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dijous, 18 desembre de 2014

El espacio público como espacio de y para el público

Foto de Yanidel
Notas para la asignatura Antropología de los espacios urbanos. Clase del 11/12/14

Como sea que hemos estado hablando de la constitución del concepto de "público" como sujeto politico colectivo, bien corresponderá deternos en otro concepto que le es derivado: el de público.

Consideremos tres de sus acepciones posibles. Una de las definiciones disponible sería aquella que entendería espacio público como escenario de y para las “relaciones públicas” o “en público”, un tipo específico de vida social en el que los concurrentes se someten a las iniciativas y juicios ajenos y conforman configuraciones transitorias, pero estratégicas, protagonizadas en buena parte por desconocidos totales o relativos, en un régimen de visibilidad generalizada. Ese es el valor que tiene espacio público en la tradición interaccionista y microsociológica, tal y como la encarnan autores que heredan el interés de Simmel y la Escuela de Chicago por la situación como unidad de análisis. Sin duda, Erving Goffman sería el representante más significativo de esa tradición, para la que ese espacio definido como público —en tanto los presentes se someten a las miradas, juicios e iniciativas ajenas— no es tanto un lugar como un tener lugar, objeto de todo tipo de apropiaciones innumerables y en buena medida reguladas endógenamente, que está antes, sino luego de los usos que lo recorren y los acaeceres que no deja de registrar. En el plano empírico, se asociaría con la calle, la plaza y otros escenarios análogos, espacios colectivos por antonomasia en los que nos es dado contemplar lo social “manos a la obra”, es decir el interminable trabajo de lo social sobre sí mismo, haciéndose y deshaciéndose sin descanso.

Tendríamos una tercera acepción a considerar aquí: la de espacio público como espacio de titularidad pública, conjunto de elementos inmuebles y arquitectónicos sometidos a la administración del Estado, que debe garantizar su accesibilidad para todos sin excepción, para lo cual legisla y normativiza a propósito de las buenas prácticas que legitiman su disfrute, lo protegen del interés privado y cuidan de su conservación. Desde esa perspectiva espacio público son la plaza, la calle, el parque, la playa y otros vacíos urbanos, pero también contenedores institucionales, gestores, culturales, educativos, sociales, etc. En España el espacio público está definido y regulado en España por la Ley 9 de 1989 y por al artículo 2 del Decreto 1504/98, así como por normativas municipales que se presentan habitualmente como “de ciudadanía” o “de civilidad”, destinadas a establecer cuáles son sus usos adecuados y aceptables y cuáles deben ser objeto de sanción. De esa acepción se deriva también el concepto penal de “orden público”, cuya alteración conlleva consecuencias penales.

En paralelo, espacio público tiene otro sentido en manos de la filosofía política, que lo entiende como una categoría abstracta derivada de la noción ilustrada de publicidad, esfera ideal para la coexistencia pacífica de lo heterogéneo de la sociedad, ámbito de y para el libre acuerdo entre seres autónomos y emancipados que se vinculan a partir de pactos reflexivos permanentemente reactualizados, individuos libres e iguales que critican, valoran y fiscalizan los poderes políticos, al mismo tiempo que se entienden a partir de su capacidad para argumentar y pactar entre sí. Ese ámbito —el espacio público como espacio de debate racional— es aquel en el que se despliegan los principios éticos de la civilidad, la ciudadanía y demás virtudes en que funda su posibilidad la democracia igualitaria y que surge como consecuencia de determinados cambios en la estructura de las relaciones políticas que se produce en el siglo XVIII. Los autores de referencia aquí serían Hannah Arendt, Reinhardt Koselleck y Jürgen Habermas, para quienes el espacio público seria sobre todo un dominio teórico al que no cabe atribuir una especialización concreta. Las referencias bibliográficas serian para este asunto: Hannah Arendt, La condición humana, Paidós, Barcelona, 2005 [1958]; Reinhardt  Koselleck, Crítica y crisis. Una análisis de la patogenia del mundo burgués, Trotta/Univesidad Autónoma de Madrid, Madrid, 2007 [1073]; Jürgen Habermas, Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública. Gustavo Gili, Barcelona, 2004 [1974].

La utilización generalizada del concepto de espacio público por parte tanto de diseñadores, arquitectos, urbanistas y gestores desde hace no mucho más de dos o a lo sumo tres décadas responde a una sobreposición de interpretaciones, que hasta entonces habían existido independientemente: la del espacio público como conjunto de lugares de libre acceso y la del espacio público como ámbito en que se desarrolla una determinada forma de vínculo social y de relación con el poder. Es decir es lo topográfico cargado o  investido de moralidad a lo que se alude no sólo cuando se habla de espacio público en los discursos institucionales y técnicos sobre la ciudad, sino también en todo tipo de campañas pedagógicas para las “buenas prácticas ciudadanas” y en la totalidad de normativas municipales que procuran regular las conductas de los usuarios de la calle.
           
Lo que se está intentando poner de manifiesto es que la idea de espacio público había permanecido en el campo de las discusiones teóricas en filosofía política y, con la relativa excepción de la identificación del modelo griego con el ágora, no había sido asociado a una comarca o extensión física concreta, a no ser como ampliación del concepto de calle o escenario en el que, a diferencia del íntimo o del privado, las personas quedaban a merced de las miradas e iniciativas ajenas. Es tardíamente que el concepto de espacio público se incorpora como ingrediente retórico básico a la presentación de los planes urbanísticos y a las proclamaciones gubernamentales de temática ciudadana. Cuando lo ha hecho ha sido trascendiendo de largo la distinción básica entre público y privado, que se limitaría a identificar el espacio público como espacio de visibilidad generalizada, en la que los copresentes forman una sociedad por así decirlo óptica, en la medida en que cada una de sus acciones está sometida a la consideración de los demás, territorio por tanto de exposición, en el doble sentido de de exhibición y de riesgo. El  concepto vigente de espacio público quiere decir algo más que espacio en que todos y todo es perceptible y percibido.

Es decir, el concepto de espacio público no se limita a expresar hoy una mera voluntad descriptiva, sino que vehicula una fuerte connotación política. Como concepto político, espacio público se supone que quiere decir esfera de coexistencia pacífica y armoniosa de lo heterogéneo de la sociedad, evidencia de que lo que nos permite hacer sociedad es que nos ponemos de acuerdo en un conjunto de postulados programáticos en el seno de los cuales las diferencias se ven superadas, sin quedar olvidadas ni negadas del todo, sino definidas aparte, en ese otro escenario al que llamamos privado. Ese espacio público se identifica, por tanto y teóricamente, como ámbito de y para el libre acuerdo entre seres autónomos y emancipados que viven en tanto se encuadran en él, una experiencia masiva de desafiliación.


La esfera pública es, entonces, en el lenguaje político, un constructo en el que cada ser humano se ve reconocido como tal en relación y como la relación con otros, con los que se vincula a partir de pactos reflexivos permanentemente reactualizados. Esto es un espacio de encuentro entre personas libres e iguales que razonan y argumentan en un proceso discursivo abierto dirigido al mutuo entendimiento y a su autocomprensión normativa, Ese espacio es la base institucional misma sobre la que se asienta la posibilidad de una racionalización democrática de la política. 

Sobre la investigación implicada


Mensaje para Muna Makhlouf, doctoranda.

Le escribo para participarle una cosa con la que me ha puesto en contacto Stefano Portelli, que, como sabe, está haciendo una valiosa investigación en las Casas Baratas del Bon Pastor. Lo conoció cuando fuimos a ver la exposición sobre la Rambla en la Virreina. Se trata de un texto de Michael Herzfeld, a quien no sé si llegó a escuchar cuando lo trajimos hace unos meses a la facultad. Un gran tipo, por cierto. Muy vitalista y cercano. En nuestra línea.

Se trata de una reflexión a partir de su experiencia en lo que están siendo las consecuencias sociales de las grandes transformaciones urbanas en un sentido gentrificador, sobre todo en los casos Pom Mahakan en Bangkok y Rione Monti en Roma. El artículo se titula “Engaged anthropology, gentrification and the neoliberal hijacking of history”, publicat a Current Anthropology Vol.51, Supl.2, Octubre, 2011, pp.259-267. Se lo adjunto, porque he dado con él en la red.

En buena medida, lo que cuenta Herzfeld tiene que ver con lo que llama investigación engaged, que podríamos traducir como “implicada” o “comprometida” y lo que implica llevar a cabo una indagación desde una perspectiva que renuncia decidjdamente a las supuestas virtudes del distanciamiento científico y toma partido por una de las partes concernidas en un determinado conflicto derivado de cambios en la morfología urbana. La interpelo a usted porque este un asunto sobre el que hemos hablado con especial insistencia, pero podría dirigirme a Marc Morell, en función de su trabajo en el Barri de Palma; a Marc Dalmau, en la Colònia Castells, o a Marco Stanghieri en Vallcarca.

