dimecres, 21 de setembre de 2016

Museografías del disimulo. Una conferencia de Alberto López Bargados

Entrada principal de Ikunte, el centro de investigaciones zoológicas y etnologicas patrocinado por el Ayuntamiento de Barcelona en Guinea Ecuatorial
Conferencia pronunciada en Museu de Cultures del món, en el marco del II Congreso AIBR y de la exposición Ikunde. Barcelona metrópoli colonial, el 6 de setembre de 2016

MUSEOGRAFÍAS DEL DISIMULO
El legado colonial y la memoria de Barcelona como metrópoli imperial
Alberto López Bargados

Quisiera empezar con una anécdota reciente que me parece un buen punto de partida para la breve exposición que realizaré. Hace unos pocos meses tuve el honor de participar en una comisión municipal que había recibido el encargo de proponer un proyecto de reforma de dos equipamientos culturales con orígenes y finalidades afines pero separados por los avatares de la obra de gobierno: el Museu Etnològic de Barcelona y el Museu de Cultures del Món, precisamente la institución que nos acoge hoy.

La comisión en cuestión, cuyos resultados están por cierto aún pendientes de una necesaria divulgación y debate públicos, estaba formada por reputados especialistas provenientes de distintos campos de las ciencias sociales que confluían en la museología aunque sólo fuera, en algunos casos, como el mío propio, de manera puntual. Pues bien: en una de las reuniones que comportaron las deliberaciones de la comisión, y al referirse a los orígenes del Museu Etnològic de Barcelona, varios de los colegas que formaban parte negaron con autoridad que aquella institución fuera prisionera de los problemas de conciencia que limitan el margen de maniobra de aquellos museos que, como el Tervuren en Bélgica, el Musée de l'Homme y Quai Branly en París, el British en Londres o el Pitt Rivers en Oxford, deben una parte esencial de sus colecciones y en cierto modo su misma existencia al contexto imperial y colonial en que fueron concebidas, ampliadas o justificadas. En una palabra, que el Museu Etnològic de Barcelona, a diferencia de esas otras ilustres instituciones, carecía de un pasado maldito ligado a la dominación colonial del que hubiera que hacer pedagogía y mucho menos acto público de contrición.

Debo reconocer que esas afirmaciones me dejaron en aquel momento atónito, y sin capacidad de reacción. El relato general al que se adscribían mis colegas me resultaba familiar: Catalunya, y Barcelona como su capital y principal metrópoli, no había participado en el proyecto europeo de colonización de África sino de manera puramente episódica, casi a regañadientes. La modesta, dubitativa y por momentos ridícula aventura colonial española en África fue precisamente eso, un asunto que competía al estado español, y del que Catalunya como sociedad y nación estaba exenta de responsabilidad.

Estaba habituado a escuchar mensajes semejantes en las declaraciones de los político de casa nostra, o en las intervenciones puntuales de los opiniólogos en los medios de comunicación más seguidos, pero me sorprendió que académicos con conocimientos especializados en la materia, que habían además trabajado durante cierto tiempo en la propia institución, bautizada en febrero en 1949, en el momento de su fundación, como Museo Etnológico y Colonial, adoptasen ese punto de vista mainstream. Dado que, al menos en este caso, no puede aducirse un principio de ignorancia para justificar la consolidación de semejante relato autocomplaciente, debía tratarse de algo más.

Decía Marc Augé que lo contrario de la memoria no es, contra lo que solemos contestar de manera espontánea, el olvido[1]. Las omisiones, voluntarias o no, constituyen en efecto un material tan necesario para la configuración de una memoria individual o colectiva como lo son la acumulación de recuerdos y los atajos que los unen para salvar las fallas que dejan a su paso esas elipsis que practicamos sobre el pasado. Ahora bien, sólo una eliminación sistemática de las secuencias más comprometidas de esa narración que es la historia del Museu Etnològic podía en mi opinión obrar el milagro de suavizar la imagen de la institución hasta el punto de exonerarla del estigma que acarrean otros museos afines y más consagrados. La depuración de episodios claves de esa historia no puede ser, así pues, fruto del azar. El juego de omisiones se revela tan eficaz, y su influencia alcanza a personas tan doctas como mis colegas, que no puedo sino compararlo con una suerte de mecanismo de represión que bien podría desembocar en lo que Sartre llamaba la mala fé, esto es, en el autoengaño que hace de nosotros mismos objetos inertes en manos de las fuerzas de un destino que escapa por completo a nuestro control, y que por eso mismo nos exime de toda responsabilidad sobre nuestro pasado y nuestro presente. Es cierto que Sartre se refería sobre todo al ardid que empleamos para sobrellevar la angustia que nos provoca el momento de la toma de decisiones, pero como quiera que la idea alude en definitiva a los mecanismos que utilizamos para la elisión de responsabilidades, me parece sugerente en su aplicación a las responsabilidades colectivas.

