dijous, 23 de maig de 2019

Tener presente

La fotografía procede de iso101.blogspot.com.es/
Sobre Maurice Halbawchs y las teorías pragmáticas sobre memoria y acción (Bergson y Mead). Consideraciones para el doctorando José Mansilla.

TENER PRESENTE
Manuel Delgado

A la hora de hablar de memoria urbana está claro que el referente es el eje teórico que establece Maurice Halbwachs y su concepto de memoria colectiva. Los textos principales -La memoria colectiva (Universidad de Zaragoza) y Los cuadros de la memoria colectiva (Anthropos)- ya los mencionamos y podrás encontrar un montón de ejemplos de aplicación a dinámicas de transformación urbana de ahora mismo o recientes. 


Tú conoces mi lealtad al paradigma durkheimiano, con lo que te será fácil entender mi devoción por Halbwachs, sobre todo por su papel de conector, por así decirlo, entre la escuela francesa de sociología y otras corrientes contemporáneas suyas que, de no ser por él, se hubieran mantenido inconexas. Por ejemplo, con la Escuela de Chicago, con cuyos miembros mantuvo una estrecha relación tanto científica como personal, incluyendo estancias allí. Como testimonio, ahí está este "Chicago, experiencia étnica", que es la venturosa traducción, aparecido en REIS en 2004, de un artículo de 1932. Es lógico. Me gustaría que miraras de ponerte al corriente de todo lo que escribió Halbwachs sobre cuestiones de urbanismo, precio del suelo, reforma urbana, relación entre clase y forma urbana, una serie de textos que puedes encontrar reunidos en una maravilla que se titula Estudios de morfología social de la ciudad, publicado por el CIS es 2008. Sobre este aspecto de su obra mírate el artículo este que apareció en Scripta Nova, ub.edu/geocrit/sn/sn-146(014).htm. Te mando algunas cosillas de Halbwachs o sobre él que tengo a mano. Si entras en la página del Centre Maurice Halbwachs, http://www.cmh.ens.fr/, encontrarás un montón de materiales suyos y sobre él.

Déjame que te remarque un aspecto de la biografía personal de Maurice Halbawchs que merece ser subrayado: el de su muerte en 1945 en el campo de extermino nazi de Buchemwald, del que me gustaría que tuvieras dos testimonios. Uno de ellos personal, de alguien que asistió a su agonía y estuvo a su lado en el momento de morir de hambre. Me refiero a Jorge Semprun, que  relató sus últimos días. Te mando un pdf con el libro en que habla de ello, La escritura o la vida. El otro testimonio es póstumo, pero me parece especialmente conmovedor: el de Pierre Bourdieu y se titula "L'assassinat de Maurice Halbwachs", que tienes en un blog dedicado sólo a los homenajes de Bourdieu a diferentes personajes —Goffman, Sartre, Foucault...—. Es pierrebourdieuunhommage.blogspot.com.es/. De propina, mira a ver si puedes leer el capítulo V de La seducción de la cultura en la historia alemana, de Wolf Lepenies (Akal). Está muy bien porque, además de las circunstancias de su muerte,  explica el papel de Halbwachs como intermediario entre la tradición sociológica alemana —en esencia Max Weber— y la escuela de l'Année Sociologique. A Halbwachs lo trincaron porque le consideraron culpable de que sus dos hijos, fusilados poco antes de su detención, fueran de la resistencia, y sus suegros y su mujer, judíos

Pero hay algo más en la importancia de Halbwachs que te quiero remarcar también. Como te he dicho uno de sus talentos fue la de poner la matriz moral y teórica de la escuela de Durkheim y su amigo Marcel Mauss en contacto con líneas sociológicas que, de no haber sido por él, hubieran permanecido incomunicadas. Te he mencionado los casos de la Escuela de Chicago y de Max Weber. Otra de las conexiones que propició Halbawchs fue —y está claro que te debe importar— es la que cruza Durkheim con Henri Bergson, que es de quien incorpora una preocupación central por los temas del tiempo y la memoria.

Y es ahí donde entra la otra pista que te propuse seguir, y que es tan importante o casi más que la de la memoria colectiva en sí, aunque se relaciona mucho con ella, tanto como Halbwachs con Bergson, que en muchos sentidos puede considerarse un pragmático. Te copio unos fragmentos de Bergson que son un breve resumen de las teorías pragmáticas sobre la memoria: "Lo cierto es que si una percepción equivoca un recuerdo, lo hace con el objeto de que las circunstancias que han precedido, acompañado y seguido a la situación pasada arrojen alguna luz sobre la situación actual y muestren el camino por donde salir de ella. Son posibles miles de evocaciones de recuerdos por semejanza, pero el recuerdo que tiende a reaparecer es aquel que se parece a la percepción por un cierto lado particular, aquel que puede esclarecer y dirigir el acto en preparación [...] Pero son las necesidades de la acción las que han determinado las leyes de la evocación; sólo ellas ostentan las llaves de la conciencia". Esto es L'Enérgie spirituelle, que es un libro de 1928 que no sé si tiene reediciones recientes y que tienes una en español de 1928 en la biblioteca de la facultat. Yo lo he copiado de selección de textos de Bergson reunida por Gilles Deleuze en un librito titularo Memoria y vida (Alianza).