Creo que lo que plantea es muy interesante por lo que hace a la manera como esa implicación política del investigador, dejando de lado sus implicaciones éticas, si usted quiere, tiene implicaciones metodológicas y epistemològicas que no están en absoluto exentas de una importancia crucial. Me parece bien interesante lo que razona Herzfield.

Stefano también me habla de trabajos en esa misma línea de implicación investigadora o investigación implicada. Se refiere a Fabiana Valdoski, geògrafa del Grupo de Estudos sobre Sao Paulo (GESP/LABUR), que trabaja el caso de la favela Monte Azul;  los sociòlogos Tuna Kuyucu i Özlem Ünsal al barri de Basıbüyük, en Estanbul –Stefano estuvo por allí hace no mucho–, o Jordi Quiñonero en el barri del Partidor de Alcoi. Mire a ver qué encuentra por ahí y páseme las referencias, hágame el favor. Por supuesto que ahí hay que incluir a nuestro maestro y amigo Jaume Franquesa al barri Sa Calatrava de Mallorca, que es bien importante lo que ha aportado en esa misma línea.

A esos ejemplos, me permito añadir otro con el que he tenido un feliz contacto reciente. Se trata de Ibán Díaz, un profesor de geografía humana de la Universidad de Sevilla que presentaba hace unos días su tesis doctoral. Brillante. Es sobre la gentrificación en Sevilla, con una atenciòn particular en el barrio de Almeda. Excelente trabajo. Su director ha sido Víctor Fernández Salinas.  Mire el título: "Segregación, intervención urbanística y cambio social en Sevilla. La gentrificación del sector San Luis-Alameda en el marco del planeamiento general de 1987". Ibán estuvo trabajando con la gente del Gran Pollo de la Alameda, o sea que un excelente ejemplo de eso mismo de lo que estamos hablando ahora y de lo que tantas veces hemos charlado. A partir de ahí, he descubierto un libro suyo muy interesante que vale la pena que tenga presente. Se titula Sevilla, cuestión de clase (Atrapasueños). Voy a pedirlo. Creo que a Marc Morell le parecerá interesante. Le mando una cosa suya que he encontrado y le animo a buscar más cosas de este hombre.





dimecres, 17 desembre de 2014

Evocación de Medellín


En marzo de 2001, la arquitecta Nora Elena Mesa, de la Universidad Nacional de Colombia, me pidió que respondiera a una serie de preguntas sobre Medellín. Estas fueron las respuestas que le mandé y que aparecieron luego publicadas en un libro compilado por Nora y titulado Vivencias, hablas, relatos, narrativas y discursos sobre la ciudad. Medellín 1995-2005 (Escuela de Arquitectura, Universidad de Antioquia, Medellín, 2001)

1. ¿Cuándo usted piensa en Medellín, qué se le viene a la cabeza?
Difícil de establecer, puesto que mi experiencia de Medellín está hecha de estallidos y fulgores súbitos, algunos tan infinitesimales que creo que sólo yo mismo llegué a percibirlos. Tal vez la exuberancia perceptiva del centro. Ya saben: Parque Bolivar, Junín, la Playa, las aceras que rodean el edificio Coltejer... Acaso la primera impresión, bajando de noche, desde el aeropuerto, por la carretera de Las Palmas, contemplando por vez primera el espectáculo de la ciudad como una masa iluminada, en una imagen con la que me reencontré en alguna otra ocasión más tarde, en algún local cercano a la carretera de Santa Elena, incluyendo diminutos incendios en las laderas de enfrente.

2. ¿Cuándo usted piensa en el río Medellín, que se le viene a la cabeza?
La verdad es que sé que un río del mismo nombre atraviesa Medellín. Divisando la ciudad de día, a distancia, lo he podido comprobar. En cambio mentiría si dijera que, abajo, practicando la ciudad, recibí la impresión de estar en una ciudad con río. En las seis o siete veces que he visitado Medellín no recuerdo haber hecho ni visto nada que tuviera que ver con ningún río. No he atravesado puentes, no me he asomado a barandilla alguna sobre algo que pareciese a un cauce fluvial, no he paseado por ribera alguna.

3. ¿Cuándo usted piensa en las montañas del valle de Aburrá, qué se le viene a la cabeza?
Con luz diurna, algo parecido a una imagen duplicada de la ladera que determina la percepción de mi propia ciudad –Barcelona, la sierra de Collcerola, que la flanquea por uno de sus lados lado. De noche, una sensación vertiginosa de estar literalmente asediado por un ejército innumerable de luciérnagas gigantes, que allí, me dijeron, se llaman cocuyos.

4. ¿Cuáles son los sitios más importantes que visitó o conoce de la ciudad?
¿Qué querrá decir "importantes"? ¿Para quién deben serlo esos sitios que se me invita a rememorar? Puestos a responder: los edificios emblemáticos, por razones administrativas o por su belleza; las calles del centro; los centros comerciales; los barrios de la Comuna Nororiental que pude conocer; ciertos barrios... Calles que, por cierto, me sorprendió que se llamaran como números, teniendo tantos nombres posibles: la calle donde uno tomó aguardiente por última vez; la calle en que había un local que parecía dedicado a morir escuchando tangos; la calle donde mujeres vendían jabones y elixires portentosos en puestos ambulantes. Había una plazoleta, cerca de la calle 59, que debía haberse llamado “La de dos muchachos que se besan bajo un árbol”, y una Avenida cuyo verdadero y oculto nombre era “Gran Circular que, al atardecer, atraviesan los amantes (jugándose la vida)”.

5. ¿Por qué?
Supongo que no debería negar que me impresionaron, por su vocación solemne, la antigua gobernación, el Palacio Nacional, la Catedral Metropolitana, la Iglesia de la Candelaria. Pero la verdad es que centros comerciales como San Diego o los almacenes Éxito me parecieron, a pesar de su estatus de lugares prosaicos, no menos fascinantes a la hora de jugar a las comparaciones con espacios parecidos que conozco en Europa. El metro se me antojó espantoso la primera vez que vi el hachazo que había propinado a la forma de Medellín. En cambio, no sería sincero si afirmase que esa primera impresión se ha mantenido. Con posterioridad, pude darme cuenta de cómo los medillenses no sólo lo usaban, sino que también lo habían poetizado. Acabé, primero por respetarlo; luego, al final, creo que sentía por su omnipresencia algo parecido al cariño.
Me pareció detestable tanto el edificio de la Alpujarra como la plaza que se extiende a sus pies. El Pueblito Paisa, cita ineludible de todo turista en ejercicio en Medellín, me pareció sencillamente ridículo, como me lo parecen sitios parecidos que se erigen en tantas ciudades del mundo. Qué curioso. ¿Cómo es que la gente de Medellín se empeña en vanagloriarse de lo que de menos valor posee, al tiempo que valora tan poco –o simplemente ignora– lo que de veras atrapa para siempre a sus huéspedes?
Aprecio considerablemente todo lo que tuvo que ver con los aledaños de la Carrera 70, entre la Calle 44 y la Circular 1. Les ruego que no me obliguen a dar más explicaciones al respecto.
En principio, el Poblado debería serme antipático. En cambio, acepto que pase ratos magníficos por allí. Al lado, he visto en la plaza de Envigado monumentos que los simples mortales desconocen y de los que yo supe, un rato en que me constó que hay cosas que duran siempre, aunque se acaben.
Tuve una hermosa experiencia cuando visité Villa Guadalupe y Versalles 2, en la Comuna Nororiental. Pude conocer de cerca muchas de las gentes cuya actividad casi estocástica me fascinaba allá abajo, en el centro. Vi dónde y cómo vivían, como se divertían, y me hablaron de su mundo. Reconozco que me estremecí ante la grandeza imprevista de lo humano. Uno duda a veces de si no se equivoca y pierde su tiempo tomando inutilmente partido. Allí, por unos momentos, estuve convencido de que no y que una distancia enorme debe separar siempre el escepticismo de la pasividad.

6. En ellos, ¿qué olores, eventos y edificios resaltan?
Si tuviera que hacer un inventario de las cualidades sensibles que Medellín me impuso, destacaría un profundo olor a carburante que lo dominaba todo, pero que significativamente no me resultaba desagradable. Sonidos: el del sistema de apertura hidráulica de las puertas de los autobuses, que era como una especie de silbido que cada mañana me despertaba. Lo amaba. Por supuesto, ¿cómo olvidar el constante hilo musical de fondo, que me ha convertido en consumidor conspicuo de música vallenata –Diómedes Díaz, Las Musas, Patricia Teherán, Otto Serge, el Binomio de Oro, por descontado Escalona– y las carrileras –las Hermanas Calle, Dario Gómez. Incluso, a pesar de mis reservas iniciales, llegué a apreciar los bambucos y los pasillos. En cuanto a los edificios singulares que recuerdo, siento reconocer que en todos ellos se servían bebidas alcóholicas y se bailaba hasta bien entrada la noche.