Volveremos seguidamente a Sartre y al tema de las responsabilidades colectivas. Me interesa resaltar la idea de que la mirada que arrojamos sobre nuestro propio pasado se ha adaptado durante décadas a una determinada profundidad de campo, de manera que hemos naturalizado tanto la franja visible, que sería algo así como el campo de lo posible, como sus márgenes invisibles. Sólo una sobredeterminación semejante permite comprender por qué, en el escenario concreto que nos ofrece la historia de una institución cultural como el Etnològic, podemos pasar por alto, por ejemplo, que la misma institución cristalizó tras una expedición científica a la Guinea Española en 1948, cuando August Panyella, el secretario de la misma y futuro director del Museo Etnológico y Colonial de Barcelona, consiguió trasladar una parte de las adquisiciones realizadas a Barcelona. Sólo una convicción clara sobre cuáles son las dimensiones exactas de lo posible nos permite practicar una elipsis sobre el hecho de que otro de los fundamentos de las colecciones etnológicas de titularidad pública en Barcelona lo constituyesen las 165 piezas de "arte negro" que provenían de la colección particular de Miguel Núñez de Prado, quien fuera gobernador español de Guinea entre 1926 y 1931, colección que fue adquirida en 1936 por la Generalitat de Catalunya al precio de 20.000 pesetas, por otra parte en el marco de una revolución social sin precedentes provocada por el estallido de la Guerra Civil. Esa colección, que incluía alguno de los bieris -fetiches elaborados principalmente por las sociedades Fang- más valiosos con que cuenta actualmente el Museu, se incorporaría también a sus fondos iniciales en el momento de la fundación.

Para responder en cierto modo a esos lugares comunes, a ese régimen de verdad si lo prefieren, nuestro equipo de trabajo ha concebido una exposición modesta, "Ikunde: Barcelona, metròpoli colonial", que sin embargo quiere ser el primer paso de un proyecto más ambicioso, una especie de retablo general que ilustre las distintas facetas en que se expresó la participación activa de la sociedad catalana, y en particular de su burguesía comercial, en la empresa colonial hispana en África. No deseamos promover un juicio tan severo como el que hiciera, una vez más, Jean-Paul Sartre en su célebre y eléctrico prefacio a Les damnés de la terre, el libro de Franz Fanon, en el que sobredimensionaba los dilemas de la responsabilidad colectiva y reconocía en la pasividad de la sociedad francesa ante la guerra de liberación argelina una complicidad inmoral que juzgaba culposa[2]. Eran, sin duda, otros tiempos y contextos. A nosotros nos parece, simplemente, que tal vez ha llegado el momento de arrojar algo de luz sobre todo aquello que la memoria histórica ha dejado en penumbra, que es preciso abrir (literalmente) las cajas selladas y custodiadas en almacenes a lo largo de décadas y revisar, en fin, algunos mitos nacionales en un momento en que la sospechosa desmemoria de las antiguas metrópolis coloniales es una causa incoada en muchas otras latitudes. Y nos parece, también, que sería bueno proceder a ese reconocimiento distinguiendo, por bien que a veces resulte difícil, entre la culpa y la responsabilidad.

Una pequeña consideración para el campo de la antropología social que creemos se deriva de todo esto. Uno de los efectos de la corriente de estudios subalternos, postcoloniales y luego decoloniales ha sido la puesta en crisis (¿definitiva?) de los relatos eurocéntricos elaborados sobre los restantes pueblos del planeta, prácticamente todos ellos sometidos a una forma u otra de colonización a principios del siglo XX, en el clímax de la dominación europea. Aunque esa voluntad crítica pareciera consustancial a los principios que rigen la antropología social, lo cierto es que las acusaciones recibidas de connivencia con lo que Aníbal Quijano ha llamado la colonialidad del saber han suscitado un clima de sospecha renovado ante las aportaciones de la antropología, así como una especie de complejo de culpa en el seno de la misma[3]. En cierto modo, el peligro que corremos los antropólogos, en particular aquéllos y aquéllas que nos empeñamos en seguir discurriendo sobre las sociedades no europeas, es, por así decirlo, quedar prisioneros entre el cinismo y la neurosis. Evitamos la incomodidad que supone haber despertado del sueño moderno en el que el Otro, en su diferencia radical, se hallaba a libre disposición de nuestro escrutinio apostando por una antropología reflexiva, comprometida y co-participada, pero en la medida en que el marco institucional (académico) sigue reflejando de manera directa las desigualdades forjadas durante la dominación colonial, esa apuesta tiene algo de impostura. Persistir a estas alturas en una reflexión sobre "los Otros" desde las tribunas académicas de las viejas metrópolis coloniales es una actividad presidida por contradicciones que cada cual sobrelleva como puede y quiere, y el apostolado por el célebre giro decolonial no hace más que poner de manifiesto esas paradojas.

