dilluns, 21 de maig de 2018

Luz de masas. Las masas como fracción movilizada de la clase obrera


Intervención en el acto Marx als barris obrers, conmemoración de los 200 años del nacimiento de Karl Marx, celebrada en Nou Barris, Barcelona, el 5 de mayo de 2018, organizada por Comunistes de Catalunya. 

LUZ DE MASAS 
Las masas como fracción movilizada de la clase obrera 

Manuel Delgado 

La noción de masa es nodal en el lenguaje revolucionario del siglo XIX, ya sea como sinónimo de pueblo o proletariado o para definir los espesamientos humanos que afloran en las calles para expresar su descontento y en los que se reconoce la fuente de energía de la que va a depender cualquier transformación radical de la sociedad. A las antípodas de la visión que de ellas veremos que ofrecerá la primera psicología de masas de finales de aquel siglo, anarquistas y socialistas contemplan las acciones colectivas como dotadas de un profundo sentido de la responsabilidad, incluso una clarividencia especial a la hora de valorar las condiciones de paso entre el presente y el futuro y de actuar sobre dichas condiciones. 

En Karl Marx hay una evolución en el uso del concepto de masa. Inicialmente aparece con el fin de señalar las consecuencias de la homogeneización de la mano de obra a que el capitalismo ha sometido a la clase obrera. Impuesta por el trabajo en cadena o la unificación salarial, es la uniformidad en las condiciones de vida y de trabajo lo que hará posible precisamente una sociedad igualitaria en cuanto la clase burguesa desaparezca. Es al massenproletariat, al que en un momento acudirá en su auxilio el lumpenproletariat a la hora de la revolución. La masa, en ese sentido, existe, para Marx, fuera de la sociedad, fuera de la eco- nomía, fuera de la política; es la no-sociedad en condiciones de ser algún día la sociedad misma. Si en La guerra civil en Francia no identifica aún clase y masa, sí que lo hace a lo largo y ancho del capítulo XXIII de El Capital, siendo en La Sagrada Familia y en la crítica a Bruno Bauer y la derecha hegeliana donde Marx y Engels proponen su propia teoría sobre el papel de las masas: "Por fuera de la masa, los enemigos del progreso son precisamente los productos autóno- mos y dotados de vida personal en los cuales la masa afirma su miseria, su reprobación, su propia alienación. Atacando a estos productos autónomos de su propia miseria, la masa ataca, pues, a su propia pobreza". Esta es la conclusión a la que llegan los fundadores del marxismo a partir de las acciones que el proletariado comenzaba a llevar a cabo en lo que fue el nacimiento del movimiento obrero y sindical en Inglaterra, Francia, Ale- mania y otros países de Europa, como el Movimiento Cartista británico o las insurrecciones obreras de Lyon y Silesia. 

Es importante remarcar cómo la filosofía marxista se desarrolló a partir de esa piedra fundacional, según la cual las ideas se convertían en fuerza material cuando las masas las hacían suyas. O, en palabras del propio Marx en su introducción a La crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel: "Pero también la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas. Y la teoría es capaz de apoderarse de las masas cuando argumenta y de- muestra ad hominem, y argumenta y demuestra ad hominem cuando se hace radical. Ser radical es atacar el problema por la raíz". Lenin lo entendió bien y fue a él, en el capítulo II del ¿Qué hacer?, a quien le correspondió reconocer el valor genial del despertar espontáneo de las masas a la conciencia y a la lucha, pero también la importancia de que la energía que desprendían fuera organizada y sistematizada por la vanguardia comunista. Es más, en la teoría leninista masa pasa a tener valor como fracción de pueblo en condiciones de movilizarse y actuar encuadradamente. Sería abrumador repasar todos los desarrollos que sobre la creatividad natural de las masas y la necesidad de formalizar organizativa e ideológicamente su ímpetu ha procurado la teoría marxista en todas sus variantes. Pensemos en la massenstreik o "huelga de masas" que Rosa Luxemburg coloca en el centro de su teoría revolucionaria. O recordemos cómo para Antonio Gramsci, en "El hombre individuo y el hombre masa", las decisiones colectivas pueden ser superiores a la media individual, como la cantidad deviene calidad y como "una asamblea 'bien ordenada' de individuos agitados e indisciplinados" puede desarrollar "un sentido de la responsabilidad social que se despierta lúcidamente por la percepción inmediata del peligro común, y el porvenir se presenta como más importante que el presente". 

Esa impresión nos advierte del sentido último de la relación entre vanguardia revolucionaria y masas populares. El papel de la primera es renunciar a cualquier sueño de control o manipulación sobre las segundas, puesto que la clase obrera presente y en acción –las masas– es, como señala Gramsci, instintivamente consciente de sus intereses, aunque no lo formalice bajo sistemas de pensamiento o planes de acción estructurados. La tarea de la agitación revolucionaria es precisamente interpretar las ideas y sentimientos en bruto de las masas y dotarlos de consistencia teórica y una mayor claridad en cuanto a técnicas y metas de lucha, es decir una metodología y un programa. Es esa labor de síntesis la que la tradición leninista acuerda para los comunistas, la que se re- sumiría en asertos presentes en el Libro Rojo, del tipo "partir de las masas para volver a las masas", o, para ser más precisos: "Recoger las ideas de las masas, concentrarlas y llevar- las de nuevo a las masas, a fin de que ellas las apliquen con firmeza...: tal es el método fundamental de dirección". 

