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dimecres, 1 de maig del 2024

Las mascotas y el síndrome del domador

La foto procede de //cornwallphotographic.com/

Fragmento del artículo "El síndrome del domador. Algunas claves culturales del auge de los animales en la ciudad", Claves de la Razón Práctica , Madrid, núm. 31 (1993), pp. 34-41. Enviat a l'estudiant Silvia Martínez l'1 de maig de 2024

LAS MÁSCOTAS Y EL SÍNDROME DEL DOMADOR
Manuel Delgado

Pocos lugares como fueron los circos para entender el papel de los animales a la hora de hacer pensables los sufrimientos psicológicos derivados de la socialización humana. .Esta función simbólica de los animales circenses consiste —en los países en los que todavía no ha sido restringida o prohibida— en exigirle a las fieras salvajes –osos polares, elefantes, cocodrilos, tigres...– que parezcan feroces pero que al mismo tiempo obedezcan dócilmente las órdenes de su domador, todo para poner de manifiesto esas cualidades de mansedumbre y disciplina que les hacen aptos para formas elementales de sociabilidad humana. Un modelo simple de sociabilidad humana que, en concreto, se amolda a aquella variante que Norbert Elias ha venido llamando civilizada, fundada en la obediencia a las normas de urbanidad y el autocontrol. Si nos fijamos, lo que hacen los leones del circo no es sino comportarse como individuos «educados», que dan la mano, abren la boca, se sientan y saltan cuando se les dice y, ante todo, que contienen sus impulsos. El circo funciona, de hecho, como un aparato pedagógico destinado en gran medida a servirle a los niños, su público por antonomasia, de espejo y de guía para el sometimiento a la esperanza y el drama de la socialización. Con esa finalidad se pone en escena en los números de doma la misma regla básica del intercambio sacrificial, que hace a una víctima ocupar vicariamente el papel a la vez del sacrificante-domador y del público, para que sea ella y no estos últimos quien protagonice el tránsito peligroso, en este caso entre  lo silvestre y lo domesticado.

Si el domador convive casi familiarmente con sus fieras, en el propio ámbito circense los payasos ya anticipaban el tipo de mecanismo que habría de incorporarse a la vida cotidiana de las familias ordinarias bajo la forma de petichismo: el clown parodiaba la labor del domador empleando perros en lugar de bestias peligrosas. El proceso inverso se registra en con el animal doméstico, aunque más bien cabría decir domiciliado: si en el circo el experto domador puede hacer de tigres de Bengala sus animales de compañía y el payaso le caricaturiza sustituyendo las bestias selváticas por caniches, el urbanita empezó hace algunas décadas por domar perros y gatos –¡ven!, ¡sube!, ¡toma!– y se atreve cada vez más a incorporar a su ámbito hogareño animales reputados como temibles, de caimanes a pitones reina.

El espectáculo de sumisión, obediencia o manejabilidad que deparan reproduce a escala domiciliaria el número circense con animales y nos hace accesible la posibilidad de incorporar como signo patológico individual –al menos por lo que tantas veces tiene de adición afectiva– lo que bajo la carpa era un síntoma de cultura. Las mascotas nos permiten desarrollar domésticamente con ellos nuestro pequeño síndrome de domador, una forma de hacer llevadera la inevitabilidad de esa otra segunda naturaleza que también nosotros hemos de encarnar en el plano de lo real, si es que queremos hacernos merecedores de la identidad social que nos es reservada. Si las relaciones hombre-animal son siempre arquetipos de relaciones de subordinación hombre-hombre, sus formas más radicales –sacrificio, doma, hogarización, figuras intercambiables de borrado-consumo de la bestialidad– se constituyen en apoteosis de un modelo de dominación cuyo único paralelo puede encontrarse en el marco de los principios de civilidad en nombre o a través de los cuales la sociedad moderna disuade a sus componentes individuales para que se sometan.

Marvin Harris, en Bueno para comer (Alianza), procuraba explicar lo que de tópico insostenible hay en eso del hombre como animal violento por naturaleza. En realidad, explicaba Harris, la extrema crueldad de que hacen gala a veces los seres humanos en sus enfrentamientos es el resultado precisamente de la condición no-natural de la violencia que desencadenan. La acción agresiva humana es determinada por circunstancias sociales, mientras que, en tanto que ser cultural, el hombre ha aprendido a neutralizar las reacciones agresivas que instintivamente provocarían en él otro tipo de situaciones. Para hacerse entender Harris propone un caso concreto: “La consulta del dentista es un lugar idóneo para comprobar el grado en que se han perdido los controles innatos sobre la agresividad humana. La gente se sienta voluntariamente en el sillón del dentista, abre de par en par sus maxilares y no vaca en aguantar dolores atroces, sin dar siquiera un mordisco a la mano ofensora”. Pues bien, ¿qué mejor demostración del grado no de sumisión sino de control sobre los propios impulsos naturales que el que nos brinda el león en el indispensable numero circense del domador metiendo su cabeza entre sus fauces?

