Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Patrimoni. Mostrar tots els missatges
Es mostren els missatges amb l'etiqueta de comentaris Patrimoni. Mostrar tots els missatges

dijous, 4 d’agost del 2022

El tiempo no se detiene; el espacio tampoco

Imagen de Cudillero, tomada de lugaresperdidosenelmundo.blogspot.com.es.

Fragmento de El espacio social como patrimonio, prólogo al libro de Manuel Luna y Manuel Lucas, eds., "Arquitectura tradicional y entorno construido" (Trenti, 2002).


EL TIEMPO NO SE DETIENE; EL ESPACIO TAMPOCO
Manuel Delgado

Los etnógrafos no han dejado de enfatizar –y vuelven a hacerlo aquí– la dimensión social y cultural de ese espacio que ya nunca más –al menos desde su óptica– sería un testigo mudo, pasivo y acabado del devenir humano, sino el resultado inacabado y en construcción de concepciones y prácticas que, en tanto que humanas, no podían ser sino sociales. En la base de esa perspectiva, la concepción del espacio como orden de coexistencias –Leibnitz– o como posibilidad de juntar –Kant. Es a partir de ahí que una determinada conformación espacial –de los entornos construidos a los espacios públicos– no puede ser interpretada como un esquema de puntos, ni tampoco un escenario vacío o un envoltorio, pero tampoco –como pretende el urbanista– en tanto que una forma que se le impone a los hechos a partir del proyecto. No es un sedimento, ni una realidad cristalizada contemplable en tanto que disociada del tiempo que lo recorre y no deja de generarlo. 

El espacio no es, como se acaba de subrayar, un producto, sino una producción –cabría decir mejor una coproducción–, es decir un trabajo que en cierto modo nunca podemos ver del todo acabado, puesto que es ese medio activo en que se despliega el espectáculo de lo social haciéndose a sí mismo, un proscenio vivo en que no hay objetos sino relaciones diagramáticas entre objetos, bucles, nexos sometidos al estado de excitación permanente al que les somete la imaginación y la acción humanas. Tal premisa debería desactivar cualquier pretensión de naturalidad, de inocencia, de trascendencia o de transparencia en esa realidad que damos en llamar espacio, puesto que no se está hablando de una determinada morfología, sino de una articulación de cualidades sensibles que resultan de las operaciones prácticas, la distribución de significados y las esquematizaciones tempo-espaciales en vivo que procuran los seres humanos en su actividad como habitantes o como visitantes, sus deslizamientos, las capturas momentáneas o duraderas que un determinado punto puede suscitar. 

El espacio es entonces –a partir de tales supuestos– como un recurso valioso en el que los concurrentes buscan y encuentran un lugar que consideran propio, apropiado y apropiable, comarca de prácticas y de saberes específicos que requieren el conocimiento del sistema cultural en vigor que lo rige y que es justamente aquello que el etnógrafo intenta inferir. El espacio no es sino pura potencialidad, que existe sólo y en tanto alguien lo organice a partir de sus quehaceres ordinarios o excepcionales y le asigne sentido. Ese espacio, si es que damos en considerarlo social –y dejando de lado la posibilidad de exista algún espacio que no lo sea y del que en realidad no podríamos saber nada–, puede ser reconocido sólo en el momento en que registra las articulaciones sociales –diversas, diversamente organizadas– que lo posibilitan. Por tanto ese espacio no está ahí antes de que en él suceda algo. No precede a ninguna estructura social, pero tampoco emana mecánicamente de ella para quedar fijado en modo alguno. El espacio social resulta de un acaecer humana sin el cual no existiría o al menos no sería ni concebible, ni perceptible, ni imaginable. De ahí que “tener lugar” signifique al mismo tiempo dar con un sitio, merecerlo, pero también acontecer, ocurrir.

Es en esa línea que hemos visto –y veremos ahora de nuevo– actuar la antropología del espacio, atenta a la dimensión cualitativa de este, a sus texturas, a sus accidentes y regularidades, a las energías que en él actúan –y haciéndolo lo suscitan–, a sus problemáticas, a sus lógicas organizativas... Un objeto de conocimiento que –como merece la pena insistir en señalar– sólo puede ser considerado con respecto de las prácticas sociales que alberga y que en su seno se despliegan,  activándolo. Ese espacio y sus configuraciones pueden ser armazón, telón de fondo, marco... ; pero ante todo son siempre agentes activos, ámbitos de acción y actores al mismo tiempo de los dispositivos que lo determinan y orientan. Estamos justo en el lado opuesto de la arrogancia del proyectador que está convencido de que la disposición espacial que impone a través de la planificación va lograr que los contenidos de la vida social se le plieguen dócilmente. El espacio: algo que organiza esas mismas sociedades que lo organizan, que genera y es generado por emplazamientos y desplazamientos que, a su vez constituyen cada uno de ellos, otras tantas formas plurales de lectura y de escritura, de diseminación e interpretación de señales y de rastros. 

En eso, la antropología del espacio huiría de la mera topografía, con su preocupación por los sitios y los monumentos, o de la morfogénesis, como estudio de los procesos de formación y de transformación del espacio edificado o urbanizado, o del análisis tipo-morfológico del tejido del pueblo, del caserío, del barrio o de la ciudad. Ninguna de esas disciplinas tiene en consideración los gestos, las palabras, las memorias, los símbolos, los sentidos, lo lúdico, lo imprevisible...; lo ordenado, pero también lo azaroso; lo integrado, pero no menos lo conflictivo.  Lejos de cualquier tranquilidad, el antropólogo advierte que nunca hay un espacio social, sino múltiples espacios sociales, e incluso una heterogeneidad indefinida de la que el término “espacio social” denota el conjunto no-numerable de puntos y de haces de trazos entre puntos. 

Es en ese sentido que los espacios sociales pueden revelarse como amontándose, chocando entre sí o apenas rozándose, surcando a la vez que son surcados por otros espacios, superponiéndose, secándose unos a otros; una veces se penetran, otras se repelen. No son cosas limitadas las unas por las otras, colisionando por su contorno o por el resultado de inercias... De hecho, la jurisdicción que se ocupara de esa multiplicidad de espacios debería  parecerse más bien a una especie de dinámica de fluidos, una hidrostática social que notara cómo cada lugar social sólo se puede comprender arrastrado, interferido, arrebatado, enfrentado, irrumpido e interrumpido por otros lugares sociales igualmente móviles e inestables, por mucho que una impresión nos haya engañado con un aspecto de falsa estabilidad.

