dilluns, 6 d’agost de 2018

La ansiedad identitaria en los Estados-nación

La foto es de Jordi Borras
Fragmento de "La identidad en acción. La cultura como factor discursivo de exclusión y de lucha", en Elkassia, revista de filosofía, núm. 17, 2008, pp. 261-274. 



LA ANSIEDAD IDENTITARIA EN LOS ESTADOS-NACION 

Manuel Delgado 

Cuando se habla con preocupación del "auge de los nacionalismos” se alude a territorios en los que se registran movimientos en pro de su constitución en Estados, pero también lo son de las naciones-Estado actuales –algunas supuestamente consolidadas– que desde su misma formación han aspirado a la homogeneidad o cuanto menos a la congruencia de sus componentes identitarios y que han visto como un problema cualquier amago que desmienta esa uniformidad buscada. Esto debería ser enfatizado, puesto que también los Estados-nación reconocidos vigilan celosamente el mantenimiento de aquella misma identidad que se habían ocupado de inventar para colocarla en la base de su proyecto político. Para mantener esa unidad identitaria, niegan o vulneran el derecho de las minorías que administran a tener una identidad propia, por construida y artificial que esta sea, pero que nunca lo será por fuerza más de aquella otra que pretende subsumirlas. 

El nacionalismo de las naciones-Estado y su creciente agresividad es lo que Arjun Appadurai ha analizado en El rechazo de las minorías (Tusquets), acerca de la preocupación que todas las sociedades experimentan por mantener a raya a su principal enemigo, que no es tanto el desorden como la ambigüedad. Ese pavor ante el desdibujamiento de los perfiles y de los límites es lo que vendrían a apaciguar modalidades de agresión destinadas a castigar a los sospechosos de haber vulnerado o cuestionado las fronteras simbólicas que protegen al grupo –a cualquier grupo– de los peligros que lo acechan. 

Aplicando tal premisa, Appadurai observa que las grandes dinámicas globalizadoras no han hecho sino intensificar ese ingrediente estratégico del que dependieron los Estados-nación, que fue, desde y para su nacimiento, la homogeneidad cultural de los territorios y gentes administrados. El estallido de las certezas culturales compartidas que dieron consistencia a las naciones modernas –y perdón por el pleonasmo– ha llevado a la generalización de lo que Appadurai denomina la “angustia de lo incompleto”, que se está traduciendo en un creciente ensañamiento contra toda minoría, real o inventada, que amenace sus supuestas integridad y fijeza idiosincrásicas. 

El fenómeno derivaría, como otros asociados a la violencia como recurso contra la ansiedad colectiva, de una proliferación de sistemas celulares, un tipo de organización molecular que está en la base hiperactiva y al tiempo hiperdispersa tanto del terrorismo internacional como del nuevo intervencionismo imperialista, tanto del capitalismo financiero como de quienes se atreven a plantarle cara. Un mundo cada vez más invertebrado y modular, más regido por códigos desconocidos, en el que los Estados-nación aparecen como cada vez más marginados y –lo peor para ellos– cada vez más prescindibles. Es frente a esa consciencia de crisis e inseguridad que las mayorías que cuentan con Estados propios contemplan cualquier excepción identitaria procedente del exterior o emergente en su seno como un factor de riesgo y una anomalía a neutralizar. Riesgo y anomalía no obstante indispensables, puesto que, como se ha hecho notar más atrás para cualquier identidad, es de ellos o mejor contra ellos de donde también los Estados constituidos obtienen la evidencia paradójica de una existencia propia que nadie mejor para corroborar que quienes la cuestionan. 

Es en relación con ello que debería soliviantar ese tópico que da por sentado que lo que se da en llamar “el exacerbamiento de los nacionalismos” se combate viajando, aceptando al otro que llega y conociendo al otro al que se llega, aumentado las dosis de cosmopolitismo, etc. Lo que viene a sostener Appadurai es justo lo contrario. Es la promiscuidad cultural, la proliferación de espacios abstractos como los cibernéticos, el flujo de capitales y verdades, el aumento de las interrelaciones y las mixturas, lo que lleva a desvanecerse toda ilusión de pureza y a buscar el contrapeso de tal frustración en autenticidades identitarias que, ajenas al mundo, no pueden ser más que puramente teóricas y encontrar su confirmación sólo en el dogmatismo ideológico o en la efusión sentimental. En casos extremos, sólo la violencia fanática podrá restablecer esa unidad nunca conocida, pero que se puede sentir como perdida o enajenada. Frente al desorden y la fragilidad de lo real, sólo queda ya la estabilidad inmutable de las identidades más feroces, un orden atroz que se alimenta de sus propios frenesís y que será más severo cuanto más se empeñe la experiencia en desmentirlo y que no dudará en aplastar, en cuanto sea preciso, aquello o aquellos que se atrevan a recordarle que sólo puede existir como sueño para unos y pesadilla para otros. 





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