dimarts, 31 de maig de 2016

Cine y ritual en Lévi-Strauss

"The Magnificent Seven" (1960), una de las peliculas favoritas de Claude Lévi-Strauss
Fragmento de "La sustancia de los sueños. El cine según Lévi-Strauss", conferencia pronunciada el 12 de noviembre de 2009, en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla, publicado luego en .Historia, antropología y fuente oral, 32 (2010)


CINE Y RITUAL EN LÉVI-STRAUSS 
Manuel Delgado

En el marco de las preocupaciones de Lévi-Strauss por las producciones estéticas el cine no ocupa el protagonismo que merecen la poesía, la música o la pintura, pero si que encontramos en su obra apreciaciones reveladoras sobre la función social e intelectual del cinematógrafo. Una de esas notas, contenida en el “Finale” de El hombre desnudo (FCE) propone pensar sobre el cine en paralelo al ritual y, a partir de ahí, verlo como una nueva concreción de una constante del espíritu humano cual es la de hacer inteligible el paso de lo continuo a lo discreto y viceversa.

Es ahí donde se razona cómo la representación cinematográfica sería, entre otras cosas, una forma de duplicar los mecanismos propios del ritual. Éste consistiría en un derroche de repeticiones, es decir en la recurrencia mecánica de un número extraordinario de determinadas fórmulas verbales y gestuales, separadas por breves intervalos, es decir una tarea consistente en fragmentar y repetir de una manera que podría antojarse casi maniática. Formulado de otro modo, tendríamos que las repeticiones rituales generan el mismo efecto que la película cinematográfica, que descompone el movimiento en unidades tan pequeñas que su sucesión rapidísima acaba por hacerlas indiscernibles, suscitando la impresión de una acción continuada. Como ocurre con el encadenado de los fotogramas, el ritual introduce diferencias en un cúmulo de operaciones que podrían parecer las mismas y, al mismo tiempo, puede reiterar un mismo enunciado hasta cansarse. El ritual y el cine representan, por tanto, la conducción al límite de los principios antagónicos e incompatibles de la diferencia y la identidad: distinciones que hemos convertido en infinitesimales, repetidas casi infinitamente, acaban produciendo la sensación de unidad. 

Así pues, el ritual ­y por extensión el cine expresan un tipo específico de operaciones contradictorias pero complementarias, que el pensamiento humano exigiría ver realizadas siempre y en todos sitios. Tales operaciones consisten en una labor inmensa e interminable de remiendos y puenteos destinados a salvar lo vivido de la amenaza que para su racionalización suponen las discontinuidades, cuando no los desgarros, que no deja nunca de experimentar. El cine y el ritual serían así “bastardeos consentidos a las servidumbres de la vida”, una forma como otra de decir que son instrumentos al servicio de la reconciliación entre el pensar y el vivir. 

El destino del ritual sería, de acuerdo con ello, el mismo que el del cine: reconstituir un orden ideal del mundo que en realidad sólo puede percibirse mediante un acto de puro ilusionismo, y que permite rehacer lo continuo a partir de lo discontinuo. El ritual, como el cine, se entrega a la tarea convulsiva de cubrir y coser la infinidad de grietas que la experiencia humana del mundo sufre a la hora de distribuir los sentidos y los significados. Lévi-Strauss proponía en Historia de Lince (Anagrama) un ejemplo de ello, comentando cierto rito de caza entre los indios de la Columbia británica: “Como las imágenes de un film cinematográfico examinadas una por una, éste no podrá reconstruir, excepto en el pensamiento, la invivible experiencia de un hombre que se ha convertido en cabra. A menos que, como las imágenes del film, un celo piadoso produjera los ritos en tan gran número y los hiciera desfilar tan rápidamente que, en virtud misma de esta interferencia, engendraran la ilusión de una vivencia imposible, porque ninguna experiencia real la ha correspondido ni lo corresponderá nunca".

Como se ve, la metáfora cinematográfica le sirve a Lévi-Strauss para colocar la relación mito-rito en el ámbito de la problemática más general y ya vieja de la relación entre continuo y discreto. La cuestión de establecer si la realidad es discreta o continua o cómo y cuándo se pasa de un registro a otro no es sólo, y desde la polémica entre las escuelas pitagórica y jónica, un asunto central en filosofía, sino que sería una de las características permanentes del pensamiento simbólico siempre y en cualquier contexto socio-cultural, aunque fuera bajo el aspecto de otras oposiciones, como campos-partículas, ondas-corpúsculos, analógico-digital… 

Como si el pensamiento, al intentar como sea salvar tales antinomias, se pasase el tiempo yendo y viniendo de lo continuo a lo discreto –es decir intentando extraer algo discreto de un fondo continuo- y de lo discreto a lo continuo, sin que podamos establecer cuál de esas dos operaciones ­–la de la digitalización de lo continuo o la analogización de lo discreto- es la constitutiva. ¿Acaso el cinematógrafo no sino una técnica consistente en proyectar sobre una pantalla una enorme cantidad de fotogramas –es decir de unidades discretas- tan rápida y sucesivamente que el cerebro acaba percibiendo la impresión de un movimiento continuo? Lo que hace Lévi-Strauss no es sino advertirnos de cómo ese efecto buscado por los humanos no se circunscribe al mundo contemporáneo, ni tuvo que esperar a que los Lumière inventaran un artefacto que lo produjera para nuestros ojos, puesto que ya había encontrado en el ritual una de sus variantes. 

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