dissabte, 14 de novembre de 2015

El toreo y la concepción trágica de la virilidad en Michel Leiris.

Una de las ilustraciones de André Masson
para Le Miroir de la tauromachie, de Leiris
Notas para Pedro Montoya, estudiante del Màster d'Antropologia i Etnografia de la UB

EL TOREO Y LA CONCEPCIÓN TRÁGICA DE LA VIRILIDAD EN MICHEL LEIRIS
Manuel Delgado

¿Sabes quién entiende y desarrolla esa sugerencia que te hacía del torero como femme fatale y del toro como víctima de su ansiedad y su impaciencia por alcanzar el objeto amado? Pues un autor al que me refiero sistemáticamente en clase y del que ya conoces mi adhesión: Michel Leiris, del que siempre explico su condición de puente entre etnología, surrealismo y literatura.

Leiris proveyó en relación con la fiesta de los toros española dos obras singulares: De la literatura considerada como una tauromaquia, de 1939, que está publicada en el mismo volumen que Edad de hombre, en Tusquets, y, antes, en 1937, Miroir de la tauromachie, con ilustraciones de André Masson, donde articulaba las ideas surrealistas sobre la sexualidad con las teorías expresadas por Henri Hubert y Marcel Mauss en su célebre ensayo sobre el intercambio sacrificial. La edición más reciente en francés es de Fata Morgana. No conozco que se haya editado ninguna tradición. Indispensable para comprender el alcance de tal asociación teórica es El erotismo, que eras tú misma quien me mencionabas no hace mucho: Georges Bataille.
        
Leiris propuso una lectura de la fiesta taurina en la que los valores sexuales ocupaban un lugar estratégico, un tipo de apreciaciones que ya habían sido antes intuidas, pero no puestas en orden en forma de tesis interpretativa. Como se sabe, este tipo de miradas sobre la fiesta ha sido una y otra vez colocado en el centro del sentido profundo atribuido a la tauromaquia, no siempre reconociendo el precedente leirisiano. Hay que comenzar, para ello, por entender que la inspiración de las ideas de Leiris y Bataille sobre las relaciones entre los sexos parten de la erotología de Sade y la literatura libertina del XVIII francés y tienen como referente el universo estético del rococó. No se puede entender ni a Leiris ni a la fiesta de los toros siin asumir que ambos le deben mucho a ese momento civilizatorio marcado por la aparición del sistema de mundo propuesto desde el proyecto cultural de la modernidad ilustrada y las relaciones de seducción –basadas en la simulación, el ritual, el juego, la importancia de las apariencias, la voluntad de control...– características del amor cortesano, cuya vigencia –en clave democratizada- ha venido a demostrar el éxito de las versiones cinematográficas de la obra epistolar de Chonderlos de Laclos, Las amistades peligrosas, por ejemplo.

Leiris aparece como uno de los precedentes más destacados de esa lectura en clave erótica de la fiesta. Determinados paradigmas de la ideología sexual hegemónica se reconocían representados en la metáfora que la corrida dramatiza: el dominio seductor, la nueva exaltación de la virginidad, la androginización, la asociación sexo/muerte. Tenemos, en primer lugar, la tipificación leirisiana de la tauromaquia como ejemplo de una coincidentia oppositorum sólo comparable con la que viven los amantes: “Sólo es en la actividad pasional que conocemos iguales tensiones seguidas de calmas, igual sucesión de aproximaciones y distanciamientos, idénticas montañas rusas de ascensiones y descensos... intersección de una unión y de una separación, de una acumulación y de un despilfarro”.

Para Leiris, la del toreo es análoga “una belleza abstracta e indefinible, aquella de la única mujer antes del primer pecado.” —las citas son Le Miroir...— Todo el juego al que se abandonan toro y torero consiste en acercarse lo máximo posible..., sin llegar a tocarse hasta el final, cuando el matador lo considera oportuno. El torero es un “escamoteador.” Su virtud reside en embaucar, en ofrecer lo que no piensa conceder. Es un mentiroso, puesto que su actuación consiste en encadenar una tras otra, “como en una fuga”, sus “engaños”. Es una hembra que defiende su pureza, el símbolo móvil y atrayente de lo que Buñuel designaba, titulando una de sus películas bien conocidas, que tambíen te cite, “ese obscuro objeto del deseo”. En una de las ilustraciones del Miroir de la tauromachie, Masson dibuja una capa en cuyo centro se estremece una colosal vagina.

Es curioso constatar cómo, en Leiris, el éxtasis no se encuentra, como la sexología utilitarista sontendría, en el momento final, sino en la intervención del coro, los olés y aplausos del público: “El sortilegio se desvanece: después de tantas caricias cada vez más lacinantes, los dos partenaires se separan, ahora extraños el uno al otro. Es entonces cuando la ovación del público estalla y corona el conjunto..., y será sin duda apropiado hablar, en su sentido admitido tanto como en el más trivial sentido de la palabra, de la ovación como una descarga, –descenso del potencial nervioso, idéntico a un acceso de fiebre, al mismo tiempo que eyaculación que tiene por esperma los bravos”. Leiris hubiera deseado un acto de amor infinito, una corrida interminable que evitara lo que él llamaba su “conclusión optimista.”

