diumenge, 26 d’octubre de 2014

Sobre el fondo ritual de los fenómenos de masas. Apuntes para la asignatura Antropología de los Espacios Urbanos; clase del 22/10/14

Aunque respondan más al contexto intelectual definido por la escuela pragmática norteamericana que no al ascendente de la sociología clásica europea, las teorías sobre la conducta colectiva procuradas por los teóricos de la Escuela de Chicago, a partir de las primeras décadas del siglo pasado, contribuirán a abordar de manera sistemática y no patologizante lo que algunas veces todavía presentan como fenómenos de masas, es decir maneras de actuar que surgen en un grupo congregado como consecuencia de la estimulación mutua de los participantes. Esa perspectiva abordará el permanente estado de crisis que las masas urbanas parecían experimentar, su tensión crónica, los inopinados movimientos de alarma, de euforia o de pánico que constantemente la sacudían, tomándolos ­–salvo en casos de pánico­ o emergencia– como resultado de poderosas dinámicas automáticas de interconectividad humana, intensificaciones y aceleraciones al máximo nivel de comunicación simbólica, cuyo precipitado final no era la simple adición de las predisposiciones y actitudes de los reunidos, sino un fenómeno nuevo y singular desencadenado como reacción ante situaciones sociales tensas, no estructuradas y en fase de redefinición.

En esa línea, la renovación de las teorías de la conducta colectiva planteada sobre todo desde el interaccionismo simbólico insistió en las condiciones de agrupación compacta como fundamento para una aceleración de las transacciones cruzadas entre individuos, auténtica infraestructura casi fisiológica que propicia lo que se presenta como conectividad y en la que se concreta, en forma de acción enérgica y expeditiva, una certeza compartida sobre determinado bien a alcanzar y determinados mal a vencer como sea, ahora y aquí. Esa lucidez súbita, transformada en presencia literal de una fuerza social en que se unifican momentáneamente perspectivas de acción e interpretación hasta entonces diferenciadas, ayudada por un fracaso momentáneo en los mecanismos de control gubernamental, es lo que puede producir estallidos sociales que en ocasiones han tenido efectos en la estructuración misma la vida colectiva.

Desde su interpretación en clave relacional, los fenómenos de acción colectiva son acontecimientos sociales en los que no sólo un gran número de personas actúan de manera simultánea y coordinada, sino que experimentan una considerable alteración de lo que se supone que sería su comportamiento habitual aceptable. Esta interrupción de la normalidad, por otra parte, conduce a los intervinientes en una multitud coagulada a un cuadro de desindividuación, es decir a un estado psíquico de menoscabo de la propia identidad y de desactivación de los mecanismos de inhibición asociados a los principios éticos que rigen la actuación personal en condiciones consideradas normales. Ahora bien, esa inutilización de los dispositivos que autoregulan la conducta y que justifican que las personas se desentiendan de las normas ordinarias, conduce a comportamientos que sólo son irracionales en su aspecto, pero que en realidad aparecen puestos al servicio de dinámicas societarias complejas, en circunstancias en que se cree po­sible y urgente expresar un estado de ánimo compartido, alterar un determinado estado de cosas o alcanzar un objetivo im­portante, o todo ello al mismo tiempo. En ese marco, también la naturaleza refleja de las reacciones colectivas es un efecto óptico. En realidad, podría demostrarse que los individuos que entran en estados de masa no dejan de saber qué están haciendo, aunque sea de manera no del todo consciente. Tratándose como se trata de auténticos trances compartidos, se les puede aplicar el tipo de apreciaciones que la antropología ha formulado en relación a los fenómenos extáticos –chamanismo, posesión, arrebato místico–, cuyos protagonistas individuales viven una experiencia ambigua en el curso de la cual consiguen convencerse y convencer a otros de que su yo personal ha quedado por así decirlo anonadado, su responsabilidad en suspenso y su cuerpo puesto al servicio de fuerzas percibidas como externas, que se conceptualizan en tanto que extraordinarias, pero que no son sino sociales.