8. ¿En qué acontecimientos de la ciudad participó?
Como espectador y partícipe –como víctima feliz– en la Fiesta de Flores. Impresionante. Como invitado oficial, estuve en el VII Congreso de Antropología, en 1994, y el IV Encuentro Hábitat-Colombia, el 1997.
También pude ser testigo de cómo se destruye sin misericordia, obedeciendo criterios estúpidamente estetizantes, una parte de la ciudad hermosa y terrible al mismo tiempo. Ver como se “reconvierte” e “higieniza” el sector de la Veracruz me recordó episodios parecidos que ha conocido mi ciudad –Barcelona–, en los que se ponía de manifiesto hasta qué punto lo que caracteriza al urbanismo continúa siendo un odio a muerte contra lo urbano, una voluntad obsesiva por someterlo a toda costa, por convertirlo en lo que ni puede ser ni será nunca: coherente.
Más allá de esos acontecimientos percibidos por todos como tales, tuve el honor de protagonizar hechos notables, en algunos casos sin parangón, aunque sospecho que, como he dicho, sólo yo mismo los viví como tales.

9. ¿Cómo le parecieron?
En las calles de Medellín soporte aguaceros y me torcí un tobillo. Conocí recibimientos triunfales y despedidas clamorosas, pero también fui derrotado, hecho prisionero y ejecutado al anochecer. Supe de lo que llena de vanidad a un hombre, pero también de vergüenza. Me exhibí, pero también anduve por ahí, ocultándome o negándome a salir. Allí me equivoqué, sin que me pese.

10. ¿Desearía volver a Medellín?
Lo que a veces quisiera es escapar de allí alguna vez.

11. ¿Por qué?
Porque uno no siempre escoge cuando marcharse de una ciudad. Como dice un poema de Pessoa, a veces piensa que se va; pero no se va, nunca se va.
 

dilluns, 15 desembre de 2014

"Contra els exàmens presencials"

La foto és de Francisco Villegas
Una revista universitària ja desapareguda, i de la que no conservo referència del seu nom, va emplaçar-me a dir el que pensava a propòsit dels exàmens presencials. Això és el que els hi vaig contestar. Va ser publicat l'1 de febrer de 1993.

Entre els corrents que han determinat el pensament social de les darreres dècades, dos, produïts als anys 60, destaquen per haver atès lúcidament les figures contemporànies de la dominació. L’un, encapçalat per Erving Goffman, va  interessar-se pels sistemes pràctics de control radical. L’altre , del qual l’expressió més el·loquent és Michel Foucaoult, preferí treballar en l’esbrinament genealògic de les tecnologies de sotmetiment. Totes dues escoles van assenyalar àmbits on els règims d’acatament assolien un dintell màxim d’incontestabilitat i eficàcia : la presó , la caserna. L’hospital, l’asil, el manicomi, etc… Malgrat que l’aparell educatiu no pot considerar-me  del tot aliè a aquestes jurisdiccions, les instal·lacions docents sols parcialment compleixen els requisits, com a tendències absolutizadores, que les hologarien amb les “institucions totals” goffmanianes o amb els territoris extrems del “vigilar i castigar”foucaltià”. En canvi, esiixteix  a la vida acadèmica una parcel·la que sí que reprodueix les característiques pròpies dels moderns mecanismos de coerció total: els exàmens presencials.

Al marge de la seva dubtosa qualitat com a Font d’informació sobre el saber de les persones, l’examen és u n acte ritualitzat que implica la col·locació de certs individus en una situació de total inferioritat i vulnerabilitat davant la persona o persones que els supervisen. ·En el moment de començar l’exercici les portes es tanquen i l’aula esdevé una zona absolutament aïllada de l’exterior, on el reunits assumeixen una condició similar a la t’aquarteres.


A més, els examinadors só0n, al mateix temps, isolats els uns del altres, quedant en una situació que lliteralment és la d’incomunicats. El professor distanciat ara més que mai de l’alumne- es transforma en un sentinella que delata els moviments sospitosos en el si d’un grup humà format, lògicament, per previsibles culpables perquè, dels escrutats, s’espera que aprofitin la mínima oportunitat per transgredir les normes. Les infraccions aleshores han de ser descobertes per aplicar al desobedient represàlies. Els exàmens són sempre un interrogatori amb violència, ja que l’eclaustrament i la situació d’igualitats són psicològicament viscuts per llurs víctimes com a coaccions. A més d’una indagació sobre les coses que la gent porta al cap, tot examen és, al mateix temps, també un judici a mans d’un tribunal. Al veredicte dictat, l’oscil·lació suspès/aprovat substituirà la de culpable/innocent. De qualsevol forma, tot això rebeuix a canviar. La proliferació del exàmens test implica un nou model disciplinari d’inspiració clínica. L’objectivitat científica s’utilitza per auxiliar les desacreditables formes rudimentàries de valoració o pressió. ¿Com es pot discutir un 3,657 de nota? La incorporació al codi de les ciències de l’educació de la noció de “diagnòstic”, per parlar de certes formes d’avaluar, obre unes inquietants possibilitats en el camí de la renovació pedagògica.




diumenge, 14 desembre de 2014

"El niño y la batuta"

La foto es de Yanidel
Billete publicado en El Pariódico de Catalunya, el 21 de septiembre de 1996

Una vez al año, las grandes orquestas organizan un concierto extraordinario dedicado a los niños. Como colofón, uno de los pequeños es invitado a subir al escenario, donde el director le entrega la batuta y le invita a dirigir la orquestra. El pequeño agita sus manitas dictando un compás imposible de obedecer, lo que no impide que los músicos interpreten a la perfección la partitura que tienen delante y que ya se saben de memoria. Por su parte, el público infantil participa, sin creérsela, de la ilusión óptica de uno de los suyos dirigiendo un conjunto sinfónico.

El gran espectáculo democrático de las elecciones viene a ser lo mismo. Cada tanto tiempo podemos exicitarnos ante la visión de unos ciudadanos que, durante unas cuantas semanas, se entregan a todo tipo de contorsiones y piruetas con tal de motivar la atención y la simpatía del público. Éste tiene en el circo que se despliega ante sus ojos –mítines, debates, declaraciones, encuestas- una fuente de emoción y de incertidumbre, no muy distinta de la que suele respirarse antes de las grandes citas futbolísticas.

Al final, luego del clímax de la noche electoral, el melodrama se resolverá cuando la gran magia democrática repita su portento y unos papelitos introducidos en una especie de pecera se transformen milagrosamente en la voluntad popular hecha carne ente nosotros.

Entonces, una criatura será llamada a escena y, ante la mirada cómplice de un público infantil, dirigirá imaginariamente una orquesta sinfónica a la que, en realidad, le tiene del todo sin cuidado quén tenga en sus manos la batuta. Y así siempre, hasta ese día en que por error suba a la tarima un niño malo y le dé por cambiar la partitura.



El triunfo póstumo de José María de Porcioles


Comentario para la doctoranda Muna Makhlouf

Le recomiendo que atienda el texto de Manuel Castells que le propuse (La ciudad y las masas, Siglo XXI) como marco global de aquella aparición del sindicalismo urbano en Europa a finales de los 60 y haga una síntesis de lo que ha leído en la bibliografía que le pasé sobre la historia de esos movimientos en España y sobre todo en Barcelona. Por cierto, entre el material que le referencié no me acuerdo si estaba o no una historia sistematizada bastante completa de las luchas vecinales en Barcelona entre 1960 y 1988: Miguel Domingo y Maria Fosa Bonet, Barcelona i els moviments socials urbans, Fundació Jaume Bofill, 1998.

Me daría rabia que no lo hubiera tenido en cuenta, porque su conclusión es un poco la que le adelantaba: que buena parte de las asociaciones de vecinos han conocido un proceso de acomodamiento que no ha resultado sino de su institucionalización por parte del Ayuntamiento, que las ha convertido en no pocos casos en protagonistas de simulacros de participación y en correas de transmisión de sus intereses y argumentos. La paradoja consiste en que había protestas cuando no había derecho a la protesta y que, en cuanto ese derecho fue conquistado, los vecinos dejaron de protestar o lo hicieron más mansamente, demostrando una vez más la astucia del orden político a la hora de domesticar a sus críticos, convirtiéndolos en cómplices dependientes de la prebenda y la subvención. Lea el libro que le pasé y verá cuánto hay de común entre las problemáticas de “entonces”, es decir de la época del alcalde Porcioles, y las de ahora. Supongo que habrá trabajado usted un libro fundamental para su investigación: el de Manuel de Solà-Morales, titulado Barcelona. Remodelación urbana o desarrollo capitalista en el Plan de la Ribera, editado por Gustavo Gili nada más y nada menos que en 1974. Recordará que en su introducción se advierte cómo aquel momento se caracterizaba por la creciente concentración financiera de los operadores interesados en la remodelación urbana cuya actuación se lleva a cabo “mezclando el capital privado con grandes inversiones públicas”. Es decir, como ahora.


