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dissabte, 21 de febrer del 2026

Sobre la izquierda nacionalista española y Falange


Comentarios para José Maria Ruiz, alumno del Grado de Antropología y Etnografía de la UB, enviados en enero de 2012,

Sobre la izquierda nacionalista española y Falange
Manuel Delgado

Uno tiende a rendirse ante la repetición del tópico según el cual la izquierda política no puede ser nacionalista.  La izquierda –incluso la más radical, incluso la más internacionalista– ha sido siempre y en todos sitios nacionalista.

Eso tiene que ver con lo chocante que resulta, en apariencia al menos, que el nacionalismo español, que se desarrolla en el siglo XIX bajo un signo inequívocamente liberal y modernizador, acabe en manos de la derecha franquista y sus herederos, entre ellos por supuesto el Partido Popular. Está claro que, por ejemplo, el carlismo no fue en el siglo XIX nada "nacional", puesto que ese calificativo era patrimonio exclusivo del liberalismo, más todavía en sus expresiones más progresistas. Es más, recuérdese que, ya bien entrado el siglo XX, si una parte del catalanismo conservador se alinea con el franquismo lo hace más bien encuadrándose militarmente en el Tercio Nuestra Señora de Montserrat, es decir en el marco de un tradicionalismo que había sido de siempre, y por definicion, foralista y, por tanto, anticentralista, como consecuencia de su resistencia a la constitución de un Estado moderno en España el siglo anterior.

Las claves de ese desplazamiento son complejas, pero a mi entender tienen que ver con un cierto malentendido que resulta de una inapropiada identificación entre movimientos totalitarios de los años 30, los “fascismos”, y derecha política y social, es decir opciones políticas de signo conservador, clerical y reaccionario. De hecho, desde el punto de vista tanto ideológico como de proyecto, los autoritarismos europeos serían más bien opciones que se presentaban como terceras vías –lo que se llamaba “tercerismo”, ni de izquierdas, ni de derechas, como proclaman algunos desorientados del 15M y la clave de la adhesión entusiasta a este movimiento de Falange Española–, populismos demagógicos que agitaban una retórica anticapitalista e incluso revolucionaria, pero que eran en realidad más bien, en su concreción en temas sociales, lo que hoy definiríamos como socialdemócrata. Su punto enfático era, en cualquier caso, el nacionalismo, en particular una especie de identitarismo de base étnica o histórico-cultural, asociado con un cierto proyecto social que aspiraba a imponer una reconciliación entre las clases y una superación o renuncia a sus antagonismos no muy diferente de la que propugna hoy el socialismo reformista, con su pretensión de atemperar el capitalismo y hacerlo “sensible” al bienestar de las mayorías.

Por supuesto que todo esto es mucho más complicado, pero lo que quiero expresar es que ese nacionalismo español que pretende neutralizar como sea las tendencias disgregadoras de los nacionalismos llamados "periféricos" y asumir una misión restauradora de la sagrada unidad de la patria que hizo suya Falange Española y de la Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista no se encuentra hoy en el neofranquismo del PP. Lo prueban los reproches que siempre han recibido el recién desaparecido Manuel Fraga o los PPs balear, catalán e incluso valenciano de no ser lo suficientemente beligerantes ante los separatismos e incluso de haber asumido como propias ciertas vindicaciones nacionalistas en ámbitos como el lingüístico. Quien creo que representa una parte importante de la herencia del fascismo español de los años 30 no es el PP, sino determinadas corrientes en el seno del PSOE y partidos desgajados de esos segmentos como UPyD, no a pesar de no ser programáticamente de derechas, sino precisamente porque no lo son.

Dicho de otra manera, lo que más se parece a la mezcla entre demagogia social y nacionalismo español exacerbado que conformó la Falange es en el populismo casi peronista de Alfonso Guerra o Rodríguez Ibarra -recuérdese como la prensa americana presentó a los triunfadores en el congreso de Suresnes, Felipe González y Guerra, como "jóvenes nacionalistas españoles"-, o el nacional-catolicismo suavemente de izquierdas de José Bono o de Francisco Vázquez, y, por descontado, en el tono airado y redentorista de Rosa Díaz. Conste que no estoy asociando a estos políticos con el fascismo histórico español a la manera de insulto u ofensa. No estoy diciendo que son “fachas”, ni “franquistas”; estoy defendiendo que son quienes mejor representan la pervivencia de aquella bisagra que comunicara e intentara articular en España populismo obrerista anticomunista y nacionalismo, es decir el fascismo, entendido este último en un sentido estricto, como movimiento sociopolítico históricamente ubicado en el periodo de entreguerras y que combina en ciertos países europeos reformismo social y patriotismo extremo.

El asunto está muy estudiado y cuenta con fuentes y desarrollos abundantes. La voluntad de José Antonio de apartarte del derechismo conservador español es programática y de raíz y, en el plano simbólico, se plasmó en la adopción del azul mahón de los monos obreros para las camisas y del rojo y el negro anarcosindicalista para la bandera. Este ingrediente obrerista y social es sabido que se tradujo en ininterrumpidos intentos por atraer a la izquierda no marxista, sobre todo en orden a conseguir algo que no llegó a existir nunca en España –a diferencia de Italia o Alemania–, que fue un auténtico partido de masas fascista, partido que, siguiendo aquellos modelos, debía nutrirse en buena medida de un contingente importante de militantes y activistas procedentes de los sectores populares.

Fue en pos de ese objetivo que se coqueteó con sectores moderados de la CNT, un asunto también muy bien documentado. Estos intentos de aproximación se tradujeron en Barcelona en encuentros con militantes anarconsindicalistas, algunos bien públicos y casi masivos –como la cena con el mismo José Antonio en la plaça Reial–, casi siempre preparados por el poeta falangista Luys de Santamaría, uno de los personajes –si se me permite anotar de paso– más apasionante y enigmático de la cultura catalana de los años 30. Considerando que el control de la FAI hacía imposible sacarle provecho a esos intentos de acercamiento a los núcleos menos radicales de la CNT, es que se produjeron los  los intentos de conexión con los trentistas de Ángel Pestaña y luego con el Partido Sindicalista, que aparecía guiado por el referente que le prestaba el Labour Party británico.

De todos modos, la convicción de los falangistas de que era posible atraer a sus filas a ciertos elementos anarcosindicalistas –de los que sólo les separaría presuntamente lo que llamaríamos el “factor nacional”– continuó incluso durante la guerra. Recuérdese que el "factor nacional" no tenía por qué ser un obstáculo a la hora de encontrar conexiones entre Falange y un sindicado que se presentaba a sí mismo como "nacional". Hace poco me compré de segunda mano las memorias de Manuel Hedilla –acaso el elemento más representativo de la tendencia social de Falange y el referente del falangismo antifranquista posterior–, dictadas poco antes de su muerte a Maximiano Guerrero y publicadas con el título de Testimonio de Manuel Hedilla (Acervo, 1972), en las que relata su labor como quintacolumnista en Barcelona. En la página 83 puede leerse: “Yo estaba encargado, entre otras tareas, de ir creando células de oposición nacional-sindicalista dentro de la CNT –las cuales proliferaron durante la guerra– y de incorporar a la Falange a los anarcosindicalistas encolerizados contra la Republica y dispuestos a nacionalizarse”. Las referencias a los contactos entre CNT y Falange son numerosos y accesibles, incluso en la red. Un libro esclarecedor al respecto es el Joan M. Thomas, Falange, guerra civil, franquisme, FET y de las JONS de Barcelona en el primers anys del règim franquista (Publicacions de l'Abadia de Montserrat).

