dimarts, 10 de març de 2015

La valiosa obra de un heterodoxo


Artículo publicado en El País el 19/8/1995 con motivo del fallecimiento de Julio Caro Baroja

LA VALIOSA OBRA DE UN HETERODOXO
Manuel Delgado

Demasiado vasta, demasiado versátil, profunda y compleja su obra como para que estas líneas, demasiado breves y urgentes, ambicionen ser algo más que un apunte sobre la contribución de Julio Caro Baroja al conjunto de los saberes. Más allá de su aportación a varias disciplinas, la herencia de don Julio implica una rigurosa y diversificada -que no dispersa- reflexión acerca de los temas mayores tanto de las humanidades en general como en lo relativo a la construcción de España como objeto del pensar.El mérito de Caro Baroja de haberse atrevido con los asuntos clave desde premisas durante tanto tiempo insólitas aquí -la historia de las ideas y la antropología- se multiplica al contemplarse las circunstancias que rodearon su labor, y de las que supo mantenerse aislado: la contienda civil, él páramo cultural de la posguerra y, por fin, las intrigas que han dominado crónicamente la vida universitaria española. Caro Baroja empezó siendo un heterodoxo solitario, para descubrir enseguida que serlo -como él hasta la muerte- es la única garantía que puede amparar en este país un trabajo verdaderamente serio.

España pierde a uno de sus más grandes humanistas con la muerte de Caro Baroja. La calidad de la obra de Caro es, por ello, indesligable de las condiciones de deliberada marginalidad que le protegieron de las mezquindades del clima intelectual español. A ello deben añadírsele las propias fuentes de su singularidad, de las que aprendió al tiempo que las trascendía en favor de un pensamiento que más que ecléctico cabría calificar simplemente de personal: de un lado, Barandiarán, Aranzadi y. los estudios de folclor vasco; del otro, una erudición humanística extraordinaria -patrimonio familiar-, y, por último, su paso en 1952 por Oxford, escenario entonces de la insurrección antidogmática de Evans-Pritchard y Firth contra la égida del estructural-funcionalismo de Radcliffe-Brown y en favor, entre otras cosas, de una reconciliación definitiva entre historia y antropología.

La cuestión es que cualquier investigador en antropología histórica -o historia antropológica, como se quiera- se va a encontrar siempre con la misma enojosa evidencia: sea cual sea el territorio de trabajo o enfoque de su elección se encontrará con que Julio Caro ya había pasado antes por ahí, hasta tal punto cultivó la anticipación en jurisdicciones temáticas o teóricas que la investigación académica tardaría todavía mucho en homologar: la pluralidad étnica Los pueblos de España, 1946), Los vascos, 1949), la identidad (El mito del carácter nacional, 1963), las estructuras simbólicas de la sociedad (Razas, pueblos y linajes, 1957), el uso de archivos inquisitoriales como fuente (Las brujas y su mundo, 1961; Inquisición, brujería y criptojudaismo' 1970), los procesos de urbanización (La ciudad y el campo, 1966), la biografía antropológica (Vidas mágicas e Inquisición, 1967), las minorías perseguidas (Los moriscos del Reino de Granada, 1957), las expresiones de la mentalidad popular (Ensayo sobre la literatura de cordel, 1970), las bases culturales del anticlericalismo (Las formas complejas de la vida religiosa, 1978), etcétera.

Toda una dilatada e intensa carrera en la que la elaboración de obras capitales se ha compaginado con colaboraciones sobre asiintos de actualidad en la prensa, y entre cuyos últimos episodios destacan su pronunciamiento en torno a a relación entre historia e impostura (Las falsificaciones de la historia, 1991) y lo que presentara como su testamento ideológico, Conversaciones en Itzea (1992). Porque es de temer que pase desapercibida en las glosas que suscite su desaparicion, permítaseme una alusión especial a esa asombrosa mono grafía etnohistórica debida a Caro Baroja que es Estudios saharianos (1955), recientemente reeditada.

Qué pena que se nos haya ido Julio Caro Baroja, pero qué pena, sobre todo, que al partir, junto con sus trabajos, nos haya legado tan pocos imitadores. Y qué pena que ello sea menos culpa de la incompetencia que de la pusilanimidad o la pereza de muchos de quienes a buen seguro se proclamarán estos días discípulos suyos.


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