diumenge, 31 d’agost de 2014

La verdad primitiva


Bagbeyo. anciano zande al que se le atribuía la capacidad de aparecer como nakuangua o nangbisi, es decir bruja. Fue tomada por Evans-Pritchard en 1928 e ilustra Brujería, magia y oráculo entre los azande (Anagrama)

LA VERDAD PRIMITIVA

Manuel Delgado


Reseña del libro de Peter Winch, Comprender una sociedad primitiva (Paidós, 1994). Traducción de María José Nicolau y Gloria Llorens. Publicada en Babelia, el suplemento literario de El País, el 13 de marzo de 1994.

¿Hasta que punto es pertinente juzgar las creencias má­gico-religiosas de las sociedades no modernizadas como iluso­rias o falsas? Durante mu­cho tiempo los propios antropó­logos que habían informado acerca de ellas tuvieron un crite­rio bien claro al respecto. Así, en un libro reputado como clási­co para la dis­ciplina, Brujería, magia y orácu­los entre los azande (Ana­gra­ma), Sir E.E. Evans-Pritchard sentenciaba en 1937 que las convicciones de los ni­lóti­cos sobre los embrujos y la adi­vina­ción eran ciertas en rela­ción a sus propios pos­tulados lógi­cos, pero estaban equi­voca­das ya que no po­dían demostrar em­pírica­mente sus afirma­ciones ontológicas.


Fue en torno a esa obra que habría de organizarse déca­das después una discu­sión digna de figu­rar como un momento este­lar en la his­toria de las teorías del conocimiento. Los antropólogos afines al obje­tivismo de Popper ‑indiferentes como él a la cuestión del significado y atentos más bien a la ra­cio­na­lidad o no de los fenó­me­nos so­ciales‑ apostaron por co­locar las ideas y actitudes místi­cas de los primi­tivos al servicio de tareas puramente sim­bóli­co-ex­presivas, sin rela­ción alguna con la vocación instru­men­tal ‑predicción de a­con­teci­mien­tos, control técnico sobre proce­sos objetivables, etc.‑ de la ciencia de las sociedades "a­bier­tas" como la nu­estra. Robin Horton ­(Ciencia y brujería, Ana­grama) e I.C. Jarvie fueron los expo­nentes más notables de tal pers­pectiva, una de cuyas últimas aportacio­nes acaba de hacer aparición: Posmo­der­nismo, razón y reli­gión, de Ernest Ge­llner (Paidós), una apo­logía de la Verdad entendida como método ci­entí­fi­co, que, por ello, sólo puede ser buscada, pero no poseída.

La visión contraria la defendió Peter ­Winch, coinciendo en parte con las apreciaciones que formulara Witt­gens­tein en su Ob­serva­ciones a La Rama Dorada de Fra­zer (Tec­nos) contra la presunta superioridad del pensamiento cientí­fico oc­ciden­tal sobre el mágico-religioso de los primitivos. Winch sostu­vo que lo que determina qué es lo que concuerda o no con la rea­lidad no es tanto la verificación empírica como los usos del lenguaje, a través de los cuales una comunidad de hablan­tes ‑y al tiempo de pensantes‑ constituye intersubje­tivamente sus evidencias e hilvana formas específicas y con frecuencia in­traduci­bles de ra­cionali­dad.

El tiempo vino a situar los presupuestos particularistas y relativistas de Peter Winch en un lugar privilegiado entre las estrategias hegemónicas que, al poco, habría de ma­nejar la an­tropo­logía. En efecto, el radical agnosticismo axiológi­co ‑al borde de una auténtica antiepistemología‑ de los etnó­lo­gos posmoder­nos ha o­torgado a Winch el esta­tu­to de uno de sus pre­curso­res más inme­diatos.

Por ello no podemos sino celebrar que Paidós acabe de brindarnos la posibilidad de conocer algunos de los artículos de Winch que protagonizaron aquel debate sobre la ver­dad en las culturas exóti­cas, entre ellos el más importante, "Com­prender una so­ciedad primitiva", publicado en 1964 y que da título al volu­men. La bondad de la noti­cia es doble: por su valor en orden a ilustrar un apasio­nante episodio del itine­rario de la filosofía por el siglo XX y porque nos ha­ce acce­sible un antecede inmediato de las actuales preo­cupa­cio­nes cen­trales de la an­tropología y, más allá, de las espe­culacio­nes teóricas en curso en torno a en qué consiste lo real.

                                        


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