dissabte, 10 d’octubre del 2026

Barcelona, la ciudad como mentira

                    La foto es de Xavier Jubierre

Primer apartado del artículo La ciudad mentirosa, publicado en El Basilisco, 12 (1992), pp. 16-23. Fue una conferencia que di te que di en la Tokyo Gaikokugo Daigaku, la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio. La conferencia y el artículo se titularon como el libro que publiqué en 2007 a la Catarata.

Barcelona, la ciudad como mentira
Manuel Delgado

Barcelona ha sido llamada a ejercer como una de las ciudades-talismán de esta década de los 90. Eso ha hecho, sin duda, que esta urbe haya pasado en los últimos tiempos a un primer término de la atención periodística y devenga alusión recurrente en los medios de comunicación a un nivel planetario. Es evidente que todas estas visiones brin-dan una idea a todas luces insuficiente de una complejidad urbana extraordinaria, pero, en cambio, sí que son a la vez la constatación y el resultado de una operación promocionadora en la que una determinada imagen de lo urbano sustituye cualquier otra impresión y demuestra la eficacia de determinadas técnicas de simbolización, que no sólo han conseguido mostrarse atractivas para un público ya de dimensiones mundiales, sino que también han resultado eficientes en orden a que los propios barceloneses hayan aca-bado disuadidos de la autenticidad de una puesta en escena que podría pasar por el más inmejorable paradigma de las estrategias de enmascaramiento y fetichización de lo real.

Por una parte, la gran estratagema de maquillamiento en que las actuales autoridades municipales barcelonesas están complicadas tiene como objetivo el control sobre los aspectos menos agradecidos de la ciudad, concretados en crónicos déficits infraestructurales y un grave problema de exudación en forma de marginalidad, por no decir de verdadera miseria urbana. Las vías practicadas en ese sentido escamoteador son las del soslayamiento subliminizador, así como la expulsión higienizadora de las periferias sociales interiores a los extraradios geográficos. Pero, además de esto, lo que parece evidente es que el gran objetivo de los diseñadores de la Barcelona del final de siglo es la de la estructuración precisamente de ese elemento del que la capital catalana había carecido siempre: una emoción capaz de homogeneizar una urbanidad caracterizada por la dispersión social, la compartimentación provocada por el agregado de barrios singularizados -y en gran medida autosegregados con respecto a un centro debilitado y casi imperceptible-, que habían ido conformando la actual forma urbana, así como la plurietnicidad que provocó el aluvión migratorio procedente del sur peninsular desde principios de siglo y que ha hecho de Barcelona una ciudad en la que etnia anfitriona, en este caso la catalana, representa no mucho más del 50 % de su población total de en torno a 1.700.000 habitantes.

La generación de un paisaje urbano capaz, por una parte, de trascender las carencias, a la vez que de generar una hasta hace muy poco inexistente, autoidentificaci'ón de lo que ya debemos llamar barcelonesidad, se está llevando a cabo a través de una auténtica apoteosis de la escenifcación y la producción significante, eri un delirio semantizador y prnpiciador de sentidos que debería ser tomado como ejemplo de cómo se puede organizar manipuladoramente el medio ambiente con el fin de convertirlo en argumento y refuerzo simbólico de una determinada ideología del ser coral. Pocos ejemplos podríamos encontrar más claros de proyecto a gran escala de generación de espacios prostéticos, esto es desplegados con fines de soporte adaptativo a realidades nuevas, artificialmente animadas desde instancias gubernamentales, de igual modo que Barcelona es en extremo prolija como muestrario de las relaciones entre ideología y lugar y de la manera como el entorno diseñado se convierte en sostén de una estructura motivacional y en pauta para la acción.

La promoción de simbolismos espacialmente organiza-dos capaces de significar a todos los grupos es la tarea más importante en la reinvención de lo barcelonés, ya no bajo el signo de lo heteróclito y lo multidireccional, sino bajo el de la homologación con un modelo abrumadoramente central y dirigista. Se percibe lo que los teóricos de la contemporaneidad han establecido sobre las nuevas etnicidades, ya no nutridas en la sentimentalización identitaria de vínculos de parentesco, religiosos, idiomáticos o de territorialidad, sino, ante todo, en paralenguajes persistentes, en puestas en escena y en urdimbres comunicacionales compartidas.

Lo que tenemos es que una vertigimosa sucesión de cambios, espoleados por la perspectiva olímpica, han quedado en manos de creadores de ambientes ciudadanos de-terminados por un estado de ánimo al que las nuevas co-rrientes intelectuales no son ajenas -acaso por que éstas, a su vez, aparecen como sobredeterminadas por nociones y fórmulas patentadas desde la arquitectura y el diseño urbano-, y que han hecho de esta ciudad mediterránea un laboratorio de experimentación no sólo formal, sino también de la capacidad de ciertos órdenes espaciales en devenir simbólicamente ejecutores de una cierta voluntad política, verdaderas factorias manufacturadoras de realidad.




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