dijous, 17 d’agost de 2017

La esfera pública o la elevación moral del hombre-masa

La foto es de Peter Finch
Comentario enviado a los estudiantes del Màster en Antropologia i Etnografia de la UB, en diciembre de 2014.

LA ESFERA PÚBLICA O LA ELEVACIÓN MORAL DEL HOMBRE-MASA
Manuel Delgado

Empecé refiriéndome a consideraciones de Georg Simmel a propósito del "problema de las masas". es decir la amenaza que estas suponian para la  instauración del yo autosuficiente como fuente de toda certeza última y núcleo de todo orden civilizado. Es Simmel, en 1917, en Cuestiones fundamentales de sociología (1917) quien advierte de lo que llama "la tragedia sociológica", la inferioridad intrínseca de lo social respecto de lo individual, o cómo las cualidades más cultivadas, espirituales e incomparables del individuo hacen improbable cualquier forma de coincidencia, de mutua dependencia y menos todavía de unificación, al contrario de lo que ocurre con sus aspectos más sensitivos, mucho más proclives a generar una dinámica de semejanzas y contigüidades que, a su vez, exacerbada, desemboque en estados de "nerviosidad colectiva", y de ahí a la formación de masas activas. En su seno, el individuo se vería abducido por un estado de ánimo en que reconocería sentimientos dormidos en su propio interior, que, ahora, conforman una ola de frenesí que le arrastra y que le hace arrastrar a otros con él.

En esas situaciones, sometido a leyes casi naturales incompatibles con la libertad, inhibidas la sensatez y la responsabilidad características del sujeto-individuo, quien Simmel presenta como sujeto-masa obtiene, como consecuencia paradójica de la obnubilación de su conciencia ética, una certidumbre acerca de los objetivos a cubrir y los enemigos a vencer que el individuo, dubitativo y contradictorio siempre como producto de su vocación de autoconsecuencia, de jamás. No son propias de las masas las vacilaciones propias del individuo, sus dudas, sus escrúpulos. Menos todavía sus ambigüedades. "La masa no miente, ni disimula".

Es en ese contexto y a partir de esa preocupación que vemos formulada aquí y allá en el pensamiento individualista occidental, que se procuran los principales ensayos teóricos a propósito de cómo hacer frente a un doble problema relacionado con el número de personas que están en condiciones de incidir en la vida política de la nación y de las que se supone que debería depender la coexistencia basada en la aceptación consensuada de normas racionales. Por un lado el de unas poblaciones cada vez más dilatadas y comprensivas a las que se invita a participar en el gobierno de sus propios asuntos al precio de que asuman una subjetividad autoconsciente, responsable y racional que se supone que no poseían, y, por el otro, la presencia física de esos mismos individuos desindividualizados, por así decirlo, que habitualmente se amontonaban de manera informe pululando por las calles, pero que, a la mínima oportunidad, generaban en esas mismas calles grandes coágulos humanos cuya acción podía llegar a ser devastadora.

Uno de esos desarrollos teóricos es el provisto por Karl Mannheim, en especial en sus Ensayos de sociología de la cultura (Peninsula), en donde establece como uno de los principios fundamentales de la democracia el del reconocimiento de lo que llama la "autonomía de las unidades sociales", en referencia al individuo como átomo de la sociedad, amenazado por la tendencia a una masificación que propicia la sociedad moderna que sólo puede ser combatida con la creación de "numerosas comunidades reducidas, que proporcionarían a todos sus miembros la oportunidad de llegar a conclusiones individuales importantes". Y una masificación, por otro lado, que, identificada con el caos y el desorden,  no es tan solo exterior, sino que aguarda en el interior de cada persona, por democratizada que esté, el momento de volver a emerger. En cuanto a las masas, también estarán siempre ahí, predispuestas a convertirse en lo que son a la menor oportunidad: "Y las masas permanecerán en calma y contentas mientras haya prosperidad... Pero el arreglo de cuentas llegará finalmente. Puede llegar de manera caótica, irracional; la sociedad puede tambalearse ciegamente desde un extremo a otro, puesto que las masas [....] actúan por impulsos meramente emocionales".