Pero la tentación más grande de Falange –especialmente por parte del propio José Antonio y los sectores más obreristas del partido– a lo hora de conformar un partido de masas fascista fue la de contar con el PSOE o al menos de una parte importante de su militancia, la más lejana del radicalismo de un Largo Caballero y más sensible a la hora de colocar el lugar central la vindicación de la españolidad, es decir esa afirmación y defensa vehemente de lo nacional que, junto con el reformismo socialista, conformaba la esencia misma del fascismo y el nazismo. En efecto, parece indudable que el referente ideológico de Falange no fue nunca la CEDA –esa derecha a la que despreciaba–, sino el PSOE, al que unía una afinidad en el ideario social, pero del que se esperaba un mayor compromiso nacional y patriótico. Si el PSOE hubiera sido más “nacional” –tal y como ahora se le exige desde UPyD– hubiera podido asumir su papel como partido de masas fascista, o al menos contribuir a su constitución, a la manera del modelo italiano o incluso del alemán, siguiendo el modelo de los  nacionalbolcheviques, del que se derivó la adopción del rojo para el fondo de la bandera nazi.

Y dentro del PSOE está claro que la mayor afinidad era la que procuraba una figura de Indalecio Prieto, la “gran esperanza blanca” del fascismo español, puesto que en él concurrían esos dos ingredientes que conformaban la modalidad del proyecto de redención de España en que la Falange estaba comprometida. Las pruebas de la cercanía ideológica y la mutua simpatía entre José Antonio Primo de Rivera y Prieto son abundantes y están muy bien documentadas. Llegan hasta los intentos de Prieto por salvar la vida del líder falangista –devolución del favor que le hicieron los falangistas de salvarle la vida ante un inminente atentado por parte de sus correligionarios radicales– hasta el papel que se atribuye al dirigente socialista en la aparición a principios de los 40 de una Falange Auténtica que acusaba a Franco de traidor a la naturaleza revolucionaria del nacionalsindicalismo español.

La afinidad entre Prieto y José Antonio y el proyecto de este último de contar con el sector antimarxista del PSOE para su proyecto de Partido Social Español están, como digo, bien trabajadas por los contemporaneistas. De todos modos, puestos a escoger, propondría Indalecio Prieto, socialista y español, de Octavio Cabezas (Algaba) y el capítulo VII de Falange. Historia del fascismo español, de Stanley G. Payne, un libro que publicó inicialmente Ruedo Ibérico y del que tengo una edición de kiosko de Sarpe. No sé si se habrá reeditado.

Prieto había dicho en un encendido discurso en Cuenca, el 1 de mayo de 1936: “A medida que la vida pasa por mí…me siento cada vez más profundamente español… No somos la antipatria; somos la Patria, con devoción enorme para las esencias de la Patria misma”. Recordando estas palabras –que tanto conmovieron a José Antonio en su celda de Alicante– uno entiende en qué consistió ese nacionalismo español que, a mi entender, representó en su día Prieto y representan hoy el guerrismo de Rodríguez Ibarra, el socialnacionalcatolicismo de Bono o Vázquez o la socialdemocracia constitucionalista de Albert Rivera y Rosa Díaz: la expectativa de una opción radicalmente española en lo patriótico, ajena al franquismo y moderadamente de izquierdas en las cuestiones sociales, es decir el Partido Social Español en que soñó el fascismo español, entendiendo “fascismo” no en un sentido insultante, sino en su misma literalidad histórica.





diumenge, 27 de juliol del 2025

A voltes amb la “Syriza catalana”


Intervenció en un acte organitzat per Arran al barri de Fort Pienc, el 27 de juliol de 2012. A l’acte també participaren Quim Arrufat, regidor de la CUP a Vilanova i la Geltrú, i Jordi Aldeguer, de la Coordinació Obrera Sindical.


A VOLTES AMB LA SIRIZA CATALANA
Manuel Delgado

Salutació i premisses

Abans de res, moltes gràcies als meus veïns i veïnes joves d’Arran per haver organitzat aquest acte a Fort Pienc, no sé si conscients que estem fent història generant trobades com aquestes, que fa no pas gaire haguessin estat difícils d’imaginar, si no impossibles. Està clar que el fet d’estar asseguts a aquesta taula discutint és una senyal inequívoca que hi ha moltes coses que estan canviant, i per a millor. Dues premisses importants. La primera és que no estic aquí en representació ni del Partit Comunista ni d’Esquerra Unida i Alternativa. Parlaré sols a títol personal, per molt que expressi opinions que comparteixen un bon nombre de camarades. De totes formes, haig de dir que em sento molt identificat amb l’actual línia de la direcció de totes dues organitzacions, ambdues encapçalades pel camarada Joan Josep Nuet, la qual cosa no vol dir que, insisteixo, el que hagi vingut a expressar aquí siguin essencialment opinions personals.

Començaré fent-vos avinent la vigència de la vella pregunta leninista: Què fer? En aquest cas, què fer davant d’una situació definida per la crisi brutal a la que ens ha abocat l’ambició depredadora d’un capitalisme que, de la mà de les seves expressions financeres, es manifesta més salvatge que mai i en fa víctima a la gran majoria de la societat, en especial als sectors més vulnerables, que veuen com es desballesta el que un dia pretengué ser l’estat del benestar. Altre element important que emmarca el nostre present és el descrèdit general d’una política professional associada de manera irrevocable a la corrupció, a la ineficàcia i a la complicitat o, en el millor dels casos, al servilisme respecte dels interessos econòmics que han provocat l’actual situació. Per últim, un altre factor clau de l’escenari actual és la manera com la indignació i la ràbia de la ciutadania està implicant –i implicarà de segur– un augment en el nombre i la intensitat de les mobilitzacions socials de protesta, que han tingut com a escenari predilecte el carrer i com a protagonistes munions convocades o orientades finalment des de plataformes cíviques informals que han actuat al marge, en paral.lel o sovint obertament en contra de partits i sindicats institucionalitzats. No cal dir que el 15M en seria l’expressió més espectacular.

Se’ns convida a parlat en torn l’anomenat “model Syriza” i fer-lo, d’entrada,  amb la prudència a la que obliga qualsevol comparança. Està clar que hi ha similituds importants entre Grècia i Catalunya pel que fa als efectes de la crisi, els seus causants i la urgència de reaccionar i passar de la resistència a l’ofensiva, i, per tant, de dotar-nos d’instruments organitzatius que siguin capaços d’estructurar la lluita i convertir-la en energia política i tant de bo que històrica. En aquest sentit Syriza ha estat allà una eina interessant en la direcció de posar en comunicació la lluita social i la lluita política, sobre tot perquè la coalició ha dotat d’organicitat els combats socials i els ha prestat un referent polític reconeixible en l’objectiu d’ocupar les institucions per l’assoliment de fites transformadores.

La “Syriza catalana” ja existeix, però no pot ser el que caldria per una qüestió de legitimitat.

L’afer que ens aplega aquesta tarda aquí, a la placeta, és el si la “Syriza catalana” de la que es parla darrerament és viable, és a dir si podem trasplantar el model que ens presta aquesta coalició grega al nostre context polític, entenent sempre que tota analogia sempre és relativa i que al capdavall Syriza sols és un referent d’actualitat que ens convida a pensar sobre la urgència i la necessitat d’un front d’esquerres que planti cara, en els diferents escenaris de la democràcia formal, als abusos dels que estan sent víctima la població en general i els sectors més afeblits especialment.

Remarcar això és important, car hem de dir d’entrada que no hi ha res de nou en les iniciatives d’aliança entre organitzacions d’esquerra. La història n’està farcida i li ha assignat diferents noms: front d’esquerres, unitat popular, front popular, front ampli... D’altra banda és important recordar que Syriza no és un invent recent en absolut, per molt que hagi estat ara que ha conegut un extraordinari avenç electoral com a conseqüència del seu rebuig frontal al despotisme del capital financer europeu i les seves imposicions. No oblidem que aquesta coalició neix l’any 2004 com a conseqüència d’una dinàmiques de lluites socials que s’estén al llarg de la dècada dels 90. Per tant no estem parlant d’un opció política nascuda per l’ocasió, ni d’uns plantejaments merament conjunturals i oportunistes.

