dimarts, 3 de maig de 2016

Una noche en la Reina. Una crónica de Jorge Grant

Crónica de una noche en la Reina d'Àfrica, octubre 2004

CON BE DE BÁRATRO
El grant Grizzly gris (Jorge Grant)

Ni inventándolo se puede dar con un sitio así. Uno, que es un campesino preguntándose, porque tal necesidad no existe, la de preguntarse como un campesino, porque llega rápido uno a comprender que campesino no es, se pregunta, ufánese el que respondiere, por qué la característica de las corrientes underground, de los outsiders, de la contracultura o como se quiera entrar por lo más cerrado de eso, una de las más notables y más definidas, es la de buscar para sus ciclos de aburrimiento y reclutamiento un local infame en una calle en cuesta de una zona a trasmano, mancillada por paredones añosos y roñosos y tétricamente iluminada. ¿No podríais haber encontrado un local en una calle donde a los burgueses se los pastorea, como Consejo de Ciento, Enrique Granados, Valencia, cerca de mi casa?, ¿un lugar, si no representativo, por lo menos claro y fácil de llegar? ¿O es que va con el mensaje libertador predicarlo en un dedal?
Encontrar el edificio ya fue dar con el tesoro sin el mapa, como dar con un potorro apartando el pelo. Pasé dos veces por delante y estuve a punto de preguntarle a una chica en la parada del autobús, pero llegaron en ese momento unos mocetones con ese aire de actividad común que te indica misteriosamente que van a lo mismo y uno me preguntó: «¿Viene por la película?».
La puerta. Chapada en hierro. Sólo faltaba que la abriese un Ígor o el propio Howard Vernon, cuyos ojos en una cabeza de pirámide trigonoide le valieron trabajar de lo mismo en las películas de Paul Naschy.
Un antro de cíclope. Un granero bereber.
La luz está reducida a la categoría de penumbra convaleciente. En el rincón donde me siento yo, cerca de la barra, hay tanta obscuridad que me apoyo, me siento y me sostiene y me cachea una persona que ni clarividente habría visto. A mi izquierda, en la pared encima de la barra, hay una lámpara pero supongo que da luz pocas veces y esa vez la daba menos que otras veces.
El lugar, semirruinoso (colonial no parecía), estaba repleto. En un lugar repleto y donde a uno le faltaba el ánimo y, sobre todo, la constancia de respirar, nadie se privaba de fumar. El humo iba ascendiendo desde las capas inferiores hasta la cumbre del calor.
Se fue la persona que había estado pisando y me senté en un taburete sin saber lo que tenía detrás, a saber si uno de los precipicios del monte Mutia adonde se caía primero el grito y luego el porteador que lo daba en las películas de Tarzán. Sudaba a chorros, chorreaba tinta.
Un orador —bueno, eso— decía cuando entré que había tomado parte en la realidad narrativa de 1984, la novela de George Orwell, pero una parte menos directa, porque había montado una película con el texto. Del hombre no pude apreciar otra cosa que el perfil, una silueta de Toulouse-Lautrec a la tinta y al humo y unas pasmarotadas que enfangaban las señoriales de su primo Tapié de Céleyran. No comprendí muy bien qué parte menos directa había tomado hasta que empezamos a ver el quiste de las imágenes y el hombre a leer el libro de Orwell sin respirar. Yo pregunto, Bisonte, ¿este hombre sabe que en los dominios del conocimiento y la expresión humanos hubo un momento de síntesis en que la divinidad precipitó en equilibrio al diluir y se llamó «elocuencia ciceroniana»? ¿Le ha dicho alguien a este hombre que le convendría apuntarse a unas clases de elocución si piensa volver a decir algo en un lugar repleto, sin aire y donde todos fuman?
Desinteresado de una farfulla muy a propósito del significado y el costo auditivo de altius, citius, fortius del lema de los Juegos Olímpicos a la que habían extraído quirúrgicamente toda pasión —Hitler, contra lo que se cree, parecía farfullar, pero lo que decía, incomprensible para los que no nos alborotamos ante la teoría de Blut und Boden como ante la hembra, estaba hecho picadillo de pasión—, me puse a estudiar al público. ¿Eran vecinos? ¿Puercoespines curiosos? ¿Militantes de un optimismo a prueba de historia? ¿Alumnos de esnobismo estándar? ¿Adeptos? ¿Parentela de inmigrantes puteados? Visconti, que estaba de pie del lado opuesto a la barra, me hizo observar que el público parecía más correcto y tan fanático como los asistentes de los mítines marxistas.
Cuando el absurdo subió como el poder de Bismarck en Prusia, me largué.
Pero no podía.
Abrí una puerta que no era; al fin, guiado como un ciego —que es lo que soy— me encontré (porque a esos sitios no se llega) en una especie de vestíbulo negro como la axila de un piojo que se suele decir y tanteaba y no podía localizar la cerradura y cuando la toqué y la recorrí febrilmente no había pestillo. Vino una chica... con una linterna. «Tate —tragué tiniebla—. Sin el concepto del poder no se entiende que hubiera amazonas. Con linterna..., claro...»
Otra vez la puerta. Afuera respiré aire fresco y sensatez. Después hablan de que los escritores somos exagerados.
Atroz. 
O a trozos..., porque la puerta, que tendría que haber sido de salida, lo fue casi de caída, había dos o tres o trescientos peldaños hasta la calle, de los cuales me olvidé (las tinieblas ayudaron), y hoy es que estaba en la UCI.
Te quiero mucho, Bisonte, incluso ha habido ocasiones que te ha rodeado una estrella, un halo de padre del yermo, que me ha hecho admirarte; pero ni al niño el bollo, ni al santo el voto. No te haré promesas de ir donde las cumpliré mal. Lo que te pido a cambio es que la próxima vez que me invites que sea a un lugar de día.

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