dimecres, 21 d’octubre del 2026

Desatención cortés y derecho a la indiferencia

La foto es de Tino Calabuig

Nota enviada a los estudiantes de l'asignatura Antropologia dels espais urbans del Màster en Antropologia i Etnografia de la Universitat de Barcelona, en mayo de 2025.

Desatención cortés y derecho a la indiferencia
Manuel Delgado

Voy a ir enviándoos apuntes que os pueden servir de cara al ejercicio de la asignatura. Por ejemplo, algo sobre el concepto de desatención cortés, relacionado a su vez con el tema del derecho a la indiferencia del que hablé en clase, contacto a su vez a la crítica del elogio retórico de la diversidad. El tema es importante porque señala la diferencia entre interacción focalizada y no focalizada. Es básico también para la cuestión del estigma, que siempre consiste en una hiperfocalización de ciertas presencias públicas.

Cabo insistir en que la clave del papel central que se espera asumamos, en ese tipo singular de vida social entre extraños que es la vida urbana –lo urbano–, es la capacidad que tenemos y el derecho que en teoría nos asiste de ejercer el anonimato como estrategia de ocultación de todo aquello que no resulte procedente en el plano de la interacción en tiempo presente. Permanecer en el anonimato quiere decir reclamar no ser evaluado por nada que no sea la habilidad para reconocer cuál es el lenguaje de cada situación y adaptarse a él. Se supone que cada momento social concreto implica una tarea inmediata de socialización de los copartícipes, que aprenden rápidamente cuál es la conducta adecuada, cómo manejar las impresiones ajenas y cuáles son las expectativas suscitadas en el encuentro.

De ahí que resulte indispensable reclamar para tal actividad aquel principio de reserva al que Georg Simmel dedicara su conocido ensayo sobre la vida urbana («Las grandes urbes y la vida del espíritu», de 1903; está en el almacén de lecturas del campus virtual) y que consistía en la necesidad que los habitantes de las ciudades tenían de distanciarse ante la proliferación extraordinaria de acontecimientos con los que debían toparse en su vida cotidiana y de mantener con sus protagonistas algo parecido al distanciamiento, a la indiferencia e incluso a la mutua aversión. Ese principio de conducta es el que Goffman llama inatención o desatención cortés, principio de no interferencia, no intervención, ni siquiera prospectiva en los dominios que se entiende que pertenecen a la privacidad de los desconocidos o conocidos relativos con los que se interactúa constantemente. Esa desatención cortés –también indiferencia de urbanidad– permite en teoría superar la desconfianza, la inseguridad o el malestar provocados por la identidad real o imaginada del usuario en un espacio de libre concurrencia.

En teoría, ese orden social fundamentado en el extrañamiento mutuo en que se basa la sociedad urbana, esto es la capacidad y la posibilidad de permanecer ajenos unos a otros en un marco tempo-espacial restringido y común, no sólo no obliga a que el otro se presente, puesto que toda relación en contextos de pública concurrencia se establece a partir únicamente de lo que se hace y de lo que se debe hacer, es decir a partir de las codificaciones que afectan a las maneras de hacer y a los ritos de interacción. Ese principio de reserva es el que exige reclamar y obtener el derecho a resistirse a una inteligibilidad absoluta, reducir toda afirmación de sociabilidad a un régimen de comunicación fundamentado en una vinculación indeterminada, cuyos componentes renuncian, aunque sólo sea provisionalmente, a lo que consideran su verdad personal, a partir de la difuminación de su identidad social y de cualquier otro código preexistente, el privilegiamiento de la máscara, el ocultamiento y el sacrificio de toda información sobre uno mismo que pudiera ser considerada improcedente.

