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dimecres, 23 d’abril del 2025

Todas las sociedades son secretas

La foto es de Raúl Díaz

Comentario para Paolo Tarsi, doctorando.
Todas las sociedades son secretas
Manuel Delgado

Mira, el secreto, su posesión y sus diferentes niveles de accesibilidad implican, de entrada, un acto segregador. Piénsalo: secreto es lo que se secreta, es decir: que se segrega, que se separa. De ahí el término secreción, que significa «segregación», de donde se deriva que secretar es lo mismo que «separar», «poner aparte». El secreto hace de su depositario un ser de otra especie, sólo homologable con aquellos que, como suele decirse, «están en el secreto », como si el secreto fuera un lugar o un territorio dotado de fronteras vigiladas y a donde no todos tienen acceso.

Esta noche es un ejemplo perfecto de ello. Date cuenta. Cuál es el momento en que los niños son arrancados de lo que hasta entonces había sido su reino -el de la infancia- y son incorporados al «uso de razón» - primera fase de su incorporación al mundo los mayores- es aquel en que les es confiado un secreto: que los Reyes Magos -o la Befana, o Papá Noel- son los padres. Una vez se produce ese instante iniciático y el niño o la niña «ya saben», nada será igual. Han dejado atrás una fase de la vida a la que no podrán volver.

Tenemos, de esta manera, que el secreto actúa organizando la sociedad en dos grandes bandos: el de aquellos que lo comparten y el de todos los demás, que lo ignoran, aunque nunca dejan de tener presente que se les esconde siempre algo. En la comunidad de aquellos que comparten se generan determinadas formas de cooperación que ponen de manifiesto hasta qué punto el secreto funciona como un mecanismo que garantiza la eficacia de cierto tipo de iniciativas. La vida cotidiana de cada uno de nosotros está llena de pruebas que evidenciarían el papel fundamental que hace el secreto como eje alrededor del cual gira buena parte de nuestra relación con los demás.

Es por eso que hablar de "sociedades secretas" no deja de ser un pleonasmo, pues toda sociedad es de alguna manera secreta. Cualquier asociación humana- sean cuales sean sus dimensiones, es decir, empezando por una simple pareja -establece una diferencia clara entre los que lo saben y los que no lo saben, entre los que conocen determinadas razones, orígenes e intenciones y los que no.

Todo vínculo asociativo universal exige estar al tanto de lo que pasa, lo que una expresión castellana diría "estar en el ajo". Los miembros de un determinado equipo, que están al corriente de una determinada información reservada, deben comprometerse a hacer una serie de puestas en escena y de juegos de lenguaje que les permiten intentar definir cada situación en función de sus intereses. El hecho remarcable es que , considerando que todos debemos pertenecer siempre a más de un equipo, tenemos que pasar buena parte de nuestra vida cotidiana intentando mantener inútilmente un equilibrio entre diversas lealtades, no siempre compatibles, a veces antagónicas, cada una de las que nos reclama actuaciones a menudo irreconciliables. Esto es lo que nos obliga a ser agentes dobles constantemente, forzados a elegir, es decir, a traicionar.



dissabte, 11 de juny del 2022

Algunos apuntes sobre el milenarismo de clase media


Consideraciones para Gonzalo Sierra, doctorando

Algunos apuntes sobre el milenarismo de clase media
Manuel Delgado

Me interesaría contribuir a desactivar ese malentendido que suele vincular el milenarismo y las expectativas utópicas a movimientos de emancipación del tipo que sea. Existe un milenarismo conservador y reaccionario. Por supuesto que ese es el caso del nazismo al que algún lector del bloc se ha referido y al que a ver si tengo un rato y expongo mi punto de vista, que lo relacionaría más con una cierta derivación del ismaelismo islámico que no tanto –como suele sostener– con la Thule.

Partamos de que la expectativa utópica es consustancial a los movimientos quiliastas y ha animado a la revuelta a grandes masas de pobres y oprimidos de los cinco continentes, pero también –y eso es lo que quería remarcar– las que tientan a las clases medias de hoy mismo, desorientadas y perplejas ante una mundo en el que la incertidumbre y las inseguridades de todo tipo han devenido crónicas y casi estructurales. Pensemos en el caso del que yo creo que es el consustancial apocaliptismo de un cierto pensamiento religioso específicamente norteamericano, hegemónico entre una amplia clase media, cuya influencia histórica ha sido determinante hasta ahora mismo. 

Para ese milenarismo conservador de clase media todo lo que acontece forma parte de una desestructuración general e irreversible del mundo y anuncia desastres cada vez mayores, ya reconocibles en el relajamiento de las costumbres, la disolución de la familia, el aumento de los delitos y la inmoralidad, la expansión de la violencia y la injusticia, las grandes catástrofes naturales, etc. El rock, las drogas, el consumismo, el liberalismo sexual, el sida, la televisión..., serían pruebas no menos inequívocas de un desmoronamiento de todos los valores éticos y de la anunciada presencia del Anticristo entre nosotros. La crisis social y política no puede interpretarse sino como la advertencia de lo que se avecina: una catarsis total que involucrará a todos los humanos sin excepción, y, por último, un cataclismo definitivo que oscurecerá todos los que habían ido preparándolo. Todos tenemos una cierta imagen de ese tipo de predicación, sobre todo si se han visto películas como Sangre sabia, de John Huston, por ejemplo, con ese predicador que clama por las calles la inminencia del cataclismo final y el triunfo ya visible del Maligno. Uno puede hacerse una idea de esa perspectiva viendo una película española magnífica y bien ilustrativa al respecto: El día de la Bestia, de Alex de la Iglesia. 

Lo cierto es que esa imagen se corresponde con lo que es la vocación profética del protestantismo norteamericano. De entrada, no se olvide que todos los protestantismos son de alguna forma adventista, en tanto consideran revelada la noticia de la parusía o segunda venida de Cristo. Incluso lo serían los católicos, si no fuera por ciertas lecturas agustinianas de la Iglesia como concreción de ese segundo adviento. Por supuesto que hay denominaciones que hicieron del tema del cumplimiento de la profecía apocalíptica el eje de su teología, como fue el caso de taboritas, husitas, seguidores de la Quinta Monarquía… 

Esa fue la religiosidad que los peregrinos del Myflowers trajeron consigo a Massachussets en 1620, que procedían del derrotado anabaptismo europeo. En efecto, el milenarismo funda, por así decirlo, la presencia europea en América. Es el caso de la española –la influencia joaquinita; he ahí un tema apasionante–, pero también de la anglosajona. Las creencias en la inminencia de una segunda venida de Cristo se extendieron todavía más en el siglo XIX por el proselitismo de muchos predicadores presbiterianos y congregacionistas, que creían firmemente en la inerrabilidad de la Biblia y, por tanto, en el cumplimiento de las profecías que narra. 