El tipo de operaciones que el animal de circo pone en escena pueden ser colocadas en paralelo con las que desencadena esa otra modalidad extrema de domesticación que es el sacrificio. Como el animal sacrificado, el oso que monta en bicicleta, la foca que juega al baloncesto o la orca que en el delfinario del zoo ha sido enseñada a saludar alegremente a los niños llevan a cabo por todos nosotros, representados por la acción arriesgada del oficiante -sacrificador o domador-, ese acto de conectar esferas que, de no ser por él, permanecerían completamente incomunicadas, como son lo totalmente silvestre y lo totalmente domesticado.

Lo que hace el domador es invertir entonces, el tipo de premisas que cierta psicología, y muy especialmente el psicoanálisis, puso en su momento en circulación. Se nos dijo que todo ser humano escondía una bestia y el artista del circo nos advierte de que toda bestia oculta en su interior un ser humano, algo que ya sostuvieron antes todo tipo de filósofos y que, hoy por hoy, es el argumento vertebral de todo el movimiento animalista. Gómez de la Serna supo apreciarlo lúcidamente en El circo,  publicado allá por 1926: “¡Cómo miran algunos animales a los artistas! Ante esos animales se piensa si serán estos animales que presentan los artistas del circo de esos animales de los cuentos de niños, que son un ser humano encantado, quizás encantado y embrujado por la bruja artista o por el brujo artista, que encontraron por el mundo un hombre débil o una mujer débil a la que convertir fácilmente en animal”

En la mencionada obra, Gómez de la Serna llegaba con respecto del domador a una conclusión: “Cada domador de animales se parece a la especie domesticada”. En efecto, si el domador convive con sus fieras casi como si se tratase de su familia - así suelen describir su experiencia los artistas-, en el propio ambiente circense ya se explicitaba la posibilidad de democratizar este tipo de pedagogía de la socialización, haciendo accesible la posibilidad de llevar a cabo uno mismo y en su casa la actuación domesticadora-civilizadora del domador. Las farsas de doma de que eran protagonistas los payasos estaban señalando desplazamientos paródicos simbólicamente equivalentes, peor mucho más accesibles a su asunción por personas no especializadas. Así, el uso de monos -un animal que hasta hace no mucho y desde hacía siglos había sido un petiche habitual advertía de lo que los números de doma tenían de antropomórficos, en tanto podía reconocerse en el chimpancé fumador, por ejemplo, una burla fácilmente reconocible de nuestra propia condición. Y todavía más claramente: el empleo por parte del clown de perritos amaestrados para hacer una sátira de la actuación del domador.
           
Si el clown circense acercó la figura del animal domado a la calle y nos brindó la posibilidad de ejercer también nosotros como domadores de animales inofensivos, la evolución de la industria petichista y del sistema de consumo que de ella deriva ha puesto de manifiesto que los urbanitas tienden cada vez más a atreverse a poseer animales hasta ahora asociados sólo al circo o a su pariente el zoo. Lo demuestra la incorporación al circuito de mercado -a veces de forma ilegal- de animales de procedencia exótica, muchos de ellos -como las pitones reina, las boas constrictor o los caimanes- reputados como peligrosos. Una circunstancia ésta a que habría que añadir la costumbre creciente de adiestrar como animales sólo de compañía, esto es para fines que no tienen nada que ver con la seguridad de bienes o personas, de perros de ataque. El caso de la moda de los agresivos pit bull terrier, verdaderos canes de pelea, podría ser una magnífica ilustración de ello.

Decididamente, como escribiera en un memorable artículo de 1962 A.G. Haudricourt, “la domesticación es el arquetipo de otras suertes de subordinación". Como los animales del circo y sus parientes conceptuales nuestros animales domésticos, también nosotros hemos de asumir una segunda naturaleza, que es la de seres socialmente domados, autocontrolados y sujetos a un sistema de jerarquías. No es casual la manera como la cultura anglosajona se refiere a los trabajadores industriales: blue collar, o, por extensión, a los que llevan a cabo trabajos administrativos : white collar. Se nos permite, eso sí, enseñar de vez en cuando los dientes, como para dar a entender que no hemos renunciado del todo a nuestra fiereza, pero siempre sin olvidar nuestro supremo deber de reportarnos, de hacer las cabriolas que la convención nos exija en cada momento y de demostrar cómo también nosotros hemos aprendido no sólo a abrir la boca sin rechistar en el sillón del dentista, sino también, y cuando se tercia, a dar la patita y reconocer la voz de nuestro amo.





dilluns, 27 de desembre del 2021

De l'animal domesticat a l'animal domiciliat


La fotografia prové de la pàgina reservedatalltimes.com/

Nota destinada als estudiants de Introducció a l'antropologia social per una presentació de l'etnozoologia com a disciplina. Enviada el 12/11/12.

