dijous, 5 de desembre de 2019

Por una ecología de los motines urbanos


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La foto es de Randy Colas

Apartado del artículo "The Revolted City. The Barricade and the Other Radical Transformations ofUrban Space", publicado en Aquitectonics. Mind, Land, and Society, 19-20 (2010): 137-153

POR UNA ECOLOGÍA DE LOS MOTINES URBANOS
Manuel Delgado

Las ciudades aparecen a menudo mostradas como escenarios de y para acontecimientos sociales importantes, presentes o pasados, cuyo protagonismo corresponde a fusiones de viandantes alterados que hacen un uso insolente de la calle o la plaza, convirtiéndola en campo para la expresión vehemente de disidencias o protestas. Se habla de revueltas, insurrecciones populares, revoluciones y, en un grado menor, disturbios, enfrentamientos y algaradas, lo que el lenguaje legal denomina “alteraciones del orden público”,  siempre a cargo de coaliciones provisionales y efímeras de individuos casi siempre hasta entonces desconocidos entre si, que se apropian del espacio urbano para sus reclamaciones, haciéndolo frente o contra las instituciones dominantes en la sociedad en que viven. Cuando los cronistas del pasado o del presente muestran una ciudad asumiendo tal papel lo hacen de manera que éstas se pueden antojar meros decorados pasivos sobre los cuales se desarrollan las dramaturgias de la historia o la actualidad. En cambio, pocas veces se ha tomado conciencia del papel activo que las morfologías urbanas juegan en el desarrollo de estos hechos, de cómo se constituyen en parte activa de los acontecimientos, en la medida que estimulan o inhiben unos determinados estilos colectivos de actuar –al tiempo que hacen improcedentes o inviables otros– y ponen a disposición de los actores una red de funciones y significados que acaban determinando total o parcialmente el curso y las maneras de lo que ocurre o va a ocurrir.

La percepción de tal carencia explicativa sería razón suficiente para el proyecto de suerte de ecología de las revueltas urbanas, un subdisciplina de las ciencias sociales de la ciudad que atendiera no sólo los hechos concretos en sí, sus causas y consecuencias, sino también y sobre todo el ambiente físico en que se producen y en buena medida los produce, los entornos formales, los lugares precisos, el sentido de cada movimiento: el orden de puntos y diagramas que generan los movimientos de los protestarios, que traiga al primer plano la dimensión espacial y temporal de los espasmos y las contorsiones que conoce el espacio urbano cuando recibe esos empleos extraordinarios, aunque recurrentes en la historia de cualquier ciudad, que son los grandes o pequeños motines. Se trata de contemplar como éstos se adaptan y adaptan los nichos físicos en qué se producen, la manera como lo hacen estableciendo la aptitud, la eficacia, la indiferencia, la capacidad de simbiosis o la idoneidad de un determinado ecosistema, en este caso la propia retícula urbana.

Se contribuiría así a poner de manifiesto como el espacio urbano es ante todo espacio para el conflicto, bien lejos de los supuestos que lo imaginan como una entidad estable y previsible, sometida a ritmos claros y a ocupaciones amables. Sabemos que, a la mínima oportunidad, todo paisaje urbano pueden convertirse en un terreno para al desacato y la desobediencia. La urbe conoce en estas ocasiones la naturaleza última de la vida social que alberga, tantas veces construida a base de injusticias acumuladas, de odios, de agravios, de descontentos, de todo ese magma de impaciencias y anhelos con el que amasan las ciudades su propia historia. La vida urbana, en efecto, vive regularmente, como cumpliendo una ley secreta, momentos de y para la irritación, se exacerba, registra una efervescencia especial que se impone con claridad a los sueños de orden y organicidad de arquitectos y urbanistas y convierte la obra de estos en escenario e instrumento para la combustión social, aquella de la cual pueden derivarse y se derivan constantemente realidades espaciales no fiscalizables. Los acontecimientos revolucionarios o las protestas populares –al margen de cuál sea su causa; de lado de cualquier valoración moral o política– siempre implican un desacato de un proyecto espacial del proyectador que no puede ser otra cosa que pura representación. De pronto, por la causa que sea, fusiones sobrevenidas –de  grandes muchedumbres que se mueven majestuosamente a piquetes reducidos que van ágilmente de un lado a otro– convierten la metrópolis en cualquier cosa menos la organización clara y legible con que sueñan los urbanistas y hacen de ella, de pronto, una urdimbre súbita y arisca, sometida a códigos desconocidos. Se habla, pues, de territorializaciones insumisas, actuaciones colectivas que implican formas otras de manipulación de la forma de la ciudad, creaciones efímeras pero en extremo enérgicas que funcionan en la práctica como expresiones de un urbanismo, una ingeniería urbana y un arquitectura alternativos a los institucioanlizados.

