divendres, 13 de desembre de 2013

El sentido de lo sentido. Consideraciones para Paola Mendiola, estudiante del Máster de Antropología y Etnografía, sobre la predisposición naturalista en el trabajo de campo y el papel de lo "subjetivo".

La foto es de Carlos Prieto
Creo que lo procedente es que te embebas más en el género etnográfico para que veas que realmente es eso, un género literario, al margen de que constituya el fundamento de la antropología como disciplina científica para la que la escritura es justamente el equivalente a un laboratorio. En ese marco, la distancia entre objetividad y subjetividad es bien relativo, incluso si la perspectiva que adoptar intentar seguir un modelo naturalista, entendido este tanto desde el punto de vista metodológico, como forma de acceder a lo que está ahí fuera, como entendido en su sentido estético, como una determinada manera de narrarlo o, como dices, de relatarlo.

Piensa que demandar una actitud naturalista en el etnógrafo implica, en primera instancia, reclamar la actualidad de axioma de toda perspectiva científica: el mundo existe, está ahí, y los humanos podemos conocer algo de él si lo observamos con detenimiento.

El otro día te evocaba a Paul Valéry. Lo vuelvo a hacer ahora. Cuando se habla de mundo se hace referencia a lo mismo que  Valéry definía como tal: “Llamo mundo al conjunto de incidentes, de órdenes, de interpelaciones y de solicitaciones de todas clases y de todas las intensidades que sorprenden al espíritu, que lo conmueven, que lo desconciertan” — “Souvenir”, en Mélange, Gallimard, 1941). En efecto, me estoy refiriendo a una actitud, una predisposición a entender que la etnografía es ante todo una actividad perceptiva basada en un aprovechamiento intensivo, pero metódico, de la capacidad que tenemos como humanos de recibir impresiones sensoriales, cuyas variantes están destinadas luego a ser organizadas de manera significativa. El trabajo etnográfico consiste pues en una inmersión física exhaustiva en lo tangible –esa sociedad que forman cuerpos móviles y visibles, entre sí y con los objetos de su entorno–, con el propósito de, en una fase posterior, convertir las texturas en texto –la etnología– y el texto en análisis que permitan hacer manifiesto el sentido de lo sentido: la antropología propiamente dicha.

Esta postulación no ignora la evidencia de que no podemos concebir la realidad observada como independiente del observador, de acuerdo con un idealismo objetivista que hoy casi nadie estaría en condiciones de sostener. No se ignoran ni se soslayan preguntas fundamentales ante la monografía etnográfica, como son: ¿hasta qué punto pudieron, supieron o quisieron sus autores evadirse del peso de la autoría personal?; ¿cómo ignorar, en literatura etnológica, la responsabilidad del lenguaje?; ¿cómo percibir dónde acaba lo descrito y empieza aquél que describe? Es decir no se olvida que la literatura etnográfica es un área donde reverbera la cuestión más general de cómo se asocia la palabra escrita con la vida, y, más allá, todavía, la del tema filosófico mayor de la posibilidad misma de la verdad. Es decir, no se olvida que el etnógrafo pretende aplicar su vocación naturalista sobre un objeto de estudio –el ser humano–, sobre el cual inevitablemente incide, pero que tiene su vez la virtud de incidir sobre aquel que lo estudia. El antropólogo, en este caso, trabaja sobre una realidad que le trabaja. Otra cosa es que se reconozca como pertinente esa querella que enfrenta en diversos frentes lo “subjetivo” y lo “objetivo” en las ciencias humanas y sociales, en una dicotomía cuyos términos son más que discutibles. Ahí me gustaría que leyeses a George Devereux, que te explica cómo  la subjetividad es el único camino posible y legítimo para una verdadera objetividad en las ciencias de la conducta humana, objetividad para la que los estados de ánimo y las predisposiciones personales del investigador no son un obstáculo, sino el más fiable de los instrumentos. Mírate, por ejemplo,  De la ansiedad al método en las ciencias del comportamiento  (Siglo XXI).

Tú piensa que, en el fondo, la relación entre la descripción etnográfica y los hechos que describe no es muy distinta que la que se establece entre la representación figurativa y su objeto, entre el retrato y el retratado. En todos los casos –incluyendo sus expresiones en apariencia más infalibles, como la fotografía- se produce una relación dialéctica entre lo percibido, la percepción y lo plasmado, o entre la cosa apreciada, la sensación recibida y su traducción figurativa. Es necio ignorar los determinantes activos que recortan primero y ordenan e interpretan luego en un cierto sentido un campo figurativo, conformado, como escribiera Francastel, de “tejidos de información múltiples” (La figura y el lugar, Laia/Monte Ávila). El informe etnográfico, como la obra figurativa y por muy naturalista que se pretenda ­—o justo por pretenderlo—, no es un sustituto de la realidad, sino un modesto instrumento de conocimiento. Lo máximo a lo que podemos aspirar es a, limitando al máximo el factor distorsionador de los filtros ideológicos y culturales que a de superar, fabricar artefactos conceptuales arbitrarios que hagan comunicables ciertas cualidades de lo vivido, estructuras parciales que tienen valor operativo en tanto nos permitan confrontar los datos obtenidos con datos obtenidos por otros, todo ello con el fin de saber algo más sobre el funcionamiento de determinados aspectos de ese mundo exterior que atendemos. Eso es todo. Y no me dirás que es poco.



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