Sorprende la lucidez de Leiris cuando, descalificando la condición decepcionante de la conclusión en la corrida, está concibiendo un modelo sexual en el que queda desacreditado el productivismo erótico y el culto al orgasmo a favor de una sexualidad sin litorales: “De igual forma que se pasa del sentimiento de plenitud a la desilusión, el vacío así producido, la percepción de una carencia y todo lo que una lesión tal tiene de insoportable no puede más que provocar una nueva aspiración de su insuficiencia lo que ha derrotado al amor, aunque nuestra propia desesperación lo haga resurgir, de manera que, si toda plenitud aparece forzosamente como amplificación de un desgarro..., todo desgarro sentimental tomará recíprocamente figura de ruta abierta, de precio pagado por una nueva partida, a la vez que, medida de nuestra vida –es decir, de nuestro infinito-, aparecerá como una revelación.”
        
La fiesta comparte con el erotismo otra cualidad: la estética. Según Leiris, “strictu sensu, el erotismo puede ser, en efecto, definido como un arte de amor, una especie de estetización del simple amor carnal, que se encarga de organizar en una serie de experiencias cruciales”. La corrida funciona, así pues, como el equivalente estructural del erotismo: “Así, la tauromaquia, más que un deporte es un arte trágico, en el que se rompe, soliviantada por las potencias dionisiacas, la armonía apolínea”. El toreo y el erotismo funcionan, idénticamente, “bajo la forma de juego, de lujo, de placer tomado al margen de cualquier consideración de utilidad”.

Leiris, con su tesis del toreo como coincidentia oppositorum, aplica a lo que ocurre en el redondel la calidad que Bataille atribuía a la experiencia libidinal: “La sustitución del aislamiento y discontinuidad del ser por un sentimiento de continuidad profundo”. La “fusión completa”, la “comunión total de dos seres” a la que se dirige procesualmente el rito taurino tiene como consecuencia, y dada la condición feminoide del torero, una hermafroditización. Las leyes de la atracción que el torero ejecuta en la arena reproducen una acepción netamente “femenina” del erotismo, la misma que hoy hegemoniza crecientemente la representación de una sexualidad que cada vez más eso: representación: una voluptuosidad polícroma, sugerente, degustativa, circular; una carnalidad sin centro, psicológica, holística: un deseo polimórfico inabarcable y críptico. He ahí a tu femme fatale.

El otro gran vector leirisiano es el de la auto-referencialidad del amor y del erotismo, y, por extensión, del narcisismo que inevitablemente los preside. La misma metáfora que plantea sugerir la tauromaquia como espejo se sitúa en esa dirección: “Identidad, si se quiere, de fondo y forma, pero, más exactamente, paso único revelándose el fondo a medida que le daba forma capaz de ser fascinante para los demás y capaz de hacerle descubrir en sí mimsmo algo homófono a ese fondo que me había descubierto. Sabemos que Leiris no escribió otra cosa en toda su vida que autobiografías. Si la tauromaquia funcionaba en La literatura considerada como una tauromaquia como una evocación de los propios riesgos de la confesión –poética o camuflada de etnografía-, también cumple su función para revelarnos a nosotros mismos en la dimensión de nuestra propia sentimentalidad y de nuestro sexo: “Analizado bajo el ángulo de las relaciones que presenta, especialmente, con la actividad erótica, el arte tauromáquico revestirá, puede presumirse, el aspecto de uno de esos hechos reveladores que nos esclarecen acerca de ciertas partes oscas de nosotros mismos en tanto actúan por una especie de simpatía o similitud, y cuyo poder emotivo se origina en lo que tienen de espejos que devuelven, objetivada ya y como prefigurada, la imagen misma de nuestra emoción.” O: “Imagen de ese continuo movimiento de basculación que, cuando lo percibimos claramente, nos llena de éxtasis y de vértigo porque es, sin duda, el símbolo más adecuado de lo que es en verdad el trasfondo de nuestra vida pasional”. 

Leiris reitera en varios momentos la imagen del carrefour (“intersección”) para enfatizar la geometrización taurina del erotismo. En la plaza, lo que cuenta, lo que es, es ante todo ese instante tremendo y conmovedor en que el torero y la bestia –el Yo y el Otro- se cruzan sin tocarse. Te he hablado de esto algunas veces, Acaso debamos reconocer que tampoco nosotros somos, ni nunca fuimos, mucho más que el resultado, siempre arbitrario, de cruzarse nuestra existencia –como efímeramente la del toro y el matador– con la de los demás. Yo Soy justo ese momento, corto o largo, en que otro atraviesa por mi vida o la atraviesa.



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