De l'animal domesticat a l'animal domiciliat
Manuel Delgado

Vaig fer-vos una petita introducció a l’etnozoologia, com un exemple de com el concepte de cultura és clau per entendre cert tipus de conductes i de processos. Us l’amplio ara. L’etnozoologia és la subdisciplina de l'antropologia que atén l'estatut que les diferents espècies animals ocupen en cada cultura. El terme va ser emprat per primera vegada el 1914 per J. Henderson i J.P. Harrington,  en un llibre titulat The Ethnozoology of the Tewa Indians, i fa referència a la consideració de la gamma de lògiques que governa les relacions entre els humans i el regne animal, amb el que la distinció és igualment cosa de cada cultura, és clar. Aquesta branca de l'etnologia parteix del supòsit segons el qual, per molt que un naturalista o un veterinari conceben com idèntic, posem per cas, un exemplar d'elefant aquí i entre els tàmil del sud de l'Índia, aquest animal no implicarà les mateixes coses per les persones educades en una cultura i en una altra, és a dir entrenades per habitar ordres diferents tant en el pla de les realitats empíriques com en de les representacions imaginàries. Això explica perquè hi ha poques monografies etnogràfiques en què no es presti atenció al paper que ocupen les bèsties en dominis tan dispars com ara la religió, la mitologia, el parentiu o l'economia, moltes vegades per demostrar la falsa compartimentació d'aquestes esferes.

Per descomptat que aquesta reclamació de competència per part dels antropòlegs a l'hora d'entendre les claus de com cada societat tracta els animals del seu entorn social i ecològic, tant domesticats com salvatges –una altra distinció culturalment pautada–, afecta aquest fenomen relativament recent -si més no pel que fa a les seves dimensions- que és del petitxisme –de l’anglès “pet”, mascota–  és a dir el dels animals, anomenats "de companyia", que han estat conduits a participar de la vida familiar i integrar-se d’alguna forma en l’esfera domèstica, el que permet parlar d’ells no tant com animals “domesticats”, sinó més aviat domiciliats. 

Aquest fet, que ha conegut un extraordinari auge en les quatre últimes dècades, ha portat a milions de membres de certes espècies –gossos, gats, però també altres de procedència exòtica– a incorporar-se a la vida de les urbs amb un estatus proper cada cop més al de ciutadans, el que respon a que el seu rol en les pròpies llars tendeix a semblar-se també cada vegada més al dels membres de ple dret de la unitat domèstica. Al marge dels problemes que aquesta presència que podria haver semblat intrusa fins no fa pas gaire suscita per a la convivència, la seguretat i la higiene en les ciutats, la qüestió constata que estem sent testimonis de canvis estratègics que en el codi cultural està experimentant la nostra manera de relacionar-nos amb els animals.

Durant molt de temps, l'orientació dominant en els estudis sobre el lloc dels animals en els diferents sistemes de món va ser la propiciada des del estructural-funcionalisme anglosaxó. L'òptica emprada atenia sobretot a una institució suposadament localitzada en gran quantitat de cultures ia la qual es va cridar "totemisme", que es basava en el privilegiament ritual i mitològic de certes espècies.

La teoria central sobre el totemisme la va proveir Alfred Reginald Radcliffe-Brown el 1929, en un article titulat "La teoria sociològica del totemisme" (inclòs el 1974, cap. VI), en el qual se sostenia que aquest tracte singular que beneficiava a determinats animals era la conseqüència de la seva utilitat com a recurs de subsistència. Aquest tipus d'enfocaments basats en la raó pràctica han estat aplicats a l'estudi dels animals casolans a les societats occidentals contemporànies. De fet, la pròpia expressió "petitxisme" es va començar a emprar en ciències socials a arrel d'una obra de K. Szasz en el  subtítol de la qual es feia referència als "cultes pet", això és a la relació quasi protocol.lària que els urbanites tendien a mantenir consubstancial pets o mascotes, el que emparentava la seva realitat amb la del presumpte totemisme dels no menys presumptes primitius. Però aplicar els esquemes funcionalistes a la interpretació de la gairebé latria que eren objecte els animals familiars implicava forçosament una revisió dels criteris d'utilitat emprats en la valoració.

L'enigma a resoldre era com era possible que les mascotes familiars en la nostra  societat rebessin un tracte d'afecte molt semblant al que mereixia el bestiar a les societats pastores, a la manera com va ser descrit, posem per cas, per Evans-Pritchard en el seu cèlebre obra sobre els nuer del Sudan (Los nuer,  Anagrama). La veritat és que és exàctament el contrari del que passava amb els bous i vaques dels nuer, els animals que l'home occidental havia elevat a una categoria de semiciutadans eren, gairebé per definició i principi, "inútils", en el sentit de que els humans no extreien de la seva relació amb ells cap benefici ni dietètic ni de suport en tasques com la caça, el transport, l'agricultura, la guerra o la defensa, ni tan sols, com havia ocorregut en el cas dels gossos, com a mitjà de desfer-se de les escombraries familiars o dels cadàvers.