Es interesante constatar cómo se renueva esa percepción del hombre-masa en un texto reciente de un autor de referencia en la actualidad. Esa descalificación teórica de las masas como consecuencia de su negativa a ser salvadas de sí mismas lo tenemos en Peter Sloterdijk en El desprecio de las masas, Pre-Textos. Lo que sostiene es que las viejas masas locas, irascibles, caprichosas, crueles o serviles que habían asustado un día a la burguesía se mantienen es ese mismo estado de somnolencia que las caracterizaba de ordinario, sólo que ahora ya no son, como fueron a cada uno de sus despertares, fuerza de arrastre, descarga de fuerza. Los miembros de la masa continúan siéndolo, pero ahora —aunque Ortega ya lo notó entonces— por separado, sin tocarse, sin verse, atomizados, en estado gaseoso, pero continuando cada uno de ellos siendo parte de esa criatura ciega de la que ahora andan desgajados y, por tanto, sin aquel vigor temible que su presencia física exhibía a veces en las calles.

En eso consiste el "individualismo de masas", un individualismo que no hace propias las virtudes del individuo consciente de la imaginación romántico-racionalista, porque no es más que masa descompuesta o en proceso de descomposición, sin potencia política alguna, toda ella hecha de vulgaridad y sumisión. En este caso, la pacificación de la masa densa o molar no se ha producido por la vía de su conversión en público molecular, dispersa —es decir en público compuesto por sujetos autónomos—, sino en masa molecular. La emancipación personal consiste entonces en vencer o domeñar "la chusma ansiosa de placer y destrucción" que ya Freud advertía que cada cual llevaba en su interior, y que debe ser sometida por vía de la formación intelectual y sensible. Se trata, pues, de hacer de la cultura "el conjunto de tentativas encaminadas a provocar a la masa que está dentro de nosotros y a tomar partido contra ella.


dimecres, 16 d’agost de 2017

Tot canvia, tot roman, tot retorna


La foto és d'un paki del Gòtic de Barcelona i està presa de trancarolaporelmundo.com
Paraules dites al programa "La Tarda de Barcelona", de la Xarxa, el 4/3/2013

TOT CANVIA, TOT ROMAN, TOT RETORNA
Manuel Delgado

Fa uns dies, la conductora d’aquest programa, Vanessa, m’animava a pensar sobre les coses que aquesta ciutat ha anat perdent en els darrers anys com a conseqüència de la seva incorporació a la dinàmica de les grans dinàmiques globalitzadores. Crec que el que vaig respondre –com sempre en aquests casos a corre-cuita– és que les ciutats canvien –més que el cor d’un mortal, escrivia Baudelaire–, però que al capdavall aquests canvis servien moltes vegades  paradoxalment per a que el que creiem perdut no marxi o retorni, moltes vegades disfressat o camuflat sota altres aspectes.

Permeteu-me que reprengui l’argument i l’il.lustri amb alguns exemples. Fa no pas gaire –me’n recordo perfectament– qui més qui menys tothom donava per condemnat el comerç de proximitat, sobre tot allò que deien “el colmado” de la cantonada, esclafat pel poder d’atracció de les grans superfícies comercials. En paral.lel, els locals pretesament “d’ambient” amenaçaven un tipus de bar que eren un autèntic patrimoni nacional –busqueu-los; no els trobareu enlloc del món– i que eren els “carajilleros” de sota de casa, als que s’anava, per exemple, a veure el fútbol quan la gent no tenia tele a casa.

I ja veieu el que són les coses. Finalment, sota de casa el que tenim ara és aquesta nova botiga de queviures de proximitat –més familiar inclús que la de la gran cadena de supermercat–, que són els badulaques o, per usar de nou el llenguatge col.loquial, el “paki”. Els “bars Manolo” de tota la vida continuen on eren, per molt que el propietari no es digui Manolo, sinó, posem per cas, Lim Piao, que t’ofereix una cosa que si que és realment nova, que són les “tapes xines”. Per cert, aquest bar que porten uns xinesos –o potser al de fallafels que està una mica més enllà i que és d’uns marroquins– tornem a baixar a veure el fútbol, perquè tenim tele, però el fútbol és de pagament.

Per cert, a aquests casos podríem afegir el del que era un comerç de tot a cent i ara és el “xino de sota de casa” o les perruqueria del costat, que ara porten uns dominicans. Si a això li afegim el locutori d’una mica més enllà, que porta un bolivià o un bengalí, tindrem l’evidència total que els anomenats immigrants –aquells que deien que anaven a posar en perill la “nostra cultura– han acabat sent garants del perduració del comerç tradicional, és a dir d’una cosa tan fonamental, tan digne de ser preservada, com és la vida de barri.