Permeteu-me ressaltar la composició de Syriza, que, com sabeu, va presentar-se com una "coalició d'esquerra radical". Syriza la conformen grups ecologistes d’esquerra com AKOA; escissions del KKE, el Partit Comunista Grec, com ara KEDA; eurocomunistes radicalitzats com ara Synapsismos –la formació central de la coalició– o AKOA; trotskistes, com DEA o Kokkino; maoistes, com KOE; socialistes d’esquerra i escissions del PASOK, com Roza o Dikki, més altres organitzacions d’origen i ideologia diversa que van respondre en el moment de la seva creació als intents de reorganitzar les restes del naufragi que per l’esquerra marxista i el moviment obrer va suposar l’ensorrament del referent soviètic, però també molts dels seus propis errors.

Quina és la clau de l’èxit de Syriza i què ha motivat que hagi concitat el recolzament massiu de la classe treballadora, dels joves i dels sectors més castigats de la societat? La resposta és clara: la legitimitat, entesa com aquella qualitat de base ètica que permet obtenir adhesió sense coacció, en virtut de mèrits reconeguts que “atorguin dret” a algú per a veure acceptades les iniciatives. Aquesta legitimitat que li ha estat reconeguda a Syriza és la conseqüència del protagonisme que ha assumit a les lluites gregues contra les imposicions econòmiques dels mercats financers, per haver estat en primera línia de les mobilitzacions populars, d’haver estat una opció fonamentalment de lluita i no de mera gestió.

Perquè, pensem-s’ho, què té d’original i interessant el cas de Syriza i en quina mesura ens pot resultar útil? L’aliança de forces d’esquerra no és ni de bon tros una novetat i menys si pensem que la composició de la coalició grega. Diguem-ho clar: atesa la seva composició, hem de dir que la “Syriza catalana” ja existeix, perquè és pràcticament idèntica a l’aplega en aquests moments la coalició d’Iniciativa per Catalunya i Esquerra Unida i Alternativa. Certament, els ingredients de la unitat electoral constituïda per IC-EUiA son quasi idèntics als de Syriza: fraccions desgranades del partit comunista històric i que adoptaren un programa eurocomunista i ecosocialista, socialistes d’esquerra, postmaoistes, post trotskistes..., és a dir les restes d’una esquerra que havia estat derrotada i que buscava noves formules que li permetessin mantenir una certa presència política. Però aquest és el cas d’IC i EUiA, que recullen el que havia quedat del enfonsament del projecte històric inspirat en Marx, Engels i Lenin -més Trotsky, Mao i l'esquerra contracultural dels 60-, és a dir els sobrevivents del PSUC i dels partits apareguts a finals del franquisme a la seva esquerra.

Així doncs la coalició Syriza, si més no considerant sols els elements organitzatius i ideològics que s’hi apleguen, ja existeix a Catalunya. En canvi, és obvi que aquesta Syriza catalana actualment existent és molt lluny de la seva versió grega. Per què? Doncs justament per aquest factor de legitimitat que la Syriza grega ha vist reconegut i que és la conseqüència de la seva presència activa a les lluites socials als darrers quasi vint anys. Als antípodes, i tot sent quasi la seva germana bessona, la coalició IC-EUiA ha estat present en llocs de poder tant a nivell local com nacional. Ha obtingut fites, però el balanç ha estat francament negatiu. IC-EUiA és directament responsable, entre d’altres, de catàstrofes com la conversió de Barcelona en una apoteosi de l’apropiació capitalista de les ciutats i d’actuacions governatives com les del conseller Saura al front d’Interior, que no feien sinó continuar i a cops aguditzar la tradició repressora contra les mobilitzacions socials que l’esquerra històrica tant havia censurat des de l’oposició. Amb aquest bagatge és difícil concebre que IC-EUiA puguin investir-se d’aquesta legitimitat que resulta indispensable per formalitzat políticament el malestar social imperant, un problema amb el que no s'ha d'afrontar Izquierda Unida a la resta del Regne. Així davant l'avenç electoral a Astúries i de manera espectacular a Andalusia a les darreres eleccions autonòmiques, la coalició IC-EUiA va experimentar un retrocés a les últimes eleccions municipals. Caldrà veure fins quin punt EUiA no podrà guadir del probable avenç d'Izquierda Unida a properes convocatòries, com a conseqüència del seu involucrament en les accions de govern encapçalades pels socialistes i la seva relació de depedència i fins i tot d'un cert servilisme amb Iniciativa per Catalunya.

Hi ha un moment clau que posa de manifest, dramàticament, la profunda falta de perspectiva de l’esquerra històrica a Catalunya. Va ser amb motiu del setge a que el moviment 15M va sotmetre al Parlament de Catalunya el 15 de juny de l’any passat, quan milers de persones –moltes d’elles militants de partits membres d’EUiA, de CCOO, i de diferents associacions de veïns– van protestar contra el paper gens democràtic dels partits polítics institucionalitzats i de les pròpies institucions que els albergaven. En aquell moment, que els “nostres” parlamentaris entressin amb els dels demés partits a l’edifici del parc de la Ciutadella i que després apareguessin en públic dient exactament el mateix que deien el PP o CiU va ser extremadament dolorós per a molts militants que, fora, al carrer, els demanaven que n'oferissin proves que ells no eren com els demés polítics. Gran oportunitat perduda de posar de manifest que estàvem amb qui havíem d’estar, i no de l’altra bàndol, és a dir el dels culpables de l’actual situació. El president Mas tenia raó quan va dir que aquell dia s’havia traspassat una línia vermella: la que els parlamentaris d’EUiA van creuar per col.locar-se del costat dels responsables de l’actual situació.

Això no vol dir que els i les comunistes no estiguem legitimats per a oferir propostes polítiques i àdhuc per encapçalar-les. La tenim grans dosis, acumulades per lustres de lluita a les fàbriques i als barris. Però aquest immens mèrit queda eclipsat pel paper pusil·lànime, quan no còmplice, en relació a unes polítiques institucionals desastroses, que han acabat oferint una imatge indistingible d’aquells dels que proclamàvem a crits al carrer que “no ens representaven”.

El vell i el nou

Per tant aquesta Syriza catalana que es planteja com a possibilitat no pot ser de cap de les formes la ja existent, sinó una més àmplia que estigui en condicions de posar-se, des de les institucions polítiques, al servei de les lluites obreres, barrials, sectorials, socials en general que de ben segur s’hauran de succeir-se als propers mesos. Aquesta Syriza catalana renovada ha d’estar constituïda per una esquerra històrica –IC, EUiA, sectors de l’esquerra d’ERC i del PSC, potser SCI...– que hagi estat capaç de reconèixer i criticar els seus errors, és a dir la seva corresponsabilitat en la gènesi de l’actual situació. L’altre pas ha de ser la de convidar a formar-hi part a organitzacions polítiques i sindicals que no han participat en una gestió institucional còmplice de l’actual quadre i que aportin la frescor i l’entusiasme d’aquells que han demostrat perseverança i valentia en la lluita al llarg d’anys i, per això, s’han guanyar el respecte i la confiança de molts joves i de sectors de la població que tenen bones raons per a malfiar-se dels partits institucionalitzats, entre ells –siguem francs– els que conformen EUiA. Aquí és fonamental el paper de l’esquerra independentista, de l’esquerra anticapitalista, dels vell i antic anarcosindicalisme, de nuclis llibertaris autònoms, dels moviments assemblearis organitzats als barris, a les facultats i instituts, etc., és a dir de aquells nuclis d’activistes socials que han prestat un model del qual els i les comunistes hem de tenir l’humilitat i la generositat no sols d’aprendre-hi, sinó també la capacitat d’imitar-los, aportant, això sí, la riquesa del seu propi bagatge històric, sobre tot pel que fa a l'entrega i la capacitat organitzativa.

Objectiu final: sumar articulant-los dos grans patrimonis. D’una banda el que aporten l’estil i la forma dels nous moviments socials i les forces polítiques i sindicals que li han estat més a prop, amb el que tenen de joventut, empenta, creativitat i frescor; de l’altra, el llegat històric, l’experiència en el camp de l’organització i amplis sectors enquadrats de una classe obrera potencialment combativa. Aquesta seria la “combinació perfecte” d’una aliança de combat social i -sempre a més i com a complement- d'una oferta electoral que reclamarien com a pròpia tota la dilatada història de lluites socials i proletàries del país,  el millor i més digne del llegat de la CNT dels anys 30 i del PSUC dels 60 i principis dels 70, en la línia d’aquell somni que fou a l’Astúries del 1934 la Unión de Hermanos Proletarios, la UHP, tantes vegades i per desgràcia tan inútilment invocada als anys de la guerra contra el feixisme a Espanya.