Los grandes teóricos pragmáticos del recuerdo –G.H. Mead y Henri Bergson–, y los espistemólogos constructivistas después, han distinguido dos tipos de memoria: una memoria en sucio, por así decirlo, constituida por la totalidad almacenada de evocaciones posibles, y otra memoria extremadamente selectiva, que escoge entre todas las imágenes del pasado disponibles, entre todas las historias posibles, aquellas que mejor se adecuan a los intereses prácticos del presente. Esta última memoria –una memoria de segundo orden, en realidad– es sobre todo memoria viable, memoria en acto, memoria destinada a dotar de congruencia una acción que se presupone orientada hacia objetivos, entre los cuales destaca el de dotar de sentido y legitimidad el presente o atenuar las dosis de incertidumbre que oscurecen el porvenir. Dicho de otra manera, no es el presente lo que resulta del pasado, sino –como muy bien intuyera George Orwell– el pasado conmemorado, monumentalizado, enaltecido, evocado, invocado, etc., lo que resulta de las contingencias prácticas del presente y de las metas a alcanzar en un futuro, siempre según la versión de quienes produzcan en cada momento y en cada contexto el significado.

Así, la memoria política o social —de quien o de quienes sean­— imita en el plano simbólico lo que hacen la memoria específica que fija genéticamente la conducta de los animales, o la memoria cultural, que garantiza la transmisión de las tecnologías humanas: escogen sus contenidos en función de unos movimientos intencionales y de unos intereses que, por definición, no se contempla que puedan ser ni contradictorios ni indeterminadamente diversos. Esta memoria de segundo orden es también una colosal máquina de olvidar, un extraordinario dispositivo amnésico, que borra todos aquellos elementos que pudieran considerarse superfluos, disfuncionales o contraindicados en relación con las metas ideológicas a alcanzar. Se trata de la construcción afectual, simbólica y escenográfica de una filiación identitaria, sólo relativamente distinta de aquella que se propiciara desde el viejo nacionalismo decimonónico, a base de lo que Hobsbawn llamó la «invención de tradiciones». La finalidad continúa siendo la misma: salvar en la medida de lo posible un principio de agrupación social unitaria y cálida, inviable por la acción de fuerzas igualmente poderosas, aunque contradictorias –globalización y desintegración de las experiencias–, con las que el proceso de modernización amenaza con liquidar los restos de cualquier comunalismo. Esta identidad compartida al servicio de la politización de los territorios –otrora las naciones, hoy las ciudades– sólo es posible obedeciendo una pauta paradójica: negación absoluta de lo que se es en realidad, supresión de raíz de todo recuerdo impertinente o inútil en orden a producir un relato del pasado pertinente, repito, a una determinada perspectiva de futuro.

Y es que todo orden discursivo, por su pretensión de estructuración y organicidad, exige inexcusablemente una «memoria». No es que tenga una historia, sino que afirma ser esa historia. Toda pretendida reducción a la unidad, en otras palabras, toda presunta identidad, aparezca ésta bajo argumentaciones del tipo que sea, requiere beneficiarse de la misma ilusión que supone una «historia natural», entendida como una memoria de los sistemas vivos. Es ahí que cada uno de los lugares-reminiscencia —la Flor de Maig en tu caso— es, a su manera y para quien en ellos hace presente un pasado adecuado  a su prospectiva de futuro, una suerte de centro que, a su vez, define espacios y fronteras más allá de los cuales otros seres humanos se definen como otros en relación a otros centros y a otros espacios.

Te he llamado la atención acerca de la importancia de Henri Bergson, cuyas teorías sobre el tiempo y la memoria determinan las de Maurice Halbwachs sobre esos mismos asuntos. Eso te debe hacer notar que la Flor de Maig es una magdalena proustiana, lo que viene a cuento porque también el autor de En busca del tiempo perdido está muy influenciado por Bergson. Pero debes tener en cuenta al otro gran teórico pragmático de la memoria: George H. Mead. Es fundamental que te mires su Filosofía del presente, la traducción que hicieron en el Centro de Estudios Peircianos de una compilación de textos sueltos suyos cuyo asunto es la memoria entendida en función de la acción presente y la prospectiva futura. Te lo adjunto en pdf. Hay un prólogo de John Dewey que está muy bien.

Importante: busca o pide en la biblioteca el número 100 de la Revista de Occidente, del 1989. Está dedicado integramente a la memoria y contiene cosas interesantes, entre ellas un artículo de 1929 de George H. Mead: "La naturaleza del pasado". Yo lo tengo. Si no lo encuentras, te lo presto.


dimecres, 22 de maig de 2019

Diferencia entre "marca" y "modelo" de ciudad

La imagen es de Joan Vendrell
Nota para Elvia Torres, estudiante de diseño de la UNAM, enviada en mayo de 2017

DIFERENCIA ENTRE "MARCA" Y "MODELO" DE CIUDAD
Manuel Delgado

Te mando algunas cosas que te pueden servir para empezar a trabajar con la bibliografía. Tienen que ver con lo que se denomina márquetin urbano, que es un concepto del que al primero que le leí empleándolo fue a Michel Wierioka, en “Le marketing urbain”, publicado en Espaces et sociétés, 16 (noviembre 1975), pp. 109-123. Creo que es suya la noción, porque no la he visto aludida en nada anterior.

