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dilluns, 21 de març del 2022

Y dominando la ciudad ideal, un templo

El Centre Abraham, en la Vila Olímpica de Barcelona

Nota para María Gabriela Navas, doctoranda, enviada en septiembre de 2015

Y DOMINANDO LA CIUDAD IDEAL, UN TEMPLO
Manuel Delgado

Déjeme insistir en ese asunto, que creo que es básico, que es el de la raíz utópica de la Vila Olimpica, esto es la representación que asume de ser realmente la Nueva Icaria. Las experiencias de utopismo de tradición occidental, como notaba Lewis Mumford, no es casual que tantas veces hayan "sido visualizadas como una ciudad", de tal forma que la utopía ha venido siendo hasta ahora sobre todo utopía urbana. Esto lo tiene en "La utopía, la ciudad y la máquina", en Frank E. Manuel, ed., Utopías y pensamiento utópico (1982). Y es que, en efecto, la utopía es en esencia un modelo topográfico, modelo que se fundamenta en la inspiración celestial de una estructura espacial y constructiva organizada de manera lógica. Otra recomendación bibliográfica para lo que está haciendo: Françoise Choay, "La utopía y el estatuto antropológico del espacio edificado", en Juan Calatrava y José Antonio González Alcantud, eds. La ciudad: paraíso y conflicto, (Junta de Andalucia/Abada). Importante.

Ya sabe que ese es mi tema favorito. La dimensión mistico-religiosa de la arquitectura y el urbanismo como discursos. El cristianismo no ha hecho sino continuar el afán por conformar una ciudad no solo modelada, sino también modélica. Los monasterios medievales ya eran, de alguna forma, concreciones que anticipaban la promesa bíblica de la Ciudad Ideal. Más adelante, la sociedad urbana ideal concebida por Francesc d'Eiximenis en el siglo XIV y, durante el Renacimiento, las imaginadas por Alberti, Filarete o Francesco di Giorgio, implicaban idéntica proyección urbanística de perfección socioespacial, una morfología hecha de círculos y polígonos perfectos, de volúmenes simétricos y de repeticiones, que pretenden inspirar idéntica regularidad en las relaciones políticas y sociales reales. A las ciudades ideales católicas le seguirá la reformada, la Cristianópolis del pietista Johann Valentin Andreae, en el siglo XVII. En todos los casos, la ortogonización del espacio se convierte en ortogonización de la sociedad que hace uso de ella.

Cuando piense en la Vila Olimpica, no se olvide del Centro Abraham. Es fundamental para su investigación. No en vano casi siempre encontramos en medio de esa ciudad perfecta un volumen arquitectónico que remite a las fuentes trascendentes de la armonía social obtenida y expresa una síntesis en piedra de los valores trascendentes en que se funda. En el centro de Bensalem, la capital de la Nueva Atlántida de Bacon, la Casa de Salomón; también en el centro del anillo más interno de la Civita Solis de Campanella, la residencia del sacerdote supremo, de forma circular, seis veces mayor que la catedral de Florencia, el mismo referente que adopta el templo que describe Anton Francesco Doni en el núcleo de la ciudad radiante de su Mundo sabio y loco, que aloja cien sacerdotes y cuya cúpula sobrepasaría cuatro o cinco veces la de Santa Maria di Fiore. Tanto el utopismo ilustrado del XVIII - Morelly, Babeuf—, como el socialismo utópico del XIX —Owen, Fourier, Cabet, Saint-Simon; incluso la menos autoritaria de Bellamy— vuelven a insistir en torno a la misma idea de congruencia urbana que, como es sabido, inspirará proyectos como el barcelonés de Ildefons Cerdà,  no en vano inventor del concepto de urbanismo para nombrar la ciencia de la ciudad planificada. En el centro del falansterio, el templo, no por casualidad al lado mismo de la torre de vigilancia. 



diumenge, 12 de setembre del 2021

La ciudad y la vida

La foto es de Danish Cookie

Notas para el espacio "El rincón y la esquina", del Hoy por hoy (Cadena SER) del 2 de abril de 2021

La ciudad y la vida
Manuel Delgado

Una ciudad no es solo un gran conglomerado de edificios, infraestructuras y habitantes. Es sobre todo una forma de vida, un tipo de experiencia.

Lo que la define es que en su seno la vida social se desarrolla en buena parte con desconocidos totales o relativos, gente que conocemos un poco o de vista o extraños totales que irrumpen y desaparecen de inmediato o al poco y a los que nunca más volveremos a ver. Muchas de esas personas no serán inolvidables y sin saberlo habrán marcado nuestras vidas.

En la vida urbana todo es efímero y pasajero y, por ello, eterno. Solo existe lo que pasa y no vuelve a pasar nunca más. Salir a la calle en una ciudad es exponerte a lo imprevisto y a lo irrepetible. En ella el azar cumple una función esencial, puesto que la aventura, el amor o la fatalidad están, nunca mejor dicho, a la vuelta de la esquina.

La ciudad es el reino de Serendipity, aquel país de unas princesas que se pasaban el tiempo encontrando cosas que nunca buscaban. De ahí la serendipia, esa virtud del encuentro casual del que dependerá quizás nuestra vida.

En la ciudad todo ocurre literalmente sobre la marcha, puesto que todo esta hecho de cambios y sacudidas. En la ciudad, el movimiento, la intranquilidad, la agitación estructuran la vida. Todo tiembla, nada es cierto ni seguro. Uno se pasa el tiempo mudando de piel y adaptándose a cada mundo del que nos pasamos el tiempo entrando y saliendo.

Una ciudad se nutre de lo mismo que la altera. Es el lugar donde uno se pierde y se encuentra. Lugar de soledad de masas pero también de los grandes momentos de la acción colectiva.

Tiene mala reputación. La biblia la detesta –Babel, Babilonia, Ninive y la Gran Ramera, Jerusalem- y los urbanistas quieren ordenarla y ni saben ni pueden. Los gobernantes la temen, porque es escenario constante de deserciones, desacatos e insurrecciones. Es el escenario perfecto para la fiesta y la revuelta. El conflicto es su sabia, su materia primera.

La ciudad es un hecho natural, es cuerpo y paisaje. La cosa humana por excelencia.

diumenge, 6 de juny del 2021

Bicicletas en la jungla

La foto es de Bryan Goebel

Artículo publicado en El País el 17 de septiembre de 1997

BICICLETAS EN LA JUNGLA
Manuel Delgado

Decididamente, la ciudad es una jungla. Y no se entiende porque a tanta gente la parece que tal constatación es una mala noticia. Al contrario, a quienes sabemos de las ventajas de la biodiversidad y de la cooperación entre especies nos parece excelente que ese caos autorganizado que son las urbes se parezca, en su complejidad y su exuberancia, a una de esas selvas tropicales por cuya preservación tanto se lucha. Sólo al más vulgar de los darwinismos sociales se le podría antojar que el que las metrópolis sean no una negación, como se piensa, sino una apoteosis de los mecanismos que rigen la naturaleza implica algo así como el triunfo del más agresivo, del más poderoso, del más déspota. Como Darwin ya nos hiciera notar, en las junglas no prospera el más fuerte, sino el mejor adaptado.

Porque las ciudades, en efecto, son una jungla, el elemento que tiene más porvenir en ellas no es el equivalente mecánico de los grandes depedradores, los vehículos más potentes, más veloces y por lo general más destructivos. Con un 4x4 uno puede arrasar medio monte para demostrar su amor por la vida al aire libre. Con un coche-bala puede uno arrogarse un precario dominio sobre las circunstancias un viernes por la noche. Con una moto de gran cilindrada se puede sentir, de pronto, lo que debe ser tener algo de verdad potente entre las piernas. Pero todos ellos fracasan en cuanto, a una hora punta, se enfrentan a lo que ocurre en la jungla de asfalto, demuestran su incompetencia, pierden la partida ante el ímpetu de la naturaleza urbana desatándose a su alrededor. En ese contexto vuelve a cumplirse la ley de la selva, y la mano la gana de nuevo la astucia de la bestia que se amolda a su nicho ecológico, que se pliega a sus necesidades y que por ello merece no sólo el beneficio de la supervivencia sino también las ventajas de todo tipo de intercambios con su medio ambiente. Lo que mejor se ajusta a la violencia estructural de una ciudad abandonada a sus propias energías es, reconozcámoslo, la humilde y vulnerable bicicleta.