Aquesta és l’astúcia que les coses velles que ens importen usen sempre per romandre o retornar: la de fer-nos creure que han marxat.

[La fotografia és d'un paki del Gòtic de Barcelona i està presa de trancarolaporelmundo.com]






La obra de arte público como signo de puntuación

La foto es de William Murphy
Fragmento del artículo "La obra de arte en entornos urbanos", en Realitats de la ciutat, Universitat de València, València, 2004, pp. 55-63.

 

LA OBRA DE ARTE PÚBLICO COMO SIGNO DE PUNTUACIÓN

Manuel Delgado

Si para las instituciones de la polis la obra de arte público es una apuesta por lo perenne, lo que merece durar inalterable, para el usuario ese mismo objeto es un instrumento que le sirve para puntuar la espacialidad de las operaciones a que se entrega, justamente aquella sustancia que constituye la dimensión más fluida e inestable de la vida urbana. Si la ciudad legible, ordenada y previsible de los administradores y los arquitectos es por definición anacrónica –puesto que sólo existe en la perfección inmaculada del plan–, la ciudad tal y como se practica es pura diacronía, puesto que está formada por articulaciones perecederas que son la negación del punto fijo, del sitio. En las calles lo que uno encuentra no son sino recorridos, diagramas, secuencias que emplean los objetos del paisaje para desplegarse en forma de arranques, detenciones, vacilaciones, rodeos, desvíos y puntos de llegada. Todo lo que se ha dispuesto ahí por parte de la administración de la ciudad –monumentos tradicionales, obras de arte, mobiliario de diseño– se convierte entonces en un repertorio con el que el incansable trabajo de lo urbano elabora una escritura en forma de palimpsestos o acrósticos. En calles, plazas, parques o paseos se despliegan relatos, muchas veces sólo frases sueltas, incluso meras interjecciones o preguntas, que no tienen autor y que no se pueden leer, en tanto son fragmentos y azares poco menos que infinitos, infinitamente entrecruzados.

Como Michel de Certeau acertó a reconocer, la gente de la calle, del corredor del metro o del jardín público se abandona a todo tipo de derivas por un relieve que le es impuesto por el plan urbano, pero en el que protagoniza movimientos espumosos inopinados que aprovechan los accidentes del terreno, mimentizándose con el entorno, filtrándose por entre las grietas. Esa autogestión de la sociedad pública genera y es generada por la actividad discursiva del usuario. El viandante que circula o que se detiene en este o aquel otro punto de su recorrido, en efecto, discurre, en el triple sentido de que habla, reflexiona y circula. De un lado, el usuario habla, dice, emite una narración al mismo tiempo que se desplaza, hace proposiciones retóricas en forma de deportaciones y éxodos, cuenta una historia no siempre completa, no siempre sensata. También, en efecto, ese usuario piensa, en la medida que suele tener la cabeza en otro sitio, está en sus cosas, va absorto en sus pensamientos, que –a la manera del Rousseau de las Ensoñaciones del paseante solitario– no pocas veces plantean asuntos fundamentales sobre su propia existencia. Por último, el usuario del espacio público pasa, es un transhumante, alguien que cambia de sitio bajo el peso de la sospecha de que en el fondo carece de él. Esa molécula de la vida urbana, el viandante, es al mismo tiempo narrador, filósofo y nómada. Dice, piensa, pasa. Lo que lleva a cabo es una peroración, un pensamiento, un recorrido.

Es a partir de esa condición discursiva que las actividades que tienen lugar en espacios públicos aparecen sometidas a determinadas reglas ortográficas, de las que los elementos del entorno en que se desarrolla la acción social se conducen como signos de puntuación. Para las instituciones, la erección de lugares de una suntuosidad especial funciona como una manera de subrayado, énfasis especial puesto en determinado valor abstracto superior –la Historia, la Religión, el Arte, la Cultura... –, jerarquización del espacio para la que se dispone de un equivalente a las mayúsculas o los tipos mayores de letra, en el caso del texto escrito, o a la entonación afectada que se emplea para darle solemnidad a las palabras rituales. En cambio, para el paseante ocioso, el viandante apresurado, los enamorados, los niños y los jubilados del parque, el consumidor que frecuenta un centro comercial o el más desazonador de los merodeadores, el monumento o la obra de arte en espacios no museales son signos de puntuación para una caligrafía imprecisa e invisible. El arte público ve desvanecerse entonces toda pretensión de trascendencia, tanto política como creativa. Perdida toda solemnidad, de espaldas a su significado oficial, indiferente a la voluntad creadora del artista, abandonada toda esperanza de autonomía, el objeto de arte público es sólo y ante todo una inflexión fonética u ortográfica: punto y aparte, punto y seguido, interrogación, interjección, paréntesis, coma, punto y coma, dos puntos, puntos suspensivos... La pieza es entonces signo con que ritmar los cursos y los transcursos, señalar inversiones, desvíos, repeticiones, interrupciones, sustituciones, rodeos, encabezamientos, así como las diferentes modalidades de final.