Lo importante para entender el valor del concepto "marca" es que está asociado a lo que David Harvey ha llamado la urbanización del capitalismo, la manera cómo las grandes dinámicas de mutación urbana son gestadas y gestionadas desde la lógica neoliberal, es decir a partir de los principios de un capitalismo que le exige al Estado la reducción al máximo a su papel de arbitraje económico y atención pública, pero que le asigna un papel clave como su cooperador institucional, tanto por lo que hace a la represión de sus enemigos —reales o imaginados— y la contención asistencial de la miseria, como a la producción simbólica y de efectos especiales al servicio del buen funcionamiento de los mercados. De tal alianza entre penetración capitalista y políticas públicas resulta una transformación de la fisonomía tanto humana como morfológica de muchas ciudades, consistente en favorecer la revitalización como espacios-negocio de barrios céntricos o periféricos que fueron populares, o de antiguas zonas industriales o portuarias ahora abandonadas, que se recalifican como residenciales "de categoría" o se colocan al servicio de las nuevas industrias tecnológicas y cognitivas. Esos macroprocesos de transformación urbana suponen consecuencias sociales que se resumen en una ley que raras veces no se cumple: rehabilitar un barrio es inhabilitar a quienes fueron sus vecinos para continuar viviendo en él. O, dicho de otro modo: reformar es expulsar.

Ahora bien, todo ello ha de ser acompañado de actuaciones que invocan altisonantes principios abstractos, irrevocables y universales, entre los cuales destaca el de la cultura, entendida como una instancia en cierto modo sobrehumana y con capacidades casi salvíficas s0bre quienes entran en contacto con ella. Es importante que al resultado de las intervenciones que se presentan como regeneradoras del tejido urbano quepa asignarles el atributo de creativas, dando a entender que han ido acompañadas de la radicación de industrias e instituciones en condiciones de proveer de bienes y servicios inmateriales. Objetivo: que las ciudades merezcan, por ejemplo, el título de smart cities, "ciudades inteligentes", para lo cual es preciso convertirlas en nicho de instituciones culturales de renombre y escenario para grandes eventos igualmente culturales, componentes clave para hacer de ellas núcleos hiperactivos de producción de imágenes y significados, que colocan el dinamismo intelectual, si es menester rupturista, al servicio de ideales universales, como son el capital humano, la sostenibilidad ambiental, el multiculturalismo, la calidad de vida, el humanismo tecnológico, el cosmopolitismo, la participación ciudadana, etc.

Ese protagonismo argumental asignado a la imaginación y la creatividad se corresponde con lo que está siendo la creciente desmaterialización de las fuentes de crecimiento económico, cada vez más envuelto de todo tipo de acompañamientos estéticos, informacionales, artísticos, semióticos, etc.

Pero para mí lo más interesante es la distinción entre "modelo" y "marca", y el ejemplo lo tienes en Barcelona y en el actual gobierno municipal de Ada Colau y Barcelona en Comú, que se presentó como alternativa a un gobierno de derechas que había promocionado Barcelona como "marca de ciudad". Me refiero al gobierno de Xavier Trias, mandando en la ciudad durante los últimos cuatro años (2011-2015). Lo interesante, digo, es que lo que ha hecho el nuevo gobierno de izquierdas actual es reclamarse heredero de esa época dorada del “auténtico modelo Barcelona” que la “marca Barcelona” había hecho malograr, puesto que el “modelo” era sobre todo un modelo moral y cívico, mientras que la "marca" implicaba una simple imagen de promoción de Barcelona como macroproducto de consumo. Esa asunción se planteó enseguida en forma de una declaración de lealtad histórica cuando, en marzo de 2015, dos meses antes de su victoria, proclamaba que Pasqual Maragall había sido el “mejor alcalde que había tenido Barcelona” (El Periódico, 23/3/2015). A partir de ahí, todo fueron elogios de la alcaldesa a quien calificaba de “visionario” y a la etapa que él presidiera no solo por parte suya, sino de su equipo, como cuando la teniente de alcalde de urbanismo, Janet Sanz, hacia el elogio del magnífico momento basado en el "consenso politico y profesional que conoció Barcelona en la década de los 80 y 90" (El País, 20/10/2015).

--> Es decir el "modelo" es la "marca" versión moralizante. El “nuevo municipalismo” de Ada Colau no es otra cosa que la restauración de la Barcelona imaginada por Pasqual Maragall. Lo que realmente distingue el “toque Maragall” es la dimensión moral del discurso en que se justifica, esa voluntad de “distribuir justicia a los abandonados”, esa voluntad de distribuir desde arriba “empoderamiento” a los de abajo, todo ese lenguaje altisonante y pretencioso propio del despotismo ilustrado de quienes mandaron en Barcelona acompañando a Maragall. Porque eso es lo que distingue el “modelo Barcelona” de la “marca Barcelona” en que convirtieron la capital catalana Clos, Hereu y sobre todo Trías: la profunda vocación "cívica" del primero, un lenguaje cargado de buenas intenciones sociales al servicio de una forma singular de capitalismo urbano, enrollado en lo cultural y paternalista en lo social, aunque acaso ahora cabría hablar más bien de maternal.



A propòsit del suport d'ICV i EUiA a Guanyem Barcelona

Joan Subirats, Jaume Asens i Ada Colau a la presentación de Guanyem Barcelona, el juny de 2014
Missatge enviat als i les camarades de la Cèl·lula Ramon Casanelles del Partit dels i les Comunitstes de Catalunya enviat el 17 de juny de 2014, poc després de la presentació en públic del projecte Guanyem Barcelona

A PROPÒSIT DEL SUPORT D'ICV I EUiA A GUANYEM BARCELONA

Manuel Delgado

Crec que és un motiu de satisfacció i d'esperança aquesta iniciativa que suposa Guanyem Barcelona. Hi ha gent que ha estat treballant des de fa molt per generar aquest espai d'unitat que permeti conquerir les institucions per a posar-les, per fi i de debò, al servei del poble. Si més no, per intentar-ho. És magnífic que conflueixin velles i noves militàncies, velles i noves formes d'agitació política, de gent que venim de la lluita antifranquista a joves activistes que actuen al si de moviments socials de nou encuny. A més, en el meu cas hi ha un factor personal important, que és el vincle de lleialtat que m'uneix a l'Ada, a la que he vist sempre en primera línia, quan estava a Miles de Viviendas o, després, a l'època de V de Vivenda, i de la que no he rebut més que evidències de la seva honradesa i de la seva generositat.