I és ben cert: el cavall "no havia estat tan ben tractat ni tan adulat com des que va deixar de servir per a la guerra, en els camps o en els camins. Referent a això no s'oblidi que aquest protagonisme positiu assignat als animals que han estat entrenats en la majoria de casos per exercir la més absoluta inactivitat, és a la base mateixa de la divisió que la cultura modernitzada fa dels animals domesticats entre "inútils", i per tant mereixedors d'un tracte privilegiat, i "útils", bèsties emprades per l'alimentació o l'experimentació, objecte d'un tractament atroç i condemnats a la tortura i mort industrials en les granges o en els laboratoris.

Una altra línia seria la de com la relació entre essers humans i animals descriu sempre metafòricament relacions humà-humà, de tal forma que la domesticació sempre ha actuat  como arquetip d'altres formes de subordinació. Efectivament, l’animal domesticat i el que acabo de proposar-vos designar com a domiciliat, és la d’encarnar una segona naturalesa, que és la d'éssers socialment domats, autocontrolados i subjectes a un sistema de jerarquies. 

Crec que a classe ja he fet esment a la tesi doctoral a punt de presentar-se de Marta Venceslao sobre un centre d’internament per a joves delinqüents, en el que la vella metàfora dels “perros callejeros” és ben present. En paral.lel, no és casual la manera com la cultura anglosaxona es refereix als treballadors industrials: blue collar, o, per extensió, als que porten a terme treballs administratius: white collar. Se'ns permet, això sí, ensenyar de tant en tant les dents, com per donar a entendre que no hem renunciat del tot a la nostra feresa, però sempre sense oblidar el nostre suprem deure de reportar, de fer les cabrioles que la convenció ens exigeixi a cada moment i de demostrar com també nosaltres hem après no només a obrir la boca sense dir ni piu a la butaca del dentista, sinó també a reconèixer la veu del nostre amo, i, quan s'escau, a donar la poteta.





dilluns, 16 d’agost del 2021

Aprendiendo a dar la patita

La foto es de Valerie Jardin y está tomada de https://valeriejardin.wordpress.com/

Fragmento del artículo "El animal de compañía como modelo de civilización", publicado en la revista Animalia, VI/40 (1992): 22-31 

APRENDIENDO A DAR LA PATITA 
Manuel Delgado 

Se ha dicho que todo ser humano esconde una bestia y el domador del circo nos advierte de que toda bestia oculta en su interior un ser humano. Gómez de la Serna supo apreciarlo lúcidamente en el libro que sobre el circo escribiera allá por 1926: “¡Cómo miran algunos animales a los artistas! Ante esos animales se piensa si serán estos animales que presentan los artistas del circo de esos animales de los cuentos de niños, que son un ser humano encantado, quizás encantado y embrujado por la bruja artista o por el brujo artista, que encontraron por el mundo un hombre débil o una mujer débil a la que convertir fácilmente en animal” (El circo). Es curioso, en ese sentido, contemplar como los espectáculos circenses con domadoras funcionan siempre como escenificaciones en vivo de “La Bella y la Bestia” o de cualquiera de sus secuelas, entre ellas aquella que tan bien reconocía la adaptabilidad circense del tema, la película “King-Kong”. Para el caso inverso, aquél en el que el animal salvaje es una hermosa dama encantada, tómese el modelo de “La cierva del bosque”, de Madame d’Aulnoye. 

Ramón Gómez de la Serna, en la obrita antes citada, llegaba con respecto del domador a una conclusión que todos hemos oído repetir multitud de veces con relación a los animales hogareños y sus propietarios: “Cada domador de animales se parece a la especie domesticada”. En efecto, si el domador convive con sus fieras casi como si se tratase de su familia, en el propio ambiente circense ya se explicitaba la posibilidad de democratizar este tipo de pedagogía de la socialización, haciendo accesible la posibilidad de llevar a cabo uno mismo y en su casa la actuación domesticadora-civilizadora que el domador representa. Las farsas de doma de que eran protagonistas los payasos estaban señalando desplazamientos paródicos simbólicamente equivalentes, peor mucho más accesibles a su asunción por personas no especializadas. Así, el uso de monos advertía de lo que los números de doma tenían de antropomórficos, en tanto podía reconocerse en el chimpancé fumador, por ejemplo, una burla fácilmente reconocible de nuestra propia condición. Y todavía más claramente: el empleo por parte del clown de perritos amaestrados para hacer una sátira de la actuación del domador. 