Con la bicicleta uno se encuentra ante una de esas típicas paradojas de la condición de civilizado. Pasa como con el nudismo. Ir desnudo puede ser hipercivilizado o subcivilizado, o eres un naturista socialdemócrata sueco o un reductor de cabezas de la Amazonia. El uso civil de la bicicleta es víctima de un contrasentido por el estilo. Los ciudadanos se desplazan en bicicleta en los países más pobres (Cuba, Marruecos, Vietnam...) y en los más ricos (Holanda, Japón, Canadá...). Hay países que van tan atrasados que la gente todavía va en bicicleta. En cambio otros son tan avanzados que la gente ya empieza a ir en bicicleta.

La cuestión es más complicada en países como el nuestro, que ni fu ni fa. Es decir países en que la ostentación de un vehículo a motor todavía es vital para la imagen de una parte importante de la ciudadanía, mientras que el uso de otros medios de locomoción, mucho más eficaces en marcos urbanos, puede interpretarse como signo de algún tipo de indignidad, carencia o anomalía. En estos casos el uso de la bicicleta señala una ambigüedad inaceptable, puesto que no permite identificar socialmente con claridad a quién la usa : un desgraciado que no puede moverse en otra cosa, un ecologista en busca de redención, un esnob que se las quiere dar de algo... En cualquier caso alguién que encarna un elemento de intriga (¿de qué va?), un factor de excepción en el paisaje cuya etiologia conviene conocer de inmediato.

Es por ello que el ciclista civil, que circula de paisano los días de cada día por la ciudad, ha de hacer algo de lo que se dispensa, por ejemplo, a ese otro ciclista que, disfrazado ridículamente y a toda velocidad, se dedica a aterrorizar a los usuarios de caminos forestales los fines de semana. Al ciclista de diario, al contrario del peligroso ciclista dominguero, se le obliga a dar explicaciones. La característica del ciudadano ciclista es la de tener que estar todo el tiempo justificándose y respondiendo a una misma pregunta : ¿cómo es que vas en bici?. Es lógico puesto que su presencia en la calle funciona como una auténtica alteración del orden público, cuando menos conceptual, que sólo puede quedar restablecido luego de una aclaración que explique lo inexplicable : ¿cómo es que vas en bici?

Lo grave es que esa estupefacción de la mayoría de ciudadanos normales, es decir de aquellos que prefieren los embotellamientos, llegar tarde a los sitios y desesperarse buscando aparcamiento, la comparten plenamente algunos profesionales de la vía pública cuya actitud resulta estratégica. Por ejemplo, un buen número de conductores han llegado a la conclusión de que el ciclista no es sólo un bicho raro, sino que además es un bicho nocivo, de tal manera que perciben como un problema lo que se plantea como una solución para los problemas circulatorios. ¿Opción? : expulsarlo como sea de la escena, apartarlo, arrinconarlo, hacerle la vida imposible. En esa tarea de hostigamiento se cuenta con la complicidad de la mayoría de guardias municipales, que a buen seguro contemplan con asombro que haya quién se tome en serio las campañas municipales de promoción de la bicicleta.

A pesar de todo continua mereciendo la pena ir en bicicleta. Y no porque sea un medio de transporte barato, sobre todo pensado en lo altamente probable que es que te la roben a la mínima de cambio. Tampoco sirve para adelgazar, está demostrado. En cambio, sí que es un vehículo seguro. Basta tan sólo con que se eviten algunos carriles-bici, como aquellos en los que se ha de luchar por el territorio con usuarios del espacio público a los que puedes, como los peatones, o que te pueden, como los taxistas que consideran que un ciclista en el carril-bici es siempre un intruso, puesto que todo el mundo sabe que una bicicleta dibujada en el suelo quiere decir carril-taxi.

¿Cuáles son las la razones por las que, a pesar de la incomprensión general, hay personas que utilizan la bicicleta para sus desplazamientos por la ciudad y porqué esas personas son cada vez más numerosas? La respuesta al extraño enigma (¿cómo es que vas en bici?) es tan simple como decepcionante para quiénes están convencidos de que ir en bici es algo que sólo se puede hacer por militancia o para cumplir alguna promesa. La bici se usa, a), porque las más de las veces se llega antes, y b), porque es más diver.

Vayan estas líneas como saludo de simpatía a los participantes en Velo City’ 97, el congreso internacional que se celebra estos días en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona y que reune a gente que lucha para que la ciudad continue siendo una jungla, pero un poco más amable. Ojalá el futuro les pertenezca.





dijous, 13 de maig del 2021

El urbanismo como máquina de guerra contra lo urbano

La foto es de James Maher

Fragmento del artículo De la ciudad concebida a la ciudad practicada, publicado en la revista Archipiélago, 62 (2004): 7-11

EL URBANISMO COMO MÁQUINA DE GUERRA CONTRA LO URBANO
Manuel Delgado

La relación entre cultura urbana –el conjunto de maneras de vivir en espacios urbanizados– y cultura urbanística –asociada a la estructuración de las territorialidades urbanas– ha sido crónicamente polémica. Los arquitectos urbanistas trabajan a partir de la pretensión de que determinan el sentido de la ciudad a través de dispositivos que quieren dotar de coherencia a conjuntos espaciales altamente complejos. La labor del proyectista es la trabajar a partir de un espacio esencialmente representado, o más bien, concebido, que se opone a las otras formas de espacialidad que caracterizan la practica de la urbanidad como forma de vida: espacio percibido, practicado, vivido, usado... Su pretensión: mutar lo oscuro por algo más claro. Su obsesión: la legibilidad. Su lógica: la de una ideología que se quiere encarnar, que aspira a convertirse en operacionalmente eficiente y lograr el milagro de una inteligibilidad absoluta.

La labor del urbanista es la de organizar la quimera política de una ciudad orgánica y tranquila, estabilizada o, en cualquier caso, sometida a cambios amables y pertinentes, protegida de la obcecación de sus habitantes por hacer de ella un escenario para el conflicto, a salvo de los desasosiegos que suscita lo real. Su apuesta es a favor de la polis a la que sirve y en contra de la urbs, a la que teme. Para ello se vale de un repertorio formal hecho de rectas, curvas, centros, radios, diagonales, cuadrículas, pero en el que suele faltar lo imprevisible y lo azaroso. En su vocación demiúrgica, buen número de arquitectos y diseñadores urbanos se piensan a sí mismos como ejecutores de una misión semidivina de imponerle órdenes preestablecidos a la naturaleza, en función de una idea de progreso que considera el crecimiento por definición ilimitado y entiende el usufructo del espacio como inagotable. Asusta ante todo que algo escape a una voluntad insaciable de control, consecuencia a su vez de la conceptualización de la ciudad como territorio taxonomizable a partir de categorías diáfanas y rígidas a la vez –zonas, vías, cuadrículas– y a través de esquemas lineales y claros. Espanta ante todo lo múltiple, la tendencia de lo diferente a multiplicarse sin freno, la proliferación de potencias sociales percibidas como oscuras. Y, por supuesto, se niega en redondo que la uniformidad de las producciones arquitectónicas no oculte una brutal separación funcional de la que las claves suelen tener que ver con todo tipo de asimetrías que afectan a ciertas clases, géneros, edades o etnias.

