dimarts, 17 de desembre de 2019

El inmigrante como alienígena

La foto es de Juancho Torres y procede de
 https://www.behance.net/gallery/31166227/To-Times-Square-Immigrant-Wagon
Primer apartado del artículo "Seres de otro mundo. Sobre la función simbólica del inmigrante", en La dinámica del contacto. Movilidad, encuentro y conflicto en las relaciones interculturales, CIDOB, Barcelona, 2009.


EL INMIGRANTE COMO ALIENÍGENA
Manuel Delgado

Existe un relato breve de H.P. Lovecraft titulado “La Calle”, publicado originalmente en forma de libro en 1920. El cuento se inicia así: “Esa Calle la crearon hombres fuertes y de honor; hom­bres buenos y esforzados, de nuestra sangre, llegados de las Islas Bienaventuradas, al otro lado del mar...” Es fácil ver en lo que sigue una suerte de metáfora de la propia historia de Estados Unidos, que encontraba en aquella Calle imaginaria un escenario perfecto en que sintetizar lo que, desde el punto de vista antimoderno de Lovecraft, había sido un proceso de degeneración, una disolución paulatina de los valores fundacionales con que los puritanos fugitivos de Europa habían empezado a levantar la nación allá por el siglo XVII. Entre los primeros signos de su decadencia estuvo la aparición en la Calle de gentes extrañas, torbas, malévolas: “Nuevos rostros aparecieron en la Calle; rostros morenos, siniestros, de ojos furtivos y facciones singulares, cuyos poseedores hablaban exóticas lenguas y trazaban signos de caracteres conocidos y desconocidos sobre la mayoría de las casas anticuadas. Las carretillas atestaban el arroyo. Un hedor sórdido, indefinible, reinaba en el lugar, y adormecía su antiguo espíritu”. Es fácil ver en esa imagen el rechazo de Lovecraft hacia lo que el nativismo racista norteamericano interpretaba como una detestable invasión de inmigrantes de razas y culturas inferiores. Pero lo interesante es cómo uno de los grandes maestros de la literatura de terror del siglo XX incluía a los inmigrantes entre las abominaciones indescriptibles y amorfas que constituían su particular galería de criaturas. 

Esa incorporación del Inmigrante al bestiario maléfico lovecraftiano –junto a Azathoth, Shoggoths, Tsathhoggua, el Gran Cthulthu y otros innobrables– no debería sorprender. En las historias de terror, de fantasía o de ciencia-ficción se prodigan todo tipo de monstruosidades físicas o morales –o ambas cosas a la vez– que llegan, procedentes del exterior, al lugar de una determinada sociedad ordenada con el fin de desbaratarla, subvertirla o desolarla. Esos engendros pueden provenir de países remotos y exóticos –reales o imaginarios–, del universo exterior, del más allá o del submundo, pero siempre encarnan lo Extraño Absoluto, el Extranjero Total, que, de pronto, bruscamente o de manera sibilina, irrumpe en el cosmos social para que en su seno actúen todo tipo de energías caóticas y disolventes. Drácula, King Kong, la Momia, Godzilla, Freddy Kruger y todo tipo de zombies, fantasmas, sectas, demonios o extraterrestres, un inmensa galería de entes crueles y devastadores –solos o en ejército– vulneran las fronteras que nos protegen de una lontananza siempre amenazante. Aunque acaso sea Alien el personaje que mejor y más explícitamente –alíen es un anglicismo que, como se sabe, significa “ajeno”– resume ese horror viviente que ha irrumpido a la fuerza o se ha infiltrado poco a poco en nuestro mundo para destruirlo o someterlo. 

Así pues, nada extraño que en el estremecedor panteón lovecrafiano el inmigrante y el monstruo se confundan. No sólo porque buena parte de nuestros monstruos son inmigrantes –es decir, entes que arriban de otro país, de otra galaxia, de otra dimensión–, sino porque los inmigrantes no dejan de ser pensados y percibidos como deformidades hiperpeligrosas en las que se hace real la pesadilla del protagonista de “Invasion of the Body Snatchers”, la mítica película de Donald Siegel del 1956, al que escuchamos gritarle a un mundo incrédulo: “¡Ya están aquí! ¡Los tenemos entre nosotros!”. Al fin y al cabo los inmigrantes son alienígenas: alienigěna, quiere decir, en latín, “nacido en otro sitio”, y no en vano la primera acepción que recoge el Diccionario de la Real Academia española para “alienigena” lo convierte en sinónimo de “extranjero”. Su percepción pueden ser la de una corporeidad inquietante que ha irrumpido de manera ilegítima en los escenarios de nuestra vida de cada día, en espacios compartidos en los que nos topamos con ellos y ellas, con un aspecto fenotípico al que se encuentran asociados todo tipo de lugares comunes, en la mayoría de casos cargados de implicaciones negativas. Son los y las inmigrantes: hombres, mujeres, niños y niñas hipervisibilizados, puesto que resulta imposible no reparar en ellos y ellas, muchas veces de manera no muy distinta a como hacía Lovecraft en su cuento, es decir contemplándolos agitándose inquietantes en esa Calle que son todas las calles, todas las plazas, todos los parques, todos los transportes públicos, etc., como el signo inequívoco del peligro inminente que todas las ideologías xenófobas –es decir alienófobas– presumen que implica su presencia en nuestros paisajes cotidianos. 

Cabría añadir un matiz a lo dicho. Es cierto que en tanto que alienígena, el inmigrante puede ser imaginado como criatura que trae consigo todo lo que de temido existe en los mundos exteriores que nos circundan asediándonos. Pero esa misma condición es la que lo puede convertir también en un portador de todo tipo de esperanzas de renovación o cambio. En eso consiste la ambigüedad no sólo estructural, sino incluso estructuradora del monstruo, y también de su pariente conceptual, el inmigrante. La mitificación que el antirracismo conmemorativo y trivializado hace del inmigrante, la manera como lo convierte en una especie de héroe civilizador que trae consigo virtudes de autenticidad modélica, es de esa misma naturaleza que la que, en ciertos relatos, ve en el monstruo la expresión física de un bondad y una verdad que los “normales” han perdido. El ser exterior que ha llegado hasta aquí es en quien se puede reconocer la posibilidad de una superación del presente, una mejora, incluso una liberación. Para el xenófobo, el inmigrante es el agente externo indeseable que desencadena la alteración o la enajenación de un orden deseado, pero el antirracista no deja de pensar en términos parecidos, aunque sea invirtiéndolos, haciendo de su alterofilia la expresión de una deseo de que la intrusión del extraño sea el germen para una transformación, incluso una redención moral de la sociedad. Nuestro repertorio de monstruos y otros alienígenas imaginados no dejaría de proveernos de un buen puñado de ejemplos de cómo, en paralelo a como ocurre con el inmigrante, también en ellos se pueden depositar las esperanzas de una salvación individual o colectiva. En el fondo, el extraño que hemos visto aparecer entre nosotros es la prueba viviente de que no sólo, como proclama el lema antiglobalización, “otro mundo es posible”, sino que ese mundo de algún modo ya está aquí. 



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