M'agradaria aturar-me en aquest darrer aspecte. Efectivament, si l'Ada Colau mereix la confiança que hem dipositat en ella molts i moltes és perquè ha obtingut la seva legitimitat de l'únic lloc d'on pot provenir, que és del carrer, és a dir de les lluites arran de terra. Crec sincerament que si aquesta iniciativa unitària en que ens hem implicat té sentit és perquè les persones que hi ha darrera poden dir que hi són perquè hi eren, és a dir perquè han donat la cara a les fàbriques, als centres de treball o d'estudi, als barris..., és a dir al dia da dia, a la vida quotidiana, allà on les persones demostren el seu grau de compromís en la seva lluita contra la realitat. 

És en aquest sentit que no puc sinó compartir la inquietud que m'expresseu a propòsit del paper que sembla que està jugant ICV-EUiA en aquesta dinàmica constitutiva del nou moviment polític del que estem parlant. La veritat és que m'ha sorprès trobar alguns noms a la llista del que la premsa ha anomenat "nucli impulsor" de GuanyemBarcelona, properes sobre tot a Iniciativa per Catalunya, que, francament, no recordo haver vist mai acompanyant l'Ada en les lluites contra l'especulació immobiliària i ni tant sols en les nombroses reunions en les que hem anat buscant els punts de confluència en els que ens hem acabat trobant. 

El que planteja la incorporació del recolzament d'ICV-EUiA al projecte –incorporació que és ja presència central a través d'intel·lectuals que li són propers- és important, car pot qüestionar el seu sentit, àdhuc la seva congruència. Diguem-ho clar: ICV-EUiA són responsables directes de més de trenta anys de misèria urbana i urbanística a Barcelona i de la merda de ciutat que ens han deixat, tot allò contra el que Guanyem Barcelona ha nascut i vol combatre. ICV-EUiA, a través de persones concretes vinculades a aquesta opció política, han estat inventors i divulgadors del maleït "model Barcelona". Que ICV-EUiA s'adhereixi a un manifest per "impedir la connivència mafiosa entre polítics i diners" és un autèntic sarcasme. Tot això sense oblidar com ICV-EUiA, a més, han estats responsables no menys plens de la repressió policial contra els moviments socials sota els governs del Tripartit. ICV-EUiA han estat sovint al carrer, en efecte, però del costat de la BRIMO.

De totes formes, crec que és just distingir a EUiA d'Iniciativa. És veritat que EUiA ha estat còmplice activa dels governs municipals devastadors que hem patit al llarg de dècades a Barcelona. És veritat que ha acompanyat les polítiques repressives del Tripartit. Ara bé, també és veritat que molts i moltes militants comunistes han estat presents de manera activa a les lluites socials. Són gent que hem vist atonyinada i detinguda per ordre dels seus propis dirigents quan estaven al poder a Barcelona i a Catalunya: a les lluites contra l'especulació, a les vagues, a les lluites pel dret a l'ensenyament. Especialment dur per a ells i elles va ser quan els seus representants van titllar-los de "violents" quan van acudir a protestar davant el Parlament aquell 15J. Tota aquella gent que va patir la violència policial i patronal han estat capaços de criticar els seus dirigents i han aconseguit canviar la direcció de la seva organització, en el doble sentit del seu lideratge i de l seu rumb. 

El cas d'ICV és diferent. Respecto profundament els milers dels seus militants compromesos amb les lluites socials, però no tinc present -si més no no s'ha fet pública- una reconsideració crítica del seu nefast paper en els governs del país i de la seva capital. Els dirigents que hi ha ara són els mateixos que van patrocinar políticament la destrucció d'una ciutat popular anomenada Barcelona i que van ordenar o fer possible desenes de desallotjaments, càrregues policials, deportacions, detencions i condemnes a activistes de moviments socials respecte pels quals ara demostren una inusitada i sobtada simpatia. No s'entén. És absurd. Iniciativa reclama ara que ens posem dempeus contra el monstre que ella mateixa ha contribuït ha crear. Rar, francament rar. Costa creure en la seva sinceritat i que el que pretenen no és simplement ja no aprofitar-se'n, sinó simplement sobreviure. 

Atenció. De cap de les formes vull que s'entengui que m'oposo a que ICV aparegui recolzant i animant Guanyem Barcelona. Ben al contrari. Iniciativa te persones valuossísimes i representa sectors socials importants amb els que s'ha de comptar. I el mateix pel que fa a les CUP. Totes dues forces, unides a totes les altres, organitzades o disperses, són indispensables si volem retornar-li la ciutat als seus habitants. Ara bé, alguns ens quedaríem més tranquils si els nostres companys de viatge d'ICV ens clarifiquessin què pensen de la seva fonamental contribució al model de ciutat contra el que ara ens convoquen a combatre. Més que res per saber a què atenir-nos i fins quin punt ens hi podem refiar. No podem fer com si no hagués passat res, com si tots aquests anys de complicitats vergonyoses no haguessis existit o com si no ens en recordéssim.


dilluns, 20 de maig de 2019

Negras culturas


"Kanhobai", una expresión de arte rabelado

Reseña de La danza de los espíritus. Itinerario iniciático y prácticas terapéuticas de un chamán africano: Mba Owona, de Lluís Mallart (Ceiba Edicions, 2012), y Fidjos de rabelado. Arte y lógicas de contestación en la isla de Santiago de Cabo Verde. de Edith Lasierra y Alberto López Bargados (Bellaterra, 2012), publicada en Babelia, suplemento de libros de El País, el 16 de febrero de 2013.