En los espacios urbanos arquitecturizados –edificios o plazas– parece como si no se previera la sociabilidad, como si la simplicidad del esquema producido sobre el papel o en maqueta no estuviera calculada nunca para soportar el peso de las vidas en relación que van a desplegar ahí sus iniciativas. En el espacio diseñado no hay presencias, lo que implica que por no haber, tampoco uno encuentra ausencias. En cambio, el espacio urbano real –no el concebido– conoce la heterogeneidad innumerable de las acciones y de los actores. Es el proscenio sobre el que se negocia, se discute, se proclama, se oculta, se innova, se sorprende o se fracasa. Escenario sobre la que uno se pierde y da con el camino, en que espera, piensa, encuentra su refugio o su perdición, lucha, muere y renace infinitas veces. Ahí no hay más remedio que aceptar someterse a las miradas y a las iniciativas imprevistas de los otros. Ahí se mantiene una interacción siempre superficial, pero que en cualquier momento puede conocer desarrollos inéditos. Espacio también en que los individuos y los grupos definen y estructuran sus relaciones con el poder, para someterse a él, pero también para insubordinarse o para ignorarlo mediante todo tipo de configuraciones autoorganizadas.

La utopía imposible que el proyectador busca establecer en la maqueta o en el plano es la de un apaciguamiento de la multidimensionalidad y la inestabilidad de lo social urbano. El arquitecto puede vivir así la ilusión de un espacio que está ahí, esperando ser planificado, embellecido, funcionalizado..., que aguarda ser interrogado, juzgado y sentenciado. Se empeña en ver el espacio urbano como un texto, cuando ahí sólo hay textura. Tiene ante sí una estructura, es cierto, una forma. Hay líneas, límites, trazados, muros de hormigón, señales... Pero esa rigidez es sólo aparente. Además de sus grietas y sus porosidades, oculta todo tipo de energías y flujos que oscilan por entre lo estable, corrientes de acción que lo sortean o lo transforman.



diumenge, 9 de maig del 2021

La ciudad como cuarto de ecos

La foto es de K.C. Lee Lee

Final de la conferencia "La ciudad como sociedad de lugares", pronunciada en el Teatro Municipal General San Martín.Buenos Aires, en agosto de 2007.

LA CIUDAD COMO CUARTO DE ECOS
Manuel Delgado

Hablar de la ciudad como un campo de significado es hacerlo homologando la ciudad a un mito, no en el sentido en que lo haría Barthes –el mito como mixtificación o reducción falsificadora de lo real–, sino en el sentido lévi-straussiano, es decir del mito como instancia inteligente en la que los tres niveles en los que se expresa el mundo a los humanos –lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario– coexisten mezclándose. En la ciudad vemos la misma sobreposición de instancias –la de lo Real y la de lo Imaginario– a las que se suma enseguida el trabajo de lo Simbólico –que, por otra parte, no es otra cosa que eso, es decir un trabajo o producción– en una tarea que en el fondo no muy distinta que la que hemos visto ejercer siempre a los mitos, empeñados una y otra vez en jugar con los distintos planos de la experiencia hasta hacerlos indistinguibles. En ese orden de cosas, la ciudad, en efecto, ejerce esa misma labor que Lévi-Strauss contemplaba llevando a cabo a los mitos, que es la de confundir esos tres niveles: lo imaginario –entendido como la expresión más plausible y más ejecutiva de la realidad–, lo simbólico –como labor de producción de sentido– y lo real –como eso que está ahí y cuya presencia intentamos inútilmente conocer o acaso tan sólo mantener a raya. 

Acaso, como en relación con el mito, el urbanita sólo puede vivir la ilusión de que realmente es él quien emplea los lugares de cualquier ciudad como instrumentos a través de los cuales pensar y hacer. Probablemente sea lo contrario y, como ocurre con los mitos, sean los lugares de cualquier ciudad las que empleen a los humanos –esos transeúntes que van de aquí para allá– para comunicarse y hacer sociedad entre sí. Ciertamente, por ello, todo ciudadano es en realidad un mitodano, el habitante de un mito. 

Salir a la calle entonces es iniciar un viaje, y un viaje no muy distinto que el que a principios del siglo XX llevara a Victor Segalen al extremo Oriente. ¿Qué es lo imaginario? –se pregunta Segalen–: lo que hay antes de la partida, lo que luego se abandona al llegar –en el momento de enfrentarse con lo real–, pero que luego se reencuentra y se imbrica con ese mismo real. O, como él mismo escribiera: “Peripecias: yo, partido en busca de lo Real, fui apresado de golpe y no siento otra cosa. Poco a poco, muy delicadamente, asoman los muros de un imaginario anterior. Después de algún tiempo: juego alterno. Luego triunfo de lo Imaginario por el recuerdo y la nostalgia de lo real.” 

Los imaginarios sociales son entonces, como propone Ledrut, “aquellas representaciones colectivas que rigen los sistemas de identificación y de integración social, y que hacen visible la invisibilidad social”. Y, ¿qué es eso que funda y organiza lo social, pero no se ve, sino lo evocado, lo recordado, lo invocado, lo esperado, lo soñado, el deseo... Lo que fue, pero todavía es; lo que estuvo, pero se resiste a marchar; lo que ya está ahí, aunque todavía no haya llegado. Todo lo que anuncia su nacimiento; todo lo que se niega a morir. Un montón de restos; lo que está a punto de suceder.

Pasear por las calles, atravesar cualquier plaza, transcurrir por el corredor del metro, subir o bajar las escaleras de tu propia casa o de la casa de otros es pasear, atravesar, transcurrir, subir o bajar uno o varios imaginarios el propio y el de todos los otros que dejaron o dejarán allí o por allí sus huellas. El ciudadano es entonces el morador incansablemente en tránsito de un cuarto de ecos, en que todo es reverberación o reflejo. Cada sitio dialoga con otros sitios, de igual modo que cada momento interpela a otro momento y lo que esos otros sitios y momentos valen o significan. Cada sonido y cada sombra es así, en la ciudad, de pronto, además, juicio, recuerdo, precio o señal, todo lo que está ahí, aunque no esté. No otras cosas, sino todo lo otro.




dimarts, 7 de juliol del 2020

Intersticios. Lógica del intervalo

La foto es de Jordi Secall
Mensaje personal enviado el 8 de agosto de 2009 a mi amigo y entonces doctorando Omar Borrás, que entonces estaba acabando su tesis sobre las apropiaciones sociodeportivas de espacios intersticiales por parte de la comunidad cochabambina en Barcelona.

INTERSTICIOS. LÓGICA DEL INTERVALO
Manuel Delgado

Del latin interstitium, intersticio es un término que indica espacio entre instancias, hueco o hendiduda en un tejido o estructura o también intervalo entre tiempos y lugares.

En ciencias sociales, la noción de intersticio se asocia a la idea de espacio entre instituciones. Esa era la intención de Frank M. Thrasher cuando usó el concepto de “sociedad intersticial” para referirse a los grupos juveniles que desarrollaban formas específicas de sociabilidad en ese contexto entre, es decir en regiones que quedaban vacantes entre instituciones primarias de la sociedad, como puedan ser la familia o la escuela. Thrasher designó en 1927, en su célebre The Gang, esa idea de "sociedades intersticiales" a las pandillas juveniles que proliferaraban en las grandes ciudades norteamericanas. La noción de intersticialidad remite a lo que sucede en las zonas al mismo tiempo topográficas, económicas, sociales y morales que se abren al fracturarse la organización social, fisuras en el tejido social que son inmediatamente ocupadas por todo tipo de náufragos, por así decirlo, que buscan protección de la intemperie estructural a que la vida urbana les condena. Estas agrupaciones expresaban en términos morales y resolvían en el plano simbólico tránsitos entre esferas incompatibles o contradictorias de la sociedad global en que se insertan, como, por ejemplo, obligaciones laborales o escolares/ocio, trabajo/paro, aspiraciones sociales/recursos reales, familia/inestabilidad emocional, etc. Es decir, la intersticialidad sería una de las consecuencias de las tendencias anomizantes propias de la urbe contemporánea, una consecuencia más del debilitamiento o la desactivación de los viejos vínculos comunitarios.

Por extensión, esa noción de intersticial es del todo pertinente a la hora de considerar espacios tanto físicos como morales que se desarrollan no tanto al margen como entre ámbitos plenamente institucionalizados, a la manera de grietas o hendiduras. Esa noción de intersticio se adapta bien, ahora en términos morfológicos, a espacios urbanos tipo descampado, lo que los urbanistas y arquitectos llaman terrain vague, y que designa “lugares, territorios o edificios que participan de una doble condición: por un lado, vague en el sentido de vacante, vacio, libre de actividad, improductivo y, en muchos casos, obsoleto; por el otro, vague en el sentido de impreciso, indefinido, vago, sin límites determinados, sin ningún horizonte futuro” (Ignasi de Solà-Morales, Present i futurs. Arquitectura a les ciutats, CCCB, 1996, p. 21).