Quienes creen monopolizar la producción y distribución de significados, han sembrado aquí y allá puntos poderosos de y para la estabilidad, núcleos representacionales cuya tarea es constituirse en atractores de la adhesión moral de los ciudadanos. En cambio, los practicantes de lo urbano convierten la obra de arte, como el monumento estricto, en elemento destinado a distinguir y delimitar, crear lo discreto a partir de lo continuo. Labor segmentadora y de disjunción, basada en interrupciones, reanudamientos y cambios de nivel o de cadencia, cuya función –como proponía Trubetzkoy en relación a los signos demarcativos en fonología– se parece a la de las señales de tránsito, puesto que es lo que literalmente son, en el sentido de que permiten organizar el tráfico de las apropiaciones empíricas o sentimentales de la calle, del parque o de la plaza.

El viandante hace algo más que ir de un punto o a otro. Partiendo, llegando, pasando o deteniéndose, poetiza la ciudad, y lo hace trabajando los elementos paisajísticos o morfológicos que hacen las veces de accidentes topográficos. A su vez, esos elementos también dramatizan ese mismo espacio urbano, en tanto son el escenario activo sobre el que se desarrollan una multitud incalculable de esos cuadros teatrales que son las interacciones, intensas o superficiales, entre desconocidos o conocidos de vista. Lo que ha sido instalado ahí por quienes conciben la ciudad es descubierto por quienes la practican como apropiable en tanto que apropiado. Con ello el practicante genera una geometría imperfecta y lábil en que se distribuyen las citas, los juegos, las protestas, los paseos, los atajos, las fugas, los rodeos, los recuerdos... De aquel personaje molecular o masivo del que sólo se esperaba una conformidad sumisa a las directrices del diseñador, parte una actividad colonizadora que, sin pedir permiso, hace con el paisaje urbano cosas otras. Lo que se quisiese un espacio tranquilo, dócil y desconflictivizado se convierte, en manos de su usuario real, en un espacio heterogeneizado, incorporado a un sistema de representación y a una memoria colectiva de los que las autoridades en realidad no saben nada.



dimarts, 15 d’agost de 2017

En metodología, rigor no es rigidez

Mensaje para Adriana Vila, doctoranda

La foto es de David Gaberle
EN METODOLOGÍA, RIGOR NO ES RIGIDEZ
Manuel Delgado

La idea según la cual serán las contingencias las que orientarán tu trabajo de campo, y no las prefiguraciones teóricas o los protocolos metodológicos es también vieja. La tienes en, por ejemplo, la crítica interaccionista a toda rigídez, es decir a ese  principio que obliga a los métodos a acudir siempre en auxilio de teorías previas que deben ser confirmadas a toda costa. Lo que planteaba, por ejemplo, Herbert Blumer es que no se trataba de acudir al terreno sin ideas ni intuiciones, sino de no someter los datos a esas predisposiciones y permanecer expectantes ante cualquier elemento que pueda desmentir o matizar lo dado por supuesto. La sujeción acrítica a un cuerpo teórico preestablecido que no cabía defraudar y a unos métodos de manual, cuya operacionalidad se daba por descontada, hacía que los proyectos que se derivaban –plan de investigación, modelo, hipótesis, variables por adoptar, instrumentos normalizados, muestra, grupo de control– acabaran convirtiéndose en sucedáneos inconscientes del examen directo del mundo social empírico. Es decir, que las preguntas que se formulaban, los problemas que se planteaban como centrales, los caminos que se decidía seguir, los tipos de datos que se indagaban, las relaciones que se tomaban en cuenta y la clase de interpretaciones que se aventuraban terminaban por ser el resultado del esquema de investigación, en lugar de ser producto de un conocimiento íntimo del área empírica sometida a estudio.