I un apunt important. Posats a fer analogies -sempre relatives, provisionals, discutibles-, està clar que encara no existeix una veritable "Syriza catalana" -és a un dir un opció que faci el paper que aquella coalició juga a Grècia, juntant forces d'esquerra radical-, però sí que existeix una "Syriza" francesa, el Front de Gauche, però també una "Syriza basca", que és Bildu-Amaiur, d'igual forma que existeix una "Syriza andalusa": la mateixa Izquierda Unida, que ha estat capaç d'incorporar aquella esquerra independentista i anticapitalista que aquí sou vosaltres -Arran i les CUP- i que allà encarna el SAT i CUT-BAI.

Una proposta de candidats

Per tant, aquest imaginari i tant de bo algun dia real front ampli d’esquerres hauria d’assumir com a eix fonamental i insubstituïble la lluita social i preparar-se per posar al seu servei la lluita política al si de les institucions, a les quals s’ha de portar la indignació d’una majoria social cada cop més escandalitzada amb el que tenen la barra d’anomenar “crisi” i que, efectivament, no és altra cosa que una colossal enganyifa. Això suposa que quan parlem de “Syriza catalana” hem d’estar referint-nos al que ha de ser simultàniament una instància de coordinació en el combat social i de classe i un procés de treball conjunt en ordre a l’elaboració d’un programa compartit de cara a l’assalt a les institucions.

Ara bé, de quin tipus haurien de ser les persones que assumissin la tasca de representar-nos –elles sí– davant les instàncies del parlamentarisme oficial. Està clar que hem de descartar militants d’alguna de les forces concurrents, que li atribuiria una situació de privilegi a unes per sobre d’altres i provocaria la sempre lamentable baralla pels llocs prioritaris. Ni pensar en polítics professionals provinents de l’esquerra història institucional, que una bona part de l’electoral crític consideraria “contaminat” pel paper jugat fins ara pels partits d’esquerra que han estat implicats en mal governs. Les persones amb les que caldria comptar haurien de ser representatives de l’ànim i el to del moviments socials més directament compromesos en les darreres lluites, no sols al voltant del referent indignat, sinó abans. Goso oferir dos noms, de persones a les que demano disculpes si troben poc adient el mètode de postular-les: el de l’advocat Jaume Asens, que ha assumit la defensa jurídica de multitud de lluitadors socials, i l’activista en favor del dret a l’habitatge Ada Colau. Tant l’un com l’altra són exemples immillorables d’honestedat i de coherència personal, a més de ser persones brillants, amb un discurs contundent, profund, però creïble i entenedor, que encarnen molt bé el tipus de principis i de fites per les que mereix la pena encara lluitar i que són síntesis vivents del procés de lluita del que encara estan per recollir els millors fruits.

Ha estat Felip Puig qui ha entès les potencialitats d’un nou front d’esquerres a Catalunya

El que sí que m’agradaria constatar és que aquesta unitat podria semblar-ho, però no és en absolut una utopia inabastable. D’alguna forma, la confluència en la lluita que estic reclamant en l’àmbit polític ja s’ha mostrat com a real. A la darrera vaga general, al proppassat 29 de març, la unitat d’acció a l’hora d’estendre i garantir l’acompliment de la vaga va ser molt més clara que a la vaga general de setembre de 2009 i la prova és que la repressió ha caigut sobre pràcticament totes les forces polítiques i sindicals que van intervenir en les accions als carrers i davant els llocs de treball. Varen ser detingudes i empresonades persones de CCOO, de l’EI, d’EUiA, de la CGT. Diré encara més, si realment algú ha entès l’abast determinant que podria tenir la unitat sindical i política de l’esquerra al carrer i potser en un moment determinant a les urnes, ha estat el conseller d’Interior Felip Puig.

Ha estat la ràbia desfermada contra els vaguistes, una actuació barreja d’odi i d’impotència per part dels responsables d’Interior, la que ens hauria de permetre copsar la potencialitat de la coincidència de forces anticapitalistes a Catalunya. Perquè la clau no ens la dóna sols la imatge dels piquets i les munions aplegades als carrers durant la vaga general de març, en els que militants de totes les tendències acabaren no sols junts, sinó sovint barrejats. La imatge més eloqüent ens l’oferiren els homes i dones anarcosindicalistes, comunistes històrics, independentistes..., que romanien plantats davant la ciutat de la injustícia de Barcelona esperant notícies dels seus detinguts els moments posteriors a cada detenció.

Encara més emocionant va ser l’acte unitari antirepressiu celebrat al Campus Raval de la Universitat de Barcelona, el dia 6 de juny. Asseguts a la taula, davant un públic en el que s’aplegava gent de totes les ideologies transformadores, estaven un jurista proper a Iniciativa per Catalunya, dos intel.lectuals vinculats a l’independentisme històric, un noi de les Joventuts Comunistes i de CCOO, una militant llibertària de la CGT i una jove independentista. La repressió els havia units, car totes i tots eren víctimes físiques o morals de la persecució desfermada contra els lluitadors que havien donat la cara durant la vaga general. Finalment, ha estat el deliri repressiu de Felip Puig el que ha permès que la unitat popular, el front d’esquerres, la Syriza catalana..., com li vulguem dir, passés de ser una entelèquia abstracta a una realitat física, tot i que fos efímera..., pel moment.

I un darrer apunt. Està clar que tot aquest raonament que estic compartint amb vosaltres no deixa de ser una mera desiderata, l’anhel una mica ingenu potser que alguns sempre hem experimentat vers la tant difícil unitat de l’esquerra, la història de la qual ha estat més aviat la de tot el contrari: la d’un sectarisme a voltes ferotge, no sols entre forces i tendències, sinó en el si de cadascuna d’elles mateixes, crònicament entestades en enfrontament intestins. El més probable és que aquest expectativa d’un front comú anticapitalista a Catalunya no arribi a quallar mai. Entre vosaltres, nois i noies de l’esquerra independentista –i segur que ara mateix, davant meu i al meu costat a la taula– hi haurà qui pensi coses del tipus “abans la mort que anar del braç amb aquests”. Tranquils. Us ben asseguro que entre “els meus” hi ha un grapat no menys nombrós de camarades que pensa exactament el mateix: “abans la mort”. Però actes com aquest serveixen justament per a, com a mínim, plantejar-nos-ho, prendre’ns-ho seriosament, parlar-ho. No tingueu el mínim dubte que aquest és l’inici del camí. I, deixant de banda si arriba a la seva fi o no, el cert és que moments com aquest d’aquesta tarda, aquí, a la placeta de Fort Pienc, posen de manifest que alguns ja ens hem posat a caminar.



Sobre l’eventual confluència entre EUiA i la CUP

Foto de Jordi Pizarro

Els amics David Fernández i Julià de Jòdar,  del seminari la Directa, van demanar-m què penso de la CUP per a un llibre sobre aquesta força política que estaven preparant per Edicions 62. En comptes de respondre el qüestionari que van enviar-me, els vaig fer avinent una opinió una mica més àmplia. Això és el que el que els vaig enviar. Era juliol de 2012.

SOBRE L'EVENTUAL CONFLUÈNCIA ENTRE EUiA i la CUP
Manuel Delgado

Cert que val la pena pensar seriosament el que està passant i més encara el que pot passar amb les CUP. Et diré què en penso, però recorda que no sóc cap analista polític i el que t’expresso són sols les opinions d’un militant comunista de base, tot i que tinc la impressió que l’actual direcció tant del Partit dels i les Comunistes de Catalunya com d’Esquerra Unida i Alternativa no són alienes a aquests tipus d’apreciacions, com ho demostra que les Candidatures d’Unitat Popular hagin estat esmentades pel camarada Joan Josep Nuet com part del front d’esquerres que hauria de plantar cara a l’actual situació política i econòmica i fer-ho en termes ja no de resistència, com fins ara, sinó d’oberta contraofensiva. Parlo, com hauràs endevinat, del que ja s’ha presentat com la “Syriza catalana”. 