NEGRAS CULTURAS
Manuel Delgado

Es sabido que la historia de la antropología no puede desligarse de la de la expansión del colonialismo occidental por el mundo. Los antropólogos estuvieron ahí, en los territorios sometidos, para –con mayor o menor mala conciencia– demostrar una vez más hasta qué punto conocer suele ser idéntico a dominar o al menos contribuir a la administración de lo dominado. Otra cosa es que, como de paso, ese saber obtenido acerca de las sociedades sometidas haya contribuido a ampliar nuestra comprensión de la condición humana en general, lo cual también es cierto.

También la aventura imperialista española contemporánea tuvo sus expresiones antropológicas, limitadas no sólo por la relativa exigüidad de nuestras posesiones, sino también por lo tardío del reconocimiento académico que tuvo en el país la ciencia de la cultura, sólo presente en las universidades a partir del último cuarto del siglo pasado. A pesar de ello, y bajo los auspicios sobre todo del Instituto de Estudios Africanos después de la guerra civil, se desarrollan en el África ocupada por los españoles investigaciones de valor que merecen ser evocadas, como las de Santiago Alcobé Noguer, Agustí Panyella y, más tarde, Claudi Esteva Fabregat en Guinea; Julio Caro Baroja, en el Sahara Occidental, además del interesante caso de Blanco Izaga en el protectorado marroquí, hace no mucho rastreado por Vicente Moga en El Rif de Emilio Blanco Izaga (Bellaterra, 2009).

Esa antropología africanista española, ya sin el lastre del servilismo colonial, ha tenido continuación, esencialmente a cargo de catalanes. Ramón Sarró, Albert Roca, Jordi Tomàs, Albert Ferré, Yolanda Aixelà, Gustau Nerin o Albert Sánchez Piñol serían exponentes de ello, como lo son también dos novedades editoriales, ambas relativas a esa África negra que algunos se empeñan en llamar “subsahariana”, olvidando el elogio de la negritud que hicieron las grandes luchas emancipadoras y antiimperialistas en África y América.

Uno de esos aportes corresponde a Lluís Mallart. El grueso de la reputada obra de este etnólogo ha ido apareciendo a lo largo de cinco décadas en francés, con alguna excepción en catalán. Una de ellas fue La dança als esperits, publicada originalmente hace casi treinta años, pero del que es posible que su reciente versión cinematográfica, “Danza a los espíritus”, dirigida por Ramón Íscar en 2009, haya animado ahora su traducción al castellano por Ceiba, una editorial especializada en estudios africanos. Se trata de  un aproximación a la actividad pero también del pensamiento de Mbo Owona, un curandero camerunés especializado en el tratamiento de enfermedades “nocturnas”, achacadas a la brujería, en combate con las cuales aplica las técnicas curativas tradicionales de los evuzok, cuya expresión mayor es la danza de los espíritus. Como en todos los demás libros de Mallart sobre el universo evuzok –por ejemplo, Soy hijo de los evuzok, del que Ariel lanzaba no hace mucho la segunda edición–, el foco de atención son los avatares del evu, una entidad mística ambigua, difícil de definir y que sólo de manera parcial se podría comparar con nuestro concepto de alma. Uno de los estímulos para hacerse con esta nueva edición del libro de Mallart es que viene acompañado con una copia en dvd del film de Íscar.

El otro trabajo a destacar es dos africanistas más jóvenes, también catalanes, Edith Lasierra y Alberto López Bargados. Hablamos de Fidjos de rabelado, acerca de los rabelados –es decir “rebelados”–, una minoría cristiana disidente de la Iglesia,  refugiada en las montañas de la isla de Santiago y hasta no mucho marginal y estigmatizada y que, poco menos que de la noche a la mañana, ha visto convertida su producción artística, proyectada a nivel internacional, en uno de los referentes en orden a la construcción de la identidad nacional caboverdiana, basada en la invención y la inmediata apropiación institucional de una supuesta esencia criolla de la que la producción de  los artistas rabelados constituiría paradigma de autenticidad.

En este caso, la obra –publicada en edición bilingüe portugués-español por Bellaterra– no sólo es una expresión de esa actualidad de la etnología africanista española, a la vez que testimonio de los procesos activos de construcción de la identidad poscolonial, sino que también constituye una excelente muestra de cómo la antropología está en condiciones de acercarse al mundo del arte con una visión particular, especialmente dotada para las dinámicas y funciones que lo componen y le dan sentido.




En busca del espacio perdido

La foto es de Federico Mena-Quintero
Prólogo a Isabel Cabanellas y Clara Eslava, coords., Territorios de la infancia. Diálogos entre arquitectura y pedagogía, Graó, Barcelona, 2005, pp. 11-18. 