Tenemos entonces que lo que aquí se nos propone –a partir de una magna labor de recopilación y glosa– es un ejercicio consistente en conceder a ciertos lugares propiedades lógicas, entre las que destaca la de una inalterabilidad más duradera que la de las palabras, los hechos o los actos a los que aparecen conectados circunstancialmente. Se está hablando entonces de una recopilación de lugares, entendidos como sinónimo de sitios, puntos que han merecido ser resaltados en el mapa, accidentes topográficos provocados por la acción humana y que se definen por haber sido ocupados o estar a la espera de un objeto o entidad que los reclame como propiedad –“un sitio para cada cosa, una cosa para cada sitio”, se dice–, que han sido reconocidos como existentes a propósito de una acción o conducta adecuada –“saber estar en su sitio”–, que se interpretan como plasmación espacial de un determinado papel o estatuto –“poner en su sitio” a alguien; considerar "éste es mi sitio". De ahí también la noción de sitiar como acción de asediar un territorio defendido, para rendirlo o apoderarse de él. 

Se han indicado un conjunto congruente de reificaciones territoriales de algo o alguien que no puede ser sustituido por nada o por nadie más, marcas específicas hechas sobre el paisaje y que lo dotan de una cierta moralidad, puntos de calidad en los cuales la ideología o los sentimientos relativos a valores sociales o personales se han revelado, se han hecho, literalmente, un lugar entre nosotros. Esta fetichización o valor ritual es la que hace del lugar un nudo, un lazo que permite resolver tanto social como intelectualmente las fragmentaciones, las discontinuidades que toda complejidad le impone tanto a la conciencia como a la percepción.

En otro plano, se ha trabajado con especial sensibilidad en estas investigaciones la contraposición constante entre las experiencias del dentro y del afuera, experiencias que ayudan a entender los espacios sociales bajo dos perspectivas distintas: la que los contempla como lugares de implantación de grupos sociales –entre ellos la familia, pero también la corporación profesional, la confesión religiosa, la asociación civil, el club de amigos, la peña festiva, etc.– y la que los reconoce como esfera de y para los desplazamientos. En el primer caso, los segmentos sociales agrupados de manera más o menos orgánica pueden percibirse como unidades discretas, cada una de las cuales requiere y posee una localización, una dirección, es decir un marco estabilizado y ubicado con claridad, una radicación estable en el plano de la ciudad. Ese lugar edificado en que se ubican los segmentos sociales cristalizados de cualquier especie –del hogar a la empresa– contrasta con ese otro ámbito de los discurrires en que también consiste el espacio social y cuyo protagonismo corresponde plenamente al viandante y a las coaliciones momentáneas en que se va viendo involucrado –nunca mejor dicho– sobre la marcha. Si el grupo social tiene una dirección, un sitio, el transeúnte –molecular o masivo– es una dirección, es decir un rumbo, o, mejor dicho, un racimo de trayectorias que no hacen otra cosa que traspasar de un lado a otro no importa qué trama urbana o que comarca rural. Por descontado que existen territorios intermedios o mixtos, ámbitos que están a medio camino entre la casa y la plaza; entre la iglesia, la oficina o la fábrica. Se trata de esos lugares no en vano llamados de encuentro, que son aquellos en los que se entre cuando uno sale: bares, cafeterías, discotecas, estadios, iglesias, cines, centros comerciales. Justo en esa puesta en valor de los terrenos semipúblicos –habitualmente menospreciados por su supuesto escaso valor patrimonial– en donde reside uno de los principales méritos de la presente compilación de investigaciones.

Al final de una de sus obras más geniales –y cuya evocación resulta tan oportuna aquí–, Especies de espacios, Georges Perec confiesa que le gustaría “que hubiera lugares estables, inmóviles, intangibles, intocados y casi intocables, inmutables, arraigados; lugares que fueran referencias, puntos de partida, principios: Mi país natal, la cuna de mi familia, la casa donde habría nacido, el árbol que habría visto crecer (que mi padre habría plantado el día de mi nacimiento), el desván de mi infancia lleno de recuerdos intactos...” Debe reconocer, no obstante que, en realidad, tales lugares no existen, y como no existen el espacio se vuelve pregunta, deja de ser evidencia, deja de estar incorporado, deja de estar apropiado. El espacio es una duda: continuamente necesito marcarlo, designarlo; nunca es mío, nunca me es dado, tengo que conquistarlo”. Perec tiene razón y los estudios aquí reunidos vienen a demostrarlo. Ese espacio que patrimonializamos –en el sentido de que consideramos digno de ser entregado en herencia a quienes habrán de sucedernos en el tiempo– no es un conjunto de sitios memoriados y memorables. Es justamente la naturaleza dinámica de sus empleos y de sus significados lo que lo hace merecedor de esa pluvalía simbólica que aquí se propone para él y que permite distinguirlo de lo que lo rodea o lo atraviesa. Convicción de que toda sociedad es ante todo una sociedad de lugares. Sospecha al fin de que, al contrario de lo que podría antojarse, no somos los humanos quienes empleamos los sitios, sino los sitios quienes nos emplean a nosotros para comunicarse entre sí, para intercambiarse mensajes, para decirse al mismo tiempo que nos dicen.


divendres, 29 de març del 2019

El papel de los lugares patrimoniales en el control político de las ciudades

La fotografia es de Kabz Raj

Intervención en la mesa redonda "Patrimonio, memoria y poder", celebrada en FLACSO, Quito, el 5 de septiembre de 2013, en el marco del Foro Latinoamericano Habitat el Patrimonio

EL PAPEL DE LOS LUGARES PATRIMONIALES EN EL CONTROL POLÍTICO DE LAS CIUDADES
Manuel Delgado

Todo este dinamismo hecho de fragmentos en contacto que es lo urbano sucede de espaldas a un orden político que hace mucho que intenta que la ciudad renuncie a su condición intrínsecamente turbulenta y contradictoria, deje desentrañar sus extraños lenguajes y acate su autoridad. La heteregoneidad de significados que registra la urbs es vivida por la polis como una crisis de significados, en el sentido de que las instituciones políticas no acaban nunca de asumir que la pluralidad de usos y funciones ha de implicar una idéntica proliferación de significados, memorias, juegos, poetizaciones, etc. Frente esta realidad que hace de la metrópolis una organización societaria en que el anonimato deviene estructura y lo diferente se reproduce, se procura una vez y otra convertir la urbanización en politización, es decir en asunción del arbitrio del Estado sobre la confusión y los esquemas paradójicas que se despliegan en la ciudad. La aspiración de todo proceso de centralización y control políticos es, en efecto, la de constituir y hacer respetar una cierta unidad de espíritu que haga viable una experiencia homogénea y unificada de lo urbano, susceptible de generar y movilizar afectos identitarios específicos. En esta dirección, a la conceptualización institucional de la ciudad le resulta indispensable el establecimiento de centros que desempeñen una tarea de integración tanto instrumental como expresiva, tan atractiva por el ciudadano en el plano utilitario como en el simbólico.