Nuestros animales de compañía son los mismos que los del número de los payasos con animales en el circo. Permiten, al fin, esa hogarización del espectáculo de doma. Las actitudes “educadas” que esperamos de nuestros perritos y gatitos -¡Ven!, ¡sube!, ¡toma!...- hacen de nosotros una especie de domadores naïf, y lo mismo podría decirse de los hamsters que regalamos a nuestros hijos, cuyas jaulas ya están pensadas como circos en miniatura, espacios para que los animales ejerciten piruetas. En todos los casos se trata de conectar relaciones paralelas: la que tienen las fieras con su fiereza, las mascotas con su condición todavía animal y nosotros mismos con todos esos impulsos que nos invitan constantemente a traicionar el pacto de civilización. Así, no es sólo que tratemos a nuestros animales como si fuesen niños, sino que también esperamos de nuestros niños que aprendan la lección que les llevamos a contemplar al circo y que les traemos a casa con el animal regalado por Navidad -ese hermanito inesperado- y que será la que haga de ellos, un día, seres civilizados. No, como en otra época, enseñándoles el arte de obedecer ciegamente sino el de autorreprimir los impulsos. Es cierto que “educamos” a nuestros animales como si fueran niños, pero lo es igualmente que “domamos” a nuestros niños como si fuesen animales feroces. Quien haya tenido la experiencia personal de convivir con esos “diablillos” -la película “Gremlins” no hacía sino hablar de ellos y de su larvada condición de seres peligrosos para la comunidad-, sabe hasta qué punto esta apreciación no es exagerada. 

Por otro lado, es igualmente correcta la afirmación que se hace, a veces con ironía, de que no es tanto la mascota la que es domesticada como ella la que domestica a su amo. Este lugar común responde a la percepción que se tiene de la labor pedagógica que lleva a cabo el perro o cualquier otro animal de compañía, un auténtico maestro de buenos modales y de convivencia. No es ésta una apreciación que no compartan los defensores de la razón práctica en la explicación del petichismo. Cuando se habla de los beneficios de los animales de compañía para coayudar a la educación de los niños o a la readaptación de enfermos mentales o encarcelados, se pone énfasis en una cualidad que tienen para instituirse en modelo de urbanidad. 

Si el clown circense acercó la figura del animal domado a la calle y nos brindó la posibilidad de ejercer también nosotros como domadores de animales inofensivos, la evolución de la industria delas mascotas y del sistema de consumo que de ella deriva ha puesto de manifiesto que los urbanitas tienden cada vez más a atreverse a poseer animales hasta ahora asociados sólo al circo o a su pariente el zoo. Lo demuestra la incorporación al circuito de mercado -a veces de forma ilegal- de animales de procedencia exótica, muchos de ellos -como las pitones reina, las boas constrictor o los caimanes- reputados como peligrosos. Una circunstancia ésta a que habría que añadir la costumbre creciente de adiestrar como animales sólo de compañía, esto es para fines que no tienen nada que ver con la seguridad de bienes o personas, de perros de ataque. El caso de la recientísima moda de los agresivos pit bull terrier, verdaderos canes de pelea, podría ser una magnífica ilustración de ello. 

El primero en indicar la manera como la relación humano-animal siempre describía metafóricamente relaciones humano-humano fue A.G. Haudricourt, en un artículo sencillamente fundamental que apareció en 1962. Fue a partir de las intuiciones de Haudricourt que el historiador Keith Thomas pudo sostener, a propósito del lugar de las bestias en el proceso de modernización en Inglaterra, que “la domesticación es el arquetipo de otras suertes de subordinación". Como los animales del circo y sus parientes conceptuales los animales de compañía, también nosotros hemos de asumir una segunda naturaleza, que es la de seres socialmente domados, autocontrolados y sujetos a un sistema de jerarquías. No es casual la manera como la cultura anglosajona se refiere a los trabajadores industriales: blue collar, o, por extensión, a los que llevan a cabo trabajos administrativos: white collar. 

Se nos permite, eso sí, enseñar de vez en cuando los dientes, como para dar a entender que no hemos renunciado del todo a nuestra fiereza, pero siempre sin olvidar nuestro supremo deber de reportarnos, de hacer las cabriolas que la convención nos exija en cada momento y de demostrar cómo también nosotros hemos aprendido, cuando se tercia o nos lo ordenan, a dar la patita. 




dijous, 5 de novembre del 2020

Razas peligrosas


En 1999 se desarrolló una polémica como consecuencia de la moda de poseer y exhibir perros de razas reputadas como peligrosas, de los que se habían producido diversos ataques. Fue en aquel contexto que se preparó y finalmente se aprobó en diciembre la Ley 55/1999, "Régimen Jurídico de la tenencia de animales peligrosos". En contexto y en relación con él publiqué este artículo en El Periódico de Catalunya el 17 de agosto de ese año.



RAZAS PELIGROSAS
Manuel Delgado

La polémica suscitada por la reciente epidemia de ataques caninos debería dar a pensar. Sorprende que, de pronto, se haya descubierto con gran escándalo y enorme preocupación pública que los perros muerden. Más allá, lo que este asunto oculta tras su aspecto anecdótico es una cuestión profunda, asociada a la incorporación masiva de perros a la vida social moderna, con un estatuto que en el plano público tiende a considerarlos como casi ciudadanos, y en el plano privado les otorga el rango de miembros a veces de pleno derecho del hogar familiar.