El libro que le entregué es la edición, como habrá visto, de uno de los números monográficos que la revista del Colegio de Arquitectos Técnicos –CAU– dedica a Barcelona, titulado La Barcelona de Porcioles. Como habrá visto, el libro aparece en 1974. Por curiosidad, una vez entregada su tesina, échele un vistazo al ejemplar en que, treinta años después, la revista L’Avenç reunía en una mesa redonda a los coautores de aquel libro para hacer balance de lo transcurrido desde entonces: “La Barcelona de Porcioles”, L’Avenç, Barcelona, 295 (octubre 2004), pp. 28-38.


Si le interesa –pero siempre para cuando haya entregado lo que está ahora acabando- hubo otro monográfico en la revista CAU, que apareció bajo el epígrafe Gran Barcelona, coordinado por Jordi Borja y al que contribuyeron firmas como la de Marsal Tarragó, Pau Verrié, Joaquim Lleixa o Manuel de Solà Morales, algunos de ellos teóricos y ejecutores de la Barcelona que vendría después. Le hubiera interesado, porque en aquel número se denunciaba precisamente como “el Plan de la Ribera puede permitir las ventas de terrenos para uso privado –en lugar de expropiación pública– para utilizarlos como fachadas al mar y convertirlo en una tradicional operación especulativa de construcción de viviendas de standing medio con un índice de edificabilidad alta”. Estamos hablando del número 10, que apareció en noviembre de 1970. Le será fácil encontrarlo porque luego salió como libro, editado por el mismo Jordi Borja: Gran Barcelona, Alberto Corazón, 1972). Está en la biblioteca de la facultad. Y es ahí donde volvemos a lo que no hago sino repetirle y que escribí en La ciudad mentirosa. Se dice que el pecado del estado de cosas urbanístico actual en Barcelona es que se ha doblegado a los imperativos formales y éticos de las dinámicas del capitalismo mundial. Pero cómo decir que ésta no es que no sea una característica singular de la actualidad en materia de iniciativas urbanas Barcelona, sino que la clave internacionalizadora ha sido un elemento clave de la lógica del crecimiento urbano en Barcelona, cuyo primer paso fue la Exposición Universal de 1888. Esa lógica será asumida por los ayuntamientos franquistas y se concretará en el lema acuñado durante el mandato de Porcioles. “Barcelona, ciudad de Ferias y Congresos”. Por lo demás, la filosofía de acuerdo con la cual Barcelona tenía que experimentar sus grandes "estirones" basándose en macroacontecimientos de repercusión mundial no conoce un paréntesis entre la Exposición Universal de 1929 y los objetivos que se plantean Narcis Serra y Pasqual Maragall como alcaldes de la ciudad. El Congreso Eucarístico de 1952 es no sólo el primer gran éxito diplomático del régimen franquista, sino también la excusa que permite urbanizar los aledaños del sur de la Diagonal y servirá como precedente no confesado de lo que mucho más tarde será el espíritu ecuménico en torno a los nuevos valores místicos postmodernos del Fórum Mundial de las Culturas en el 2004.


Hoy nadie se acuerda que el mismo José Maria de Porcioles concibió la idea de celebrar en Barcelona una Exposición Universal el año 1982, cuyo destino hubiera implicado la transformación de la parte "pendiente" de la montaña de Montjuïc –los barrios de Can Clos y del Polvorí– y el remodelado de los alrededores del Carrer Tarragona, con la apertura de un gran corredor urbanizado que uniera el recinto ferial de Montjuïc y la entrada del entonces ya previsto túnel de Vallvidrera: la Avenida de la Exposición. Sorprende cómo los argumentos de Porcioles en defensa de su proyecto de gran acontecimiento serían idénticos a los que luego alimentarían el proyecto olímpico o el Fórum 2004: “La exposición puede y debe ser el instrumento adecuado para encauzar la expansión de Barcelona y promover, a la vez, su reforma interior, de acuerdo con las exigencias que implica su crecimiento y obliga la profunda transformación social”. Lo puede leer en el capítulo “Porcioles ‘ministro’ de Franco en Barcelona”, en Ignasi Riera, Los catalanes de Franco, Plaza & Janés, 1999, p. 356). 


Me parece que le comenté que la deuda de los criterios de crecimiento y desarrollo de la Barcelona “democrática” respecto de los de la “franquista” es tan explícito que dio pie a polémicas como la desatada a raíz de la emisión en la televisión pública catalana en octubre del 2004 de un documental que retomaba el formato del mencionados números especiales de CAU –el que le pasé en formato libro, el dedicado al porciolismo, que se formulaba como una abecedario– en el que se hacía poco menos que una exaltación de la figura del principal alcalde franquista de la ciudad, al que se mostraba como un visionario precursor que había abierto el camino al desarrollo posterior de la capital catalana, prefigurando lo que serían las líneas principales de su evolución, al tiempo que se ocultaban los motivos que habían hecho uno de los personajes más odiados y por más gente de la historia de Barcelona: su enriquecimiento personal a costa de la ciudad, la desconsideración a cualquier cosa que obstaculizara sus recalificaciones salvajes, su desprecio hacia la provisión de equipamientos y servicios, la persecución policial contra la oposición de los vecinos, etc. Tendría que haber escuchado las o– las alabanzas que vertían sobre Porcioles Narcís Serra o Pasqual Maragall, aunque este último ya le hubiera dedicado un elogio fúnebre con motivo de su desaparición en octubre de 1993. De hecho, el Ayuntamiento de Barcelona le hubiera concedido a su antiguo alcalde franquista la medalla de oro de la ciudad en 1984.


Pero, en cambio, todo ello no debería resultar nada extraño si pensamos en que los personajes centrales de la concepción y gestión del "modelo Barcelona" habían estado a las órdenes directas de José María de Porcioles y tenían motivos para expresar su reconocimiento. Ese es el tema del que le hablé y del que, por supuesto, nadie habla. La mayoría de responsables del “modelo Barcelona”, lo campeones de la democratización municipal, ya estaban trabajando en lugares estratégicos de la administración municipal predemocrática, en las tareas de revisión del Plan Comarcal de 1953, que se desarrollan a partir de 1964. Su papel no habría de ser marginal, sino determinante en todos los sentidos, puesto que si algo caracterizó la hegemonía del franquismo desarrollista fue la responsabilidad y la independencia asignada a los técnicos, que, en el caso de Barcelona, venía reconocida por la estratégica Carta Municipal que Porcioles se encarga de hacer aprobar en 1960. Así, Joan Anton Solans –el principal diseñador del Plan General Metropolitano en la primera mitad de los 70– fue concejal en el primer consistorio democrático y ocupará hasta 1980 el lugar de delegado de los Servicios de Urbanismo.


Otra personalidad clave en la reorganización territorial de la ciudad bajo la dictadura fue el ingeniero Albert Serratosa, director del PGM entre 1970 y 1975 y posteriormente del Plan Territorial Metropolitano de Barcelona y presidente del Institut d’Estudis Territorials de la Generalitat de Catalunya. El mismo futuro alcalde Pasqual Maragall se incorporará a los equipos municipales a mediados de años 60 y participará en la última fase de la elaboración del PGM como responsable del correspondiente estudio económico y financiero. Jordi Borja se incorpora al gabinete de ordenación urbana municipal en 1968. Todos ellos –y otros que compartían sus perspectivas “progresistas” sobre la ciudad: Ernest Lluch, Manuel de Solà Morales, Jolpí, Rubio Umbarella...– serían aglutinados por Serratosa, que será destituido por el último alcalde franquista de Barcelona, Joaquim Viola, pero continuarán a las órdenes de sus sucesores, Xavier Subias y Antoni Carceller, todos actuando en el seno del órgano que debía aprobar de manera definitiva el PGM. 

Por supuesto que el protagonismo de todos estos profesionales en la organización urbanística de Barcelona bajo el porciolismo no supone que no les guiara la mejor de las intenciones, incluso la convicción de que estaban actuando a la manera de “infiltrados” del urbanismo progresista en el seno del franquismo municipal. Se trata de reconocer que la incorporación de estos y otros profesionales de izquierda al diseño de una idea de ciudad que ellos mismos se encargarían de aplicar más adelante no respondió a la candidez de un sistema político que se dejaba invadir por todo tipo de caballos de troya en materia de planeamiento urbano. Esa aparentemente anomalía –técnicos de izquierda y hasta de extrema izquierda al servicio de gobiernos de extrema derecha– resulta de que las fuerzas y poderes reales de los que dependía e iba a depender el futuro de Barcelona ya eran conscientes de qué tipo de transformaciones y responsables se adecuaban mejor a sus proyectos por incorporar competitivamente a la ciudad a los requerimientos del nuevo capitalismo global. En otras palabras, la actual Barcelona partió de la determinación, por parte de los ayuntamientos franquistas, de poner la ciudad a disposición de los intereses del capitalismo inmobiliario y financiero internacional. Determinación en la que los posteriores gobiernos municipales nunca han cejado, aunque hayan adornado su servilismo con concesiones en forma de intervenciones en materia de equipamientos –que con frecuencia han servido como mecanismos paralelos de revalorización del suelo–, a una preocupación escenográfica desconocida en el periodo anterior y a una participación ciudadana concebida como sumisión y dependencia.