El objetivo de este proyecto de institucionalización de ciertos aspectos de la forma urbana es prioritariamente el de reeditar mecanismos no demasiado diferentes de los que posibilitaron la irrupción de los nacionalismos de base territorial e histórica en el siglo XIX. Lo mismo se podría decir por lo que hace a los intentos por dotar de una base arquitectural y estética lo que se quisiera la emergencia de identidades colectivas unificadas. De hecho, la tarea que se impone en muchas de las actuales políticas en materia urbana es la misma que afrontaron los nacionalismos decimonónicos y que continúan aplicándose en los países que están en vías de incorporación a la modernidad: hacer posible la politización, entendida como proceso de control centralizado, bien sobre una multitud de subgrupos cambiantes y precarios, bien sobre una amplia red de segmentos corporativos autosuficientes, todo en orden a generar sentimientos de adhesión a una sola cultura «nacional» políticamente santificada, susceptible de trascender la tendencia a la inconexión y la atomización que caracterizaban la forma débil de vincularse entre sí las unidades particulares en las sociedades premodernas, pero mucho más en las actuales sociedades urbanizadas, definidas precisamente por su invencible tendencia a la fragmentación, la inestabilidad y la incongruencia.

Es en las ciudades donde se puede seguir la renovación de esa lucha contra la heterogeneidad en orden a la producción de identidades centralizadas, adecuadas a los intereses de sus elites políticas y económicas, capaces de respetar sólo aquellas ideosincracias que previamente ha puesto en circulación. Se trata, en este caso y ahora, de oponerle a la expansión fragmentaria de la ciudad una «memoria urbana» basada en el simulacro de una falsa coherencia. Frente al desorden de lo real, el orden del imaginario.

La producción de significados en que consisten en gran parte las políticas urbanísticas parece orientada a demostrar como el medio ambiente ciudadano puede ser manipulado para hacer de él argumento y refuerzo simbólico para una determinada ideología de identidad artificialmente favorecida desde instancias políticas. Estamos hablando de la generación en masa de espacios prostéticos destinados a servir de soporte adaptativo a realidades nuevas, nuevas maneras de relacionar ideología y lugar, nuevos experimentos que vuelven a demostrar el entorno diseñado puede convertirse en sostén para una estructura motivacional y en una guía para la acción.

Tal voluntad didáctica y de refuerzo de la identidad es uno de los vectores centrales de la política de ritualización del espacio urbano en que las distintas autoridades municipales aparecen cada vez más comprometidas. En general la dirección que adopta la ordenación simbólica del medio ambiente urbano asume como objetivo atenuar los dinteles de ruido semántico y funciona, como toda ritualización, en orden a desatascar el exceso de información que la sobrecodificación y la exuberancia de la vida urbana genera. Esta intención de esquematizar y hacer diáfanos al máximo los índices cognitivos y de colocar los resultados de esta reducción a un código elemental al servicio de focalizaciones de identidad no parece ajena a la concepción del urbanismo en última instancia como una máquina de homogeneizar y clarificar el medio ambiente urbano. Todo ello requiere que el proyecto busque sobre todo la congruencia entre forma y actividad, y lo haga a través de la estereotipación y la esquematización de los entornos. Es al servicio de esa voluntad de reducir la tensión urbana y de propiciar una identidad social diáfana que se postulan símbolos, «información congelada», que se espera que sea capaz de comunicar los valores socioculturales hegemónicos y dar los índices de comportamiento adecuado.

En resumen, los teóricos que han abordado desde el urbanismo la relación entre comportamientos sociales, pautas culturales y medioambiente urbano, lo han hecho enfatizando los peligros que para una lectura adecuada –léanse una obediencia– de los indicios arquitecturales implica la heterogeneidad en general. Diseñar quiere decir lo mismo que, primero, filtrar la complejidad, hacerla asequible, reducir la sobreexcitación que producen las informaciones desbocadas que emite el espacio urbano; luego codificar, facilitar e incitar a la legibilidad de lo previamente textualizado.

En ese orden de coas, la prioridad concedida a les metaforizaciones territoriales de un pasado-clave se traduce en operaciones de dramatización espacial que hipervaloran el testimonio arqueológico. Este aspecto implica, es cierto, una cierta concesión a las formulaciones de identidad tradicionales, que buscan fuentes de legitimización en un pasado histórico más o menos adaptado, del que se procura hacer proliferar las evocaciones. Es evidente que los dispositivos de significación al servicio de la producción de identidad político-urbana no han renunciado del todo a los programas esencialistas, apoyados en la invocación constante de un pretérito de lo que se muestra como prolongación al tiempo que proyección. Este recurso a las esencias morfológicas y a estructuras mostradas como transcendentes queda reflejado en la multiplicación de lugares de memoria, tan demostradamente útiles para la adaptación a cambios vertiginosos y desfiguradores, tanto tecnológicos como topográficos. Más en concreto, la actividad mnemotética y ritualizadora se plasma en la protección de lo que se presenta y representa como elementos patrimonializables. El destino de este tipo de estructuraciones significantes del espacio es conservar determinados ingredientes pretendidamente ideosincrásicos del lugar, una especie de altares a un ayer que se presupone en común. La tarea de esta señalización sería la de institucionalizar ciertos aspectos del pasado urbano y procurar la conversión de lugares identificables en lugares identificadores. Todo ello recoge y quiere activar el papel de una supuesta memoria común en la génesis y la evolución de los tejidos urbanos, aferrados a ciertas concreciones del paisaje de la ciudad, signos de la voluntad colectiva, puntos fijos de la dinámica urbana, que pueden explicarse como receptores de las actividades fijas, o como componentes no estríctamente funcionales cuyo valor se encuentra en su propia esencia expresiva, incluso como intregradores a un nivel más psicológico de la imagen de la ciudad.