Sobre l’auge per a molts imprevist que van experimentar les CUP a les darreres eleccions municipals del 2011, la veritat és que no em van sorprendre. Crec que era francament previsible. S’ho havien guanyat a pols. La clau del seu èxit l’hem de buscar en el mateix lloc on hauríem de descobrir la de Syriza. Convé recordar que si Syriza va quedar tan a prop de guanyar les darreres eleccions gregues no va ser com a conseqüència d’una activitat institucional més o menys encertada, ni de campanyes de promoció a càrrec d’especialistes en màrketing polític. Si Syriza ha merescut el recolzament popular a les urnes és pel mateix que el varen obtenir les CUP a les municipals: perquè van beneficiar-se legítimament d’una intensificació de les lluites socials al carrer de les que havien estat impulsores o participants. Les CUP i Syriza eren opcions no de polítics, sinó d’activistes. Està clar que les CUP van animar a molts electors a refiar-se’n d’elles perquè les integraven persones que havien estat donant la cara a en primera línia en tota mena de combats socials. A les municipals del 2011, l’anàlisi del resultats posa de manifest que molta gent va decidir renunciar a votar opcions tradicionals com ara IC-EUiA o ERC –a les que es votava sovint perquè “era el que hi havia”– o fins i tot revisar la seva postura fins el moment abstencionista, per un vot en favor d’una força no “contaminada” pel descrèdit de la política professional i que havia merescut aparèixer –i permete’m evocar un vell eslògan del PSUC– com “de lluita i de govern”.

Aquest va ser el “misteri” de que les CUP quintupliquessin els seus vots el 2011: atraient abstencionistes i votants de l’esquerra ecologista o comunista tradicional i, òbviament, de l’independentisme. Això també ha de ser remarcat, perquè una mirada al mapa electoral i als seus canvis posa de manifest –s’ha repetit– una fugida a molts llocs massiva de vots d’ERC cap a les CUP, però també d’IC-EUiA. El cas de Molins de Rei em sembla especial espectacular, amb un augment del 235 % a costa precisament d’IC-EUiA, que va perdre allà la seva hegemonia amb una davallada total. No és pas l’únic cas. Tret de Barcelona i l’Hospitalet, a les poblacions on coincidien IC-EUiA i les CUP la fuga de vots cap a l’esquerra independentista és innegable.

Deixeu-me cridar-vos l’atenció sobre alguns efectes col.laterals del “factor CUP”. Hi ha un que em sembla de ben interessant i fins i tot divertit, pel que comporta de feliç ironia, i que resulta de que la CGT s’hagi convertit en bona mesura en el seu sindicat de referència. Efectivament, la presència nombrosa de militants de les CUP ha implicat una mena de distorsió en el que és l’ideari fundador d’un sindicat anarcosindicalista que es reclama hereu històric de la CNT. D’una banda perquè implica una mena d’ “infiltració” marxista al seu si, en la mesura que hi ha molts militants de les CUP que se’n declaren, de banda que més d’un militant d’EUiA ajudi a aquesta “marxistització” de la CGT. L’altra conseqüència interessant i de ben curiosa és la d’haver aconseguit que la CGT hagi decidit revisar la seva postura davant el fet nacional català. No estic parlant d’una reconsideració parcial, a nivell local, sinó d’una revisió genèrica que afecta la doctrina oficial de la pròpia organització sindical. Per cert, i ja que surt la CGT: impossible o si més no difícil aquest projecte de confluència de forces d’esquerra que es pretén sense el concurs o al menys el recolzament d’aquest sindicat, que, amb tots els matisos que es vulguin, està clar que s’ha assumit un paper central en un bon nombre de lluites obreres recents.

En fi, que no veig com podem escapolir-nos d’intentar aquest acostament d’EUiA a les CUP de cara a aquesta proposta de font comú, en el que evidentment haurien de participar altres forces, que, no s'oblidi, no deixaran per això de ser diferents i tenir personalitat i objectius polítics propis. Ja veurem com acaba la cosa i et ben asseguro que alguns farem tot el possible perquè sigui en forma d’èxit, per molt que aquest objectiu hagi de vèncer traves per tots dos costats.

Està clar que els i les comunistes hem de vèncer tot dogmatisme i sobre tot posar en valor la nostra contribució a peu de carrer a les lluites socials, especialment en àmbits com el de barris i en el moviment obrer. Els i les iaioflautes són el millor exemple a seguir a l’hora d’entendre la importància que els homes i dones de l’esquerra històrica assumeixin com a propis nous estils d’organització i acció socials. I ho estan/estem fent. El problema a superar és la imatge d’EUiA ha acabat oferint per un involucrament excessiu amb un estament institucional francament desprestigiat, i per bones raons. Tenim motius per sentir-nos satisfets per alguns dels bons resultats dels governs tripartits, però el seguidisme –de vegades el servilisme– en relació a Iniciativa per Catalunya i àdhuc el PSC ha estat francament negatiu, per no dir catastròfic, perquè ha desdibuixat el nostre rostre més combatiu; és més, l’ha fet desaparèixer davant dels sectors més crítics de la societat, que ens han vist com uns més d’aquella casta política que s’ha fet detestar i certament no ens representa. No cal dir que la política repressiva de la conselleria d’Interior, de la mà de Joan Saura, amb actuacions tan lamentables com la que del cas Núria Pòrtulas, han tingut un efecte demolidor, sense que servís de res les declaracions públiques de militants i agrupacions del PCC i del PSUC-viu condemnant-les i desmarcant-se, En aquestes circumstàncies, recordar que nosaltres som i hem estat sempre esquerra combativa és ben difícil.

De la banda de les CUP, hi ha també certs malentesos que dificulten una comunicació fluida i fructífera. Que les CUP siguin una opció bàsicament independentista no ha de ser un problema. Més tard o més d’hora l’esquerra fins ara federalista –EUiA, IC, PSC– haurà d’enfrontar-se amb l’evidència que l’estat independent és més factible i té més possibilitats de reeixir que no un estat federal, del tot impossible amb una part important de l'opinió pública espanyola aferrada a un nacionalisme centralista d’allò més agressiu, que ara li està donant per considerar  l’actual model autonòmic com a causant de l’actual crisi econòmica.

D’altra banda, els i les comunistes no hauríem de considerar l’independentisme com un element incòmode de cara a un acostament a les CUP. És veritat que a EUiA hi ha un sector espanyolista que s'hi resistirà, però el partits que la conformen i la mateixa agrupació mai han posat en qüestió el dret d'autodeterminació de la societat catalana. En paral.lel, les CUP i les organitzacions que la formen són hereteres de la gran tradició del catalanisme de classe i internacionalista, els protagonistes del qual van ser els Martí i Julià, Francesc Layret, Salvador Seguí, Rafael Campanals, Jaume Compte, etc., concretada als anys 30 en partits independentistes de signe marxista-leninista, com ara Estat Català-Partit Proletari i després el Partit Català Proletari, un dels partits cofundador del PSUC. Cal recordar que personatges cabdals en la constitució del Partit Socialista Unificat provenien d’aquesta esquerra independentista, com ara Amadeu Bernadó, Pere Aznar, Artur Cussó o el mateix Pere Ardiaca, un dels refundadors l’any 1982 del PCC.

El problema no és l’opció per la independència; rau més aviat en un altre cosa, que és en la manera com les CUP no són una opció ideològicament homogènia i està ben lluny de tenir una posició comú en relació a la definició de en què consisteix la identitat nacional catalana. Al si de les CUP hi ha individus i potser sectors que fan seva una definició essencialista de la catalanitat, que inevitablement acaba desembocant en formes més o menys larvades de xenofobia. El conflicte intern que va suscitar l’adhesió inicial i sens matisos d'algunes CUP a la figura d’Heribert Barrera amb motiu de la seva mort, sense condemnar les seves posicions racistes i homòfobes, és una prova d’aquesta ambigüitat ideològica a l’hora de definir què és Catalunya i qui i com s’és català.

