dissabte, 26 d’abril de 2014

El musulmán como alienígena usurpador. Comentario para Lucía Calvo, doctoranda.

Vamos con el tema de la islamofilia y sus implicaciones. En efecto, la persona “etnificada” —en este caso a partir de su religión— es cargado con una cantidad tal de connotaciones peyorativas y descalificadoras que su copresencia en un mismo espacio que nosotros deviene fuente casi automática de ansiedad, malestar o miedo, pero también a veces de una simpatía que no niega –antes al contrario– su excepcionalidad, todo en consonancia con su estatuto de individuo estigmatizado, en el sentido anotado por Goffman que estamos trabajando en relación con las identidades deterioradas y difíciles. Es por ello que el "islámico" es objeto de una permanente tarea de focalización que hace inaccesible para él ese derecho a la consideración desafiliada que se supone que preside y organiza las relaciones en público, es decir las relaciones con desconocidos en espacios de accesibilidad generalizada.

Lo que tú misma has comprobado es que el usuario de un espacio de esa naturaleza –lo que se da en llamar espacio público– no deja en ningún momento –y aunque sólo sea de soslayo– de conceptualizar y juzgar las acciones y personajes que tiene ante sí o a su alrededor, de los que en condiciones de normalidad sólo espera una mínima inteligibilidad escénica. Ahora bien, todo esto cambia en cuanto en ese espacio en principio regido por la indiferencia —o reserva, como hemos visto que propone Simmel—  hacia aquellos con quienes no se prevé una acción cooperativa inmediata, se detecta la presencia de una persona o un grupo de personas desacreditadas o desacreditables socialmente, como por ejemplo “musulmanes”, a quienes reconoce como tales a partir de cualidades sensibles inmediatamente perceptibles.

En estos casos, la interacción, aunque sólo sea visual como tú planteas, deviene casi de manera mecánica problemática, puesto que ese desconocido que está ahí ya no resulta tan desconocido; pierde su derecho a esa institución que en el espacio público se supone que es el anonimato: ha sido atendido, reconocido, escrutado, detectado, señalado, colocado bajo vigilancia, ubicado en un estado de excepción que absorbe su persona al completo y que está en todo momento activado. Esa problematización de que es objeto su mera presencia no tiene por qué estar justificada por una determinada conducta objetiva, ni por su reputación en tanto que peligro. Su presencia en la calle o la plaza son mucho más que eso: implica una alarma ontológica, puesto que su estar ahí es el del Intruso y la del Usurpador, prueba palpable de que el Mundo –el nuestro, por supuesto– ha sido o está siendo invadido por instancias completamente extrañas, por entidades vivas que no sólo vienen de, sino que nos imponen universos incompatibles con el nuestro y el contacto con los cuales habrá de resultarnos altamente perjudicial, cuando no letal . Son, en un sentido una vez más literal, seres de otro mundo, es decir alienígenas.




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