dissabte, 16 de maig de 2015

El papel de los lugares patrimoniales en el control político de las ciudades

La fotografia es de Kabz Raj
Intervención en la mesa redonde "Patrimonio, memoria y poder", celebrada en FLACSO, Quito, el 5 de septiembre de 2013, en el marco del Foro Latinoamericano Habitat el Patrimonio

EL PAPEL DE LOS LUGARES PATRIMONIALES EN EL CONTROL POLÍTICO DE LAS CIUDADES
Manuel Delgado

Todo este dinamismo hecho de fragmentos en contacto que es lo urbano sucede de espaldas a un orden político que hace mucho que intenta que la ciudad renuncie a su condición intrínsecamente turbulenta y contradictoria, deje desentrañar sus extraños lenguajes y acate su autoridad. La heteregoneidad de significados que registra la urbs es vivida por la polis como una crisis de significados, en el sentido de que las instituciones políticas no acaban nunca de asumir que la pluralidad de usos y funciones ha de implicar una idéntica proliferación de significados, memorias, juegos, poetizaciones, etc. Frente esta realidad que hace de la metrópolis una organización societaria en que el anonimato deviene estructura y lo diferente se reproduce, se procura una vez y otra convertir la urbanización en politización, es decir en asunción del arbitrio del Estado sobre la confusión y los esquemas paradójicas que se despliegan en la ciudad. La aspiración de todo proceso de centralización y control políticos es, en efecto, la de constituir y hacer respetar una cierta unidad de espíritu que haga viable una experiencia homogénea y unificada de lo urbano, susceptible de generar y movilizar afectos identitarios específicos. En esta dirección, a la conceptualización institucional de la ciudad le resulta indispensable el establecimiento de centros que desempeñen una tarea de integración tanto instrumental como expresiva, tan atractiva por el ciudadano en el plano utilitario como en el simbólico.

El objetivo de este proyecto de institucionalización de ciertos aspectos de la forma urbana es prioritariamente el de reeditar mecanismos no demasiado diferentes de los que posibilitaron la irrupción de los nacionalismos de base territorial e histórica en el siglo XIX. Lo mismo se podría decir por lo que hace a los intentos por dotar de una base arquitectural y estética lo que se quisiera la emergencia de identidades colectivas unificadas. De hecho, la tarea que se impone en muchas de las actuales políticas en materia urbana es la misma que afrontaron los nacionalismos decimonónicos y que continúan aplicándose en los países que están en vías de incorporación a la modernidad: hacer posible la politización, entendida como proceso de control centralizado, bien sobre una multitud de subgrupos cambiantes y precarios, bien sobre una amplia red de segmentos corporativos autosuficientes, todo en orden a generar sentimientos de adhesión a una sola cultura «nacional» políticamente santificada, susceptible de trascender la tendencia a la inconexión y la atomización que caracterizaban la forma débil de vincularse entre sí las unidades particulares en las sociedades premodernas, pero mucho más en las actuales sociedades urbanizadas, definidas precisamente por su invencible tendencia a la fragmentación, la inestabilidad y la incongruencia.

Es en las ciudades donde se puede seguir la renovación de esa lucha contra la heterogeneidad en orden a la producción de identidades centralizadas, adecuadas a los intereses de sus elites políticas y económicas, capaces de respetar sólo aquellas ideosincracias que previamente ha puesto en circulación. Se trata, en este caso y ahora, de oponerle a la expansión fragmentaria de la ciudad una «memoria urbana» basada en el simulacro de una falsa coherencia. Frente al desorden de lo real, el orden del imaginario.

La producción de significados en que consisten en gran parte las políticas urbanísticas parece orientada a demostrar como el medio ambiente ciudadano puede ser manipulado para hacer de él argumento y refuerzo simbólico para una determinada ideología de identidad artificialmente favorecida desde instancias políticas. Estamos hablando de la generación en masa de espacios prostéticos destinados a servir de soporte adaptativo a realidades nuevas, nuevas maneras de relacionar ideología y lugar, nuevos experimentos que vuelven a demostrar el entorno diseñado puede convertirse en sostén para una estructura motivacional y en una guía para la acción.