Salvant aquestes i d’altres reticències per les dues bandes, EUiA i les CUP han de reconèixer que es necessiten. Els i les comunistes han de reconèixer que les CUP han aconseguit connectar amb sectors de la població que estaven desmobilitzats o decebuts amb els partits tradicionals, entre ells el nostre; les CUP, de la seva banda, saben que no es poden fer plans de transformació social sense comptar amb una classe obrera organitzada una bona part de la qual s’enquadra en aquests moments dins o a l’entorn d’EUiA i CCOO. Les CUP tard o d’hora hauran d’assumir la responsabilitat que se les demana de presentar-se a les eleccions al Parlament de Catalunya i també tard o d’hora hauran de plantejar-se el que podríem dir “la batalla per Barcelona”, sobre tot després de l’èxit assolit a grans capitals com Girona. Encarar aquests reptes justifica prendre’s aquesta eventual coalició amb altres forces d’esquerra de manera ben seriosa. I el mateix per EUiA, que en boca del seu Secretari General ja ha reconegut que cal mantenir el vincle amb Iniciativa per Catalunya, però no en les actuals condicions de dependència.

Què és estranya aquesta coalició d’EUiA, CUP i altres organitzacions disposades a participar-hi? Per què? Hi ha proves de que la comunicació entre l’esquerra radical independentista i la sensibilitat política que representa Esquerra Unida i Alternativa és ja real. No sé per què s’insisteix tant en l’exemple de Syriza quan la comparació més clara del que cal fer la tenim molt més a prop i amb tantes o més possibilitats de reeixir. No entenc la dificultat de reconèixer que el model a tenir present és també el d’Amaiur-Bildu, una estructura electoral una pota de la qual és Alternatiba, acabada de separar d’Esker Batua. I un dels referents de les CUP a la resta de l’Estat és el Sindicato de Obreros del Campo, la SOC, que està orgànicament integrat a Izquierda Unida. Segurament José Manuel Sánchez Gordillo és un dels convidats més assidus a actes de les CUP a Catalunya. D’altra banda, promiscuïtats polítiques més rares s’estan veient. Qui li anava a dir als trotskistes Partit Obrer Proletari, del PRT o de la Lliga Comunista Revolucionària que acabarien fent coalició amb el PSUC-viu i els prosoviètics del PCC, configurant l’actual EUiA?

Així doncs, i per resumir: esplèndid que s’insinuï cada cop amb més força aquest procés de confluència política de les que EUiA i les CUP serien elements. Per a que el projecte aconseguís fer-se realitat caldrien, entre d’altres, dos factors. De la banda d’EUiA, vindicar amb més èmfasi la vigència de la seva vocació revolucionària i relegar a un segon terme la seva activitat institucional, que ha de ser reconeguda i presentada com instrumental i subsidiària de les lluites socials. Per descomptat que és indispensable una autocrítica respecte d’algunes actuacions i silencis passats, sobre tot en relació a les polítiques repressives del tripartit. De part de les CUP, seria important una major definició ideològica, que margini qualsevol insinuació o ombra de proximitat amb un nacionalisme primordialista, sempre a un pas de traduir-se en racisme. 

Si haig de ser-te sincer, no tinc masses esperances que qualli aquesta unitat que, basada en la lluita social i no en pactes oportunistes, tan urgent i necessària em sembla. Crec que tant del costat de les CUP com d’EUiA hi ha prou militants que fan el possible per a fer-ne el camí. La visibilització d’aquesta confluència real, arran de terra, la vàrem tenir en les mobilitzacions a l’entorn del 15M o la vaga general del 29 de març passat, on gent d’EUiA i independentistes d’esquerra van estar plegats al carrer i plegats van patir la repressió en forma de cops, detencions i empresonaments. Però, no ens enganyem, el sectarisme i el dogmatisme són mals endèmics dels que l’esquerra sembla no voler-se desempallegar. Tot i això, l’acte unitari contra la repressió del passat 6 de juny al Campus Raval de la Universitat, que va aplegar persones properes al vell i al nou independentisme, militants tant de CCOO como de la CGT, persones properes a Iniciativa per Catalunya, joves comunistes d’EUiA..., motiva algunes il.lusions que cal conrear. Així que hi hem d’insistir i continuar lluitant per la unitat, però no als despatxos, sinó als carrers, a les fàbriques, a les aules. Tampoc tenim altra cosa més important a fer.





diumenge, 8 de setembre del 2024

El individuo como movimiento social

La foto es de José Segarra

Fragmento de la introducción a Ciudadanismo. La reforma ética y estética del capitalismo,
Catarata, Madrid, 2017.

EL INDIVIDUO COMO MOVIMIENTO SOCIAL
Manuel Delgado

El ciudadanismo es una corriente teórica más bien difusa que promueve nuevas formas de gestión y participación políticas en que se realicen los principios democráticos universales en que se dice sustentar el sistema liberal, pero que, se sostiene, aparecen adulterados por su usurpación interesada por parte de un sistema capitalista despiadado, al que se cree viable atemperar de la mano de su reforma moral. Por supuesto que el ciudadanismo plantea reivindicaciones sociales destinadas a mejorar la vida de las personas, pero su asunto principal es el de la consecución y el reconocimiento de un nuevo tipo de ciudadanía que alcance el horizonte ilustrado y del reformismo burgués del siglo XIX de una sociedad de seres libres, debidamente imbuidos de virtudes cívicas, compuesta por librepensadores cultos, a los que iguala su competencia para actuar como seres responsables que acuerdan definir y organizar cooperativamente los términos de su convivencia. El ciudadanismo vendría a ser una especie de democraticismo radical o fundamentalismo democrático, cuyo sentido aparece bien sintetizado en la consigna "democracia real, ya".

Los programas económicos ciudadanistas suelen ser meramente socialdemócratas —y más demócratas que socialistas— y se limitan a procurar restaurar en lo posible lo que fuera el Estado del bienestar, invistiendo de una dosis de sensibilidad social al sistema de libre mercado y aspirando no tanto a superar el orden capitalista, como a participar de él. El ciudadanismo n0 censura el capitalismo sino su versión neoliberal más despiadada y la  actividad perversa de una minoría desalmada de poderosos —"la casta"— contra la que la inmensa mayoría debe sublevarse. Esta moderación por lo que hace al orden capitalista, al que solo le reprochan sus excesos y su falta de escrúpulos, es del  todo compatible con una cierta vehemencia retórica, muy en la línea de la vieja tradición de los partidos radical-republicanos o incluso imitando el estilo de los populismos herederos del modelo peronista.

Del ideario ciudadanista destaca la puesta en valor del sujeto-ciudadano, es decir de la encarnación del individuo abstracto como receptor de derechos y responsabilidades naturales,  que limitan cualquier autoridad externa a él a la hora de consensuar compromisos entre personas particulares que se asocian voluntariamente en pos de objetivos comunes, siempre orientados por valores morales asumidos desde la conciencia soberana de cada cual. El ciudadanismo  eleva al individuo a su máximo nivel de eficacia simbólica como personaje conceptual, puesto que reconoce en él la imagen de un ser humano desnudo, sin atributos, desafiliado, solo cúmulo de  potencialidades de acción y desarrollo. Redime al individuo de sus inclinaciones individualistas a base de reactivar en él la vocación emancipadora con que nació de la mano del proyecto civilizatorio moderno, devolviéndole su dignidad original como instrumento de liberación de los constreñimientos de la tradición y de cualquier servidumbre u obediencia no consentidas.