Es entonces cuando aparecen las corrientes que se derivan del profetismo millerista, que se creía en condiciones de calcular exactamente el momento del Apocalipsis y sus condiciones. De ahí surgen, recuérdese, adventistas del Séptimo Día, cristadelfianos y testigos de Jehová, las denominaciones que Bryan Wilson tipifica como revolucionistas (Sociología de las sectas religiosas, Guadarrama; excelente manual). El éxito, a principios de este siglo, de la colección de libros The Fundamentals, del que deriva el pensamiento religioso hoy hegemónico en Estados Unidos –el fundamentalismo–, impuso el dogma del Segundo Adviento, por mucho que, como decía, sólo algunas sectas –adventistas, testigos de Jehová, mormones– hayan hecho de la parusía el eje central de su doctrina. Ese es el ánimo que ha impregnado hasta ahora mismo la religiosidad norteamericana de clase media hasta ahora mismo, incluyendo la Era Acuario, que empezaba, se supone, en el 2001 y que había tenido incluso su película anunciando la aparición del Hombre Nuevo: la de Kubrik. Todo lo de ahora de la profecías maya sobre el 2012 es la actualización en clave New Age de ese mismo sustrato.


Hablando de cambio de milenio, ¿alguien se acuerda de la movida que se organizó en las cercanías del año 2000? En efecto, los últimos años del siglo XX aparecieron conmovidos por todo tipo de señales apocalípticas, en un ambiente marcado por la crisis de las grandes ideologías y el fracaso de los grandes proyectos transformadores. Los enfrentamientos locales –Ruanda, Congo, Sierra Leona, Somalia, Irak, ex-Yugoeslavia, Chechenia...– alcanzaron unos niveles de atrocidad difíciles de imaginar en un planeta hipertecnificado. Los cataclismos naturales –terremotos, inundaciones, erupciones volcánicas, ciclones...– arrasaron grandes extensiones de territorio y acabaron con la vida de miles de personas, como si la naturaleza hubiera querido contribuir al clima de fin de los tiempos que muchos percibían en la década de los 90. Signos en el cielo –el cometa Hale-Hop en 1997, el eclipse total de 1999– parecían corroborar también el anuncio de un desenlace terrible para el conjunto de la humanidad. El aumento de la criminalidad y la disipación de las costumbres eran interpretados por muchos como indicadores no menos inequívocos de que se aproximaba un estallido de la sociedad. La ciencia y la tecnología, lejos de constituirse en fuentes de esperanza para una mejora en las condiciones de existencia de los seres humanos, se convertían para muchos en motivo de inquietud. El agujero en la capa de ozono, los experimentos en clonación o en transgenia, el descontrol sobre la energía nuclear, el cambio climático, se exhibían como pruebas de que los avances científico-técnicos constituían un desafío a las leyes divinas o naturales. En los meses inmediatamente anteriores al cambio de milenio, el llamado «efecto 2000» auguraba un desastre informático que arrastraría tras de sí el conjunto de todas las infraestructuras planetarias, sumiendo a todas las naciones en una especie de «noche computacional» de efectos devastadores. 

Me acuerdo como en las postrimerías del siglo pasado el llamado «cine de desastres» volvió a demostrar su capacidad de sintetizar estados de ánimo colectivos. En este tipo de películas abundaban en referentes milenaristas y apocalípticos. Algunas lo explicitaban en su título, como Armageddón. Dos de los grandes éxitos de 1999 –Matrix y La amenaza fantasma– tenían como protagonistas a personajes presentados como «el Esperado», elegidos que asumían la misión de salvar al género humano. En El quinto elemento, la enviada sobrehumana que debe evitar el triunfo final del Mal es llamada «El Ser Supremo». En Deep Impact la nave que debe impedir la aniquilación de la tierra lleva el nombre de «El Mesias».

Como tantas veces antes en la historia, la respuesta humana ante las expectativas de un final de los tiempos se resolvió en forma de convicciones acerca de la inminencia de una salvación colectiva, sobre todo en unos momentos en que esa redención ya no podía confiarse al mero esfuerzo humano, tal y como habían pretendido a lo largo del siglo XX las grandes ideologías laicas. El fracaso de los movimientos seculares de liberación volvió a reclamar la presencia de creencias místicas en un rescate sobrenatural de la humanidad, que la liberaría de sus cadenas mundanas e impondría el equilibrio y la justicia, luego de haber vencido para siempre rivales satánicos o satanizados. No es extraño que, en un escenario marcado por los augurios de fin de los tiempos, a finales de marzo de 1997, treinta y nueve miembros de Heaven's Gate (La Puerta del Cielo) acabasen con sus días envenenándose con una mezcla de vodka y barbitúricos. Sucedía en una lujosa mansión de Rancho Santa Fe, una zona residencial cercana a San Diego, California. Los seguidores de esta secta, fundada en los años setenta por Marshall Applewhite, alias Do, estaban disuadidos de que su muerte terrena les daría acceso a la nave interestelar que, afirmaban, venía siguiendo al cometa Hale-Bopp, que en aquellos momentos atravesaba los cielos de Estados Unidos y que les conduciría a una nueva vida, en un mundo muevo. 

Otros sucesos trágicos, como los suicidios colectivos de davidianos –una escisión adventista– en Waco, en 1993, o de fieles del Templo del Sol en Suiza, Francia y Canadá, en 1994, 1995 y 1997, fueron expresiones de esa misma disposición a acelerar el Apocalipsis final prometido por Dios en la Biblia, como ya había ocurrido con los seguidores del Templo del Pueblo en la Guayana, en 1978, siempre de acuerdo con un modelo inequívocamente made in USA, en este caso inspirado en los cálculos de William Miller en torno a 1818, de los que nacieron, como he señalado, varias denominaciones revolucionistas en condiciones de interpretar fatídicamente los signos de los tiempos. Para algunas sectas de la última década del siglo XX, el fin del mundo había tenido una fecha precisa: octubre de 1992, para la Misión Mundial del Tabera, seguidores de Bang-ik-kia; noviembre de 1993 para la ucraniana Fraternidad Blanca, cuyos miembros esperaron pacientemente el Apocalipsis junto a la catedral de Santa Sofía de Kiev. En una entrada reciente ya me he referido al atentado con gas sarín que afectó el metro de Tokio en el mes de marzo de 1997, y que costó quince muertos y más de 5.000 heridos; fue atribuido a un grupúsculo religioso llamado Aum Shinri Kyo (La Verdad Suprema), liderado por Shoko Ashara, de 40 años, que había profetizado el fin del mundo para aquel año y se había declarado nuevo Cristo y reencarnación de Buda.

Por supuesto que tampoco esas referencias permiten inferir que el milenarismo y las ansias utópicas tengan que ser reaccionarias. Lo que dudo es que sean realmente revolucionarias sin matices, al menos contempladas desde una perspectiva materialista, es decir no religiosa. Ese es otro tema. ¿De dónde habrá salido ese lugar común que sostiene que la izquierda lucha por la Utopía? ¿Cuándo el marxismo se convirtió en lo que nunca había sido: utópico? 



dimarts, 24 de maig del 2022

Contra lo insoportable



Apartado del "La vida secreta de Miquel Izard", publicado en Boletín Americanista, número LX/2 (2010): 63-84.


