dijous, 8 de gener de 2015

El femenino de "hombre de la calle" no es "mujer de la calle"

La foto es de Joan Colom
Consideración para Luis Carmona, doctorando

Es que el otro día te hablaba de los peripatéticos y, de pronto, caí en la cuenta de que una peripatética no es la seguidora de una escuela filosófica clásica, sino una puta callejera. Y eso lo conecte con el tema de la mujer que, sin ser prostituta, aparece sola en la calle. Ahora por supuesto que no, o acaso todavía un poco. Por ejemplo, cuando es una doctoranda la que hace trabajos sobre apropiaciones sociales de espacios públicos siempre la "confunden". Recuerdo el caso de Martha, que hizo su tesis sobre el Parc de les Planes en l'Hospitalet, y no digamos el de Eva, que hizo su trabajo de máster sobre las prostitutas que se apostaban en la Ronda Sant Antoni. En ambos casos su presencia solas, en un lugar público, daba pie a problemas de identificación, porque acababan pasando por prostitutas.

Y me viene a la cabeza que todo lo que se pueda decir de ese personaje al que constantemente aludimos como hombre de la calle no sería aplicable a una mujer de la calle que, como sabes, es algo bien distinto. Una mujer de la calle no es la versión en femenino del hombre de la calle, sino más bien su inversión, su negatividad. De entrada, mujer de la calle significa sencillamente «prostituta», mujer que es situada con frecuencia en el estrato más bajo del sistema de jerarquización moral de las conductas. No es casual que a su trabajo se le llame eufemísticamente "hacer la calle" y a ellas se las llame "mujeres de las esquinas".

Una mujer de la calle es aquella que confirma las peores sospechas que pueden recaer sobre una mujer que ha sido vista sola, caminando por la calle, detenida en un quicio cualquiera o tomando alguna cosa en un local de diversión. La mujer de la calle es aquella a la que le tiene sin cuidado su reputación, puesto que ésta no puede sufrir ya un mayor deterioro. Es la puta callejera, en el escalafón profesional de las meretrices la que ocupa el peldaño más bajo. En el imaginario dominante acerca de quién tiene derecho a un pleno uso del espacio público, es un personaje que encarna en cierto modo una anomalía a corregir: está sola, ahí, ante todos, luego espera ser acompañada, y acompañada por ese hombre al que espera y en cierto modo convoca, puesto que su presencia señala un lugar vacante, que no es sino el del varón que debería como naturalmente ir a su lado.

Lo mismo pasa con la noción de «hombre público», término que designa ese personaje que nace con la modernidad. El hombre público es simplemente aquél que se expone –en el doble sentido de visibilizarse y de arriesgarse– a relaciones sociales entre extraños basadas en la apariencia y la puesta a distancia, de las que la franqueza no es jamás un requisito, que encuentran en el anonimato una fórmula de preservación de una supuesta autenticidad del yo y que se basan en la cortesía, la publicidad y la mundanidad. En un sentido más restringido, el «hombre público» es aquél que se entrega, por así decirlo, a lo público, entendido como lo que afecta a todos y se constituye por tanto en reino de la crítica y la opinión, por lo que le corresponde el deber de rendir cuentas de sus acciones en el momento en que se le requiera. En esta última acepción, el hombre público se identifica con el político o con el profesional de cualquier signo que desarrolla su actividad sometido a valoración por ese personaje abstracto que es el público, de cuyo juicio depende su reputación. En cambio, «mujer pública» es un atributo denegatorio que se aplica a una persona para la que el calificativo «pública» implica simplemente accesible a todos.

En este caso, no es que la mujer esté en el espacio público, sino que ella misma es parte de ese espacio público en que se encuentra, definido precisamente a partir del principio de accesibilidad que en teoría lo rige. Lo contrario de una mujer pública es una mujer privada. No una mujer que disfruta de vida privada, sino una mujer que es propiedad privada de un hombre y accesible sólo para él. Una mujer pública es, como todo el mundo sabe, una manera más de designar a una puta.





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