En estas dos últimas clases hicimos una pequeña incursión en las
perspectivas que la antropología evolucionista hizo en relación al tema de la
religión. Al respecto, os expliqué que para algunos evolucionistas, como Lewis
H. Morgan, poco o nada cabía decir en serio a propósito de la religión. En
clase os leí un fragmento de La sociedad
primitiva, de 1877 (Ayuso). Fue esto: “El desarrollo de las ideas religiosas está rodeado de tales
dificultades intrínsecas que puede que jamás sea objeto de una exposición perfectamente
satisfactoria. La religión se dirige en tan gran parte a la naturaleza emotiva
e imaginativa, y en consecuencia moviliza elementos de conocimiento tan
incierto, que todas las religiones primitivas resultan grotescas y hasta cierto
punto ininteligibles. El tema queda pues fuera del plan de mi obra, salvo por
algunas sugerencias incidentales que puedan salir al paso”.
Ciertamente, en las primeras fases de la reflexión antropológica sobre
las sociedades exóticas, estuvo generalizada la acepción de que las etapas
presuntamente primigenias de la humanidad, de las que serían hoy testimonio los
pueblos “salvajes” más elementales, estuvieron caracterizadas por la ausencia
de algo parecido a la religión y vivían en un estado de ateìsmo y materialismo
absoluto. Esta idea, que tuvo un esponente importante en la obra de Lubbock (El origen de la civilización, 1870, Alta Fulla),
implicaba que los niveles más simples de humanidad eran incapaces de concebir
siquiera toscas supersticiones, tal era su grado de insensibilidad religiosa. Esquema de Lubbock : Ateísmo; fetichismo; estado en el que el
hombre cree que puede forzar a la divinidad a que satisfaga sus deseos; culto a
la naturaleza o totemismo, en que se veneran objetos naturales, àrboles, lagos,
etc.; chamanismo, en el que existen divinidades superiores, sólo accesibles
para los chamanes; iIdolatría o antropomorfismo, en que los dioses adoptan apariencia
humana, pero son parte de la naturaleza y no sus creadores; se les puede
persuadir. Se les representa con imágenes. Otro estado innominado en que la divinidad se presenta como creadora
del mundo y no parte de él. Una entidad de veras sobrenatural. Un último
estadio, en que la religión y la moral aparecen asociadas.
Quienes formalizan teorías acerca de la religión “primitiva” son Edward
B. Tylor y James G. Frazer. E.B. Tylot (1832-1917) procura una visión acerca
del origen y la evolución de la religión que, por primera vez, se formulaba de
manera sistemática y rigurosa y en las que la tesis que el propio Tylor designó
como del animismo ocupaba un lugar
explicativo fundamental. El animismo, según Tylor, consistiría en una especie
de materia prima hallable en la base
de cualquier idea o sentimiento religioso presente ya en los primeros momentos
y en los estadios más bajos del desarrollo humano y a partir del cual fue
posible la paulatina adquisición de formas crecientemente superiores de
religiosidad.
El animismo consistía en el conjunto de creencias que el hombre
primitivo tenía acerca de los seres o potencias espirituales que cohabitan con
él el mundo experimentado. El individuo que protagoniza este momento situado en
el inicio de la escala evolutiva sueña, tiene alucinaciones, sufre o busca
estados alterados de consciencia... En todos ellos toma contacto con espectros
que representan no sólo a las potencias y aspectos de la naturaleza
circundante, sino también y de una forma especialmente significativa, a sí
mismo y a los muertos. Esta constatación hacía inevitable una primera y
rudimentaria consciencia del alma humana. Es esta creencia espiritualista el
elemento básico común que comparten las modalidades más simples de la condición
humana y aquellas situadas ya en el campo de la civilización, así como todos
los eslabones intermedios que las unen evolutivamente. Pero si para el hombre
que habita las sociedades superiores es solamente el amplio armazón sobre el
que se sostiene todo un deso entramado de obligaciones morales, que es lo que
constituye su religión, para el primitivo el animismo, vaciado de sentido
ético, es toda su filosofía y el medio a través del cual el cosmos puede ser
pensado coherentemente.
La teoría evolutiva de Tylor que situaba el animismo en el punto de
partida, no era del todo original y ya había sido anticipada por una tradición
que comenzaba en Brosses (1760), seguía en Compte (1830-1842) y culminaba en la
teoría de los espectros de los muertos o manismo de Spencer, publicada en 1882 aunque
formulada antes de que lo hiciera Tylor. En todos los casos se presumía que la
creencia en las almas había ido abriendo paso a la consideración privilegiada
en cuanto a poder de algunas de ellas, de las que surgieron primero las
divinidades del politeísmo y, por último, los dioses monoteístas. No había un esquema, sino una evolución desde el animismo inferior, amoral, asociado a la creencia en la
persistencia del alma, a un animismo
superior, que adopta una «doctrina de la retribución», según la cual hay
para el alma premios y castigos.
En última instancia, el punto de vista tyloriano venía a subrayar que
las modernas religiones “superiores”, incluido el propio cristianismo, no eran
sino “supervivencias” más o menos moralmente elaboradas de una concepción de lo
natural y de lo sobrenatural que hundía sus raìces en la “primitividad” y en
los estados más groseros e indeseables por superados de la evolución humana.
Con ello establecía que, frente al materialismo de la moderna ciencia y la
nueva moral positiva y como un grave lastre para su desarrollo, todas las
variedades de animismo, incluso, y acaso sobre todo, las que habían
sobrevivido, constituían vestigios de los que la humanidad debía liberarse. En
orden a contribuir a tal objetivo, la antropología debía denunciar todas esas
presencias que contrariaban las leyes del progreso y cumplir con su misión de
ser, como el mismo Tylor había insistido, en proponer la “ciencia de los
reformadores”. La teoría animista gozó de un alto grado de difusión y condujo a
la confusión generalizada entre animismo
y religión primitiva. Entre sus muchos cultivadores pueden citarse a
Dorman(1881) y a Jevons (1891).






