diumenge, 5 de juny de 2016

Lo social como agujero negro.

La foto es de Raúl Díaz
Nota para Esther Fabregat, estudiante del Máster en Antropología y Etnografía de la UB

LO SOCIAL COMO AGUJERO NEGRO
Manuel Delgado

Creo sinceramente que debes seguir en la línea que adivinabas la otra tarde. Tenías razón. Es como si aún estuviera todo por hacer. La vida humana presenta todavía un inmenso continente apenas explorado que conforma toda esa profusión poco menos que infinita de residuos que deja tras de sí la vida social antes de cristalizar y convertirse en no importa qué. La labor de la incongruencia, todo lo inconstante, lo que oscila negándose a quedar fijado. Todo lo imprevisto y lo imprevisible. No hay una historia, ni una sociología, ni una geografía de lo irrelevante, de lo sobrante luego de haber acotado debidamente objetos de conocimientos sumisos al método, obedientes al discurso, dóciles al lenguaje.

Es lo que te decía. Alguien, alguna vez, debería consagrarse a recoger todos los descartes etnográficos –el equivalente de lo que Foucault llama los descartes enunciativos en cualquier campo del saber–, todo lo que no cupo en los informes finales; todo lo que, aun estando ahí, no se pudo o no se quiso tomar en cuenta. Cabría preguntarse acerca de cuál es el lugar que asignamos al azar en nuestros análisis, y hasta qué punto su irrupción no nos obligaría a cuestionarnos las premisas desde las que partimos a la hora de elaborar teoría o de desarrollar nuestro trabajo de campo. ¿Qué supondría la toma en consideración del lugar de la ambivalencia en las expresiones concretas de un orden social de pronto inordenado, la puesta en temblor de esos axiomas teóricos y metodológicos que nos permiten reducir la complejidad de lo real? ¿Y si reconociésemos el papel que juega en las relaciones humanas la indeterminación, la disolución que las prácticas le imponen a las pautas culturales más presuntamente sólidas?

Se antoja que esa pérdida masiva de información –lo que se resistió, en su día, a darle la razón a nuestras hipótesis, todo lo que estuvo a punto de desmentir la infalibilidad de nuestros diseños formales de investigación o simplemente lo equívoco de ciertas informaciones– resulta especialmente abundante en marcos definidos por una intensificación al máximo de la complejidad. Por ejemplo, y volvemos a nuestro asunto, lo urbano, con su crónica tendencia a la saturación perceptual, con su aspecto estocástico y en perpetuo estado de alteración. La sociología y la antropología clásicas se han centrado en las estructuras estables, en los órdenes mas firmes y en los procesos positivos, siempre en busca de lo determinado y sus determinantes. No ha habido lugar para lo pequeño, lo “insignificante”, las migajas de lo social.

La cuestión, en cualquier caso, ha sido siempre la misma. ¿Cómo superar la perplejidad que despierta ese puro acontecer que traspasa y constituye eso que estamos llamando lo urbano o moderno? ¿Cómo captar y plasmar luego las formalidades sociales inéditas, las improvisaciones sobrevenidas, las reglas o códigos reinterpretados de una forma inagotablemente creativa, el amontonamiento de acontecimientos, previsibles unos, improbables los otros? ¿Cómo sacar a flote las lógicas implícitas que se agazapan bajo tal confusión, modelándola? Son esos asuntos los que han hecho el abordaje de la sociedad pública una de las cuestiones que más problemas ha planteado a las ciencias sociales, que han encontrado en ese ámbito uno de esos típicos desequilibrios entre modelos explicativos idealizados y nuestra competencia real a la hora de representar –léase reducir– determinadas parcelas de la vida social, sobre todo aquellas en que, como es el caso de la actividad social que vemos desarrollarse en las aceras de cualquier ciudad, pueden detectarse altos niveles de complejidad lejos del equilibrio.

En cambio, ello no debería querer decir que no es posible llevar a cabo observaciones, ni elaborar hipótesis plausibles que atribuyan a lo observado una estructura, ni tampoco que no sea viable seguir los pasos que nos permitirían actuar como científicos sociales en condiciones de formular proposiciones descriptivas, relativas a acontecimientos que tienen lugar en un tiempo y un espacio determinados, y, a partir de ellas, generalizaciones tanto empíricas como teóricas que nos llevan a constatar –directa e indirectamente, en cada caso– la existencia de series de fenómenos asociados entre sí. Lo que tenemos, y tú intuyes, es que son particularmente agudos los problemas suscitados a la hora de identificar, definir, clasificar, describir, comparar y analizar una especie de hechos sociales. Ante eso, las proposiciones y las generalizaciones deben ser mucho más modestas y provisionales, pero no como consecuencia de lo que las tradiciones idealistas han sostenido como una singularidad de la naturaleza humana, sino porque las organizaciones sociales cuya lógica deberíamos establecer están sometidas a sacudidas constantes y presentan una formidable tendencia a la fractalidad.

Curiosamente, esa condición alterada de la vida urbana –que confirma radicalmente la apertura a lo impredecible de las conductas sociales humanas en general–, lejos de apartarnos del modelo que nos prestan las ciencias llamadas naturales, hace todavía más pertinente la adopción de paradigmas heurísticos a ellas asociados, sobre todo a partir de la atención que los estudiosos de los sistemas activos en general han venido prestando a las dinámicas disipativas presentes en la naturaleza. De ahí el interés que debe merecerlo lo que los teóricos de los sistema complejos —el caos— nos pueden enseñar, aunque sea como metáforas.

Son esas disciplinas las que han percibido la importancia de atender y adaptarse a unidades de análisis que, como las sociedades humanas en momentos de tránsito o umbral, las que nos interesan, tienden a conducirse de manera discontinua, acentral. En la calle, en efecto, siempre pasan cosas, y cada una de esas cosas equivale a un accidente que desmiente –a veces irrevocablemente– la univocidad de cualquier forma de convivencia humana, cuando su fragilidad aparece más evidente que de común. A merced de una exuberancia informativa poco menos que ilimitada y a la incansable tarea de zapa de los continuos avatares, esa complejidad acelerada de la comunicación que conoce la actividad en las calles se comporta como un atractor/imán que está siempre a punto de convertir lo social en un auténtico agujero negro. Esa debe ser tu conclusión, no porque te lo diga yo, sino porque era esa a la que llegabas la otra tarde.


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