CONTRA LO INSOPORTABLE
Manuel Delgado

No es extraño que las sociedades secretas conjuradas en la consecución de un cambio radical en el presente no puedan ser disociadas de tendencias escatológicas que suelen conocer sociedades en situación de crisis a lo largo de la historia y en todo tipo de contextos culturales. En el caso de la gran tradición revolucionaria europea esta sería una constante. El ejemplo de los anarquistas ha sido abundantemente citado, pero también los marxismos asumieron la vocación redentora propia de los movimientos apocalípticos, con su idea de tiempo teleológico y de rescate colectivo de las desgracias terrenales. Se olvida que lo que Mark Horkheimer denominaba “sueño de orden de vida verdadera y justo” no es otra cosa que una teonomía o manifestación terrenal del reino de Dios y la consecuencia de la superación escatológica de la historia que las religiones del Libro adoptaron del judaísmo.

El dispositivo de base es, pues, el mismo que aquel al que los teóricos del Colegio de Sociología, con Georges Bataille a la cabeza, atribuía a las sectas y cofradías secretas. El punto de partida era una noción tomada de Marcel Mauss: “sociedades de complot”, homologables a las sociedades secretas en general, formas de organización social universalmente encontrables, que son “secretas por su funcionamiento, pero no por su función”, en la medida que su actividad siempre es en un grado u otro pública. Arrancando en esta intuición maussiana, se reconocía la existencia de un tipo singular de asociación humana –la comunidad “electiva” o sociedad “secreta”–, caracterizada por la exclusividad, el misterio y el activismo frenético. Este presupuesto también lo hallamos en la reflexión ya aludida de Simmel sobre el secreto, cuando, al final, hace referencia a cómo los miembros de una sociedad secreta no dejan nunca de sentirse y saberse una aristocracia apartada y exenta.

Resulta significativa cómo las condiciones de la organización oculta de los grupos de oposición al franquismo, y en general los partidos comunistas clandestinos, se adecuan a ese dibujo que Simmel hacía de las sociedades secretas. Aparecen todos los elementos que el autor alemán encontraba consubstanciales a este tipo de organizaciones. Así, por ejemplo, la existencia de grupos depositarios parciales y relativos de los saberes secretos –los seminarios de preparación para la incorporación de simpatizantes y que dosifican la adquisición de los saberes especiales del grupo; la existencia de organizaciones mediadoras –las “organizaciones de masas”, como los sindicatos, los comités de estudiantes o las comisiones de barrio–, que cumplen la función no sólo de intermediarias, sino sobre todo de amortiguadoras de un contacto demasiado brusco entre los conocimientos singulares de la organización secreta y la gente ordinaria; la estructuración altamente jerarquizada basada en el que Simmel denomina “subordinación centralista” y que se corresponde con el centralismo democrático de la tradición comunista, y la existencia rectora de “superiores desconocidos”, es decir, las instancias de dirección invisibles e inasequibles de las que depende la actividad clandestina.

La actividad de los grupos revolucionarios se adecúa también a la tipificación que Weber y Troeltsch hicieron de las sectas como organizaciones religiosas basadas en la adscripción voluntaria de personas que se consideran o son consideradas por los otros adeptos como santos, distinguibles por lo tanto del resto de una humanidad condenada a priori por su ignorancia, herencia probable de la vieja distinción gnóstica entre aquellos que han visto la luz y aquellos que no.

Tales características son del todo indiferentes al contenido doctrinal del grupo. Sólo constatan la similitud entre buena parte de las formas de concebir la acción dentro y al mismo tiempo contra el presente vivido. Lo hace entendiendo que ciertas condiciones del mundo consideradas como insoportables hace previsible la aparición de minorías selectas, conformadas por lúcidos o en –un sentido nada irónico, ni crítico– iluminados, que han recibido algún tipo de revelación y que, como resultado de haber entendido la auténtica naturaleza de la realidad, actúan en consecuencia y se separan del resto, ignorante o resignado ante los males que sufre.

Ahora bien, pertenecer a la sociedad de elegidos, de cuya acción va a depender el futuro del país y de la humanidad entera, tiene un precio. Esa incorporación se produce en una sociedad iniciática, como hemos visto, que debe someterse a la jerarquía y a la disciplina propias de quienes han asumido una responsabilidad trascendente, sea sobrenatural o mundana. Se es la vanguardia que prepara y anuncia la inminente redención de la sociedad, esa misma redención que debe empezar siempre por uno mismo. Al rigor que exige la tarea encomendada y asumida hay que añadir la agudización de la disciplina y la obediencia que imponen la clandestinidad, la consciencia de saberse acosado por una policía y unos colaboradores del régimen que con frecuencia son tan secretos como tú. Se forma parte de un núcleo incandescente, pero oculto, de la vida social y eso implica sacrificios en todos los campos. También en el privado. El Partido exige una conducta intachable, sin mácula, recta. No es sólo formar parte de una organización cuya estructura recuerda la de la Iglesia que Miquel Izard ha conocido bien, sino que la severidad moral de los comunistas es tan inapelable como la de su católica familia o la de los escolapios. Las relaciones de pareja están determinadas por la vigilancia del Partido sobre la vida privada. Miquel está al corriente de que camaradas suyos han sido expulsados por haberse separado de sus esposas y estar viviendo con otra mujer.

De aquí la fuente de prestigio y el plus de legitimación que supone haber sido represaliado. Los perseguidos acabarán recompensados, sobre todo aquéllos que sabrán rentabilizar su aventura clandestina en un futuro más o menos inmediato. Miquel Izard recibe con sorpresa la noticia de que los profesores no numerarios expedientados y expulsados de la Universidad de Barcelona como represalia por la Caputxinada serán reclamados, dos años después, todavía en pleno franquismo, para ocupar lugares docentes en la recién fundada Universidad Autónoma de Barcelona, entre ellos sus colegas y excamaradas Termes y Fontana. Él mismo aprovechará esa inopinada ventaja para regresar de Venezuela en 1970 y obtener un contrato como profesor de historia contemporánea en la UAB.

Ser miembro, haber sido introducido, conocer y ser parte del misterio de la organización, es lo que establece esta distribución desigual de informaciones estratégicas –lo que en otras sociedades supone el contacto con los sacra, la comunicación con los ancestros, la relación directa con entidades invisibles u ocultas– que caracteriza la diferencia entre iniciados y no iniciados. Esa es la justificación de la admiración reverencial que despierta Manuel Sacristán cuando “baja” a una reunión de célula. Pero el saber de los rangos superiores de la sociedad secreta –del Partido, en el caso de Miquel Izard- no tiene que ver con su valor como fuente de información objetiva, sino con esa relación directa con el núcleo más oscuro de la organización, que ni siquiera es visible, que no está aquí, sino en algo que se antoja no como otro país –Francia, Rumania, Unión Soviética, Alemania Oriental…-, sino como en otra dimensión, desde la que se desciende de vez en cuando para tomar contacto con los niveles más a ras de suelo del grupo. Ese conocimiento secreto no es divulgado; es más, es el que justifica y legitima la paradójica ignorancia o la tendencia a mentir que tienen los responsables superiores del PSUC y del PCE a la hora de referirse a hechos y circunstancias que los militantes del interior conocen bien.