Estaríamos hablando, de acuerdo con esto, de la búsqueda de un genius loci, una alma de los lugares cuya concreción permitiría, respetándolo, evitar una alteración radical del anagrama morfogenético original, el «espíritu» de la ciudad o del barrio. Es desde aquí que el elemento patrimonializado puede definirse como elemento urbano de carácter permanente, un estado de espíritu colectivo que se imagina o se quiere participando en el proceso morfológico de un área urbana. En semántica, se ha adoptado de la física la noción de isotopia, que indica en el discurso algo parecido a lo que en territorio pretende indicar el elemento patrimonializado. La isotopia remite a las categorías semánticas redundantes, una especie de nucleo de significaciones que privilegian una región del espacio textual, conferiéndole una fuerza de repulsión o de atracción, distribuyendo un cierto valor de verdad en los enunciados, por medio de una clave de lectura que torna homogénea la superficie del texto, porque permite superar las ambigüedades.
           
La función desambiguadora del elemento patrimonializado se funda en que hace que el presente esté presente en el pasado y el pasado presente en el presente, integrando uno y otro en una clasificación de los objetos del paisaje que, porque es un sistema codificado, no puede ser sino sincrónico. De hecho, bien podríamos decir que el elemento patrimonializado permite no tanto recordar el pasado como anularlo, negarlo, aniquilarlo a través de un tratamiento que, como ocurre con los mitos de origen, hacen pensable lo diacrónico como hallándose presente en lo sincrónico, y viceversa. O más bien podríamos decir también que el elemento patrimonializado no es ni sincrónico ni diacrónico, sino puramente anacrónico, en tanto representa la pura ahistoricidad. En este caso, la función de los lugares-patrimonio no es diferente de la que desempeñan los documentos de los archivos, los objetos de los coleccionistas y otros vestigios memorables, que, tal y como hiciera notar Lévi-Strauss en un célebre pasaje de El pensamiento salvaje, si desapareciesen arrastrarían con ellos las «pruebas» del pasado, y nos dejarían huérfanos de ancestros y raíces. Estos documentos son, nos advierte Lévi-Strauss, el acontecimiento en su contingencia más radical, puesto que le otorgan a la historia –la historia oficial, la de las instituciones, claro está– una existencia física. De estos objetos espaciales se podría decir, a su vez, lo que Jean Baudrillard apuntaba acerca de los «objetos singulares» –antiguos, exóticos, folclóricos–: son signos en los cuales se pretende descubrir la supervivencia de un orden tradicional o histórico que, en realidad, no existiría de no ser por el esfuerzo que se pone en representarlo. 

Los puntos exaltados en tanto que patrimonio están donde están para significar, y para significar justamente el tiempo o, mejor, la elisión del tiempo. Como objeto «auténtico», es decir exclusivamente representacional, esos lugares fetichizados tienen lo que le falta a los demás sitios meramente funcionales que podemos encontrarnos en la ciudad: la capacidad de transportarnos a realidades abstractas inexistentes en sí mismas –el Arte, la Cultura, la Historia, la Identidad, la Patria...– de las que la verdad o la impostura son del todo irrelevantes a la luz de la eficacia simbólica que ejecutan. Lo que se busca con la acumulación casi religiosa de ese tipo de testimonios es establecer puntos fulgurantes que rediman la miseria y el absurdo del espacio cotidiano, núcleos en los que dar con algo que nos hable de nuestra supuesta grandeza oculta o de lo que fuimos alguna vez: estigmas felices de «la diferencia», aquélla que hace chispear lo que, caso contrario, no sería más que una inencontrable identidad política compartida.

Todo elemento patrimonializado implica un postrer esfuerzo de la polis por vencer a la urbs. El elemento patrimonializado quiere imponer lo lógico sobre lo heterológico, lo normalizado sobre lo heteronómico o sobre lo anómico. El elemento patrimonializado expresa la voluntad de hacer de cada espacio un territorio acabado, definido, irrevocable. El elemento patrimonializado fetichiza el espacio, lo rescata de la acción subversiva del tiempo cotidiano, de la zapa a que se entregan sin descanso las prácticas ordinarias. El elemento patrimonializado está siempre ahí, indiferente al paso de tiempo, de espaldas a las repeticiones y las diferencias, centro estable al que no parecen afectar la cascada de sucesos que se desencadenan sin parar a sus pies. Inalterable, ajeno a los conflictos, a las contradicciones, a las paradojas que lo asedian desde abajo, todo elemento patrimonializado expresa la voluntad de afirmar con toda rotundidad un principio debido a Hegel: a saber, el Tiempo histórico engendra el Espacio en que se extiende y sobre el que reina el Estado.

El elemento patrimonializado es la consecuencia de la preocupación de toda administración política por mantener puntos poderosos de estabilidad, lugares exactos que representan lo que no transcurre, lo que está a salvo del tiempo. Con ello se desvela hasta que punto como todo Estado es siempre un estado, y que todo estado no deja de expresar siempre vocación de Estado. De ahí también el acierto de Deleuze y Guattari al sugerir una oposición sustancial entre ciudad y Estado, parecida a la ya sugerida de urbs versus polis. La ciudad mantiene una relación de analogía con la carretera, puesto que sólo puede ser los circuitos que no hacen otra cosa que recorrerla en red. La ciudad se define por las entradas, por las salidas, pero sobre todo por los it que en ella se inscriben sin descanso. Por ello la ciudad es, para Deleuze y Guattari, un fenómeno de transconsistencia, a diferencia del Estado, que es un fenómeno de ultraconsistencia. De ahí el empeño de este último en hacer resonar los puntos en que consiste su voluntad de cristalizar a toda cosa –es decir en estabilizarse y estabilizarlo todo–, en mostrarse como natural e irrevocable, en marcar de manera lo más indeleble que sea posible las fijaciones en que presume estar, puesto que el Estado ante todo está.





dimecres, 29 de novembre del 2017

Els llocs d'oblit del "model Barcelona"

L'Hotel nº 1 de Rubió i Tuduri, enderrocat l'any 1990, i la plaça de toros Les Arenes,
desfigurada ara per un espantós centre comercial
Això és una cosa que vaig escriure per Cafès de Patrimoni, cafesdepatrimoni.wordpress.com, el maig de 2013

ELS LLOCS D’OBLIT DEL “MODEL BARCELONA”
Manuel Delgado



Resulta interessant constatar en què ha consistit el ja desbaratat “model Barcelona”, que no ha estat s l’intent de sotmetre a control el capital emotiu de la forma urbana i fer-ho a base de destruir àmbits emblemàtics de barris sencers, com ara la Barceloneta, el Poblenou, Vallcarca, Sàrria o Ciutat Vella. La vindicació i posada en escena institucionals d’uns imaginaris urbans políticament i econòmicament determinats no ha respectat amb prou feines res, tret de xemeneies, bastidors, dependències aïllades i noms d’antigues instal·lacions –l’Espanya Industrial, la Pegaso, l’Escorxador, la Sedeta, el Moll de la Fusta, la Farinera, Can Felipa, la Maquinista...–, tots ells reconvertits com cal en un mer acompanyament decoratiu d’un estil urbanístic uniforme i uniformitzador. Les expressions radicals d’aquest principi han estat barris sencers com la Vila Olímpica o Diagonal Mar, espais ataràctics, previsibles, controlats i, de fet, sense vida –és a dir, sense conflicte–, pensats per a que visquessin veïnatges exemplars. 