[La imagen corresponde a la salida de la catedral de Barcelona en coche descubierto de José María de Porciones y Francisco Franco, en la visita de este último a la ciudad el 18 de junio de 1970]




La nueva izquierda contra las masas

La foto es de Andreas Gursky
Apuntes de la clase de Antropologia de los Espacios Urbanos, 27/11/14 (2)

El auge de los autoritarismos en la década de los años 30 del siglo XX, de la que hablamos en la primera parte de la clase, va a suponer un punto de inflexión en la consideración teórica de las masas desde la izquierda, en buena medida gracias al contacto entre psicoanálisis y marxismo, es decir entre dos perspectivas antepuestas e irreconciliables acerca de las muchedumbres activas en las ciudades del mundo industrializado, de un lado la de Freud, deudora de Le Bon y los teóricos reaccionarios en su línea; del otro, la confianza de Marx, Engels y Lenin en la genialidad natural de las masas. De corresponder a quienes desde una posición u otra recelan y temen su potencial revolucionario, pasa a convertirse, frente al terrible espectáculo del apoyo popular a los grandes movimientos totalitarios, en denuncia de la facilidad con que caen en manos de demagogos enloquecidos. La izquierda freudiana que encarnan Paul Federn, Erich Fromm o Wilhem Reich señala que la regresión afectiva, intelectual y moral que experimentan los individuos subsumidos en una masa conduce no a la revolución, sino al fanatismo, como si los acontecimientos que preparan la segunda guerra mundial fueran la confirmación del símil que los teóricos de la psicología de masas habían tantas veces propuesto entre los estados de fervor colectivo y la hipnosis.

Porque en eso consistió el auge del estalinismo, del fascismo o del nazismo según su interpretación en clave psicoanalítica: en un colosal mecanismo de sugestión a través del cual líderes carismáticos perversos habían conseguido secuestrar la conciencia y la voluntad de la gente hasta convertirla en una horda de títeres sanguinarios, capitalizando en su favor la ansiedad provocada por una economía sexual restrictiva. A partir de ese momento, no sólo todos los ensayos de confluencia entre psicoanálisis y marxismo asumirán postulados en relación con el asunto de las multitudes que hasta bien entrado el siglo XX habían sido exclusivos del pensamiento burgués-reformista o conservador, sino que tan asunción acabará impregnado el grueso de la Escuela de Frankfort, que incorporará a la crítica a las masas elementos de la teoría de la alienación de Marx y Engels, relativa a los factores que, propiciados por la explotación capitalista, obstaculizan la realización de las mejores cualidades humanas.

Es ese el marco en que empiezan a circular producciones teóricas que alcanzarán una notable popularidad e influencia en los Estados Unidos en la década de los 50, como el estudio dirigido por Theodor Adorno y publicado con el título de La personalidad autoritaria (Akal), un concepto deudor del "carácter autoritario" al que antes se habían referido Reich y Fromm. Tal sensibilidad hacia los condicionantes psicológicos del cambio de bando de las masas, propia del psicoanálisis suavemente marxista y de los autores frankfurterianos fue asumida por la intelectualidad liberal estadounidense, en un clima al que no es ajena la aportación de Hannah Arendt sobre la distinción pueblo-populacho a propósito del Estado totalitario y la complicidad que en su constitución y mantenimiento encuentra este en las masas, concebidas de manera paradójica como la consecuencia de una sociedad sin clases. Esto lo tenéis en un libro bien conocido, publicado en 1958, que es  Los orígenes del totalitarismo (Taurus). En la mejor línea reaccionaria de Gustave Le Bon –a quien dedica un encendido elogio–, Arendt ve la masas como una entidad amorfa, ajena o contraria a toda estructuración o jerarquía organizativa, impulsada por instintos "más allá del control del individuo y, por ello, más allá de la razón", sin ideales, sin intereses, estúpida, y por tanto maleable desde la demagogia, en todo momento predispuesta para que en su seno se generen bandas violentas e irracionales, que Arendt llama mob, del latin mobile vulgus, es decir vulgo caprichoso y sin criterio.

A partir de determinado momento, después de la segunda guerra mundial, ese papel central otorgado a las masas en los discursos para la transformación socialista y el derrocamiento del capitalismo desaparece o se debilita en una buena parte de la izquierda intelectual, que parece renunciar al leninismo como metodología revolucionaria y hace suyas las presunciones individualistas de la tradición liberal-republicana, con su consabida censura de la "sociedad de masas" y la pereza intelectual de las "mayorías silenciosas".  El exitoso libro de David Riesman La muchedumbre solitaria (1950, en Paidós), implicará una formalización sociológica de ese personaje "dirigido por otros" que se instalará en la cultura popular de los países industrializados y vendrá a ser algo así como el engarce que vinculará el "hombre-masa" orteguiano con "el hombre unidimensional" de Marcuse (El hombre unidimensional, Ariel). Se vuelve así a asimilar la masa a una nube densa  de individuos desanclados, que se agitan como zombis por los espacios del consumo y el ocio irresponsable, atontados ante todos los reflejos que se hacen brillar ante ellos o que se amontonan fascinados por todo tipo de espectáculos no en vano presentados como "de masas".

La concreción de todo ello es que al marco de las turbulencias obreras y estudiantiles de los años 60 del siglo pasado concurren dos tendencias. Una se mantiene fiel al canon marxista sobre el papel central atribuido a las masas, aunque ahora sea de la mano de corrientes que se colocan a la izquierda de los partidos comunistas institucionalizados y que se definen como castristas, guevaristas, trotskistas o maoístas. Pero, en paralelo, surgen corrientes de pensamiento revolucionario que, procuradas desde la izquierda contracultural norteamericana, los situacionistas o desde corrientes neomarxistas o neoanarquistas europeas, asumen como propia la que hasta hacía unas décadas había sido la crítica a las masas propia de la tradición liberal, incluyendo una nueva manera de vindicar los valores de la subjetividad personal y la soberanía del individuo, incluyendo implícita o explícitamente buen número de las premisas de la psicología de masas de finales del XIX. Un ejemplo lo tenemos en cómo en su teorización de lo que había sido la ocupación de la Columbia University en 1969, Marc Rudo titule uno de sus apartados "El fracaso de la 'política de masas". Esto está en "Columbia: notas sobre la rebelión de la primavera", en Textos de la nueva izquierda (Castellote).



dissabte, 13 desembre de 2014

Lectura recomendada: Gerard Horta y Dani Malet Calvo, "Hiace. Antropología de las carreteras en la isla de Santiago (Cabo Verde)


Lectura recomendada: Gerard Horta y Dani Malet Calvo, Hiace. Antropología de las carreteras en la isla de Santiago (Cabo Verde), Pol·len Edicions, Barcelona, 2014, 262 páginas.

Hiace es un modelo de furgoneta para el transporte colectivo interurbano muy extendido por el África continental e insular. Por ello, dos antropólogos irrumpen durante tres otoños en Santiago a fin de desarrollar el trabajo de campo de una investigación que refleja los vínculos entre el proceso de motorización africano y la historia general y las experiencias colectivas del transporte rodado en Cabo Verde. Así, se analizan las relaciones de poder, las carreteras santiaguenses como fenómeno social, la siniestralidad viaria, las dimensiones económicas, laborales, simbólicas e instrumentales de esos vehículos, la cotidianidad de sus conductores y pasajeros, la polifacética perpetuación colonial, la regularización de «lo informal», etc.

