dimecres, 13 de febrer de 2019

Canetti y la traición de las masas

La foto es de AP Photo/Rose Bookbinder

Comentario para Horacio Espinosa, colega del OACU

CANETTI Y LA TRAICIÓN DE LAS MASAS 


Manuel Delgado

Tú has de pensar en que Elias Canetti escribe Masa y poder a lo largo de veinte años y que las primeras notas son de 1939, y las escribe en su exilio de Londres contemplando el auge del nazismo, cuya estética llevaba hasta las últimas consecuencias las apreciaciones de Le Bon y Tarde desde la psicología de masas. Luego el ambiente teórico sobre el tema estaba marcado también por las teorías vitalistas de Nietzsche y Bergson que conciben los hervores sociales –el dionisismo del Nacimiento de la tragedia– como una suerte de supersociedad orgiástica que realizaría algo equivalente a la voluntad de vivir shopenhaueriana, para cu-yo despliegue es necesario superar el principio de individuación y que el sujeto acepte diluirse en una confusión indiferenciada. 



La constatación en esa clave de esos momentos en que la consciencia colectiva deviene pasión aparece recogida por los teóricos del Colegio de Sociología, que, en los años 30, hacen una lectura propia del marco teórico establecido por la primera sociología francesa. Es el caso de Georges Bataille o Roger Caillois, que definía la fiesta como “el paroxismo de la sociedad”. La atribución de una lucidez despiadada a las masas, desde una perspectiva que bordea el irracionalismo, la encontramos también en la visión que de ellas se proyecta, en la fase de ascendo del nazismo, en la Konservative Revolution. Entre sus miembros, Ernest Jünger consagra uno de los apartados de su álbum de fotos El mundo transformado a "El rostro transformado de la masa", en el que, arrancando en la analogía de "gigantescas energías que ya es posible dominar desde pequeños espacios", repasa imágenes de congregaciones humanas de todo tipo: de protesta, uniformadas, deportivas... Lo mismo para los comentarios sobre el "alma de la masa" de Oswald Spengler, que expresa, en La decadencia de Occidente, su atracción por la naturaleza fáustica de esas mismas multitudes por las que, en otros momentos de su La decadencia de Occidente, le inspiran una desconfianza y un desprecio del que Walter Lipmann u Ortega y Gasset serán deudores.

Piensa lo que implicó contemplar lo que, para la izquierda, era una verdadera tradición de las masas obreras a lo que debería haber sido el destino natural de su fuerza, que no podía ser más que el de la destrucción del orden capitalista. Los totalitarismos parecían asentarse, en efecto, en unas masas que al mismo tiempo conscientemente despreciaban. El propio Hitler se jactaba de haberle sacado el mejor provecho a las enseñanzas de Gustave Le Bon y haber asentado su poder político en la manipulación de unas masas que socialistas y comunistas habían creído monopolio suyo. Frente a las pretensiones de la izquierda, pero también frente a la grosera descalificación reaccionaria, Hitler estaba convenci-do de haber encontrado la clave para ponerlas al servicio de los objetivos del Partido Nazi. Por favor, busca la entrevista que le hizo Hermann Rauschning a Hitler en 1038, en concreto el capítulo XXXV todo él dedicado a su concepción de la política de masas. Es accessible: Hitler. Confesiones intimas, 1932-1934 (Círculo Latino). 

Canetti arranca ese punto de inflexión en la consideración teórica de las masas desde la izquierda, en buena medida gracias al contacto entre psicoanálisis y marxismo, es decir entre dos perspectivas antepuestas e irreconciliables acerca de las muchedumbres activas en las ciudades del mundo industrializado: de un lado la de Freud, deudora de Le Bon y los teóricos reaccionarios en su línea, y del otro, la confianza de Marx, Engels y Lenin en la genialidad natural de las masas. De corresponder a quienes desde una posición u otra desconfían y temen su potencial revolucionario, pasa a convertirse, frente al pavoroso espectáculo del apoyo popular a los grandes movimientos totalitarios, en denuncia de la facilidad con la que caen en manos de demagogos enloquecidos. 

La izquierda freudiana –Paul Federn, Erich Fromm, Wilhem Reich...– con la que tanto se relacionará Canetti, señala que la regresión afectiva, intelectual y moral que experimentan los individuos subsumidos en una masa conduce no a la revolución, sino al fanatismo, como si los acontecimientos que preparan la segunda guerra mundial fueran la confirmación del símil que los teóricos de la psicología de masas habían tantas veces propuesto entre los estados de fervor colectivo y la hipnosis. Porque en eso consistió el auge del fascismo o del nazismo: un colosal mecanismo de sugestión a través de la cual líderes carismáticos perversos habían conseguido obnubilar la conciencia y la voluntad de los pueblos hasta convertirlos en una horda de títeres sanguinarios. 

A partir de ese momento, no sólo todos los ensayos de confluencia en- tre psicoanálisis y marxismo asumirán postulados en relación con el asunto de las multitudes que hasta bien entrado el siglo XX habían sido exclusivos del pensamiento burgués-reformista o conservador, sino que tan asunción acabará impregnado el grueso de la Escuela de Frankfort, que acabará por incorporar a la crítica a las masas elementos de la teoría de la alienación de Marx y Engels, relativa a los factores que, propiciados por la explotación capitalista, obstaculi- zan la realización de las mejores cualidades humanas. 

En este clima, en que coincidirán liberalismo radical norteamericano, psicoanálisis suavemente marxista y tradición frankfurteriana es el que finalmente publica Canetti su obra, a la que no le es ajena la visión coetánea que proporciona Hannah Arendt sobre la distinción pueblo-populacho a propósito del Estado totalitario y la complicidad que en su constitución y mantenimiento encuentra este en las masas, concebidas de manera paradójica como la consecuencia de una sociedad sin clases. La obra con la que debes emparentar Masa y poder es precisamente Los orígenes del totalitarismo, con su elogio a Gustave Le Bon, en que Arendt ve la masas como una enti- dad amorfa, ajena o contraria a toda estructuración o jerarquía organizativa, impulsadas por instintos "más allá del control del individuo y, por ello, más allá de la razón", sin ideales, sin intereses, estúpida, y por tanto maleable desde la demagogia, en todo momento predispuesta para que en su seno se generen bandas violentas e irracionales, que Arendt llama mob, del latin mobile vulgus, es decir vulgo caprichoso y sin criterio. 

  



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