Al costat del tractament estetitzant de les reminiscències del passat, les intervencions urbanístiques realitzades als darrers anys a Barcelona han seguit una orientació extremament homogeneïtzadora, de manera que la diferenciació entre barris fins aleshores amb una forta personalitat social i formal ha anat minvant gradualment. L’obertura dels bulevards a Nou Barris o de la Rambla del Raval i l’extensió de la Diagonal fins al mar, posem per cas, han seguit criteris formals pràcticament idèntics, posant de manifest fins a quin punt és aguda la tendència al rasament del qual estan sent testimonis i víctimes els barcelonins. No cal dir que en cap cas s’ha tingut en compte l’opinió dels veïns, ni s’ha fet cap estudi de quins són els referents sensitius que els usuaris habituals de les zones reformades utilitzaven en les seves pràctiques quotidianes.

S’ha denunciat que iniciatives com la urbanització de la zona de Glòries, el Districte 22@ de Poblenou o l’embocadura marítima de la Diagonal no dialogaven amb la memòria del lloc i eren casos d’arquitectura gairebé autista. L’edifici Fòrum de Herzog i de Meuron o la Torre Agbar de Nouvel són implantacions estranyes en el teixit urbà en què s’instauren, però no van ser-ho menys abans l’Auditori de Moneo o el Teatre Nacional de Bofill. El centre comercial de La Maquinista, a Sant Andreu, és un altre exemple d’amnèsia consumista. En canvi, se’n ha mantingut el nom de l’indret, cosa que no ha passat a Glòries Center, una obra del 92, on s’ha mantingut la façana, però res –ni el nom– evoca que allà havia estat la Hispano-Olivetti. Hem vist organitzar un autèntic culte als mestres del modernisme de cara al turisme –Quadrat d’Or, Any Gaudí–, al mateix temps que magnífics exponents del moviment han estat destruïts. El cas de la Can Buxeras, suprimida per l’obriment de la Rambla del Raval n’és un cas, però hi ha un grapat d’altres no menys escandalosos. L’obertura de l'illa Sant Ramon ha implicat la destrucció del conjunt històric de Can Gelabert, dels segles XVIII i XIX, també a Ciutat Vella. La de l’illa Robador va implicar la destrucció de la Casa Josep Botey i de la Casa Josep Ticò, també de notable valor. Entre les edificacions amenaçades hi havia, paradoxalment, la de Joan Bohigas, l’avi d’Oriol Bohigas, al carrer de Riera Alta. 

S’han continuat erigint els llocs de la memòria oficial, mentre les memòries menors i massives dels ciutadans han anat perdent els seus autèntics punts de referència vivencials: cinemes de barri que no s’han pogut reconvertir en asèptiques sales multicine; locals com el Salò Iris o el Price; teatres o sales de festa com l’Apolo o la Bodega Bohemia; indrets fonamentals per al veritable patrimoni perceptual i sentimental dels barcelonins, com la Casita Blanca o l'hotel de Rubió i Tuduri a la Plaça d’Espanya, amb el seu rellotge. De totes les coses en què s’hagués pogut convertir l’abandonat edifici de TVE a Miramar, s’ha triat fer-ne un hotel de luxe, per l’estil del que s’aixeca just a la vora del lloc on va morir Salvador Seguí, el Noi del Sucre, a la confluència del carrer de la Cadena i l’actual rambla del Raval. El Sepu és ara la seu de Nike; el cafè Canaletes és una hamburgueseria de la cadena MacDonald’s. És cert que altres indrets no menys emblemàtics havien anat desapareixent i que tots aquests que hem esmentat també havien de tenir més tard o més d’hora un final, però no tots, ni alhora, ni d’aquesta manera. 

La memòria oficial i la memòria mercantil signifiquen en realitat una amnèsia total, la voluntat de camuflar aspectes inconvenients o molestos del passat real de la ciutat. Les polítiques de promoció de Barcelona porten anys proclamant la mediterraneïtat de la ciutat i mostrant com un èxit “la recuperació” del seu litoral marítim. Barcelona –s’ha repetit– ha viscut massa temps d’esquena a la seva realitat mediterrània i era urgent “obrir-la al mar”. Curiosa afirmació, que suposa oblidar que durant dècades, milers de persones van viure literalment a la platja, als grans assentaments de barraques del Somorrostre, el Bogatell, el Camp de la Bota, la Mar Bella, el Petit Pequín. Però aquesta subciutat de barraques no va existir mai o aquells no eren autèntics barcelonins. D’altra banda, aquesta fal.lera per exaltar els valors marítims no han estat inconvenient per eliminar els entranyables xiringuitos de la Barceloneta. O perquè la zona comercial de l’Hotel Arts, a l’ombra del peix de Franz Gehry, devorés una bona part del passeig Marítim. O perquè els habitatges d’alt nivell i els hotels de Diagonal Mar acabessin aixecant entre la ciutat i la platja una muralla mil vegades pitjor que la que suposaren en una altra època les vies del tren. Per no parlar de las catastròfiques conseqüències de les obres del Fòrum 2004 sobre el litoral barceloní, denunciades al seu moment per Greenpeace. Són mostres de “recuperació del mar” agressions directes contra l’horitzó com l’Imax del Port Vell, el Word Trade Center –aquesta apoteosi del quiero y no puedo de que està farcit el “model Barcelona”–, que amputa la desembocadura visual de La Rambla, o el nou edifici de Catalana de Gas, que literalment tapona la perspectiva des de passeig de Sant Joan i l’Arc de Triomf? 

