Fotograma de "Perros Callejeros", José Antonio de la Loma (1978)
Nota enviada a la gente del Observatori d'Antropologia del Conflicte Urbà en octubre de 2024.
Sobre la caninización del joven delincuente
Manuel Delgado
Sobre esto del universo quinqui que hablábamos, Marta Venceslao y yo estamos mirando de publicar una cosa sobre la bestialización del joven delincuente, en concreto cómo todo un sistema de representación recoge afinidades animalescas como la que le homologa con un perro sin hogar, es decir como el título de la primera película del cine quinqui, un perro callejero. Bueno, no, porque en Los olvidados (1950), de Luis Buñuel, chicos suburbiales de Ciudad de México deambulan por la ciudad como si fueran perros vagabundos, una analogía explicita en la escena en que uno de ellos, Jairo, cuyo cadáver acabará amontonado en un vertedero, sueña que es un perro abandonado.
Pero, al margen de este precedente, el exponente más ilustrativo de esa animalización del adolescente que delinque lo tenemos en el Vaquilla y el Torete, dos jóvenes delincuentes de finales de la década de los 70 a los que el director de cine José Antonio de la Loma convirtió en protagonistas de ese nuevo género cinematográfico del que estamos hablando: el cine quinqui Recuérdese que estas películas, escenificadas en barrios marginales del entorno de Barcelona –la Mina, Ciutat Badia, Torre Baró o, como atendieron nuestras compañeras en el proyecto del que os hablaba, Pomar, en Badalona–, muestran el fenotipo del menor infractor de la época: muchacho que, torcido por ambientes perniciosos, se dedica al robo de automóviles, a atracos y a consumir drogas.
Las primeras películas de este tipo tienen títulos elocuentes:
Perros callejeros (1977), P
erros callejeros II. En busca y captura (1979) y
Los últimos golpes del Torete (1980). Como consecuencia del éxito de este cine se produjeron otras muestras situadas en las periferias de Madrid o Bilbao. Una de ellas,
Navajeros, dirigida por Eloy de la Iglesia (1980), está protagonizada por el Jaro, que es el nombre que recibe un tipo de jabalí. La segunda entrega de la saga,
Perros callejeros II (1980), la del trabajo sobre Pomar que os decía, contaba con una banda sonora de la cual destacaba un tema de Los Chunguitos: «Soy un perro callejero». El estribillo repetía: «Soy un perro callejero / Y yo digo que más da / Vivo solo y como puedo / Soy muy duro de pelar». Inolvidable:
https://www.youtube.com/watch?v=i77NulthoW0
Cuarenta años después, en 2020, Tanito 930, un joven rapero de padre senegalés y madre gitana, vecino de la Mina, un barrio tenido por problemático al lado de Barcelona, publicaba un tema, «Perros callejeros», que trasladaba todo el imaginario de la marginalidad quinqui al momento actual. «Lo malo provoca, lo malo domina / Empecé vendiendo gramos parao en una esquina / Estoy en la calle, yo no quiero fama». Aquí está
https://www.youtube.com/watch?v=JGT_ejt09Dw. He ahí otra muestra de la manera en que los sujetos representados como animales pueden acabar apropiándose o identificándose con las formas con las que son nombrados. En otros contextos, encontramos estas autonominaciones en los jóvenes salvadoreños de la Mara 18 que protagonizan el documental de Cristian Poveda
La vida loca (2007), y que utilizan el significante perro como forma de interpelación cotidiana entre ellos.
En la base teórica que estamos empleando no remitimos sobre todo al libro de Norbert Elias y John L. Scotson, Establecidos y marginados (FCE), donde se señala cómo la animalización funciona como un recurso retórico en orden a señalar la presencia de un ser humano al que se le niega justamente su humanidad, una técnica discursiva empleada para el rebajamiento de individuos o colectivos difamados. Hay que recordar, como ilustración de lo mismo, que tenemos otros ejemplos de caninización metafórica del adversario como otro absoluto. Sabemos de primera mano cómo el lenguaje usado en contextos de radicalidad política en Euskadi y Catalunya tenía una manera de nombrar a los policías: txacurras, para referirse a los ertzaínas; gossos, para mentar a los mossos d’esquadra. Las dos palabras significan perros. Los etarras, no. Los etarras tienen cachorros.
Un testimonio personal. En la cárcel, me tocó vivir un motín. Era octubre de 1975 y como consecuencia del asesinato de un recluso, El Habichuela, al que unos funcionarios dieron un paliza de muerte. Estaba en la galería de menores de 21 años de la Modelo. Recuerdo qué gritábamos: "¡No somos perros, no somos perros!".