De ahí que a los militantes de base no les parezca inaceptable, ni siquiera extraño, que las informaciones que los de arriba tienen y divulgan de lo que ocurre abajo suelan ser inexactas, exageradas o abiertamente falsas. A Miquel y a sus camaradas de lucha clandestina no les sorprende que las informaciones que divulga la Pirenaica –emisora dependiente del PCE que emite desde Bucarest- sean sistemáticamente falsas. En el colmo de las deformaciones, Miquel Izard evoca como lo que le cuenta Jordi Solé-Tura en París sobre la situación en Catalunya y en España no tenga que ver nada con la que sabe que realmente ha recibido de sus corresponsales en el interior. La inutilidad de la acciones de agitación y propaganda, el repetido fracaso de todas las convocatorias de movilización del Partido –al contrario de las que surgen espontáneamente, como las huelgas de tranvías del 51 y del 57 o la de la minería asturiana de 1962- se convierten en clamorosos éxitos según los medios de información clandestinos que emiten o se publican en el extranjero o en boca de los líderes del exterior. Pero todo se justifica con las condiciones especiales que se viven en una lucha llena de riesgos, para la que desfigurar o mentir pueden ser algo necesario, incluso indispensable, en orden a mantener elevada la moral de los revolucionarios y viva la agitación entre las masas.

Pero es difícil aceptar un vínculo tan exigente como el del combate clandestino contra Franco y en pos de la sociedad comunista cuando se está viendo el papel que en él juega el embuste y el autoritarismo –imposible cuestionar nada que proceda de los dirigentes- y cuando se sospecha que esos ingredientes no son fruto circunstancial a condiciones de excepción, sino crónicos y consustanciales a una determinada forma de organizarse y actuar. Si se ha llegado al Partido por la vía de una creciente iluminación, uno puede acabar apartándose de él por una no menos gradual toma de conciencia inversa, en este caso marcada por la desconfianza y la decepción crecientes. De regreso de Venezuela ya no volverá a militar en el PSUC y sólo volverá a movilizarse a título individual con motivo de las convocatorias a favor de la amnistía política de febrero de 1976.

Hasta aquí los datos más relevantes de los recuerdos que Miquel Izard nos confía de los años en que contribuyó a la larga lucha contra el fascismo en España. Difícil no hacerse preguntas acerca del valor de aquel sacrificio. ¿Quién le habría de decir a Miquel –y a tantos- que algunos de quienes habían sido sus camaradas de combate acabarían ocupando lugares de privilegio en la cultura, la academia, la economía o la política, al servicio de aquel mismo sistema social que se aborrecía y que no iba a cambiar nada, salvo en las formas, con el esperado cambio democràtico. Y, por supuesto, ¿quién le habría de decir que la mayoría de los responsables políticos, ideológicos, policiales y judiciales de la represión franquista iban no sólo a continuar en sus puestos, sino a merecer en muchos casos todo tipo de reconocimientos y recompensas?

Es entonces que damos con esa HS (Historia Sagrada) y con esa Lal (Leyenda apologética y legitimadora) a la que Miquel Izard se refiere en tantos de sus trabajos como americanista. La HS y Lal son, nos dirá Izard, ese conjunto de mitos y dogmas que presentan como incuestionable, justifican y exaltan un determinado estado de cosas basado en la desigualdad y la miseria, un discurso hecho con mentiras, fetichizaciones y distorsiones que sirve para mostrar a quienes detentan el poder como benefactores providenciales ante quienes no cabe sino mostrase admirados y agradecidos. Izard propone diferentes maneras de definir la HS y la Lal: “versión taumatúrgica del ayer”; puñado de “patrañas que sacralizan” ; estafa “consagrada a embaucar, falsificar o mentir”; montón de “embelecos, equívocos, manipulaciones, supercherías y yerros de vestales”; “falacia hiperbólica que sacraliza a los agresores y denigra a vencidos y resistentes” Pues bien, digamos claramente que no sólo América, sino también la España reciente tiene su HS y su Lal: la Gloriosa y Ejemplar Transición Política de 1977 y la Heroica Victoria de la Monarquía sobre el golpismo en febrero de 1981. Tras esas farsas lo que se esconde es la dolorosa realidad que el propio Izard ha descrito como el paso, levantado con engaños y traiciones, “del franquismo totalitario al franquismo parlamentario”.

Para algunos, la clandestinidad antifranquista constituyó un duro, pero fructífero, campo de entrenamiento para lo que acabaría siendo su profesionalización como dirigentes en cualquiera de las esferas estratégicas de la sociedad: la política, las instituciones culturales, los medios de comunicación, la economía... Para otros, los más, es difícil no pensar que toda aquella abnegación no sirvió para nada y que aquellos hombres y mujeres quemaron los mejores años de su vida en una causa estéril y fracasada. En todo caso, si sirvió de algo fue para brindar nuevas pruebas de que existe una dimensión ingobernable en el ser humano que le aboca, como un deber, a resistirse al agravio y el maltrato, a rebelarse contra lo que se vive como insoportable, puesto que lo es. Se dirá un día, ojalá que lejano, que Miquel Izard supo ser coherente consigo mismo. No será del todo exacto. Miquel Izard fue sobre todo coherente con los demás; con todos aquellos que confiamos en que nunca nos decepcionaría. Y nunca nos decepcionó: como él mismo describía, continuó rejuveneciendo en lugar de envejer y radicalizándose en lugar de fosilizarse. Deberemos decir entonces de él: ahí hubo un hombre digno, cuya dignidad no fue la suya, sino la nuestra.



dimecres, 20 d’abril del 2022

Actualidad de lo sagrado

La fotografía es de Cynthia S. Tseng

Reseña de Contra el catolicismo, de Alberto Cardín (Muchnik, 1998), publicada en Babelia, el suplemento de libros de El País. Apareció publicada el 12 de enero de 1998.

ACTUALIDAD DE LO SAGRADO
Manuel Delgado

¿Se pueden pensar y luego decir otras cosas? ¿Es posible soportar el rodillo de un pensamiento exclusivo que se cuida de repetirnos una y otra vez, aduciendo siempre nuevas pruebas, que las cosas son tal y como él mismo se imagina? La verdad es que el panorama al respecto es más bien desolador : muy pocos parecen dispuestos a llevarle la contraria a los señores del significado.

Ha habido alguna que otra excepción. Por ejemplo, la de Alberto Cardín, narrador, poeta y etnólogo desaparecido prematuramente -acababa de cumplir 42- hace ya seis años. De la manera de hacer de Cardín hay que destacar dos cosas. En primer lugar su táctica predilecta : “golpe de mano”, incursión-relámpago en los mass-media con el fin de sabotear el consenso fácil en torno a lugares comunes. Luego, el hecho de que su impugnación de lo dado por todos por supuesto tomara impulso desde el relativismo cultural, es decir desde los postulados al tiempo epistemológicos y deontológicos de la antropología.
        
Cardín-antropólogo publicó en vida, aparte de alguna cosa de divulgación, su tesina (Guerreros, chamanes y travestis, Tusquets) y un par de compilaciones de artículos (Tientos etnológicos, Júcar, y Lo próximo y lo ajeno, Icaria). El resto de su producción ha tenido que ver la luz póstumamente. Primero fue su tesis doctoral (Dialéctica y canibalismo, Anagrama), luego una colección de artículos de tema psicoanalítico (Un cierto psicoanálisis, Libertarias) y, ahora mismo y de la mano de Muchnik, Contra el catolicismo, colección de trabajos breves, aparecidos unos en alguna de las revistas emblemáticas de la vanguardia intelectual de finales de los 70 y principios de los 80 (El Viejo Topo, Diwan, La Bañera), otros en la prensa diaria, en especial en las páginas de El País, hasta poco antes de su muerte.