Es prohibeix que els veïns estenguin la roba en uns balcons que moltes de les noves edificacions, àdhuc públiques, no preveuen. S’intenta com sigui desempallegar-se o amagar els Encants de la plaça de les Glòries. Un racó tan carregat d’evocacions com era l’Escullera ha estat sentenciat a ser substituït per un nou espai igual que la resta dels “nous espais”, presidit en aquest cas per una nova ampul•lositat retòrica d’en Bofill. El Turó Park, la zona verda dissenyada al 1938 per Rubió i Tuduri, ha vist com es tallaven dos dels seus tres til·lers centenaris. El carrer d’en Carabassa, una meravella del segle XVII, apareix amenaçat per intervencions arquitectòniques que preveuen canviar aspectes fonamentals de la seva volumetria. L’inventari de les destruccions o els abandonaments patrimonials és enorme, i la conformarien tots aquells que, a l’antípoda dels llocs de memòria oficial, faríem bé de designar com a autèntics llocs de i per l’oblit, un oblit que de cap manera mereixen. 







dimarts, 7 de novembre del 2017

Materias inmateriales


La foto es de  Iván Pisarneko y corresponde al Carnaval de Barranquilla
Artículo enviado a El País el  5 de septiembre de 2012 y no publicado

MATERIAS INMATERIALES
Manuel Delgado

Están próximos a hacerse públicos los nuevos elementos que la UNESCO incorporará a su Lista Representativa del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Interesante noción esa de “patrimonio inmaterial”. Es en torno a ella que se está generando una notable actividad desde las instancias que en cada país gestionan el ámbito cultural, lo que contrasta con las dificultades que entraña su definición y establecer las materias a las que cabe asociarla.

No se va a discutir ahora la existencia de entidades de orden metafísico, es decir carentes de sustancia. Las concepciones del mundo, los valores morales, los diferentes tipos de capital, los códigos lingüísticos, los derechos de propiedad o las tecnologías son ejemplos de realidades que no se ven, ni se pueden tocar, pero que pueden ser atesoradas, intercambiadas, distribuidas o cedidas en herencia a generaciones posteriores. Ahora bien, cuando la UNESCO habla de cultura inmaterial no se está refiriendo a los aspectos ideacionales o simbólicos de la cultura. La definición oficial de la Convención de 2003 alude al "conjunto de creaciones basadas en la tradición de una comunidad cultural expresada por un grupo o por individuos y que reconocidamente responden a las expectativas de una comunidad en la medida en que reflejan su identidad cultural y social." Una definición que, como se ve, se corresponde con la cultura, la jurisdicción científica de la cual llevan asumiéndola la antropología desde hace siglo y medio.

Pero la cuestión no es meramente conceptual. La noción de cultura inmaterial ocupa un lugar cada vez más importante en las políticas culturales, genera  actividad administrativa y moviliza partidas de dinero público, todo con el fin de aplicar una denominación de origen a realidades cuyo valor las hace dignas de ser indultadas de la colosal máquina de depredar y destruir que es en la actualidad el sistema capitalista. Por ello, no está de más que nos planteemos qué es lo que se está haciendo en relación con ese asunto, en el marco de un país que, por ahora, ha aportado a la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad la Patum de Berga y los castells, más, compartidas con el resto del estado, la dieta mediterránea y la cetrería.

En ese terreno se vislumbran dos grandes vías a seguir. Una entendería que el cuerpo de la cultura inmaterial no es sino el del impresionismo folklórico y se traduciría en una etiqueta a aplicar sobre ciertos productos culturales para, una vez desprendidos de sus raíces sociales, ser promocionados de cara al negocio turístico o la legitimación política. Si el camino es ese, el de la producción de “sabores locales”, la selección de elementos patrimonializables va a depender de criterios que serán los propios del marketing empresarial o de la propaganda gubernamental.

La otra opción sería la de asignar la materialidad del patrimonio inmaterial a ciertas realidades culturales en peligro, con lo que no se haría más que identificarlas con lo que actualmente se designa oficialmente en tanto que Bienes Culturales de Interés Nacional, lo que implicaría a su vez hacerlas reconocer por la legislación vigente para esa materia, la ley 9/1993, que ya recogía el concepto de cultura intangible, aunque sin concretarlo.  La elección de esa alternativa conlleva la de confiar la identificación y la gestión de ese patrimonio cultural a proteger a profesionales de la materia, es decir a antropólogos/as, tal y como ocurre en la actualidad con el patrimonio etnológico. Es decir, si se asume que la cultura inmaterial no es otra cosa que la cultura viva y vivida, se debería interpretar que su inventario y valoración correspondería a una disciplina cuya oferta académica atrae a cientos de estudiantes que, de no ser así, verían escamoteada una esfera profesional que en buena medida les corresponde y para la que están siendo entrenados.

No se trata de un tema corporativo. Tiene que ver ante todo con las pruebas que se pueden requerir a los poderes públicos de que se toman en serio las cosas que administran. Asumir competencias debe querer decir que es a profesionales competentes a quienes se asigna su aplicación y desarrollo. De ello depende que el llamado patrimonio inmaterial no acabe siendo un mecanismo destinado a convertir la cultura popular en espectáculo temático para turistas o en espejo que devuelve una imagen banal y distorsionada de cualquier identidad colectiva.  



dimecres, 16 d’agost del 2017

Tot canvia, tot roman, tot retorna


La foto és d'un paki del Gòtic de Barcelona i està presa de trancarolaporelmundo.com
Paraules dites al programa "La Tarda de Barcelona", de la Xarxa, el 4/3/2013

TOT CANVIA, TOT ROMAN, TOT RETORNA
Manuel Delgado

Fa uns dies, la conductora d’aquest programa, Vanessa, m’animava a pensar sobre les coses que aquesta ciutat ha anat perdent en els darrers anys com a conseqüència de la seva incorporació a la dinàmica de les grans dinàmiques globalitzadores. Crec que el que vaig respondre –com sempre en aquests casos a corre-cuita– és que les ciutats canvien –més que el cor d’un mortal, escrivia Baudelaire–, però que al capdavall aquests canvis servien moltes vegades  paradoxalment per a que el que creiem perdut no marxi o retorni, moltes vegades disfressat o camuflat sota altres aspectes.

