divendres, 2 de novembre del 2018

La restauración del sujeto en los nuevos movimientos sociales

Foto de David Hoffman

Notas para la primera parte de la clase del 8/1/15 de la asignatura Antropología de los espacios urbanos

LA RESTAURACIÓN DEL SUJETO EN LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES
Manuel Delgado

Un nuevo estilo de apropiación colectiva de la calle se generalizó a finales del siglo pasado y en los primeros años del nuestro de la mano del movimiento antiglobalización. Lo que caracterizó sus grandes concentraciones altermundistas fue, además de la pluralidad de sus composición temática, el despliegue intensivo de códigos formales tomados de la performance artística y de la fiesta, que se constituyeron en dramatización de los paradigmas propios de lo que se ha dado en llamar postpolítica, no sólo en el sentido de renuncia a presupuestos ideológicos contundentes y la abdicación de alcanzar grandes metas históricas, sino especialmente por el lugar concedido al individuo y su subjetividad en la conformación de esos conglomerados humanos reunidos, vinculados por una coincidencia que era más ética que política y que ya no podían ser reconocidos como propiamente masas, al menos en el sentido que la tradición obrerista habría establecido como tales.

Estas movilizaciones de nueva generación venían a expresar, en buena medida, doctrinas que apostaban por un aumento de la participación de los ciudadanos ejerciendo en tanto que tales, es decir reclamando la activación de los valores de la ciudadanía al margen de la política formal y como fuente permanente de fiscalización y crítica de los poderes gubernamentales y económicos, en aras de una agudización de los principios abstractos de la democracia. El objetivo final de ese civismo reivindicativo ya no era la conformación de un bloque histórico, ni generar un punto de referencia teórico y práctico, ni cultivar la lucha ideológica, ni suscitar bases orgánicas para la transformación social, sino más bien potenciar una imaginaria ecúmene horizontal basada en el individuo autónomo, responsable y racional, que se asociaba con otros iguales a él en agregaciones solidarias y autónomas en orden a afrontar contingencias y expresar con otros opiniones o estados de ánimo en relación a determinados temas de actualidad que les afectaban. Ese sería uno de los rasgos de los llamados "nuevos movimientos sociales" a partir del papel que en ellos juega la autodeterminación individual. Entre sus presupuestos principales está que todo cambio empiece por la propia persona y que en las articulaciones sociales a las que se incorpore cada cual se represente a sí mismo y nadie pueda arrogarse su representación, elementos que son herencia directa de las tendencias subjetivistas ya presentes en buena parte de la nueva izquierda de los años 60 del siglo pasado, con sus llamadas constantes a la congruencia, integridad, compromiso personales, y con su concepción de la toma de conciencia como una revelación psicológica del yo inmanente. 

Ese tipo de axiomas conducían a un replanteamiento central de la inserción del sujeto en la movilización en la calle, un sujeto para el que se reclamaba la naturaleza esencial que había quedado negada o escabullida por corrientes teóricas, revolucionarias o no, que habían insistido en la dimensión trascendente de lo social sobre lo individual, con la consecuente exaltación de la potencialidad generadora de la agitación de las masas. Obedeciendo ese nuevo paradigma, en las citas para la acción colectiva del cambio de siglo ya no hay masas, en el sentido de unidades dotadas de una personalidad y una voluntad propias, distintas ­—superiores o inferiores, según la óptica que se les aplique— a las de los individuos que las componen. Esas coaliciones de extraños ya no son una súbita sedimentación de lo que hasta entonces era un magma viscoso en agitación permanente por los espacios urbanos de libre concurrencia. Ya no se produce un paso de implicaciones cualitativas de lo molecular a lo molar. El individuo ya no queda absorbido por una nueva organicidad producida, puesto que esta ya no es otra cosa, sino –ahora sí– una adición de elementos monádicos cuya interdependencia no cuestiona su independencia. 