EN BUSCA DEL ESPACIO PERDIDO 
Manuel Delgado 

Desde su invención moderna como continente segregado, la infancia y sus habitantes han aparecido condenados a una marginación pertinaz y generalizada. En el mundo, pero en tantos sentidos fuera de él. Sin derechos, sin inteligencia compleja, sin voz, sin sexualidad, sin todo aquello que haría de ellos seres completos, las personas consideradas menores –y por tanto menos– han sido abocadas a pulular su presunta simplicidad por un universo periférico y extraño que no ha sido reconocido sino como un yacimiento arqueológico en que encontrar los preparativos de nuestra edad de plenitud. Es curioso que la antropología, cuya pretensión debería haber sido la de escudriñar en la versatilidad humana en toda su amplitud, haya generado una especialidad –la antropología de las edades– centrada en el estudio de los jóvenes y los ancianos, pero no de la vida social de los niños. Como mucho, los antropólogos se han acercado a la infancia cuando esta ha aparecido inmersa en contextos institucionales como la escuela o el hogar, dando pie a una etnografía educativa o a una antropología del parentesco que los ha incluido porque estaban ya incluidos, pero que no ha contemplado entre sus competencias la descripción y el análisis de la vida de los niños en libertad, es decir fuera de las constricciones impuestas por el aparato educativo o la esfera doméstica. 

La antropología no ha convocado a los universos infantiles para que completaran una tarea comparativa por ello ahora incompleta. Seguramente porque en cierto modo los pueblos supuestamente primitivos que fueron su tema central ya eran en sí mismos considerados infantiles, la expresión de una puerilidad humana devenida cultura, a la espera de la redención que, en forma de contacto con la civilización occidental, les rescatara de su inmadurez y les hiciera crecer hasta acercarse a nuestra altura. No ha habido en las ciencias sociales ninguna aproximación a la forma como los niños y niñas construyen una sociedad singular y compleja entre ellos, entre ellos y nosotros y entre ellos y el mundo. Los hemos estudiado desde una perspectiva que nunca los ha considerado como sujetos, sino como meros esbozos de nosotros mismos. Los hemos colocado en el centro de nuestros anhelos, como encarnación de todas las expectativas y esperanzas, pero también de nuestros temores, como expresión que eran y son de una alteridad anexa. Pero su función se ha limitado a eso: estar ahí, contemplando como les contemplábamos, indiferentes al efecto fascinador, inquietante o terrorífico que su mundo otro suscitaba en nosotros. 

La infancia es concebida, así pues, como una comarca de relativa o precaria humanidad, cuya población la constituyen seres que fuimos, pero que ya no somos, sencillez inocente que hemos dejado ineluctablemente detrás y que jamás reconoceríamos en realidad debajo de nuestro presente, latente, tácita o disimulándose bajo diversos estratos de nuestra presunta complejidad de adultos, siempre dando por buena la pretensión de que es posible trazar una línea clara y diferenciadora que separa hasta lo inconmensurable las distintas maneras de ser ser humano. Y ello desmintiendo o ignorando justamente lo que la etnología nos ha venido haciendo patente desde hace décadas: que existe un sustrato común a todo lo humano en que las cualidades de cada una de sus expresiones concretas –todos los pueblos, todas las edades– se encuentran presentes –activas o dormidas– en todas las demás. 

Porque, en tanto que expresiones de alteridad, se les considera al mismo tiempo permanentemente peligrosos y en peligro, los niños aparecen hoy expulsados de aquello que fuera un día su imperio natural: la calle, ámbito de socialización que había resultado fundamental y del que ahora se les preserva para preservar la falsa pureza que la caricatura que de ellos hacemos les atribuye. Acuartelándolos en la casa o en la escuela, concentrándolos en espacios singulares para el consumo y la estupidez, sometiéndolos a toque de queda permanente, les protegemos de la calle, al tiempo que protegemos a esa misma calle –ahora más desierta de niños– de la dosis supletoria de enmarañamiento que los niños siempre están en condiciones de inyectarle. Negándoles a los niños el derecho a la ciudad, se le niega a la ciudad a mantener activada su propia infancia, que es la diabólica inocencia de que está hecha y que la vivifica. 

No es nada casual que algunos de los movimientos más beligerantes en la reconsideración en clave creativa de las formas de apropiarse de la ciudad –de los simbolistas del XIX al grupo Stalker, pasando por las primeras vanguardias o los situacionistas– pusieran ese énfasis en la necesidad urgente de reinfantilizar los contextos de la vida cotidiana. Reinfantilizar como restaurar una experiencia infantil de lo urbano: el amor por las esquinas, los quicios, los descampados, los escondites, los encuentros fortuitos, la dislocación de las funciones, el juego. No en el sentido de volverlos más estúpidos de lo que los han vuelto los centros comerciales y las iniciativas oficiales de monitorización, sino en el de volver a hacer con ellos lo que hicimos –sin permiso– de niños. Hacer que las calles vuelvan a significar un universo de atrevimientos, que las plazas y los solares se vuelvan a convertir en grandiosas salas de juegos y que la aventura vuelva a esperarnos a la salida, a cualquier salida. Recuperar el derecho a huir y esconderse. Espacios tan perdidos como nuestra propia niñez, a los la sensibilidad de algunos creadores cinematográficos no ha podido ser ajena: François Truffaut, Jacques Tati, Víctor Érice y, sobre todo, Yasujiro Ozu, cuya mirada estuvo siempre a la altura de la de los niños. 