El volumen, íntegramente dedicado a abordar el papel de la religión en las sociedades contemporáneas, aparece dividido en tres bloques. El primero  recoge textos en que se denuncia el proyecto de la Iglesia de volver a ser toda la sociedad y presentarse como una auténtica alternativa civilizatoria. También contra la teología de la liberación, que Cardín entendía como un imposible doctrinal y como un fraude ético, por parte de una Iglesia que debía continuar siendo coherente consigo misma y con su historia, es decir reaccionaria. El segundo apartado presenta artículos sobre lo que la imaginación periodística  llama “las sectas”, en los que se advierte de cómo el discurso estigmatizador contra los nuevos movimientos religiosos se conduce a la manera de una reedición de la vieja heresiología cristiana. Por último, un capítulo ha reunido varios artículos en los que, abordando cuestiones como la guerra del Golfo o el affaire Rushdie, Cardín plasmaba su contradictoria actitud -reserva y fascinación- hacia el mundo islámico, a la vez que se sumaba a los teóricos  (Ernest Gellner, Clifford Geertz) que han señalado el papel del llamado integrismo musulmán como estrategia de modernización.

Hay un argumento común que Cardín despliega en todas estas aportaciones acerca de la actualidad de lo sagrado : el de la urgencia de reanimar la crítica racionalista y humanista de la religión, exigencia que nace de la alarma ante lo que se insinua como una suspensión del proceso de laicización de la sociedad iniciado por las Luces, así como ante la dimisión a continuar profundizando en la distinción clara entre los ámbitos público y privado y en la cultura de la tolerancia. 

Y es que Cardín siempre estuvo convencido de que era compatible una crítica negativa y abstencionista de la realidad, derivada de la desviación antropológica por la que optó, con la militancia en lo que él mismo presentaba como un “volterianismo postmoderno”. También desde el cinismo se puede defender la libertad. Lúcido, y por ello incongruente, Cardín nos brinda ahora esa su última lección, a voces desde la patria donde moran los mejores muertos : la memoria.





dilluns, 18 d’abril del 2022

Cómo acabar de una vez por todas con las "sectas"

Imagen del episodio "La alegría de la secta", de "Los Simpson",
en que la familia es "captada" por la secta de los movimientatios

Artículo publicado en El Periódico de Catalunya el 29/5/1992

CÓMO ACABAR DE UNA VEZ  POR TODAS CON LAS "SECTAS"
Manuel Delgado

Merece la pena reflexionar en torno a la reciente sentencia de la Audiencia de Barcelona con respecto al asunto de la supuesta secta Niños de Dios, sobre todo por lo que tiene de auténtica bofetada al entusiasmo antisectario del Departament de Governació de la Generalitat. El caso, como se sabe presentaba una variante interesante, por cuánto la actuación de los Mossos d’Esquadra había consistido precisamente en hacer lo que se supone que hacen las sectas destructivas, es decir, separar a los hijos de sus familias para someterles, tal y como recoge la sentencia a una fuerte presión psicológica ajena. El redactado de la resolución de Fernández Oubiña –de cuya lucidez todo el mundo aplaudió en su día la decisión de equiparar la violación masculina a la femenina-, viene a ridiculizar los argumentos empleados hasta ahora en la persecución de las sectas y lo hace empleando argumentos que destilan una remarcable erudición histórica.

El tema es complejo y, en todo caso, habrá que esperar que investigadores como Joan Prat, de la Universidad de Tarragona, hagan públicos los resultados de su trabajo al respecto. Mientras tanto, esta sentencia debería dar que pensar acerca de lo acertado o no de la manera como se está abordando el combate contra los efectos tenidos por perniciosos de las sectas. Para que esa lucha sea verdaderamente eficaz se hace urgente algo más que actuaciones tan espectaculares como estériles. ¿Qué es lo que se debería hacer para acabar de una vez por todas con la lacra de las sectas? He aquí algunas sugerencias.

En primer lugar se deberían derogar todos los artículos de la Constitución en que se consagra la libertad de asociación y de culto. Después, los legisladores habrían de proceder a una clarificación semántica definitiva que permitiera distinguir por fin adepto de fiel o militante y proselitismo  de apostolado. Eso se traduciría en una ley especial, para la que se podría aprovechar el modelo de la Represión de la Masonería de 1940.

Por descontado que sería indispensable definir con claridad qué hay que entender por secta destructiva. Se necesita una definición contundente, pero capaz también –si ello es posible- no sólo de no eliminar de un plumazo todas las minorías religiosas habidas y por haber, sino también de no dejar fuera de la ley asociaciones confesionales que practican el control duro de sus miembros, como el Opus, los jesuitas o cualquier orden conventual. Ni que prohibiera modalidades de tratamiento psicológico en las que se producen con frecuencia relaciones de dependencia del enfermo hacia el terapeuta, lo que llevaría a cerrarle todos los consultorios a los psicoanalistas. Ni que afectara a asociaciones en las que niños y jóvenes son adoctrinados y encuadrados paramilitarmente –uniformes, grados, adiestramiento en supervivencia- y en las que se practican ritos iniciáticos secretos, como el movimiento escultista, los boy-scouts.

Sería de igual modo indispensable crear grupos especializados en la policía, suficientemente entrenados en este dominio de las creencias falsas y malvadas y que evitasen –cosa difícil- constituirse en algo así como un Grupo Antiherejes; así como tribunales igualmente especiales, con el inconveniente de que inevitablemente –tal y como anticipa el veredicto de la Audiencia- recordarían las andanzas del Santo Oficio.

Y, por supuesto, también habría que aclarar qué cargos deben serles imputados a los líderes sectarios. Desde luego, lo que no sirven son engendros tan etéreos e impresentables como la acusación de “daño psicológico”. Si el “daño psicológico” fuera un delito las personas causantes de desengaños amorosos deberían ser detenidas automáticamente, un buen número de espacios televisivos expulsados de la programación, y las oposiciones a funcionario, suprimidas para siempre.


dijous, 14 d’abril del 2022

Perdón, ¿sabe alguien por ahí qué es una secta?

Foto de Virqan Arg

Articulo publicado en El Periódico de Catalunya, el 19 de agosto de 1990

PERDÓN, ¿SABE ALGUIEN POR AHÍ QUÉ ES UNA SECTA?
Manuel Delgado

Conforme. ¿Duro con ellas! Acabemos de una vez por todas con las sectas y sus abyectos planes. Pero, por favor, que antes alguien nos explique bien qué es una secta, porque luego pasa lo que pasa. Como no hace mucho, cuando una encuesta demostró que de las tres sectas más conocidas por los jóvenes, dos no eran sectas. Una, los Testigos de Jehová, está dedicada a difundir el mensaje de Cristo, y la otra, el Opus Dei, es una simpática y entrañable asociación benéfico-recreativa vinculada a las más altas instancias de la Iglesia católica.