Tal voluntad didáctica y de refuerzo de la identidad es uno de los vectores centrales de la política de ritualización del espacio urbano en que las distintas autoridades municipales aparecen cada vez más comprometidas. En general la dirección que adopta la ordenación simbólica del medio ambiente urbano asume como objetivo atenuar los dinteles de ruido semántico y funciona, como toda ritualización, en orden a desatascar el exceso de información que la sobrecodificación y la exuberancia de la vida urbana genera. Esta intención de esquematizar y hacer diáfanos al máximo los índices cognitivos y de colocar los resultados de esta reducción a un código elemental al servicio de focalizaciones de identidad no parece ajena a la concepción del urbanismo en última instancia como una máquina de homogeneizar y clarificar el medio ambiente urbano. Todo ello requiere que el proyecto busque sobre todo la congruencia entre forma y actividad, y lo haga a través de la estereotipación y la esquematización de los entornos. Es al servicio de esa voluntad de reducir la tensión urbana y de propiciar una identidad social diáfana que se postulan símbolos, «información congelada», que se espera que sea capaz de comunicar los valores socioculturales hegemónicos y dar los índices de comportamiento adecuado.

En resumen, los teóricos que han abordado desde el urbanismo la relación entre comportamientos sociales, pautas culturales y medioambiente urbano, lo han hecho enfatizando los peligros que para una lectura adecuada –léanse una obediencia– de los indicios arquitecturales implica la heterogeneidad en general. Diseñar quiere decir lo mismo que, primero, filtrar la complejidad, hacerla asequible, reducir la sobreexcitación que producen las informaciones desbocadas que emite el espacio urbano; luego codificar, facilitar e incitar a la legibilidad de lo previamente textualizado.

En ese orden de coas, la prioridad concedida a les metaforizaciones territoriales de un pasado-clave se traduce en operaciones de dramatización espacial que hipervaloran el testimonio arqueológico. Este aspecto implica, es cierto, una cierta concesión a las formulaciones de identidad tradicionales, que buscan fuentes de legitimización en un pasado histórico más o menos adaptado, del que se procura hacer proliferar las evocaciones. Es evidente que los dispositivos de significación al servicio de la producción de identidad político-urbana no han renunciado del todo a los programas esencialistas, apoyados en la invocación constante de un pretérito de lo que se muestra como prolongación al tiempo que proyección. Este recurso a las esencias morfológicas y a estructuras mostradas como transcendentes queda reflejado en la multiplicación de lugares de memoria, tan demostradamente útiles para la adaptación a cambios vertiginosos y desfiguradores, tanto tecnológicos como topográficos. Más en concreto, la actividad mnemotética y ritualizadora se plasma en la protección de lo que se presenta y representa como elementos patrimonializables. El destino de este tipo de estructuraciones significantes del espacio es conservar determinados ingredientes pretendidamente ideosincrásicos del lugar, una especie de altares a un ayer que se presupone en común. La tarea de esta señalización sería la de institucionalizar ciertos aspectos del pasado urbano y procurar la conversión de lugares identificables en lugares identificadores. Todo ello recoge y quiere activar el papel de una supuesta memoria común en la génesis y la evolución de los tejidos urbanos, aferrados a ciertas concreciones del paisaje de la ciudad, signos de la voluntad colectiva, puntos fijos de la dinámica urbana, que pueden explicarse como receptores de las actividades fijas, o como componentes no estríctamente funcionales cuyo valor se encuentra en su propia esencia expresiva, incluso como intregradores a un nivel más psicológico de la imagen de la ciudad.

Estaríamos hablando, de acuerdo con esto, de la búsqueda de un genius loci, una alma de los lugares cuya concreción permitiría, respetándolo, evitar una alteración radical del anagrama morfogenético original, el «espíritu» de la ciudad o del barrio. Es desde aquí que el elemento patrimonializado puede definirse como elemento urbano de carácter permanente, un estado de espíritu colectivo que se imagina o se quiere participando en el proceso morfológico de un área urbana. En semántica, se ha adoptado de la física la noción de isotopia, que indica en el discurso algo parecido a lo que en territorio pretende indicar el elemento patrimonializado. La isotopia remite a las categorías semánticas redundantes, una especie de nucleo de significaciones que privilegian una región del espacio textual, conferiéndole una fuerza de repulsión o de atracción, distribuyendo un cierto valor de verdad en los enunciados, por medio de una clave de lectura que torna homogénea la superficie del texto, porque permite superar las ambigüedades.
           