De todos modos, como comparatistas que somos, los antropólogos no podemos dejar de reconocer en esas nociones variables específicamente urbanas y actuales de otro concepto que nos es bien cercano y propio, que es el de liminalidad, con el que designamos la capacidad de un determinado orden social de generar, mediante la dramatización ritual de los tránsitos, la existencia de comarcas y experiencias que se producen, como escribiera Turner en uno de los capítulos de La selva de los símbolos (Siglo XXI), en umbral, es decir “entre lo uno y lo otro”, o, lo que es igual, entre estados distintos, entendiendo por estado ubicaciones fijas y recurrentes, culturalmente reconocidas en el seno de un determinado organigrama de posiciones o estatus sociales institucionalizados o cuanto menos duraderos.
No resisto la tentación de poner todo ello, a otro nivel, en relación con el último capítulo de la Lógica del sentido de Deleuze (Anagrama), que se titula precisamente “La grieta”, y en la que reflexiona sobre lo que Jacques Lantier, el protagonista de La bestia humana, de Zola, llama justamente así, “la grieta”, esas “repentinas pérdidas de equilibrio, como fracturas, agujeros por los cuales su yo se le escapaba en medio de una especie de gran humareda que lo deformaba todo”.

En cuanto a la diferencia entre “espacio social intersticial” y “espacio intersticial”, para nosotros, como buenos herederos de la tradición durkheimniana que deberíamos considerarnos, “social” siempre es un pleonasmo. Nada hay que no lo sea.


dilluns, 23 de març del 2020

Ciudadano, mitodano



Extracto de la conferencia pronunciada en la Manzana de las Luces de Buenos Aires en setiembre de 2008 en las jornadas "El espacio en Buenos Aires" y publicada en Armando Silva, ed., Imaginarios urbanos en América Latina, Fundació Tàpies, Barcelona, pp. 179-187.

CIUDADANO, MITODONADO
La ciudad como sociedad de lugares y como mito
Manuel Delgado

Tenía razón Cornelius Castoriadis cuando, en su prólogo para la edición de 1985 de Las encrucijadas del laberinto (Gedisa), se quejaba de la trivialización de que estaba siendo objeto el concepto de imaginario social, que se había incorporado como naturalmente a todo tipo de discursos, tanto más o menos académicos como populares, de una manera además que hacía difícil reconocer en esas apropiaciones algo de lo que él había sugerido al plantear esa noción como central en su teoría.2 Esa tendencia al abuso y a la alegría en la utilización del concepto de imaginario no ha hecho sino agudizarse desde entonces. La cuestión no está sólo en la polisemia disparada que inviste tal valor teórico, sino la manera como ha sido maltratado por todo tipo tanto de oscurecimientos como de banalizaciones. Así, de un lado están todas las lecturas hermeneútico-culturalistas que han hecho del imaginario uno de los ingredientes con que nutrir una especie de jerga oscurantista que remite a no se sabe bien qué tipo de entidad abstracta imposible de contornear teóricamente e ilocalizable en el mundo empírico; del otro simplificaciones que se limitan a identificar mecánicamente la noción de imaginario con la marxista de ideología o la durkheimniana de representación colectiva, ellas mismas también objeto recurrente de simplificación.

Si atendemos ese ámbito concreto de lo que se presenta como imaginarios urbanos el paisaje resulta entonces en especial desolador. Si en general los imaginarios han acabado sumergiendo lo que pudo haber sido su valor conceptual en un océano de distorsiones y opacidades –siempre basculando entre lo banal y lo soteriológico–, en las cercanías de las ciencias sociales de la ciudad la categoría imaginarios –ahora con la denominación de origen “urbanos”– ha caido de pleno en manos de los llamados “estudios culturales”, esa apoteosis de la superstición de la autonomía de los hechos culturales que está causando estragos en lo que es su ya larga agonía. Un seguimiento pormenorizado de los avatares de la escuela revela enseguida su escasez de aportes teóricos serios y solventes, difíciles de encontrar entre una maraña de artículos menores producidos con sospechosa copiosidad. La contribución metodológica de los cultural studies, ha sido pobre y se ha reducido a una depredación de propuestas ajenas, entre ellas algunas de las impugnadas desde la propia corriente. El resultado: un eclecticismo que, como suele ser habitual, no hace sino disimular la mediocridad de sus resultados. Por otro lado, en manos de los estudios culturales la noción de imaginarios urbanos ha acabado convirtiéndose en instrumento al servicio tanto de la legitimación simbólica de las instituciones políticas de la ciudad como de la promoción mercadotécnica de sus singularidades estéticas de cara a promotores inmobiliarios, clases medias ávidas de nuevos y viejos “sabores locales” y al turismo, todo ello en un contexto generalizado de reapropiación capitalista de las metrópolis y de conversión de éstas en mero producto de y para el consumo.

Es por ello –por los derroteros que está tomando la noción de imaginarios urbanos y el tipo de señores a los que ha acabado sirviendo– que convendría recuperar autores que empezaron hace años a usar el concepto de imaginarios urbanos, seguramente sin ni siquiera intuir en qué acabaria convirtiéndose con el tiempo. Me refiero a Raymond Ledrut, un autor pionero en este campo y al que no se le suele reconocer el valor de su aportación fundadora, en una línea muy alejada de las lecturas idealistas que monopolizan hoy la noción de imaginarios urbanos. Fue Ledrut quien acuñó en su momento la categoría teórica de forma social justo para remitirse a la interrelación intensa e íntima entre la mofología social y el orden de las representaciones, poniendo de manifiesto ya no su mutua dependencia, sino su indescirniblidad mutua. Ledrut escribía: “El realismo banal quiere depurar la sociedad de sus imaginarios, pero olvida que éstos son reales y forman parte de la sociedad real... Esos imaginarios no son representaciones, sino esquemas de representación. Estructuran a cada instante la experiencia social y engendran tanto comportamientos como imágenes reales” («Société réel, société imaginaire», Cahiers Internationaux de Sociologie, 82 (1987), pp. 42-45).

La ciudad, en efecto, no es sólo una agrupación de volúmenes construidos, ni una trama de canales y conexiones, ni una sociedad de individuos, segmentos e instituciones. No es sólo suma de cantidades contables o estadísticas, sino organizacíón o estructura de calidades socialmente establecidas. Una ciudad es sobre todo un campo de significaciones. Son esas significaciones las que proveen de la materia prima de la que está hecha la experiencia urbana, que es justamente lo que el científico social toma como su objeto de conocimiento. Experiencia como vivencia subjetiva, pero no menos como experimentación empírica, como conducta; emoción y textura; al tiempo sentimiento, sensación y acto. Como escribe Ledrut en Les images de la ville (Anthropos): “Las significaciones no existen en una ciudad en sí misma, separada de la práctica que llevan a cabo los hombres de un tiempo y de un mundo [...], no están ni en las cabezas ni en las cosas, están en la experiencia: aquí la experiencia urbana”.