Esa crítica interaccionista a la rutinización y al formulismo metodológico acompañaba o precedía a otras perspectivas que coincidían en la denuncia de esquemas metodológicos algorítmicos, obedientes a un conjunto de pautas secuenciales rígidas, y de instrucciones inequívocas que debían ser seguidas punto por punto correctamente. Esa estipulación secuencial se basa sobre todo en el no errar, entendido en el doble sentido –ya de por sí significativo– de no desviarse y no equivocarse. Para ello, como ha denunciado desde las propuestas de renovación epistemológica, se requiere un recorrido completo que impide y previene los olvidos, los saltos, las detenciones a destiempo o los desvíos. El problema de este sistema es que el proceso –de las premisas a las conclusiones– acaba siendo concebido como un conjunto de relaciones regladas en que para ir del principio a la conclusión sólo habrá que seguir el procedimiento, lo que, a la manera de un rito mágico, garantizará la validez de la prueba, y todo ello, además, provocando una sensación de que el proceso ha sido realmente autónomo.

Prevención ante lo que podríamos llamar el efecto bulldozer de las modelaciones metodológicas a la busca obsesiva de la confirmación de pautas culturales o de lógicas sociales claramente inteligibles. Frente a esa forma de actuar, la alternativa interaccionista sugerida por Blumer -te adjunto un texto suyo fundamental- postulaba un conjunto de principios metodológicos que empezaban por el establecimiento de un conjunto de premisas constituidas por la naturaleza conferida a los objetos clave que han de intervenir en la descripción. Con esas consideraciones previas, se procedía a un sondeo minucioso y honesto del área estudiada, aplicando en la observación no sólo la máxima agudización de los sentidos, sino también una imaginación creativa pero disciplinada, al tiempo seria y flexible, que facilitara lo que luego sería una reflexión serena sobre los hallazgos, incluyendo los inesperados. En eso consistía ese juicio naturalista que Blumer demandaba como alternativa a los protocolos dogmáticos que presumen guiar la investigación y que terminan por suplantarla. De este modo, la investigación naturalista se opondría conceptualmente a la investigación formalista, de manera que los problemas, criterios, procedimientos, técnicas, conceptos y teorías se amoldarían al mundo empírico, y no al revés. Una vez más se volvía a advertir de la enorme distancia que separa, en la tarea científica, el rigor de la rigidez. 




dilluns, 14 d’agost de 2017

Lectura recomenada. Pompeu Casanovas, Sub lege pugnamus. De la Gran Guerra a les grans dades (Edicions de la (Universitat de Barcelona, 2017)

Lectura recomenada. Pompeu Casanovas, Sub lege pugnamus. De la Gran Guerra a les grans dades, Edicions de la Universitat de Barcelona, Barcelona, 2017, 252 pàgines.

En aquestes pàgines, l’autor repassa la teoria de l’estat i del dret en el context de les dues guerres mundials, i descriu la interpretació de la violència i les relacions socials pròpia del període d’entreguerres. Planteja a continuació el canvi cultural i polític que ha comportat el segle XXI: l’Internet de les coses i el web de les dades necessiten la construcció d’un nou espai públic per protegir els drets dels ciutadans. N’hi ha prou amb els conceptes de les teories del segle XX per explicar aquest nou escenari? O cal més aviat una teoria de la democràcia que sigui capaç de comprendre i regular l’anomenat «metasistema de la identitat» a la xarxa? Sub lege pugnamus formula aquestes preguntes i les vincula amb els problemes que van donar lloc a les concepcions clàssiques. La proposta és elaborar un sistema teòric que permeti la regulació so­cial, ètica i jurídica de dades i metadades tenint en compte els llenguatges computacionals que les expressen.

[De la promoció del llibre]


diumenge, 13 d’agost de 2017

Sobre el papel del olvido en la invención de las culturas nacionales


Comentario para Sergio Lorenzo, estudiante del Grado de Antropología Social en la Universitat de Barcelona.