Como el de los amantes, los poetas y los conspiradores en general –sus parientes cercanos–, el espacio del niño está todo él hecho de fluidos, ondas, migraciones, vibraciones, gradientes, umbrales, conexiones, correspondencias, distribuciones, pasos, intensidades, conjugaciones... El trabajo que sobre el espacio cotidiano operan las prácticas infantiles funciona como una fabulosa máquina de desestabilización y desmiente cualquier cosa que pudiera parecerse a una estructuración sólida de los sitios y las conexiones entre sitios. Los lugares pasan a servir para y a significar otras cosas y de un espacio de posiciones se transita a otro todo él hecho de situaciones. Si tuviéramos que plantearnos en los términos que Henri Lefebvre nos proponía, el espacio infantil sería ante todo espacio para la práctica y la representación, es decir espacio consagrado por un lado a la interacción generalizada y, por el otro, al ejercicio intensivo de la imaginación, mientras que la expresión extrema del espacio “adulto” –aunque más bien cabría decir adulterado– sería ese otro espacio que no es sino pura representación y que es el espacio del planificador y el urbanista. Al espacio vivido y percibido del niño –y del transeúnte que sin darse cuenta le imita– se le opone el espacio concebido del diseñador de ciudades, del político y del promotor inmobiliario. El primero es un espacio productor y producido; el segundo es o quisiera ser un espacio productivo. 

Salir a la calle es salir de nuevo a la infancia. Vivir el espacio es jugar en él, con él, a él. También nosotros desobedecemos a veces, como los niños siempre, las instrucciones que nos obligan a distinguir entre nuestro cuerpo y el entorno en que se ubica y que genera. Es cierto que hay adultos que ya han dejado definitivamente de jugar. También los hay que nunca han enloquecido, que nunca se han sentido o sabido poseídos, que no han bailado, que no se han dejado enajenar por nada ni por nadie. Los hay también que no tienen nunca sueño y no sueñan. Todos ellos tendrían razones para descubrirse a sí mismos como lo que son: el cadáver de un niño. Ninguno de ellos sabe lo que saben los niños y se nos vuelve a revelar algunas veces de mayores, cuando, caminando por cualquier calle de cualquier ciudad, nos descubrimos atravesando paisajes secretos, entendiendo de pronto que los cuerpos y las cosas se pasan el tiempo tocándose y que nada, nada, está nunca a lo lejos.

dissabte, 18 de maig de 2019

Evocación de Medellín


En marzo de 2001, la arquitecta Nora Elena Mesa, de la Universidad Nacional de Colombia, me pidió que respondiera a una serie de preguntas sobre Medellín. Estas fueron las respuestas que le mandé y que aparecieron luego publicadas en un libro compilado por Nora y titulado Vivencias, hablas, relatos, narrativas y discursos sobre la ciudad. Medellín 1995-2005 (Escuela de Arquitectura, Universidad de Antioquia, Medellín, 2001). 

EVOCACIÓN DE MEDELLÍN
Manuel Delgado

1. ¿Cuándo usted piensa en Medellín, qué se le viene a la cabeza?
Difícil de establecer, puesto que mi experiencia de Medellín está hecha de estallidos y fulgores súbitos, algunos tan infinitesimales que creo que sólo yo mismo llegué a percibirlos. Tal vez la exuberancia perceptiva del centro. Ya saben: Parque Bolivar, Junín, la Playa, las aceras que rodean el edificio Coltejer... Acaso la primera impresión, bajando de noche, desde el aeropuerto, por la carretera de Las Palmas, contemplando por vez primera el espectáculo de la ciudad como una masa iluminada, en una imagen con la que me reencontré en alguna otra ocasión más tarde, en algún local cercano a la carretera de Santa Elena, incluyendo diminutos incendios en las laderas de enfrente.

2. ¿Cuándo usted piensa en el río Medellín, que se le viene a la cabeza?
La verdad es que sé que un río del mismo nombre atraviesa Medellín. Divisando la ciudad de día, a distancia, lo he podido comprobar. En cambio mentiría si dijera que, abajo, practicando la ciudad, recibí la impresión de estar en una ciudad con río. En las seis o siete veces que he visitado Medellín no recuerdo haber hecho ni visto nada que tuviera que ver con ningún río. No he atravesado puentes, no me he asomado a barandilla alguna sobre algo que pareciese a un cauce fluvial, no he paseado por ribera alguna.

3. ¿Cuándo usted piensa en las montañas del valle de Aburrá, qué se le viene a la cabeza?
Con luz diurna, algo parecido a una imagen duplicada de la ladera que determina la percepción de mi propia ciudad –Barcelona, la sierra de Collcerola, que la flanquea por uno de sus lados lado. De noche, una sensación vertiginosa de estar literalmente asediado por un ejército innumerable de luciérnagas gigantes, que allí, me dijeron, se llaman cocuyos.

4. ¿Cuáles son los sitios más importantes que visitó o conoce de la ciudad?
¿Qué querrá decir "importantes"? ¿Para quién deben serlo esos sitios que se me invita a rememorar? Puestos a responder: los edificios emblemáticos, por razones administrativas o por su belleza; las calles del centro; los centros comerciales; los barrios de la Comuna Nororiental que pude conocer; ciertos barrios... Calles que, por cierto, me sorprendió que se llamaran como números, teniendo tantos nombres posibles: la calle donde uno tomó aguardiente por última vez; la calle en que había un local que parecía dedicado a morir escuchando tangos; la calle donde mujeres vendían jabones y elixires portentosos en puestos ambulantes. Había una plazoleta, cerca de la calle 59, que debía haberse llamado “La de dos muchachos que se besan bajo un árbol”, y una Avenida cuyo verdadero y oculto nombre era “Gran Circular que, al atardecer, atraviesan los amantes (jugándose la vida)”.

