divendres, 15 d’abril de 2016

Banqueros y urbanistas. En el centenario del nacimiento de Jane Jacobs

Jane Jacobs
Fragmento del prólogo a Muerte y vida de las grandes ciudades (Capitán Swing), en el centenario del nacimiento de su autora, Jane Jacobs.

BANQUEROS Y URBANISTAS
Manuel Delgado


Jane Jacobs tenía razón cuando escribía que “los banqueros, al igual que los urbanistas, tienen sus propias teorías sobre las ciudades en que operan. Esas teorías las han bebido en las mismas fuentes en que sorben los urbanistas”. La realidad futura de las ciudades da más razón a la autora que la que le otorgaba su propio presente. Y lo mismo valdría para otras muchas de sus intuiciones. Los únicos con derecho a hacer planes, concebir y organizar espacios, continúan siendo los planificadores profesionales; el punto de vista de los planificados por descontando que continua sin ser relevante. Las calles siguen siendo pensadas oficialmente para servir tan solo para que la gente vaya y venga de trabajar y cuando se peatonalizan es para hacer de ellas centros comerciales “al natural” o parques temáticos para el ocio hipercontrolado, dos paradigmas de esa tendencia a la zonificación que tanto deploraba la autora.



En cuanto a la automovilización –el imperio de los vehículos motorizados y el privilegio de las calzadas sobre las aceras– ni que decir tiene que ya se ha impuesto en todas las ciudades del mundo, incluso en países menos desarrollados en los que circular a pie es un signo de depreciación social. Se ha agudizado la tendencia a acuartelar a los niños para “protegerlos” de una calle que había sido uno de los instrumentos clave para su socialización. Y, por supuesto, no han hecho más que crecer las razones para que los afectados por el egoísmo de los poderosos y la estupidez de sus empleados proyectadores continúen sus luchas, aunque ya no puedan contar –como en tantas ocasiones– con Jane Jacobs a su lado y en la calle.

Las ciudades están rodeadas de un tipo de conglomerados urbanos que está en las antípodas de aquellos que Jacobs deseaba y que no eran una utopía, puesto que existían y demostraban sus beneficios estructuradores para la vida comunitaria. Una especie de caos urbano ha seguido proliferando en zonas periurbanas y está suponiendo un verdadero desmoronamiento de lo urbano como forma de vida a favor de una ciudad difusa, fundamentada en asentamientos expandidos de espaldas a cualquier cosa que se pareciese a un espacio realmente socializado y socializador. Son esas casas unifamiliares aisladas o adosadas en que tiene lugar una vida privada que desprecia la calle como lugar de encuentro, que depreda masivamente territorio, que abusa del automóvil y para la que los únicos espacios públicos son poco más que los shoppings y las áreas de servicio de las autopistas; morfologías residenciales segregadas y repetitivas que vemos extenderse en las periferias metropolitanas o en núcleos atractores aislados consagrados a la práctica desconflictivizada del consumo y del ocio de masas, que funcionan como colosales máquinas de simplificar y sosegar ese nerviosismo consustancial –como notara Simmel y entendiera tan bien Jacobs– a cualquier definición de la vida urbana. Es decir, configuraciones socioespaciales que desactivan las cualidades que tipificaban tanto la ciudad como morfología como lo urbano en tanto que manera específica y singular de estar juntos.






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