Permeteu-me que reprengui l’argument i l’il.lustri amb alguns exemples. Fa no pas gaire –me’n recordo perfectament– qui més qui menys tothom donava per condemnat el comerç de proximitat, sobre tot allò que deien “el colmado” de la cantonada, esclafat pel poder d’atracció de les grans superfícies comercials. En paral.lel, els locals pretesament “d’ambient” amenaçaven un tipus de bar que eren un autèntic patrimoni nacional –busqueu-los; no els trobareu enlloc del món– i que eren els “carajilleros” de sota de casa, als que s’anava, per exemple, a veure el fútbol quan la gent no tenia tele a casa.

I ja veieu el que són les coses. Finalment, sota de casa el que tenim ara és aquesta nova botiga de queviures de proximitat –més familiar inclús que la de la gran cadena de supermercat–, que són els badulaques o, per usar de nou el llenguatge col.loquial, el “paki”. Els “bars Manolo” de tota la vida continuen on eren, per molt que el propietari no es digui Manolo, sinó, posem per cas, Lim Piao, que t’ofereix una cosa que si que és realment nova, que són les “tapes xines”. Per cert, aquest bar que porten uns xinesos –o potser al de fallafels que està una mica més enllà i que és d’uns marroquins– tornem a baixar a veure el fútbol, perquè tenim tele, però el fútbol és de pagament.

Per cert, a aquests casos podríem afegir el del que era un comerç de tot a cent i ara és el “xino de sota de casa” o les perruqueria del costat, que ara porten uns dominicans. Si a això li afegim el locutori d’una mica més enllà, que porta un bolivià o un bengalí, tindrem l’evidència total que els anomenats immigrants –aquells que deien que anaven a posar en perill la “nostra cultura– han acabat sent garants del perduració del comerç tradicional, és a dir d’una cosa tan fonamental, tan digne de ser preservada, com és la vida de barri.

Aquesta és l’astúcia que les coses velles que ens importen usen sempre per romandre o retornar: la de fer-nos creure que han marxat.

[La fotografia és d'un paki del Gòtic de Barcelona i està presa de trancarolaporelmundo.com]






dissabte, 22 d’abril del 2017

Jerarquización por rango de autenticidad de los espacios de un mercado "tradicional" en un pueblo de la comarca de Goierri

Comentarios para la doctoranda Aimara Urzua

JERARQUIZACIÓN POR RANGO DE AUTENTICIDAD DE LOS ESPACIOS DE UN MERCADO "TRADICIONAL" EN UN PUEBLO DE LA COMARCA DE GOIERRI 
Manuel Delgado

En primer lugar tenemos la presunta evidencia de que tu objeto es un determinado espacio público y que este espacio público asume su papel de escenario sobre el que se dramatiza una determinada representación social. Lo que pasa es que lo que estás estudiando testimonia hasta qué punto la definición de espacio público se ve distorsionada por la evidencia de que en realidad no lo es tanto, de público quiero decir, o más bien que es público no en tanto espacio “accesible a todos”, sino en tanto que de titularidad pública, es decir propiedad privada del Estado que se arroga y ejerce su capacidad para administrarlo a su antojo, es decir territoriarizarlo a su antojo, siguiendo criterios afines a sus intereses simbólicos, económicos, políticos, etc. 

Por cierto, ahí deberías acceder, si quieres ampliar y seguir tu estudio, a una serie de materiales bibliográficos relativos al valor “plaza”. Es que me ha venido a la cabeza un artículo que leí cuando era estudiante y que apareció publicado en la revista Ethnica, y que se titulada precisamente “La plaza. Estructuras y procesos sociales en un pueblo de la Mancha”, de Francisco López Casero. Está en el número 4, de 1972. Luego tienes el clásico sobre la función política de la plaza mayor, que remite a las relaciones entre morfología urbana y poder. Me refiero a La plaza mayor. El urbanismo, instrumento de dominio colonial, de Miguel Rojas-Mix (Muchnik). En el trabajo de Fernández de Rota sobre Betanzos seguro que tienes más referencias útiles. Te ayudo a buscar más.

La otra variable conceptual que te recomiendo que desarrolles es la de la tematización. Como sabes, este término sirve para aludir a cualquier reducción a la unidad o cuanto menos a toda reducción de la complejidad. El mercado que estudias es un ejemplo de tematización del espacio público, en cuanto un espacio que en principio se caracterizar por la versatilidad y la pluralidad de usos pasa, durante un determinado periodo de tiempo, a servir para una sola cosa. El término tematización está siendo utilizado, como seguro que también sabes, para hacer alusión a los resultados de cierto tipo de políticas de enaltecimiento y producción de centros históricos y monumentales, zonas de ocio o barrios convertidos en centros comerciales “naturales”, que son ofrecidas a un público que, aunque sea propio, pasa a ser considerado como si fuera turístico, en el sentido de que es invitado a sumergirse en comarcas urbanas que se presentan como “históricas” a veces, cuando lo que se ha hecho es justamente expulsar la historia de ellas, por cuanto son presentadas como si allí se hubiera detenido el tiempo y se dramatizara la pervivencia de un verdad histórica o, como en tu caso, étnica, que no puede ser siempre si no una falsificación teatral. Es un poco como los mercados “medievales” que se montan en ciertos pueblos o barrios, pero también de las “fiestas multiculturales”, que son igualmente una mera puesta en escena de la “historia” en un caso, de la “diversidad cultural”, en el otro. 

En tu caso debería averiguar –pero seguro que ya lo sabes– qué cambios ha habido en el centro histórico del pueblo, si ha habido algún intento o está en marcha algún proyecto destinado a revalorizar el Casco Viejo de Ordizia. Seguro que hay alguna movida de promoción urbanístico- inmobiliaria o turística por medio. Entérate, si no lo has hecho ya. Es importante, porque hablas de la plaza como si estuviera colgada en la nada, como si no hubiera nada alrededor, como si Ordizia no existiera, como si la plaza no estuviera afectada por procesos más amplios de los que, a nivel del pueblo entero, formara parte. Has de averiguar en qué está metido el Ayuntamiento en el plano, por ejemplo, de los procesos de peatonalización del centro con fines comerciales, si hay alguna campaña de promoción turística, etc. No sé. Averígualo, porque es importante.

Por cierto, cuando se habla de tematización uno lo asocia con las dinámicas de lo que Eco llama disneycización, como si se tratase de un fenómeno urbano de última hora. Se ha generalizado, es cierto, y forma parte consustancial de las dinámicas actuales de reapropiación capitalista de las ciudades –y de los pueblos–, pero no tiene nada de inédita. De hecho, pienso ahora en el trabajo reciente de Agustín Cócola sobre la invención del Barri Gòtic de Barcelona, una auténtica apoteosis del pastiche y la falsificación, que tuvo lugar en las primeras décadas del siglo XX. Si te apetece, te recomiendo su lectura. Se titula El Barrio Gòtico de Barcelona. Planificación del pasado e imagen de marca (Madroño).