Desde nuestro equipo, formado bien es verdad tanto por antropólogos como por historiadores (Pablo González Morandi y Eloy Martín Corrales del, lado de los historiadores, Andrés Antebi y yo mismo del de los antropólogos), queremos realizar una modesta aportación local a ese giro mediante la exposición dramatizada de nuestros propios pecados. Nos ha parecido que la vía más fácil –la única que hemos hallado, en todo caso- para sortear esas paradojas consiste en centrarse menos en los Otros y mucho más en Nosotros, en la genealogía de nuestras representaciones, en la historia, en fin, de nuestra propia disciplina, y de los vínculos que trenzó con prácticas de dominación colonial que en cierto modo siguen siendo, como lo fueron entonces, materia reservada. Llámenlo economía de esfuerzos, si quieren, o incluso oportunismo intelectual, pero nos parece que la antropología social catalana y española padece en realidad una amnesia semejante a la que describíamos en relación con la sociedad catalana y algunas de sus instituciones culturales; también las y los antropólogos del estado estamos en general persuadidos de que la variante local de la disciplina carece del listado de agravios que padecen las grandes tradiciones académicas imperiales, lo que no deja de resultar chocante. Tal vez las gestas militares y el número de compañías comerciales que hicieron fortuna con la aventura colonial sean mucho menores que en otros casos, pero su influencia sobre el paisaje intelectual e institucional del estado sigue ahí, para quien quiera rastrearla. Ahora bien, en castellano hay un refrán adecuado para dar cuenta de ese particular género de amnesia: no hay peor ciego que el que no quiere ver.        

Llega el momento de concluir. Hasta el momento he descrito, con más o menos éxito, algunas de las elipsis que padece la memoria histórica de nuestro país, en especial las relativas a su peripecia colonial, pero no he mencionado más que de refilón algunas de las razones por las que éstas se han producido. Supongo que no puede cerrarse esta intervención sin apuntar, de manera general, al menos a dos de ellas. La primera no constituiría un rasgo específico de Catalunya, pues afectaría a la totalidad del estado: el mito de la Transición feliz que permitió clausurar con éxito la etapa del franquismo. No es éste el lugar para abordar con la profundidad que merece –a pesar de que contamos en la sala con Queralt Solé, que conoce el tema con mucha más profundidad que yo- la hegemonía alcanzada por la fantasía narcisista –o el silencio hipócrita- asumida por las elites políticas post-franquistas. La ilusión de que la experiencia colonial y sus efectos colaterales concluyeron mágicamente con la aprobación de la Constitución de 1978 ha sido un lastre terrible que soporta este país, y que explica, entre otras muchas cosas, la tragedia provocada en el Sáhara Occidental por la dejación de responsabilidades de la antigua metrópoli, o el dossier eternamente abierto con el vecino marroquí.

La segunda sí es un rasgo distintivo del paisaje político e intelectual catalán. Se trata, como señalaba al comienzo de mi intervención, de las mixtificaciones elaboradas por parte de las elites del país, aglutinadas en torno a un proyecto nacionalista y conservador que también alcanzó su propia hegemonía en el período post-franquista, y que ha querido ver –lo quiere todavía, de hecho- en el proyecto colonial africano una prueba concluyente de los desvaríos del Estado español a cuyo aventurismo militar la sociedad catalana habría dado discretamente la espalda. Pues bien, frente a ese imaginario complaciente forjado a partir de la combinación de esas dos corrientes hegemónicas, y mucho más complementarias de lo que a veces se está dispuesto a aceptar, el proyecto que presentamos con “Ikunde…” pretende comenzar a rastrear las huellas que esa experiencia ahora incómoda dejó sobre la ciudad de Barcelona, un ejercicio de recuperación de la memoria que, creemos, no podemos rehuir por más tiempo. Ahora bien, nuestra voluntad no es detenernos en un simple recuento de los bienes y propiedades que la colonización legó a la ciudad, por importante que eso sea. Nos gustaría captar las influencias más o menos sutiles que esa experiencia cosmopolita impuso sobre la propia concepción de la ciudad y sus representaciones. Nos parece, en fin, necesario aportar aquellos materiales que nos permitan comprender hasta qué punto la condición de metrópoli colonial de Barcelona determinó una manera de gestionar espacios y gobernar poblaciones que en realidad permanece activa hasta el momento presente.





[1] Marc Augé, Las formas del olvido, Madrid, Gedisa, 2009.
[2] Jean-Paul Sartre, “Prefacio”, en F. Fanon, Los condenados de la tierra, Pamplona, Txalaparta, 1999.
[3] Anibal Quijano, “Coloniality of power, eurocentrism, and Latin America”, en Nepantla, vol. 1 (3) (2000); 533-580.

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