El ciudadanismo es una corriente subjetivista, sin duda, en tanto considera que el sujeto es la única fuente legítima de verdad ética, pero afirma vindicar una subjetividad de orden no egoísta, sino solidaria, abierta a la ayuda mutua con otras subjetividades conscientes tanto de su irreductibilidad como de su mutua dependencia, responsables de sus capacidad para determinar la historia por encima e incluso contra las instituciones que dicen representarlas. El subjetivismo ciudadanista asume la dignidad radical que el liberalismo reconoció en el individuo y lo eleva al rango de verdadero movimiento social.



dissabte, 3 de juny del 2023

Movimientos y movimientismo


La foto es de Andrea Coma

Entrevista publicada en la página web beta.esedosuno.com, el 20 de julio de 2012. 

MOVIMIENTOS Y MOVIMIENTISMO

¿Cuáles cree que son los principales retos que le plantea esta época de crisis a la antropología social?

En este, como en cualquier otro tiempo, la antropología tiene como objetivo la comparación entre las culturas y el conocimiento de los mecanismos que hacen posible la sociedad. En lo posible, como cualquier otra disciplina, le corresponde poner ese conocimiento al servicio de la mejora de la sociedad.

Dijo que el movimiento 15M ha demostrado que quienes gobiernan tienen puntos débiles y menos poder del que aparentan. Aun así, ¿se puede esperar un horizonte de cambio político y social impulsado por los movimientos ciudadanos o no conviene albergar esperanzas?

Los llamados movimientos ciudadanos o sociales, como su nombre indica, son agitaciones o espasmos que de manera más o menos cíclica expresan estados de ánimo o irritaciones colectivos en relación con situaciones concretas consideradas inaceptables. Pero se limitan, como mucho, a exigir una reforma del sistema económico y político existente que lo haga menos inclemente. En la práctica son movimientos que exigen una mejora ética del capitalismo, pero nada más. No lo impugnan, sino que se limitan a reclamar un poco de consideración. Y por supuesto que quienes gobiernan tienen puntos débiles y estos movimientos, como el 15M, se los recuerdan, precisamente para que los refuercen. No lo debilitan, sino que pueden contribuir a perpetuarlos, en tanto actúan como una especie de mala conciencia, un referente moral perfectamente digerible e inofensivo, a la manera de Pepito Grillo en Pinocho.

Pese a obstáculos como la reforma del Código Penal, que ha equiparado la resistencia pacífica a una conducta violenta, ¿el movimiento de protesta puede mantenerse o consolidarse hasta alcanzar parte de sus objetivos o cree que la única vía útil es su transformación en partido político?

El movimiento de protesta conocido como 15M no existe sino como movimiento y, como corresponde al movimientismo en general, está condenado a desvanecerse luego de un tiempo de haberse desplegado. Como movimiento no puede convertirse en partido político, porque sólo puede existir, en efecto, moviéndose. Y, por la misma razón, su destino ineluctable es acabar por agotarse en cuanto se pierda la energía que lo impulsó inicialmente.

Más allá de su limitada presencia en la calle, la sociedad es aparentemente más susceptible ante los abusos de los poderes políticos y económicos. Aun así, se siguen perdiendo derechos a un gran ritmo sin que se produzcan reacciones notorias [la entrevista se llevó a cabo antes de las últimas manifestaciones contra los recortes]. ¿Han conseguido hacernos creer que hemos estado viviendo por encima de nuestras posibilidades?

No creo que esa visión haya cuajado. Percibo en mi entorno que más o menos todo el mundo es consciente de la colosal estafa de que estamos siendo víctimas. Se han producido y se producirán de seguro reacciones más o menos convulsas e intensas de repudio, pero es poco probable que estas acaben desembocando en algo realmente serio, a no ser que se doten de estructura organizativa estable, en cuyo seno se puedan coordinar acciones y producir ideología. No tiene por qué ser en forma de sindicato o partido tradicional. Seguramente habrá que buscar fórmulas y formatos nuevos. Pero, en cualquier caso, la clave está en procurar organizaciones estructuradas y sólidas y liderazgos capaces de sintetizar y darle forma a la indignación colectiva, conduciéndola a objetivos claros y posibles.

¿Pueden estar tranquilos quienes gobiernan mientras en la calle y en los medios de comunicación el debate siga prestando demasiada atención a cuestiones como el fútbol?

El fútbol es un espectáculo apasionante. Se puede ser aficionado al fútbol y tener conciencia social, de igual forma que ser revolucionario no es incompatible con amar la paella. El opio del pueblo no es hoy el fútbol, ni tampoco la religión. El auténtico opio del pueblo en la actualidad es la política.

En este contexto de necesaria vigilancia hacia los poderes públicos, ¿qué papel augura para un periodismo debilitado por su particular crisis económica?

El periodismo sólo puede confirmar lugares comunes e informar de lo que todo el mundo sabía ya. Está siendo una colosal máquina de trivializar y dudo mucho que pueda llegar a ser otra cosa. Sólo puede sobrevivir hoy como dispositivo de reproducción de los discursos oficiales o como propagador de leyendas urbanas.

¿Los “límites mentales de la prensa” de los que hablaba hace años siguen siendo el mayor problema para acercar la verdad a los ciudadanos?

La prensa está para acercar la verdad a los ciudadanos, pues que la verdad no es otra cosa que lo que simplifica las cosas. En ese sentido, los medios de comunicación son fuente de verdad, es decir, de discursos cuya función es operar una brutal simplificación de las relaciones sociales reales.

En esta sociedad no triunfa el honesto, sino el hipócrita, el que piensa lo que dice y no al contrario, según dijo en una entrevista. ¿Por qué?

En primer lugar la honestidad y la hipocresía no son incompatibles. Ni el honesto, ni el deshonesto, ni nadie dice lo que piensa, sino lo que desea que su interlocutor crea que piensa, que ha de ser lo que permita hacerle reconocible como concertante en cada situación en que se ve comprometido. La comunicación no sirve para transmitir estados de ánimo o pensamientos, sino para intercambiar indicativos de pertinencia que nos hagan socialmente aceptables. En cuanto a triunfar en la vida, suele consistir en ser capaz de ser competitivo –que no por fuerza competente–, ambicioso y no tener escrúpulos a la hora de traicionar y traicionarse con tal de obtener ventaja, y hacerlo, además, si es posible, sin dejar nunca de dominar un lenguaje políticamente correcto.

La conocida escena del presentador de televisión de la película Network, un mundo implacable (1976) corre estos días por Internet por su valor actual. ¿Dónde está el límite de la resistencia social? ¿Qué consecuencias puede tener la nueva oleada de recortes del Gobierno?

La indignación es un sentimiento y ni siquiera cuando se convierte en rabia u odio es por sí misma capaz de transformar nada. Puede destruir, en el mejor o peor de los casos –según como se mire–, pero no generar órdenes sociales o políticos nuevos. La única expectativa de cambio y la única fuente real de inquietud para los poderosos vendrá dada por que aparezca una organización –unitaria o compuesta, tanto da– capaz de convertir lo que ahora son meras turbulencias sociales en energía histórica.

Como apasionado por el cine, ¿qué película le recomendaría a Rajoy? ¿Y a un ciudadano indignado ante este sistema?

Yo creo que la gente no conoce a los clásicos. Un buen John Ford es siempre la mejor recomendación. Por ejemplo, Las uvas de la ira. Que los ciudadanos y Rajoy conozcan al fantasma de Tom Joad y que, de su boca, despidiéndose de su madre, entendamos que siempre habrá un lugar para la decencia humana y para hombres y mujeres que luchan. Que los ciudadanos lo sepan y que Rajoy lo tema.




diumenge, 18 de desembre del 2022

Bajar a la calle

Manifestación de jornaleros en Lebrija (Sevilla), 1978. La foto es de Manuel López

Catálogo de la exposición Construyendo democracia, Fundación Chirivella Soriano, Valencia, 2015, pp. 70-75. 