Llegamos, desde esa preocupación nodal por los vínculos provisionales entre extraños que proliferan en la vida urbana, a las diferentes teorías situacionales, todas ellas atentas a las relaciones humanas basadas en la inmediatez y en cierta indeterminación identitaria de sus protagonistas. Ese ha sido uno de los temas centrales de la materia: la interacción, en tanto que determinación recíproca de acciones o de actores que, no sólo puede ser considerada como un fenómeno en sí mismo y por tanto observada, registrada y analizada, sino que merece que se le atribuya centralidad en la consideración de la conducta social humana. La situación como orden social elemental puede y debe ser reconocido como ejemplo de organización social dotada de cualidades formales específicas, a la que es viable viviseccionar, aislar a afectos analíticos, tratarla como un orden de hechos como otro cualquiera, un sistema en sí, es decir una entidad positiva que justifica un trabajo científico.

Los presupuestos de inferencia para la acción pertinente entre desconocidos totales o relativos no sólo pueden prescindir de que cada cual se presente a sí mismo —salga de su anonimato, se identifique—, sino que suelen hacer abstracción de su estatus social, de su aspecto fenotípico, de sus pensamientos, de sus sentimientos, de su género, de su ideología, de su religión o de cualquiera de las demás filiaciones a las que se considera o se le considera adscrito.

El usuario del espacio urbano –entendido como ese espacio de visibilidad mutua generalizada– se pasa el tiempo observando lo que ocurre ante y en torno a él, pero no de una forma pasiva, sino como alguien que no deja de interpretar y clasificar lo que observa y que sabe que él está siendo constantemente observado a su vez. No sólo mira, sino que conceptualiza y juzga las acciones y personajes que tiene ante sí, elabora los resultados de sus recepciones perceptuales. Sabe, no obstante, que su capacidad de escrutamiento es limitada y que todavía lo es más la de controlar las escenas en que se ve involucrado.

En cualquier caso, la regla fundamental que rige en ese espacio es la de una mínima inteligibilidad escénica. La copresencia en lugares públicos puede ser relacional, pero también infrarelacional; activa, pero no menos infraactiva. De ahí que las relaciones en público, como nos enseñara Goffman, puedan ser focalizadas y no focalizadas. En las no focalizadas la coordinación de las acciones recíprocas se lleva a cabo sin que se constituya actividad cooperativa alguna, lo que no implica que los interactuantes se ignoren. Eso es la desatención cortés es una forma de sociabilidad, una manera de organizar la copresencia de extraños entre sí que en los espacios públicos alcanza –o debería alcanzar– el rango de auténtica institución social.

En las no focalizadas la coordinación de las acciones recíprocas se lleva a cabo sin que se constituya actividad cooperativa alguna, lo que no implica que los interactuantes se ignoren. Simplemente se hace como si no estuvieran. Son no-personas, una no-persona, individuo relegado al fondo del escenario (upstaged) o que queda eclipsado por lo que se produce delante

suyo, pero no les incumbe. Acordaos de que explicaba que eso explica que desviemos la atención prestada de forma inconveniente a personas con las que coincidimos –os ponía el ejemplo del ascensor– pero que deberíamos ignorar. Entonces es cuando ejecutamos lo que Goffman llama «bajada de faros»: bajamos o desviamos la mirada automáticamente. Que alguien se fije ostensiblemente en nosotros sin motivo no podemos dejar de interpretarlo como un factor de inseguridad cuando no como una amenaza.

En el caso de que la interacción sea focalizada la comunicación se organiza bajo un régimen de anonimato más relativo y de una indeterminación menor, como ocurre en el caso de las relaciones de servicio, por ejemplo. En una interacción focalizada los agentes deben modelar mutuamente sus acciones, hacerlas recíprocas, garantizar su mutua inteligibilidad escenográfica, distribuir la atención sobre unos componentes más que sobre otros, ajustarla constantemente a las circunstancias que vayan apareciendo en el transcurso de la relación.

Es entonces cuando se hace manifiesto cómo la reserva y el distanciamiento, la desatención cortés de la que habla el interaccionismo simbólico, son formas de atención, maneras de no dejar de tener bien presente la presencia de aquellos a quienes se ignora.