Evocació de les lluites contra el Pla Bolonya al Campus Raval de la UB, al curs 2008-2009


De vegades se'ns obliden les coses. El curs 2008-2009 va ser especialment memorable. Va ser tot un curs de mobilitzacions contra el Pla Bolonya. Aquest vÍdeo va ser un muntatge que vaig fer en aquells moments. Reflecteix bé aquells dies de festa i de lluita, en el que el Campus Raval de la UB va conèixer una vida i una alegria extraordinària, que alguns i algunes enyorem amb raó.


divendres, 12 desembre de 2014

BARCELONA I ELS MUSEUS COM A PESSEBRES Declaració de GRECS


BARCELONA I ELS MUSEUS COM A PESSEBRES
Declaració de GRECS, Grup de Recerca en Exclusió i Control Socials
Universitat de Barcelona

Fa diverses dècades que els museus etnològics clàssics, guarnits a les antigues metròpolis amb fons provinents dels territoris d'ultramar, experimenten arreu una mena de crisi existencial. Concebuts i inaugurats de manera general durant l'època d'exaltació de l'empresa colonial com a instruments de propaganda, només sobreviuen a la mala consciència dels temps actuals al preu d'una reformulació museogràfica completa, per bé que aquesta pot prendre rumbs molt diversos. En alguns casos, aplicant una estratègia generalitzada dins del sistema museístic internacional, aquestes institucions, hereves dels gabinets romàntics de curiositats, han encetat processos d'autorreflexió -i, per què no, també d'autoinculpació- que s'han traduït en una voluntat gradual de fer visibles, més o menys críticament, les condicions de la seva emergència i consolidació. En d'altres, en canvi, la manca de decisió o de lucidesa de la part dels seus gestors polítics i/o tècnics ha abocat aquestes institucions a una mena de paràlisi estructural, senyal inequívoc, de fet, d'una futura i, gosaríem dir-ne, saludable extinció.

Aquests dies, els advocats de la política cultural de l'Ajuntament de Barcelona deuen estar redactant recargolats al·legats, a l'aixopluc de les dignes teulades del Palau de la Virreina, allà on rau l'Institut de Cultura de Barcelona, per tal d'apagar l'incendi provocat pel judici públic obert al Museu Etnològic de Barcelona (d'ara endavant MEB). Com correspon als temps que corren, la polèmica envolta aquesta vegada la suposada cosificació de la cultura i identitat catalanes que posarà en pràctica el nou MEB a partir de l’any vinent, quan l’equipament torni a obrir les seves portes després d’una costosa reforma i d’una llarga inactivitat. Val a dir que les consignes i els titulars s'acostumen a imposar sobre els matisos, i que en aquest cas com en altres fóra convenient no confondre de manera automàtica els desitjos humits dels comissaris encarregats de vetllar pel compliment de l'ortodòxia amb el pragmatisme i el sentit comú que afortunadament encara romanen entre els tècnics que gestionen aquests equipaments. Sigui com sigui, se'ns anuncia que el MEB serà espoliat -mai millor dit- de les seves col·leccions exòtiques, provinents en la seva major part dels països que havien format part en un moment o altre de l’atribolat imperi colonial espanyol, com ara Mèxic, el Perú, el Marroc o Guinea, i que ara hauran de cercar la seva terra de promissió al flamant Museu de les Cultures del Món (sic). Mentrestant, el nou MEB farà, diguem-ne, de la necessitat virtut, aprofitarà una part de les immenses col·leccions de cultura material que havien estat integrades a l’antic Museu d’Arts, Indústries i Tradicions Populars i, sense cometes que convidin a prendre una certa distància irònica, rebem la noticia que d'ara endavant centrarà la seva proposta museogràfica en l’exhibició d’objectes que pertanyen a la(es) cultura(es) catalana(es), sigui el que sigui que això signifiqui.

A la dècada dels 90, alguns de nosaltres vàrem col·laborar en diverses ocasions amb el MEB. Recordem que aleshores la institució, un estrany i incòmode edifici construït a partir de mòduls hexagonals, a la manera d’un rusc gegant, patia malalties comuns amb la resta d’equipaments culturals de la ciutat (formació inadequada d’una part dels seus treballadors, un finançament que abocava al museu a la lluita per l’estricta supervivència, etc.) i d’altres que n’eren pròpies, com ara l’estructura rígida dels seus espais expositius, les dificultats d’accés a través dels camins de la muntanya de Montjuïc o la seva ubicació al revolt més tancat del vell circuit. Recordem, també, l’angoixa amb la qual l’equip de direcció vivia les magres estadístiques de visitants, sabedor que, davant l’embranzida neoliberal que assolava la Barcelona postolímpica, la supervivència del museu depenia del criteri insondable d’uns polítics ofuscats per assolir l’estricta rendibilitat econòmica dels equipaments culturals, insensibles a qualsevol raonament pedagògic, històric o fins i tot moral. Enmig del clímax d’autocomplaença que l’anomenat “model Barcelona” va estendre entre les elits polítiques i culturals de la ciutat, el MEB llanguia a les faldes de la muntanya, tot expiant els seus orígens colonials, amagat per no fer nosa, condemnat al silenci perquè el seu patrimoni semblava encabir-se poc i malament dins de la gàbia daurada en que s’havia convertit la xarxa de museus barcelonins. Just com ara.  

Ara, les nostres elits polítiques i culturals –ves que no siguin, al cap i a la fi, les mateixes- han trenat afanosament una solució per al MEB, al seu parer definitiva, un nou pas de volta dins l’operació d’embelliment i frivolització de la gàbia cultural barcelonina: el Museu de les Cultures del Món. Emmirallat en Jacques Chirac quan era alcalde de Paris i va tirar endavant l’edificació del Musée du Quai Branly davant la protesta de bona part dels departaments d’antropologia francesos i la joia poc dissimulada dels grans marxants d’art, en Xavier Trias sembla disposat a deixar la seva empremta sobre el teixit cultural de la ciutat. L’obertura d’un museu adreçat, un cop mes, al turisme massiu que roda i s'escampa dia sí i dia també per la ciutat, i que pretén essencialment rescatar la dimensió estètica dels objectes pertanyents a altres societats, tot reproduint la vella consigna de que l’acte de contemplació deu ser independent de les condicions de la seva producció i apropiació –per tal d’evitar potser que informacions inoportunes contaminin el judici pur i sensible dels espectadors-, és el quid de tota aquesta operació, la guinda exòtica que li faltava al pastís –o pastitx- del carrer Montcada i, de retruc, l’equació que vol resoldre el vell problema del MEB.

Resulta un punt fascinant constatar cóm, al mercat cultural barceloní, es compleixen a la perfecció alguns dels corol·laris de la llei de Murphy, en particular aquell que afirma que tota situació dolenta és susceptible d’empitjorar. Resulta, en canvi, lamentable constatar la impunitat de què gaudeix una política cultural insensata, emparada en el control draconià de les subvencions i en les amenaces vetllades o simplement grolleres que deriven del seu exercici. La consigna, un cop més, és que qui s'hi mou no surt a la foto. Així, presentat com un fenomen meteorològic natural i inexorable, el futur Museu de les Cultures del Món s’aboca a la consagració superficial de l’exotisme, en el típic registre multiculti i acrític tant del gust de les nostres elits, tot eliminant aquelles col·leccions que, com ara les magribines –segurament les més nombroses de tot el fons del MEB-, trasllueixen una dosi massa reduïda d’exotisme i ens remeten en canvi massa explícitament a l’experiència colonial que va permetre la seva conformació. De retruc, el destí reservat per al nou MEB és un altre. Arrossegat per la marea identitària que ens envolta, però tal vegada conservant la particular declinació que CiU imposa sobre aquestes matèries –una celebració resistencial i teleològica de la cultura catalana, nodrint la ficció que aquesta es pot abstraure de la història de la lluita de classes i en definitiva de tota conflictivitat social-, el nou MEB sembla apostar, a falta d’altres informacions que ens indiquin el contrari, per la via de la reïficació del present i l’oblit dels episodis més foscos del nostre passat recent, per l’exhibició despolititzada dels estris de la nostra cultura material i, en fi, per la cultura entesa com a pessebre i no pas com a conflicte, negociació i, ocasionalment, entesa. Una mateixa paraula, sí, però amb significats diametralment oposats. 


La traición de las masas


Notas para la asignatura Antropologia de los Espacios Urbanos. Clase del 27/11/12 (1)

Los desarrollos procurados desde las teorías democrático-liberales a propósito de la debilidad mental de las multitudes, "científicamente" confirmada por la psicología de masas y en cierto modo también por los sociólogos de la Escuela de Chicago, vieron confirmada su desconfianza cuando cupo asistir a las adhesiones populares a las doctrinas autoritarias que se extendieron por Europa en la década de los años 30 del siglo pasado. Se trataba, o al menos así se podía percibir, de una verdadera traición de las masas obreras a lo que debería haber sido el destino natural de su fuerza, que no podía ser más que el de la destrucción del orden capitalista. Wilhem Reich lo notó en su Psicología de masas del fascismo (Era), publicado en 1933. Os leí en clase varios fragmentos.  

Los totalitarismos parecían asentarse, en efecto, en unas masas que al mismo tiempo conscientemente despreciaban. El propio Hitler se jactaba de haberle sacado el mejor provecho a las enseñanzas de Gustave Le Bon y haber asentado su poder político en la manipulación de unas masas que socialistas y comunistas habían creído monopolio suyo en Alemania. Frente a las pretensiones de la izquierda, pero también frente a la rudimentaria descalificación reaccionaria, Hitler estaba convencido de haber encontrado la clave para ponerlas al servicio de los objetivos del Partido Nazi. En sus confidencias a Hermann Rauschning, publicadas en 1938 (Hitler. Confesiones íntimas; hay una edición reciente en español en Círculo Latino) todo el capítulo XXXV está dedicado a su concepción de la política de masas, en la que demuestra no solo su simpatía, sino sobre todo su deuda con las teorías de Le Bon acerca de la manipulabilidad de las masas. Os leí también algunos fragmentos en clase.

