dijous, 1 de setembre de 2016

El harinama y la nostalgia de los cristales

La foto es de Sven-Olof Rönnskog. 
Fragmento del artículo "Actualidad de lo sagrado. El espacio público como territorio de misión, Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, vol. 54 (1999)

EL HARINAMA Y LA NOSTALGIA DE LOS CRISTALES
Manuel Delgado

Los krisna exotizan el principio protestante de negación de lo concreto y de lo extrínseco, que es maya, es decir ilusión, karmi o consciencia falsa, espectro que se opone a la conciencia de Krisna. La división entre el mundo material y el mundo espiritual en el sistema hare-krisna es idéntica a la división entre los conceptos de interior-sagrado vs. exterior-profano que establece la cosmovisión calvinista y que justifica la negación de la heterogeneización y la complejidad de lo mundano en favor de un repliegue hacia la vivencia íntima de la fe, malignización final de un espacio en el que no es posible establecer lugares en los que lo inefable pueda ser reconocido, imposibilidad de una epifanía topológica o geográfica, ni tampoco temporal. El mundo material, la ilusión o maya, se asocia a la temporalidad, al cuerpo, a lo sucio, a la irresponsabilidad, a la promiscuidad, a la ausencia de autocontrol, a la alienación. La civilización materialista es autogratificación egoísta, ausencia de metas y modelos, inseguridad, indeterminación... Frente a ese dominio de la inestabilidad y la incerteza, la consciencia de Krisna es verdadera realidad, eternidad, conocimiento, pureza, disciplina, autodominio, referentes morales claros, seguridad, compromiso vital, espiritualidad... Todo ello posible sólo en tanto los devotos de Krisna se refugian –en un sentido casi literal– en su vida conventual, en locales urbanos debidamente protegidos del ambiente que les rodea o en granjas en que se realiza la utopía del regreso a la Gemeinschaft, la organicidad de las sociedades campesinas y tradicionales que los estudiosos pretendieron descomplejizadas, simples.

¿Qué proclama el harinama o predicación pública en las calles, actuación itinerante basada en la entonación de mantras y la distribución de publicaciones y dulces a los transeúntes? La imagen del harinama es ya indisociable del universo representacional de la ciudad moderna, hasta tal punto forma parte fugaz pero persistente de su paisaje visual y sonoro. Pocos elementos más identificadores de la estética urbana que ese telón de fondo espectacular que prestan los devotos de Krisna agitándose y bailando por las calles una melodía popularizada por Georges Harrison, reuniendo entorno suyo a peatones curiosos. En Blade Runner, la emblemática película de Ridley Scott sobre la ciudad del futuro, los monjes adoradores de Shiva son parte de ese universo cerrado, claustrofóbico, de una metrópolis ya completamente heterogeneizada y caótica. Allí donde haya una ciudad, allí es seguro que encontraremos a los mendicantes de vistosas túnicas, entonando sus salmodias, danzando, llamando la atención de los viandantes, haciendo visible su existencia de comunidad diferenciada, separada, por causa de su santidad. 

Sociedad religiosa absolutamente fundamentada en el exilio, puesto que la conforman individuos que han decidido «convertirse» en inmigrantes procedentes de otro universo cultural, ¿a qué remite la imagen de la prédica hare-krisna por las calles? Lo que estos desertores del espacio público hacen es volver a él para brindar el espectáculo de sí mismos y de su redención. Está claro que sus posibilidades de convertir a los peatones con quienes se cruzan son remotas, como ocurre con los demás postulantes públicos de otros cultos, como han demostrado historias de vida de devotos hare-krisna, que en ningún caso habían recibido la revelación como consecuencia del encuentro casual con un harinama. En realidad el fin que buscan no es el de convertir a nadie, sino el de recordarse a sí mismos quiénes son y quiénes fueron. Todo lo que ellos exaltan con sus cánticos, sus danzas, su presencia, funciona como un reverso de aquélla realidad a la que van a enfrentarse –liminalidad generalizada, la calle como communitas, no-lugares–, en la que se evoca la plenitud espiritual y la dicha de una vida imposible fuera de la comunidad cerrada a la que regresarán luego.

Los devotos de Krisna representan la duración, lo eterno, lo profundo; la calle la efimereidad, lo contingente, lo en hueco. Son –o quieren parecer– una estructura social perfecta, armónica, impecable, que se exhibe arrogante, que se pavonea casi, entre el desorden. Su música se abre paso entre el ruido del tráfico y el murmullo de la multitud; sus coreografías se oponen simbólicamente a los movimientos brownianos e impredecibles de los viandantes. Han escapado del umbral. Se han liberado de la libertad. Muestran la disciplina, la homogeneidad que no alcanzarán nunca las gentes de la calle, los viandantes anónimos, sin espíritu, indisciplinados, vacíos, desorientados... Los danzantes en honor de Krisna constituyen un proyecto, lo otro es una deriva, lo otro..., lo otro ni se sabe qué es. Frente a la alteridad generalizada, ellos representan algo verdaderamente verdadero. A salvo por fin de la anomia y de la alienación, han realizado la utopía, han conseguido levantarse sobre la heteropía que les asfixiaba y confundía hasta que vieron la luz. Nostalgia de los cristales. Sueño realizado de ser, por fin, una sola cosa.



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