diumenge, 5 de juliol de 2015

La calle como quintaesencia del espacio social

La foto es de Markus Hartel
En el año 2009 Planitizen, la influyente página web de Urban Insight of Los Angeles, planteó a sus lectores un reto: establecer la lista de los 100 “pensadores urbanos” más importantes de todos los tiempos. Al final, el primer lugar vino a ocuparlo una mujer que no era ni arquitecta, ni propiamente Último apartado del prólogo para Muerte y vida de las grandes ciudades, de Jane Jacobs (Capitan Swing, 2012). 

LA CALLE COMO QUINTAESENCIA DEL ESPACIO SOCIAL
Manuel Delgado

Está claro que Jacobs no pretendió proveernos de un texto académico. La suya es una reflexión personal a partir de lo que sucedía en las calles, plazas y parques que conocía, esa fecunda animación que veía malograr a manos de los planificadores de ciudad y de los intereses económicos a los que servían. Ahora bien, esas apreciaciones de apariencia algo naïf sobre lo que no deberíamos dudar en calificar como la quintaesencia misma del espacio social tienen implicaciones no explicitadas, acaso ni siquiera del todo conscientes en la autora, cuya importancia merece ser remarcada ahora, cinco lustros después de ser planteadas.

La primera de esas conclusiones implícitas tiene que ver con la naturaleza de esas formas de sociabilidad que protagonizan los transeúntes o avecindados que llevan a cabo actividades más o menos ordinarias a lo largo y ancho de la acera de una calle, distribuyéndose en una plaza u ocupando el que consideran su lugar en un parque público. Cuando Jacobs subrayaba la importancia extraordinaria que tenía ese amontonamiento en apariencia informe de conductas múltiples y diferenciadas lo que estaba captando era algo tan importante como es la manera como se conforma la sociedad urbana, acaso la sociedad a secas, sus mecanismos básicos, la apertura que los individuos y las familias debían realizar hacia un exterior en el que la cooperación con extraños totales o relativos –los vecinos, los conocidos “de vista”– implicaba la articulación de formas sutiles, pero estratégicas, de cooperación. El barrio, la calle en que está radicado el hogar o el lugar de trabajo, incluso esos espacios distantes a los que se acude de vez en cuando o por primera vez o que se transitan, como suele decirse, de paso, y en los que coincide brevemente con personajes a los que nunca más volverá a ver –aunque algunos queden para siempre grabados en su recuerdo–…, todos esos son marcos en los que se nos presenta a los ojos nada más y nada menos que el trabajo de lo social sobre sí mismo, la máquina societaria sorprendida, de pronto, manos a la obra. En otras palabras, sin ser socióloga o antropóloga entendió lo que muchos sociólogos o antropólogos no son ni siquiera capaces de reconocer: que esas aceras no son sólo extensiones o sitios, sino auténticas instituciones sociales, dotadas de estructura, ejecutoras de funciones y que registran lógicas de apropiación y empleo organizadas a partir de pautas culturales específicas.

Eso por un lado. Por el otro, lo que Jacobs veía desplegarse en tales escenarios no era sólo una colección fascinante de actos y acciones. Cuando nos propone la analogía del ballet para referirse al conjunto de conductas observables en cualquier calle o plaza no se limita a dar con una imagen poética con virtudes descriptivas: está adivinando que lo que sucede ahí responde a un sistema de actividades coordinadas desde dentro, es decir a un concierto entre cuerpos en movimiento que ordenan su disposición mutua a partir de una dinámica de ajustes y reajustes constantes y en buena medida espontáneos. Todo ello funcionando como una especie de musculatura regida por principios que no dependen de una instancia central ajena y supuestamente superior –la del proyectador o el gestor urbanos–, sino de la autoorganización autónoma de sus componentes moleculares y de la manera como estos se trenzan con frecuencia a partir de la cierta capacidad ordenadora del azar. 

Se verá que Jacobs nos habla, por ejemplo, de cómo la seguridad de un barrio se obtiene gracias no a la presencia policial, sino a “una densa y casi inconsciente red de controles y reflejos de voluntariedad y buena disposición inscrita en el ánimo de las personas y alimentada constantemente por ellas mismas”. Lo que esa anotación conlleva es la percepción de la vida colectiva en una ciudad como un verdadero “orden físico” –ese es el concepto que la propia autora propone–, conformado por microprocesos en los que más que la compenetración entre elementos orgánicos integrados, lo que se da es, en efecto, un ballet, es decir una suite de iniciativas coordinadas altamente eficaces, en condiciones de dotar de coherencia interna una masa de unidades en permanente agitación. De ahí que Jacobs, con un lenguaje llano y a partir de una estimación directa de la realidad, reconozca en una calle, un parque público o un barrio ejemplos de lo que ella misma imagina como una suma de movimientos y actividades la mayoría de ellos triviales y casuales, pero cuya suma no lo es en absoluto, es decir aquello que poco después los teóricos del caos y de los sistemas complejos lejos de la linealidad llamarán sistema emergente. 

Hasta aquí esta presentación de Muerte y vida de las grandes ciudades, un libro que nos es devuelto para ayudarnos a mirar a nuestro alrededor compartiendo y acrecentando su escándalo ante el pavoroso espectáculo de la destrucción sistemática de las urbes, a manos de la alianza sagrada entre políticos, mercaderes, arquitectos y planificadores. No ha disminuido, antes al contrario, se ha incrementado el desprecio y la desconfianza –acaso el temor– de los poderosos y sus “expertos en ciudad” hacia las formas consideradas prosaicas mediante las cuales viandantes y vecinos se apropian de los escenarios de sus quehaceres de cada día, dotándolos de sus propias funcionalidades tanto instrumentales como simbólicas.

Pero las calles continúan estando donde estaban y en sus aceras todavía hay gente que hace todo tipo de cosas a todas horas. Allí, en ellas, siguen mezclándose acontecimientos grandes o microscópicos, conductas pautadas y comportamientos marginales, monotonías y sorpresas, lo anodino y lo excepcional, lo vulgar o lo misterioso, permanencias y mutaciones, lo indispensable y lo superfluo, las certezas y la aventura. Como Jane Jacobs quería: un dominio difícil de dominar en el que, mal que les pese a sus enemigos, continúa viviendo la vida.

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