SOBRE EL PAPEL DEL OLVIDO EN LA INVENCIÓN DE LAS CULTURAS NACIONALES
Manuel Delgado


Bien. Ya tenemos la manera como Nietzsche y Foucault muestran que la historia solo puede ser consecuencia de una manipulación interesada, determinada por los intereses de quien la esgrime como argumento legitimador para sus objetivos en orden a otorgar significado al presente y prefigurar el futuro. Recuerda lo que escribe Georges Orwell en 1984: «Quien controla el presente controla el pasado y quien controla el pasado controlará el futuro». Eso es obvio en el caso de cualquier forma de establecimiento de un identidad étnica o nacional. Eso implica que debes tener presente los referentes teóricos más importantes que la antropología social ha generado o manejado desde sus propias premisas. Te adjunto algunos textos fundamentales –Barth, Gellner, Geertz, Llobera, Anderson…– y otros de cómo esa perspectiva se ha aplicado al caso catalán: Frigolé, Prat, Horta…

Ahí lo que tendrás es que los antropólogos compartimos una premisa según la cual lo que le permite a un grupo humano construir su sentido de la identidad compartida, es decir las diferentes variantes de la formación de los nosotros, es una triple manipulación. Por un lado, los ideólogos de la etnicidad hacen una selección de entre los materiales culturales disponibles en un momento dado, para elevar la calidad de emblemas de reconocimiento e identificación aquellos que pueden resultar más adecuados para sintetizar un determinado proyecto nacional. A esta elección se la carga de una significación y una emotividad especiales, susceptibles de provocar sentimientos básicos de adhesión, y que no sino esos mismos vínculos experimentados como inefables, vigorosos y obligatorios en sí mismos que las sociedades modernas han elevado a nivel de supremacía política.

Si el repertorio de rasgos culturales reales ya disponibles y usufructuables en esta dirección no resulta suficiente, puede completarse a partir de la simple invención, a la manera como Eric Hobsbwan nos muestra en el caso de las tradiciones inventadas por el nacionalismo decimonónico. El resultado de estos tratamientos de organización-invento del patrimonio cultural, para significar la nación, son los clichés apriorísticos, es decir aquellos estereotipos estandarizados a través de los cuales "los miembros de una colectividad o grupo social expresan unos valores, unas ideas y unas opiniones, ya sea sobre ellos mismos ya sea sobre los otros." Hablamos aquí también de lo que enfáticamente se conoce como memoria colectiva, sin nada que ver con lo que escribiera Halbwachs sobre ella. En el caso catalán, ya sabes los productos de esta creación y recreación de los símbolos de la patria, son: la senyera, Montserrat, els castellers, la sardana, la Flama del Canigó, etc.

A estos dos mecanismos -selección o/e invención de ciertos elementos culturales destinados a constituir la dimensión contingente de la identidad nacional-, hay que añadir otro, tan o más importante encare: el olvido. Toda política de producción de identidad requiere, en efecto, una institucionalización de la memoria, sin embargo, y sobre todo, al mismo tiempo una institucionalización no menos severa del olvido. Hablamos del escamoteamiento, la ocultación, el borrado de todos aquellos aspectos de la cultura real de una comunidad que pudieran resultar incompatibles o simplemente inconvenientes para los perfiles deseados para la Cultura, con mayúsculas, que cualquier nacionalismo hace objeto de una consideración casi religiosa y que es la unidad idensincrásica a la que los habitantes del territorio nacional tienen que amoldarse. Fundamental aquí lo que escribiera Renan en el texto que te mando, que es de 1882: "El olvido y, yo diría incluso, el error histórico son un factor esencial de la creación de una nación".

Catalunya ha sido escenario privilegiado de estos dispositivos que hacen posible la construcción artificial del pasado nacional y de la memoria colectiva, a partir de la apelación a un pretérito adaptado a las necesidades de los ideólogos de la identidad o, sencillamente, impostado. También lo es del papel fundamental que juega el olvido, la huida de los aspectos inadecuados o inútiles del pasado que son exiliados y pensados ​​como ajenos y aun como Imposición violenta de los "enemigos de la patria". Trabajé eso en la manera como se ha escamoteado, por ejemplo, la tradición taurina catalana.

La causa de este tipo de autofraude ha sido la ficción, abundantemente asumida por todos hoy por hoy, de que el "talante" de los catalanes, su idiosincrasia o personalidad nacionales existen por contraste a una supuesta identidad española. Es ese contraste –del que cada dos por tres tenemos nuevos ejemplos­-, el que acredita y brinda pruebas. No hace falta que te diga que el tipo de manipulación que te interesa –el de la negación del papel de la burguesía catalana en los abusos de la expansión imperialista española o europea– es un ejemplo.




Canals de vídeo

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