dimecres, 8 d’agost de 2018

Durkheim y el Sefirot cabalístico

La foto es de Ronya Galka
Fragmento de "La sociedad y la nada", conferencia inaugural del 30 Congreso de Filósofos Jóvenes, dedicado a "Occidente y el problema del nihilismo", celebrado en Barcelona en abril de 1998. Luego apareció publicado en la revista Manía, 9 (1998): 243-272. 

DURKHEIM Y EL SEFIROT CABALÍSTICO 
Manuel Delgado 

La hiperactividad social que cabe asociar con la noción de efervescencia colectiva en Durkheim, sin objeto concreto, desorientada, inorgánica, constituiría la base energética de cualquier organización, fuerza básica de la que podía resultar una articulación cualquiera, requería, para desplegarse y brindar su propio espectáculo, formas de lo que podríamos llamar negativización, nihilización o anonadamiento, es decir una reducción a la nada, regreso a un vacío parecido al del océano primordial sobre el que Yahvé aplica el sefirot. La naturaleza hiperactiva de esa nada recuerda la idea que del vacío se hace la física cuántica, que lejos de ser pasivo e inerte contiene en potencia todas las partículas posibles, y que se corresponde a un estado energético fundamental de valor nulo, un universo vacío que se correspondería a un «estado excitado» del universo, un estado en que no hace otra cosa que radiar energía y curvarse. Desmentido de convicciones de la física convencional como la de que no es posible extraer energía de la nada, lo que se da en llamar energía de punto cero, puesto que las fluctuaciones aleatorias de la mecánica cuántica permiten extraerla de un espacio que está vacío, es decir en el que no hay nada que esté presente. A causa del principio mismo de incertidumbre, tal vacío, paradójicamente, está hirviendo de actividad. 

Si tuviéramos que pensarlo en términos de algún material este sería, como hemos pretendía Maffesoli viscoso. O, si se prefiere, un magma, como hubiera sugerido Cornelius Castoriadis : «Un magma es aquello de lo que pueden extraerse (o aquello en lo que se pueden construir) organizaciones conjuntistas en número indefinido, pero que no puede ser nunca reconstituido (idealmente) por composición conjuntista (finita o infinita) de esas organizaciones» (La institución imaginaria de la sociedad). Si hubiera que imaginar esa substancia de la negación retomando las metáforas que nos presta la física contemporánea, nuestra figura sería la del plasma, ese gas en el cual los electrones se han alejado de sus núcleos y que es capaz de generar una gama infinita de inestabilidades y de fluctuaciones, no siempre controlables en el laboratorio. De ahí que la figura que Durkheim emplea para hacer imaginable la forma 0 de sociedad, el nivel más básico de la solidaridad mecánica, sea la de protoplasma, “una masa absolutamente homogénea en que las partes no se distinguirían unas de otras, y, por consiguiente, estaría desprovista de toda forma definida y de toda organización. Ese sería el verdadero protoplasma social, el germen de donde surgirían todos los tipos sociales” (La división del trabajo social). 

Durkheim lo había enunciado recordando que el ser humano «desde el origen, llevaba en sí en estado virtual –aunque prestas para despertarse a la voz de las circunstancias– todas las tendencias cuya oportunidad debía aparecer a lo largo de la evolución» (Las formas elementales de la vida religiosa). Convicción de que cualquier institución, cualquier pensamiento, cualquier ordenamiento, cualquier plausibilidad coexiste con esa negación de sí que lo liquidaría, pero de la que en última instancia depende para existir y que está hecha de lo que no es, es decir de la confusión de todas aquellas opciones posibles o imposibles, imaginables o inimaginables, aceptables pero también abominables, que no son todavía, que ya no son, que no han sido nunca, que nunca serán. Lo desechado, pero también lo todavía no pensado. Es más, también lo no ideable, lo inconcebible. Lo alternativo viable, pero no menos todas las figuras de monstruos, incluso de aquellos monstruos que ni siquiera pueden ser sospechados. Voces de todo lo otro, que suenan al mismo tiempo, en un alarido enloquecido o en un rumor constante que en sí mismo no significan nada, que no son nada. 

Esa negación no está del otro lado de lo social, no es lo contrario de lo social. El no-ser social no es lo que se opone al ser social, en términos de «sombra» o «lado oscuro». No complementa el ser social, sino que lo aniquila y lo genera luego. La negación social no produce la inversión de lo negado, sino un hueco, un vacio en ebullición. Del no-ser social se podría decir lo mismo que se ha dicho del no-ser por los grandes teóricos de la nada. No es, no puede ser, un ser, sino una acción, un proceso y un proceso que tiene en sí su propia fuente en energía. Como dice Sartre, «la nada no es, se nihiliza» (El ser y la nada). Tampoco se puede decir que esté antes o después del cosmos social creado, a la manera de un principio caótico fundador o un final catastrófico hacia el que se avanza. Está negación que suprime y funda al mismo tiempo el ser social está siempre presente. Por decirlo como Sartre, «la condición necesaria para que se posible decir no es que el no-ser sea una presencia perpetua, en nosotros y fuera de nosotros; es que la nada infeste el ser». 

Esta paradoja de una nada o vacío absoluto que está siempre, incluso que funda y posibilita el mundo a partir de su hiperactividad constante, aparecía resuelta en la tradición cabalística, a la que el pensamiento de Durkheim y el de sus herederos no son en absoluto ajenos. El rabinismo –inspirador en ese aspecto del principio cristiano del cosmos como creado ex-nihilo– entendió que resultaba preciso concebir a Dios como generador del mundo por un acto de libertad y de puro amor, y no como guerrero victorioso que, en la mayoría de mitos cosmogónicos, vencía y sometía las energías caóticas anteriores a la fundación del mundo. Las transiciones ininterrumpidas a que se abandonan las sefirot y del árbol sefirótico –tema en torno al cual gira la Cábala en su conjunto– dan por sentado que no puede existir un vacío o una discontinuidad si no es como parte misma de ese desarrollo de la potencia divina. 

La nada, concebida como ausencia de cosmos y como predominio de lo informe y lo no ordenado –es decir, de nuevo como un caos– sólo puede localizarse formando parte de la propia esencia divina, existiendo en su seno desde siempre, de manera que el abismo coexiste con la plenitud de Dios. A partir del siglo XIII los cabalistas emplean con frecuencia la imagen de Dios como aquél que «habita en las profundidades de la nada". Se trata de lo que el Zóhar identifica con la luz que rodea al En-sof o infinito, lo sin principio, lo no creado. Pero insistentemente se asocia con la existencia más honda de la divinidad, la profundidad radical de Dios, que se exterioriza como energía creadora en las emanaciones de las sefirot. La nada es, entonces, la raíz primera, la raíz de raíces, de la que el árbol de la creación se alimenta: la esencia misma de Dios. 


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