dilluns, 16 de gener de 2017

El habitus como participación en la gracia del Espíritu Santo

"Apoteosis de Santo Tomás de Aquino", de Francisco de Zurbarán (1631)
Comentario para Marta Vencesalo, en el marco de un proceso de elaboración teórica compartido.

EL HABITUS COMO PARTICIPACIÓN EN LA GRACIA DEL ESPÍRITU SANTO
Manuel Delgado

Solo es un comentario sobre lo que hablamos y que es parte de mi contribución a lo que estamos escribiendo entre los dos. Me refiero a los precedentes y paralelos del habitus bourdeiano, tanto como sistema de disposiciones, como en tanto que esquemas de percepción, pensamiento y acción, de los cuales la residencia y el instrumento no puede ser sino el cuerpo. Es verdad que ha quedado reconocido que son la fenomenología de Husserl y la sociología durkheimniana quienes recuperan el concepto aristotélico-tomista de habitus, y lo legan al sistema teórico propuesto por Pierre Bourdieu, pero no solo como hexis, en el sentido simple de disposición para actuar o estado activo, sino sobre todo en el escolástico de participación de la ley divina en la criatura racional o, si se prefiere, al contrario, de participación de la criatura racional en la ley divina. El habitus es, en efecto, concreción habitual de la gracia, don gratuito del Espíritu Santo que permite al ser humano consentir y cooperar libremente con la benevolencia de Dios, puesto que colabora con sus principios de la acción, el conocimiento y la voluntad, en cada acto.

En efecto, para Santo Tomás, el habitus no es un auxilio para el alma, ni una virtud que se manifiesta circunstancialmente en la conducta, sino que constituye una cualidad sobrenatural infusa que perfecciona en su totalidad ese alma, al mismo tiempo exterior e interior a ella; poseerla es ser poseído por Dios, connaturalizarse con el Espíritu, obtener de él un estímulo constantemente activado que hace hacer, pensar y desear, que hace que Dios "se cuele" en la vida profana del ser y la ponga al servicio de su bondad, permitiendo que sea el propio ser creado el autor de los actos que le salvan, de tal forma que su libertad y su autodeterminación no se suprimen ni disminuyen.

Lo que me apasiona és la manera como Santo Tomás explica la condición rectificante de una gracia que nos habita, el habitus como gracia infusa. Mira lo que dice la cuestión 109 de la Summa Theologica: "Sin embargo, la naturaleza humana no fue corrompida totalmente por el pecado hasta el punto de quedar despojada de todo el bien natural; por eso, aun en este estado de degradación, puede el hombre con sus propias fuerzas naturales realizar algún bien particular, como edificar casas, plantar viñas y otras cosas así; pero no puede llevar a cabo todo el bien que le es connatural sin incurrir en alguna deficiencia… Así, pues, en el estado de naturaleza íntegra el hombre sólo necesita una fuerza sobreañadida gratuitamente a sus fuerzas naturales para obrar y querer el bien sobrenatural. En el estado de naturaleza caída, la necesita a doble título: primero, para ser curado, y luego, para obrar el bien de la virtud sobrenatural, que es el bien meritorio. Además, en ambos estados necesita el hombre un auxilio divino que le impulse al bien obrar."

Ese es el asunto central de la teoría tomista de la justificación: la necesidad que el ser humano tiene de ser infundido Como si nuestro cuerpo tuviera que ser rescatado por "algo" –la gracia- que se le añade, que se incorpora a él, se le inocula para que forma parte de su ser y le permita participar de la bondad de Dios. Se trata pues, literalmente, de la materialización de una eficacia espiritual, que solo se puede ejercer en última instancia en y mediante el cuerpo del gratificado. Mira lo que escribe Charles Moeller, uno de los teólogos más interesantes de la segunda mitad del siglo pasado: "La interioridad de la gracia aparece conjugada sobre el resplandor del mundo corporal". 

Es el habitus ­–en el sentido tanto sociológico como teológico– lo que hace de nosotros seres no solo habituados, sino sobre habilitados, es decir entrenados y capacitados para ser quienes somos, y, más aun, habitados, poseídos por dispositivos de acción, percepción y juicio que no hemos generado, sino que les han sido infundidos por la instancia invariable y poderosa, al tiempo trascendental e inmanente, de la que formamos parte y nos constituye.


Pero no quiero que se te escape la dimensión política de esto que te digo. Es por el habitus que participamos en el orden de mundo que nos somete, sino que compartimos y ejecutamos su lógica más profunda. Eso quiere decir participación: participación de los dominados en su dominación. Es porque participamos que no escapamos de nuestro encierro, porque nuestro encierro nos habita.

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