dissabte, 13 d’abril del 2024

Multiculturalismo y relaciones sociales

La foto es de Pedro M. Prestel, pprestel

Del artículo Multiculturalismo y sociedad. La diversidad cultural y sus usos. En Pasajes. Revista de pensamiento contemporáneo, 15 (2004), pp. 97-110.

Multiculturalismo y relaciones sociales
Manuel Delgado

La inferiorización de la que unos seres humanos pueden ser objeto por parte de otros más poderosos o sencillamente más numerosos que ellos, no es un fenómeno nuevo. No obstante, no pocas veces las relaciones entre conjuntos sociales han estado guiadas por la convicción de que alguno de ellos era intrínsicamente indeseable y eso le hacía merece­ dor de una descalificación global, a menudo seguida de postergación, acoso, inhabilitación, persecución y, en los casos más extremos, exterminio físico. A lo largo de los siglos, puede que desde siempre, en todas partes, un número imposible de calcular de individuos han sido prejuzgados, estigmatizados, perseguidos o castigados no por lo que han hecho, sino por lo que son. Las modalidades de inferiorización de las que pueden ser víctimas las personas han sido variadas y han terminado consiguiendo que los propios afectados acaben con­ vencidos de la naturalidad del trato que reciben.

¿Cuáles son los motivos de este rechazo que no requiere de pruebas para justificarse o que es capaz de inventárselas para legitimar la necesidad de negarle a otro el derecho a la igualdad, a la libertad o a la vida por causa de sus diferencias? ¿Qué mecanismos hacen posible esta construcción social del otro corno enemigo a neutralizar?

El primer tópico a descartar es el que hace referencia a las actitudes excluyentes en términos psicológicos, de manera que los fenómenos de segregación o persecución pueden aparecer falsamente despejados por la personalidad de los agresores. Estas explicaciones desvían de una comprensión profunda del problema; a veces porgue naturalizan el rechazo, contemplándolo como una proyección del recelo natural que todas las especies experimentan hacia lo extraño (Jacguard). Se trata de una visión instintivista que muestra el racismo y la xenofobia como resultados de una suerte de tendencia natural del ser humano a temer y a protegerse de lo que considera desconocido y, en consecuencia, a rechazarlo. Es frecuente que esta línea argumental se refuerce con razones suministradas por la etología animal o la sociobiología, que indican que esta conducta es natural en todas las especies. Otras lec­ turas subjetivistas más sofisticadas consideran que el otro rechazado representa una pro­ yección de los elementos inconscientes que no queremos aceptar de nosotros mismos, nues­ tro propio «yo oscuro» (Kristeva). En otras ocasiones, analizan las conductas persecutorias como expresiones de un tipo particular de personalidad -la «personalidad autoritaria», de Adorno- o, más sencillamente, como el síntoma de una patología psiquiátrica que agu­ diza la agresividad.

Ante este tipo de interpretaciones que se desentienden de factores contextuales, aquí se propondrán lecturas del racismo, la xenofobia o la estigmatización que las consideran como pertenecientes a sistemas de acción y de representación sociales. Estos fenómenos serán presentados como la consecuencia más que la causa de las relaciones entre sectores sociales que son considerados o que se consideran a si mismos incompatibles o antagónicos. Las dife­rentes variedades de la exclusión social no deben ser situadas en el origen de las tensiones o de las contradicciones sociales, sino como su resultado ¿Su cometido? Racionalizar a poste­riori la explotación, la marginación, la expulsión, la muerte o, sencillamente, la posterga­ ción o la negación a la que una parte del género humano puede ser sometida por otra.

La explicación del auge de las prácticas excluyentes en nuestra sociedad implica reco­nocer la confluencia de diversas circunstancias singulares en el mundo actual, todas las cua­les deberán abundar por fuerza en la función política y económica que cumplen. En primer lugar, porque las sociedades industrializadas avanzadas han conocido una intensificación de aquel elemento crónicamente conflictivo que toda sociedad sitúa en la base misma de su funcionamiento. Este principio que hace del conflicto uno de los elementos que permiten la estructuración de las relaciones sociales habría conocido una agudización en las sociedades urbano-industriales. Pues los grupos que se autodiferencian, o que son distinguidos por los otros, representa un punto en una red de relaciones sociales en las que la distribu­ción del espacio, los requerimientos de la división social del trabajo y otras muchas formas de conducta competitiva constituyen fuentes permanentes de la colisión entre intereses y entre las identidades en las que éstos tan a menudo se refugian con el fin de legitimarse. 

La frecuencia y la intensidad de los contactos físicos, territoriales, culturales o económicos estaría, pues, en la base misma de este aumento en la conflictividad entre colectivos huma­nos, una conflictividad que, no hace falta decirlo, siempre acabará beneficiando al agente comunitario que ocupe la posición hegemónica. En estos casos, la identidad colectiva -étnica, religiosa, política- no es más que un disfraz tras el cual se esconden relaciones de clase o de casta, cosa que explicaría la verticalidad que se impone en las relaciones entre un colec­tivo diferenciado y otro.


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