No las menté en clase, pero otras lecturas abordaran la anormalidad de las masas desde otras escuelas psicológicas, como es el caso de la de Serge Tchakhotine sobre la catastrófica influencia de la propaganda sobre unas multitudes frágiles ante la demagogía política y sus ardides, a partir siempre de la manera como en el momento en que se intenta publicar por primera vez su Le viol des foules —1939; está en la biblioteca en una edición de 1952—, se está asistiendo a fenómenos históricos probatorios en ese sentido, como son el estalinismo y los fascismos. En este caso, el ascendente de la psicología procede del behaviorismo pavloviano, que le atribuiría a agitadores, periodistas, líderes y lo que hoy llamaremos profesionales del marketing comercial o político la labor de crear primer y desencadenar después, a través de la disposición de determinados simbolismos, reflejos condicionados entre los componentes de las masas, que llevaran a estas a respuestas automáticas adecuadas a los intereses de instancias manipuladoras de rango superior.

Se trata entonces de reconocer la actividad de verdaderos "opresores psíquicos", capaces de establecer además móviles moral y racionalmente negativos para excitar y enseguida encauzar en su beneficio la emotividad natural de las multitudes, tanto cuando estas se expresan en la calle como cuando lo hacen votando en elecciones o plebiscitos. La acción de los individuos en este tipo de actividades colectivas no responde a deliberaciones conscientes, sino "al efecto de procesos nerviosos psicológicos..., desencadenados científicamente por energías aplicadas desde el exterior, por medios llamados de propaganda, o demagogia, o mejor aún 'psicagogia'". A hacer notar que en la nomenclatura que propone Tchakhotine, y en la línea de esa confusión temática que acompaña la clasificación de los grandes agregados humanos modernos, la masa —masse— se corresponde con el público según Tarde o Park, como unidad social "dispersa topográficamente", reservándose la multitud o foule para nombrar las compactaciones físicas.



dijous, 11 desembre de 2014

Apuntes literarios de Pérez de Ayala sobre la peligrosidad sexual del clero

La foto es de EFE
Consideraciones para Sofía Castaño, doctoranda

Durante un tiempo estuve trabajando sobre cómo el clero católico había sido denunciado por pedofilia, como parte de la retórica anticlerical del reformismo liberal y cómo ello estaba bien presente en la literatura de las primeras décadas del siglo pasado. Mira, por ejemplo, A.M.D.G., de Pérez de Ayala, que dedicaba páginas y pági­nas a describir, como había hecho Manuel Azaña en El jar­dín de los frailes, toda la podredumbre moral de los interna­dos je­suitas y como allì se corrompía sexualmente a la juven­tud y a la infancia. La imagen del homb­re de culto dedi­cado a perver­tir a los niños la encontramos aquí:

"Se le hacía presente la escena y el supremo minuto en que su infame preceptor le habia sugerido inmundas verdades, indu­ciéndole a pecaminosos actos con la hija del jardinero. El seminarista, riéndose, corrió a darle alcance. Luego había remachado sobre lo ya dicho. Bertuco protestó. ¡No, no podía ser tal monstruosidad! Le asaltó el recuerdo de su madre. "Entonces... mi madre... ¿Y la Virgen?" había suspi­rado ron­camente. Acudió el seminarista con textos de la doctrina, los cuales en el instante adquirieron cabal sentido."

Yo creo que el paradigma de todo lo que había de repudiable y asqueroso en la vida sexual de los miembros de la Iglesia es otro de los personajes de A.M.D.G.: el padre Olano. "Habiendo hembra próxima, el padre Olano se transfiguraba. Un hombre de mundo y poco versado en achaques de cosas santas quizá dijese que los ojos se le inflamaban, que la boca la rezumaba lasci­vamente y que las mejillas se le congestiona­ban." Copié un buen fragmento en que Pérez de Ayala describe un intento de violación. Te lo transcribo.

"... Subió Olano las escaleras con cuanta agilidad le consen­tían sus fofas facultades, llegando al tránsito jadeante, sin resuello. A los pocos pasos topóse con Ruth.
‑Padre Sequeros...¡Yo necesito ver!
‑Vamos, tranquilícese, hija mía. Acompáñeme a la celda.
‑¡Padre Sequeros!
‑Si, ya entiendo, un momento de calma. Acompáñeme...
Exhausta de energías y casi inconsciente, la viuda de Villamor siguió al jesuita, el cual la había tomado de la mano, de esta suerte la condujo a su celda, dejándola en la habitación, en tanto él se ocultaba detrás de la cortineja que hay a la entrada de la camarilla. El padre Olano tenía la boca seca, el corazón acelerado y las manos temblorosas, por obra de la emoción e incertidumbre, a tiempo que se des­ceñía el fajín y se desvestía la sotana, porque era muy cui­da­doso de no incurrir en necias infracciones, cuya manera de burlar conocía al dedillo. Así, Olano no ignoraba que el re­ligioso que se despoja de sus hábitos se hace ipso facto reo de excomunión; pero, el mismo aligeramiento indumentario se trueca en acto meritorio cuando, por no profanar las san­tas vestiduras, se realiza para fornicar, por ejemplo, o ir de incógnito a un prostíbulo, según concretamente se asegura en los Veinticuatro padres, y en el padre Diana: Si habitum dim­itat ut furetur occulte, vel fornicetur. Ut eat incognitus ad lupanar.
Ruth Flowers en una butaca de enea, permanecía con la cabeza caida sobre las manos y los codos en las rodillas. Olano asomó en la puerta de la camarilla, avanzó con sigilo hasta sentarse a la izquierda de Ruth. La señora murmuró, sin alzar los ojos:
‑¡Padre Sequeros! ¡Padre Sequeros!
‑Por ahora... es imposible... hija mía ‑la concupiscen­cia le quebraba la voz.
Ruth se puso en pie y Olano hizo lo propio, aprisionán­dola entre ambas manos. Hasta aquel instante, la cuitada mu­jer no había parado atención en la traza inconveniente del jesuita: el plebeyo rostro, torturado de furor venéreo, el bovino pestorejo, de color cárdeno; la camisa, burda y con mugre, abierta po el pecho y mostrando una elástica, fuerte y áspera pelambre; los calzones azules, remendados, con fue­lles y sin botones en la pretina; las pantorras, de ex­traor­di­nario desarrollo, embutidas en toscas medias, aguje­readas a trechos; sin zapatos. En cualquier otro trance hubiera sido grotesco, risible sobre toda ponderación. En aquel caso re­sultaba terrible, como un sátiro brutal, embria­gado de mosto y de lujuria. Ruth creyó perder el sentido y con él la razón. El dolor de los tobillos, que aumentaba por momentos, apenas le consentía sustentarse sobre los pies. Deseaba la muerte. Los ojos se le nublaban...
Más he aquí que, como entre sueños, advierte que la tor­pe y embotada mano del jesuita explora sus senos, aquellos dulcísimos senos cuya delicadeza eréctil la maternidad había respetado, y, luego, unos labios calientes y blanduchos sobre su boca casi exagüe, que el terror helaba. Por un prodigio de fortaleza, nacido de tanto horror, Ruth pudo sacudirse de encima aquel fardel de libidinosidades furiosas. Olano retor­nó a la presa; Ruth le contuvo aplicándole un puñetazo sobre un ojo, y aprovechando el aturdimiento del hombre, huyó de aquella estancia maldita, y aquella casona negra, aluci­nante. Y salió a las veredicas y pradezuelos que hay tendi­dos al pie del colegio."

Otro de los personajes de la novela, el detestable padre Mur, parece inclinarse por el sadismo pedofílico:

"En la camarilla se arrodilló como le habían ordenado. El do­lor y el cansancio le rendían (...) Allá, muy avanzada la noche, se le apareció Mur de pronto. Venía envuelto en una manta de Palencia y descalzo. Sin decir palabra, arremetió sobre Bertuco a puñadas y rodillazos, estrujándole contra los hierros de la cama. Con el furor de la arremetida, la manta se le desprendió de los hombros, dejándolo en ropas muy meno­res y descuidadas, a través de las cuales mostraba vellu­das lobregeces, y las vergüenzas enhiestas. Cuando tuvo al niño bien molido, se fue, cerrando la portezuela de golpe."

Les subcultures juvenils. Dissonància o ressonància?

