dimecres, 23 de desembre de 2015

El espacio urbano no es un propiamente un territorio

La foto es de Patrick Sachamnn




Consideraciones para Andrea Campuzano, doctoranda

EL ESPACIO URBANO NO ES PROPIAMENTE UN TERRITORIO
Manuel Delgado

Déjame que vuelva y desarrolle un poco más nuestra premisa principal, que es que no solamente una antropología urbana no debía limitarse a ser una antropología de o en la ciudad, sino que tampoco debía confundirse con una variante más de una posible antropología del espacio o del territorio. Es cierto que el objeto de la antropología urbana sería una serie de acontecimientos que se adaptan a las texturas del espacio, a sus accidentes y regularidades, a las energías que en él actúan, al mismo tiempo que los adaptan, es decir que se organizan a partir de un espacio que al mismo tiempo organizan. Es cierto también que todo ello podía subsumir la antropología urbana como una más entre las ciencias sociales del espacio. Ahora bien, la antropología del espacio ha sido las más de las veces una antropología del espacio construido y del espacio habitado. En cambio, a diferencia de lo que sucede con la ciudad, lo urbano no es un espacio que pueda ser morado. La ciudad tiene habitantes, lo urbano no. Es más, en muchos sentidos, lo urbano se desarrolla en espacios deshabitados e incluso inhabitables. Lo mismo podría aplicarse a la distinción entre la historia de la ciudad y la historia urbana. La primera remitiría a la historia de una materialidad, de una forma, la otra de la vida que tiene lugar en su interior, pero que la trasciende.

La antropología urbana tampoco –y por lo mismo, porque su asunto es lo urbano– debería ser considerada como una modalidad de lo que se presenta como una antropología del territorio, esto es de un espacio socializado y culturalizado..., que tiene, en relación con cualquier de las unidades constitutivas del grupo social propio o ajeno, un sentido de exclusividad. El espacio usado «de paso» –el espacio público o semi-público– es un espacio diferenciado, esto es territorializado, pero las técnicas prácticas y simbólicas que lo organizan espacial o temporalmente, que lo nombran, que lo recuerdan, que lo someten a oposiciones, yuxtaposiciones y complementariedades, que lo gradúan, que lo jerarquizan, etc., son poco menos que innumerables, proliferan hasta el infinito, son infinitesimales, y se renuevan a cada instante. No tienen tiempo para cristalizar, ni para ajustar configuración espacial alguna. Nada más lejos del territorio entendido como sitio propio, exclusivo y excluyente que una comunidad dada se podría arrogar, que las filigranas caprichosas que trazan en el espacio las sociabilidades transitorias en qué consiste lo urbano.

Precisamente por su oposición a los cercados y los peajes, el espacio urbano tampoco resulta fácil de controlar. Mejor dicho: su control total es prácticamente imposible, a no ser por los breves lapsos de tiempo en que se ha logrado despejar la calle de sus usuarios, como ocurre en los toques de queda o en los estados de guerra. Eso no quiere decir que no se dispongan, por parte del poder político o por comunidades con pretensiones de exclusividad territorial, diferentes modalidades de vigilancia panóptica. En ese sentido hay que darle la razón a los teóricos que, siguiendo sobre todo a Michel Foucault, se han preocupado en denunciar la existencia de mecanismos  destinados a no perder de vista la manera como la sociedad urbana se hace y se deshace, desparramándose por ese espacio público que reclama y conquista como escenario. Sucede sólo que esos dispositivos de control no tienen garantizado nunca su éxito total. Es más, bien podría decirse que fracasan una y otra vez, puesto que no se aplican sobre un público pasivo, maleable y dócil, que ha devenido de pronto totalmente transparente, sino sobre elementos moleculares que han aprendido a desarrollar todo tipo de artimañas, que desarrollan infinidad de mimetismos, que tienden a devenir opacos o a escabullirse a la mínima oportunidad.

Tenemos pues que, si el referente humano de una antropología de lo urbano fuera el habitante, el morador o el consumidor, sí que tendríamos motivos para plantearnos diferentes niveles de territorialización estable, como las relativas a los territorios fragmentarios, discontinuos, que fuerzan al sujeto a multiplicar sus identidades circunstanciales o contextuales: barrio, familia, comunidad religiosa, empresa, banda juvenil. Pero está claro que no es así. El usuario del espacio urbano es casi siempre un transeúnte, alguien que no está allí sino de paso. El espacio urbano lleva al paroxismo la extrema complejidad de las articulaciones espacio-temporales, a las antípodas de cualquier distribución en unidades de espacio o de tiempo claramente delimitables. ¿Cuáles serían, en ese concepto, las fronteras simbólicas de un objeto así? ¿Qué fija los límites y las vulneraciones, sino miradas fugaces que se cruzan en un solo instante por millares, el ronroneo inmenso e imparable de todas las voces que recorren la ciudad?

Lo urbano demanda también una reconsideración de las estrategias más  frecuentadas por las ciencias sociales de la ciudad. Así, la topografía debería antojarse inaceptable­mente simple en su preocupación por los sitios y los monumentos. Por su parte, la morfogénesis ha estudiado los procesos de formación y de transformación del espacio edificado –presentándolo injustamente como «urbanizado»–, pero no suele atender el papel de ese ser urbano para el que cabe reclamar una etnología, y una etnología que, por fuerza, debe serlo más de las relaciones que de las estructuras, de las discordancias y las integraciones precarias y provisionales que de las funciones integradas de una sociedad orgánica. Los análisis tipo-morfológicos del tejido urbano, por su parte, han desconsiderado el papel de las alteraciones y turbulencias, de las que el actor principal siempre es aquél que usa –y al tiempo crea– los lugares y los trayectos, arabescos hechos de gestos, palabras y memorias, símbolos y sentidos.


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