dimecres, 25 de maig de 2016

Una antropología de lo que pasa

La fotografía es de Yanidel y procede de https://www.facebook.com/YanidelPhotography
Final del artículo "Etnografía de los espacios urbanos", en Danielle Provansal, ed., Espacio y territorio. Miradas antropológicas, Publicacions de la Universitat de Barcelona, Barcelona, 2000, pp. 45-54.

UNA ANTROPOLOGIA DE LO QUE PASA

Manuel Delgado


Si la antropología urbana no quiere perder de vista la singularidad, la esencia misma del objeto que ha escogido –las sociedades humanas en marcos urbanos, debe aceptar que ese objeto es secuencias, momentos, «hechos sociales totales» que no remiten –como Mauss hubiera querido– a una sociedad, sino a muchas microsociedades que llegan a coincidir, como ondas, en el objeto, en el sitio o en el acontecimiento observado: colas del cine, bares, centros comerciales... Pero tampoco tan singular unidad empírica de base –secuencia, situación, acontecimiento– sería exclusiva de las estrategias minimalistas que se han aplicado preferentemente al análisis de las dramaturgias urbanas. 

Resumiendo. Si la antropología urbana quiere serlo de veras, debe admitir que ninguno de sus objetos potenciales está nunca solo. Todos están sumergidos en esa red de fluidos que se fusionan y licúan o que se fisionan y se escinden. Lo urbano es un espacio de las disoluciones, de las dispersiones, de las intermitencias y de los encabalgamientos entre identidades que se daban incluso en cada sujeto particular, ejemplo, también él, de la necesidad de estar en todo momento, en su propio interior, negociando y cambiando de apariencia. Idéntica exaltación de las estructuraciones líquidas –acaso deberíamos decir viscosas– que encontramos en lo urbano, es la consecuencia de una definición de la ciudad como escenario predilecto, pero no exclusivo, de las formas sociales urbanas: estructuras inestables que se despliegan entre espacios diferenciados y que constituyen sociedades heterogéneas, en que las continuas fragmentaciones, discontinuidades, intervalos, cavidades e intersecciones obligan a sus miembros individuales y colectivos a pasarse el día circulando, transitando, generando lugares que siempre quedan por fundar, dando saltos entre orden ritual y orden ritual, entre región moral y región moral, entre microsociedad y microsociedad. Por ello la antropología urbana debía atender las movilidades, porque es en ellas, por ellas y a través suyo que el urbanita podía hilvanar su propia personalidad, todo ella hecha de transbordos y correspondencias, pero también de traspiés y de interferencias.

El espacio urbano es un territorio desterritorializado, que se pasa el tiempo siendo reterritorializado y vuelto a desterritorializar, marcado por la sucesión y el amontonamiento de componentes, en que se registra la concentración y el desplazamiento de las fuerzas sociales que convoca o desencadena y que está crónicamente condenado a sufrir todo tipo de composiciones y recomposiciones. Es desterritorializado también porque en su seno nada de lo que concurre y ocurre es homogéneo: un espacio esponjoso en el que casi nada merece el privilegio de quedarse. Lo que pasa: he ahí, lo que la antropología urbana ha optado por conocer.




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