dissabte, 10 de desembre del 2016

¿Por qué errar es un error?

Foto de Gianni Berengo Gardin
Comentario para Fermín Pérez, doctorando

¿POR QUÉ ERRAR ES UN ERROR?
Manuel Delgado

No sé si te acuerdas, pero la última vez que nos vimos empecé a comentarte algo sobre los no-lugares. Creo recordar que fue a partir de lo que comentabas sobre la autopista del sur según Cortázar. Sé que apareció en un momento dado algo de un autor que he notado que te interesa, que es Michel de Certeau. Ya viste que luego te envié otra cita importante, muy en la línea de lo que queremos hacer.

La idea de no-lugar que más éxito tiene es, como hablamos, la que planteaba Marc Augé en Los no-lugares (Gedisa), entendidos como espacios del anonimato, lugares monótonos y fríos a los que no les corresponde identidad ni memoria y que no tienen nada que ver con contextos espaciales culturalmente identificados e identificadores. Además de las autopistas, mencionamos las habitaciones de los hoteles, los cajeros automáticos, las terminales de los aeropuertos, los hipermercados, las autopistas, etc. Esa utilización peyorativa de la idea de no-lugar la encontramos antes en otros autores como Emmanuel Levinas, por ejemplo (De lo sagrado a lo santo. Cinco nuevas lecturas talmúdicas, Anthropos), que había hablado del café como un “no-lugar para una no-sociedad, para una sociedad sin solidaridad, sin mañana, sin compromiso, sin intereses comunes, sociedad del juego”. También la emplea, en esa misma dirección crítica, Henri Lefebvre, cuando dice que lo que llama espacio abstracto "no tiene lugar", lo que lo convierte en un no-lugar. En cualquier caso, tal no-lugar contemporáneo sería el escamoteo ya irreversible de la posibilidad de un espacio urbano como marco para el cruce de experiencias e iniciativas.

Frente a esas visiones altamente pesimistas del no-lugar, otros autores han entendido ambas nociones en otra clave, asociándolas a los valores de posibilidad o potencia de lugar o de ciudad, o, si se quiere, al lugar o a la ciudad como posibilidad o como potencia. Me remito a dos libros ciertamente importantes. Uno es Lieux et no-lieux, de Jean Duvignaud (Anthropos), que creo que no está traducido; el otro precisamente La invención de lo cotidiano, de Michel de Certeau, del que la edición en castellano es de la Universidad Central de Venezuela y que es más conocido, aunque sea porque a él remite recurrentemente el libro de Augé, aunque sin explicitar la falta de coincidencia entre su concepción del no-lugar y la de aquél. Lo que para Augé es un paisaje, para Duvingaud y de Certeau sería más bien un pasaje. De la apoteosis del espacio sin creación y sin sociedad que sería el no-lugar augéiano, pasaríamos a la categorización del no-lugar como espacio hecho de recorridos trasversales en todas direcciones y de una pluralidad fértil de intersecciones, a la que llegan aquellos dos autores.

Esa noción de no-lugar me parece más adecuada para remitirse a todo lo que nihiliza o anonada la ciudad como morfología estable, como organización social estructurada o como orden político basado en instituciones–, puesto que entonces, como también te dije, se asocia con el no-ser platónico, que en El sofista —que no en el Fenon, como por equivocación te dije— se identifica con el heteron, esto es esas todas las demás cosas, ese todo lo otro que es la suma amorfa de todas las posibilidades, de todos los anhelos, de todas las ausencias. El no-lugar, como el no-ser platónico, no implica contrariedad –lo no-bello no es lo feo, le explica el Extranjero a Teeteto–, sino complementariedad con el lugar; es todo lo que traspasa o podría traspasar un lugar en cualquier momento, sin quedarse ni reconocerse en él. El no-ser “no significa lo contrario del ser, sino sólo lo otro que aquél”, ese lo otro cuya naturaleza “se ha demostrado que está entre los seres”. Entre ese todo lo otro que la idea de no-ser reduce conceptualmente a la unidad destacan las distintas figuras del movimiento. El movimiento, nos enseñan Platón y Artistóteles, es una forma de no-ser, ya que, sin ser, es un cambio del que el origen es un ser y el producto podría serlo acaso también. “El movimiento es de verdad no-ser, y es ser, puesto que participa del ser”, hace decir Platón al Extranjero en El sofista.

Yo entiendo que esta noción que proponen Duvignaud y sobre todo de Certeau de no-lugar corresponde a lo no nomádico, a las obsesione nómadas que conforman esto que estamos llamando lo urbano. Es decir, por una lado tendríamos la ciudad como sistema de lugares, es decir como marco de implantaciones y la que lo urbano como orden o esfera de los desplazamientos. Lo que tiene dirección —en el sentido de domicilio— y lo que es dirección. La primera sometida a una lógica de territorios, la segunda a una de superficies.

Jean Duvignaud lo plantea inmejorablemente en el párrafo que abre su Lieux et non-lieux: “La ciudad encierra. Enclaustra hombres cerrados por una muralla. Responde así a la “no ciudad”, lo otro –los espacios y las obsesiones nómadas”. La no-ciudad es, en efecto, para Duvignaud, lo que de distinto, difuso e indefinido envuelve la ciudad y que eventualmente la atraviesa. La ciudad es lo que, a la manera como conocemos la fundación de Roma por Rómulo, empieza siendo un agujero –el mundus– en el que los futuros habitantes, que han decidido dejar de desplazarse de un sitio a otro, entierran el polvo que han traído consigo desde de sus respectivos orígenes. A su alrededor, Rómulo traza con un arado de bronce, arrastrado por un buey y una vaca blancos, los límites que separan la ciudad de ese todo lo otro en que se reúnen el campo, las demás ciudades, pero también la inestabilidad y la oscilación nómada que se había decidido abandonar. Desde ese momento, errar no en vano va ser al mismo iempo vagar y equivocarse. A partir de ese momento, el lenguaje nos va a obligar a que proclamemos que todo errar es un error. 



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