Porque, vamos a ver, si me dicen que una secta es una organización cerrada, en la que sus miembros se integran por completo, renunciando a sus bienes, a la vida social, a su independencia y a su intimidad, no sé si me hablan de Ceis, de Hare Krhisna o de los jesuitas o de cualquier otra orden religiosa. Algo parecido pasa con prácticas dañinas atribuidas a las sectas –proselitismo, obediencia a un líder infalible, etcétera- que son encontrables en muchas instituciones religiosas respetables. Dicho de otra forma, entre lo que es una secta y lo que es una iglesia nadie es capaz de ofrecer una distinción clara que no sea la del grado de proximidad al poder social o político que detenten.

Alguien me aclara que las sectas tienen especial interés .y eso es lo que las hace más perniciosas- en destrozar familias. Aunque, la verdad, eso no las apartaría demasiado del discurso evangélico. Tómese a Mt. 10 34 o a Lc. 12 51: “He venido a enfrentar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con la suegra” ; o a Mt 10 37 y Lc. 14 26: “Si alguien viene donde mi y no odia a su padre y a su madre, a sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas…, no puede ser discípulo mío”. Lo cierto es que hay un montón de religiones que obligan a sus oficiantes a abandonar a los suyos para entregarse por completo al apostolado. Algunas son tan radicales que incluso les prohíben casarse y tener hijos. Además, en vez de rescatar a quienes se han apartado de su hogar tener la buena idea de liberar a los que lo han hecho a la fuerza. Búsquese en cuarteles, cárceles, asilos, hospitales, manicomios, etcétera y se dará enseguida con un buen número de ellos.

“Lo que pasa es que crean adicción psicológica para sacer el dinero a los adeptos”. Ya entiendo. Les pasa lo que a mucha gente, que no pueden dar un paso sin acudir a su psicoanalista o su echadora de cartas. Por lo demás, hay muchas modalidades de terapia de grupo y no se ve por qué la de los "sectarios" es peor que la de los estudiosos de los ovnis o la de los defensores de los animales. En el actual mercado de sentidos de la vida cada cual escoge la oferta que mejor le sienta.

Luego llegamos a la cosa sexual. A mí, lo que se imputa a las sectas me recuerda lo del amor libre y la vida en comuna de los hippies de los 60 y 70. ¿Será la represión contra las sectas un síntoma más de la ola de puritanismo que, como tantas cosas made in USA, ha acabado por impregnar a nuestras autoridades? “¿Ah! –se dirá- ¿Pero es que pervierten hasta a los niños!”. Es verdad. Los Niños de Dios tenían manuales que enseñaban a masturbarse a los pequeños –qué tontos deben ser los niños de la secta-, pero para perversión-perversión, Oliver. ¿A que sí?

Luego está la cuestión del lavado de cerebro de los adeptos. ¿Cómo si los que estamos fuera no estuviéramos tan programados como ellos! Por cierto, ¿se acuerdan ustedes de la campaña televisiva que tanto contribuyó a que tomáramos libremente la decisión –que pronto tendremos oportunidad de celebrar- de permanecer en la OTAN? ¿Aquello sí que fue control de las mentes!

Y ya que estamos en el asunto… Traigan a su mente las imágenes que la otra noche nos brindaba la televisión, con los adeptos del vidente Ángel Muñoz tirando tejas a los centenares de personas que asediaban su iglesia en Benaguasil. Seguro que los interesados por la historia contemporánea española y a los viejos del lugar les suenan algo. ¿Alguien ha caído en la cuenta de que las acusaciones contra las sectas –avaricia, mala fe, falsas doctrinas, fanatismo, lujuria, corrupción de menores, etcétera- son idénticas no ya sólo a las que la inquisición formulaba para perseguir a judíos, herejes, brujas, etcétera, sino también a las que los anticlericales de todos los tiempos –de los milenaristas del siglo XI a nuestros anarquistas, pasando por protestantes, ilustrados, liberales, socialistas, masones… -llevan siglos dedicándole a la propia Iglesia católica?

Cuando las muchedumbres europeas –en España mismo, hasta 1936- asaltaban los conventos de monjas, creían ir a liberar mujeres secuestradas –como narra Pérez Galdón en Electra- y se desenterraban las momias de religiosas en busca de evidencias de que aquello no eran más que cuevas del sado y burdeles encubiertos. Del mismo modo que los confesionarios eran mostrados como nidos de depravación –léase El cura de Monleón, de Pio Baroja- y los colegios de curas como lugares donde se pervertía sexualmente a la infancia, como ocurría en AMDG, de Pérez de Ayala, o El patio de los frailes, de Azaña. ¿Curioso, verdad?





Funció i virtuts dels nous moviments religiosos o "sectas"

 La foto està pressa de tanya-n.com/?m=200702

Fragment de l'article Els nous moviments religiosos, a L’Avenç, 185 (1994), pp. 58-62.

Funció i virtuts dels nous moviments religiosos o "sectes"
Manuel Delgado

Circula avui una tesi que ningú sembla atrevir-se contrariar: la que s'ha produint un fort augment en la demanda de sentits de la vida com a conseqüència del fracàs o desacreditament de les grans ideologies laques i de les esglésies institucionalitzades. A partir d'aquest supòsit en el que es basa la presumpta singularitat del moment religiós actual, es desplega el que es creu poder presentar com un fenomen inquietant, quan no un autèntic perill civilitzatori. Es tracta de la proliferació a les societats industrialitzades de corrents místics inèdits, sovint d'índole pèrfida, que haurien proliferat darrerament en les societats industriali­tzades, parasitant el que és figurat com "el gran buit espiritual" de la societat postmoderna.

Un criteri analític més seriós tindria dificultats per fer-se càrrec d'aquest assumpte donant per bones les trivialitza­cions que l'afecten. En primer lloc, perquè és fàcil constatar que aquests moviments per a la salvació personal van néixer o assoliren màxims nivells d'incidència no com a reacció davant la frustració de les grans esperances emancipadores dels anys 60, sinó acompanyant-les. D'altra banda, un mínim de rigor no tindria més remei que dissoldre la qüestió de les noves sectes religioses, entenent secta com ho fa Weber, és a dir com associació religiosa en la que l'acceptació i l'ingrés són voluntaris, i no, com passa amb les esglésies, per naixement, en la problemàtica molt més ampla de la competència entre cosmovisions en al d'unes societats complexes caracteritzades pel lliure trànsit de significats i vincles identitaris.

Això implica, entre altres coses, que no estaria legitimat científicament un criteri que segregués els nous moviments religiosos d'altres adscripcions a partir de característiques que no li són en absolut exclusives. Una observació prou acurada posaria de manifest d'immediat com la majoria de trets diferencials que li solen ser atribuïts a les noves religiositats són comuns tant al conjunt de les esglésies homologades com per un bon nombre d'instàncies laiques de vinculació electiva que no preveuen un espai pel misteri en llurs interpretacions de l'univers i la història.