La foto és de David Suñol
Consideracions per Alicia Santamaría, estudiant de Belles Arts de la UB

Un bon nombre d’allò que –evocant la famosa novel·la de Ghoete– anomenaríem afinitats electives podrien ser explicades a partir d’una doble tasca. D’una banda expressen una voluntat de resistir-se a una tendència excessiva a allò del que tant es parla darrerament, la globalització, un procés d’homogeneïtzació cultural que rasa les diferències i les sotmet a paràmetres d’incidència mundial. Però no és menys cert que també s’oposen a una tendència igualment poderosa cap a una heterogeneïtzació insuportable, una fragmentació galopant el resultat de la qual sols pot ser l’esmicolament de les experiències, la generalització dels vertígens davant la incertesa, la sensació d’estar sumit en una mena de turbulència constant. És segurament cert, en aquest sentit, que es pateix l’afebliment dels grans referents morals, polítics, religiosos i familiars, cada cop més desacreditats i cada cop més incapaços d’atorgar significat a una vivència crònicament desorientada del món.

És en relació a aquest quadre que les adscripcions voluntàries –del tipus que sigui– semblen constituir-se en mecanismes d’enllaç entre els subjectes psicofísics i una dimensió comunitària percebuda com cada cop més insuficient. Donen satisfacció a una necessitat de pertinença col·lectiva, però també semblen en condicions de propiciar una organització coherent del propi jo. Podríem parlar, en certa mesura, de que moltes adscripcions personals expressen una mena de complexofòbia, una síndrome de por a inseguretats de tota mena que ja no poden ser alleujades amb el paraigua protector de la religió o de les grans ideologies, i que es tradueix en la recerca sovint ansiosa d’una simplicitat vital que la família no pot oferir, malgrat que és aquesta instància la que va rebre del món modern la tasca de propiciar-la.

Entre les capes més joves de la societat, aquestes estratègies adaptatives al servei de l’articulació socio-psicològica dels individus es concreten en allò que Frank M. Thrasher anomenà, des de l’Escola de Chicago, societats intersticials, concepte aplicat aleshores sobre tot a les bandes juvenils que proliferaren a les grans ciutats nord-americanes dels anys 20. Des d’aleshores, les cultures menors que podien registrar-se subdivint el nou continent juvenil –el nivell d’autonomia del qual no ha deixat d’augmentar– ha estat un recurrent objecte per part de la sociologia i l’antropologia urbanes, sobre tot per a posar de manifest com aquestes agrupacions expressaven en termes morals i resolien en el pla simbòlic trànsits entre esferes incompatibles o contradictòries de la societat global on s’inserien, com ara obligacions escolars o laborals/lleure, feina/atur, aspiracions socials/recursos reals, família/inestabilitat emocional.

Aquest tipus de cultures juvenils de nou encuny no es limitaven a reproduir els esquemes organitzatius ni les funcions iniciàtiques o de socialització dels grups d’edat coneguts en altres societats –els grups de juvenia de la tradició europea–, ni tampoc eren pròpiament una nova edició d'allò que els historiadors han anomenat «conferies del descontentament» d’altres èpoques. Es tractava ara més aviat d'autèntiques noves formes d’etnicitat, ja no basades com fins aleshores, en vincles religiosos, idiomàtics, territorials o històrico-tradicionals, sinó molt més en paràmetres estètics i escenogràfics compartits, en xarxes comunicacionals en comú i en l’apropiació del temps i de l’espai per mitjà d’un conjunt d’estratègies de ritualització permanent o eventualment activades. Cada una d’aquestes cultures juvenils pertoca a una societat, és cert, però una societat en què la col·lectivitat humana que les constitueix ha renunciat a altres formes de legitimació, arbitratge i integració que no siguin –tret eventualment d’algun ingredient ideològic més aviat difuminat– l’exhibició pública d’elements purament estilístics : vestimenta, pentinat, dialecte, gestualitat, formes d’esbarjo, pautes alimentàries, gusts...

Vet aquí un cas en el que seria del tot precís parlar d’autèntiques associacions de consumidors, en la mesura que els individus pretendrien fundar el seu vincle a partir no de les seves condicions reals d’existència, ni dels seus interessos pràctics, sinó d’inclinacions personals que sols poden veure’s satisfetes en i per el mercat. El que assegura en aquests casos la solidaritat entre els membres d’aquesta societat i regulava les seves  interaccions externes i internes eren unes postes en escena el marc predilecte de les quals era l’espai públic que colonitzaven, ja sigui apropiant-se d’alguns dels seus indrets, ja sigui creant els seus propis itineraris en xarxa per travessar-lo. En una paraula, ens trobaríem davant grups humans integrats el criteri de reconeixement intersubjectiu dels quals no es funda en un concert entre consciències sinó entre experiències, i en el si dels quals la codificació de les aparences sembla ocupar un paper central. Cultura en aquest cas s’utilitzaria no tant per a parlar d’una manera coherent de viure, com d’una manera no menys coherent de semblar.

La vocació d’aquells que s’adhereixen a una d’aquestes cultures juvenils és sobre tot, la de ser distingits en aquell espai públic que hem vist que adopten com a propi per mitjà d’un ús intensiu i vehement. Expulsats o encara no admesos a les institucions primàries, insatisfets en el seu no-paper, surant en zones estructurals de ningú, troben en l’espai públic el paradigma mateix de la seva situació d’incertesa, de la seva liminalitat, que recorda que, al correu anterior, t'explicava que remet a la fase liminar del ritus de pas. En uns carrers en què tothom és ningú en concret o tothom en particular, assagen les seves primeres conquistes, els seus primers èxits contra l'ambigüitat estructural que els afecta.

És a dir, ja que no han pogut trobar el seu lloc en el sistema de parentiu, ni en el camp professional, en la mesura que no han trobat un consol en les grans idees polítiques o religioses, en tant que esperen ser admesos en el futur que ells representen i en què el lloc que han deixat a la infància és ja irrecuperable, procuren ser a l’espai públic el que la vida social ja i encara no els deixa ser: algú. El seu aparat estètic els permeten operar una segregació perceptual, crear un diferencial semàntic sobre un plànol de fons que no és monocrom ni homogeni, sinó, al contrari, hiperdivers, heterotòpic, impredictible. En un domini de l’alteritat generalitzada, és aspiren a ser identificats, localitzats, detectats amb claredat. Al damunt d’aquest escenari caòtic que són els espais públics urbans, ells aconsegueixen suscitar un focus d’organicitat, una colònia, una possibilitat de reconeixement mutu en un maremàgnum tot ell fet de desconegut inindentificables.

És això el que justifica la recerca d’elements conductuals, vestimentaris, protocol·laris, estilístics, lingüístics que resulten deliberadament nous, exòtics, futuristes, rupturistes, revolucionaris, que aparentment trenquen amb la tradició. També pertanyen a aquest ordre de costa la localització de punts arrencats a la indiferència, i per això regalimant possibilitats i significats. El resultat és el sentiment exhibit de superioritat en la presentació del jo, l’arrogància d’aquells que ostenten en públic posseir el que els demés vianants no posseeixen: el privilegi de ser una sola cosa.

Per molt que puguin integrar elements de rebel·lia dins la seva retòrica, la seva tasca no és denunciar els mecanismes institucionalitzats que pretenen fer de les societats metropolitanes alguna cosa semblada a un organisme integrat. Al contrari, el que venen a fer és posar de manifest la insuficiència crònica d’aquests mecanismes d'integració que pretenen, i procuren reparar-los a través de modalitats experimentals –n'aparença alternatives, sovint presumint d’«autònomes»– d’incorporació als espais i les cadències de la societat i la política. Aquests àmbits de l’ordre social i polític són, a més, posats a través seu a prova, sotmesos a tota mena de forçaments i pressions. Són, així doncs mecanismes d’agenciament, d’estratificació i de sedimentació, si bé provisionals i en període de prova, en què s’assagen nous codis de significació i nous dissenys per el canvi social.

El seu paper, tal i com l’Escola de Chicago havia advertit, és essencialment de territorialització, és a dir de creació, control i protecció de territoris que han quedat al marge de l’acció tant de la instrumentalització econòmica com de les polítiques urbanes. Es tracta, doncs d’autèntics grups zonificadors, colonitzadors de territoris inhòspits i assilvestrats de la ciutat, marcats per la indefinició dels valors i els codis, que han estat abandonats –a temps complet o sols a certes hores– del caos autorganitzat en què consisteix el carrer i del qual la seva presència allibera parcialment de la seva natura discontínua, inestable i dispersa. Gents de la frontera entre l’urbà i el polític, entre el desestructurat i l’estructurat, la tasca de la qual és la d’esdevenir pioners, exploradors o expedicionaris, aixecadors de ponts entre espais inorgànics i orgànics, responsables de tota mena d’ajustaments i reagrupaments.

Si vols començar a llegir, pots iniciar-te en el tema amb el llibre de Carles Feixa, De jóvenes, bandas y tribus (Ariel), i una bona etnografia clàssica: Los barjots, de Jean Monod (Ariel). Te n'aniré donant més coses.




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