Una sociedad –urbana, por ejemplo– no consiste en una acumulación de estratos superpuestos, el superior conteniendo las constelaciones ideológicas y el inferior la morfología social en si. Una sociedad es un sistema de relaciones entre seres humanos, relaciones jerarquizadas según la naturaleza de sus funciones y que tiene cada una un peso específico en la producción y reproducción social. Es decir, los imaginarios no son meras proyecciones especulares, a la manera como entienden las interpretaciones vulgares de la relación entre infraestructura y superestructura en Marx, ni modalidades ideales del sistema social, como ha venido pretendiendo el estructuralfuncionalismo menos exigente teóricamente. Si tuviéramos que plantearlo en términos marxistas, ese orden de significaciones –o al menos buena parte de sus elementos– no tendría por qué ser un mero sistema de meras proyecciones o emanaciones epifenómenicas, puesto que –como nos ha recordado Maurice Godelier en Lo ideal y lo material (Taurus)– la distinción entre infraestructura y superestructura no es una distinción entre niveles, ni entre instancias o instituciones –aunque así pueda aparecer–, sino que es sobre todo una distinción entre funciones. De igual forma que las representaciones colectivas no son en Durkheim un espejo de la realidad social, sino la realidad social, desvelada como constructo construido, pero deconstruible y reconstruible en todo momento. La infraestructura es, en Marx –recordémoslo–, una combinatoria de diversas condiciones materiales y sociales que permite a los miembros de una sociedad producir y reproducir los medios materiales de su existencia social. Tales condiciones son las ecológicas y geográficas concretas, las relaciones de producción, pero también las fuerzas productivas, que son los medios materiales e intelectuales que utilizan los miembros de dicha sociedad después de haberlos inventado, copiado o heredado. En nuestro caso –el de la ciudad– buena parte de esos esquemas de significación o imaginarios están ahí no como una ilusión espectral o un espejismo de la sociedad urbana, sino como un factor de cohesión, desarrollo y prosperidad, como no menos de los conflictos que la desgarran y hacen que pase buena parte de su tiempo enfrentándose consigo misma. El imaginario –identificado aquí con lo que Godelier llamaría parte ideática o ideacional, que no ideal, de lo real– no debe ni puede ser objeto de hermenéutica o exégesis alguna, porque no es un mensaje oculto o un texto en cifra. Los imaginarios urbanos no representan a la ciudad –en el sentido de que están en su lugar y hablan o muestran en su nombre–, sino que son la ciudad. Una ciudad no connota, es las connotaciones que suscita, las conexiones, oposiciones, taxonomías que organizan significativamente sus elementos y permiten reconocerlos como unidades discretas –ese momento, ese sitio, aquella silueta, esta ausencia...–, de igual manera que los seres urbanos –habitantes o usuarios– no interpretan la ciudad, ni siquiera la leen, sino que simplemente la viven.

La noción de imaginario tampoco impugna la vieja premisa materialista según la cual son las condiciones objetivas de vida las que en última instancia determinan lo que las personas piensan de sí mismas y del mundo en qué viven. Una puesta de relieve de los imaginarios y de su importancia no cuestiona lo que Lévi-Strauss, en su polémica con Sartre, llamaba “la indudable primacía de las infraestructuras”. El imaginario se identifica con ese esquema conceptual que gobierna las prácticas, pero que no es ajeno a la praxis, en el sentido marxista de la palabra, es decir como algo que es una entidad a la vez empírica e inteligible, acontecimiento y ley teórica. Ese imaginario urbano –como cualquier otro imaginario– no es una nebulosa abstracta que revolotea en el ambiente o en la cabeza de los individuos. Ni siquiera es propiamente un código del que dependería la organización de la realidad urbana. Todo lo contrario, es lo que le sucede a los individuos –incluyendo en ello lo que sueñan, esperan, planean o añoran– de lo que se nutre todo imaginario para constituirse y constituir, de igual forma que es el habla la que determina la lengua, el mensaje al código, la vida a la ideas. Ningún imaginario urbano existe como colgado en el vacío, ni surge de una nada metafísica o de un orden arquetípico universal descontextualizado, sino que, como establece Ledrut, es un lenguaje que “reposa en definitiva sobre una experiencia y sobre una práctica”. Es eso lo que hace de los imaginarios todo lo contrario de lo que sus apropiaciones superficiales hacen de ellos: los imaginarios no son “imágenes” sólo, sino auténticas epifanías, manifestaciones; no son una designación sino una encarnación, a la manera como el vuelo de las aves le permite al augur ver lo que de otro modo no se podría ver, es decir acceder a las dimensiones invisibles de la realidad y recibir allí información precisa acerca del significado profundo, estratégico, de las cosas y los hechos.

De ahí que Ledrut –como harán más tarde la mayoría de autores que han trabajado la cuestión– reclame el plural para hablar no de imaginario, sino de imaginarios urbanos. Haciéndolo advierte que ese campo de significación que es la experiencia urbana es un sistema heterogéneo y diferenciado, hecho de encabalgamientos y cruces de significaciones, no por fuerza armoniosas, puesto que en que ellas las incompatibilidades y los choques son constantes. Eso es lo que le permite a Ledrut señalar la distancia inmensa que suele haber entre el imaginario del urbanista y los esquemas imaginarios que aplican o que reconocen quienes están o recorren un espacio urbano cualquiera, del vecino al merodeador. Nada hace demostrable que los lenguajes que emplea el urbanícola sean variaciones sumisas del sistema que un grupo dominante impone a través de su control sobre la producción de formas y símbolos urbanos. Al contrario, los “doctrinarios” del urbanismo –como les llama Ledrut– no pueden hacer otra cosa que realizar una imagen “racional”, imagen que puede ser considerada –y es constantemente considerada– como “no racional” por el “no urbanista”, que trabaja siempre el espacio que usa a partir de elementos latentes, sobreentendidos, implícitos..., elementos de los que el urbanista y el poderoso al que sirve no saben ni pueden saber en realidad apenas nada. Tampoco los imaginarios urbanos tienen porqué identificarse –aunque se identifiquen sistemáticamente– con la imagen que de una determinada ciudad se pretende dar desde las campañas oficiales o comerciales de promoción, destinadas a turistas, inversores o a los propios ciudadanos. Ese tipo de imaginarios usurpados destinados a la propaganda o a la publicidad se basa en la simplicidad y son de hecho imaginarios caricaturescos, hechos de tópicos y clichés orientados a convertir a sus destinatarios en súbditos dóciles o en consumidores dependientes.

No menos importante es el sentido que ese énfasis en lo plural y heterogéneo tiene de oposición y hasta de impugnación de lo que han sido teorías de un conductismo vulgar que han trabajado sobre presupuestos fuertemente psicobiológicos, que entenderían la imagen de la ciudad como formando parte de mecanismos de adaptación a entornos urbanos para los que la cuestión de la legibilidad resultaría fundamental. Desde tal perspectiva –de la que sin duda Kevin Lynch seria el principal exponente–14 determinados contextos demasiado embarullados o confusos tendrían efectos negativos en la medida que implicarían disonancias perceptuales que dificultarían la adaptación territorial, primero sensitiva y luego vital. En ese tipo de postulados se inspiran iniciativas urbanísticas que urgen generar espacios transparentes, claros, previsibles, en los que una distribución adecuada de elementos induciría –a la manera de una caja de Skinner– determinados significados y determinadas prácticas, a las que es fácil presuponer como pretendidamente desconflictivizadas y sosegadas. Ese tipo de concepciones de la imagen de la ciudad como paisaje tranquilo y tranquilizante, son incompatibles con la naturaleza crónicamente alterada de la experiencia urbana y los imaginarios a ella asociados, puesto que, como señala Ledrut siempre en Les images de la ville, “los conflictos, las tensiones y las incoherencias que aparecen en el campo del ‘imaginario urbano’ no tienen menos importancia que los acuerdos, las concordancias y las estructuras, ya se trate de relaciones entre grupos, y los modelos o relaciones que se den en el interior mismo de la aprehensión individual del mundo urbano”.

Hablar de la ciudad como un campo de significado –y el propio Ledrut así lo reconoce–es hacerlo homologando la ciudad a un mito, no en el sentido en que lo haría Barthes –el mito como mixtificación o reducción falsificadora de lo real–, sino en el sentido lévi-straussiano, es decir del mito como instancia inteligente en la que los tres niveles en los que se expresa el mundo a los humanos –lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario– coexisten mezclándose. En la ciudad vemos la misma sobreposición de instancias –la de lo Real y la de lo Imaginario– a las que se suma enseguida el trabajo de lo Simbólico –que, por otra parte, no es otra cosa que eso, es decir un trabajo o producción– en una tarea que en el fondo no muy distinta que la que hemos visto ejercer siempre a los mitos, empeñados una y otra vez en jugar con los distintos planos de la experiencia hasta hacerlos indistinguibles. 