De hecho, la identificación de las masas con la clase obrera y su misión histórica implica asignarles virtudes salvíficas, casi divinas, como cuando Mao se refiera a ellas como "fuerza motriz, creadoras de la historia universal", dotadas de "una fuerza creadora ilimitada". Esa puesta en valor casi sobrenatural del papel de las masas y su reconocimiento en el lenguaje político marxista-leninista lo que aparecerá todavía activo en las movilizaciones obreras y estudiantiles a lo largo de la década de los años 70, de la mano de las organizaciones revolucionarias de inspiración marxista-leninista, las ortodoxas, pero no menos las de orientación trotskista o prochina, a las que encontramos comprometidas en la configuración de lo que se dan en llamar "or- ganizaciones de masas", término con el que se alude a los instrumentos de encuadre de la población en fábricas, centros de estudio o barrios, a los que la vanguardia revolucionaria debe proveer de consignas e iniciativas, que no son sino una devolución formalizada de lo que antes se ha recogido en el "trabajo de masas", es decir la paciente labor de condimentado, por así decirlo, de los sentimientos, anhelos y necesidades de los sectores populares con los que los revolucionarios estaban en íntimo contacto. En ese periodo, las referencias a las masas como protagonistas definitivas del cambio histórico son constantes. Las encontramos, por brindar un solo ejemplo, en Louis Althusser, en Seis iniciativas comunistas, cuando se dirige a los jóvenes comunistas en 1976 en estos términos: "De hecho, jamás ha sido el movimiento de masas, el movimiento revolucionario obrero y popular, pese a graves reveses locales, y pese a los problemas que plantean los países socialistas, tan poderoso en el mundo". 

Es en tal contexto –la década de los 60 y 70 del siglo pasado– que se produce un etiquetado que califica lo que hoy llamaríamos movimientos sociales como mo- vimientos de masas y es tal asociación la que inspira la atención hacia la racionalidad oculta tras las grandes revueltas urbanas, algunas de ellas derivan- do en desmanes que hasta entonces habían sido atribuidos a turbas furiosas y desquiciadas. Esta revisión del papel de los conglomerados humanos que se agitan y agitan las ciudades corresponde tanto a la historia social como a la sociología urbana de inspiración marxista. Los historiadores marxistas han atendido ese papel de las compactaciones humanas que se apropian de las calles para protestar contra las condiciones de vida a que son sometidas, las han contextualizado, han hecho averiguaciones a propósito de su composición, han buscado testimonios que informen de cómo los participantes en motines eran conscientes de lo que hacían y por qué lo hacían. 

En concreto, los estudios debidos a E.P. Thompson, Eric J. Hobsbwan, Nathalie Z. Davis, George Rudé, etc., han enfatizado la presencia de lógicas históricas implacables moviendo en secreto tumultos en ocasiones violentos, causados –se decía– a elementos "incontrolados" o a turbas irresponsables. La crowd era analizada como una formación social singular, distinguible tanto de los individuos como de los distintos grupos o clases sociales reconocibles en unas determinadas coordenadas sociohistóricas, que habían asumido la tarea de aplicar de manera directa e inaplazable lo que Rudé llama "una cierta forma de justicia 'natural' elemental". De ahí investigaciones valiosas centradas en las motines durante las guerras de religión europeas en el siglo XVII, las revoluciones francesas de 1789 y 1848, los disturbios Gordon en el Londres de finales del XVIII, las re- vueltas del Capitán Swing en Inglaterra en 1830, o de las hijas de Rebeca en Gales de 1839 y 1842, etc. 

En paralelo, la sociología urbana marxista hizo lo propio subrayando el papel de las muchedumbres unificadas en la historia de las ciudades. Así, por ejemplo, Manuel Castells autoriza la traducción al español de su The City and the Grass- groots como La ciudad y las masas, una obra consagrada para hacer un repaso en perspectiva de agitaciones populares urbanas, desde las Comunidades de Castilla en el siglo XVI a la lucha de las asociaciones de vecinos en el Madrid del tardofranquismo, pasando por la Comuna, la huelga de alquileres en Glasgow, el movimiento inquilinario en México 1922, las revueltas en las ciudades norteamericanas en los años 60, la aparición del sindicalismo urbano en las periferias francesas –en concreto en Sarcelles, en la banlieu de París–, las luchas barriales gays en San Francisco en los 70 o la de los pobladores en Chile en esa misma década. En todos los casos las masas son, para Castells, ese individuo colectivo que centra procesos positivos y conscientes de cambio social, corrientes de acción colectiva provistas de coherencia teleológica, conmovidas por una misma certeza sobre la necesidad de superar un obstáculo dado en la marcha en pos de un objetivo común claro y predeterminado y actuando a la manera de solidificaciones al mismo tiempo física y psicológico-afectivas de la impaciencia popular en orden a impulsar la historia en un sentido u otro, o por alterar toda o parte de la organización de la sociedad.



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