diumenge, 21 de febrer de 2016

Sociabilidades puras en espacios abstractos

Apartado de la comunicación "Hacia una sociedad metafísica. Conversaciones en nuevos espacios públicos", presentada en Simposio sobre Cibersociedad, coordinado por Joan Mayans en el IX Congreso de Antropología de la FAAEE, Barcelona, septiembre 2002.

SOCIABILIDADES PURAS EN ESPACIOS ABSTRACTOS
Manuel Delgado 

No es casual que el lenguaje cibernético haya otorgado un protagonismo central a la noción de sitio. En efecto, el situs es, a diferencia del status o del locus, la esfera socioinstitucional en que se realiza, cuanto menos conceptualmente, el sueño imposible de un ámbito del todo igualitario, en el que los copresentes pueden compartir una misma orientación práctica momentánea en función de expectativas instrumentales inmediatas. Goffman, a lo largo de su obra, ofrece el ejemplo de los ascensores, vestíbulos, puestos de prensa, máquinas expendedoras, barras de bar..., terrenos en que se produce una formalidad compartida y consensuada que afirma no tener en cuenta ningún otro dato que no sea el que los copresentes expliciten, y en que se soslaya cuál es el lugar que cada cual ocupa realmente en una estructura social por lo demás asimétrica e inigualitaria. Se produce en estos contextos el sueño ideal de la clase media, que es el de un ámbito de relación en que las diferencias sociales han sido abolidas y se produce la epifanía de una sociedad momentáneamente igualitaria y equitativa, en que cada uno es juzgado a partir del papel que asume voluntariamente en el curso mismo de la interacción. El modelo para el chat es, una vez más, el de las charlas ocasionales e intrascendentes en el bar, mientras se aguarda en cualquier vestíbulo o en el transcurso de un desplazamiento en coche, por ejemplo.

En esos ámbitos se expande la materia primera de lo social, la exaltación de lo informalizado que es la cháchara anodina, el palabreo insustancial, que proclama: «Estamos juntos; nos unen palabras que no dicen nada que no sea eso: estamos juntos». Entre los asiduos de los salones de un club social o entre los parroquianos de la taberna se vive una promiscuidad de la palabra, un juego gratuito y sin destino, un deuterodiscurso, es decir un discurso sobre la posibilidad misma de discursear. Una disponibilidad. ¿Y cuál es el marco de ese magma societario que no es nada, que no hace nada, que sólo habla de y por hablar? Lo que Michel de Certeau llamó un «no-lugar», un espacio sin territorio, de y para el tránsito, en el que sólo se puede estar «de paso», que no es de hecho otra cosa que una «manera de pasar». Pura intersticialidad. Espacio de aparición. Radicalización de lo que Anthony Giddens llama «fantasmagoría de lugar». Cuando la sociabilidad internáutica sólo había insinuado sus posibilidades, Michel Maffesoli ya advertía cómo un «palabreo informatizado» acabaría reactualizando el ágora clásica, sólo que entonces sería bajo la desquiciada forma de una «difracción hasta el infinito de una oralidad cada vez más esparcida» (Maffesoli, El tiempo de las tribus, Icaria).

Exacerbación de una sociabilidad sin otro objeto que la sociabilidad misma, la conversación, la charla superficial de la que la sala chat es expresión extrema, se fundamenta en la invisibilización estructural de los concurrentes, su nihilización o anonadamiento en tanto que seres con una existencia social compleja e imbricada en jerarquías y estratificaciones de todo tipo. La charla trivial en un café, en un salón o electrónicamente mediada en un chat implica la disolución de todo conflicto profundo, la cancelación de toda lucha que vaya más allá del calor de debates superficiales. Pura nada. Un limbo. El espacio abstracto por excelencia.

Marcel Proust entendió hace casi un siglo que sólo quedaban entonces dos grandes espacios metafísicos en el mundo, a los que ahora añadiría sin duda las salas de chat. Uno eran los trenes, en los que se va a algún sitio o se viene de algún sitio, sin estar propiamente en ninguno de los dos. El otro, los salones, los únicos lugares en los que la nada se sobrevive a sí misma. Los salones es el lugar por antomasia de la conversación. Proust procura, reflexionando sobre ellos, toda una teoría de la mundanidad, cuyo exponente principal es la charla informal, la conversación, entidad que tiene algo de no humano, puesto que constituye la perversión, o mejor dicho, la extenuación de la comunicación. Universo del esnobismo, de la exhibición pura, en universos pensados sólo para la aparición: los salones. Proust, a partir de marzo de 1917, es «Proust, el del Ritz», puesto que es en el Ritz y en sus salones dónde transcurre gran parte de su actividad mundana: «Aquí me tratan bien, aquí me siento a mis anchas», reconoce Proust (cit. G.D. Painter. Marcel Proust. Biografía, Lumen), refiriéndose a un espacio parecido al sueño o a la duermevela, a la irrealidad, a lo preconsciente, allí donde reina lo insignificante, lo fútil, lo sin continuidad, la teatralidad, la banalidad más radical... Un mundo de enunciaciones sin asunto, en tanto cualquier asunto podría valer por igual para el juego de vacíos que es toda charla amical. 

Toda la obra y acaso la vida entera de Proust gira en torno y genera toda una teoría de la vida social o vida en sociedad, entendidas como pura pereza y desidia, nadedad de la que la obra escrita quisiera ser la negación. No hay nada que legitime ni justifique –ni el deber, ni el deseo, ni la necesidad– la frecuentación, el coqueteo frívolo, la erudición gratuita, los amores inútiles, lo vano de la tertulia sobre cualquier cosa. La mundanidad suele ser «esa marisma donde se empantanan todas las posibilidades creadoras», ha escrito Víctor Gómez Pin, reflexionando sobre esa dimensión de la obra de Proust. Nos podríamos pasar toda una vida sin decir nada que no fuera repetir indefinidamente el vacío de un minuto» (Proust, el ocio y el mal, Montesinos). Marcel Proust podía llegar a ser atroz en sus intuiciones sobre la naturaleza de la conversación amistosa: «Acaso la señal de la irrealidad de los demás no es bastante visible, sea por su imposibilidad para satisfacernos, como, por ejemplo, los placeres mundanos que causan a lo sumo el malestar provocado por la ingestión de un alimento abyecto, o la amistad, que es una simulación porque el artista que renuncia a una hora de trabajo por una hora de charla con un amigo sabe que, cualesquiera que sean las razones morales por que lo hace, sacrifica una realidad por una cosa que no existe (pues los amigos sólo son amigos en esa dulce locura que tenemos en el transcurso de la vida, a la que nos prestamos, pero que, en el fondo de nuestra inteligencia, sabemos que es el error de un loco que creyera que los muebles viven y hablara con ellos)» (En busca del tiempo perdido).



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