Esta última consideración ya está apuntando a la excelente disposición que tiene la antropología social  para el análisis cualitativo de los fenómenos de masas, ya definitivamente desactivada su reputación como irracionales. Tanto en un caso como en otro la tipificación en tanto que rituales de ciertas formas de conducta colectiva permite segregar aquellas completamente desregularizadas —a la manera, por ejemplo, de una estampida de pánico— de aquellas otras en que es posible distinguir protocolos de acción repetitiva en concordancia con ciertas circunstancias, a la manera de una fiesta popular o, como en el caso que aquí nos interesa, de una movilización social. Esto es así incluso cuando se producen violencias aparentemente incontroladas que, atendidas con detalle, advierten cómo su objetivo nunca es exclusivamente dañar, sino hacerlo siguiendo un repertorio de gestualidades codificadas culturalmente y con objetivos que siempre presentan aspectos simbólicos, es decir no meramente instrumentales. De hecho, no se olvide que manifestaciones, mítines, motines y otras expresiones análogas han sido recurrentemente tipificadas como rituales políticos contemporáneos, a los que, en consecuencia, cabe aplicarles el utillaje conceptual que la antropología viene empleando para el estudio de los ritos en general y a la manera como estos aparecen comprometidos en la adhesión de los individuos a los valores axiomáticos de la sociedad, pero también en la generación de descargas de fuerza bruta que podrían hacer o hacen posible cualquier cambio en cualquier dirección. Ese sería precisamente en el caso de las expresiones de lo que veíamos que Durkheim y su escuela definían como efervescencia colectiva, que constituirían ilustraciones inmejorables de en qué consiste y cómo actúa lo que los antropólogos llamamos eficacia ritual.

La asunción de la actividad fusional por el campo de estudio del ritual tiene, por lo demás, otra implicación importante, por cuanto cabe aplicársele el criterio canónico que en etnología religiosa hace primar la conducta ritual sobre su justificación mitológica, siendo la segunda derivación o mera racionalización de la primera. Ello hace que la interpretación desde tal perspectiva, aplicada a los comportamientos fusionales,  coloque en primer término su funcionalidad en orden a promover y reafirmar la cohesión social, siendo su tarea fundamental la de desplegar energías que son circulares y no finalistas en el caso de los fenómenos festivos, y direccionales en el de las movilizaciones de índole cívicopolítica, con diferentes expresiones graduales intermedias entre unas y otras. Ese matiz, derivado de la tipificación de la acción colectiva en la calle como de orden ritual, permite distinguir su naturaleza de la de los llamados movimientos sociales tal y como los estudian el análisis de redes, la teoría de la acción racional, la economía de las prácticas o el análisis de los procesos políticos en general. Si para estas miradas, las agregaciones de gente en espacios urbanos serían explicables a partir de los motivos explícitos de convocantes y convocados, para las teorías del ritual constituirían ejemplos de dramas públicos al servicio de la integración interna y la comunicación externa de la identidad conflictual de determinados segmentos sociales, en los que se escenifican y relatan, más allá de los contenciosos que justifican el encuentro, memorias, fraternidades, proyectos, viejas y nuevas afrentas..., todo aquello que se traduce en fuerza, número y presencia y que concreta procesos simbólicos cuya rentabilidad larvada trasciende de largo las razones conscientes de quienes han acudido a la cita.

En clase propuse el paralelismo con la explicación de por qué continúan produciéndose manifestaciones de calle, a pesar de que su eficacia en orden a incidir en lo real es más que relativa, es del mismo orden que la que resolvería, por ejemplo, el enigma de por qué los habitantes de una determinada población sacan en procesión la imagen de la  Virgen local para que llueva, a pesar de que nunca se haya conseguido que caiga una sola gota como consecuencia de haberlo hecho en otras ocasiones

En relación a esto último, los abordes etnográficos que han recibido movilizaciones sociales en la calle o incluso lo que se da en llamar alteraciones del orden público, no han tenido que hacer mucho más aplicar a esos objetos protocolos de investigación —metodológicos, descriptivos, interpretativos, comparativos— que la antropología lleva aplicando desde hace mucho al estudio de las fiestas populares, de las que no dejan de ser una variante: observación participante en su transcurso, conocimiento contextual, preparación, establecimiento de la composición, entrevistas en profundidad a participantes luego... En el nivel del análisis, esta óptica ha permitido trascender las explicaciones provistas por la teoría política o la sociología de los movimientos sociales, que no han sobrepasado en su interpretación las intenciones manifiestas de los intervinientes, reconociendo diversos niveles de interpretación de los hechos a analizar, los más importantes de los cuales no tienen por qué aparecer en la conciencia de quienes los protagonizan o lo hacen de manera difusa.


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