dissabte, 17 de setembre de 2016

La iglesia considerada como burdel


Unas notas para Gabriella De Giorgi, doctoranda de la UB

LA IGLESIA CONSIDERADA COMO BURDEL
Manuel Delgado

Es sobre la analogía entre iglesia y lupanar que sugerías y que no era tan chocante como podría parecerte. Cuenta Natalie Z. Davis como los anticatóli­cos franceses del XVI, "consideraban abominaciones las­civas las prác­ti­cas del catolicismo popular, y éstas son las justi­fica­cion­es que per­miten altercados y prohibiciones. Déjame que te traduzca un fragmento de Nathalie Z. Davis, de Les violences du peuple, (Aubier): "En sus polémicas, los protestantes no dejan jamás de llamar la atención sobre las relaciones lúbricas que los cléri­gos mantienen con sus concubinas. Se hace correr el rumor de que existen en la iglesia de Lyon una especie de prostitución sagrada, una organización que pone a cientos de mujeres a disposición de curas y canónicos; un observador subraya con repugnancia que la misa y el burdel fueron reintroducidos a la vez en Rouen, después de la primera guerra de religión".

Y es que para el anticlericalismo hugonote la lucha contra la religión católica tenía como objeto liberar al mun­do social de la esclavitud del sexo y del imperio de lujuria que la Iglesia propiciaba. "Para los fanáticos protestantes las relaciones sociales, con la destrucción de la Iglesia, serán purificadas puesto que habrá menos lugar para la lubri­cidad y el amor de provecho." Este criterio va a repetirse en el repertorio anticlerical protestante hasta ahora mismo. Carlos Cañeque señala, en relación con el discurso anticatólico del fundamentalismo americano del XIX, que "la prensa nativista también dedicó muchos escritos a la supuesta inmoralidad del Papa y de los jesuitas, llegando a inventar toda clase de historias acerca de los acontecimientos perversos que se de­sarrollaban en el interior de los conventos y monasterios" (Dios en América, Península). .
           
Esta orientación acusadora viene, sin duda, de lejos. Cualquier conocedor de la historia de los con­­flic­tos susci­tados contra la Iglesia y el catolici­smo sabe perfe­ctamente que el tema acaso más recurrente a lo largo del dilatado periodo de varios siglos en el que se va haciendo sentir la necesidad de una reforma visceral de la religión y las costumbres es el de la luxu­ria del clero, presentada como indisocia­ble­ de una depravación general de un mundo que urgía purificar. Para Tanchelmo y sus segui­dores de inicios del XII, "los sacramentos no eran mejores que las poluciones, y las iglesias no eran mejores que los burdeles". Esto lo tomo de En pos del milenio, de Norman Cohn (Alianza). Desde el seno mismo del Rena­cimiento, en vísperas de la Re­forma.

Esto fue precisamente lo que me encontré cuando trabajaba en mi tesis sobre la violencia religiosa en la España del siglo XX. Constantemente me encontraba con referencias que parecían sugerir que asaltar y destruir un templo podía perfectamente equiva­ler a arrasar un lupanar. Todas las ideas acerca de lo que era la vida amorosa del clero venían a añadirse a las que hacían de la religiosidad católica una piedad obscena, hija de las re­ligiones del sexo y la naturaleza, de manera que los sacer­dotes romanos eran una simple reedición de los mistos y de los fanatici de los cultos mistéricos orientales, oficiantes de ceremonias orgíasticas, mientras que los lugares de devoción no eran más que prostíbulos infectos donde se repetía el ejercicio de una de las características en las que más se insistía a la hora de hablar del misterismo de los antiguos, la de la "prostitución sagrada", que el catolicismo prolongaba practicándola en las iglesias con monjas y beatas.

Hace tiempo me compré en el Mercat de Sant Antoni una libro antiguo titulado  Magia sexual, de Arturo Kremer, que dedicaba uno de sus capítulos a desvelar y describir, copio. "como la hechicería y la magia eró­tica eran practicadas por clérigos en la misma sant­idad de los templos". Antes, Samaniego había sido capaz de concebir una iglesia como el escenario de orgías indes­cripti­bles. Mira uno de sus Cuentos y poemas más que picantes: "Allí la soltera y virgen / sin poderlo remediar / ‑o pudiéndolo‑ se viene / sin permiso de mamá, / y coños, pichas, cojones, / todo se ha de registrar / a la luz de cera virgen / y d'un tremens cirio pascual."

Otro ejemplo, que voy tomando un poco al tuntun. En Símbolos de transformación, Jüng (Paidós) cita un texto blasfemo apócrifo, datado en 1821 y que representa la manera de entender la Eucaristía a que se podía llegar desde presupuestos como éstos. Nota el tra­tamiento del culto católico, tal y como se hacía frecuen­te­mente desde su oposición, como una expresión de misa negra y de culto a Satanás: «En esos burdeles se celebra la comunión del diablo. Todo lo que allí se sacrifica, es a él y no a Dios.  Beben allí del caliz del diablo y comen en su mesa, chupan la cabeza de la serpiente, se alimentan de pan sacrílego y beben vino de la maldad.»

Como tantas otras cosas del repertorio anticlerical con­temporáneo, el precedente de consideraciones como esa habría que buscarlo en la lucha premoderna por el Milenio y en la misma Reforma, para los que no es que una iglesia fuera como un bur­del, sino que la Iglesia, como institución, era en sí mis­ma la manifestación de la Puta del Apocalipsis, la Gran Babi­lonia, aque­lla con la que "fornicaron los reyes de la tierra, y los ha­bitantes de la tierra se embriagaron con el vino de su prostitución", "la madre de las rameras y las abo­minaciones de la tierra".

Pero no hace falta indagar erudítamente para mostrar el desprecio de índole sexual que se puede mostrar a una igle­sia. No se trata sólo de que pueda ser conceptualizada como un lupanar sino que puede alcanzar a ser pensada como algo aún más insultante. Una de las analo­gías más significativas que pueden establecerse con un templo es el que se establecería con la genitalidad femenina. Pues bien. Una iglesia puede ser idéntica, en particular, al sexo de una mujer "fácil", esto es sexualmente demasiado accesi­ble. Lógica considerac­ión, consecuente con a­quella famosa copla: "Eres una y eres dos; eres tres y eres cuaren­ta. Eres la iglesia mayor, donde todo el mundo entra".


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