dissabte, 14 de desembre de 2013

Cuerpos y miradas. La etnografía urbana como coreología. Notas para Rosalía Clemente, estudiante del Máster en Antropología y Etnografía de la UB

Foto de Carlo Nicora
Es sobre esto que hablábamos del cuerpo y su papel como fundamente de toda sociabilidad pública, es decir efímera, entre extraños, en exteriores urbanos accesibles a todos: las calles. Tú piensa que la calle es un terreno dominado por el desconocimiento mutuo entre sus usuarios y donde los individuos confían en que su aspecto será suficiente para definirlos. Esa espacialidad goza de unas propiedades directamente vinculadas al aparentar y a los usos comunicacionales del cuerpo –actitud, vestimenta, forma de caminar, peinado, etc. En ese escenario se cumple de forma más rotunda que en otros sitios la apreciación según la cual toda práctica social practica el espacio, lo produce, lo organiza, y sólo puede hacerlo a través de esa herramienta con que sus componentes cuentan y que es el cuerpo. Hay, en efecto, una dimensión preferentemente somática en las apropiaciones humanas del espacio urbano, una posibilidad de reducir cualquiera de ellas al uso eficiente de las manos, del rostro, del tronco, de los pies, de la cabeza, del abdomen, de la voz, del olor, y siempre por medio de los gestos, de las manipulaciones, de los mohines, de las miradas... Bien podríamos decir que lo urbano existe sobre todo por una vivencia y una percepción que son siempre, en última instancia, corporales.

El papel central del cuerpo en la actividad de los espacios urbanos invoca de manera automática el referente formal de la danza, un ámbito que te es bien cercano y que practica, por lo que te digo tiene que "sonarte" en muchos sentidos.  Esto no es nada casual, puesto que el cuerpo y lo urbano siempre están en estado de agitación permanente, incluso de forma larvada cuando su actitud es la del reposo o la inmovilidad. El cuerpo del transeúnte –cuerpo sin sujeto, cuerpo sólo secuencia de actos– consiste en una sucesión de descargas de energía sobre espacios dispares que se suceden en tiempos más bien breves, nudo de conexiones siempre laterales y precarias con otros cuerpos con los que se cruza o junto a los que camina. Recuera como Jane Jacobs, en esa obra maestra que es Vida y muerte de las grandes ciudades (Capitán Swing), no encontraba otra imagen mejor para describir la fluidez incesante de los espacios públicos, un “intrincado ballet en que los bailarines solistas y los conjuntos tienen papeles específicos que se refuerzan milagrosamente entre sí y componen un todo ordenado”.

La danza es ese tipo de creación artística que se basa en el aprovechamiento al máximo de las posibilidades expresivas del cuerpo, ejerciendo su energía sobre un tiempo y un espacio, tiempo y espacio que podría parecer que ya estaban ahí antes de la acción humana, pero que en realidad es de ésta de la que emanan. El baile lleva hasta las últimas consecuencias la somatización por el actor social de sus iniciativas, la comprensión en términos corporales de la interacción que mantiene con su medio espacial, con las cosas que le rodean y con los demás humanos, la interpelación ininterrumpida entre persona y mundo. El cuerpo-energía-tiempo del danzante expresa todas sus posibilidades en una actividad cotidiana en marcos urbanos en que las palabras suelen valer relativamente poco en la relación entre desconocidos absolutos o parciales y en la que todo parece depender de elocuencias superficiales, no en el sentido de triviales, sino en tanto actos que tienen lugar en las superficies, que funcionan por deslizamientos, que extraen el máximo provecho de los accidentes del terreno, que buscan y crean las estrías y los pliegues, que desmienten toda univocidad en la piel de lo social. 

En el baile como práctica física, los ejecutores se dedican a desplegar ademanes a través de los cuales, prescindiendo las más de las veces de la verbalización o reduciéndola al mínimo, negocian y renegocian gestualmente su orden de relaciones con el escenario, con los objetos y los accidentes que lo caracterizan y con los otros danzantes a los que se empeña en hacer hacer, luego de haber logrado hacerles creer. Es el danzante, como prototipo idealizado del interactuante en lo que los teóricos de la Escuela de Chicago —a los que me permito rendir homenaje en cada clase— llamaban situaciones de tránsito, quién mejor entiende en qué consiste esa elocuencia silenciosa mediante la que el practicante de cada secuencia de actividad semiotiza el contexto que crean, en que crean y en que se crean, es decir ese mismo espacio y tiempo que somatizan.

Por medio de sus cuerpos, el transeúnte y el practicante de la vida urbana —en el sentido que estoy definiendo en clase— trabajan constantemente en sus gestos tanto la temporalidad –sucesión, cadencia, articulación, encadenamiento de movimientos– como la espacialidad –sincronía, simultaneidad–, y lo hacen siguiendo un acuerdo automático y sobrevenido con los demás con quienes configuran formas sociales que empiezan y suelen acabar ahí mismo, instantes después, a veces sólo en fracciones de segundo.  Una antropología de toto ello sería en realidad algo así como una coreologia de la actividad cotidiana de los seres humanos haciendo sociedad entre ellos. Porque eso es lo que hacemos ahí afuera, en nuestra vida de calle: pasarnos el tiempo descifrando o procurando descifrar las indicaciones deliberadas o no que los otros cuerpos con que nos encontramos no dejan nunca de emitir, al tiempo que hacemos lo posible por controlar nuestras propias señales corporales a la hora de organizar los contactos e instaurar las relaciones.

Por supuesto que los cuerpos no sólo forman sociedad –esto es conforman coreografias– con otros cuerpos, sino con todos los demás elementos móviles e inmóviles del contexto en que se hallan. Por ejemplo, los usos del espacio público por un peatón solitario implican también la aplicación de una energía  temporal en el espacio por el que transcurren, es decir una sucesión diacrónica de puntos recorridos, y no la figura que esos puntos forman sobre un lugar supuesto como sincrónico. Andar hacer que una serie espacial de puntos sea sustituida por una articulación temporal de lugares. Donde había un gráfico ahora hay una operación, un pasaje, un tránsito. La actividad de los danzantes expresa inmejorablemente la labor de apropiación a que el usuario de espacios públicos se abandona.  Y ¿qué es lo que ocupa un espacio sino un cuerpo? No un cuerpo abstracto, la corporeidad como concepto, sino un cuerpo específico, concreto, definido, ese cuerpo que gesticula y, haciéndolo, señala, se dirige, puntúa, rodea, da vueltas sobre sí mismo o sobre otros cuerpos u objetos, jalona. Cuerpo que está en el espacio, que tiene ante sí y a su alrededor una objetividad, que se constituye en epicentro de ese espacio, núcleo desde el que parten radios que definen a su vez alrededores, que reconoce contornos, que instaura periferias cada vez más lejanas, cuerpo que busca con la mirada o a tientas. A veces, encuentra.


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