BAJAR A LA CALLE
Manuel Delgado

Deberíamos preguntarnos para qué sirve realmente una calle. En principio, una calle —a la que cuando es circular llamamos plaza— es un pasadizo u obertura que se abre entre volúmenes para que por allí circulen vehículos y personas que se mueven entre puntos de una determinada trama urbana. Para que cumpla esa función, las administraciones procuran garantizar la fluidez de las idas y venidas, evitando obturaciones o presencias anómalas que puedan interrumpir lo que se supone que es el buen funcionamiento de un orden circulatorio regular y previsible. En ese sentido, tanto para las administraciones como para los planificadores de ciudades, la calle es y debe ser un espacio solo para circular y se espera que sus usuarios naturales sean viandantes que llevan a cabo desplazamientos instrumentalmente justificados, como los que, por ejemplo, les permiten ir y venir de trabajar, repartir productos, salir de compras o pasear pacíficamente. Si se observa, esa lógica es la que permite reconocer una retícula espacio urbano como recorrida en todas direcciones por individuos que van de aquí para allá, cada cual "a la suya", trazando líneas que solo eventualmente se cruzan, pero casi nunca coinciden ni permanecen.

Esta naturaleza diversa y dispersa de la actividad en los espacios públicos urbanos se transforma cuando, en ciertas circunstancias, se generan algo parecido a coágulos humanos que hacen que ciertas calles y plazas pasen a servir para una sola cosa, en el sentido de que la coalición de viandantes que se ha formado se comporta de manera homogénea, caminando de manera compacta en una misma dirección o permaneciendo soldada en un mismo lugar, haciendo y diciendo cosas parecidas en un mismo tono. En estos casos, determinadas parcelas de la trama urbana pueden convertirse en escenario activo de una apropiación colectiva de signo expresivo, a disposición de sectores sociales que deciden existir no como supuesto estadístico, sino como cosa real, masa físicamente perceptible que actúa y se expresa empleando la calle como su soporte fundamental. Estas expresiones colectivas pueden ser toleradas o ser consideradas perturbadoras y, en consecuencia, reprimidas de manera incluso violenta.

A estas formas de acción colectiva que convierten el espacio público en su marco natural las llamamos manifestaciones e implican el reconocimiento de que lo que denominamos movimientos sociales son movilizaciones en un sentido liberal, es decir prácticas ambulatorios en las que conglomerados humanos se desplazan por la retícula urbana con fines expresivos. Se trata de rituales políticos asociados a los principios de civilidad y ciudadanía y están destinados a crear solidaridades basadas en el consenso circunstancial, fundar legitimidades y canalizar la percepción pública de los acontecimientos..., siempre combinando una intensificación interna del grupo congregado con una funcionalidad como vehículos de información dirigida al público en general. 

Desde el punto de vista de la teoría política, la manifestación de calle concreta el derecho democrático a expresarse libremente, un derecho personal ejercido colectivamente. A través suyo, las personas pueden oponerse a los poderes administrativos o a cualquier otra instancia por medio de una asociación transitoria que se hace presente en un sitio de paso público. Este espacio se convierte así en mucho más que un pasillo: deviene en efecto público, en el sentido ilustrado del término, es decir en espacio de y para la publicidad. Recuérdese que la publicidad es ese ideal filosófico –originado en Kant y uno de los fundamentos del proyecto cultural de la modernidad– del que emana el más amplio de los principios del consenso democrático. Ese axioma está asociado a la idea de una sociedad formada por personas privadas iguales y libres que se conciertan a la hora de hacer uso público de su razón. Los participantes en ese usufructo intensivo de la calle que implica la movilización no pierden en ningún momento que son seres humanos diferenciados y diferenciables, cuyas diferencias han quedado superadas –pero no negadas, sino preservadas– por el fin comunicacional común que los reunidos han asumido como propio. En este sentido, la concentración o la marcha de un grupo humano en la calle implica una fusión no orgánica, puesto que no es idéntica a una comunidad, sino a un pacto entre personas individuales que prescinden o ponen entre paréntesis lo que les separa, al haber encontrado una unidad moral que se presupone provisional.

Para la ciencia política, la manifestación implica acaso la forma más entusiasta y activa de participación política, el nivel medio del cual encontramos –cuanto menos en un sistema democrático– en el acto elemental de ir a votar. La demostración civil es, sin duda, la modalidad más vehemente de control social sobre los poderes públicos. Participar en manifestaciones, bajar o salir a la calle para expresar coralmente opiniones o estados de ánimo relativos a asuntos públicos supone la forma más radical de participación política, aquella que implica el máximo grado de involucramiento personal de los miembros de una sociedad en los asuntos colectivos.

Pero, es más, la encarnación en la calle de grupos con identidades, intereses y objetivos específicos no deja de impugnar solapadamente, o cuando menos matizar, la propia presunta naturaleza representativa del orden político nominalmente democrático. De hecho, la acción colectiva en lugares públicos constituye una forma de democracia directa y radical, a través de la cual son los propios afectados o concernidos por determinado asunto quienes se consideran legitimados para hablar por sí mismos y sin el concurso de mediadores orgánicos institucionalizados a través del voto, ni usando los «conductos reglamentarios» que prevé la burocracia administrativa. Se trata, en definitiva, de una denuncia de lo que Pierre Bourdieu había llamado “fetichismo de la delegación”, el efecto óptico de que alguien puede encarnar físicamente y llevar la palabra –ser portavoz– de una colectividad vindicativa. También constituye una manera de advertirnos que la lucha democrática es una lucha por el derecho a hablar y a ser oído y que la manifestación funciona como una auténtica conquista de la palabra, por evocar el libro que Michel de Certeau escribió sobre la revolución de Mayo del 68 en Francia. Los ciudadanos se representan a sí mismos, reclaman ejercer su derecho a existir no como una entelequia abstracta —"el pueblo", "la ciudadanía"...—, sino con cuerpo y con rostro, como realidad que se hace presente en esos proscenios para la vida pública que son la plaza y la calle. 

Pero la acción colectiva convierte el lugar que escoge para desplegarse —ciertas calles, ciertas plazas, y no otras— no como un mero escenario. Al subrayar con su presencia su valor simbólico, el colectivo reunido convierte ese marco en protagonista activo del propio acontecimiento suscitado. Ello ha quedado explicitado en movimientos recientes como el 15M español; Occupy Wall Street en Estados Unidos y otros análogos como los de Tel Aviv en junio de 2011 o Estambul en julio de 2013, o la Revolución de los Paraguas en Hong-Kong en el otoño de 2014. En estos casos no se trató de simples apropiaciones civiles de centros urbanos para hacer de ellos un telón de fondo sobre el que ejercer la libertad de expresión, obteniendo eco político, ciudadano y mediático. Los espacios en que se produjeron los asentamientos de protesta no fueron instrumentos al servicio de una instancia convocante, sino que fue el propio evento y el espacio en que —literalmente— tenía lugar los que reclamaban y obtenían el estatuto de sujetos políticos. En aquellos casos las acampadas se arrogaron el papel de auténticas entidades políticas independientes, con vocación incluso constituyente, que podían desarrollar funciones interlocutoras a través del sistema asambleario de que se dotaban. En el caso del 15M, por ejemplo, no era que los congregados emplearan las plazas para expresarse, sino que podía antojarse que era las plazas mismas las que empleaban a quienes las ocupaban para expresarse, en tanto que símbolos vivientes de un parecer y un sentimiento colectivos.

He ahí la clave que explica el papel central concedido al espacio público en las movilizaciones sociales de nueva generación. En tanto debe cumplir su misión de suelo de una sociedad civil rejuvenecida, el espacio público debe objetivarse ahora en ese marco sensible que hasta entonces había sido simplemente la calle o la plaza, para hacer de ella escenario programático de y para la auténtica cívilidad; no la corrupta y adulterada actual, sino, por fin, en tanto que verdadero marco autogestionado para la discusión y la acción. En función de esa premisa, las plazas ocupadas eran reclamadas para realizar los principios democráticos radicales, para los que la plaza —devenida ágora, es decir espacio público— es no sólo lugar para el libre debate, sino síntesis encarnada de la propia comunidad de ciudadanos, de sus verdades e impaciencias, forma física que adopta su exigencia de que el proyecto moderno de equidad y justicia se convirtiera en algo más que un horizonte perpetuamente lejano. 



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