Esa ecología de los movimientos revolucionarios y las movilizaciones de protesta –movimientos y movilizaciones en un sentido literal, esto es el de cambios de posición en el espacio– debería asumir dos grandes ejes temáticos fundamentales: uno centrado en los emplazamientos, otro en los desplazamientos; uno en los enclaves, otro en las superficies y los recorridos. El primero atendería la manera cómo ciertos espacios en que viven sectores sociales en situación vindicativa pueden devenir baluartes desde los que expresar una rabia compartida, pero también la convicción de que es posible lograr objetivos transformadores comunes. El factor estratégico es, en estos casos, el de la concentración, es decir, la aceleración-intensificación que en cualquier momento pueden conocer las relaciones cotidianas entre personas socialmente homogeneizadas por su condición subalterna, que, en cuanto emerge el conflicto, pueden hacer la misma cosa, en un mismo momento y lugar, en función de unas mismas metas. Se trata en estos casos de las consecuencias directas de un hecho empírico, pero determinante, como es la comparecencia física de los involucrados y la existencia de un nicho de interacción permanentemente activo o activable. Por depauperados que fueran o sean los espacios de coincidencia –los barrios populares en cascos antiguos, las grandes concentraciones de vivienda social en periferias urbanas–, estos propician un ambiente estructurante, en el sentido de capaz de desencadenar determinadas relaciones sociales, entre ellas las asociadas a la actuación colectiva en pos de fines compartidos y vividos como urgentes. Concentrar es entonces sinónimo de concertar.

Se vuelven a producir entonces los frutos del factor aglutinante en los procesos de contestación, fa que resulta de la existencia de contextos espaciales que favorecen la interacción inmediata y recurrente. La acción colectiva resulta entonces casi inherente a una vida cotidiana igualmente colectiva, en la que la gente, como suele decirse, coincide en el día a día, se ve las caras, tiene múltiples oportunidades de intercambiar impresiones y sentimientos, convierte el propio entorno inmediato en vehículo de transmisión de todo tipo de ideas, rumores y consignas. La contestación, incluso la revuelta, están entonces ya predispuestas e incluso presupuestas en un espacio que las favorece a partir de la facilidad con qué en cualquier momento se puede “bajar a la calle”, y además a la calle propia, la que se extiende inmediatamente una vez traspasada la puerta del hogar. Todo ello en un espacio exterior en que el encuentro con los iguales es poco menos que inevitable y donde es no menos inevitable compartir preocupaciones, indignaciones y, tarde o temprano, la expresión de una misma convicción de que no es sólo posible conseguir determinados fines por la vía de la acción común, sino que puede llegar a ser necesario e inaplazable.

De esta lógica de los enclaves y las implantaciones, pasamos a atender la de las superficies y los recorridos. Nos interesan ahora las prácticas ambulatorias, los senderos que siguen los amotinados para discurrir por una determinada trama urbana y hacerla suya, paseos corales que unen entre si puntos fuertes de la retícula ciudadana. Éstos pueden ser determinados lugares simbólicamente elocuentes de una determinada trama urbana o los barrios donde se reside con sus respectivos centros urbanos, a la manera de auténticas incursiones. No son casuales los itinerarios que se escogen, casi siempre auténticos senderos rituales, singladuras que nunca escogen al azar los marcos que se atraviesan. 




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