En ese orden de cosas, la ciudad, en efecto, ejerce esa misma labor que Lévi-Strauss contemplaba llevando a cabo a los mitos, que es la de confundir esos tres niveles: lo imaginario –entendido como la expresión más plausible y más ejecutiva de la realidad–, lo simbólico –como labor de producción de sentido– y lo real –como éso que está ahí y cuya presencia intentamos inútilmente conocer o acaso tan sólo mantener a raya. Acaso, como en relación con el mito, el urbanita sólo puede vivir la ilusión de que realmente es él quien emplean los lugares de cualquier ciudad como instrumentos a través de los cuales pensar y hacer. Probablemente sea lo contrario y, como ocurre con los mitos, sean los lugares de cualquier ciudad las que empleen a los humanos –esos transeúntes que van de aquí para allá– para comunicarse y hacer sociedad entre sí. Ciertamente, por ello, todo ciudadano es en realidad un mitodano, el habitante de un mito.





dimecres, 28 de juny del 2017

Elogi de la ciutat dormitori

Foto d'Alex Burgaz
Aquest és un fragment del text "Vida en bloc", escrit per al catàleg de l'exposició de Pedro G. Romero, "La ciutat buida", celebrada a la Fundació Tàpies el 2006, a propòsit de Badia del Vallès. 

ELOGI DE LA CIUTAT DORMITORI
Manuel Delgado

La qüestió és saber si realment la virtut cohesionadora de la lluita i de la festa hagués pogut conèixer els fruits que va recollir a indrets –ciutat?, barri?, poble?– com Badia. Topem aquí amb la crítica fàcil contra les agrupacions d’habitatges en blocs que ha estat dominant en els darrers anys des de pràcticament tota les instàncies amb competència sobre la qüestió del creixement urbà. Aquesta defensa no ignora –ans el contrari– els innombrables defectes d’aquest tipus d’edificació, com a conseqüència de les condicions de sotmetiment al principi de benefici i la pèssima qualitat arquitectònica de la majoria de projectes, però si que subratlla és que la forma d’agregació dels habitatges i la provisió d’espais per la trobada –de banda d’altres mèrits, com ara les noves formes d’habitalitat o l’evidència que realment ni hi havia alternatives habitacionals pels grans canvis demogràfics que van experimentar les societats urbanoindustrials europees, incloent-hi l catalana– va potenciar expressions de vida col•lectiva una de les quals va ser justament la de la mobilització per la lluita social o el seu parent i al temps simulacre: la festa, com a reclamació i obtenció del dret a l’ús intensiu i no instrumental de l’espai públic. Amb tots els seus immensos defectes, la construcció de conglomerats de blocs implicà, en un cert moment, una definició de les expansions urbanes i de la ciutat mateixa col•locant en primer terme la qüestió de l’habitatge social, que adquiria així un protagonisme que ni havia tingut mai, ni recuperarà posteriorment.

Aquest estil de creixement urbà comença a rebre crítiques sistemàtiques i generals a partir dels anys 70. Badia –no s’ha d’oblidar– és, tot i ser presentat com un model de futur per les autoritats del moment, pràcticament el darrer polígon d’habitatges que s’aixeca a Catalunya. Entre les causes que determinen el seu abandonament –no sols aquí, sinó gairebé a tot arreu– figuren sens dubte el seu fracàs en ordre a articular-se en criteris d’ordenació territorial més ample, l’arbitrarietat de les seves ubicacions territorials, l’evidència que no s’havien tingut en compte multitud de factors infraestructurals i de comunicació, la seva inviabilitat econòmica i funcional…, entre altres factors. Caldria considerar si entre aquests factors no hauria de figurar en lloc destacat l’evidència, perfectament constatada des de les corresponents instàncies de control social, que aquest tipus d’agregacions humanes acabaven constituint un nucli de conflictivitat difícil de fiscalitzar políticament i complicat de sotmetre en quant experimentava algun dels seus periòdics esclats de ràbia. I això és vàlid tant pel cas en el que aquests conglomerats es convertien en focus de marginació autoorganitzada, com en els casos coetanis, com ara el Polígon Gornal o La Mina, com quan esdevenien en referents de lluita de classes, com el cas de la pròpia Badia i tantíssims altres a l’àrea metropolitana de Barcelona i a tot arreu on es van edificar.

De fet, en bona mesura el sistema de blocs implicava una alternativa a l’amuntegament de la classe treballadora en determinats barris vells o en centres urbans, fàcils de tancar amb barricades i en els quals els sectors més ingovernables de la ciutat podien fer-se forts i resistir l’assetjament de la policia i fins i tot de l’exèrcit. És ben sabut que aquesta tendència de les classes treballadores europees a tancar-se en barris intricats i convertir-los en fortins insurreccionals –de la qual, per cert, Barcelona havia estat un exemple més destacat– és el que havia justificat en bona mesura les actuacions urbanístiques d’esponjament i higienització urbanes al llarg dels segles XIX i XX, de les quals la de Haussman a París en seria el paradigma. Ara bé, aquesta alternativa consistent en endur-se a la classe obrera als suburvis periurbans i allunyar-la dels nuclis urbans va comportar resultats imprevists, entre ells el de permetre formes de convivència que tampoc eren tan distintes de les de veïnatge tradicional i que havien permès fer del barri, com a unitat de copresència física, una mena de cau per l’autoorganització de cara a la defensa dels seus interessos de classe.

Els exemples de fins quin punt les ciutats-dormitoris van conformar-se en epicentres d’activitat impugnadora del sistema social i polític dominant són nombrosos i trascendeixen, en el cas català i espanyol, el marc de la resistència antifranquista al que moltes vegades han volgut ser relegats. De fet, Badia s’inaugura pocs mesos abans de la mort del dictador i les seves lluites es desenvolupen en la transició nominal a la democràcia i posteriorment. Encara més espectacular és el cas del que sens dubte ha estat la més gran explosió de lluita veïnal que ha conegut Catalunya en les darreres sis o set dècades: la revolta del barri del Besòs a finals del 1990, ja en plena etapa “democràtica”. En aquella oportunitat –com segurament no es recordara– els veïns d’aquell barri van protagonitzar una protesta extremadament violenta contra el projecte d’edificar en uns terrenys inicialment destinats a equipaments, en una intervenció que formava part de les transformacions del delta del Besòs que precediren tant les Olimpíades com, sobre tot, les del fracassat Fòrum 2004. Allò, que la premsa va batejar com “la intifada del Besòs”, va suposar l’ocupació policíaca del barri davant les protestes i, després de diverses batalles campals d’una intensitat mai vista, en el que tots dos bàndols van fer ús fins i tot d’armes de foc, les obres es van paralitzar i finalment van ser abandonades. Aquella revolta es va produir completament al marge –més aviat en contra– dels partits polítics, ignorant els discursos ciutadanistes que aleshores ja començaven a ser assumits com els predilectes per les institucions i assumint una condició inequívocament obrera, és a dir de classe.2

D’igual forma que aquesta vinculació entre moviments socials i polígons d’habitatges no pot limitar-se al període de la lluita antifranquista, tampoc pot restringir la seva especificitat al cas espanyol. Fixem-nos en el cas estudiat per Manuel Castells i un equip d’investigadors per ell dirigit, del grand ensemble francès per excel•lència, el de Sarcelles -recollit a La ciudad y las masas (Alianza)-, finalitzat l’any 1974, amb 13.000 habitatges i més de 60.000 habitants en aquell moment. Allà es van desenvolupar lluites socials de gran entitat contra l’Estat, en tant que administrador del creixement urbà del qual els veïns d’aquella ciutat-dormitori se’n sentien víctimes. La tesi de Castells és que el que es va produir allà és una translació al camp veïnal d’una dinàmica gairebé idèntica a la que havia produït el primer sindicalisme obrer a mitjans del segle XIX, en la mesura que els alts nivells de socialització dels entorns habitats que van conèixer els habitatges de masses van descobrir un seguit d’interessos comuns, en una unitat de veïnatge que reproduïa les condicions de concentració capitalista de la producció i la gestió que havien conegut les grans concentracions fabrils de la revolució industrial i que estaven a l’origen dels primers sindicats obrers.4 Això es podria traduir, caldria afegir de la nostra banda, que no és el mateix la lluita dels veïns-obrers, en tant que obrers, fent-se forts en els seus barris en les grans revoltes urbanes contemporànies, que la lluita dels veïns-obrers, en tant que veïns, als grans conglomerats d’habitatges que envoltaven les grans ciutats europees als anys 60 i 70. S’està parlant doncs de com en aquestes condicions es podia produir per primer cop una percepció en clau de lluita de classes del significat del fenómen urbà.5

