Notas para Lucía Castejón, estudiante del máster de Antropología y Etnografia de la UB, enviadas en febrero de 2024
Flujo de expresión y aceptabilidad mutua
Manuel Delgado
Retén lo que procuré explicarte en del despacho sobre el valor expresivo de los signos. Estos desvelan un referente subjetivo –una evaluación, una relación de tú a tú, intenciones, sentimientos– que sólo a través suyo acceden a la visibilidad. Gestos, comportamientos, posturas, palabras... tienen un doble valor indicativo: liberan informaciones acerca de quién los emite, permite a quien los percibe hacer inferencias válidas sobre la identidad de sus autores, atribuirles estados mentales, acontecimientos internos (deseos, sentimientos, pensamientos, intenciones), de evaluar la normalidad o no de sus actos, diagnosticas su estado de ánimo, incluso su salud mental.
Goffman habla ahí de flujo de expresión. Goffman no entiende por expresión la revelación de una realidad interior, de la presentación externa de algo interno, experiencias subjetivas a las que el actor tendría un acceso privilegiado. Las personas nunca están en ellos, sino entre ellos. «La naturaleza más profunda de los individuos está a flor de piel, la piel de sus otros».
Lo que se lee sobre los cuerpos, el flujo expresivo que desprenden, que exceden, es el resultado de una doble operación: lo que se da a leer más o menos intencionalmente y lo que los demás le atribuyen a partir de la interpelación de lo que perciben y que concierne a la identidad, la normalidad de los comportamientos, la interioridad, el equilibrio y las coherencias personales, etc.
No obstante, nuestras actuaciones requieren, por tanto, una ratificación, una aprobación. La interacción es un asunto de posicionamientos recíprocos de cuerpos en un mismo tiempo y espacio. Eso es posible porque unos y otros son capaces de no reivindicar otra definición de sí mismos que no sea la que los otros están en disposición de aceptar. También porque son capaces de codificar tal definición práctica en sus comportamientos expresivos. Es porque los supuestos del individuo sobre sí mismo se adecua a su lugar normativamente aprobado en el grupo en que la identidad reinvidicada o actuada y la identidad atribuida coinciden.
La tarea de los participantes en los encuentros es facilitada por la existencia de formas de intercambio que permiten ese trabajo de ajuste progresivo: son los intercambios rituales. Estos actos convencionalizados representan técnicas generales de ordenamiento de las situaciones sociales.
Para Goffman la gente se esfuerza por administrar los lugares que le son asignados por los demás, es decir por organizar sus conductas de tal manera que éstas encarnen una definición práctica de uno mismo que los otros puedan atribuirle en función de lo que se supone que era y lo que se supone que son sus intenciones. Esa preocupación es lo que encontramos en la base del control social normativo: contribuye a asegurar la conformidad a las normas sociales, es decir a inhibir i corregir las desviaciones y prevé sanciones para los casos en que esa conformidad no se dé. El sistema de sanciones asociado a una regla proclama el éxito o el fracaso de un individuo a la hora de ser lo que él y los otros consideran que debe ser.
En cuanto a la manera como se ejerce ese control lo encontramos en esas actividades rituales especiales a que Goffman llama intercambios reparadores.
Produciendo excusas, justificaciones y explicaciones el transgresor puede reorientar la evaluación que hacen los demás de su violación. A través de las disculpas se manifiesta que su relación con la regla violada es distinta de la que se da a suponer en su conducta, que no pone en cuestión la validez de las normas compartidas. Indica que su ofensa no expresa lo que se es y se continua siendo, y que se desautoriza a la persona manifestada por sus actos ofensivos. Pide pues que se le considere, a él y a sus actos, como diferentes de su sentido manifiesto.
De ahí la importancia de la actividad ritual, que permite que el actor controle la interpretación de sus comportamientos expresivo por parte de los demás, así como mantener las definiciones que les son atribuidas dentro de los límites que su amor propio puede aceptar. Sin embargo, todo ello es frágil. La actividad reparadora es aceptada por los demás, que suponen que el transgresor está lo suficientemente vinculado al grupo como para querer continuar jugando al juego. Si no fuera así, no habría nada que hacer.
El orden social se autopercibe constantemente como extremadamente vulnerable. Su mantenimiento implica, como último resorte, la buena fe y la lealtad de los miembros de la colectividad. Es necesario, para ello, que los componentes de la agrupación social suscriban de buen grado las normas tenidas por legítimas, que adquiera la preocupación por su propia presentación y el respeto por la persona suya y de los demás.