Dit d'una altra manera, hi ha un repertori comú d'eficàcies socials, psicològiques i intel·lectuals susceptibles d'explicar la globalitat de formes tant racionalistes com religioses d'integració activista: proveir d'allò que la sociologia del coneixement anomena una "estructura de plausibilitat", capaç d'ordenar jeràrquicament els significats i oferir models cognitius poderosos; dotar d'una comunitat de referència que realitzi la utopia d'un retorn a la fraternitat humana inicial; servir d'àmbit on purificar-se o protegir-se de les contamina­cions d'un món percebut com en procés de putrefacció; fonamentar doctrinalment la convicció segons la qual la societat humana pot ser redimida o alliberada de la seva postració actual per mitjà d'intervencions que modifiquin la consciència col·lectiva o personal, la qual cosa justifica un permanent estat d'agitació propagandística i de reclutament, en nom de la salvació civil o transmundana; permetre marcs on instal·lar individus o grups mal o precàriament classificats, amb dificultats a l'hora de trobar el seu lloc en la societat, contribuint així a que ningú escapi de la necessitat que experimenta la societat contemporània de mantenir tots els seus elements permanentment enquadrats i mobilitzats; facilitar la constitució d'identitats individuals sòlides, substituint o complementant formes primàries de socialització  -la família, l'escola, etc.-, que s'han mostrat insuficients per a minvar els sentiments d'aïllament o d'atomització que suscita la complexitat inestable de les societats modernes; brindar un codi moral clar, susceptible d'orientar les conductes i de regular de manera positiva l'ordit de les interaccions humanes; etc.

En el nivell de la mena de sotmetiments jeràrquics que accepten els seus adeptes, tampoc pot dir-se que les noves modalitats d'associacions piadoses es diferenciïn massa de totes les seves alternatives institucionalitzades. L'abandonament al servei d'un projecte de futur considerat just i urgent, la renúncia a parcel·les d'autonomia personal, la comunió litúrgica amb el grup i l'acceptació de lideratges de caire carismàtic són elements presents a quasi totes les formes de militància religiosa o secular conegudes. Tampoc la seva condició de societats tancades ni l'hermetisme en el que tant sovint és basa la seva tenebrització periodística són trets específics que facin distingibles les noves modalitats d'associació espiritual. Ni les estratègies de merchandising ni, per descomptat, les vies il·legals de finançament són tampoc patrimoni d'algunes de les noves minories religioses. Hauria de ser igualment obvi que atribuir-hi a aquests grups una capacitat de produir escàndols, excessos i delictes major que la de les altres organitzacions de base doctrinal amb les que han de competir seria una simplificació inacceptable per qualsevol mentalitat acceptable­ment crítica.


dissabte, 6 de novembre del 2021

Acerca del apocaliptismo en general

 
"Virgen del Apocalipsis", del novohispano Juan Correa, pintado a principios del siglo XVIII. La mujer del Apocalipsis, identificada con María alada, coronada de estrellas y triunfante sobre la luna, protegida por el arcángel Miguel, salvando a su Hijo de la Bestia de siete cabezas que vomita agua y arrastra con su cola un tercio de las estrellas

Comentario para los estudiantes de la asignatura Antropología religiosa del Grau d'Antropologia Social de la UB, colgado en el campus virtual en mayo de 2017.

ACERCA DEL APOCALIPTISMO EN GENERAL
Manuel Delgado

Igual hay un cierto malentendido en relación con lo que cabe definir y reconocer como movimientos milenaristas, a los que me parece que se atribuye una naturaleza consustancialmente revolucionaria que no se corresponde con la realidad. En primer lugar, yo he hecho referencia sobre todo a corrientes heréticas modernas pre-racionslitas que no tenían por qué ser forzosamente apocalípticas. Por otro lado, existen corrientes profetistas y de expectancia de un final de los tiempos para la renovación de la humanidad que son francamente reaccionarios o, cuanto menos, ajenos a cualquier cosa parecida a la lucha por un horizonte de superación de las injusticias sociales por la vía de la emancipación de los oprimidos o cosas por el estilo.

El fenómeno milenarista abarca un amplio y heterogéneo conjunto de movimientos centrados en un vaticinio del fin del mundo y una renovación del género humano. La esperanza milenarista suele implicar la convicción de que es inminente la intervención de un mesías salvador, la presencia del cual comportará la abolición de las vicisitudes del presente y la instauración de un orden social armonioso. Se entiende que la salvación milenarista habrá de ser colectiva, nunca individual. Se producirá de una forma repentina y melodramática. Será total, puesto que transformará la vida terrena, pero no a la manera de una mejora del presente, sino implantando un estado de perfección absoluta. Será, por último, milagrosa, en tanto que tendrá lugar por la intervención o con la ayuda de alguna instancia sobrehumana. Puesto que se enfrentan y resuelven simbólicamente las miserias e imperfecciones del tiempo que se vive, es previsible la irrupción en escena de ideologías religiosas milenaristas en sociedades que atraviesan situaciones de crisis, sometimiento o desestructuración.

Este tipo de movimientos recibe diferentes nombres. El más frecuente acaso sea el de milenaristas o quiliásmicos, en alusión a los mil años del reinado terrenal del Mesías según la tradición judía, etapa que se extiende entre la resurrección de los justos y la de los malvados, que es el acontecimiento con el concluyen los tiempos y que da inicio al Juicio final. Se habla con frecuencia también de movimientos proféticos, puesto que se dejan guiar por un profeta o postulan el cumplimiento de profecías, en el caso judeo-cristiano relativas al apocalipsis, de lo que se deriva la aplicación para estos movimientos del epíteto de apocalípticos. La literatura hebraica relaciona el término griego apokalypsis (“revelación”) con la liberación de Israel de la opresión pagana y con el cumplimiento de la promesa hecha por Yahvé a Abraham de establecer a su pueblo en la tierra prometida de Canaán. Para los cristianos el texto profético fundamental es el Apocalipsis de San Juan, en el que se describe la batalla final de Armagedón, entre la que las huestes de Dios se enfrentan y vencen a las de la Bestia. La denominación de escatológicos para estos movimientos deriva del griego eschata, “las últimas cosas”, empleado para referirse a la redención del pueblo de Dios y el castigo a los pecadores y a los gentiles. El milenarismo cristiano se basa en la espera de la parusía, la Segunda Venida o Segundo Adviento de Cristo.

No se olvide que el origen del milenarismo hay que buscarlo en las religiones iranias antiguas, que preveían una gran batalla final entre Ormazd i Ahrimán, las divinizaciones del bien y del mal, que se resolvería con la victoria total del primero, la resurrección de los muertos, el castigo a los malvados, un juicio final en el que los justos quedarían libres de todo daño y la renovación de todos los humanos para la eternidad. Parece incontestable que este tipo de ideas escatológicas fueron incorporadas al judaísmo antiguo de la mano de sectas como la de los esenios, para pasar de ahí al cristianismo y luego al Islam.