La función desambiguadora del elemento patrimonializado se funda en que hace que el presente esté presente en el pasado y el pasado presente en el presente, integrando uno y otro en una clasificación de los objetos del paisaje que, porque es un sistema codificado, no puede ser sino sincrónico. De hecho, bien podríamos decir que el elemento patrimonializado permite no tanto recordar el pasado como anularlo, negarlo, aniquilarlo a través de un tratamiento que, como ocurre con los mitos de origen, hacen pensable lo diacrónico como hallándose presente en lo sincrónico, y viceversa. O más bien podríamos decir también que el elemento patrimonializado no es ni sincrónico ni diacrónico, sino puramente anacrónico, en tanto representa la pura ahistoricidad. En este caso, la función de los lugares-patrimonio no es diferente de la que desempeñan los documentos de los archivos, los objetos de los coleccionistas y otros vestigios memorables, que, tal y como hiciera notar Lévi-Strauss en un célebre pasaje de El pensamiento salvaje, si desapareciesen arrastrarían con ellos las «pruebas» del pasado, y nos dejarían huérfanos de ancestros y raíces. Estos documentos son, nos advierte Lévi-Strauss, el acontecimiento en su contingencia más radical, puesto que le otorgan a la historia –la historia oficial, la de las instituciones, claro está– una existencia física. De estos objetos espaciales se podría decir, a su vez, lo que Jean Baudrillard apuntaba acerca de los «objetos singulares» –antiguos, exóticos, folclóricos–: son signos en los cuales se pretende descubrir la supervivencia de un orden tradicional o histórico que, en realidad, no existiría de no ser por el esfuerzo que se pone en representarlo. 

Los puntos exaltados en tanto que patrimonio están donde están para significar, y para significar justamente el tiempo o, mejor, la elisión del tiempo. Como objeto «auténtico», es decir exclusivamente representacional, esos lugares fetichizados tienen lo que le falta a los demás sitios meramente funcionales que podemos encontrarnos en la ciudad: la capacidad de transportarnos a realidades abstractas inexistentes en sí mismas –el Arte, la Cultura, la Historia, la Identidad, la Patria...– de las que la verdad o la impostura son del todo irrelevantes a la luz de la eficacia simbólica que ejecutan. Lo que se busca con la acumulación casi religiosa de ese tipo de testimonios es establecer puntos fulgurantes que rediman la miseria y el absurdo del espacio cotidiano, núcleos en los que dar con algo que nos hable de nuestra supuesta grandeza oculta o de lo que fuimos alguna vez: estigmas felices de «la diferencia», aquélla que hace chispear lo que, caso contrario, no sería más que una inencontrable identidad política compartida.

Todo elemento patrimonializado implica un postrer esfuerzo de la polis por vencer a la urbs. El elemento patrimonializado quiere imponer lo lógico sobre lo heterológico, lo normalizado sobre lo heteronómico o sobre lo anómico. El elemento patrimonializado expresa la voluntad de hacer de cada espacio un territorio acabado, definido, irrevocable. El elemento patrimonializado fetichiza el espacio, lo rescata de la acción subversiva del tiempo cotidiano, de la zapa a que se entregan sin descanso las prácticas ordinarias. El elemento patrimonializado está siempre ahí, indiferente al paso de tiempo, de espaldas a las repeticiones y las diferencias, centro estable al que no parecen afectar la cascada de sucesos que se desencadenan sin parar a sus pies. Inalterable, ajeno a los conflictos, a las contradicciones, a las paradojas que lo asedian desde abajo, todo elemento patrimonializado expresa la voluntad de afirmar con toda rotundidad un principio debido a Hegel: a saber, el Tiempo histórico engendra el Espacio en que se extiende y sobre el que reina el Estado.

El elemento patrimonializado es la consecuencia de la preocupación de toda administración política por mantener puntos poderosos de estabilidad, lugares exactos que representan lo que no transcurre, lo que está a salvo del tiempo. Con ello se desvela hasta que punto como todo Estado es siempre un estado, y que todo estado no deja de expresar siempre vocación de Estado. De ahí también el acierto de Deleuze y Guattari al sugerir una oposición sustancial entre ciudad y Estado, parecida a la ya sugerida de urbs versus polis. La ciudad mantiene una relación de analogía con la carretera, puesto que sólo puede ser los circuitos que no hacen otra cosa que recorrerla en red. La ciudad se define por las entradas, por las salidas, pero sobre todo por los it que en ella se inscriben sin descanso. Por ello la ciudad es, para Deleuze y Guattari, un fenómeno de transconsistencia, a diferencia del Estado, que es un fenómeno de ultraconsistencia. De ahí el empeño de este último en hacer resonar los puntos en que consiste su voluntad de cristalizar a toda cosa –es decir en estabilizarse y estabilizarlo todo–, en mostrarse como natural e irrevocable, en marcar de manera lo más indeleble que sea posible las fijaciones en que presume estar, puesto que el Estado ante todo está.





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