Lo que sorprende es ver cómo esa doctrina disfraza su esencia liberal —sujeto es, por definición y desde su génesis, un concepto liberal— y aparece transfigurada en doctrina supuestamente revolucionaria bajo el patrocinio teórico de esa tendencia presentada como neo-obrerista —De Giorgi, Negri, Lazzaratto, Mezzara, Virno, etc.— para la que la desactivación de las masas obreras —y del obrero-masa que las nutría— es la consecuencia del fin mismo de un capitalismo industrial o fordista que había estado propiciando justamente una producción, una vida social y unas luchas igualmente de masa. El concepto de multitud no pretende asumir el papel de nuevo sujeto revolucionario, sino "expresar el carácter múltiple y rizomático de la fuerza de trabajo postfordista y que no puede ser capturado mediante el complejo de caracterizaciones, distinciones y separaciones que pertenecían al análisis de la clase obrera fordista" (De Giorgi). Una clase obrera que es considerada no solo derrotada, sino ya moribunda o en vías de extinción, aparece ahora sustituida por una nueva forma de fuerza de trabajo en que es imposible unificar la diversidad de subjetividades que la generan y que genera, puesto que constituye un conjunto indiferenciado, irreductible, móvil, irrepresentable, flexible, inidentificable, complejo..., de potencialidades cooperativas y productivas hostiles ante cualquier intento de sometimiento, rebelde a todo intento de reglamentación rígida.

Escribe Virno: "El pueblo es lo colectivo; la multitud está ensombrecida por la presunta impotencia, cuando no por la incontrolable intranquilidad o agitación, de los individuos singulares". Se reclama en Virno el valor masas, pero no para designar la clase obrera movilizada del marxismo y el anarquismo clásicos, sino como la proyección mental y comunicacional de la multitud, que recuerda la noción no menos de moda de "inteligencia colectiva": facultad del lenguaje, disposición al aprendizaje, memoria, capacidad de abstracción y correlación, inclinación hacia la autorreflexión, competencia lingüística, inclinaciones éticas, matices de la subjetividad. Ahora bien, al margen de tan peculiar uso del concepto masa, si la masa había sido siempre desactivación de las ilusiones de individualidad y subjetividad, la multitud postpolítica es todo lo contrario: contribución a la descorporización de la sociedad, apoteosis del principio de individuación y regreso con nuevas fuerzas del viejo idealismo subjetivista que arranca con Descartes y la revolución protestante. En el capítulo titulado "La multitud como subjetividad" de La gramática de la multitud, Virno define ese extremo: "Multitud significa la pluralidad —literalmente, el ser-muchos— como forma durable de existencia social y política, contrapuesta a la unidad cohesionada del pueblo. Es decir, la multitud consiste en una red de individuos; los muchos son singularidades". En Multitud, Toni Negri y Michael Hardt insisten en ver la multitud de la que hablan como multiplicación de subjetividades que produce, ella misma, subjetividad, y que existe y se agita negándose en todo momento a fundirse en cualquier forma de bloque, es decir a confundirse. 

Es más. La persecución, el acoso, los castigos, la segregación y todas las violencias nuevas y viejas que conforman las prácticas de control social contemporáneo ya no buscan someter a los ingobernables como lo habían hecho antes, cuanto estos lo eran como resultado de su toma de conciencia de la realidad y su inmersión en la lucha de masas espontánea u organizada, sino que ahora tienen como objeto "la riqueza de las subjetividades" y como objetivo su destrucción, si es posible antes de que estas se autoreconozcan como parte de la nueva multitud, siendo la principal estrategia contra ellas ya no la represión directa, sino la cristalización en unidades, su enclaustramiento vigilado dentro de cubículos identitarios predefinidos, para hacerlas devenir masa. De la conciencia de clase se pasa a la "autoconsciencia", cuya emergencia ya no conoce como escenario las calles, sino ante todo "la cotidianeidad silenciosa de las formas de vida y de las experiencias biográficas individuales" (De Giorgi).


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