En las sociedades ajenas a los grandes monoteísmos, que han interpretado el tiempo en términos mucho más circulares que lineales y teleológicos, los movimientos escatológicos han sido raros, aunque no del todo inéditos. En las sociedades no occidentales, excepción hecha de casos como el de los profetas karay entre los guaraníes a los que alude Pierre Clastres, el milenarismo ha sido casi siempre la consecuencia del contacto con misioneros cristianos o de la existencia de un proceso de islamización, por mucho que haya incorporado materiales vernáculos : los mitos del paraíso original, de la tierra sin mal, del retorno de los dioses o los héroes fundadores, de la edad de oro; prácticas asociadas con el chamanismo o la posesión, que certifican la posibilidad de contactar directamente y sin sacerdotes con la divinidad ; etc. Así, por ejemplo, las religiones orientales han sido ajenas al milenarismo, con la excepción de las sectas asociadas al Buda futuro (Metteyya o Maitreya), proveedor de un mundo de bienaventuranza y que inspiró varias revueltas de pobres en Asia Central y Birmania. Ni el taoismo, ni el confucionismo, ni el sintoísmo, ni el hinduismo han propiciado movimientos milenaristas destacables, al menos que yo recuerde ahora.

Los ejemplos de insurreciones profetistas de inspiración católica o protestante son numerosísimos. Muchos movimientos quiliásmicos que conoció Asia fueron consecuencia más o menos directa del contacto con misioneros: el acaecido en Nagpur, en la India, y el de los t’ai-p’ing, en China, ambos en el siglo XIX. En toda América la mayoría de levantamientos indios han tenido este carácter, incluyendo aquéllos que el cine ha popularizado, como las encabezadas por Jerónimo o por Sitting Bull. Lo mismo cabría decir de las revueltas de esclavos negros, pero también del nacionalismo afroamericano actual, que ha participado de ese tipo de ideología milenarista de retorno a África. La vigencia de este tipo de movimientos lo demuestra la popularidad de la música reggae, asociada al raftafarismo jamaicano, o del rap y la estética hip-hop, vinculada a su vez a la Zulu Nation, el movimiento fundado y liderado por Africa Bambataa. La nómina de movimientos milenaristas de inspiración cristiana en el mundo es enorme, en muchos casos incorporando a corrientes que han jugado un papel fundamental en la emancipación política de los países colonizados, sobre todo a la hora de posibilitar la unificación de sociedades tradicionalmente muy segmentarias: cultos cargo en Melanesia, Mau-Mau en Kenia, Mwana Leza en Rodesia, etiopismo y sionismo en África del Sur... Muchos de los Estados surgidos de la descolonización han derivado de movimientos milenaristas o afines.

El islamismo ha conocido diversas corrientes milenaristas, todas ellas centradas en la esperanza en la venida del Imán oculto, el Mahdí o “guiado”. Esta idea esta asumida centralmente por el chiismo, pero también se encuentra actuando como motor ideológico de movimientos anticolonistas de ascendencia sunita: profetismo dinka o nuer, Usmán dan Fodio en Nigeria, mahdismo sudanés, revueltas de Abd el Kader en Argelia y de Abd el Krim en el Rif marroquí, el mullah loco en Somalia o Shamil en el Cáucaso. En Estados Unidos, el movimiento encabezado por Malcom X en los años 60 se movería bajo ese mismo clima de milenarismo islámico.

Por su parte, el cristianismo romano consideró mayoritariamente la profecía apocalíptica como un ideal simbólico, una eventualidad muy lejana en el tiempo o un episodio ya cumplido con la venida de Cristo y la fundación de la Iglesia. Fue ello lo que llevó, desde la herejía montanista en el siglo II, a contemplar con desconfianza o con abierta hostilidad todas las desviaciones que proclamaron la necesidad de conquistar el Paraíso en la tierra, por mucho que la condena como heréticas de las creencias apocalípticas por el Santo Oficio tuviera que esperar hasta 1944. Todos los grandes movimientos, que, desde el siglo XI, precedieron o acompañaron la reforma protestante fueron apocalípticos: cruzadas de los pobres; seguidores del Pseudo-Balduino, de Federico Barbarroja, de Savonarola, de Cromwell; flagelantes; militantes del Libre Espíritu; husitas, taboritas, anabaptistas, protagonistas de las guerras campesinas del siglo XVI... Y otros muchos ejemplos, algunos dados a conocer por el cine y la literatura, como las andanzas de Robin Hood en la Inglaterra del siglo XII, episodio de las convulsiones milenaristas que prepararon las revueltas de los lolardos de Wycliff. El levantamiento que dirigiera Juana de Arco en la Francia del siglo XV es otro buen ejemplo de movilización milenaria. Como lo fueron los dulcinianos, seguidores violentos de las profecías de Joaquín de Fiore, a los que atiende Umberto Eco en El nombre de la rosa.

La Iglesia, no obstante, cobijó también tendencias milenaristas. De hecho los franciscanos no fueron sino joaquinitas moderados, y el utopismo jesuíta en América tuvo un contenido igualmente profetista. La propia teología de la liberación actual no disimula un fuerte escoramiento escatológico. Las sociedades occidentales contemporáneas han conocido también movimientos profetistas: los lazzaretistas italianos de finales del XIX o los propios anarquistas españoles hasta bien entrado el siglo XX mantuvieron un fuerte acento apocalíptico. De hecho, todas las corrientes ideológicas que han propugnado la necesidad de construir una utopía social y que han querido “tomar los cielos al asalto” pueden ser consideradas como subrogados laicos del milenarismo bíblico.

Puesto que los creyentes en el milenio pueden estar convencidos de que es preciso su concurso a la hora de facilitar el advenimiento del nuevo mundo y acelerar las destrucciones que lo habrán de preceder, es frecuente registrar matanzas, destrucciones y suicidios colectivos. La historia del judaísmo, una religión profética por definición, presenta buenos ejemplos de autoinmolaciones en masa, como las de Creta del siglo V a.C. o Massada, en el siglo I a.C. Un número imposible de calcular de guaraníes se perdieron en la selva siguiendo a sus profetas. En el siglo XIX, millares de bantúes se dejaron morir de hambre obedeciendo a un enviado divino. En pleno siglo XX, los esquimales influenciados por los entusiasmos apocalípticos sacrificaron seres humanos con el fin de acelerar el fin de los tiempos y cientos de indios de la Guayana se mataron unos a otros con la esperanza de la resurrección en una sociedad renovada. A finales del siglo XX se produjeron diversos sucesos trágicos vinculados con ese tipo de impaciencia por el advenimiento de la Profecia, como los atentados de Verdad Suprema en Japón o los suicidios colectivos de davidianos en Waco o de fieles del Templo del Sol en Suiza. Todos esos casos son expresiones de esa misma disposición a acelerar el apocalipsis final prometido por Dios en la Biblia.

No se olvide que hay milenarismos pasivos, por así decirlo, que esperan pacientemente el advenimiento del fin de los tiempos y la Parusía con certeza, pero con paciencia también. Me vienen a la cabeza los testigos de Jehová, por ejemplo, o la mayoría de cultos ufo, que se fundan en esa misma espera de la venida “de aquello que habrá de venir de lo alto”.

Si os interesa el tema hay un montón de trabajos que lo desarrollan. Por poner algunos ejemplos, dos clásicos: el libro de Peter Worsley, Al son de la trompeta final, sobre los cultos cargo melanesios (Siglo XXI); la visión en panorámica de François Laplantine, Las tres voces de la imaginación colectiva (Siglo XXI), u otro libro de Norman Cohn, además del ya mencionado en otra entrada, El cosmos, el caos y el mundo venidero (Crítica).




Canals de vídeo

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