5. ¿Por qué?
Supongo que no debería negar que me impresionaron, por su vocación solemne, la antigua gobernación, el Palacio Nacional, la Catedral Metropolitana, la Iglesia de la Candelaria. Pero la verdad es que centros comerciales como San Diego o los almacenes Éxito me parecieron, a pesar de su estatus de lugares prosaicos, no menos fascinantes a la hora de jugar a las comparaciones con espacios parecidos que conozco en Europa. El metro se me antojó espantoso la primera vez que vi el hachazo que había propinado a la forma de Medellín. En cambio, no sería sincero si afirmase que esa primera impresión se ha mantenido. Con posterioridad, pude darme cuenta de cómo los medillenses no sólo lo usaban, sino que también lo habían poetizado. Acabé, primero por respetarlo; luego, al final, creo que sentía por su omnipresencia algo parecido al cariño.
Me pareció detestable tanto el edificio de la Alpujarra como la plaza que se extiende a sus pies. El Pueblito Paisa, cita ineludible de todo turista en ejercicio en Medellín, me pareció sencillamente ridículo, como me lo parecen sitios parecidos que se erigen en tantas ciudades del mundo. Qué curioso. ¿Cómo es que la gente de Medellín se empeña en vanagloriarse de lo que de menos valor posee, al tiempo que valora tan poco –o simplemente ignora– lo que de veras atrapa para siempre a huéspedes como yo?
Aprecio considerablemente todo lo que tuvo que ver con los aledaños de la Carrera 70, entre la Calle 44 y la Circular 1. Les ruego que no me obliguen a dar más explicaciones al respecto.
En principio, el Poblado debería serme antipático. En cambio, acepto que pase ratos magníficos por allí. Al lado, he visto en la plaza de Envigado monumentos que los simples mortales desconocen y de los que yo supe, un rato en que me constó que hay cosas que duran siempre, aunque se acaben.
Tuve una hermosa experiencia cuando visité Villa Guadalupe y Versalles 2, en la Comuna Nororiental. Pude conocer de cerca muchas de las gentes cuya actividad casi estocástica me fascinaba allá abajo, en el centro. Vi dónde y cómo vivían, como se divertían, y me hablaron de su mundo. Reconozco que me estremecí ante la grandeza imprevista de lo humano. Uno duda a veces de si no se equivoca y pierde su tiempo tomando inutilmente partido. Allí, por unos momentos, estuve convencido de que no y que una distancia enorme debe separar siempre el escepticismo de la pasividad.

6. En ellos, ¿qué olores, eventos y edificios resaltan?
Si tuviera que hacer un inventario de las cualidades sensibles que Medellín me impuso, destacaría un profundo olor a carburante que lo dominaba todo, pero que significativamente no me resultaba desagradable. Sonidos: el del sistema de apertura hidráulica de las puertas de los autobuses, que era como una especie de silbido que cada mañana me despertaba. Lo amaba. Por supuesto, ¿cómo olvidar el constante hilo musical de fondo, que me ha convertido en consumidor conspicuo de música vallenata –Diómedes Díaz, Las Musas, Patricia Teherán, Otto Serge, el Binomio de Oro, por descontado Escalona– y las carrileras –las Hermanas Calle, Dario Gómez. Incluso, a pesar de mis reservas iniciales, llegué a apreciar los bambucos y los pasillos. En cuanto a los edificios singulares que recuerdo, siento reconocer que en todos ellos se servían bebidas alcóholicas y se bailaba hasta bien entrada la noche.

8. ¿En qué acontecimientos de la ciudad participó?
Como espectador y partícipe –como víctima feliz– en la Fiesta de Flores. Impresionante. Como invitado oficial, estuve en el VII Congreso de Antropología, en 1994, y el IV Encuentro Hábitat-Colombia, el 1997.
También pude ser testigo de cómo se destruye sin misericordia, obedeciendo criterios estúpidamente estetizantes, una parte de la ciudad hermosa y terrible al mismo tiempo. Ver como se “reconvierte” e “higieniza” el sector de la Veracruz me recordó episodios parecidos que ha conocido mi ciudad –Barcelona–, en los que se ponía de manifiesto hasta qué punto lo que caracteriza al urbanismo continúa siendo un odio a muerte contra lo urbano, una voluntad obsesiva por someterlo a toda costa, por convertirlo en lo que ni puede ser ni será nunca: coherente.
Más allá de esos acontecimientos percibidos por todos como tales, tuve el honor de protagonizar hechos notables, en algunos casos sin parangón, aunque sospecho que, como he dicho, sólo yo mismo los viví como tales.

9. ¿Cómo le parecieron?
En las calles de Medellín soporte aguaceros y me torcí un tobillo. Conocí recibimientos triunfales y despedidas clamorosas, pero también fui derrotado, hecho prisionero y ejecutado al anochecer. Supe de lo que llena de vanidad a un hombre, pero también de vergüenza. Me exhibí, pero también anduve por ahí, ocultándome o negándome a salir. Allí me equivoqué, sin que me pese.

10. ¿Desearía volver a Medellín?
Lo que a veces quisiera es escapar de allí alguna vez.

11. ¿Por qué?
Porque uno no siempre escoge cuando marcharse de una ciudad. Como dice un poema de Pessoa, a veces piensa que se va; pero no se va, nunca se va.


 

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