de lo que se presumía era la renuncia a la ostentación, al menos de acuerdo con lo que las personas "normales" entenderían que es digno del calificativo de ostentorio. De lo que se alardeaba era del ascetismo de los objetos exhibidos, cuya grandeza no provenía de su valor económico, sino de su "valor humano".

En aquella casa todos las cosas expuestas eran ostentosamente “incomparables”, como si todo el conjunto funcionara como la inversión de lo que Veblen había llamado "el derroche ostentoso", consisten-te en lucir cosas reputadas como caras. Se cultivaba en la vivienda de estos estudiantes un ejemplo nítido del contraste entre singularidad y mercado, una ideal negación de lo económico que retrotrae imaginariamente a algo así como una añorada humanidad precapitalista, todavía no contaminada por el interés y fundada en la verdad psicológica de los vínculos humanos, un mundo en que, como señala Bourdieu para referirse a este tipo de realidades en que el orden social aparece como falsamente invertido, "la verdad de los precios está sistemáticamente excluida",

Ese sesgo da cuenta de que los inquilinos siguen un estilo de vida "moderno", en el sentido que sugeriría Mary Douglas para referirse a exhibiciones de gusto en la selección de los elementos hogareños supuestamente no determinada por algo que no fuera la espontaneidad y la libre elección. De he-cho, se antoja que su voluntad es la de generar una alternativa a lo que se espera que sea un hogar ordinario, sometido al imperio del consumismo, la banalidad o la hipocresía, desolado por la incomunicación familiar y el despotismo de las jerarquías tradicionales, un hogar como aquél del que estos mismos jóvenes proceden y de cuyo modelo proclaman a voces querer distanciarse.

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