¿Con qué función? Se constata que la tarea que estos animales desempeñan a cambio de su manutención y albergue es dar saltitos, correr detrás de una pelotita, expresar cariño, salir a pasear atados de una correa o participar de algunos de los clubes sociales que vemos reunirse cada tarde en los parques. Se antoja que los perros, en efecto, se ha convertido en una suerte de vagos profesionales, limitada su contrapartida a los humanos de los que dependen a darles lo que estos les piden y que no es otra cosa que simple obediencia ciega. Lo que se espera de un perro es que reconozca la voz de su amo, que atienda nuestras órdenes sin rechistar y que dé muestras constantes de un lacayismo absoluto. Los perros están con nosotros para que véamos realizado el sueño de ver a alguien arrastrándose a nuestros pies, acudiendo dócil a nuestra llamada, lamiéndonos las manos, humillándose ante nuestras reprobaciones y, como se ha visto estos días, atacando en nuestro nombre.


El perro nos devuelve la patética imagen de nuestra propia condición de esclavos y nos permite creer que en algún sitio hay alguien todavía más servil que nosotros. Caricatura de las relaciones de poder no entre un ser humano y un animal, sino entre un ser humano y lo que en el fondo gustaría que fuera otro ser humano, un sucedáneo de ese prójimo al que quisiésemos inferiorizar, que nunca hiciese preguntas, que fuera feliz cumpliendo nuestros deseos, que esperase ansioso nuestros mandatos, que nos diera siempre la razón y que se conformase, a cambio de todo ello, con una palmadita en el lomo. Pieza perfecta para la versión doméstica del gran juego de la dominación.


Los perros están ahí para eso, para ser metáforas de la sumisión absoluta, alegorías de una humanidad dócil. Por eso preocupa los términos en que se está emitiendo ese discurso que habla de «razas peligrosas» para referirse a ciertas producciones de los criadores, auténticos monstruos destinados a servir el creciente mercado de carne viva, cada vez más extravagante en sus demandas de híbridos y de mutantes que en otra vida fueron perros. Lo que se vende en las tiendas de seres vivientes prêt-à-porter son nuestros dobles paródicos, nuestra propia imagen de risa..., o de miedo. Como ocurría con los viandantes que el protagonista de "101 dálmatas" veía pasar desde su ventana, cada cual con un perro que venía a ser como una imitación, una prótesis de sí mismo en otro ser. Por eso es fácil que las personas que adiestran a sus perros para atacar están deseosas que se les reconozca como idénticos a sus animales, tan temibles y duros como ellos, prestos a hacer lo que sus amos no hacen, pero que se pasarían el día haciendo : gruñendo amenazadoramente y enseñándole los dientes a sus vecinos.


Si estas premisas fueran ciertas, si fuera correcta la relación metafórica entre perros y humanos, debería producirnos un escalofrío leer el texto legal que acaba de aprobar el Parlament. Juéguese a ello: repásese el documento y, con un pequeño esfuerzo de imaginación, colóquese la imagen de seres humanos allá donde parece que se hable de perros. En primer lugar se advierte que los únicos perros violentos podrán ser los policias, razón que llevaba –recuérdese– a Perich a preferir infinitamente los gatos, animales que, en efecto, nunca han sido dignos de confianza para tal oficio. Luego se considera peligrosos a aquellos animales que hayan protagonizado algún altercado, o, lo que es igual, que estén por así decirlo fichados.


La ley afirma que existen razas que son intrínsecamente agresivas, como los putbull terrier, los dobermann o los rottweiller. ¿Con qué base? Hace algunos años, la policía de Nueva York publicó un estudio en que se relacionaban los perros más denunciados por culpa de sus mordeduras. En primer lugar estaban los pastores alemanes, luego los chow-chow, los poodle, los bulldog, los fox terrier, los airedale... Ninguna de esas «razas» aparece en la lista de los perros alarmantes de nuestro Parlament. Tampoco están los sanbernardos, que fueron durante siglos empleados por los ejércitos suizos como armas de ataque.


Esas paradojas carecen de importancia, porque lo importante es proclamar que existen «razas peligrosas», que es lo mismo que insinuar que hay individuos –sean animales o humanos– que pueden ser clasificados a partir de un rasgo fenotípico cualquiera y a los que se les pueden atribuir cualidades innatas que hagan de ellos una amenaza social. Y si parece excesiva la sospecha de que toda «raza» de perros a vigilar sugiere la existencia de una «raza» de humanos con idénticas propiedades negativas, ahí están las propias denominaciones de origen de la mayoría de esas «razas» que el Parlament acaba de clasificar como «peligrosas», que explicitan atributos étnicos: dogo argentino, american staffordshire, dogo de Burdeos, mastín napolitano, presa canario, fila brasileiro, tosa japonés, etc.


