dijous, 31 de desembre de 2015

Henri Lefebvre y los arquitectos, I

Estación Toledo del metro de Nápoles, de Oscar Tusquets
Nota para Gabriela Navas, doctoranda

HENRI LEFEBVRE Y LOS ARQUITECTOS, I.
Manuel Delgado

A cada momento lo que pasa en las ciudades nos aporta nuevas pruebas de que Henri Lefebvre tenía y continúa teniendo razón en que lo propio de la tecnocracia urbanística es la voluntad de controlar la vida urbana real, que va pareja a su incompetencia crónica a la hora de entenderla. Es víctima de lo que Lefebvre presentaba como "la ilusión urbanística", dado que, considerándose a sí mismos gestores de un sistema, los expertos en materia urbana pretenden abarcar una totalidad a la que llaman la ciudad y ordenarla de acuerdo con una filosofía —el humanismo liberal— y una utopía, que es en esencia, como corresponde, una utopía tecnocrática. Su meta continua siendo la imponer la sagrada trinidad del urbanismo moderno: "legibilidad-visibilidad-inteligibilidad". En pos de ese objetivo creen que pueden escapar de los determinantes que someten el espacio a las relaciones de producción capitalista, o reconducirlos. Buena fe no les falta, pero esa buena conciencia de los urbanistas, arquitectos y diseñadores agrava aún más su responsabilidad a la hora de suplantar esa vida urbana real, una vida que para ellos es un auténtico punto ciego, puesto que viven en ella, pretenden intervenirla e incluso vivir de ella, pero no la ven en tanto que tal.

Es al respecto que corresponde reconocer la vigencia también de la tipología del espacio que proponía Lefebvre, visto bajo tres aspectos o formas: práctica espacial, espacios de representación y representaciones del espacio. La práctica espacial se corresponde con el espacio percibido, el más cercano a la vida cotidiana y a los usos más prosaicos, los lugares y conjuntos espaciales propios de cada formación social, escenario en que cada ser humano desarrolla sus competencias como ser social que se sitúa en un determinado tiempo y lugar. Son las prácticas espaciales las que segregan el espacio que practican y hacen de él espacio social. En el contexto de una ciudad, la práctica espacial remite a lo que ocurre en las calles y en las plazas, los usos que estas reciben por parte de habitantes y viandantes. 

Por su parte, los espacios de representación son los espacios vividos, los que envuelven los espacios físicos y les sobreponen sistemas simbólicos complejos que lo codifican y los convierten en albergue de imágenes e imaginarios. Es espacio también de usuarios y habitantes, por supuesto, pero es propio de artistas, escritores y filósofos que creen sólo describirlo. En los espacios de representación puede encontrar uno expresiones de sumisión a códigos impuestos desde los poderes, pero también las expresiones del lado clandestino o subterráneo de la vida social. Es el espacio cualitativo de los sometimientos a las representaciones dominantes del espacio, pero también en el que beben y se inspiran deserciones y desobediencias. En este caso es un espacio no percibido ni vivido, pero que pugna por serlo de un modo u otro. 

La representación del espacio depende de relaciones de poder y de producción y a un orden que se intenta establecer, incluso por la violencia, tanto sobre los usos ordinarios como sobre los códigos que los organizan. La representación del espacio es ideología aderezada con conocimientos científicos y disfrazada tras lenguajes que se presentan como técnicos y periciales que la hacen incuestionable, puesto que presumen estar basados en saberes fundamentados. Ese es el espacio de los planificadores, de los tecnócratas, de los urbanistas, de los arquitectos, de los diseñadores, de los administradores y de los administrativos. Es o quiere ser el espacio dominante, cuyo objetivo de hegemonizar los espacios percibidos y vividos mediante lo que Lefebvre llama “sistemas de signos elaborados intelectualmente”. 

En su intervención en el Simposio Internacional de Sociología Urbana celebrado en Barcelona en enero de 1973, Henri Lefebvre supo verlo con lucidez: "El arquitecto ya no es un hombre de dibujo; es un hombre de palabras". En "La producción del espacio", Papers de sociologia, Barcelona, 3 (1974), p. 226. Ese es el espacio del poder, aquel en el que el poder no aparece sino como "organización del espacio", un espacio del que el poder "elide, elude y evacua. ¿Qué?  Todo lo que se le opone. Por la violencia inherente y si esa violencia latente no basta, por la violencia abierta".

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