Entra qüestió aleshores un aspecte fonamental en la vella discussió sobre el valor i el sentit de l’urbanisme produït pel Moviment Modern en matèria d’habitatge de masses. Si es posés l’accent en la seva avaluació positiva en termes de progressisme, tindríem que, per criticables que foren pel que fa a les condicions de projectació, execució, assignació, manteniment, etc., iniciatives com les de Badia van respectar elements d’aquell projecte modern de grans nucleacions orgàniques de vivenda social que es derivaven directament de la seva inspiració sindicalista, com ara l'adopció d’illes obertes, la incorporació de centres cívics i sobre tot l’apologia que constituïen del model d’unitat de veïnatge. Si, per contra, enfrontem les propostes racionalistes de grans concentracions aïllades de veïnatge obrer com una estratègia al capdavall reaccionària, destinada a generar conformisme entre els treballadors, el que tindríem és que la situació acabaria propiciant més tard o més d’hora que els conflictes latents acabessin esdevenint oberts i tot plegat fes posible l'aprofitament de tals espais comuns per a finalitats no desitjades.

Hi ha raons que farien plausible aquesta presumpta voluntat d’evitar a tota cosa la concentració de les noves i les velles “classes perilloses”, és a dir aquells grups socials que per una causa o una altra poguessin resultar ingovernables, evitar que poguessin enrocar-se per conspirar o per defensar-se en allò que fou la intricada trama de certs barris antics de les grans ciutats i més tard les grans concentracions de blocs “socials”. De fer, la realitat és que aquesta condició problemàtica dels polígons d’habitatges s’ha mantingut arreu d’Europa, com ho demostra el fet que aquest tipus de conglomerats a les zones periurbanes del Regne Unit, de França o de Bèlgica siguin periòdicament escenari d’esclats d’allò que els mitjans de comunicació titllen de “violències urbanes“, autèntiques revoltes protagonitzades per les noves expressions actuals de la classe obrera, alimentats en bona mesura per la immigració extracomunitària. La pel•lícula La Haine, dirigida per Mathieu Kassovitz al 1994, descriu d’una forma ben encertada aquest clima d’hostilitat contra el sistema que ha quallat en nombroses d’aquestes ciutats-dormitori en aquest cas de l’extrarradi de París. Altres països del món en serien igualment proveïdors de proves. Pense’m, per exemple, en el paper fonamental que han jugat els blocs 23 de enero a Caracas en la consolidació política del chavisme a Venezuela. Molt més a prop, a l’àrea metropolitana de Barcelona, s’ha mantingut la tensió a zones en les quals la marginació ha estat condemnada a viure recluïda, però on també ha rebut la possibilitat d’organitzar-se per la seva autodefensa. El setge policíac a Sant Cosme, al novembre de 2003, en seria un cas significatiu, com ho seria que la promesa reforma de La Mina hagi començat per la ubicació d’una ben visible comissaria dels Mossos d’Esquadra, que, en el nostre cas, recorda inevitablement la instal•lació d’una casa-cuartel de la Guardia Civil a Badia del Vallès.

Cal reconèixer que la hipòtesi segons la qual les dificultats a l’hora de controlar políticament i policialment les ciutats-dormitoris va ser una de les raons que va determinat el seu abandonament com a tipologia a practicar és agosarada, tot i que plausible. Ara bé, el que hauria d’estar clar és que entre aquests factors que –incloent-hi aquell o no– van provocar el declivi dels barris populars de blocs no figura el de la solució definitiva dels problemes d’acomodament dels més desfavorits que van provocar la seva generalització. Les abominables i abominades ciutat-dormitori dels seixanta i setanta van resultar d’una intervenció pública que va assajar solucions a un cada cop més aguditzat problema de l’habitatge, un problema que fins aleshores havia estat alleujat a través de la igualment detestable solució de l’autoconstrucció en agrupacions xabolistes. Per descomptat que tant una solució com l’altre van ser indesitjables i és difícil justificar un elogi tant de l’infravivenda barraquista com de la construcció gairebé fraudulenta de blocs en pèssimes condicions. Ara bé, eren certament solucions, i solucions a un problema que no ha deixat mai d’existir, si és que en certs sentits no s’ha aguditzat amb la persistència d’una demanda que continua ben activa: la dels joves que volen constituir noves llars, la de la gent gran que sols pot pagar llogers molt baixos i, un cop més, com sempre, la provinent de la immigració.

No és qüestió de recordar en aquestes pàgines les dimensions del problema de l’habitatge a la Catalunya d’ara mateix, però si que l’alternativa a les velles polítiques de construcció social –de les quals Badia fou un exponent– no han estat noves polítiques de construcció social, sinó la dimissió d’entendre la vivenda com un servei públic i la renúncia quasi absoluta a plantejar-se la qüestió de la seva inaccessibilitat per una bona part de la població. És més, sembla que la situació s’inverteix. Si als 60 i 70 es va poder ser testimoni d’expropiacions massives de sòl privat per part de l’Administració, ara són els Ajuntaments –incloent-hi el de Barcelona i l’àrea metropolitana– els que es deixen expropiar per les immobiliàries, en la mesura que han descobert que posar terrenys públics al servei de la promoció privada i l’especulació constitueix una de les seves grans fonts de recursos, sinó la més important. Tot en un marc definit per la quasi desaparició de l’habitatge protegit i de promoció pública, una oferta de lloguers cada cop més escassa i més cara i àdhuc la desaparició de les pensions barates al centres urbans deteriorats, que eren el darrer recurs de les persones amb una situació més precària. Cal preguntar-se quans d’aquells objectius, plantejats en plena época porcionalista a Barcelona, se’n acomplert o, més aviat, si no s’ha acabat anant en la dirección justament oposada, que és la d’agudització de tots aquells obstacles que impedien fer del disseny de ciutat un compromís realment públic.

En un moment en el que l’augment del preu de l’habitatge ha assolit nivells demencials –un 120 % entre 1996 i 2004– i en el qual l’especulació immobiliària compta amb la complicitat quan no el concurs de l’Administració, s’enyora una intervenció estatal que –d’una manera ben distinta que en èpoques anteriors– busqui i trobi solucions justes, en el sentit que estiguin en condicions de garantir la naturalesa de l’habitatge com un dret fonamental. Per desgràcia, és possible que aquestes alternatives a les demandes públiques de vivenda continuïn constituint un afer menor en les agendes governamentals i que els Ajuntaments segueixin sent guardians i garants del gran moment que viuen les grans empreses dedicades a la construcció i venda de pisos. L’habitatge sols és un problema per les persones que busquen casa i no poden pagar-se-la als preus actuals, però no per l’Administració, ni tampoc per l’arquitectura ni per la projecció urbana, que en el darrer quart de segle, si més no a Catalunya, ha viscut consagrada a les iniciatives espectaculars i grandiloqüents vinculats al marquèting urbà.8 Contempli's les guies d’arquitectura moderna a l’àrea metropolitana i es comprovarà que, a partir de l’anomenada transició democràtica, la preocupació central a Barcelona i la seva perifèria ha estat la de generar “espais públics de qualitat” –eufemisme per referir-se a la sistemàtica arquitecturització del carrer i de la plaça– i equipaments “de prestigi”, encarregats sovint a divos de l’arquitectura internacional. Però a penes cases per viure-hi, i menys cases perquè visquin unitats domèstiques de recursos escassos.

