diumenge, 30 d’octubre del 2016

La ciudad uterina


Fragmento de "La mujer pública. Género y ambigüedad en espacios urbanos", en Antropologias y estudios de la ciudad, México DF. I/2 (2006), pp. 9-36

LA CIUDAD UTERINA
Manuel Delgado

No se trata ahora de continuar cultivando la discusión sobre la obvia incidencia de las perspectivas de dominación masculinas sobre los diseños urbanos. Mucho menos sobre si existe o no una manera específicamente «femenina» de construir o planear cuando los encargos los asumen arquitectas. Ese tipo de discusiones acaban en reducciones paródicas, como la que supone que las mujeres proyectan preferentemente edificios con formas curvas y los hombres con estructuras verticales. Se puede acabar hablando en estos casos, por ejemplo, de la posibilidad de una arquitectura «vaginal», como han propuesto algunos teóricos, en la que lo circular y lo cavernoso dominaran sobre lo sólido. En cambio, si que se cabría reconocer que los códigos culturales implícitos dominantes que distribuyen por género las cualidades y los valores, contemplarían el aspecto ordinario de los espacios públicos, la manera como son usados por los practicantes de lo urbano, en términos más bien femeninos, precisamente por la preponderancia allí de lo concreto, lo heterogéneo, lo cotidiano, lo sensitivo, el cuerpo. La trama urbana es percibida y vivida en tanto que universo de intersticios, grietas, ranuras, agujeros, intervalos... Esa ciudad múltiple sería ajena u hostil a la ciudad falocrática de los monumentos y las grandilocuencias constructivas, puntos fuertes que no son tanto erecciones en el territorio como erecciones del territorio mismo, expresiones rotundas de una metrópolis concebida a imagen y semejanza del cuerpo masculino.

Todas esas características se adecuarían a lo que en otro lugar definía como la urbs: la actividad misma en que consiste lo urbano, la tarea misma de lo social haciéndose y deshaciéndose, una sociedad en cierto modo inorgánica en la que lo informal predomina y priman las situaciones sobre las estructuras. Una sociedad que no es otra cosa que ese trabajo que la forma y la disuelve antes de haber concluido su labor. A esa urbs se le opondría la polis, la administración y el proyectamiento centralizado de y sobre la ciudad, concebida como prolongación del modelo de Estado patriarcal y cuyos rasgos se asociarían semánticamente con lo masculino. En la calle, en cambio, la urbs acaba realizando su condición indeterminada, que se nutre de transformismos y ambivalencias. El espacio público es el proscenio sobre el que se exhiben prácticas y códigos, y se ejercen funciones y convenciones, que aparecen marcados por la negociabilidad, la contradicción, en un marco en que todo ha de ser constantemente definido y redefinido y en cuyo mantenimiento juegan un lugar estratégico los sobrentendidos y los dobles lenguajes. En ese escenario reina una constante confusión entre las distintas rúbricas de lo real: lo individual y lo colectivo, lo abstracto y lo concreto, lo material y lo ideal, lo que se asigna a la masculino –lo racional, lo organizado– y lo que lo masculino atribuye a lo femenino –lo afectual, lo sensitivo, lo intuitivo, lo emocional...

«Ningún orden soporta la reversión», señala Jesús Ibáñez, reflexionado precisamente acerca de la relación entre espacio público y mujer. El Uno, lo único, la polis, el Estado, son masculinos. Pero la división masculino-femenino también lo es. Lo sólo masculino es masculino, por supuesto; pero lo sólo femenino también lo es. La dicotomía, por lo que tiene de organizadora, racionalizadora, estabilizadora –en cierto modo estatalizadora– se corresponde con una lógica en última instancia falogocéntrica. Ibáñez añadia: «Masculino no es sólo uno de los sexos, es masculina la unidad –o contrariedad– de los sexos [...] Femenina es la indeterminación sexual, la reversibilidad de los sexos, el travestismo (el juego libre de las apariencias sin referencia a una esencia)» («Lenguaje, espacio, segregación sexual», en  A. García Ballesteros, ed., El uso del espacio en la vida cotidiana, Universidad Autónoma de Madrid). El travesti es, en efecto, el hombre que no quiere parecer hombre y se reviste de la apariencia de mujer. Para Severo Sarduy, en el travestido “la dicotomía y oposición queda abolida o reducida a criterios inoportunos”. El travesti remite al mito del andrógino, que se sitúa en “un tiempo adámico, en un tiempo antes del tiempo y de la separación física de los sexos [...], al final de la parábola de los sexos: en su oscilación, en ese punto en que su contradicción es a la vez mantenida, acentuada y borrada” (La simulacion, Monte Ávila).