¿De qué se habla cuando se habla de perros?



dilluns, 22 de juliol del 2019

Julian Pitt-Rivers i el Toro de la Vega


JULIAN PITT-RIVERS I EL TORO DE LA VEGA
Manuel Delgado

Guardo un gran record del mestratge de Julian Pitt-Rivers. De fet, la meva vocació per l’antropologia es deu –com tantes altres coses per l’estil– a la troballa casual d’un llibre seu –Tres ensayos de antropología social (Anagrama)– oblidat per algú a les latrines del campament de reclutes de Cerro Muriano, a Còrdova, un dia de 1977, durant el meu servei militar. Després, al febrer de 1983, vaig anar a un seminari que feia per l’Institut Català d’Antropologia. Va ser ell qui va orientar-me cap un tema que ja m’interessava, però que ell va ajudar-me a formalitzar degudament des de la disciplina: els ritus de violència dins de l’univers de les cultures populars ibèriques.

Va ser seguint-lo a ell que vaig matricular-me a l’École Pratique des Hautes Études, a la Sorbonne de París. Allà vaig assistir als seus cursos d’etnologia religiosa els cursos 1984-85 i 85-86. Després, el setembre del 86, el vaig convidar a un seminari que va convidar a codirigir amb Mariano de la Cruz la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, titulat “Los toros, enigma cultural”.

És curiós. No he pogut esborrar mai una cosa que em va dir a París, un dia que em va convidar a dinar. Ho recordo com si fos ara, segurament perquè m’ho he repetit moltíssimes vegades i ho he tingut sempre com un axioma. Parlant dels mandarinats acadèmics, en un moment se’m va quedar mirant i em va dir, de la manera més solemne: “No t’oblidis mai que qui no te enemics, no te amics”. Tenia raó. És molt important conservar i mimar als nostres millors enemics. Depenem d’ells tant com dels nostres amics, molts dels quals ho són perquè compartim enemistats.

Tornant al tema dels ritus de violència, en aquella època, en que estava preparant la meva tesina –després publicada como De la muerte de un dios (Península) i reeditada fa poc per Bellaterra–, va ser especialment revelador per a mi l’article que vaig llegir seu a Le Temps de la réflexion titulat “Le sacrifice du toureau”, on es referia de manera central al Toro de la Vega de Tordesillas, un exemple especialment il.lustratiu de l’atenció focalitzada prestada als testicles dels bòvids mascles, com al·legoria de la masculinitat inicialment indomesticada que és atreta a un parany social, que el mateix ritual simbolitza en aquest cas en forma d’una autèntica variant de la llei de fuges. La qüestió ja havia estat tracta per Joan Francesc Mira en un altre article revelador per a mi: «Toros en el norte valenciano: notas para un análisis», a una compilació fonamental per entendre tota una generació d’antropòlegs espanyols: la de Carmelo Lisón, Temas de antropología española, Akal, Madrid, pp. 107-130.

Però el cas del Toro de la Vega, tal i com l’abordava Pitt-Rivers, em semblava d’allò més eloqüent. Sobre ell escrivia, per exemple: El joven que había dado el golpe mortal al toro era un barbudo sólido. Llevaba la señal del triunfo en la punta de la lanza: los testículos del toro. Andaba acompañado de sus ayudantes principales (...) Cruzamos el puente y subimos hasta la plaza del pueblo donde se pararon, siempre con sus trofeos en el pico de la lanza, para recibir más homenajes de los admiradores. Me han dicho que antiguamente el héroe del día abría el baile siempre con la lanza y que si se le caía sangre sobre el vestido de la chica con quien bailaba se guardaba la prenda sin lavar como un trofeo”.

Això ho podeu trobar al seu article «Fiestas populares de toros», dins Luis Díaz, ed., Etnología y folklore de Castilla y León, Junta de Comunidades, Salamanca, 1986, pp. 99-121. Per si us interessa, dins d’aquest volum hi ha un article meu sobre la prohibició de les Fiestas de San Juan a Sòria l’any 1953.

Aquest tema del valor metafòric dels testicles en determinades festes populars l’he tractat en dos articles, centrant-me en el paper dels bous a la Festa del Pi de Centelles: “Tener o no tener. Los bueyes en la Festa del Pi de Centelles”, Mediterràneo, Lisboa, 5/6 (1995), i “La métaphore des testicules. Les boeufs dans la festa del pi à Centelles, Catalogne», Cahiers ethologiques, Burdeus, 17 (1995).



dijous, 9 de maig del 2019

Sobre l'etologia

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Consideracions per Edgar, estudiant del Màster d'Antropologia i Etnografia de la UB

SOBRE L'ETOLOGIA
Manuel Delgado


Edgar, em vaig quedar pensant en el que vam parlar sobre allò de l'etologia. L'etologia està clar que ens presta un model naturalista de reconeixement del flux de la conducta humana observable. Respon a la voluntat que la recerca sobre el terreny ha de tenir de constituir proposicions que descriguin les condicions en les que un cert fenomen no planificat ni provocat s'ha donat en un escenari, les condicions del qual no han estat manipulades prèviament. Aquest protagonisme del medi ecològic i els seus constrenyiments ens duu a mètodes semblats als de la etologia i basats preferentment en l'observació no obstrusiva. Aquestes metodologies que anomenem no obstrusives –o no intrusives, o no reactives– consisteixen en formes de registre –simple o amb l'ajuda de màquines– que busquen captar la conducta observable, anul·lant al màxim l'eventual incidència que pugui exercir l'investigador sobre el seu object​e.