Si la forma condicional conviene a estos principios de sociabilidad entre desconocidos es porque se pone demasiado frecuentemente en evidencia que a muchas personas se le niega ese derecho al distanciamiento y a la reserva y no se pueden desprender, ni siquiera en un lugar público en teoría de todos y de nadie, de los marcajes que los interiorizan en las otras parcelas plenamente estructuradas y jerarquizadas de la vida social. He hablado en clase de ello: el derecho a la indiferencia. Es en cuanto una relación pasa de no focalizada a focalizada que se desvanece la ilusión que pudiera haberse generado de que el espacio urbano está a salvo de las estructuras que en la sociedad asignan lugares subordinados para ciertas personas por razón de su edad, de su género, de su clase o de su identidad étnica, ideológica, religiosa o lingüística, es decir no tanto por lo que hacen, como por lo que son o se supone que son.

En efecto, unas tabulaciones clasificatorias que hasta aquel momento podrían haberse limitado a distinguir entre la pertinencia o no de las actitudes percibidas inmediatamente y de su resultado inminente, pueden, en cuanto la focalización se ha producido, dejarse determinar por un marcaje reconocido o sospechado en aquel o aquellos con quienes se interactúa. Éstos pierden los beneficios del derecho al anonimato y dejan de resultar desconocidos que no suscitan ningún interés, para pasar a ser detectados y localizados como individuos cuya presencia –que hasta entonces podía haber pasado desapercibida– acaba suscitando situaciones de contacto generadores de malestar, inquietud o ansiedad. Esos climas son los que pueden convertir en cualquier momento una relación focalizada en diversas formas de negación de personas previamente estigmatizadas por una razón u otra, formas que van desde las más agresivas –la humillación e incluso la agresión– a otras mucho más sutiles, como la tolerante y comprensiva, no menos certificadoras de un estatus de inferioridad que la tendencia igualizadora de la vida urbana no ha podido escamotear.

Es en esa obra fundamental para las ciencias sociales de la desviación que es Estigma donde Goffman más enfatiza el peso que sobre la situación ejercen estructuras sociales inigualitarias que preceden y rondan a la acción. Ese mundo de extraños se sostenía a partir de la radical actualidad de la situación y de la competencia –y el derecho– de los participantes en ella para no definirse y mantener en secreto toda o parte de su identidad. En cambio, a la mínima oportunidad, una serie de tabulaciones clasificatorias que hasta aquel momento podrían haberse limitado a distinguir entre la pertinencia o no de las actitudes percibidas inmediatamente y de su resultado inminente, pueden, en cuanto se desencadena la focalización, dejarse determinar por una identidad social reconocida o sospechada en aquel o aquellos con quienes se interactúa.

El identificado como portador de un rasgo minusvalorizante –pertenencia a un segmento social considerado bajo o peligroso, adhesión cultural inaceptable, discapacidad física o mental– pierde automáticamente los beneficios del derecho al anonimato y deja de resultar un desconocido que no provoca ningún interés, para pasar a ser detectado y localizado como alguien cuya presencia –que hasta entonces podía haber pasado desapercibida– acaba suscitando malestar, inquietud o ansiedad. Una relación anodina puede convertirse entonces, y a la mínima, en una nueva oportunidad para la humillación del preinferiorizado, para un rebajamiento que puede adoptar diferentes formas, que van de la agresión o la ofensa a una actitud compasiva, tolerante e incluso “solidaria”, no menos certificadoras de cuán ficticia era la teórica tendencia ecualizadora de la comunicación entre desconocidos en contextos públicos urbanos.

Esas ideas –focalizado-no focalizado, inatención cortés, principio de indiferencia– están en las partes I y II de Behavoir in public places –todo el libro os será muy valioso para el trabajo– y de manera más dispersa en Relaciones en público. Clicar en el busca “inatención”. Los dos libros de Goffman están en la bibliografía para el trabajo.


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