¿Y ese juego de reflejos y apariencias que desmiente, desactiva, ignora o desacata el principio de identificación, respecto del cual se coloca antes o después, en cualquier caso al margen, el travestí, lo que en buena medida constituye el espectáculo fundamental de la vida pública, lo que ocurre a cada momento en las calles?  A pesar de las vigilancias y las restricciones que las afectan, en ellas se ofician los ritos de una ambigüedad sin límites, puesto que toda estructura social es puesta en suspenso momentáneamente por lo que allí no es sino el hacerse, deshacerse y volverse a hacer de una organización humana siempre inconclusa. El transeúnte amplía al mundo entero el estado de vaivén que el transexual opera entre los géneros, puesto que su existencia es la de un entre dos generalizado y constante. El espacio público es, en efecto, una arena en que las posiciones reales que cada cual tiene asignadas en el organigrama total de la sociedad reciben las mayores posibilidades de serle escamoteadas al otro, en que la reserva es un recurso fundamental para mantener a raya la tendencia de los demás a inmiscuirse, en que se recibe como naturalmente un derecho a la máscara mucho mayor que el que tolerarían los vínculos propios de un orden definitivamente estructurado.

En un escenario hasta tal punto lábil, conformado para que en él se prodiguen las excepciones y las desobediencias, la división simbólica de los sexos se torna frágil y las actitudes asignadas por convención a cada género fácilmente impugnables. En el ensayo antes mencionado sobre el lugar de la mujer en la vida urbana, Elisabeth Wilson subrayaba cómo el propio flâneur baudelariano encarnaba una cierta vulneración del modelo hegemónico de masculinidad, en la medida en que había en él mucho de indecisión sexual y de pasividad. Dándole la razón, cuando Teresa del Valle conceptualiza la inferioridad femenina en el  espacio público en términos de uso transeúnte –«el varón está en lo público y de paso por la casa mientras que la mujer pertenece a la segunda y transita por lo público»–, acaso no sea consciente de que está desplazando a todo viandante a una condición en cierto modo femenina, puesto que todo peatón, por emplear la feliz imagen que ella misma propone, hace lo que la mujer en la calle: navega por la ciudad. De hecho en el espacio público, en tanto que tal y porque no es de hecho más que un puro umbral, no se puede estar, sino solo pasar. El espacio público sólo existe en tanto que posibilidad y derecho de apropiación efímero o travesía.

Pero si el usuario del espacio público se empapa de la ambigüedad que le es propia a éste, y, al hacerlo, de alguna manera se feminiza, a la inversa, los personajes femeninos que en la literatura o en el cine desarrollan el grueso de su actividad en lugares públicos –prostitutas, agentes de policía, escritoras, marginadas sociales, bohemias, trabajadoras, etc.–, suelen ser mostrados como dominantes, seguros de sí, cínicos, con iniciativa, inconformistas, moralmente críticos, inclinados a la insumisión..., como si su contacto con la calle les imprimiera rasgos de conducta o caracteres asociados a los estereotipos de la virilidad. El espacio público, en resumen, propicia todo tipo de contrabandismos entre las esferas presuntamente estancas de lo masculino y lo femenino, vuelve andróginos a quienes lo frecuentan demasiado, los coloca en un territorio ambivalente en que todo puede devenir en cualquier momento reversible.

Cabría preguntarse acerca de cuál es el lugar que asignamos a la ambigüedad y el azar en nuestros análisis, y hasta qué punto su irrupción no nos obligaría a cuestionarnos el rigor –léase la rigidez– de las premisas desde las que partimos a la hora de elaborar teoría o de desarrollar nuestros trabajos de campo. ¿Qué supondría la toma en consideración del lugar de la ambivalencia en las expresiones concretas de un orden social súbitamente inordenado, la puesta en temblor de esos axiomas teóricos y metodológicos que nos permiten reducir la complejidad de lo real? ¿Y si reconociésemos el papel que juega en las relaciones humanas la indeterminación, la disolución que las prácticas imponen en las pautas culturales más presuntamente sólidas? Es esa  ambigüedad –y no en lo femenino, que en el fondo viene a confirmarlo– lo que se opone a lo masculino, entendido como lo centralizado y fijo, lo claro, lo expeditivo de lo real, pero también de sus análisis.



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