Ara bé, i aquí ve el que ​et deie sobre l`ús de la perspectiva etològica com a base teòrica. No s'ignora que la implicació de la etologia és problemàtica, en la mesura que la seva reputació s'ha vist afectada per la contaminació del biologisme, sobre tot de la mà d'etòlegs que han popularitzat de forma especial la seva disciplina, com ara Konrad Lorenzt, per exemple. ​Vaig parlant-te d'aquest autor.​


Si mires els treballs de Lorentz veuràs com hi ha un clar escorament a considerar la conducta humana en clau biològica, és a dir donant a entendre que les relacions humanes estan determinades per factors genètics que fan la seva forma de donar-se com irrevocable. Així, les relacions de dominació home-dona, posem per cas, tindrien la seva arrel en una dimensió biològica que, a la manera com trobem al regne animal, no podria ser reversible, car seria “natural”. Això vol dir “biologització​".


En el cas de Lorentz i la seva etologia, està clar que hi ha bon nombre de les seves consideracions que subratllen el parentiu dels humans amb comportaments animals en els que el territori i la lluita pel territori i la seva dominació i control ocupen un paper determinant.


Just per això advertia que s'havia d'anar amb compte amb el model etològic. Des del punt de vista d'un Goffman, per referir-nos a l'autor central a l'assignatura, la utilització de l'etologia com a guia de treball naturalista sobre el terreny només emfatitza la ritualització i, per extensió, la condició social en la conducta humana, puix que aquesta només pot ser reconeguda com en funció dels acords –de vegades conflictius– que els éssers humans estableixen entre si i amb els elements mòbils o estables del seu ambient. 

Emprant la terminologia etológic​a​, per posar-te un exemple, un espai públic no se semblaria tant a un “territori” –entès com una zona que un animal o grup d'animals defensa com exclusiva–, sinó més aviat allò que els especialistes en conducta animal anomenen un “àrea familiar” o home range, espai freqüentat però no reclamat com propi per un determinat grup. Així, més que de territori cabria parlar de territorialitzacions, és a dir d'apropiacions temporals d'un espai que ningú pot reclamar com privat, ja que és per definició accessible a tots. En aquest ordre de coses, el paper central que ocuparien en un enfocament metodològic adequat les tècniques de registre que empren la fotografia, el cinema o el magnetòfon, l'atenció prestada al cos i als seus llenguatges, no farien sinó insistir en aquest referent que li presten els etogrames. 

Hi ha un text que està molt bé i que et recomano sobre aquesta qüestió. És el de B. Conein, “Ethologie et sociologie. Contribution de l’éthologie à la théorie de l’interaction sociale”, Revue française de sociologie. XXXIII (1992), pp. 87-104. Als treballs sobre espais públics o semipúblics, usem molt recerques etnogràfiques concebudes des de perspectives properes a l'etologia. Hi ha un relatiu a la rue de la République en Lyon (J. Cosnier, “L’ethologie des espaces publics”, en L’espace urbain en méthodes. Parenthèses. Marsella.Cosnier, 2000), i un altre sobre l'ambient nocturn a un calé de París (M. Jarvin, “Une approche ethologique du Café Oz”, en D. Desjeux et al., eds., Regards anthropologiques sur les bars de nuit, L’Harmattan. París, 1999). I un treball paradigmàtic: el de L. Ryave y J. N. Schenkein. (1974). "Notes of the Art of Walking"., en R. Turner, ed., Ethnometodology (Penguin, 1974), pp. 265-274.


Si vols contrastar dues visions antagòniques quasi sobre com s’aplica l’etologia a la conducta humana, pressa a més en la seva dimensió més crítica –la de la violència- compara d’una banda el llibre de Konrad Lorenz, Sobre la agresión (Siglo XXI, 1976) i el d’Henri Laborit. La paloma asesinada (Laia, 1988). Més enllà, si vols saber més sobre la qüestió de la biologització i els seus perills, un clàssic de la visió antropològica: Marshall Sahlins. Uso y abuso de la biología (Anagrama, 1982),






dissabte, 24 de gener del 2015

Festes a San Martín de la Vega (Madrid), agost 1992


Festes a la población madrilenya de San Martín de la Vega l'agost de 1992 (Madrid). Les imatges corresponen al programa Línea 900 de TVE, en un episodi emès aquell mateix any.


Canals de vídeo

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