Ara bé, si per ventura la preocupació per l’habitatge social es recuperés i es reprengués el paper central de la gestió pública en el creixement urbà està clar que no es traduiria en una revifalla del que foren les polítiques de grans conjunts residencials per les classes populars, ni la tipologia dels desprestigiats polígons d’habitatges, ni tant sols atorgant-li la qualitat i la dignitat que Badia i tants altres casos similars van veure escapolides. I és probable que en el descart d’aquest tipus d’opció figuri el fracàs d’aquest format urbanístic en ordre a purgar la vida urbana de la seva crònica tendència al conflicte i la seva predisposició a esdevenir justament el contrari del que es preveia que fossin, és a dir nuclis des dels quals els poderosos reben notícia de la consubstancial condició ingovernable de les ciutats.




dijous, 12 de gener del 2017

La ciudad no como sitio, sino como ruta

La foto es de Jürgen Bürgen


Nota para Carlos Estévez, doctorando

LA CIUDAD NO COMO SITIO, SINO COMO RUTA
Manuel Delgado

Tú piensa que la ciudad, que aparentemente es hoyo y sitio cercado, existe sólo en relación y como relación con todo lo diferente, que sus murallas no pueden dejar de ser franqueadas en ningún momento, puesto que la ciudad se nutre de lo que la niega y que está a su alrededor o, dentro de ella, recorriéndola –como escribía Sartre sobre la nada (El ser y la nada, Losada)– como un gusano. Deleuze y Guattari ven en Mil mesetas (Pre-textos) la ciudad como correlato de la ruta, entidad que es circulación y circuito, definida por entradas y salidas por las que los flujos circulan de dentro a afuera y al contrario, y siempre horizontalmente. 

Es cierto que Rómulo, al fundarla, levanta el recinto que ha de enclaustrar Roma prohibiéndole a ciudadanos y extranjeros rebasarlo bajo pena de muerte, pero en el ritual fundador no olvida levantar el arado que traza el círculo sagrado varias veces. Los intervalos son las portae, cuya función es explicitar que esa ciudad sólo existe en relación con lo que la niega, sin ser su contrario, y que es lo que permanece inconstante en su seno, que viene de fuera y que siempre regresa a esa ningun sitio del que partió y que encarna. La ciudad, en principio apoteosis misma del territorio definido y defendido por cercos y murallas, es también exacerbación de la desterritorialización, puesto que toda materia que se incorpore a la red de canales de entrada y salida ha de decodificarse y disolverse hasta hacerse líquida o gaseosa. Si la ciudad es un punto-circuito, el Estado es o quiere ser particularidad inmóvil. Si las líneas que conforman la ciudad son horizontales, las que genera el Estado son jerárquicas y verticales.

De ahí que, en gran medida, la historia de la construcción de Estados centralizados en Europa haya sido la del control fóbico contra comunidades real o míticamente errantes, como los judíos o los gitanos. De ahí también que, a partir del siglo XIX, las administraciones centrales promulguen leyes especiales contra los vagabundos. De ahí que, en su forma actual, esos mismos Estados no dejen de manifestar nunca su obsesión por fiscalizar los flujos migratorios. Odio y pánico ante cualquier cosa que se mueva, que se niegue a ser estado, como paso previo que acabará haciendo de ella Estado. Por último, de ahí, seguramente, que vagar signifique, según el Diccionario de la Real Academia, “estar ocioso; andar por varias partes sin determinación a sitio o lugar, sin especial detención en ninguno; andar por un sitio sin hallar camino o lo que se busca; andar libre y suelta una cosa, o sin el orden y disposición que regularmente debe tener”. 

En el mismo infinitivo se sintetizan los valores negativos de la improductividad, la desorientación y la ambivalencia. En el lado contrario, el del elogio del nomadeo como nutriente para la inteligencia y la imaginación, los primeros sociólogos y antropólogos de la ciudad –la Escuela de Chicago–, que advirtieron de las virtudes del judío y del hobo –el trabajador ocasional que recorría los Estados Unidos en busca de empleo– como representantes de la agilidad mental humana, puesto que habían obtenido su habilidad para el pensamiento abstracto de las virtudes estimulantes de la errancia constante. Como escribiera Robert Ezra Park en 1923: “La conciencia no es sino un incidente de la locomoción” (“El espíritu del hobo: reflexiones sobre la relación entre mentalidad y movilidad”, en La ciudad y otros ensayos de ecología urbana, Ediciones del Serbal, 1999).





dissabte, 23 de juliol del 2016

Algunas consideraciones sobre el concepto "imaginario urbano"

La foto es de Marcelo Caballero y procede de theprivatespacebcn.com/artista/marcelo-caballero/
Perdona, pero de veras que te era sincero hablándote de los “imaginarios urbanos” en términos de antipatia, al margen por completo del afecto personal enorme que tengo por Armando Silva y por muchos/as de quienes emplean esa nocion.

Creo que entonces expuse es que tenía razón Cornelius Castoriadis cuando, en su prólogo para la edición de 1985 de Las encrucijadas del laberinto (Gedisa), se quejaba de la trivialización de que estaba siendo objeto el concepto de imaginario social, que se había incorporado como naturalmente a todo tipo de discursos, tanto más o menos académicos como populares, de una manera además que hacía difícil reconocer en esas apropiaciones algo de lo que él había sugerido al plantear esa noción como central en su teoría. Esa tendencia al abuso y a la alegría en la utilización del concepto de “imaginario” no ha hecho sino agudizarse desde entonces. La cuestión no está sólo en la polisemia disparada que inviste tal valor teórico, sino la manera como ha sido maltratado por todo tipo tanto de oscurecimientos como de banalizaciones. Así, de un lado están todas las lecturas hermeneútico-culturalistas que han hecho del imaginario uno de los ingredientes con que nutrir una especie de jerga oscurantista que remite a no se sabe bien qué tipo de entidad abstracta imposible de contornear teóricamente e ilocalizable en el mundo empírico; del otro simplificaciones que se limitan a identificar mecánicamente la noción de imaginario con la marxista de ideología o la durkheimniana de representación colectiva, ellas mismas también objeto recurrente de simplificación.

Si atendemos ese ámbito concreto de lo que se presenta como imaginarios urbanos el paisaje resulta entonces en especial desolador. Si en general los imaginarios han acabado sumergiendo lo que pudo haber sido su valor conceptual en un océano de distorsiones y opacidades –siempre basculando entre lo banal y lo soteriológico–, en las cercanías de las ciencias sociales de la ciudad la categoría imaginarios –ahora con la denominación de origen “urbanos”– ha caido de pleno en manos de los llamados “estudios culturales”, esa apoteosis de la superstición de la autonomía de los hechos culturales que está causando estragos en lo que es su ya larga agonía. 

Un seguimiento pormenorizado de los avatares de la escuela revela enseguida su escasez de aportes teóricos serios y solventes, difíciles de encontrar entre una maraña de artículos menores producidos con sospechosa copiosidad. La contribución metodológica de los cultural studies, ha sido, como insiste Carlos Reynoso a lo largo de su crítica Carlos Reynoso (Apogeo y decadencia de los estudios culturales, Gedisa), pobre y se ha reducido a una depredación de propuestas ajenas, entre ellas algunas de las impugnadas desde la propia corriente. El resultado: un eclecticismo que, como suele ser habitual, no hace sino disimular la mediocridad de sus resultados. Por otro lado, a pesar de presentarse como algo parecido a una antidisciplina, los estudios culturales han acabado propiciando nuevas formas de autoritarismo ortodoxo, a costa de desfigurar cada vez más lo que de valioso había en su propio proyecto inicial, derivado de la obra de Raymond Williams, Richard Hoggart o Stuart Hall, entre otros. En particular, en manos de los estudios culturales la noción de imaginarios urbanos ha acabado convirtiéndose –como culminación de su deriva– en instrumento al servicio tanto de la legitimación simbólica de las instituciones políticas de la ciudad como de la promoción mercadotécnica de sus singularidades estéticas de cara a promotores inmobiliarios, clases medias ávidas de nuevos y viejos “sabores locales” y al turismo, todo ello en un contexto generalizado de reapropiación capitalista de las metrópolis y de conversión de éstas en mero producto de y para el consumo.

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