Si me permites una sugerencia, yo de ti sería ir más al fondo de este concepto de tematización y buscar sus fuentes, porque es uno de aquellos términos de éxito de los que al final se pierde la pista que nos llevaría a su origen y, en él, a su sentido más profundo. El término tematización fue puesto en circulación hace tiempo de Niklas Luhmann y para aplicarlo en el ámbito de la comunicación periodística. Luhmann establecía que los mass media trabajaban con esquemas diádicos –él decía dia-bólicos–, que tendían a digitilizar la información, es decir hacer que un orden de percepción inicialmente analógico, pasara a digital, es decir de más-menos a sí-no. Eso no lo dice Luhmann. Estoy traduciendo a Luhmann a un código explicativo que es de Bateson, pero es igual. Valen lo mismo. El caso es que tematizar quiere decir convertir en verdad una información que en sí puede no significar nada o incluso ser mentira. Ese control sobre la información genera justamente expectativas de aceptación, puesto que se subraya lo que es bueno, aceptable, adecuado, deseable, etc. y lo hace en clave autorreferente, al servicio de determinados principios y con el objeto, como te decía, de reducir la complejidad, la ambigüedad y el ruido comunicacional y procurar términos inteligibles para una mayoría que recibe la información y útiles para una minoría que la controla. Esta teoria la explica Luhmann en un libro que se titula  Observaciones de la modernidad (Paidós).

De ahí, la tematización, pasamos a un tema que ya te he medio apuntado antes, que es del mercado como una forma de museificación o monumentalización efímera de un centro urbano, que no es una variable, propiciada ahora oficialmente, de lo que ya era un proceso de zonificación y jerarquización del espacio urbano en términos bipolares: un espacio destinado a lo consuetudinario, a lo empírico, a lo instrumental..., y otro consagrado a tareas de pura representación afectual, espacios para y de los sentimientos, territorios de lo memorable, en este caso de acuerdo con los parámetros institucionales y empresariales de lo que debe resultar rentable y al mismo tiempo emocionante y evocador, generador tanto de capital económico como de capital simbólico. Se trata, como te digo, de un trabajo que llamamos museificador, cuando en realidad bien podríamos darle el nombre de embalsamador o mejor de caricaturización o parodia de lo auténtico, o de lo auténtico como caricatura o parodia. Es una forma de insistir en ese papel que ya te digo que ha tenido siempre la plaza mayor, como espacio que realiza –más todavía en el momento del mercado– un sueño dorado de integración o confusión intereses económicos, un presumido espíritu colectivo y una participación acrítica en lo designado, en este caso “la tradición”.

Lo que tienes ahí es un museo efímero y lo que se vende ahí son productos de alguna forma museales, aunque sean comestibles. Con ello la plaza se convierte en un lugar marcado en lo que se despliega lo que merece la pena ser visto por sus valores históricos o artísticos, parte de una cartografía en cierto modo mágica, que no es propiamente sincrónica, ni tampoco diacrónica, sino más bien anacrónica, puesto que, como ha puesto de manifiesto Lévi-Strauss en El pensamiento salvaje (FCE) al referirse a los archivos históricos, representa la pura ahistoricidad. La función de esas marcas territoriales no es distinta que la que desempeñan los documentos antiguos, los objetos de los coleccionistas y otros vestigios memorables, que si desapareciesen arrastrarían consigo las «pruebas» del pasado, y nos dejarían huérfanos de ancestros y de raíces. Su tarea es precisamente esa: constituirse en herencia o, te lo subrayo, de “patrimonio”, en el sentido más estricto de la palabra, tal y como la emplearíamos para referirnos a un título nobiliario, un acta notarial o una prueba de sangre, sólo que el pasado imaginario al que remiten no es su fuente sino la consecuencia de su necesidad.

Esos testimonios magníficos –esos quesos, esas mieles, esos productos “auténticos” que se ofrecen en el mercado– otorgan a la “tradición” una existencia física insoslayable. Se podría decir de ellos lo de otros «objetos singulares» –antiguos, exóticos, folclóricos...– escribía Baudrillard en El sistema de los objetos (Siglo XXI): son signos en los que se pretende descubrir la supervivencia de un orden tradicional o histórico que, en realidad, no existiría de no ser del esfuerzo que se hace en representarlo. No tienen sólo valores, por ejemplo, nutritivos, sino que son poseedores de Verdad, o están poseídos por ella, si lo prefieres. Su distribución en el espacio de la plaza está determinado por el grado y la intensidad de esas Verdad que incorporan y de cuya incontestabilidad son prueba. Están ahí para significar, y para significar justamente el tiempo, o, mejor, la elisión del tiempo. Como objetos de autenticidad tienen lo que los demás puntos que les rodean en el espacio no tienen ni seguramente tendrán nunca o, como tú bien describes en la jerarquización de los puestos en el mercado: la capacidad de transportarnos al núcleo esencial de la historia, del pasado, del pueblo, de la tierra, de la patria…, realidades de las que la verdad o la impostura son del todo irrelevantes a la luz de la eficacia simbólica que ejecutan. 


dilluns, 24 de setembre del 2012

Llibres GRECS. Edith Lasierra y Alberto López Bargados, "Fidjos de rabelado. Arte y lógicas de contestación en la isla de Santiago de Cabo Verde" (Bellaterra)


Edith Lasierra y Alberto López Bargados, Fidjos de rabelado. Arte y lógicas de contestación en la isla de Santiago de Cabo Verde [Edición Bilingüe: Cas-tellano-Portugués], Editorial Bellaterra, Barcelona, 2012, 176 páginas.

Este libro constituye un acercamiento a la compleja realidad de las comunidades de rabelados de la isla de Santiago (Cabo Verde), y en particular a su reciente producción artística.

Inesperadamente, esas obras han situado a sus creadores, así como a las comunidades que representan, en el centro de los debates en torno a la crioulidade, la clave conceptual que inspira la identidad caboverdiana. En el marco global de los procesos de patrimonialización de las identidades, el caso de los rabelados presenta una variante interesante, situada a medio camino entre las polémicas sobre la autenticidad y las apologías contemporáneas del mestizaje.





Canals de vídeo

http://www.youtube.com/channel/UCwKJH7B5MeKWWG_6x_mBn_g?feature=watch